EL CIELO DESNUDO

 

 

 

Herbjørg Wassmo

 

Traducción de Cristina Gómez-Baggethun

Título original: Hudløs Himmel

La traducción de este libro ha sido financiada por NORLA

© Gyldendal Norsk Forlag AS 1986 [All rights reserved.]

© De la traducción: Cristina Gómez-Baggethun

Edición en ebook: octubre de 2015

 

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-16440-34-4

Diseño de colección: Filo Estudio

Corrección ortotipográfica: Ana Patrón y Susana Rodríguez

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

 

 

 

 

 

Para Hjørdis, mi madre

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Autor

 

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Contraportada

Herbjørg Wassmo


Escritora noruega. Trabajó como profesora en el norte del país. Es una de las narradoras más importantes de los países nórdicos y el éxito le llegó con su primera novela, La casa del mirador ciego, primera parte de la Trilogía de Tora, que ahora publicamos y a la que seguirán las otras dos entregas.

Este libro fue nominado al Premio de Literatura del Consejo Nórdico y obtuvo el Premio de la Crítica. Con la segunda parte ganó el Premio de los Libreros y, finalmente, en 1987 consiguió el premio del Consejo Nórdico con el último libro de la trilogía.

Wassmo, además, recibió en 1998 el Premio Jean Monnet. Entre sus obras destaca también la Trilogía de Dina, que fue llevada al cine en 2002.

1

Nevaba en Breiland. Copos grandes y lanudos iban posándose por todas partes, como la lana mojada y recién esquilada. Era imprescindible ocultar unas huellas vacilantes, desde las rocas hasta los primeros grupos de casas, había que esconderlas del Dios de Elisif. Él tenía muchas cosas con las que lidiar en su distante cabeza y hasta entonces no había mostrado demasiado interés por las huellas, pero nunca se sabe. Por eso, y solamente por eso, estaba nevando así. Copos suaves y compactos que se derretían sobre la cálida piel de su cara. A su alrededor se evaporaba un templado aire de deshielo que le derretía los carámbanos del pelo rojo, formando húmedos tirabuzones en torno a un dedo invisible.

En cierto momento se dejó caer de rodillas para descansar. Las manos rojas e hinchadas sobre el montón de nieve. Era la primera vez que las veía. Un golpe oscuro le recorrió la cabeza advirtiéndole que se había dejado las manoplas en las rocas. ¿O las habría perdido por el camino? Se tranquilizó a sí misma como lo hacía la tía Rakel cuando había algún problema: «No importa, Tora. ¡Nadie sabe que las manoplas son tuyas!».

El cazo de madera empezó a sonar en la mochila vacía en cuanto echó de nuevo a andar. ¡Una y otra vez repetía lo mismo! Que nunca había excavado ni en la tierra ni en las piedras. Negaba haberla ayudado con lo peor. Tora le suplicaba calladamente que se mantuviera en silencio. Alguien podría oír lo que había hecho.

—¡Está nevando! ¡Ya ha pasado todo!

Y sin embargo el ruido de la madera contra la lona iba en aumento, produciendo un eco que le llegaba de todas partes. Volvió a ponerse de rodillas, para que se hiciera la paz, cerró los ojos y se derrumbó en su propio regazo.

Cuando volvió a levantar la vista, ¡todo el humedal estaba repleto de margaritas! ¡Con capullos amarillos en el centro! Estambres en el suave viento. El humedal entero se mecía. Una tranquila luz procedente de las casas lo cubría todo, y notó que algo le llenaba la boca y las fosas nasales, pero no quería salir. El cazo se había tranquilizado. Una especie de alegría le iba perforando un agujero tras otro. Ya había pasado todo. ¡Y ella seguía existiendo!

Mientras caminaba por un mar de margaritas, entendió que no estaba dentro de su cuerpo. No oía ningún sonido, no se notaba los pies que avanzaban por el camino. El cielo se extendía sobre ella, blanco e inmenso, y el humo de las chimeneas trazaba rudos signos en todo lo blanco.

Poco después se vio flanqueada por los postes de las verjas a ambos lados del camino. Un par de veces avistó figuras humanas más adelante, aunque desaparecieron antes de que ella las alcanzara. Anhelaba huir, pero, aunque no las notara, tenía muchas capas de sangre coagulada entre las piernas. Una cosa sí había aprendido: cuando las cosas están, están, por mucho que no las notes.

