EL COLOR DE LA LEY

V.1: febrero, 2015


© Mark Gimenez, 2005

Publicado originalmente en Reino Unido en 2006 por Time Warner Books

© de la traducción, Alberto Sala, 2012

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014


Diseño de cubierta: Taller de los Libros


Los derechos de traducción de esta obra han sido cedidos por la agencia literaria Jane Rotrosen Agency y gestionados para España por International Editors Co. Todos los derechos reservados.


Publicado por Principal de los Libros

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

08037 Barcelona

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ISBN: 978-84-16223-19-0

IBIC: FHP

Depósito Legal: B. 4980-2015

Preimpresión: Taller de los Libros


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

EL COLOR DE LA LEY

Mark Gimenez


Traducción de Alberto Sala

1


A Frank Gimenez (1926-1990) y a Janie Gimenez, mis padres.

A Jack Hutchison (1931-1998), mi suegro.

A Brigitte, mi mujer, por leer todos esos borradores, y a Clay y Cole, mis hijos, por demostrarme lo inteligentes que son.


También a Wm. E. («Bill») Douglass (1942-1994) y Sheldon Anisman, los dos abogados que he conocido que más se parecían a Atticus Finch en cuanto a honor y actitud.


A Harper Lee, cuya extraordinaria novela hizo que me convirtiera en abogado y escribiera esta historia.


Capítulo 2

El despacho de abogados Ford Stevens ocupaba desde la planta cincuenta y cinco hasta la sesenta y tres de la Torre Dibrell, en el centro de Dallas. El excepcional éxito financiero del bufete se basaba en sus doscientos abogados facturando unas doscientas horas al mes, a una media de 250 dólares la hora, recaudando un promedio de 120 millones de dólares al año, y acumulando un promedio de ganancias por socio de un millón y medio de dólares, situando al bufete de Dallas a la misma altura que las empresas de Wall Street. Scott Fenney llevaba cuatro años como socio y obtenía 750 mil dólares al año. Estaba claro que a los cuarenta habría doblado la cifra.

Ser uno de los cincuenta socios tenía muchas ventajas: una secretaria personal, dos ayudantes y cuatro asociados bajo sus órdenes. Plaza de aparcamiento propia en el garaje subterráneo, entrada a restaurantes y clubes de campo y atletismo, además de un enorme despacho en el piso sesenta y dos orientado directamente hacia el norte —la única dirección cuya vista merecía la pena en el centro de Dallas. Le gustaba especialmente su despacho: las paredes de madera, la mesa de caoba, los muebles de piel, la genuina alfombra persa importada de Irán sobre el parqué, y en la pared la fotografía enmarcada de Scott luciendo el número 22 de los Dallas Mustangs, corriendo 193 yardas contra los Texas Longhorns el día en que se convirtió en una leyenda local. Mantener todos estos lujos requería únicamente que Scott sirviera a los clientes del despacho con la misma devoción que los discípulos mostraron a Jesucristo.

Había transcurrido una hora desde el discurso en el colegio de abogados, y Scott estaba de pie sobre su alfombra persa admirando a Missy: una chica de veintisiete años ex animadora de los Dallas Cowboys que dirigía el programa de verano de pasantías del bufete. Cada otoño, los abogados de Ford Stevens se desplegaban por el país para entrevistar a los mejores alumnos de segundo curso de las universidades de Derecho más prestigiosas de la nación. El despacho contrataba a cuarenta de los candidatos más preparados y los traía a Dallas al verano siguiente para trabajar como pasantes por 2 500 dólares a la semana, más alojamiento, comida, fiestas y alcohol; algunos despachos también incluían mujeres. La mayoría de los socios en grandes bufetes habían pertenecido a fraternidades universitarias, por lo que gran parte de los programas de pasantías de verano tenía todas las señas de dichas fraternidades. El programa de Ford Stevens no era una excepción.

Así que el primer lunes de cada junio se producía la invasión de cuarenta pasantes, como era el caso de Bob, cada uno intentando llamar la atención de los poderosos socios; y los socios a su vez intentando descubrir si estos tiburones en ciernes eran el tipo de Ford Stevens. Bob lo era. A juzgar por la expresión del estudiante de Derecho situado junto a Missy, estaba soñando con tener un despacho como aquel algún día. Lo que significaba trabajar doscientas horas al mes en los siguientes ocho años sin queja alguna o desacato, si no lo echaban antes —las probabilidades de un nuevo colegiado de llegar a ser socio en Ford Stevens eran del cinco por ciento—. Aun así los alumnos ambiciosos todavía se inscribían porque tal y como había dicho el propio Scott, «si queréis probabilidades id a Las Vegas. Si queréis tener la oportunidad de estar forrados a los cuarenta años, trabajad en Ford Stevens».


—¿Señor Finney?

Scott apartó sus ojos de Missy y los dirigió hacia su secretaria de mediana edad de pie en la puerta.

—Dígame, Sue.

—Tiene cuatro llamadas en espera: su mujer, Stan Taylor, George Parker y Tom Dibrell.

Scott se volvió hacia Missy y el estudiante y se encogió de hombros.

—El deber me llama —Estrechó la mano del feo, pálido y listo estudiante y con una palmada en el hombro se despidió—: Bob.

—Rob.

—Ah, disculpa. Bien, Rob, mi fiesta del Cuatro de Julio es de obligada asistencia.

—Sí, señor. Ya he oído hablar de ello.

—¿Traerás algunas chicas este año, Missy?

—Diez.

¿Diez? —Scott silbó—. Diez ex animadoras de los Dallas Cowboys.

El despacho pagaba a cada una de las chicas quinientos dólares por estar en biquini unas cuantas horas y simular interés en los estudiantes de Derecho.

—Bob.

—Rob.

—Eso. Más te vale un bronceado, Rob, si quieres atrapar a una de esas animadoras.

Rob rio a pesar de que tenía aproximadamente las mismas posibilidades de conseguir una cita con una ex animadora de los Dallas Cowboys que un cojo de ganar una carrera.

—Señor Fenney —dijo Rob—, su discurso durante el almuerzo en el colegio ha sido muy inspirador.

El primer día en el trabajo y el chico podía llegar a ser tan hipócrita como cualquier socio veterano. ¿Sería sincero de verdad?

