
Ciencia y pseudociencias:
REALIDADES Y MITOS
Inés Rodríguez Hidalgo, Luis Díaz Vilela,
Carlos J. Álvarez González y José María Riol Cimas.
Editado por: 
ISBN: 978-84-15119-13-5
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Prólogo
Desde la más remota antigüedad o, por ser algo más precisos, más o menos desde que éramos monos listos encerrados en cavernas por culpa de la última glaciación, es casi seguro que venimos teniendo conciencia de algo que podríamos denominar el más allá. Los humanos hemos imaginado desde entonces que después de esta vida quizá haya otra vida, generalmente mejor que la actual, aunque pudiera ser infernalmente peor.
¿Una ilusión? Por supuesto que sí; ninguna prueba avala semejante creencia. Todo ser vivo acaba muriendo. Los individuos no cuentan, sólo cuenta la transmisión del mensaje genético que perpetúa la especie a la que pertenecen. Y aun así, dicho mensaje genético se suele perder al cabo de unos cuantos milenios o millones de años: ¡cuántas especies vivientes han desaparecido antes de que nosotros fuéramos siquiera monos listos!
No obstante, si el hombre pudiera ser el único ser vivo capaz de eternidad, eso resultaría sumamente esperanzador ante esa certeza cruel de que lo único seguro que tenemos en vida es precisamente su fin, o sea, la muerte. Por eso resulta tan fácil convencernos de que, a pesar de todas las evidencias, con nuestra muerte no acaba todo sino que quizá nos lleve a otro tipo de vida, por supuesto diferente a la actual y, también por supuesto, eterna.
Pero a nadie se le oculta que eso no es posible, a la luz de las escasas fuerzas de los humanos para combatir a la muerte. Lo que nos hace apelar a otras fuerzas sobrehumanas capaces, ellas sí, de gobernar a la muerte. Fuerzas divinas, claro.
Es fácil confundir con dioses a las fuerzas de la Naturaleza que nos gobiernan y maltratan a su antojo. El dios Sol (Amón Ra), el dios del rayo y del trueno (Júpiter Tonante), el dios de las olas y los temporales (Neptuno), y así sucesivamente. También hemos imaginado otros dioses más sutiles, que se esconden en los recovecos de la naturaleza, como ocurre con la religión sintoista de Japón o muchas religiones animistas de África. Y están los «grandes» dioses, los que son únicos y absolutamente todopoderosos: Jehová para los judíos, Alá para los mahometanos, simplemente Dios para los cristianos...
Morirse no es del agrado de nadie; quizá, después de todo, exista algo superior a nosotros que lo impida, una especie de fuerza sobrenatural y desconocida (Dios) que se nos llevará con él. Pero, claro, para conseguir semejante éxito tendremos que...
Ahí está el truco. Los humanos que conocen mejor que los demás los designios de los dioses –esos humanos se autodesignan como sacerdotes de unas u otras deidades- son los que nos dictan las normas que hemos de seguir para que, tras la muerte, podamos seguir vivos. De buena manera, claro; es decir, en el paraíso. Para los amerindios, praderas de caza interminables; para los mahometanos el Paraíso de Alá poblado de huríes; para los cristianos, simplemente el Cielo. Pero también podríamos tener una mala vida en el más allá, caracterizada por los muy diversos infiernos que ha sido capaz de imaginar la mente humana. Infiernos eternos, además... Basta para ello que desobedezcamos a esos hombres expertos que hablan en nombre de los dioses.
Pero está la tozuda evidencia de la muerte física de todos los seres vivos, nosotros incluidos. ¿Y qué puede haber en nosotros capaz de superar el desenlace fatal al que estamos abocados? Porque, hablando en plata, todos sabemos que, una vez muertos, nuestros cuerpos se descomponen y se convierten en pasto de gusanos. ¿Cómo es posible concebir una supervivencia a tan doloroso como inevitable trance?
Pues no es posible, obviamente. A no ser que nos inventemos un artificio, algo inmaterial e inconmensurable –es decir, que escapa a cualquier tipo de medición-. Como diría un moderno, una especie de ente virtual. Desde hace siglos se le llama alma, o bien espíritu.
El alma es espiritual –es decir, no es real-, y por tanto es eterna y no muere con el cuerpo. Ella es la que sufre el juicio definitivo tras separarse del cuerpo putrescible; si el veredicto es clemente, va al paraíso eterno. Si no, al infierno, también eterno.
El truco de que sea un alma virtual está muy bien visto. Porque así no hay que explicar nada respecto a su presencia, sus características, su nacimiento y su imposible muerte, y otras menudencias que cualquier persona racional se empeñaría en averiguar.
Suele asociarse el alma a eso que, hasta hace bien poco tiempo, tampoco tenía una explicación material. Por ejemplo, los sentimientos o la inteligencia. En cambio, los alimentos o el sexo tienen explicación muy básica y comprensible; de hecho, es algo que compartimos con los animales. La analogía está, pues, servida: el alma es algo noble, inmaterial, ligada a las más elevadas características del ser humano, mientras que el cuerpo es algo animal, sucio en última instancia, y por tanto merecedor del castigo final de su eliminación por descomposición. Polvo es y en polvo se convertirá...
Los hallazgos en neurofisiología han demostrado que los sentimientos, la memoria, la inteligencia, el entendimiento, la voluntad, todo eso que se supone característico del alma y, por tanto, meramente espiritual, tiene también, como el sexo o la alimentación, un sórdido soporte material. Las potencias del alma se deben a un conjunto de reacciones bioquímicas -sumamente complejas, eso sí- entre neuronas.
La inteligencia, la memoria, los sentimientos y todo el resto no son, pues, inmateriales o espirituales sino tan corpóreos como la digestión, la respiración o el orgasmo.
¿Y el alma, entonces? Mira que si resulta que nos han engañado y no existe... Pero, entonces, ¿y la vida eterna?
Pues eso, una ilusión.
