


Demipage
presenta a
Yolanda Villaluenga
en
Ann Arbor
Siempre que el viento viaja de norte a sur, las corrientes de Alaska, surcan las grandes llanuras de Estados Unidos y se adentran en el lago Michigan. De allí parten aún más frías hacia el este. Días antes de divisar Chicago atraviesan Ann Arbor, una pequeña ciudad del medio Oeste que los indios Chippewa, Ottawa y Potawatomi regalaron en 1787 a los colonos a cambio de que sus hijos accedieran a la educación occidental.
Durante siglos, esta tierra fue zona de paso para los esclavos que huían hacia Canadá, y en 1963, la plaza de su Universidad concentró la primera manifestación estudiantil del país contra la guerra de Vietnam.
Ann Arbor landscape magazine
El último blues
2 a la derecha, 5 a la izquierda y 7 a la derecha. Tiré de la anilla del candado. No se abrió. Volví a intentarlo. Una lluvia de granizo me obligó a dejar la bicicleta y a buscar un lugar donde refugiarme. Todos los establecimientos permanecían cerrados. Era domingo por la tarde. A mi espalda brillaba un luminoso de letras rojas: «The bird of Paradise». Puntillas blancas y pasquines de actuaciones pasadas impedían ver, a través de las ventanas, qué ocurría en el interior. Abrí la puerta. El tintineo de campanillas metálicas y la temperatura me reconfortaron. Un camarero apareció tras la barra.
«Por favor, un zumo caliente de manzana con canela y una copa de vino blanco», pedí al sentarme en uno de los taburetes de la barra. Miré el reloj. En una hora caería la noche. Por fin pasaría ese tiempo incierto de domingo en el que vagabundeas por las aceras de una ciudad dormida sin encontrar un lugar en el que detenerte. Una vez leí que las tardes más deprimentes de domingo transcurren en Varsovia. Debió de escribirlo alguien que nunca paseó un domingo por las desiertas calles de Ann Arbor. Nada se movía excepto ese granizo insistente contra el cristal de la ventana, como un mal pensamiento recurrente.
El camarero sirvió la copa y me quedé observando el color del vino, las irisaciones. Ese lagrimeo deslizándose por el interior del cristal hasta desembocar en un lago, en un inmenso lago de aguas densas. Cogí la copa y la moví ligeramente hasta que el líquido circuló una y otra vez por el interior del cristal.
Las campanillas de la puerta tintinearon. Una mujer negra, de unos setenta años, con grandes gafas de sol, entró y se quedó en el quicio sacudiéndose el granizo de la gorra blanca y la chaqueta. Al pasar me sonrió con complicidad como si ya nos conociéramos.
«!Qué buen tiempo!», le dijo al camarero que preparaba el zumo y desapareció por la escalera que descendía al piso inferior.
La luz resultaba excesiva y plana para un club de jazz, y las mesas y sillas de pino joven le otorgaban un carácter que no simpatizaba con los pasquines amarillentos que anunciaban antiguas actuaciones. Me pregunté por qué siempre imaginaba que la felicidad y la calma se hallaban en el lugar opuesto al que me encontraba. Me pregunté qué hacía en ese país y en una ciudad donde la mayoría de los habitantes eran estudiantes de veinte años y el resto, profesores.
Las campanillas volvieron a sonar y esta vez entraron dos parejas precipitadamente. Debían de venir corriendo bajo la lluvia de granizo. Se quedaron a la entrada sacudiéndose las chaquetas y recuperando el resuello mientras comentaban esa carrera que parecía un obstáculo más en un campo de juego. Cubrían sus cabezas con sombreros de fieltro y vestían con elegancia ropa de otro tiempo, de tonos morados y verdes viejos. Eran negros y calculé que tendrían algo más de sesenta años. Saludaron al camarero a quien parecían conocer y siguieron por la sala hasta perderse por el hueco de la escalera.
«¿Hay alguna actuación?», pregunté al camarero, y me bebí el zumo de manzana que acababa de servirme.
«Sí, Etta Jones y Houston Person», respondió.
Nunca había escuchado el nombre de Etta Jones pero no se me ocurría nada mejor que hacer esa tarde de domingo.