—Gracias, Bob.

Missy le guiñó el ojo. Scott no supo si el guiño era porque conocía la patraña de su discurso o estaba flirteando de nuevo. Como todas las chicas solteras de buen ver en Dallas, Missy había hecho del flirteo un arte, llamando siempre la atención cuando cruzaba sus piernas esbeltas o en un roce en el ascensor, o sencillamente mirándolo de forma que sentía como si estuvieran a punto de tener una aventura. Por supuesto, todos los hombres del bufete sentían lo mismo hacia Missy, pero Scott era elegido cada año como el abogado más atractivo de Ford Stevens por el personal femenino, aunque ello no fuera gran cosa. Scott había sido una estrella del fútbol americano en la universidad, la mayor parte de abogados eran estrellas del ajedrez. Como Bob.

—Rob.

—Cierto.

Missy y Rob se fueron y Scott se dirigió a su mesa y se sentó en su cómoda butaca de piel. Miró el teléfono; cuatro líneas parpadeaban. De forma automática y sin pensar, priorizó al instante las llamadas: Tom, Stan, George y su mujer. Tom había pagado al despacho tres millones de dólares el año pasado, Stan 150 mil dólares, George cincuenta mil dólares y su mujer nada. Scott cogió el teléfono y apretó la línea de Tom.



—¡Señor Fenney!

Scott esperaba impaciente el ascensor en el vestíbulo de la planta sesenta y dos para subir a ver a Tom Dibrell en la planta sesenta y nueve. No pudo contener una sonrisa. Había sido bendecido con el tipo de cliente rico con el que sueñan los abogados: un promotor inmobiliario adicto a los negocios. Un cliente que habitualmente compraba, construía, alquilaba, vendía, demandaba y era demandado y, lo más importante de todo, poseía una asombrosa facilidad para meterse en líos legales continuamente, enredos que siempre requerían los carísimos servicios legales de Scott Fenney.

Sue llegó con el rostro sonrojado por el esfuerzo de correr tras él.

—Señor Fenney, tiene la reunión de socios a las dos.

Scott miró su reloj: eran las dos menos cuarto.

—No podré ir. Tom me necesita. ¿Qué hay en el orden del día?

Sue le entregó la lista con los temas a discutir en la reunión de socios. Sólo un asunto requería su voto: el cese de John Walker como socio del bufete. A diferencia de Scott, John había dejado de ser un abogado con suerte. Su cliente millonario acababa de ser adquirido por una empresa de Nueva York, lo cual significaba que ya no pagaría más honorarios legales a Ford Stevens; y eso suponía que John Walker ya no trabajaría en el bufete. Su salario de ochocientos mil dólares se había convertido en un gasto innecesario para Ford Stevens. John era un abogado brillante y él y Scott jugaban al baloncesto dos veces por semana, pero se trataba de negocios: los abogados brillantes sin clientes ricos no valían nada para un gran bufete.

Las puertas del ascensor se abrieron en el momento en que Scott cogía el bolígrafo de su abrigo. Entró y Sue lo siguió. Junto al orden del día había una hoja de votación de socios: cese de john walker. El único accionista del bufete que no sabía que John Walker sería despedido hoy era el propio John Walker. Dan Ford creía que el factor sorpresa era elemental cuando se trataba de echar a un socio; de otro modo el socio podía marcharse con algunos clientes del bufete. Así que en un cuarto de hora John Walker entraría en el despacho de Dan, sería despedido de forma humillante tras doce años en el bufete y después los guardas de seguridad lo escoltarían a través del edificio. El bufete jamás había perdido un solo cliente tras despedir a un abogado.

Sue se giró y le ofreció la espalda. Scott apoyó la hoja de votación en su reverso y empezó a firmar A. Scott Fenney, pero se detuvo. Se sentía culpable a pesar de que su voto no era más que una mera formalidad, un acto cuya oficialidad suponía que el bufete Ford Stevens era una sociedad igualitaria de abogados. De hecho, Dan Ford era el propietario del bufete y de cada abogado, despacho, mesa y libro que había en la empresa; y Dan ya había decidido despedir a John Walker. Scott podía firmar la decisión de Dan o rechazarla y… ¿qué? ¿Unirse a John en la cola del paro? Suspiró y firmó el documento de la votación en la columna de a favor. Luego se lo devolvió a Sue y le dijo: «Dale esto a Dan».

Sue miró la votación como si fuera una sentencia de muerte y le dijo casi susurrando:

—Su mujer tiene cáncer de pecho.

—¿La de Dan?

—No. La mujer de John Walker. Su secretaria me dijo que está en sus glándulas linfáticas.

—¿Bromeas? Dios, es una mujer joven.

La madre de Scott también era joven, tenía apenas cuarenta y tres años cuando el mismo cáncer acabó con su vida. Scott había observado impotente cómo perdía sus pechos, su cabello, su vida. Pensó en John y en su mujer que en breve estarían en la calle frente a este edificio, maldiciendo a sus socios por abandonarlo y maldiciendo a Dios por abandonar a su mujer, tal y como Scott había hecho mientras el cáncer consumía el cuerpo de su madre poco a poco, hasta sentirse como una almohada de plumas cuando él la levantaba de la cama y la llevaba al lavabo.

—Maldita sea.

No podía hacer nada más por la mujer de John de lo que pudo hacer por su madre, y tampoco por el propio John como había sucedido con el resto de abogados que Dan Ford había despedido de la noche a la mañana. Aun así… Scott se miró en el espejo de la pared hasta que el ascensor se detuvo suavemente y las puertas se abrieron en la planta sesenta y nueve. El sonido del ascensor le apartó de sus pensamientos como el silbato de un árbitro cuando reinicia el juego. Salió fuera. Las puertas del ascensor se cerraron tras él y entró en los dominios de la Sociedad Promotora de Dibrell, el propietario del bufete y su cliente más importante, ya que suponía más del noventa por ciento de los honorarios legales que generaba cada año; honorarios que habían comprado todo cuanto Scott Fenney poseía en la vida, desde la cama en la que dormía hasta los zapatos que calzaba.

