


Demipage
presenta a
Elisabetta Bucciarelli
en
Cuerpos de desecho
Traducción de Carlos Manzano

a Francesco
Todos somos
el desecho
parcial o total
de alguien.
1
Podías tocar el arpa en sus salientes costillas. Tal vez hubieras tropezado en alguna arruga de piel, un grumo, una excrecencia. Después la fastidiosa sensación de encontrar la materia áspera pasaría en seguida. La piel lisa, que te imaginabas clara por ser delgada, te habría llevado velozmente desde el fino cuello hasta las orejas, blandas, lanuginosas, con el borde extremo quebrado por batallas: mordisquitos, costritas, rasgos sedosos y ásperos.
Los móviles ojos eran saltones, por la delgadez de la larga nariz, que exhalaba humedad por las ventanas, listas para calentar.
Ahí está en lo alto, ahora lo ves, está de perfil y camina despacio, pero sin pausa: nervioso, impaciente. La columna vertebral es como una escala armónica. Puedes contarla con los ojos. No distingues del todo las piernas: delgadas como palillos, parecen moverse con impulsos consecutivos y te parecen una sola, única. Ahora se detiene, jurarías que es un perro macho, fácil de deshuesar, bastaría un cuchillo que corte bien, como los del pan, un perro todo costillas, orejas, cuello, un perro con cola estrecha, sin rizos. Arranca algo del montón y tira, como si fuera un trapo, un juego. Sigues mirando y ves que arranca otra vez y desgarra con sus blancos dientes. Hace jirones, agita, con manchas amarillas y el hocico pringado. Lo ves perro, pero lo concibes hombre. No es tanto la forma cuanto la predisposición más bien: ese buscar sin pausa aparente, silencioso y a solas. Te acercas despacio, para que no te oiga. Él se detiene y, sin siquiera mover los ojos, ha advertido tu presencia. Ha notado tu olor entre los demás. Es su naturaleza, que no cede, no sucumbe ni siquiera a esa disolución de ruinas y escombros, de desechos, restos y residuos que te rodea. El hambre sigue ahí. De nada ha servido la comida arrancada a la tierra, al montón indistinto, ni siquiera ha servido para llenar una porción de ese vientre talega. No ha servido para reajustar el olfato. Sigue centrado en la comida, sin distinguir las órdenes. No impone la necesidad de buscar refugio ni desencadena el instinto sexual.
El perro se detiene y después vuelve a empezar: tira con más fuerza, parece un jirón de goma, vuelve a tirar, arranca un trozo, le hinca los dientes, lo traga y de nuevo, vuelta a empezar, se aferra a la base, hasta perder el equilibrio. Vuelve a ponerse en pie y mete el hocico en la bolsa de un verde ácido apenas desenterrada, una papilla gelatinosa que se extiende como una mancha y se extiende: líquido blanco y denso, trozos de algo, analogías animales, desechos, entrañas, grasa.
Lo has llamado Nero.
10
Hacía frío y eso podía ser un buen motivo para aparecer por la escuela, pero Iac no tenía ganas de volver a la normalidad y cruzar el portal del instituto, pues, si lo hubiera pensado antes, habría podido evitar todo el esfuerzo de llegar hasta cuarto, sabiendo que después lo abandonaría. En cambio, a Lira las dos arpías de su casa lo obligaban a mantener el tesón escolar, al menos formalmente, porque sus resultados sólo daban paso a la esperanza de que se retirara para dedicarse a algún tipo de trabajo manual. Aquella mañana, las bestiazas estaban removiendo la pútrida y Iac miraba con admiración la enormidad de las orugas, la voz semejante al barritar de un elefante y la prebóscide lista para excavar y remover entre la inmundicia. Se habían puesto en movimiento temprano las dos excavadoras y no por casualidad: probablemente llegarían muchos camiones aquel día y había que preparar el espacio para verter la cantidad diaria de RSU, como se llamaban los residuos sólidos urbanos, los producidos en las casas particulares de la Ciudad. De vez en cuando los brazos metálicos se elevaban a un tiempo, uno delante del otro, y mantenían los cúmulos de bolsas negras elevados hacia el cielo, para después verterlos en otro sitio, un sitio cercano y visible. No eran todas iguales, las bolsas, como tampoco lo eran las zonas del vertedero en las que se las depositaba. En la zona oriental de la pútrida, los camiones, en particular los que llegaban cuando ya era noche cerrada, descargaban las bolsas intactas, con colores chillones y a menudo con marcas de los escaparates del centro. En esas bolsas Iac encontraba casi siempre algo útil: comida caducada, pero aún con los ingredientes íntegros, ropa manchada, pero aún nueva, y sobre todo zapatos. Se había hecho una idea totalmente personal sobre la procedencia de aquellas bolsas, que alimentaban y confirmaban las búsquedas cotidianas. En los camiones de la noche había siempre alguna buena esperanza, debida a los desechos opulentos –o, mejor dicho, groseros– de los ricos habitantes de los barrios céntricos de la Ciudad.