Las notas del saxo empezaban a sonar cuando descendí por una escalera de mármol rosácea, más propia de una sala de fiestas que de un club de jazz. El saxofonista era un hombre corpulento de unos setenta años que vestía vaqueros y camisa de flores. Bromeaba en la prueba de sonido con el pianista y el bajista. Parecían un grupo de amigos reunidos en el sótano de su casa, dispuestos a pasar un buen rato tocando y bebiendo unas cervezas. La mujer de la gorra blanca se encontraba sola, sentada en primera fila. No podía ver su rostro pero sí la mano sobre la mesita que seguía el ritmo con una cadente placidez. Se recostó en la silla como si estuviera cansada o en su propia casa, o las dos opciones al mismo tiempo.
El saxo arrancó el discurso y los otros instrumentos le siguieron en un animado diálogo. Los aplausos sonaron huecos por la ausencia de público pero a ellos parecía no importarles. The Bird of Paradise no debía de ser el mejor club en el que habían tocado, pero tampoco el peor. El saxofonista dio paso con una sonrisa al pianista y éste al bajista.
La mujer de la gorra blanca se puso de pie, se quitó las gafas y subió al escenario. Unas enormes ojeras enmarcaban sus ojos negros. El saxofonista le tendió la mano para que se acomodara a su lado en el taburete. Era Etta Jones. Etta sonrió sin mirar a nadie y a todos y a ella misma. Y con la misma cadencia con la que minutos antes sus dedos acompasaron la música, envolvió la sala de una dulce melancolía, como una niña que mirase por la ventana tarareando una vieja canción junto a la radio.
Los dedos del pianista se desplazaron con suavidad por el teclado hasta detenerse en una nota cuyo eco se perdió en el silencio de la sala. La voz de Etta sonó entonces con un tono bajo y desgarrado, arrastrándonos hacia un lugar desde el que también cantaron Billie Holliday y Sarah Vaugham. Un espacio de bombillas desoladas donde no penetraba la luz de la mañana. No entendía bien sus palabras pero comprendía de dónde nacía su voz. Como posiblemente también lo sabían los hombres y mujeres de la sala que viajaban en círculos concéntricos hasta el centro de su emoción. La voz de Etta era la de una superviviente capaz de arrastrarnos, de arrastrarme a la densidad de una relación donde no surge nada que decirse, hasta esa última noche en que Samuel me preguntó si deseaba su muerte, al afilado silencio al volver a casa después de estar con Lucas, a la muerte lenta y cobarde que causa la indecisión, la mentira, la no mentira que oculta, al rostro abatido de Lucas, al de Samuel, al mío. A noches eternas esperando el primer rayo del alba.
Me fijé en las dos parejas que entraron en el club momentos antes, en sus ojos densos y cristalinos. ¿En qué estarían pensando?, ¿a qué momento de sus vidas les llevaría esa emoción?, ¿qué escena revivirían una y otra vez hasta llegar a pronunciar un sí donde dijeron no?
Etta se quedó suspendida en una nota, en un do profundo que siguió escuchándose cuando su eco se perdió en un instante eterno. Y tras un largo silencio en la oscuridad, miró a Houston, al pianista, al bajista. Nos miró a todos y cada uno de nosotros y su voz emprendió vuelo hacia esa luna en cuarto creciente que en esos momentos iluminaría el lateral derecho de la calle Main. Hacia el alba. La llegada de la primera golondrina al balcón de mi casa. El frescor en la piel al atravesar en bicicleta una zona umbría. Desayunar en un jardín soleado. El murmullo de un arroyo en un recodo tranquilo. La isla pagoda flotando por el río Min. Tu cuerpo y el mío. La promesa de una chimenea humeante perdida en el paisaje una tarde de invierno. La promesa que exhala el aroma de una higuera en agosto. La promesa de China.
«Saturday night is a lonely day…», empezó a cantar Etta en un tono contenido. Sabía de qué hablaba. Yo también conocía el peso de esas noches de sábado. No tenían que ver con ser el único habitante de una isla. Era otra soledad.
«Saturday night is a lonely day…», volvió a decir, pero esta vez en un tono más alegre.