Pero, claro, es difícil resignarse. Y el edificio de las creencias religiosas se ha mantenido en pie durante tantos milenios que no va a derrumbarse ahora por unas cuantas verdades científicas. Aplicando el viejo aforismo del periodismo amarillo, podríamos decir que «no dejes que la verdad te estropee una buena noticia»...
Sin contar con el hecho de que mucha gente prefiere, consciente o inconscientemente, no resignarse a morir de una vez por todas. Incluso en plan cínico, como Pascal: «faites semblant de croire et bientôt vous croirez1». Y añadía que, por si acaso hay cielo e infierno, más vale intentar creer, como una especie de apuesta en la que siempre ganas. Si lo hay, bien; si no, ¿qué pierdes si te vas a morir igual? Era listo, don Blas; aunque un poco tramposo.
Dicho todo lo cual, es obvio que el ser humano es crédulo, quizá por la cuenta que le trae, respecto a la muerte. Pero es crédulo también para otras cosas mucho menos trascendentes. Quizá porque llevamos poco tiempo siendo listos. Hace unos pocos millones de años, menos de seis, éramos monos; le temíamos a todo, nos defendíamos y atacábamos siguiendo la ley de la jungla, que es la más despiadada de las leyes: matar antes de que te maten. Y de todo ello nos ha quedado un poso profundo e imborrable en el interior del cerebro. Sólo el neocórtex, la delgada capa gris de pocos milímetros de espesor que rodea al cerebro, nos permite elevarnos por encima de todo ello. Pero las conexiones con el interior, ese cerebro límbico que compartimos con los animales antecesores nuestros, subsisten. Y son poderosas.
Por eso tememos a la oscuridad. Y a las brujas. Y a los fantasmas... Por eso somos tan crédulos que podríamos ser descritos, sin matiz insultante alguno, como bobos. Ya lo dice la Real Academia Española: bobo es alguien extremada y neciamente candoroso. Necio es alguien que no sabe lo que podía o debía saber; candoroso es alguien sencillo e ingenuo. ¡Vaya mezcla!
Lo malo es que allí donde hay bobos surgen, como hongos, los engañabobos.
Los bobos proliferan porque hay quien los engaña con apenas nada. Basta echar un vistazo a muchas televisiones locales, y algunas nacionales, a horas tardías; las «videncias» de muchos personajillos que pululan en las pequeñas pantallas mueven literalmente a risa. Pero arrastran multitudes, y son el sustento casi único de muchas pequeñas cadenas locales. Pasa lo mismo que con el negocio de los telepredicadores en Estados Unidos...
Entonces, ¿qué necesidad tienen de disfrazar de científica una actividad que no necesita dicho disfraz?
1. Finge que crees y pronto creerás.
Hay de todo, claro. Los videntes de la bola de cristal, del tarot o de los posos de café (esta última práctica está en desuso por culpa de las cafeteras exprés) no necesitan para nada apelar a la física cuántica o a la relatividad de Einstein. Pero la astrología no duda en citar a la NASA a la hora de utilizar sus efemérides astronómicas (¿por qué no utilizarán las efemérides que se publican en España, que son las mismas?) cuando confeccionan las cartas astrales. Eso sí, ignora la precesión de los equinoccios, las tres dimensiones del espacio o la imposibilidad de un efecto instantáneo que ignore la ley de las distancias. Y lo mismo la homeopatía, que utiliza sin rubor a médicos titulados que se basan en el «espíritu curador» de un soluto que queda impregnado, tras las reglamentarias sacudidas, en el disolvente incluso cuando ya no hay ni un solo átomo de la substancia al final de un largo proceso de diluciones.
Estos casos de creencias que se disfrazan de ciencia –la para-psicología, la homeopatía, la astrología son ejemplos arquetípicos y bien implantados socialmente- suelen ser englobados bajo el epígrafe de pseudociencias. Y producen en los bobos un engaño superior al de los magos, videntes y adivinos usuales. Porque se apoyan en el prestigio y el poder de la ciencia –se diga lo que se diga, sin la ciencia no tendríamos televisión, ni aviones, ni ordenadores, ni moderna medicina, ni transportes rápidos y eficaces, ni...- y porque ejercen ese oficio personas que han recibido una formación científica en la universidad.
Un médico que practica la homeopatía está rechazando lo que aprendió en las aulas de su Facultad: respecto a la química, la farmacología, la fisiología... Muchas de esas asignaturas jamás las hubiera aprobado con esas creencias. Así que, una de dos: o devuelve su título de médico para practicar libremente sus creencias homeopáticas, y allá los médicos que así actúan y su conciencia, o bien están incurriendo en un fraude científico colgando en sus consultas un título del que no son dignos y cuyo contenido rechazan de facto.
Pero, claro, la ciencia no tiene respuesta para todo. Desde luego, no para el gran problema, la muerte. Es verdad que en sólo un siglo hemos pasado en España de una esperanza de vida de apenas 40 años a una esperanza de vida que dobla esa cifra en las mujeres, y la bordea en los hombres. Vivimos el doble que hace un siglo cuando anteriormente, y durante milenios, la esperanza media de vida había oscilado entre los 30 y los 40 años...
Pero, aun así, nos vamos a morir todos. Más tarde, en promedio, pero de forma inexorable. A pesar de la mucha ciencia que ya poseemos.
Lo gracioso del caso es que ninguna pseudociencia, ninguna magia, ninguna religión han conseguido demostrar que son capaces de otorgarnos la inmortalidad. Salvo en lo que se refiere a ese intangible llamado alma, o espíritu. Eso que buscan los engañabobos en las casas encantadas, en los cementerios, en las psicofonías y demás bobadas. Eso que va alimentando los cielos e infiernos de todas las religiones con elementos cuyo número crece y crece: las almas nacen, pero no mueren nunca; o sea que su número aumenta y aumenta y... ¿acabará tendiendo al infinito?.