«¿Botas nuevas?», preguntó Lira, mientras observaba las botitas de cuero obscuro que calzaba Iac.
«No sé aún si quedármelas. El número es el mío, pero me hacen daño. Están aún nuevas, pero ya las han tirado; en esos casos, siempre hay un motivo».
«Se habrán equivocado al comprarlas: compra impulsiva se llama», dijo el otro con pedantería de bachiller.
«Más bien parecen haberse equivocado ellos; están nuevas y ya las han tirado, porque no son las buenas; es algo que pasa a todo el mundo», contestó con filosofía existencial.
«¡Ah!», suspiró Lira.
«A lo mejor te están bien a ti, que tienes pies mas pequeños», le dijo, mientras se las pasaba a Lira.
«Ya tengo éstas», dijo el muchacho, al tiempo que mostraba las zapatillas de gimnasia negras y blancas que calzaba. «De momento no necesito más».
«Dejémoslas aquí: nunca se sabe», concluyó Iac, al tiempo que apoyaba las botitas delante del refugio, mientras Lira vaciaba otra bolsa atestada de jerséis y pantalones.
«No deberían tirar la ropa aquí», dijo Iac, mientras observaba la mercancía desechada.
«Por suerte para nosotros, lo hacen», dijo con sonrisa socarrona Lira, mientras elegía un par de vaqueros desgastados de su talla. «Diré a mi madre que me los has regalado tú».
«Pues entonces los tirará a la basura dos minutos después».
«Tienes razón: no diré nada para que no haga nada. Eso siempre da resultado: ella pregunta y yo no respondo. Se pone negra, pero al menos no hace nada».
Después se quedaron los dos callados un rato. Solían también guardar muchos minutos de silencio: no era necesario decir siempre algo. Lo consideraban un grado efectivo de libertad. No había nadie que interpretara sus silencios, nadie que hiciera preguntas, nadie que quisiese controlar sus pensamientos. Nadie que formulara la pregunta más hostil: «¿En qué estás pensando?», la que, sin embargo, continuarían contestando en coro: «En nada».
11
«Siempre parece que estás pensando en algo», dijo Silvia, sin demasiado interés. Iba vestida enteramente de negro y parecía aún más menuda de lo habitual. Iac era quien empleaba ese adjetivo para calificarla, Silvia es menuda, pero no era del todo cierto: era delgada, pero también alta, al menos un metro setenta.
Iac caminaba a su lado, manteniendo las manos dentro de los bolsillos de la sudadera pesada. No llevaba cazadora ni abrigo, sólo una serie de estratos de camisetas de algodón y jerséis, cubiertos por una sudadera gris, sin marcas evidentes y con la capucha en la cabeza.
«Parece que estés pensando en algo que decir, pero después nada, no dices nada», continuaba Silvia, cuando él callaba durante más de un minuto.