Once años atrás, Scott, en aquel momento recién incorporado a Ford Stevens, estaba en uno de los ascensores del edificio cuando se abrieron las puertas y entró Thomas J. Dibrell. Scott lo reconoció de inmediato. Todo el mundo en Dallas conocía a Tom Dibrell: un ex alumno de la universidad de Dallas y feroz defensor del fútbol americano que había estado implicado en el escándalo por soborno junto al gobernador que resultó en la gravísima sanción por parte de la Asociación Nacional de Atletismo, y que dejó al equipo de la universidad fuera de la competición en 1987. También había construido la fastuosa Torre Dibrell con trescientos millones de dólares prestados por un fondo de pensiones de Nueva York durante el boom inmobiliario de los ochenta; y de algún modo había sobrevivido a la quiebra en los noventa, un destino que otros muchos promotores no pudieron evitar cuando el mercado inmobiliario de Texas se fue al traste. De hecho, cómo Tom Dibrell había logrado aferrarse a su rascacielos mientras todos los otros grandes promotores perdían los suyos, seguía siendo el segundo gran misterio de Dallas, después de si Oswald actuó solo en el asesinato de Kennedy.

Pero así como Scott lo reconoció aquel día en el ascensor, Dibrell reconoció a Scott. Su cara tenía aquel aspecto que Scott había presenciado tantas veces cuando un hombre adulto se encuentra con un héroe de fútbol americano: es la cara de un niño la mañana de Navidad. Se presentaron y Scott le contó a Dibrell que era abogado de Ford Stevens, y Dibrell lo invitó a comer arriba en el Downtown Club. Mientras se comía su filete, Dibrell le explicó que el mercado inmobiliario de Dallas se estaba yendo al garete, su empresa estaba en las últimas y sus abogados —los bastardos traidores a quienes había pagado millones durante los años del boom— lo habían abandonado por los bancos yanquis que absorbieron a los bancos insolventes locales, aquellos que sostenían muchos de sus impagos. Tras la comida, Dibrell se fumó un puro, se reclinó en su silla y le propuso a Scott Fenney, la leyenda local de fútbol americano, que fuera su abogado.

Scott Finney acababa de conseguir su primer cliente.

Lo demás era historia. Once años después el mercado inmobiliario de Dallas estaba en auge de nuevo, la Sociedad Promotora de Dibrell estaba en la cima, y Tom Dibrell era una vez más un codiciado cliente en Dallas; un cliente que confiere a su abogado un respeto inmediato y un estatus social al presentarse: «Soy Scott Fenney, abogado de Tom Dibrell». Y Scott se mantuvo fiel como abogado por la suma de tres millones de dólares al año en concepto de honorarios.

Los tacones de Scott golpearon contra el suelo de mármol y caoba hasta que llegó a la amplia entrada. Justo bajo la lámpara de cristal había una mesa redonda de madera donde se hallaba una escultura de bronce de más de medio metro: un ternero sujetado por dos cowboys a punto de perder su masculinidad a manos de un tercer vaquero empuñando un arma que parecía una trasquiladora gigante. En la bandeja de plata sobre la base estaba grabado «encierro de primavera».

Cada vez que Scott entraba en la espaciosa recepción de la Sociedad Promotora Dibrell se sentía como si estuviera en un museo del Oeste. Las esculturas de Frederic Remington estaban colocadas sobre pedestales. Los cuadros de G. Harvey de vaqueros montando a caballo colgaban de las paredes; obras de arte con nombres como Cuando los banqueros llevaban botas, La travesía de Rio Grande, Si Dios quiere y el tiempo lo permite. Los muebles parecían sacados de la película Gigante —sofás de cuero bordados con adornos, sillas a juego y oscuro parqué desde el suelo hasta el techo. En la pared frontal sobre el mostrador de recepción colgaba la obra maestra del museo, un enorme retrato de Tom Dibrell a caballo. Parecía un niño al que sus padres hubieran obligado a montar un poni en una granja. Era, de hecho, la única ocasión en que Tom había montado un caballo. Pero a Tom le encantaba todo lo relacionado con el oeste y los cowboys, a pesar de que nadie en Dallas, Houston o Texas se interesaba por este asunto. Aun así era divertido aparentar.

Los ojos de Scott descendieron desde Roy Rogers hijo hasta la mujer más hermosa que jamás había visto, al menos desde la última vez que estuvo allí. Una belleza rubia de ojos azules estaba sentada tras la mesa de recepción pintándose las uñas sobre el periódico de la mañana. Tom Dibrell siempre decía que creía firmemente en contratar a contables de Harvard y recepcionistas de Hooters. El problema era que el camino profesional de las recepcionistas siempre iba de esa mesa al sofá del despacho de Tom, lo que a su vez llevaba a un caro acuerdo para evitar una demanda.

—Vaya si era atractivo —dijo ella.

No se refería a Tom. Sus ojos azules estaban fijos en el periódico y en una foto en blanco y negro de un hombre joven bajo los titulares de «Clark McCall asesinado…»; «Una prostituta acusada…»; «El senador McCall devastado…»; «La campaña presidencial atrasada…».

—Es una foto policial —dijo Scott— de cuando lo trincaron por droga. Siempre se metía en líos.

Ella se encogió de hombros.

—Era rico.

—Su padre era rico.

—Eso me basta.

—Pues entonces debería haberte recogido a ti en lugar de aquella prostituta el sábado por la noche.

—¡Ja! Le hubiera costado mucho más que ella y, por otra parte, yo no llevo una pistola.

—Pues desde donde estoy yo parece que lleves una.

Le dirigió una tímida sonrisa y volvió sus ojos hacia el periódico, moviendo su cabeza lentamente como si reflexionara acerca de un gran misterio.

—Rico y atractivo. ¿Por qué querría una prostituta negra cuando podía tener a cualquier chica blanca de la ciudad?

—Más barata, como has dicho.

Scott siempre disfrutaba ligando con las chicas de Dibrell, pero se había cansado de la conversación. El asesinato del hijo de un senador no le interesaba esa tarde. Estaba ahí para ganar dinero. Así que dijo: «Soy Scott Fenney, vengo a ver a Tom».

La recepcionista dejó el esmalte, sopló sus uñas y cogió el teléfono. Pulsó cuidadosamente un botón con la goma de un lápiz y dijo:

—El señor Fenney está aquí —Colgó, se acomodó en la silla mostrando sus imponentes pechos y dijo—: Bueno, ¿está casado?

