Mi padre es mujer de la limpieza
A mi madre, Faïza, la más mejor
A mi hermana, Cadige, la segunda más mejor
A mi amiga Tania, la tercera más mejor
Dentro de poco conoceré bastantes palabras que asustan como para poder escribir buenas dedicatorias.
1
Mi padre es mujer de la limpieza. Muchas veces, después del colegio, me paso para echarle una mano. Para que podamos volver antes a casa. Y también porque es mi padre. Saco brillo, limpio, froto, aspiro, hasta en los rincones. Pequeño y menudo, me cuelo por todas partes. Pero también aprendo. Una palabra por semana. Y no cualquiera. Las palabras que asustan. Las arrogantes, las superiores, las desdeñosas, las trascendentes, aquellas que hacen que te mueras de vergüenza si no conoces su significado. Aquellas que se permiten el lujo de llevar tres consonantes seguidas como extremo. O hasta cuatro como abstruso. Sin que ni siquiera sea una falta de ortografía.
Trascendente, esa era la palabra de la semana pasada. Quiere decir «que no entra en el orden de la realidad, que traspasa los límites de la experiencia posible», y como ejemplo encontré: «Se había acostumbrado, frente a la adversidad, a refugiarse en la contemplación de las ideas trascendentes». Así que, forzosamente, la palabra que toca esta semana es adversidad. No me da tiempo a buscarla. Mi padre se ha cabreado y a gritos me recuerda que si estoy allí es para limpiar la biblioteca municipal de Saint-Thiers-lès-Osméoles, no para leerla. ¡Y que más vale que mueva el culo, si quiero llegar a tiempo para ver el fútbol! Así que cierro el diccionario y sigo desempolvando el estante Anouilh-Balzac. Desempolvar la aprendí hace un año, cuando empecé a hacer horas extra con mi padre. Como no me sonaba muy bien lo de «hacer la limpieza», busqué sinónimos un poco más… ¿cómo decirlo?, menos duros, menos detergentes. Con una palabra así la limpieza pasa a ser tu aliada.
En aquellos libros de bolsillo, encuadernados, de cubiertas ilustradas, de cubiertas más sobrias, había miles y miles de palabras. Unas habían fracasado, otras conmovido. Y yo tenía ganas de probarlas. Todos aquellos libros formando fila, los unos junto a los otros, militares, verticales, tiesos, me apuntaban y desafiaban cada vez que pasaba, como si pensaran que un tío como yo nunca se atrevería a molestarles. Me dio mucha rabia. Mis amigos no estaban allí para cachondearse de mí, así que abrí uno, me atreví incluso a leer unas cuantas líneas. Y después, una página. Y luego abrí otros. Y un día, me leí un libro entero.
Descubrí que un hombre puede necesitar cuatrocientas páginas para decirle a una mujer que la quiere. Cuatrocientas páginas antes del primer beso, trescientas antes de una caricia, doscientas antes de atreverse a mirarla, cien para declararle su amor. En una época en la que se envían sms cuando se quiere follar, todo eso me pareció prodigioso, vertiginoso, loco, desmesurado, extravagante, insensato, grandioso… Así es cómo aprendía palabras limpiando. Por lo menos eso…
El año pasado estaba en 2.º de la ESO, este año, en 2.º de la ESO. He repetido. Porque hacía mal los deberes y porque en mis redacciones escribía cosas tipo «insidiosamente, extenuó a su amada con concupiscente regocijo». Vale, no tenía ningún sentido. Yo las palabras las descubría al tuntún. En desorden. A los profes lo que les gusta es el orden. Con lo que este año mi padre curra dos veces más, porque le ayudo dos veces menos. Así no volveré a repetir, dijo.
Mientras retiro de los despachos tapas mordisqueadas de bolis, hojas garabateadas y borradores olvidados, aprendo la palabra adversidad: «suerte adversa, mala suerte, desgracia, situación del que las padece». Está claro que me enfango en lo siniestro. Encima me queda la mierda de los váteres por fregotear. Arrastro el carrito con los productos hasta el servicio de caballeros y, al ver lo que me espera, pienso en algo curioso. Me digo que por mucho que un hombre use palabras desdeñosas, arrogantes, superiores y trascendentes, seguirá sin atinar en el agujero.