Pero, volviendo al principio, ¿y si el alma no existe? Automáticamente dejan de tener sentido las religiones, las pseudociencias, las magias, las adivinanzas, los cazafantasmas... ¡Qué horror! ¡Cómo permitir un mundo así!
Quienes así piensan, que no lean este libro, porque les va a hacer dudar. Y ya se sabe -Pascal otra vez- que la mejor fe es la que no cuestiona, la fe del carbonero. Por morder el fruto del árbol del conocimiento Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso. ¡Ahí es nada, querían saber más!...
Manuel Toharia
Escritor y periodista científico
Director del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe
Valencia
Julio 2004
Introducción
Muchos hombres y mujeres pensaron, tras el auge de la Ilustración hace unos siglos, que la irracionalidad, el oscurantismo, la religión, la superstición, etc. tenían los días contados. La «Diosa Razón» y la nueva Ciencia expulsarían esos demonios de las mentes de los seres humanos de una vez por todas.
Ha pasado ya mucho tiempo desde entonces, y quienes vivimos en el siglo XXI hemos comprobado que aquellas expectativas nunca se cumplieron. Es cierto que ha habido épocas en las que los habitantes de las sociedades occidentales han confiado en la razón, la Ciencia (con la tecnología de ella derivada) y el progreso como respuesta a los males de la humanidad. Pero casi invariablemente «lo irracional», lejos de desaparecer, se ha mantenido e incluso ha resurgido en determinados momentos con nuevos bríos. En muchos casos parte de la culpa la tiene, paradójicamente, la grandeza y poder de la propia Ciencia: si queremos hacer el bien, la Ciencia nos ofrece las más poderosas herramientas, pero si queremos hacer el mal, también. Diversas encuestas de opinión recientes aplicadas a ciudadanos de la Unión Europea confirman esta impresión: la Ciencia es vista como una de las principales fuentes de salud, progreso y bienestar pero, al mismo tiempo, también puede acarrear consecuencias muy peligrosas. Esto genera una creciente desconfianza hacia la Ciencia y hacia los científicos.
Lo cierto es que nadie duda, hoy en día, que sería prácticamente imposible imaginar nuestra sociedad sin los avances científicos y tecnológicos, sin los adelantos con los que mantenemos contacto diario. Nuestras vidas serían muy distintas sin ellos. Pero es igual de cierto que, junto a la desconfianza mencionada, existe un preocupante desconocimiento de los resultados, métodos y contenidos generales de las distintas disciplinas científicas en nuestra sociedad. Este «analfabetismo científico» ha sido también señalado por diferentes estudios y encuestas entre la población. Por otro lado, la sociedad en su conjunto es quien financia en definitiva la investigación pública y, por tanto, demanda conocer qué es lo que se hace en las universidades y en los centros de investigación. Además, pensamos que es un compromiso ético de los investigadores contar a la sociedad qué es y qué no es ciencia.
Ambos factores, desconocimiento y desconfianza hacia la Ciencia, se encuentran inextricablemente ligados a otro fenómeno: el auge, claramente observable en los medios de comunicación, de las denominadas pseudociencias, disciplinas o creencias de tipo irracional cuyos defensores pretenden hacerlas pasar por ciencias. Muchos de los embaucadores que las defienden realizan afirmaciones que contradicen los principios y teorías científicas mejor establecidas. Entre las pseudociencias podríamos citar a la astrología, la videncia o futurología, la parapsicología, las medicinas mal llamadas «alternativas», la ufología, la creencia en energías no mensurables, en seres inmateriales, en viajes fuera del cuerpo, etc.
A la luz de lo ocurrido en los últimos siglos, no es totalmente evidente que una sólida formación científica conlleve un rechazo frontal de los contenidos pseudocientíficos. Pero lo que parece indiscutible es que una buena formación científica, unida al conocimiento de las herramientas básicas del pensamiento crítico y de la metodología de la Ciencia, posibilitan la realización de análisis críticos y la búsqueda de explicaciones alternativas y «terrenales» a los argumentos de las pseudociencias.
Ante esta situación, hace ya más de cuatro años, un numeroso grupo de profesores, investigadores y estudiantes de diversas facultades de la Universidad de La Laguna (Tenerife), del Instituto de Astrofísica de Canarias, así como personas ajenas a estos ámbitos comenzamos a comunicarnos a través de una lista de correo electrónico. Nos unían diversas ideas y objetivos muy ligados entre sí: 1) la convicción de la necesidad imperiosa de la divulgación científica en todas las áreas, tanto por las razones ya mencionadas como por su contribución a la formación de una ciudadanía más inteligente, crítica y culta. 2) la preocupación ante la avalancha de ideas pseudocientíficas absurdas que aparecen por doquier sin que demasiadas personas las pongan en duda, y 3) la necesidad de un análisis escéptico, crítico y científico de las pseudociencias, con el fin de que la sociedad tenga acceso a las dos posibles visiones sobre las mismas: la crédula y la escéptica. Algunos de los integrantes de este grupo multidisciplinar generado en Canarias eran miembros activos de sociedades y grupos con unos objetivos comunes y con una larga tradición de análisis crítico de las pseudociencias, como ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, que agrupa a los escépticos de habla hispana (www.arp-sapc.org). Son varias las actividades desplegadas por nuestro grupo en los últimos años, tales como charlas, ciclos de conferencias y apariciones frecuentes en medios de comunicación.
Una de estas actividades es el curso universitario titulado como esta obra «Ciencia y pseudociencias: realidades y mitos», del cual se han celebrado ya cuatro ediciones (webpages.ull.es/users/esceptic). Este curso, incluido en la oferta de Cursos Interdisciplinares del Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la Universidad de La Laguna, ha sido un éxito en cuanto a número de matriculados (ciento ciencuenta en su edición de 2003, cifra que duplica, al menos, la media de inscritos en cursos similares), impacto en los medios de comunicación locales y nacionales, así como en la valoración de los propios asistentes.