Scott enseñó su mano izquierda para exhibir el anillo de boda.

—Once años.

—Qué pena —Sopló sobre sus uñas de nuevo y dijo—: Siga adelante, señor Fenney. Y llámeme si su situación cambia… o incluso si no lo hace.

A pesar de sus aptitudes gramáticas, era un buen ejemplo de lo que los hombres más deseaban: una preciosa chica de Texas. Había muchos mitos en Texas, pero uno de ellos no lo era: las chicas más preciosas del mundo se encontraban en Dallas, Texas. Las chicas como ella se gradúan en el instituto o hacen un grado medio, y llegan desde todos los pueblecitos de Texas directamente a Dallas, como polillas acudiendo hacia la luz. Vienen en busca de trabajo, por la vida nocturna, por los solteros que ganan mucho dinero, el tipo de dinero que compra casas grandes y lujosos coches, ropa de moda y joyas resplandecientes que garantizan una sonrisa en cualquier chica de Texas. Si una chica quiere casarse con el trabajador de una refinería y vivir en una casa se muda a Houston; si una chica quiere casarse con el dinero y vivir en una mansión se muda a Dallas.

Scott atravesó el área de recepción y bajó por una galería repleta de más arte vaquero y se acordó de ponerse las gafas. Era algo miope y necesitaba las lentes sólo cuando leía con poca luz, pero habitualmente las llevaba puestas ante los clientes, por eso de que les gustan los abogados que parecen inteligentes. Llegó a la oficina privada de Tom, que consistía en una sala de trabajo, un lavabo privado, un estudio con una falsa chimenea y el santuario de Tom.

Marlene, la secretaria de mediana edad de Tom, levantó la vista del artículo acerca de McCall, sonrió y le indicó que pasara. Encontró a Tom en la otra punta del vasto espacio, con la cabeza hundida entre las manos, parecía pequeño detrás de la enorme mesa bajo el techo a tres metros de altura. Scott caminó hacia su cliente millonario, se abrió paso a través de más muebles de piel, una elegante silla de montar mexicana con incrustaciones de plata y las fotografías de Tom con gobernadores, senadores y presidentes; y en la mesa del centro un casco grabado con el nombre de Dibrell, junto a los planos enrollados que utilizaba como apoyo en las inauguraciones, a pesar de que Tom Dibrell nunca en su vida había trabajado en la construcción.

—Nos reuniremos abajo para el acuerdo de los terrenos —dijo Scott a Tom—. Debería cerrarse pronto.

Tom sacudió lentamente la cabeza una y otra vez.

—No te he llamado por eso.

Tom tenía cincuenta y cinco años, se estaba quedando calvo así que llevaba peluquín, medía un metro setenta sobre sus botas de cowboy, y era un regordete bastardo. No obstante, por tres millones de dólares al año, Scott lo describía como un tipo fornido. Se había casado cuatro veces con mujeres cada vez más jóvenes; la actual señora Dibrell tenía veintinueve años. Tom levantó la cabeza y Scott inmediatamente supo que era un problema de faldas. Suspiró. Su mejor cliente no podía evitar necesitar siempre ayuda.

—¿Quién ha sido esta vez, Tom?

—Nadine.

Scott movió la cabeza; no se acordaba de Nadine.

—Morena, alta, robusta. ¡Por Dios, Scott, si tiene un cuerpo increíble! —Hizo una pausa y sus ojos se nublaron como si reviviera el momento. Luego exclamó—: Amenaza con demandarme por acoso sexual —Tom le enseñó una carta—. Tiene un jodido abogado.

Scott agarró la hoja y sus ojos fueron directos al membrete: Franklin Turner era un célebre abogado demandante. Exhaló pesadamente.

—¡Mierda! Veinte mil abogados en Dallas y ella encuentra a Frank Turner.

Scott leyó la carta por encima. Frank Turner amenazaba con interponer una demanda contra la Sociedad Promotora Dibrell y contra Thomas J. Dibrell en representación de su cliente, Nadine Johnson, a no ser que llegaran a un acuerdo económico en el plazo de diez días.

—¿Es Turner tan duro como dicen? —preguntó Tom.

—Sí, es realmente duro de pelar.

Scott lo dijo en un tono serio, como el médico que le dice a su paciente «usted tiene cáncer». Siempre era mejor hacer sudar un poco al cliente: un cliente preocupado pagará honorarios más elevados sin refunfuñar. Así que frunció el ceño y se acercó a la ventana de la bahía; Tom la había diseñado para poder disfrutar de una vista panorámica de la ciudad, de forma que pudiera estar allí, contemplar Dallas, respirar su aire y pensar «Dios, qué vista más depresiva». Gris y apagada como si estuvieras mirando una vieja televisión en blanco y negro. Un paisaje de hormigón y de acero hasta donde el ojo puede ver, todo el camino hacia la bruma marrón de polución que perpetuamente rodea la ciudad, sin árboles y estéril; el obvio plan maestro de la ciudad: pavimentar cada metro cuadrado de césped de toda la maldita ciudad. Lo que podía explicar que Dallas fuera considerada como la ciudad más fea de Norteamérica. En Dallas no hay absolutamente nada hermoso salvo las mujeres. Ningún océano o lago o agua de cualquier tipo, salvo el río Trinity que fluye al oeste del centro, utilizado durante décadas como alcantarillado natural y hoy como un gran desagüe. Ni Central Park, ni Montañas Rocosas, ni Miami Beach. Ni siquiera buen clima. Nada de lo que poseen otras grandes ciudades. Todo cuanto tiene Dallas es una cruz blanca en la calle Elm que marca el lugar exacto donde un presidente norteamericano fue asesinado. Aun así, uno no vive en Dallas por nada de eso; vive en Dallas para ganar mucho dinero en poco tiempo.

—¿Scott?

La voz de Tom sonó como la súplica de un niño. Scott se volvió hacia su preocupado cliente.

—Tom, para contrademandar a Frank Turner tendré suerte si logro que esta vez cueste el doble de lo que costó la última.

Tom movió la cabeza.

—No me importa, Scott. Paga dos millones si hace falta, sólo encárgate de ello. Y mantenlo en silencio, no quiero perder a Babs. Me gusta de veras.