Sólo quien ha trascendido la tristeza es capaz de salir del laberinto. No. Samuel no querría para mí ese castigo. No querría que fuera una apátrida de la vida. Tampoco Lucas. A pesar de aquel golpe de la puerta al cerrarse para siempre. A pesar de aquella mirada fría y cuarteada que aún seguía preguntándome por qué hice lo que hice. No, Lucas me había perdonado. Estaba segura. Era yo quien no me permitía descansar, quien no me perdonaba, quien no sabía quién era yo sin Lucas, sin Samuel. ¿Quién era yo sin la culpa?
Houston Person y su banda siguieron a Etta. Los sonidos se buscaron en un júbilo contagioso. Solos transformados en dúos, en tríos, en una bacanal cuyo orden surgía de una clave que sólo ellos conocían. Éramos voyeurs atrapados en la contemplación de un placer que ya era el nuestro. Tal vez esa noche escuché por primera vez «This is a fine time» o «Blues to end all blues». No lo recuerdo bien. Pero sí recuerdo que por primera vez en mucho tiempo me encontré en paz.
«My folks, the masquerade is over», dijo sobre el escenario al finalizar la actuación.
Etta volvió a sentarse a la misma mesa de antes. Parecía muy cansada. Las dos parejas que entraron tras ella en el club se acercaron a su mesa, donde ya la rodeaban tres personas más. Me quedé un rato esperando que se quedara sola para darle las gracias. Houston Person, el bajista y el pianista bebían algo y charlaban con el camarero y otros espectadores. Me levanté, en realidad, ya nos lo habíamos dicho todo. Al pasar cerca de su mesa, Etta miró hacia atrás y me sonrió con la misma complicidad que al entrar en el bar horas antes. Como si compartiéramos la complicidad de una amistad canalla, acuñada año tras año de incontables fechorías.
Subí las escaleras del club saltando los peldaños de dos en dos. La escalera de mármol rosa resultaba graciosa, y acogedoras las mesas y sillas de la planta superior. Abrí la puerta y las campanillas volvieron a tintinear. No granizaba pero esta vez un tornado había peinado la mitad de la calle dejando a su paso farolas retorcidas y cristales por el suelo. Se respiraba la estela de una catástrofe, pero curiosamente, se escuchaba el canto de los pájaros tras la tormenta y el cielo emanaba la luz blanquecina del amanecer.
Mi bicicleta permanecía intacta atada al poste. Volví a intentarlo: 2 a la derecha, 5 a la izquierda y 7 a la derecha. Y sin ningún esfuerzo, esta vez el candado se abrió.
El sueño de Lucas
Esta noche he soñado contigo. Abrazados y en silencio subimos la calle inclinada de una ciudad portuaria que me resulta desconocida. Es un día luminoso de invierno. Las gaviotas nos sobrevuelan en círculos cada vez más próximos. Unos metros más y alcanzaremos la colina. Unos metros más y nos sentaremos a contemplar, como cuando éramos niños, la estela de los barcos que zarpan, los estibadores descargando, letras impresas en contenedores, palabras desconocidas procedentes de lugares lejanos adonde se llega después de perderse en esa línea azul que traza el horizonte. Un marinero se asoma a la borda para retener la imagen de esa costa verde que se hace más y más pequeña. Hasta que sólo exista azul. Y oscuridad. Y más azul. Y oscuridad. Y por fin otra costa. Otra tierra sobre la que caminar, sobre la que partir de nuevo.
Avanzamos sin prisa y en silencio. El horizonte del mar está ahí. Soy frágil y fuerte. Sueño, pero no estoy soñando. Esa calidez a tu lado la he vivido a los diez años, a los veinte, a los treinta. Toda la vida a tu lado.
En el sueño es mi cumpleaños y has venido a verme a esa ciudad portuaria en la que me encuentro de paso. Tengo una habitación en un hotel funcional y aséptico para ejecutivos de segunda. Algo parecido al NH en el que tantas veces me alojé cuando viajaba ocasionalmente por trabajo. Ese tipo de hotel que tú y yo nunca elegiríamos para encontrarnos.
Mientras avanzamos por la colina sé que te quedarás en mi habitación. No sé por qué pero nadie debe saber que estás conmigo. Te irás cuando despertemos. No hablamos de eso. El adiós planea sobre nosotros, pero también el frescor en la cara, el olor a salitre, tu brazo sujetándome por los hombros, mi brazo apoyado en tu cadera. Y según avanzamos, resulta más certera la promesa de ver juntos el horizonte. Nos sentaremos en una roca y soñaremos con un viaje en barco. Tú querrás ir a China. Yo preferiré no fijar destino.