La presente obra surge como un intento de plasmar en un formato más imperecedero una selección de contenidos y, sobre todo, el espíritu del propio curso: divulgación científica y análisis crítico de las pseudociencias. Así, el libro se divide en dos partes, correspondientes a los dos módulos en que se estructura el curso.
La primera pretende realizar un recorrido bastante ambicioso por algunos de los temas esenciales de la Ciencia contemporánea: desde los fundamentos (método científico y los orígenes de la Ciencia moderna) hasta la inteligencia natural y artificial, pasando por hitos de la Física (Relatividad, Mecánica Cuántica, la fisión nuclear o las herramientas para descifrar nuestro Universo), apasionantes temas de la Biología (la molécula de la vida, los genes, clonación, bioterrorismo, la teoría de la evolución y presuntas alternativas), las amenazas del cielo y la búsqueda de vida e inteligencia extraterrestres.
La segunda parte tiene por objetivo el análisis crítico desde la Ciencia y la razón de algunos de los contenidos más populares de las pseudociencias (ufología, pseudoarqueología, astrología, fenómenos paranormales, Nueva Era, adivinación, medicinas «alternativas»). Las perspectivas adoptadas son, como no podía ser menos en un curso multidisciplinar, varias: la sociológica, la periodística, la jurídica, la neurocientífica y la psicológica (ilusiones perceptivas, experiencias inusuales y cercanas a la muerte, funcionamiento de la memoria, del cerebro, de nuestras creencias y nuestra racionalidad, sectas coercitivas).
En todos los casos nos hemos esforzado para ofrecer contenidos rigurosos en un lenguaje asequible y divulgativo. No sabemos si este libro alcanzará los objetivos, quizá demasiado ambiciosos, que le dieron origen. Sin embargo, creemos y esperamos que, al menos, sea una semilla más que contribuya a los mismos.
Parte primera
Y eso de la Ciencia... ¿qué es?
Actualmente el prestigio y consideración de algo (un insecticida, un cosmético, un aparato, un medicamento, determinados alimentos, prácticas o costumbres...) parece radicar en que sus propiedades, funcionamiento y efectos estén «científicamente probados». Ilustran esta idea ejemplos curiosos: cierto movimiento sectario –bastante poco racional y científico– afirma que está científicamente comprobado que su técnica de Meditación Trascendental reduce el estrés; para la beatificación de Francisco y Jacinta, pastorcitos de Fátima, el Derecho Canónico exige que sea científicamente probado un milagro obtenido por su intercesión… Puede decirse que la Ciencia goza, en general, de una alta valoración y que a lo calificado de «científico» se le supone algún mérito o fiabilidad especial.
En esta era llamada de la Ciencia y la Tecnología nos bombardean mensajes del tipo «en el nombre de la Ciencia», «Ciencia oficial» o «alternativa», «por culpa de» o «gracias a la Ciencia», «en las fronteras de la Ciencia» o «misterios de la Ciencia», «científicamente probado» o «eso no es científicamente válido»… Y en nuestra sociedad coexisten diversas aproximaciones a la Ciencia: para muchos es origen de todos los males derivados de la tecnología; otros la tachan de rígida e inmovilista, incapaz de admitir ideas nuevas fuera de la más estricta ortodoxia; algunos la juzgan deshonesta y frecuentemente vendida a intereses políticos o económicos; otros la idealizan como «bálsamo de Fierabrás» capaz de crear bienestar, sanar, traer paz, justicia y esperanza; hay incluso quien la considera una nueva religión de masas, dogmática e inaccesible. De ella se habla con esa mezcla de veneración y temor que produce lo demasiado complejo e inalcanzable... porque me atrevería a asegurar que una parte importante del público no sabría definir «eso de la Ciencia», esa búsqueda del conocimiento definida más por su método que por su contenido o resultados, que es parte esencial de la Cultura.
Me propongo explicar al lector cómo funciona la Ciencia invitándole a desmitificarla, a acercarse a ella sin miedo ni desprecio, sino con curiosidad y confianza.
¿Qué es esa cosa llamada Ciencia?
A esta pregunta, que titula un magnífico libro de Alan F. Chalmers, responde el autor que quizá no exista tal cosa, ya que no hay una sola categoría de Ciencia ni parece posible establecer los criterios que un área de conocimiento debe satisfacer para ser calificada de científica. A pesar de esta dificultad intentaremos averiguar qué tienen en común los saberes generalmente considerados científicos. Para conocer el significado de un término resulta útil acudir a un diccionario o enciclopedia, donde descubriremos que la palabra Ciencia procede del latín scientia, derivada de scire, saber. En el Diccionario de la Real Academia Española leemos «cuerpo de doctrina metódicamente formado y ordenado que constituye una rama particular del saber humano»; para la Encyclopaedia Britannica Ciencia es «cualquier sistema de conocimiento del mundo físico y sus fenómenos que implica observaciones no sesgadas y experimentación sistemática (...) y busca el conocimiento a través de verdades generales o leyes fundamentales». Las anteriores descripciones se completan con la siguiente cita del gran físico Albert Einstein: «El conjunto de la Ciencia es tan sólo un refinamiento del conocimiento de cada día: comienza con la experiencia y desemboca en ella». Pero mi definición favorita de Ciencia es la de James Randi: «cuidadosa, disciplinada y lógica búsqueda del conocimiento acerca de todos y cada uno de los aspectos del Universo, que se obtiene examinando la mejor evidencia disponible y que siempre está sujeta a correcciones si se descubre una evidencia mejor»1. Así, la Ciencia se distingue de otras actividades humanas porque busca un conocimiento no basado en opiniones personales, sino en observaciones o experimentos y en el uso de la razón; además, lo persigue con exquisito cuidado y rigor, y tal conocimiento es siempre provisional y mejorable.