Babs era la quinta esposa de Tom.

—Me encargaré de ello, Tom, como lo he hecho otras veces.

Parecía que Tom iba a llorar.

—Nunca olvidaré esto, Scott. Nunca.

Scott se dirigió hacia la puerta diciéndole por encima del hombro:

—Me basta con que no lo olvides cuando te envíe mi factura.

Scott mantuvo su rostro serio mientras pasaba por delante de Marlene y de vuelta por el museo del oeste, le guiñó el ojo a la recepcionista, y entró en el vestíbulo del ascensor. Pero una vez a salvo y solo allí dentro, irrumpió en una amplia sonrisa y le dijo a su reflejo en el espejo: «¿Cómo puede un hombre meterse en tantos líos legales? El tipo es puñeteramente raro».

En la intimidad del ascensor o de sus pensamientos, Scott Fenney consideraba a su millonario cliente como todos los abogados consideran a los clientes ricos que les dan de comer: criaturas de menor inteligencia que, por la gracia de Dios, han heredado, robado, estafado, conspirado, engañado o simplemente la suerte les ha proporcionado la riqueza. Así que para restablecer la balanza del orden natural, los abogados tienen el deber de quitarles el máximo posible de su fortuna en concepto de honorarios.

Scott Fenney siempre había cumplido con su deber respecto a Tom Dibrell.

Capítulo 3


Scott bajó en ascensor hasta las oficinas de Ford Stevens y luego caminó a lo largo del vestíbulo hasta la sala de juntas, en la planta sesenta y dos; pasó por delante del despacho de John Walker, donde la secretaria de John estaba empaquetando sus pertenencias, y el siguiente abogado ya se estaba instalando. Scott caminaba rápido y chascando sus dedos, drogado con la sustancia más embriagadora conocida por el hombre: el éxito.

Abrió la doble puerta de golpe y entró en la sala de juntas, un espacio considerable actualmente ocupado por una mesa de madera de cerezo de doce metros de largo, treinta butacas tapizadas de cuero marrón oscuro, y una docena de abogados de sexo masculino peleándose por el dinero de otras personas como leones por carne cruda. Hoy estos jóvenes y voraces abogados se estaban dando un festín porque la Sociedad Promotora Dibrell quería comprar por veinticinco millones de dólares veinte hectáreas de terrenos adyacentes al río Trinity, donde Dibrell planeaba construir almacenes industriales. Tres abogados de Ford Stevens estaban en la disputa, luchando en defensa del cliente de Scott a razón de 850 dólares la hora. Scott pasó a presidir la larga mesa de la sala de juntas.

—¡Caballeros!

La sala se quedó en silencio y todas las miradas, corbatas y tirantes se volvieron hacia él.

—¿Todavía no habéis cerrado este trato, chicos? ¿Qué demonios lo retrasa?

Sid Greenberg, un socio del bufete desde hacía cinco años a quien Scott había puesto a cargo de este asunto de Dibrell, dijo:

—Scott, aún estamos discutiendo sobre la cláusula ambiental.

—¿Y no está resuelto? ¿Cuánto hace ya, dos semanas?

—Scott, no creo que podamos resolverlo —dijo Sid.

—Sid, hay una solución para cada problema legal. ¿Cuál es el problema?

—El problema es el siguiente, Scott: sabemos, pero el Gobierno lo desconoce, que esas tierras están contaminadas con plomo de una fábrica de baterías que operaba allí hace años. Y hay algunas filtraciones en el río siempre que llueve; bastantes filtraciones. Así que tenemos que dejar en depósito parte del precio de la compra para cubrir la limpieza, en caso que las filtraciones se descubran antes de que Dibrell pueda pavimentar. El problema es determinar el monto del depósito.

—Maldita sea, Sid, contrata a un especialista ambiental. Él nos dirá cuánto hay que depositar.

—Ya lo habríamos hecho, Scott, pero el juzgado nos ordenó entregar todos los informes ambientales a esos estúpidos ecologistas que interpusieron la demanda para detener el acuerdo.

—¿Los Aliados del Río Trinity?

—Sí, los mismos. Quieren que los terrenos se utilicen como una especie de parque natural, donde los niños puedan ir y ver de cerca el hábitat de un río. Pero todo lo que verán será un montón de peces muertos y aguas residuales sin refinar. Joder, si metes un dedo en el agua puedes pillar una enfermedad. De todos modos, informamos al juzgado de que ninguna de las partes tenía un informe medioambiental. Si conseguimos uno, tendremos que dárselo a los Aliados y descubrirán la contaminación del plomo y la utilizarán para detener el acuerdo. ¡La Agencia de Protección Medioambiental habrá ocupado las tierras al día siguiente! Pero sin un informe no sabemos qué cantidad depositar. Nosotros queremos que sea el cincuenta por ciento del precio de compra; el vendedor quiere que sea el cinco por ciento.

Sid levantó ambas manos, frustrado.

—Tal vez tengamos que decirle a Dibrell que cancele el negocio.

Scott suspiró. Años atrás había cometido el error de decirle a Tom que cancelara un negocio por alguna sutileza legal. Tom escuchó pacientemente a su nuevo abogado, y luego dijo:

—Scott, no te pago para que me digas lo que no puedo hacer. Te pago para que me digas cómo puedo hacer lo que quiero hacer. Y si no eres capaz, encontraré a un abogado más inteligente que sí pueda hacerlo.

Scott aprendió bien la lección. No le diría a Tom Dibrell que anulara un trato de veinticinco millones de dólares que significaría quinientos mil dólares en minutas legales a Ford Stevens; y por narices que el trato no iba a caerse por las filtraciones de plomo de ese pozo séptico que era el río Trinity.

—Muy bien, esto es lo que vamos a hacer. Ford Stevens contratará al especialista medioambiental. Me entregará su informe sólo a mí. Los abogados del vendedor pueden venir a mi despacho a leer el informe, pero ninguna copia saldrá del mismo. Este informe pertenecerá a Ford Stevens, no a Dibrell ni al vendedor. De esta forma, el informe estará protegido por el secreto profesional, y puedo jurar ante el tribunal que ninguna de las dos partes tiene un informe medioambiental susceptible a ser citado por los de la Alianza. Y nadie sabrá jamás nada sobre las filtraciones de plomo el río.