Iac seguía callado un rato más. En realidad, no pensaba en una sola cosa, sino en cinco o seis a la vez: en su hermano Tommi, que podría unírsele de un momento a otro en el vertedero, en las llegadas diarias de los camiones con víveres y ropa, en el frío que había pasado la noche anterior y en ella, Silvia, que aquel día estaba muy simpática, pero no quería oír cumplidos. No le preguntaría qué tal estaba ni tampoco cómo le había ido el día; quería saber otras cosas y brindar a la muchacha una forma de decir algo que le interesara mucho.
«Entonces, ¿qué?», preguntó ella en tono impaciente, pues ya casi habían llegado a su casa y se despedirían apresuradamente sin posibilidad de diálogo a saber hasta cuándo.
«Tengo algo que enseñarte», dijo Iac, «algo que he encontrado y que me gusta mucho. Si quieres, uno de los próximos días te lo enseño».
Entonces le tocaba responder a ella.
«¿Y dónde puede estar eso?»
«En mi refugio».
«De acuerdo, iré a verlo la próxima vez que nos encontremos».
Se separaron con una sonrisa, Iac sacó la mano derecha e hizo una seña de despedida. Llevaba un guante negro con los dedos cortados, del que sobresalían sus largas falanges con las uñas limpias. Las muchachas miran con frecuencia esos detalles y Iac lo sabía. En efecto, Silvia observó y mantuvo la expresión del rostro, si no contenta precisamente, al menos complacida.
Nada más doblar la esquina, Iac echó a correr. Tenía la sensación de estar retrasado, pero ni siquiera él sabía respecto de qué. Tardaría diez minutos en alcanzar la zona viva y en ese lapso pensó que le gustaría volver a casa, al menos para darse un baño y perfumarse un poco. Tenía aún las llaves de la puerta y seguro que su madre no se opondría. Al contrario: era como si la oyese ya pedirle que volviera a la escuela y a vivir con ellos, pero eso estaba taxativamente excluido, al menos de momento.
12
De lejos vio al turco, que agitaba la muleta a riesgo de caerse, y a Lira, que se reía sujetándose el vientre. Entre lo dos estaba Tommi, que tenía una expresión taciturna, una onda emotiva contenida, que Iac conocía muy bien. Siguió corriendo y al tiempo empezó a gritar: «¡Dejadlo en paz!»
Después abrazó a su hermano y, jadeando, le preguntó: «¿Qué haces aquí? Ya te dije que no debías venir más. ¿Me entiendes cuando hablo?»
«Debe crecer, no puedes seguir protegiéndolo. Es un crío mimado; si sigues tratándolo así, verás qué buena pieza más ejemplar te resultará».
A Sadam le gustaba la palabra ejemplar, la utilizaba siempre que podía. Tal vez tuviese en parte razón incluso sobre Tommi, pero Iac no era un padre, por lo que no se sentía con el deber de educar a su hermano. Al contrario: a veces, lo fastidiaba incluso la idea de tener aquella relación, por la sutil dependencia que los vínculos parentales acaban entrañando. En cambio, Lira lo consideraba una cuestión de sangre: «En el fondo, tu sangre y su sangre son bastante iguales. Eso significa que al menos en parte estáis compuestos de los mismos átomos, que vuestro cerebro, en una palabra, tiene un funcionamiento similar. Si pienso en que eso es cierto también entre mi hermana y yo, no consigo aceptarlo.»
Parecía convencido de sus tesis, a las que Iac oponía las suyas: «Las que cuentan son las relaciones que eliges, no la gente que encuentras en torno a ti por fuerza. Ésa la soportas.»
Y sobre la idea de «soportar» el muchacho podía seguir teorizando durante horas. Entretanto, caminaban Lira, Tommi y él a lo largo del perímetro occidental del vertedero, al abrigo del muro. Por delante de ellos iba coleando Nero, con todas sus infinitas costillas bien a la vista.
«¿Una visitita a la pútrida?», preguntó Iac sonriendo.
«Si no queda más remedio…», comentó Lira.
«Sí, sí: así, si vemos aquella Cosa, podré contárselo a todos mis amigos», dijo Tommi con entusiasmo.