1 James Randi, excelente ilusionista, fue uno de los miembros fundadores en Estados Unidos en 1976 del CSICOP, Comité para la Investigación Científica de lo Paranormal. La Fundación Educativa que lleva su nombre (http://www.randi.org) estableció hace años un premio que actualmente supera el millón de dólares para quien logre demostrar cualquier capacidad paranormal. Aún sigue desierto.
Ocho reflexiones y media acerca de la Ciencia
1. No le corresponde a la Ciencia decir qué es la Ciencia:
si bien la Ciencia la hacen los científicos, son los filósofos quienes teorizan sobre ella. La Teoría de la Ciencia es una rama esencial de la Filosofía llamada Epistemología (del griego episteme, saber, ciencia, arte, habilidad...) cuyo propósito es analizar las estructuras lógicas de las teorías científicas y cómo éstas se consideran verdaderas.
2. No existe una sola Ciencia:
aunque frecuentemente hablamos de Ciencia en singular (y algunos autores pretendieron crear una Ciencia unificada con la Física como modelo) hay realmente muchas disciplinas o actividades consideradas científicas. Habitualmente se distingue entre Ciencias formales (Lógica y Matemáticas), que estudian construcciones ideales de la mente y cuyas afirmaciones no necesitan ser contrastadas observacional o experimentalmente, sino que les basta su coherencia interna; y empíricas, que se ocupan de seres u objetos de la Naturaleza como las Ciencias naturales (Física, Química, Geología, Biología...), o del ser humano y sus formas de organización como las sociales o humanas (Sociología, Economía, Historia, Geografía...). La Psicología estaría a caballo entre estos dos últimos grupos.
3. «La experiencia es la madre de la Ciencia»:
este conocido refrán y la frase de Einstein citada con las definiciones de Ciencia ilustran que el conocimiento científico siempre parte de nuestra percepción ordinaria (inicialmente a través de los sentidos); pero, sabiendo que ésta es imperfecta y puede estar afectada por falsas creencias o prejuicios, la Ciencia no se conforma y la mejora mediante el uso de instrumental adecuado.
4. La Ciencia siempre es provisional:
característica esencial del conocimiento científico es que nunca es definitivo: la Ciencia no es algo terminado y se considera que las teorías científicas tienen generalmente carácter hipotético. Al contrario, otras formas de explicar el mundo (como las religiosas o mágicas) se basan en dogmas indiscutibles e inmutables.
5. La Ciencia puede entenderse como resultado:
es decir, como conjunto sistemático de conocimientos alcanzados por las distintas disciplinas científicas, sean básicos o aplicados. Esta faceta de la Ciencia sugiere una reflexión interesante: aunque fue Bacon el primero en proponer en la Inglaterra del siglo XVII el ideal de una Ciencia aplicada, la Ciencia pura que los griegos practicaban y apreciaban no debe perder vigencia y la investigación básica, aun sin vertiente técnica, es siempre esencial.
6. ...y también como proceso:
o sea, como actividad consistente en la generación de cierto tipo de conocimiento, y además (e igualmente importante) su aprobación por instancias especializadas. Este segundo aspecto nos recuerda que la Ciencia ha desarrollado mecanismos propios de autocrítica y autocorrección; y, aunque tales procedimientos distan de ser perfectos, son como la democracia en política... lo mejor que se nos ha ocurrido hasta el momento. (Se insiste sobre estos conceptos en el artículo «Sociedad, ciencia y pseudociencia» de este mismo volumen).
7. La Ciencia progresa de un modo peculiar:
El conocimiento científico no es acumulativo, sino que en la historia de la Ciencia se reconocen más bien procesos de sustitución: cuando comienzan a ser abundantes las observaciones o experimentos no explicables por las teorías científicas existentes surgen teorías nuevas2 que «engullen» y asimilan a las antiguas, como en el antiguo mito de Saturno devorando a su hijo... aunque aquí es el hijo quien se nutre del padre; para muchos autores esto no es progreso en sentido riguroso. Para otros sí lo es que la Ciencia sea capaz de abordar cada vez más problemas y de manera más satisfactoria: la nueva Ciencia está más cerca que la antigua de «la verdad» (sea ésta lo que sea, si existe...) el inalcanzable fin de una búsqueda nunca terminada.
2 El filósofo del siglo XX Thomas S. Kuhn explica que la Ciencia es obra de la comunidad de científicos, en la que se ingresa asimilando un paradigma o conjunto de creencias profesadas por el grupo en ese momento, que incluyen datos, problemas, terminología, metodología, etc. La Ciencia «normal» se enmarca dentro de dicho paradigma; pero si surge una gran cantidad de anomalías irresolubles desde la normalidad, un paradigma rival se enfrenta al anterior. Y si la comunidad científica opta por él (y según Kuhn esta elección no es estrictamente racional, sino que responde a causas sociológicas o psicológicas) se precipita una Revolución Científica.
8. La Ciencia es... ¡la actividad de los científicos!:
esta afirmación no resulta tan de Perogrullo si la completamos con... pero sobre todo su modo de llevarla a cabo. Los procedimientos que la Ciencia utiliza para alcanzar conocimiento constituyen el método científico, que usamos (tal vez inconscientemente) también en nuestra vida normal: imagine que al descolgar el teléfono de casa para llamar, no escucha señal; seguramente pensará en el problema de modo científico, es decir, se planteará todas las posibles preguntas lógicas, tratará de verificarlas (¿se ha desconectado de la pared, al agitar el aparato suena alguna pieza suelta, está flojo el cable, hay obras de una compañía telefónica en la calle, tienen línea los vecinos, etc?) y el resultado podrá, eventualmente, contradecir sus expectativas iniciales.