Esta mañana, al despertar, mi piel retenía los senderos trazados por tus caricias y la almohada exudaba el olor ligeramente dulce que desprende tu cuerpo. En algún lugar de la memoria dormitan las sensaciones vividas. Las buenas y las malas. Y sólo renacen cuando soñamos. He querido retenerte cerrando los ojos pero la luz del día inundaba ya la habitación.
No, no quiero echarte de menos. Nunca más.
Abro los ojos y me digo: estoy cansada. Permítete olvidar o parte a buscarle.
Just friends
Luis y Nona, la pareja a quien alquilé el apartamento de Madrid acababan de enviarme un mensaje electrónico informándome de que no les venía bien pagar los últimos dos meses de alquiler. Es más, que llevaban quince días viviendo en la casa de un amigo en El Escorial. No lo comprendí y volví a leer el párrafo donde contaban que con el lío del traslado olvidaron advertirme que abandonaban la casa. Me detuve en la expresión «a nosotros no nos viene bien» y seguí sin comprender.
«¿Cómo nos vas a pedir una fianza?, —preguntaron indignados al cerrar el contrato de alquiler en Madrid,— Si somos amigos». Pero no éramos amigos. Mis antepasados campesinos cerraban los tratos mirándose a los ojos con un apretón de manos. Pero eran otros tiempos y otra gente. Nunca habrían depositado sus intereses en personas con quienes cruzabas la mirada sólo para esquivarla. Luis y Nona pertenecían a esa clase de gente con quien nunca intimaría. Simplemente, nos regían otros códigos. Me arrepentí de no haberles cobrado fianza y de firmar un contrato, elaborado por ellos, sin consultar con un abogado. «Y con las prisas, ni siquiera legalicé el contrato», me dije enfadada conmigo misma. ¿Qué iba a hacer hasta que lo alquilara de nuevo?
Las historias que no se resuelven bien en el pasado vuelven una y otra vez hasta encontrar una salida. En Ann Arbor, el dinero corría más rápido de lo previsto y las revistas y editoriales españolas con las que colaboraba se encontraban en fase de recorte de presupuesto. Calculé el dinero realmente imprescindible para sobrevivir cinco meses más en Estados Unidos. Colgué el apartamento en la página web de una inmobiliaria y traté de encontrar nuevas fuentes de ingresos. Ninguna resultó. Alguien me habló de Jota, una editorial española que acababa de abrir sede en Chicago y buscaba un director de marketing. Hacía años que me las ingeniaba para trabajar lejos del marketing, lejos de una estructura empresarial donde debía vender hasta lo que detestaba, pero se avecinaban tiempos difíciles. Además, el marketing, en una editorial, podía resultar interesante. En el staff encontré el nombre del director, un tal José Ramos. Llamé. El concierto de Aranjuez me condujo de la centralita a la planta noble donde una secretaria de voz etérea me pidió el currículum antes de citarme para la entrevista. Esa misma secretaria me llamó al día siguiente.
«El director la recibirá el próximo lunes 6 de diciembre, a las 16.45 horas. —Y agregó— es una persona muy ocupada. Sólo le concede quince minutos». Me molestó el «le concede» pero traté de quitarle importancia. Tal vez estaba siendo muy quisquillosa. Sabía que la situación económica me desasosegaba y lo realmente importante en ese momento era conseguir el trabajo. Tal vez quince minutos era tiempo más que suficiente.
Cuando esa mañana saltó la alarma del despertador a las cinco a.m., ya estaba despierta. En realidad no había dormido más de una hora en toda la noche. Temía perder el tren de las siete con destino a Chicago. Y con él, la posibilidad de salir de la crisis. Preparé café y conecté la National Public Radio.
«Two friends but one broken heart», escuché cantar. La voz de Etta Jones, cálida e inesperada, me acompañó mientras calentaba mis manos en la taza de café y meditaba cómo convencer a José Ramos de que yo era la persona adecuada para ese puesto.