«Nerone, ¡ven aquí rápido!», gritó Iac, pero el perro no tenía la menor intención de interrumpir su carrera y en un santiamén desapareció detrás de un zigurat. Iac se lanzó tras él y también su hermanito lo siguió. En cambio, Lira se mantenía a distancia: a él la pútrida nunca le había gustado y sobre todo no tenía el menor deseo de meterse en líos. Los dos hermanos no tardaron en desaparecer de la vista y el muchacho decidió volver atrás: los esperaría en casa del Cojo, tal vez delante de algo que comer.
Entretanto, Iac había divisado el perro, que estaba escarbando en el montón de desechos, como si hubiera olfateado algo muy interesante.
«Mira, Iac, vamos a ver lo que está sacando», gritó Tommi.
Se acercaron y en seguida Iac se dio cuenta de que detrás del perro algo insólito creaba una barrera. Bidones azules con tapas negras, que unos días antes no estaban, formaban ahora casi una empalizada de acordonamiento. No se podía ver más allá. Fue casi seguramente por ese motivo por lo que el muchacho decidió acercarse. Entre un bidón y otro, vio al guardián del vertedero junto a otros dos hombres y tras ellos un gran camión que estaba descargando una serie de materiales: trozos de hierro, tejas, ladrillos rotos. Tomó nota mentalmente de lo que había disponible, porque algunos trozos podrían ser muy útiles también para él. Volvería aquella noche, tal vez con Argo, a coger lo que le sirviera.
13
Uno de los hombres, el más alto y robusto, advirtió su presencia, Iac permaneció inmóvil y en el mismo momento aquél empezó a acercarse. El guardián miraba sin decir nada, mientras el otro hombre avisó de la llegada de un cuarto. Fue la salvación de Iac, que cogió a su hermanito, quien había permanecido unos pasos más atrás, mientras gritaba a Nero que los siguiera, pero, como sucedía siempre, sin conseguir resultado alguno. También el perro era testarudo como él y no le gustaba obedecer órdenes, aparte de que no había jefes de jauría en aquel lugar. Regía el arte del convencimiento, pero nunca con características definitivas. Todas las veces era como si fuese la primera.
Mientras los dos hermanos corrían, Nerone seguía excavando como si hubiese encontrado otra cosa gustosa de comer, pero sin darse cuenta de que tenía a su lado al hombre robusto, quien sujetaba una cuerda entre las manos y estaba haciendo un nudo corredizo. Lo enfiló, sin esfuerzo, en torno al cuello del perro, que parecía no hacer caso, absorto comiendo algo. Con el cabo de la cuerda bien firme entre los dedos, el hombre alzó la vista al horizonte y buscó a Iac, que entretanto se había detenido. Tenía cogido de la mano a Tommi y estaba mirando a ver si Nero acudía.
Lo vio atado y advirtió que tiraba hacía él. El hombre dio un fuerte estirón a la cuerda y el perro perdió el equilibrio y cayó al suelo y se vio obligado a soltar la comida. Por un segundo, Iac pensó en volver atrás, pero tenía a Tommi con él y no podía implicarlo en el asunto. Nero reanudó su intento de alcanzar a Iac, pero cuanto más tiraba más se le bloqueaba la respiración, porque aquella especie de traílla le comprimía las carótidas y le bloqueaba la garganta. El hombre seguía arrastrándolo en dirección contraria y él, con las últimas fuerzas que le quedaban, se irguió sobre las patas traseras para intentar morder la cuerda y romperla. Entonces fue cuando Iac vio alzarse el bastón y golpear con fuerza a Nero. Se oyó un gañido y después otro.
El muchacho se quedó un instante mirándolo y después apretó con fuerza la mano de su hermanito y se lo llevó. En aquel momento Nerone y él se perdieron de vista.
14
No dijo nada a Sadam y tampoco a Lira. Entró en el refugio y cerró las dos hojas que hacían de puerta. Lira pidió permiso, pero Iac le hizo una seña para que esperara. Tenía que hablar con el niño.