Dentro de poco conoceré bastantes palabras de esas que asustan como para atreverme con los autores que asustan. Esos con nombres donde uno nunca sabe si la c va antes que la k o a la inversa, con nombres que uno nunca sabe si escribir con z o con s, esos que eran hombres con nombres de mujer y esas con nombres de mujer y que eran… mujeres. Aunque, al final, la verdad es que Colette parecía más bien un hombre.
Ha empezado el partido, mi padre ha acabado con el pasillo B y yo he terminado con las mujeres. Que, por cierto, tampoco es que atinen. Aunque hay que reconocer que su chichi es menos manejable que nuestra picha, así que limpio siempre sus meadas con más indulgencia.
Ay, ¿pero cuál era la palabra de la semana que viene? Ah ya, desgracia…
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2
En la empresa de mi padre, se les ha ocurrido una manera de tener entretenidos a los empleados. Cada mes o dos, cambian de sitio. Así es como ahora pasa de una biblioteca a una sala de fiestas, a unas oficinas o a una discoteca: un nuevo universo se abre ante él cada vez. Y ante mí, cuando le acompaño. Vuelve tarde a casa. Siempre dice:
—¡No te pues imaginar to lo que he visto esta noche, Polo, hijo! (Me llamo Paul.)
Y se va a acostar en la cama de mi hermana en mi mismo cuarto porque mi hermana duerme en la cama de mi madre en la que sería normalmente la habitación de ellos dos. Él no se queja, mi madre es paralítica y fea. Creo que a ella le viene al pelo lo de ser paralítica. No da palo al agua en todo el día, se pasa el tiempo viendo la tele y haciendo sudokus con solución anexa. Mi padre se las ingenió para poner el hornillo de gas a su altura y que ella pudiera hacernos crêpes de vez en cuando, o calentarnos raviolis en lata, mis preferidos.
Pero no hace nada. Nada más que hacer zapping. Hojear revistas. Hacer test sobre el sexo y el amor. Y ponerse supercontenta cuando a una famosa se le ve la celulitis en la playa. Tuvo un accidente al ir al trabajo, cuando yo tenía siete años. Desde ese día, me baño solo. Y sin embargo la bañera es baja. Tiene la altura justa, como si el fabricante de bañeras hubiera pensado que una madre paralítica tiene que, por lo menos, poder lavar a su hijo. A mí, siempre se me olvida enjabonarme por detrás de las rodillas, de las orejas y de los tobillos, pero huelo muy bien a aloe vera. O al menos eso es lo que pone en el bote. La verdad es que nunca he olido el aloe vera. Lo que sí que hace mi madre, es peinarme y me hace la raya lo más recta posible. De lado, para ir al cole, dice que queda de chico serio.
Aquel día, mi madre ensayaba con mi hermana, que se iba a presentar al concurso de Miss Fiesta de la Mirabelle. Puestos a pedir, a mi hermana lo que le hubiera realmente gustado es ser negra. Pero ni de coña, es blanca. Muy blanca. Lechosa. Se le transparentan todas las venas. En la mesa, siempre le gasto la misma broma.
—¡Porfi, pásame el rollo de servilletas, marfileña!
Soy el único que coge el chiste, pero un chiste explicado ya no es un chiste, así que, que se las apañen solitos. Se hace trencitas africanas pero se le ve el cuero cabelludo rosa. Se empeña en cardarse el pelo para darle volumen pero ni por esas, es penosa y profundamente francesa mi hermana… Y a mí me da, que se cree, que follándose a todos los negros del barrio, se oscurecerá ella un poco algún día. Pero lo único que se le ha oscurecido, ha sido la reputación de putón verbenero que tiene. Va a clases de danza africana en la asociación, lo que pasa es que no tiene el culo adecuado. El suyo apunta hacia abajo en vez de rebotar hacia arriba. Y la verdad es que se entrega totalmente, pero sus piernas de blanca están programadas para andar y no para bailes caribeños.
Me pidió que le redactara un discursito de presentación para el concurso. Ya que el comité de mises quería asegurarse de que además de guapas, también eran chicas inteligentes.