Abrí el armario para elegir la ropa que llevaría a la entrevista. Traté de imaginar cómo sería la editorial, qué resultaría más idóneo para la primera impresión. Escogí un vestido de lana color teja, y luego, unos vaqueros, y luego, una falda negra. Y me senté en la cama sin claridad para decidir cuál de las opciones era la más adecuada para la cita.
«¿Y si llamo a Lucas?, tengo el teléfono de su casa, de la casa que comparte con Thuy y los hijos de ella», me sorprendí preguntándome en voz alta.
«Etta was working in the elevetor», dijo Jeff, el comentarista de la National Public Radio. Hablaba de los años en los que Etta apenas conseguía contratos en los clubes de Nueva York y Chicago.
¿Y si Lucas colgaba el teléfono al oír mi voz? ¿Estaba preparada para escuchar que no quería verme? Tal vez me había perdonado. 865 76 78 dije en alto. Sabía de memoria su teléfono en Chicago. Tenía miedo de extraviar la libreta verde. Ese número era la única posibilidad de encontrarle. ¿Y si nos tropezábamos en la calle? Tal vez no era necesario llamarle. Chicago era una gran ciudad, pero también podía ser un pueblo. Sí, ésa sería la mejor opción. Claro que esa opción no dependía de mí.
«Cuando Etta ganó el premio Grammy —contaba Jeff— trabajaba de ascensorista en un hotel. En ese tiempo, Etta atravesaba una profunda depresión».
Imaginé a Etta, la cálida cantante de blues a quien conocí en The Bird of Paradise, subiendo y bajando durante horas en ese cubículo. Atrapada como Sísifo en un círculo inhumano. Uno de sus buenos amigos fue a buscarla al ascensor para contarle que acababa de ganar un Grammy por Don’t Go to Strangers. No le creyó. Pensó que era una broma o que le habían confundido con otra cantante, como le ocurría a menudo.
«El amigo de Etta —seguía explicando Jeff— la llevó al bar. Le pidió que se sentara en uno de los taburetes situados junto a la barra y sintonizó una emisora de jazz. Entonces, Etta, pegada a la radio, escuchó cantar a Etta, y a un periodista argumentar lo merecido que era el premio, y creyó que algo había cambiado definitivamente en su vida».
¿Volvería a desempeñar un trabajo que detestaba? Samuel no estuvo de acuerdo cuando me despedí de la empresa farmacéutica en donde dirigía el departamento de marketing, poco antes de la reaparición de Lucas. No aceptó mi decisión de abandonar una carrera ordenada, en una empresa segura, con un buen sueldo, para perderme por las líneas de un atlas. No comprendía que las guías me permitían vivir mi propio sueño. Escribía en casa, en cafés, en bibliotecas, sobre lugares lejanos pero abarcables porque nunca estaban sujetos al azar, al frío o al calor que determina la felicidad o no de una experiencia. Yo podía recrearlos en el momento adecuado, en el lugar que consideraba más oportuno. Y además, no engañaba a nadie vendiendo aquello en lo que no creía. Eran ciertas sus críticas: de alguna forma mentía: ignoraba la densidad del silencio que encierra una pirámide, el aroma que desprenden los valles de melocotoneros en flor, la respiración profunda que exhala la vista al contemplar los inmensos valles de La Patagonia o de Mongolia. Era cierto: no los conocía a través de sensaciones directas, como yo misma habría deseado en otro tiempo de mi vida. ¿Pero acaso no era real para un biógrafo el personaje de su estudio? Desde la distancia del análisis, desde la soledad de su cuarto ¿no llegaba a conocerlo mejor que muchos de los amigos y familiares que compartieron sus días? No le expuse estas razones a Samuel. Tal vez porque hablar de qué era verdad y qué mentira nos habría llevado a hablar de nosotros, de qué era verdad y qué mentira en nuestra relación. No me sentía entonces preparada para afrontarlo. Como tampoco el siguiente paso que resultaba inevitable: ¿qué era verdad y qué ensueño en la relación con Lucas?
«¡Bah! Seguro que es interesante trabajar en el departamento de marketing de una editorial —me dije—. Además, ese dinero me va a venir muy bien. Lo necesito».