—¿Funcionará? —preguntó Sid.

—Funcionó para las compañías de tabaco, Sid. Mantuvieron en secreto durante cuarenta años todas aquellas pruebas sobre lo adictiva que es la nicotina porque sus abogados contrataron a los científicos que dirigieron los estudios. Así que los estudios estaban protegidos de requerimientos judiciales por el secreto profesional. Nadie supo nunca de la existencia de las pruebas, porque sus abogados las escondieron bajo esa privilegiada cláusula. Tal y como vamos a hacer nosotros.

Sid estaba radiante.

—Eso es genial. Entonces podremos cerrar el trato con el depósito medioambiental que sea conveniente.

—Exacto —dijo Scott—. Y esos ecologistas pueden ir a follarse un árbol.



—Frank, ¿cómo demonios te va, colega?

Scott localizó al conocido abogado demandante Franklin Turner al primer intento. Sin duda Frank había ordenado a su secretaria que si el abogado de Tom Dibrell llamaba, se lo pasara inmediatamente, consciente de que con una sola llamada podría pescar una atractiva suma.

—Dos millones, Scott.

Scott tenía la puerta cerrada y a Frank en el manos libres para practicar su swing de golf mientras intentaba llegar a un acuerdo por la demanda de una chica que afirmaba que Tom Dibrell abusó de su cargo para obligarla a mantener relaciones con él; lo cual, conociendo al millonario cliente de Scott, probablemente era cierto. Scott inclinó el hierro 9 que guardaba en su despacho; solía usar un hierro 6, pero había perforado agujeros en el azulejo del techo al acompañar el golpe, así que había bajado hasta un hierro 9. Desde su despacho, Scott dijo:

—Por Dios, Frank, podríamos al menos hablar amablemente unos minutos, por cortesía profesional.

—Scott, Dibrell tiene cincuenta y cinco años y es padre de cinco criaturas.

—Seis —dijo Scott mientras comprobaba la dirección de su posición de golf reflejada en la ventana.

—Padre de seis hijos y casado…

—Por cuarta vez —Scott comprobó su backswing.

—Casado y director ejecutivo de una de las mayores compañías inmobiliarias de Dallas, es socio del círculo empresarial, la cámara de comercio y de toda organización civil importante de esta ciudad; y forzó a una ingenua chica de veintidós años…

—¿Que la forzó? Venga ya, Frank. Conociendo a las chicas que Tom contrata, seguramente se metió debajo de su mesa más rápido que Monica Lewinsky.

Se rio y comprobó su backswing a mitad de trayectoria del golpe.

—¡No es una maldita broma, Scott! ¡Nadine sufrió un daño irreparable!

—Pero dos millones de dólares harían desaparecer el dolor, ¿verdad?

—No, pero la harían desaparecer a ella.

Llamaron suavemente a la puerta. Scott se volvió desde la ventana y vio a Sue asomar la cabeza. Dijo en voz baja:

—Señor Fenney, su hija está al teléfono. Dice que es una emergencia.

¿Una emergencia? Una sacudida de temor paterno recorrió el sistema nervioso central de Scott como una bola de pinball al disparar las alarmas. Cuatro largas zancadas y estaba en su mesa. Dijo por teléfono:

—Frank, no cuelgues, ¿de acuerdo?

Scott no esperó la respuesta. Apoyó el hierro 9 contra la pared, descolgó el auricular, apretó la luz intermitente del teléfono y puso a Frank Turner en espera y en línea a su hija de nueve años.

—Hola, cariño, ¿qué ocurre?

Una vocecilla dijo:

—Mamá se ha ido y Consuela está llorando.

—¿Por qué?

—Han arrestado a Esteban.

¿Quién? ¿El INS?

—Él dijo «inmigración».

—¿Has hablado con él?

—Consuela habló con él primero, pero empezó a llorar, así que hablé yo con él. Dijo que lo habían arrestado mientras trabajaba en la construcción de una casa, y que lo mandan de vuelta a México. ¿Puedes ayudarlo?

—Cariño, no puedo hacer nada. Esteban es un chico duro, estará bien. Lo enviarán en autocar a Matamoros, cruzará la frontera de nuevo al día siguiente, y estará aquí en pocas semanas, igual que la última vez.

—Sí, él me dijo lo mismo.

—Entonces, ¿por qué Consuela está tan alterada?

—Tiene miedo de que vengan a por ella y de que también la deporten a México. Dice que allí no tiene a nadie, que este es el único hogar que ha tenido nunca.

Consuela venía con la casa. Cuando el anterior propietario quebró y no pudo permitirse seguir pagando la mansión o a su criada mexicana, la familia Fenney adquirió a Consuela de la Rosa como un accesorio más de la vivienda.

—A. Scott, le dije que estabas arreglando las cosas para que viva siempre con nosotros… lo estás haciendo, ¿verdad?

—Eh, sí, estoy en ello —Se refería a contratar un abogado de inmigración para conseguirle a Consuela el permiso de residencia—. Mira, dile que no se preocupe. Los de inmigración no son tan estúpidos como para realizar redadas en Highland Park. Rodarían cabezas.

—¿Eh?

—Los despedirían si se llevaran a las criadas de Highland Park.

—Ya. Pero está muy asustada. Ha corrido las cortinas de la entrada, no quiere ni salir al patio trasero, y está rezando el rosario. Es que estamos las dos solas y… bueno, yo también estoy asustada. ¿No vendrá nadie a casa a romper la puerta como en la tele, no?

—No, cariño, nadie va ir a nuestra casa.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo. Déjame hablar con ella.

Consuela era una chica sensible, dada a repentinos ataques de lágrimas por temores reales o imaginarios, que conjuraba llevando tres crucifijos, rezando cada día a varios santos, y encendiendo tantas velas en el alféizar sobre el fregadero de la cocina como para iluminar una tienda. Pero nunca la abandonaba el temor a ser deportada a México. Esteban era su novio; se conocieron en la iglesia católica del barrio de Little Mexico en Dallas. Scott la acompañaba cada domingo por la mañana y la recogía por la tarde; era su visita semanal. Esteban trabajaba en el sector de la construcción en otros sitios de Dallas y se enfrentaba al riesgo de las redadas, pero Consuela estaba protegida por la regla no escrita de que Inmigración no podía entrar en el barrio de Highland Park; hogar de los hombres más ricos y poderosos de la política de Texas, y de sus criadas ilegales mexicanas. La de Scott era tan dulce como redonda y, después de tres años cuidando de la casa de los Fenney, era como un miembro más de la familia, si bien es cierto que recuperaba su lengua materna cuando se angustiaba. La voz sollozante de Consuela sonó desde el auricular.