Y ½. La Ciencia se define, más que por su contenido o resultados, por su método:
insisto en la idea anterior con otra media reflexión acerca del método (etimológicamente, camino), esa larga senda que conduce al conocimiento contrastado y validado propio de la Ciencia. En su búsqueda destacaron entre los siglos XVI y XVIII ilustres personalidades como el filósofo inglés Francis Bacon, el astrónomo italiano Galileo Galilei, el filósofo y matemático francés René Descartes o el físico inglés Isaac Newton, que confiaron ciegamente en la infalibilidad de aplicar unas reglas metodológicas sencillas para triunfar en Ciencia. Un enorme salto en el tiempo nos lleva hasta el máximo representante del sector crítico: el filósofo del siglo XX Paul Feyerabend quien defendió que, en cuestión de métodos, «vale todo» en Ciencia. Según este autor los científicos no siguen rígidamente método alguno, y las continuas transgresiones al mismo son buenas y necesarias para el progreso científico. Entre estas dos posturas hay un camino intermedio defendido por Chalmers (que yo declaro compartir): en todas las Ciencias que han tenido éxito es posible reconocer métodos y normas comunes, si bien éstos dependen del contexto histórico, varían de unas disciplinas a otras, dentro de una misma Ciencia o según el problema tratado, y son siempre susceptibles de mejoras.
½ reflexión más: definiendo Ciencia por oposición
Para redondear las 8,5 reflexiones anteriores definiremos los objetivos, procedimientos y campo de acción de la Ciencia por contraste con lo que no es Ciencia. La dificultad para establecer sus difusas fronteras hace que en ellas proliferen multitud de actividades y creencias que «parecen» científicas y como tales se presentan, pretendiendo compartir el prestigio de la auténtica Ciencia pero sin aportar evidencia ni poseer su rigor: son las pseudociencias (falsas ciencias). James C. Maxwell, insigne físico del siglo XIX, escribió: «Tal es el respeto que inspira la Ciencia que las opiniones más absurdas pueden ser aceptadas a condición de que se expresen con un lenguaje cuyo sonido recuerde a alguna frase científica conocida». Esta frase conserva hoy toda su vigencia ya que el uso puramente metafórico (por falta de comprensión y dominio) del lenguaje científico es típico de las pseudociencias de todos los tiempos.
Para el argentino Mario Bunge, filósofo de formación físico-matemática, una falsa ciencia se reconoce por poseer al menos dos de las siguientes características: es dogmática, no modifica sus principios cuando fallan o son refutados por nuevos descubrimientos; no admite ignorar algo sino que ofrece explicaciones para todo; es crédula, no somete a prueba sus especulaciones; carece de los mecanismos de autocensura de la Ciencia y rechaza la crítica; no busca el conocimiento desinteresado, sino sólo aquello que pueda tener uso práctico; no encuentra ni utiliza leyes generales, y suele invocar entes inmateriales que no pueden estudiarse experimentalmente; especializarse en una pseudociencia (carente de un auténtico cuerpo de conocimientos) es fácil, no requiere largo tiempo ni gran esfuerzo intelectual. Además, las pseudociencias se basan en principios incompatibles con algunos de los mejor asentados de la Ciencia; quienes las practican permanecen al margen de la comunidad científica sin publicar en revistas prestigiosas con sistemas serios de revisión, ni asistir a congresos científicos, ni participar en discusiones abiertas. Las opuestas a estas características (no dogmatismo, provisionalidad, contrastación, autocrítica...) permiten, pues, definir la auténtica Ciencia.
Describiendo métodos
Los grandes métodos utilizados por las diversas ciencias suelen clasificarse en tres tipos principales que describo a continuación.
Método inductivo: inducción es una inferencia3 que, partiendo de casos individuales o concretos, busca extraer conclusiones generales.

Figura 1. (Las imágenes de este articulo son cortesia de la autora)
3 Paso mental válido de unas creencias expresadas en forma de proposiciones o enunciados a otras.
Los empiristas tradicionales como Bacon, Locke o Berkeley lo consideraron el método válido para obtener conocimiento en Ciencia. Sus pasos son: (1) observación y registro de hechos objetivamente y sin prejuicios; las observaciones deben ser repetidas en variedad de condiciones y ser reproducibles. (2) Comparación y clasificación de los eventos para llegar a generalizaciones que serán consideradas leyes (enunciados que expresan relaciones constantes, regularidades entre hechos o fenómenos). (3) Extracción de consecuencias y predicciones4. Por ejemplo: el enunciado «Todos los mirlos son negros» es una generalización empírica derivada de la observación repetida de estas aves, siempre de color negro. La principal objeción a este método es el llamado «problema de Hume»: una proposición general no es la consecuencia lógica de un número finito de ejemplos particulares. La afirmación anterior podría ser falsa por ser imposible someterla a prueba en todos sus casos posibles (v.g., para los mirlos aún no nacidos). Así, la inducción no permite establecer con seguridad el valor de una ley de la naturaleza; las conclusiones inductivas son, como mucho, probables.
Método deductivo: en este tipo de inferencia es contradictorio afirmar las premisas y, al mismo tiempo, negar sus conclusiones.

4 La predicción científica (que para disciplinas como la Paleontología o la Cosmología es retrodicción, hacia el pasado) es posible ya que la Ciencia explica a qué se debe un fenómeno y, por tanto, puede determinar si éste se repetirá si se repiten las mismas circunstancias; y, al contrario que la de los adivinos o la derivada de generalizar experiencias (como la de los campesinos) nunca es absoluta, sino condicional.
Por ejemplo: de la premisa «Todos los seres humanos son mortales» se deduce que, al ser la autora un ser humano, es mortal. Representado por el racionalismo de Descartes, éste es el método propio de la Lógica y las Matemáticas, aunque algunos autores piensan que éstas no funcionan realmente de forma tan deductiva como podría creerse en principio.
El método hipotético-deductivo, reconocido desde el siglo XVII como «el método científico» y preferido desde Galileo, fusiona características de los dos anteriores según el esquema de la figura 3.