«Ahora te vas a casa y te olvidas de esta historia, ¿entendido?»
Tommi sollozaba: a los ocho años se comprende la sucesión temporal de los acontecimientos, se conoce la diferencia entre el bien y el mal, pero aún no se consigue desentrañar el porqué de las cosas.
«¿Porqué no hemos vuelto a salvarlo? ¿Me lo quieres decir?»
«Se las arreglará solo, es un perro muy valiente. Ya lo verás. Ahora vete a casa, como te he dicho, y te pones a ver la televisión». La voz era firme, pero el corazón estaba a punto de estallar. Los ojos tenían ganas de verter lágrimas y los dedos se habían cerrado en puños, con las uñas clavadas en la carne de las palmas.
Tommi estaba secándose la cara con la manga del abrigo, los ojos buscaban algo, hasta que le salió una petición: «De acuerdo, me marcho, pero antes hazme la magia del panecillo».
Iac asintió, se acercó a una repisa y, tras ponerse de puntillas, cogió una caja con el rótulo de Magician: cómo llegar a ser un mago verdadero. De espaldas a su hermano, la abrió y extrajo algo. Después cogió un cestito en el que había cuatro panecillos duros, a saber desde cuándo, y dos naranjas. Puso todo ello sobre la mesa, una gran tabla de plancha herrumbrosa, pero con un mantel de cuadros rojos y aparentemente limpio.
«¿Estás listo?», preguntó a Tommi.
El niño dijo que sí con la cabeza y desorbitó los ojos. Iac empezó a mover las manos como mariposas, las hizo revolotear ante los ojos de su hermano, hasta que la mirada dejara de seguirlas dondequiera que se desplazaran. En determinado momento, las manos pasaron por encima del cestito y Iac cogió un panecillo, lo hizo saltar sobre la palma, se lo paso de una mano a otra y después susurró: «Et voilà!», y lo tiró al suelo. El panecillo rebotó como si fuera una pelota de goma y subió casi hasta el techo, para recaer en la mano abierta de Iac. «¡Y listo!», concluyó con una sonrisa, al tiempo que entregaba el objeto a Tommi, quien lo miraba con la boca abierta. El niño probó inmediatamente a repetir la magia, pero con el resultado de siempre: tener que agacharse hasta el suelo para recoger el pan duro.
«¿Cómo lo has hecho Iac? Dímelo, por favor, ¡quiero saber hacerlo yo también!»
«Un día te lo explicaré; ahora vete». Lo acompañó hasta la entrada del vertedor, punto desde el cual la distancia a su casa era poca, no más de cinco minutos. Iac miró a su hermanito, mientras se alejaba, hasta que vislumbró a su madre, quien iba a su encuentro.
15
Algunas cosas importantes suceden en un instante. Hay un antes y un después, de signo completamente opuesto: una enfermedad, una pérdida, una cicatriz. Algunas cosas importantes suceden sin motivo alguno, otras simplemente porque las provocamos: con nuestras palabras, gestos, ciertas omisiones. Sucede algo, a pesar nuestro o por nuestra responsabilidad y ya estamos en el después. Bien lo sabía Alfredo Mito, con aquel apellido que había llegado a ser un apodo más que acertado: el Mito de la hermosa gente feliz de estar en el mundo, aun con algún defecto, hasta el día en que una pequeña imperfección adquiría proporciones exageradas, junto con la desconfianza, la insatisfacción, la frustración o –peor aún– el hastío de vivir. Mito era rápido, preciso, capaz, decidido, con una mezcla de arrogancia y buen gusto, de elegancia y dureza: seguro y atrayente, suma de todas las características necesarias para ejercer su profesión. Alfredo Mito era uno de los mejores cirujanos plásticos de la Ciudad; sin haber cumplido aún los sesenta años, era también un hombre que hacía publicidad con la imagen de su trabajo: casado con una mujer más joven, naturalmente hermosa, y padre de una chica adolescente, viva e inteligente y sobre todo y en consonancia casi completamente con las aspiraciones de su padre. El doctor Mito trataba a los grandes quemados en el hospital más importante de la Ciudad y satisfacía su sentido estético con una abundante clientela de im-pacientes muy rentables que recurrían a él para que les hiciera restauraciones moderadas o remodelaciones radicales, desde jorobas en la nariz que nivelar hasta pómulos que elevar, desde tetas que agrandar hasta pulgares que enderezar, desde liftings totales a labios que inflar: en una palabra, de todo un poco.