—Señor Fenney, tengo miedo de Inmigración.

—No te asustes, Consuela. No pasa nada. Todo irá bien. Nadie te va a sacar de casa. Siempre vivirás con nosotros.

Scott había adquirido algunos conocimientos de español de su criada mexicana, quien sollozó y dijo:

—¿Para siempre?

—Sí. Para siempre.

—Señor Fenney, usted se lo, eh… promete a Consuela.

—Sí, Consuela, lo prometo.

Siguió un lloriqueo.

—De acuerdo. Adiós, señor.

Su hija volvió a ponerse al teléfono.

—Ha dejado de llorar.

—Bien.

—A. Scott, ¿no vas a dejar que se la lleven, verdad?

—No, cariño, eso no va a pasar.

—De acuerdo.

—Mira cariño, estoy algo ocupado, así que si todo está bajo control allí, tengo que volver al trabajo.

—Estamos bien. Hasta luego, caimán.

—Hasta luego, cocodrilo.

Scott colgó y anotó mentalmente que debía llamar a Rudy Gutierrez, un abogado de inmigración que había conocido años atrás. Había ido postergando este asunto desde hacía seis meses, o tal vez un año, casi dos ahora que lo pensaba, pero siempre surgía algo y… la luz parpadeante del teléfono le llamó la atención y le recordó que Frank Turner estaba en espera, aunque a Scott no le importaba hacer esperar a un abogado demandante y así aumentar sus honorarios por contingencias. La imagen de su hija acurrucada tras las cortinas echadas de su casa en Highland Park junto a su criada mexicana se desvaneció en su mente y fue sustituida por la imagen de un vanidoso Frank Turner; conocido abogado demandante, reclinado en un sillón en su lujoso despacho, convencido de que ganaría este juego y le sacaría a Scott Fenney dos millones de dólares para comprar a la dulce Nadine. Hoy no, Frank. Scott agarró el hierro 9, pulsó el botón de Frank, conectó el manos libres y reanudó la conversación justo donde la había dejado.

¿Dos millones? Eso es mucho dinero por un bombón Frank. ¿Qué, era virgen?

—Su historial sexual es irrelevante.

—Sí, como lo fue para Kobe —Scott apuntó el hierro 9 al manos libres—. Frank, no tienes posibilidades; lleva follando desde los catorce años, así que más te vale aconsejar a tu clienta que si quiere ir a juicio vamos a localizar a cada polla alegre que haya conocido íntima y personalmente; pondremos a sus propietarios en el estrado para que expliquen a todo el mundo las virtudes de Nadine, y para cuando terminemos con su dulce culito, hará que esas putas de Harry Hines parezcan un puñado de condenadas monjas.

—¿Ah, sí? Bien, pues mejor avisa a Tom Dibrell de que para cuando haya acabado con él, estará pidiendo a Dios no haberle sido infiel a su primera mujer.

Scott rio escandalosamente, como si eso fuera la cosa más divertida que jamás había escuchado.

—No dirías eso si la vieras —De nuevo encaró la ventana y comprobó su posición en lo alto de su backswing—. Escúchanos, Frank, un par de viejos colegas de la universidad arremetiendo el uno contra el otro como un Aggie y un Longhorn. Mira, en resumidas cuentas, para los dos clientes supone un problema. Así que para que se olviden de todo eso, Tom pagará a la dulce y pequeña Nadine medio millón de dólares, y eso es mucho más dinero del que gana en Hooters.

—Las propinas son muy buenas allí, Scott. Uno y medio.

—No son tan buenas, Frank. Un millón.

—Hecho.

Scott comprobó su downswing y dijo:

—Tendré la autorización y el acuerdo de confidencialidad a primera hora de la mañana. Le pides que lo firme y me lo devuelves; tendré un cheque esperando.

—Cheque bancario, a mi nombre y de Nadine Johnson.

—Frank, encárgate de que Nadine comprenda que si le cuenta a alguien —¡incluso a su maldito psiquiatra!— lo de su pequeño revolcón con Tom, el acuerdo exige que devuelva cada penique y tú lo que corresponda a tus honorarios. Y Tom es probable que la estrangule.

Frank se rio.

—Si habla, yo mismo estrangularé a esa perra; me está costando trescientos treinta mil.

—¿Cuánto te quedas, un tercio?

—Los honorarios estándares por contingencia.

—Trescientos treinta mil dólares, no está mal para un día de trabajo, Frank.

—Es un trabajo sucio, Scott, pero alguien tiene que hacerlo.

Scott negó con la cabeza. Abogados demandantes. Scott contaba con llegar tal vez a los cincuenta millones de dólares durante su carrera; pero los abogados demandantes, esos bastardos, consiguen esa suma cada año, quedándose el 33 por ciento, el 40 por ciento, a veces el 50 por ciento de las indemnizaciones por daños y perjuicios de sus clientes. Casi siempre en acuerdos como este, porque una sociedad no puede permitirse jugársela con un jurado de Texas; no cuando los miembros del jurado podrían repetir otro proceso como el de Pennzoil contra Texaco, y dictar una sentencia de más de diez mil millones de dólares; la mayor sanción impuesta por un jurado en la historia. Lo que hizo de Texas un paraíso para abogados demandantes. Hasta la fecha, Franklin Turner había amasado cerca de mil millones de dólares en veredictos y acuerdos, el cabrón.

—Oye, Scott, ¿qué piensas sobre el halfback negro que fichamos de Houston? ¿Superará tus récords?

Frank había estado en la banda de música de la Universidad Metodista del Sur. Tocaba la tuba.

—Lo llevan intentando desde hace catorce años, Frank. Y nadie se acerca.

—Algún día, Scott, algún día.