—Puedes decirles: «Sigo actualmente un curso de esteticista pero reboso de proyectos. A imagen de mi región que aúna tradición y modernidad, soy una mujer efervescente y si gano seré una Miss comprometida».
—Vale, pero eso de esteticista…, bua, no es exactamente eso que hago. Pongo uñas, hago la manicura francesa…
—Entonces puedes decir: «Actualmente soy protésica ungular pero reboso de proyectos».
—Ay sí, me mola eso. ¿Pro qué has dicho?
—Protésica ungular.
—Sí, cómo mola. Parece como cosa de médicos.
Se fue a ensayar al cuarto con mi madre, que le daba indicaciones grotescas tipo «deja siempre la boca entreabierta, queda misterioso», o «no respondas nunca no, di sí pero…», o esta otra: «echar una lagrimita nunca está de más». Por la puerta entreabierta las oía amasar palabras cuyo significado no entendían.
—¿Polo, para decir que soy un poco tímida, digo «soy puritana» o «soy púdica»?
—Ni lo uno, ni lo otro, se dice «soy una mujer liviana».
Me levanté y fui a explicarles que el término más apropiado era liviana, que significa pura y púdica a la vez, reservada y que ama la buena vida, en fin, con ansias de vivir… Lo apuntó con buena letra en su manual de Miss. Jamás lo comprobaría. Y yo me moría de ganas de, llegado el momento, oírla responder con la boca entreabierta: «Soy una mujer liviana y, a imagen de mi región, una joven efervescente». Yo sabía que si ganaba acabaría chupándosela a todos los futbolistas de segunda, ya que, a imagen de su región, insisto, mi hermana sabe apreciar las buenas cosas…
Cuando mi padre llegó a casa, le preparé pescado empanado con patatas al horno. Mi hermana puso la mesa mientras ensayaba su discurso. Mi padre dio un beso por inercia a mi madre y se dejó caer en el sillón-cama del salón-comedor. La falta de espacio es un problema en casa. Me pidió su ración y se quedó roque con el mando en una mano y la boca entreabierta. Pero no por las mismas razones que mi hermana. No para darse un halo de misterio. Tenía que volver a irse en unas horas a limpiar a otro sitio.
Mi hermana y yo nos quedamos en la mesa por eso de guardar las formas. Soy yo el que siempre insiste en hacerlo. Me gusta guardar una apariencia de vida familiar, de normas, una cierta disciplina. Al menos papear en la mesa, como hacen en la tele, en las revistas de decoración, como hacen en casa de Marwan, mi vecino, y en casa de los Miller en mi manual de inglés.
También intento conversar, como hacen en los libros.
—¿Sabías que Primo Levi, cuando estaba en el campo de concentración, se lavaba todas las mañanas con su propia orina para preservar el ritual del aseo diario?
—¿Eh?
—Para no olvidar que era un hombre, aunque lo trataran como a un perro.
—Oye, al primo o al tío ese no lo conozco y, además, es que no sabes cómo paso.
Muerta de risa, separó la merluza blanca del empanado ultracalórico y se la comió sin sal, la inminencia del concurso obliga.
—¡Yo me parto!
—Pero qué asco lo de lavarse con el meao.
—Que no…, al contrario, quería hacer los mismos gestos que cuando se aseaba, ¿lo pillas?
—No, pero me da igual.
—Lavarse con su orina para no olvidar que es un hombre…
—Joder, Polo, tío, qué asco, ¡que estamos comiendo…!
—Pues de asco nada, es increíble.
—Lo que es increíble, es que tenga que aguantar tus paridas…
Se levantó con su plato y se fue donde mi madre. Delante de la tele. En la cama. Llena de migas. Pues sí, eso lo había leído en la biblioteca. Sí, a uno también le gusta lucirse. Decir cosillas que seguro que ella no va a entender. Poner a prueba mi recién estrenada cultura. Que no se cosque de nada y mascullé «¿eh?, ¿qué?, ¿por qué?, ¿y quién es ese?, ¿y eso qué es?». Me gusta darle lecciones en la mesa durante la comida. Decirle que hay que resistir aunque la caída sea inevitable. Nuestra caída. Con la espalda bien recta y los codos fuera de… pero qué importan los codos mientras comamos todos juntos, o casi.