«Esta tarde serán quince; te aviso de que no todas están en el punto justo». La mujer estaba hablando delante de un espejo y, a su derecha, Mito la miraba sonriente, mientras acababa de afeitarse.
«Es mejor salir por adelantado, crear la posibilidad sin que esté aún presente la necesidad».
«De todos modos, alguna ya está hecha una ruina: con esas debes ser amable, prometémelo», y esperó la propuesta tranquilizadora de su marido.
«Prometido, nada de brutalidad. Además, he decidido experimentar con alguna microinyeccioncita nueva».
«Buena idea: tus novedades siempre hacen efecto, pero todas se esperan el botox: no escatimes en las dosis, te lo suplico».
Todos los meses, la pareja recibía en su casa a huéspedes: fiestecitas circunscritas, en las que se ofrecían los nuevos productos prêt-à-porter para la conservación de la belleza y para posibles correcciones reversibles, que se harían, naturalmente, en la consulta privada del cirujano plástico.
Junto al té de las cinco, se servían galletitas dietéticas e inyecciones con tester de ácidos y silicona a quien las solicitara. Los escotes, las arruguitas de la expresión, los cuellos caídos, recuperaban un inesperado vigor; frentes preocupadas se volvían serenas. De los labios agrietados parecía brotar una nueva turgencia.
La señora de la casa era Clara Mito, ginecóloga sin señal alguna de hundimiento aparente, profesional satisfecha, esposa feliz y madre afortunada.
«Se me olvidaba: tu hija se ha pronunciado por fin».
«¿Ah, sí?», dijo él, mientras se pasaba la loción para después del afeitado de perfume fino.
«¿No quieres saberlo?», preguntó ella, como si tal cosa, pero sabedora de que estaba aguijoneando no poco la curiosidad de su marido.
«¿De qué estamos hablando, querida?»
«Del regalo para el décimo octavo cumpleaños de tu hija: a ver si lo adivinas».
«No se me dan bien las adivinanzas, dime si es un regalo costoso». La decisión de hacer al menos un intento era casi obligada, so pena de un pressing hasta el último suspiro y la revelación por agotamiento final.
«La verdad es que es muy, pero que muy, costoso», dijo ella con énfasis y una risita de acompañamiento.
«En eso sé a quién ha salido», comentó él sonriendo.
«Bueno, digamos que yo no habría pedido nunca ese regalo… me parece que se trata de un artículo que de momento no necesito».
«Estará ya presente en tu armario, seguro»: dicho con dulzura.
Mientras los dos hablaban, alguien estaba llamando a la puerta del baño. Una voz femenina, educada, dijo: «Me voy a clase, nos vemos esta noche. Que os cunda el trabajo».
Respuesta en coro: «Adiós, tesoro», un poco más explícita la del padre, que abrió la puerta para dar un beso a la muchacha e interrumpió la conversación con su madre.
16
«Debemos volver a buscarlo», dijo Iac dirigiéndose a Sadam y a Lira, que lo escuchaban atónitos.
«Sí, claro, y entonces ésos nos destrozan a palos», respondió Lira Funesta.
«Se las arreglará solo, ya lo verás», añadió Sadam. Entretanto, Iac seguía hablando como para sus adentros.
«No podía quedarme, porque estaba conmigo Tommi. He tenido que abandonarlo», repetía el muchacho sin darse tregua.
«”Abandonarlo”, ¡qué palabra más solemne! Has tenido que dejarlo con su destino y preocuparte por tu hermano. En este caso has hecho bien, en todo lo demás, como ya te he dicho, lo consientes demasiado». Sadam no desaprovechaba nunca la ocasión de recordar a Iac cómo debía comportarse.