(1) A partir de la observación de hechos de la Naturaleza se identifica y plantea claramente un problema, algo que los conocimientos actuales no pueden explicar. (2) Para intentar solucionarlo se formulan hipótesis (literalmente «poner debajo»: conjeturas o suposiciones de trabajo propuestas como explicaciones posibles de un problema, cuya validez deberá ser comprobada posteriormente); normalmente éstas se inventan, aunque a veces se adaptan o amplían otras ya existentes. (3) De ellas se deducen consecuencias, generalmente predicciones empíricas. (4) Un paso esencial es la contrastación, de la hipótesis misma por compatibilidad con teorías ya aceptadas, y de sus consecuencias observables por comparación con la realidad. Una forma de contrastación es la verificación, que estima la verdad de una proposición o teoría en la medida en que ésta se corresponda con los hechos observacionales. En Ciencia debe aceptarse la verificación provisional, ante la imposibilidad de una concluyente, definitiva y completa que precisaría infinitos experimentos u observaciones. Otro modo de comprobación es la falsación, consistente en intentar refutar una hipótesis hallando hechos que estén en oposición a sus consecuencias; así una hipótesis tendrá mayor valor científico cuanto más resistente sea a ser rebatida. Para el filósofo austriaco del siglo XX Karl Popper el método científico consiste precisamente en inventar conjeturas lo más atrevidas posible e intentar refutarlas por todos los medios. Toda auténtica teoría científica debe poder ser falsada por la experiencia o por su contradictoriedad interna, lo que hace de la falsación un excelente criterio de demarcación entre la Ciencia y las pseudociencias. Por ejemplo, la afirmación «En la Luna viven hombrecitos verdes capaces de leer nuestra mente que se hacen invisibles a los terrícolas y vuelan lejos si se acerca una nave» no es falsable y, por tanto, no puede ser una hipótesis científica; por el contrario, la Teoría de la Relatividad General podría haber sido falsada si las medidas de la curvatura de la trayectoria de la luz a su paso cerca de objetos muy masivos hubiesen proporcionado resultados nulos o distintos de las predicciones teóricas. Ahora bien, por su carácter aproximado las leyes y teorías científicas no son fácilmente falsables, y resulta imposible una refutación totalmente concluyente ya que cualquier hecho capaz de rebatir una teoría habrá sido interpretado desde otra. En todo caso, el acuerdo de una conclusión con una observación real sólo implica que la hipótesis de la que aquélla derivó es la más plausible; para considerarla válida debe además ser consistente con los otros aspectos del marco teórico. (5) Si el resultado de la contrastación es satisfactorio la hipótesis resulta confirmada provisionalmente, y se incorpora a una teoría (conjunto de hechos, hipótesis y leyes) capaz de explicar adecuadamente el problema planteado; en caso contrario el proceso debe ser retroalimentado en alguno de sus puntos, realizando observaciones o experimentos más precisos, o añadiendo, modificando o descartando hipótesis... Una norma útil para seleccionar entre varias hipótesis o teorías que describen correctamente un problema y hacen las mismas predicciones es la llamada navaja de Ockham. El franciscano y representante de la Escolástica Guillermo de Ockham (siglos XIII-XIV) enunció el siguiente principio de parsimonia: «pluralitas non est ponenda sine neccesitate» (las entidades no deben multiplicarse innecesariamente), es decir, han de eliminarse los conceptos superfluos y, entre dos teorías que den cuenta del mismo fenómeno, debe preferirse la más simple; la navaja no garantiza que ésta sea la teoría más correcta, pero sí establece prioridades. Veamos un ejemplo: la proposición «Los planetas recorren órbitas elípticas porque existe una fuerza entre ellos y el Sol que decrece con el cuadrado de la distancia, y es generada por la voluntad de ciertos alienígenas muy poderosos» es menos parsimoniosa que la misma afirmación sin el innecesario concurso de los extraterrestres...
El proceso descrito se repite hasta concluir con la elaboración de un modelo5 satisfactorio, pero siempre provisional. Recordemos, por último, que la construcción de la Ciencia no es ajena a consideraciones estéticas y, entre varias teorías alternativas, se prefiere a menudo la de mayor armonía y coherencia6.
5 En este contexto se trata de una representación (a veces matemática o físico-matemática) de una teoría, una imagen mental que explica por analogía lo observado en la naturaleza
6 Por ejemplo, en el siglo XVI, cuando los principios de la Armonía eran conocidos y aplicados en Música, Arquitectura o Astronomía, complejas teorías armónicas permitieron a Johannes Kepler justificar su apoyo al sistema geocéntrico copernicano, en el que halló mayor placer estético: la estética parece ser, al menos en parte, responsable de toda una Revolución Científica...
Reflexiones finales
«La Ciencia es cosa de hombres», como afirma Manuel Calvo, padre del periodismo científico español y uno de los autores de esta obra, en el título de uno de sus libros. En efecto, la Ciencia es continuamente objeto de análisis de los sociólogos, como el recientemente fallecido Robert K. Merton. Las normas que según éste deben regir en las comunidades de científicos, a saber, el sometimiento de las pretensiones de verdad a criterios impersonales preestablecidos, el hacer propiedad común de los logros científicos, la no persecución de fines personales por parte de los científicos en sus investigaciones, y el escepticismo institucionalizado (considerar los resultados científicos siempre revisables) constituyen un adecuado «desideratum» final.
Ésas que son, sin duda, glorias de la Ciencia fueron expresadas magistralmente por el dramaturgo alemán Bertolt Brecht en su obra «Galileo» por boca del científico: «La finalidad de la Ciencia no es abrir la puerta a la sabiduría infinita, sino poner límites a la perpetuación del error».
Referencias y Bibliografía de consulta:
Chalmers, A.F. (2000). Qué es esa cosa llamada Ciencia. 3ª ed. Madrid: Siglo XXI de España Editores.
Echeverría, J. (1989). Introducción a la Metodología de la Ciencia. Barcelona: Ed. Barcanova, Temas Universitarios.
Ziman, J. (1986). Introducción al estudio de las ciencias. Barcelona: Ed. Ariel S.A.