Escogí unos pantalones negros muy anchos, una camisa blanca entallada y unos botines de tacón muy elegantes, pero incómodos, que no me había calzado desde que llegué a Estados Unidos. Guardé en la bolsa de viaje unos vaqueros, otra camisa, un jersey, el pijama y la bolsa de aseo. Si me encontraba con Lucas no alcanzaría a coger el último tren hacia Ann Arbor, y en ese caso, me quedaría a dormir en el apartamento de Philippe. Philippe era un amigo, un fotógrafo francés a quien conocí en Madrid poco después de la muerte de Samuel. Hacía un mes, más o menos, que se había instalado en Chicago. Según me dijo, buscando mejores oportunidades para su obra. Aunque el motivo real tal vez fuera que necesitaba cambiar de escenario cada cierto tiempo. Me había invitado a visitarle en Chicago, pero esa primera semana de diciembre, precisamente esa primera semana en que la Navidad es al mismo tiempo el rumor de una amenaza y una promesa, Philippe se encontraba en Nueva Orleáns y no regresaría hasta la semana siguiente. Cuando le conté que iba a Chicago me ofreció su apartamento, pero aún no tenía nada claro qué iba a hacer, si tendría que volver a reunirme con el director de Jota, si me encontraría con Lucas, si soportaría Chicago en los preparativos de Navidad.
Me fui a la cocina a preparar el último café en la cafetera italiana que el Sr. Taylor encontró finalmente en Kiwanis. Comprobé que llevaba el billete de tren y busqué en mi libreta verde el número de teléfono de la casa de Lucas. Bebí el último sorbo de café. Cogí un abrigo y un sombrero negros, y salí.
La estación de Ann Arbor sugería un estilo medieval alpino, tal vez por influencia de la emigración alemana del siglo xix. En ese tiempo fundacional se hablaba alemán en las calles Su interior estaba remodelado y limpio pero el escaso número de bancos rozaba el abandono. Tal vez el último arquitecto pensó que en poco tiempo nadie viajaría en tren. Busqué mi libreta en el bolso dispuesta a anotar esa idea. Frente a mí, una mujer más o menos de mi edad, con abrigo y sombrero negros, escribía absorta en la misma libreta verde. Tal vez redactaba un artículo, un relato, un guión. Aunque bien podía estar concentrada en una carta de reclamaciones, en un mensaje de amor, en la lista de la compra. Recordé que el cuaderno de Luis y Nona, donde llevaban escritas todas las preguntas sobre mi casa, también era de color verde manzana. Era peor que tener una Moleskine. Guardé la libreta y me bajé la cremallera de los botines que empezaban a incomodarme. No soportaba la opresión en los pies. No era sólo por las ampollas que tendría en un rato, o porque me gustara estar descalza. La opresión en los pies me recordaba la relación con Samuel. Lo peor que éramos capaces de hacernos el uno al otro, a pesar de las mejores intenciones. Al poco de casarnos, Samuel insistió en que debía comprarme unos buenos zapatos para el invierno. Le preocupaba que cogiera frío y quería regalarme los mejores que encontrara en el mercado. Le daba igual gastar el dinero que no se gastaba en él. Fuimos juntos a una zapatería y pidió unos botas Thimberland exclusivas. No las necesitaba, pero accedí. Pedí al dependiente un modelo del número 39. Lo trajo. Me quedaban justos y con unos calcetines gruesos resultarían pequeñas. Le pedí entonces un número 40. Samuel se molestó, dijo que no podía ser. El 40 era su número y yo no podía calzar el mismo número que él. No quise discutir. Me llevé el 39. Nunca me las puse.
Las manecillas de un enorme reloj analógico marcaban las 7:07. Miré el billete de tren por si me había equivocado de día o de hora. Pero no. Día 27. 7 a.m.
«En tres minutos estará en la estación —me respondió con seguridad un hombre de piel rosada y ojos azules que atendía tras la ventanilla—. Es que un pasajero ha tenido un percance en Detroit y por eso llega tarde», y excusó la impuntualidad del tren con el mismo tono comprensivo con el que habría explicado la tardanza de un hijo. Por la ventanilla me pasó un pasquín verde que rezaba: SOS, Amtrak, el futuro del tren está en tus manos.
