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La aventura del signo

por Santiago Auserón

Este libro está escrito a partir de recuerdos de la niñez, pero no cultiva la nostalgia de una edad perdida. Preserva la memoria del aprendizaje infantil en la periferia de una gran ciudad, renueva la seducción primera de los nombres, de los signos en la frontera entre los edificios y los terrenos baldíos. Es la memoria de un tiempo y de un lugar en los que todo son signos. Su autora es consciente de que la memoria personal organiza los recuerdos de forma selectiva, dejando en el olvido más cosas de las que pretende conservar. Por ello esquiva la historia familiar, el mundo de los adultos, casi por completo ausentes del relato. Fascinada por ese fondo común de asombro e incertidumbre que sentimos ante la revelación del poder de las palabras, Catherine François consigue en El árbol ausente sacar a la luz la oscura trama de la formación del sentido. Para cuando la conciencia infantil despierta en edad de razonar, las voces de los adultos la han venido envolviendo en una crisálida de historias –entre ellas nuestra propia historia–, una especie de crisálida al revés que las voces hilan desde fuera para que aprendamos a hacernos cargo del hilo, hasta que seamos capaces de asumir que ciertos cuentos eran simulacros para guiar los deseos, que los dichos de los mayores siempre encierran algún doblez, que las palabras mantienen relaciones dudosas con los objetos que representan. Hasta que la mariposa de la conciencia se convierta en gusano escondido. La mayor parte de los adultos acepta sin cuestionar esa función simuladora de las palabras siempre en pos de otra cosa, en pugna por sostener la identidad propia frente al mundo. Solamente los escritores utilizan las palabras para alterar deliberadamente el curso de las historias que otros dan por buenas –o por falsas– como si fueran inamovibles. Los escritores aceptan poner en juego su identidad personal, su nombre propio, para optar al reconocimiento universal. La mayor parte de ellos sigue tejiendo historias, tratando de hacerlas más entretenidas que la vida cotidiana de la gente.

Catherine François utiliza la escritura de forma distinta, no pretende contar historias, ni la suya propia ni las de otros. Los verdaderos «personajes» de sus libros son la ciudad y los sueños (en La ciudad infinita), el río Amarillo y sus afluentes, el caudal de leyendas que nacen en sus orillas, las fuerzas que configuran o invaden el antiguo imperio de China (en Caminos bajo el agua), los signos en el límite del crecimiento urbano, las palabras que evocan en la mente extraños paisajes (en El árbol ausente). Cuando se ocupa de personajes históricos de otra civilización, como los emperadores, los poetas y los pintores chinos, o los reyes de las cortes poéticas de Al-Andalus (en piezas todavía inéditas), reconstruye sus caracteres borrosos a partir de documentos dispersos, haciendo que vuelvan a tomar cuerpo el lugar y el tiempo en que habitaron. Podríamos decir que Catherine François se interesa por el lado impersonal de la cultura, por el lado en que la actividad creadora de los hombres se mide con los fenómenos naturales. Generalmente no obliga a su escritura a someterse a un esquema narrativo, sino que elabora fragmentos sueltos, escenas en apariencia independientes, hasta que empiezan a imantarse y se dibuja un trasunto de argumento posible, un esbozo de personaje sin trazo firme, como un rayo de luz en el aire, un cuerpo sin contorno y sin sombra.

Para construir la identidad personal hace falta un argumento verosímil, la personalidad tiene que convertirse en manía para sostener su argumento hasta el fin. Ser uno mismo se parece mucho a revestir un disfraz, por eso el carnaval de cada año es útil para asegurar la continuidad de la especie. Son hechos que los niños van descubriendo poco a poco, hechos que acontecen en el lenguaje, en la vida comunitaria, tal es nuestra naturaleza y no deberíamos tener que insistir mucho en ello. Porque cuando el personaje y el argumento afloran sin un plan preconcebido las historias son más sugerentes, sus ramificaciones nos llevan más lejos, hacia el límite de lo que somos capaces de comprender. Y sin embargo solemos exigir hasta el aburrimiento que las historias se atengan a un fin plausible, que la amenaza de muerte en que obviamente todo termina se anticipe como único foco de interés de la historia, como único sostén del valor de las palabras, del consenso ciudadano. Los nuevos medios audiovisuales no hacen más que simplificar y repetir hasta la saciedad los viejos esquemas de las fábulas de antaño.