«Lira, ¿vienes conmigo?»
«Pues, para serte sincero, preferiría no hacerlo, pero si de verdad no puedes evitarlo…» Lo acompañaría, aunque de mala gana.
De modo que los dos se dirigieron hacia la pútrida, cada uno con un cuchillo en la mano, de los de cocina, que se encontraban fácilmente en el vertedero. Es un objeto que parece eterno y, sin embargo, antes o después también deja de cortar, si bien la punta, por usada o incluso mellada que esté, sigue siendo siempre punta. A ellos les servía aquélla o al menos la idea de tener un instrumento peligroso con el que defenderse, de ser necesario.
«¿Qué piensas hacer?», preguntó Lira a Iac, mientras atravesaban la calle principal del vertedero, entre dos murallas de balas cuadrangulares, de las que asomaban plásticos y puntas de madera.
«No lo sé: liberarlo, procurar averiguar adónde se lo han llevado y liberarlo», respondió Iac.
«Pero, ¿por qué lo han atado?»
«Nos han visto, estábamos demasiado cerca. Había bidones nuevos, más cosas de las que no deberían estar aquí».
«¿Quieres decir que habrían sido capaces de matar a alguien por algún bidón inconveniente?»
«No lo sé, Lira; la verdad es que no lo sé».
«Pero, ¿no ha dicho nada el guardián?»
«No. Se ha quedado inmóvil. No ha dicho nada».
«Es extraño, ¿no les habéis dado el dinero este mes?»
«De eso se ocupa Argo. Yo sólo quiero que Nero vuelva al refugio conmigo; lo demás no me interesa».
El reconocimiento prosiguió sin que encontraran alma viva y después los muchachos oyeron voces. Aún no habían llegado a la pútrida, se encontraban en la zona del medio, la que comunicaba los zigurats con el légamo, el interregno de las bolsas, el purgatorio de los residuos sólidos urbanos sin clasificar. Por aquella parte se podían encontrar gatos o ratas de alcantarilla, pero ninguno de ellos se habría ocupado de la presencia de dos seres humanos. Pasaron pocos minutos y, mientras Lira se dejó distraer por una bolsa azul de la que sobresalía un casco de motocicleta, Iac advirtió algo.
«Ven a ver», gritó a su amigo.
Carcasas de ratas. Eran una decena, extendidas por el terreno, claramente muertas. Lira probó a lavar la punta del cuchillo en el lomo de una de ellas. No hubo reacción alguna. Miraron en derredor: una mortandad de gruesas ratas de pelo gris largo e híspido. Alrededor, todo eran restos putrescentes. Había un olor irrespirable, pero los muchachos siguieron mirando igual.
«Las habrán envenenado. ¿No ves que no sale sangre por ninguna parte?», observó Lira.
Iac se encogió de hombros y tal vez se materializara en su mente por un instante la imagen de Nerone potencialmente reducido a lo mismo.
«Anda, que se está haciendo oscuro, no tenemos demasiado tiempo».
Lira Funesta limpió el cuchillo con un trozo de bolsa de plástico y después apretó el paso para alcanzar a su amigo. La luz había menguado y el aire era frío y soplaba un viento lento y constante. Los perfiles de las montañas de desechos tenían como trasfondo otras montañas, verdaderas y más lejanas. Noches como aquélla eran frecuentes, sobre todo a finales del invierno: límpidas, tersas, transparentes. En el silencio de aquel lugar llegó el eco de un perro. No era Nerone. Otro ladró en respuesta. Tampoco era él. Habitualmente, también Nero habría lanzado su ladrido, con aquella cadencia larga y quejumbrosa que parecía copiar la llamada de Sadam. En aquel preciso instante, el turco inició su grito de almuecín, la cuarta llamada del día, y no tardó Iac en percibir, si bien débil y sorda, la respuesta de Nero.
17
Estaba encerrado en un recipiente de metal, con la puerta atrancada con una cadena con candado. Adosados al muro del Este,