Información en Internet:

http://biblioteca.redescolar.ilce.edu.mx/sites/ciencia/volumen3/ciencia3/161/htm/metodo.htm («¿Existe el método científico?», completo libro del Dr. en Medicina Ruy Pérez Tamayo)

http://www.visionlearning.com/biblioteca_espanol/ciencia/general/SCI1.1s-metodo_cientifico.htm (ver también los otros enlaces que contiene)
El establecimiento de la Ciencia moderna
Entre los siglos XVI y XVII tuvo lugar, en una buena parte de los países europeos, un proceso social extraordinario que introdujo dos cambios fundamentales para el posterior desarrollo de la humanidad. Por un lado la larga transición desde el feudalismo hasta la implantación del capitalismo como nuevo y más evolucionado modo de producción, sustentado por la nueva clase emergente: la burguesía. Por otro lado, en el que probablemente ha sido el período revolucionario en el campo de las ideas más fructífero de la historia, tiene lugar el establecimiento de las bases de lo que, posteriormente, conoceríamos por Ciencia moderna. La íntima relación de ambos cambios, en perfecta simbiosis, hace que no se pueda entender el progreso de uno sin la existencia del otro.
Se trataba de dos hechos que marcarían el devenir de la Historia. Uno de ellos, el cambio de clase dominante, de enorme trascendencia, pero a todas luces coyuntural y provisional, resultado de una situación económica y social concreta pero susceptible de posterior modificación. El otro, sustancial, de un calado histórico notablemente mayor, en tanto que suministraba las herramientas necesarias para una comprensión racional del mundo. Hay que hacer notar que el cambio de clase dominante sólo representa «un estadio temporal en la evolución económica de la sociedad» (no olvidemos que, pese a quien pese, todavía no asistimos al fin de la Historia), mientras que el establecimiento de la Ciencia moderna es una «conquista permanente de la humanidad», que ha venido demostrando su validez desde entonces.
Hasta ese momento la vieja Ciencia, a pesar de los débiles pilares en que se había sustentado, había ido avanzando, aunque penosamente, hasta llegar a los años que nos ocupan, los de la Revolución Científica. Se conoce así a un período de la historia que duró casi 200 años, y condujo, en palabras de Bernal (autor de una de las mejores obras de historia social de la Ciencia escritas hasta la fecha), a la liquidación del «edificio de presupuestos intelectuales heredado de los griegos y santificado por los teólogos musulmanes y cristianos, al tiempo que un sistema radicalmente nuevo venía a ocupar su lugar». Nacía así la nueva imagen del mundo.
Para los autores más puntillosos este período revolucionario tiene una vida de, exactamente, 144 años: los transcurridos entre 1543 y 1687. O, lo que es lo mismo, los que median entre la publicación de Sobre las Revoluciones de las Esferas Celestes (De Revolutionibus Orbium Coelestium), el libro de Nicolás Copérnico con el que se establecía la visión heliocéntrica del universo, y la aparición de Principios Matemáticos de la Filosofía Natural (Philosophiae Naturalis Principia Mathematica), la magna obra de Isaac Newton que servía para unificar, para integrar los grandes descubrimientos, sobre todo astronómicos, de las décadas anteriores, definiendo los principios generales sobre los que se sostienen.
Pero sería injusto ser tan preciso: ni la Revolución Científica duró exactamente 144 años, ni tuvo lugar exclusivamente en el campo de la Astronomía. Más bien debe entenderse la Revolución Científica como un largo proceso, básicamente asociado a los cambios económicos y sociales que tuvieron lugar en esos años (y en los precedentes, y en los posteriores), e íntimamente relacionado con la emergencia de la que sería la nueva clase dominante, la burguesía, que comenzaba a desplazar a la vieja clase, inútil y en descomposición, la aristocracia. O lo que es lo mismo, una revolución vinculada a la aparición del capitalismo, que desplazaba al feudalismo como caduco modo de producción. Fue precisamente la nueva clase emergente la que supo detectar las potencialidades de la nueva manera de abordar el estudio de la naturaleza, no dudando en contribuir económicamente al desarrollo de la Ciencia moderna y, mediante el uso de la tecnología derivada de los nuevos conocimientos científicos, supo aprovecharse de esos resultados para agilizar la transición al capitalismo. La Ciencia asumía, así, el doble papel de causa y efecto (si bien no exclusivos) en ese proceso económico crítico en la historia.
La otra Revolución Científica
Otro error muy común consiste en asociar la Revolución Científica de los siglos XVI y XVII exclusivamente con el establecimiento de la Astronomía. Es cierto que fue esta Ciencia la que tiró del carro en que viajaban todas las demás y puede hablarse, por lo tanto, de una «revolución de las estrellas», incluyendo así al objeto de estudio y a sus protagonistas, aquellos personajes popularmente responsables, incluso hoy, del nacimiento de la Ciencia moderna: Copérnico y su sistema heliocéntrico del universo, Kepler y sus leyes del movimiento planetario, Galileo y la acumulación de evidencias sobre el sistema copernicano, Newton y sus integradores Principios Matemáticos de la Filosofía Natural, Halley, Huygens,... Se ha escrito mucho sobre esta «revolución de las estrellas», por lo que no profundizaremos más en ella.
Pero, simultáneamente, tenía lugar «la otra» Revolución Científica, la que daría lugar al establecimiento de la mayoría de las ciencias que hoy conocemos. Eran ciencias que no se ocupaban de las estrellas, ni el devenir del tiempo ha querido que sus estudiosos lo fueran, tal vez porque el lamentable concepto de Cultura que se ha impuesto está asociado casi exclusivamente al Arte y las humanidades y, en muchísima menor medida, a la Ciencia. Posiblemente porque algunos suelen despreciar lo que son incapaces de entender (o lo que cuesta mucho trabajo), a pesar de que el objeto de desprecio -la Ciencia- haya sido el motor del mundo y, guste o no a los «cultos», también de la Cultura.