Catherine François nos deja entender en este libro que la desaparición, la ausencia y el silencio son, en efecto, el argumento último y más radical de los signos, de las palabras que componen las historias, antes de que éstas se vean forzadas a recordar o a inventar un crimen legendario para hacerse populares. Todo signo, por definición, hace referencia a un objeto ausente y hasta cierto punto puede ser intercambiado por él. Cada palabra nos enfrenta a una situación límite, es un lugar de intercambio entre cuerpos y sombras, entre presencias y ausencias relativas. El árbol ausente nos incita a explorar esos límites, a demorarnos en el umbral de la significación, tal como hacen los niños que juegan en la periferia urbana, porque todavía quedan allí intrigas por descubrir que las historias de los adultos olvidan precipitadamente, en su apresuramiento por construir la identidad personal.

Desde la actividad de la escritura, Catherine François se propone rehacer hacia atrás el camino del aprendizaje de las palabras, que es sin duda la aventura más apasionante de la infancia y quizá también de la edad adulta. Para ella el ejercicio de la escritura no dista mucho de la actitud de la niña que hace preguntas, a caballo entre la inocencia y un asomo de malicia que los adultos esperan que compartamos. La escritora establece con la niña una complicidad duradera, que hasta cierto punto contradice el paso del tiempo, para tener ocasión de aproximarse con cautela hasta lo que habitualmente no puede ser dicho. Quizá sorprenda que, a ratos, los niños de El árbol ausente hablen como filósofos. Pero todo el mundo sabe que los niños son incómodos pensadores. Como decía Merleau-Ponty: «Es necesario que los niños tengan en cierto modo razón contra los adultos (…) y que los pensamientos bárbaros de la primera edad permanezcan como una adquisición indispensable bajo los de la edad adulta, si debe haber para el adulto un mundo único e intersubjetivo». De manera que, si el gran fenomenólogo francés dice la verdad, hay en la mente de los niños un orden comunitario distinto de la sociedad de individuos en lucha por una identidad exacerbada hasta la consunción. Y en la pervivencia de ese orden primitivo del pensamiento estriba la posibilidad de que el lenguaje siga teniendo para nosotros algún sentido.

En lugar de contentarse con el dramatismo de la certeza fundada en que todo desaparece, en que toda historia debe tener un fin, Catherine François explora los aledaños del silencio, lo que persiste en la ausencia. Su libertad con respecto a los esquemas narrativos le permite observar a placer el comportamiento de las palabras, las huellas de los cuerpos y de los nombres en el entorno que habitamos. El silencio, igual que en música, tiene en el lenguaje valores que habitualmente no le reconocemos. Preferimos creer que no hay término medio entre lo dicho y lo no dicho, entre ser y no ser. Pero existen formas de no ser igual que hay formas de ser, mal que le pese a la lógica, que es una modalidad derivada del lenguaje y no su estrato más profundo. Todo silencio es relativo, siempre hay algo que sostiene el silencio como si fuese un grado de armonía inaudible. El silencio remite a una acción que no percibimos, quizá simplemente porque le damos la espalda, atentos solamente a la línea principal del argumento. Por lo común basta con observar en torno nuestro, considerar la actitud del auditorio, por ejemplo, además de la del músico o actor en escena, para comprender el valor de los silencios. El auditorio sostiene los silencios con su atención en suspenso, con una especie de danza más o menos aparente. Por otra parte la ausencia de un objeto visible suele dar lugar a que las palabras se expresen acerca de él con la mayor libertad del mundo. El silencio se asocia, entretanto, con la quietud aparente de los objetos. Sorprende darse cuenta de esa familiaridad –tan evidente que se deja olvidar– entre ausencias y palabras, entre presencias y silencios. Es la urdimbre audiovisual que sostiene la trama principal de las historias desde épocas muy anteriores al advenimiento de la era electrónica. Hay de hecho muchas tramas subyacentes en el espacio urbano, en el entorno natural amenazado por el asfalto. Existen diversas suertes de signos, no solamente visuales y sonoros, toda información sensorial puede proporcionar indicios, dejar huellas impresas, imágenes más o menos durables, traducirse mejor o peor en palabras, convertirse en símbolos grávidos de sentido. Las palabras, en particular, tienen un poder extraño, que les viene de otra parte. Pero son ellas las que actúan como dueñas y señoras del reparto de los signos. Operan con mercancías de cualquier lugar de origen, intercambian materia palpable por sentido difuso. Enfrentadas al mutismo de los objetos, contribuyen a organizar las tareas que los hacen resistentes o aceleran su desaparición. Construyen y destruyen, median entre lo durable y lo efímero, entre el espacio exterior y la conciencia íntima de cada uno. Finalmente se atribuyen la potestad de designar lo eterno, o el vacío en que todo desemboca. De ahí la importancia de conservar la memoria del aprendizaje de las palabras, de la relación ambigua que las palabras mantienen con las personas y con las cosas.

El árbol ausente