—Sí, sí, sí… Encantado de hacer negocios contigo, Frank.

Scott alargó la mano con el hierro 9 y golpeó el botón para desconectar el manos libres. Una exitosa negociación de diez minutos por la que se sentía en el deber de facturar a su mejor cliente cincuenta mil dólares. Tal y como él se lo imaginaba, Tom Dibrell estaba dispuesto a pagar dos millones de dólares para llegar a un acuerdo con Nadine; y su abogado había reducido hábilmente el acuerdo a sólo un millón de dólares. Así que, incluso con unos honorarios de cincuenta mil dólares, le estaba ahorrando 950 mil dólares a Dibrell. Examinando su reflejo en la ventana, practicó su tiro de golf y aguantó su postura como un profesional. Scott Fenney había descubierto que poseía las aptitudes suficientes para destacar en tres juegos en la vida: fútbol americano, golf, y la abogacía.

Capítulo 4

Las cinco de la tarde. El final de otro día de crisis, conflictos y enfrentamientos. La vida de un abogado. No es para todo el mundo, ni siquiera para todos los abogados. La abogacía la llevas en tu sangre o no. Si no te levantas con ganas de pelear, si evitas el enfrentamiento personal, si no eres del tipo competitivo, si no tienes estómago para ir mano a mano con un conocido abogado demandante y vencerlo en su propio juego, entonces el deporte de valientes de la abogacía no es precisamente para ti. Hazte asistente social.

La abogacía se parece mucho al fútbol americano. De hecho, Scott siempre destacó que su trayectoria en el fútbol fue la mejor experiencia previa a la abogacía que la universidad le pudo ofrecer; desde luego le facilitó el paso al ejercicio del derecho. Mientras que el fútbol es violencia legalizada, la abogacía es la violencia de la legalidad: los abogados utilizan la ley para obligar a los clientes del contrario a que se rindan. Y del mismo modo que los entrenadores de fútbol quieren jugadores inteligentes, formidables y duros, los clientes ricos quieren abogados inteligentes, formidables y duros. Y desean ganar. A cualquier precio. ¡Mentir, estafar, robar, simplemente ganar el maldito caso! En el fútbol americano y en el derecho, ganar no lo es todo; es lo único que existe. Los ganadores recogen sus recompensas; los perdedores, pierden. A. Scott Fenney se recostó en su butaca, colocó sus manos tras la cabeza y analizó su mundo en el bufete Ford Stevens. Era un ganador. Y su recompensa era una vida perfecta. Realmente una vida perfecta.

Escuchó que sonaba el teléfono en la mesa de Sue. En cuestión de segundos, Sue estaba de pie en la puerta, con el bolso en la mano.

—Señor Fenney, es del Tribunal Federal.

Scott negó con la cabeza.

—Le devolveré la llamada mañana.

—No es la secretaria del juzgado. Es su señoría. El Juez Buford.

Scott se echó hacia atrás en su butaca.

—¿El Juez Buford al teléfono?

Sue asintió.

—¿Qué demonios quiere de mí?

Sue se encogió de hombros, y los ojos de Scott miraron hacia la única luz parpadeante en su teléfono. Al otro lado de la línea estaba Samuel Buford, el prestigioso juez del Tribunal Federal del Distrito Norte de Texas. Nombrado por Carter, había presidido todos los casos de derechos civiles en Dallas en las últimas tres décadas. Era una especie de icono en el Dallas republicano, a pesar de ser un demócrata liberal. Como juez federal ganaba menos que un socio con apenas dos años en Ford Stevens, pero los abogados que ganaban un millón de dólares al año todavía se dirigían a él como «señoría», incluso fuera de la sala del juzgado; y Scott nunca había hablado con él fuera de ella. Así que respiró profundamente, descolgó el teléfono y apretó el botón que parpadeaba.

—Juez Budford, qué sorpresa, señoría.

—¿Scott, cómo va todo, hijo?

—Eh… bien, juez. Va bien. Eh… ¿cómo está usted, señoría?

—Bueno, no estoy muy bien, Scott, por eso te llamo. Tengo un gran problema y necesito a un abogado de primera categoría para resolverlo. Imaginé que siendo el abogado de Tom Dibrell…

—¿Tiene que ver con él?

—Oh, no, Scott. Es sólo que al ser el abogado de Tom Dibrell estás acostumbrado a trabajos de gran envergadura, y tus comparecencias en mi sala siempre son excelentes. No obstante, lo más importante es que tienes la actitud correcta. Al escuchar hoy tu discurso durante el almuerzo en el colegio de abogados supe que eras el idóneo para el trabajo. Scott, no puedo decirte cómo me hizo sentir el saber que todavía hay alguien que entiende lo que significa ser abogado. Hay tantos jóvenes letrados hoy en día que parece que lo único que les importa es hacerse ricos.

—Sí, señoría, es una verdadera lástima.

—Sabes, Scott, verte allí arriba mientras todo el mundo te ovacionaba me recordó aquel partido tuyo contra Texas; maldita sea, hijo, esa fue la mejor carrera que he visto jamás. ¿Cuánto lograste aquel día, ciento cincuenta yardas?

—193, señoría. Tres touchdowns. Aun así perdimos.

—Vaya juego.

—No sabía que era un gran aficionado al fútbol, señoría.

—Soy texano, nací y me crié aquí. Eso me convierte en un fan del fútbol, Scott. ¿Sabías que fui a la Universidad Metodista del Sur?

Scott se rio entre dientes.

—Por supuesto que lo sé, señoría. Todos los alumnos en la facultad de Derecho conocen a Samuel Buford: el mejor expediente académico en la historia de la facultad, editor de la revista jurídica, secretario del magistrado Douglas de la Corte Suprema, ayudante del abogado del Estado durante el gobierno de Lyndon B. Johnson…

—Vaya, hijo, me haces sentir viejo.

—Oh, disculpe, señoría.

—Lo hiciste bastante bien, Scott, el primero de tu clase.

—Gracias, señoría.

—Así que, Scott, ¿estás preparado para echar una mano a un viejo juez?

—Siempre estoy dispuesto a colaborar de cualquier forma, señoría.

En ese momento la visión periférica de su mente captó un movimiento, como un defensa avanzando para atraparlo en su ataque por la espalda.