«Mi padre era ferroviario y mi abuelo. Me he criado junto a las vías del tren. Aquí —dijo haciendo un gesto circular con las manos alrededor de su cuerpo—. Por las mañanas, a la hora de ir al colegio, le escuchaba acercarse a la estación hasta que el sonido lo inundaba todo. A veces corría para ver descender de los vagones a algún desconocido que buscaba a un familiar o a un amigo entre aquellos que aguardaban en la vía. Mis preferidos eran aquellos que partían resueltos con la maleta en la mano.
Ahora dicen que el tren es inseguro y sucio —dijo cambiando de tono—. Los constructores de autopistas, las compañías aéreas y automovilísticas lo están consiguiendo. ¿Cómo va a viajar esta gente?», y señaló con la cabeza a los pasajeros que esperaban en la sala. Era gente mayor, de raza negra en su mayoría, la imagen inversa de Ann Arbor. Algunos vestían ropa de otra época. Tal vez del tiempo en el que fueron jóvenes y trabajaban en alguna fábrica de automóviles instalada en Detroit. Antes de que los dueños decidieran cerrarlas para trasladarse a otro lugar, donde los empleados fueran más pobres y reclamaran menos derechos.
El pitido del tren nos puso a todos en movimiento. Apunté las páginas web que me recomendaba el ferroviario y miré el ticket: vagón número cinco.
El vagón número cinco iba prácticamente vacío. Asiento 3D. Me recosté en el cristal y cerré los ojos. El tren se puso en marcha y me alegré de estar allí. Me gustaba viajar en tren y hacerlo por Estados Unidos. Formaba parte de la épica del país, de los western que tanto disfrutaba Samuel. Desde su muerte no había vuelto a saborear una tarde de sábado, tumbada en el sofá, frente a una película de vaqueros, con los cuerpos entrelazados en un duermevela alimentado por el silencio.
A lo lejos, en el horizonte, amanecía. Por algún motivo me acordé de los bisontes, de algo que me contó Samuel sobre la forma en que fueron exterminados. Los bisontes pastaban en las praderas. Grandes y pacíficos. Y los viajeros se divertían disparando desde el tren. Uno, otro. Cientos. Miles de bisontes se desplomaban sin defensa posible, sin que sus pequeños ojos color caramelo les permitieran comprender por qué se les iba la vida.
Samuel era cazador pero nunca habría matado un bisonte. Nunca desde un tren. Se levantaba antes del amanecer y caminaba por el monte durante horas hasta llegar a los lugares querenciosos por el agua, o a los claros donde los machos se enfrentaban entre sí para asegurar la continuidad de su sangre. Ciervos, les llamaba yo. Venados, Samuel. «La vida animal es la espera incesante de una agresión. Cada especie lleva implícita un cazador», me explicaba. Y me inquietaba escuchar sus palabras. Sabía que tenía razón. Una parte de razón. La única que él veía, o la única que expresaba. En cualquier caso, la única que yo era capaz de ver en él. No le gustaba el folklore de la caza, de las empresas que llevaban al monte a sus empleados. Para él era un acto solitario. Observaba a su presa, conocía sus costumbres, admiraba su porte, la belleza de sus movimientos. Amaba la naturaleza tanto como Lucas o como yo, pero ante esa emoción él disparaba a matar. Samuel volvía del resecho oliendo a jara y a cantueso. Pero también a pólvora.
Un móvil sonó en el interior del vagón pero nadie respondió a su llamada.
«¿Sí?», dije apresuradamente cuando caí en la cuenta de que era el mío. En la pantalla leí: Philippe.
«¿Cómo estás?, ¿es cómodo el tren?».
«¡Ah, sí!, me gusta mucho», dije.
«Me alegro», y supe sin verle que sonreía, que tenía un buen día, uno de esos días cariñosos en los que era difícil imaginar alguien más encantador.
«Es posible que vuelva el miércoles por la tarde porque aquí he terminado prácticamente, y tengo que preparar otro viaje para fin de año. Así que, si me esperas…».
«No sé qué haré, —dije sin querer comprometerme. Tenía muchas ganas de verle pero no tenía claro que me sentara bien quedarme en Chicago hasta el miércoles. Todo dependía de lo que ocurriera en unas horas.— Si no coincidimos, tratamos de encontrarnos en unas semanas ¿vale? ¿Cómo estás tú?».
«Tengo mucho interés en enseñarte unas fotos que estoy haciendo con piedras de ámbar».