Giró automáticamente al llegar a la casa de la señora Karlsen; llegaba preparada para lo peor y eso fue lo que ocurrió: la señora Karlsen estaba de pie ante la puerta de la calle, echando la llave de espaldas a ella, con el abrigo marrón. Sus brazos se movieron muy despacio cuando los dejó caer a lo largo del cuerpo con el gran bolso marrón oscuro colgando de la mano derecha. El bolso osciló como un péndulo cuando la mujer se giró hacia Tora.

Se le encendió una sonrisa de sorpresa en su anémico rostro al descubrir a la chiquilla.

—Ah, ¿estabas fuera? Ya me he figurado que no estabas cuando no me has respondido al llamar a la puerta. Quería invitarte a té y a bollos. Creo que no te cuidas mucho con la comida. ¿Andas por ahí sin gorro? ¡Con este tiempo! Cariño, tienes que cuidarte un poco. Ya, ya sé que no es asunto mío —hizo un ademán hacia la nevada y suspiró profundamente, casi entusiasmada. Luego se puso los guantes muy despacio—. Está todo preparado para el entierro. Va a ser un entierro muy bonito, ya lo creo. Un verdadero acto solemne para todos nosotros. Tienes que venir.

Luego se cepilló un poco de nieve del borde del abrigo, que se había rozado con la barandilla nevada de la escalera exterior, y a continuación empezó a flotar infinitamente despacio a través de Tora y desapareció por el prado florido. Cuando la señora Karlsen pasó volando, fue como si se abriera una puerta y el aroma de las flores llegara hasta la chiquilla.

Al parecer, nunca antes había visto a la señora Karlsen. Le entraron unas ganas locas de correr tras ella para calentarse un poco. Pero la salvó su propia miseria y no fue corriendo a ninguna parte, sino que subió laboriosamente la escalera. Sabía que allí colgaba el espejo y que, si se diera la vuelta, le revelaría todo.

Mientras buscaba la llave en el bolsillo, lo que había sido desapareció. Las personas, el prado florido, el bulto entre las rocas, el cazo. Todo aquello se detuvo allí, ante la puerta, y no avanzó más.

Porque ella no quiso llevárselo adentro. Si rechazaba una cosa, tendría que rechazar también las demás. No podía simplemente escoger deshacerse de lo peor.

El grifo del lavabo del pasillo goteaba acompasadamente. Tora se acercó tambaleándose. La sólida pared del muro contra incendios a la que estaba fijado el lavabo estaba caliente. Apoyó las dos manos y la frente contra ella y permaneció un rato así, inclinada hacia delante. Luego bebió despacio del agua amarga, viéndola desaparecer por entre los agujeros. Aquella agua pantanosa había dejado asquerosas manchas marrones en el esmalte del lavabo. Un eterno desagüe que caía en picado y conducía al mar todo lo que ella no lograba tragar.

Mientras cerraba el grifo, empezó a alejarse flotando. Se agarró al asqueroso borde de goma del lavabo, pero no le sirvió de nada. El sumidero se la tragaba. Grandes y pesadas gotas le caían sobre la nuca, presionándola hacia abajo. Al final se vio al borde de uno de los agujeros, incapaz ya de agarrarse. Las tuberías eran mucho más anchas de lo que se había imaginado. Caía sin cesar, ingrávida como un copo de nieve. La cloaca estaba húmeda y caliente, casi le inspiraba seguridad. Tora cedió. Al parecer se dirigía al mar. Era como si ya no importara. Cayó y flotó.

La habitación se dibujaba en el hueco de la puerta. Las cruces de las ventanas dividían el suelo en ocho partes grises, pese a que las cortinas estaban corridas. La oscuridad era casi total, solo las farolas de la carretera penetraban los cristales nevados de las ventanas. Antes de encender la luz, abrió la portezuela de la estufa. Aún había brasas, pero ni rastro del hule ensangrentado.

Tora entendió que tenía que hacerse amiga de las cosas para cubrirlo todo. Se había encontrado a sí misma junto al lavabo, con sabor a latón y a cloaca en la boca. Aquello no había acabado aún.

Palpó hasta encontrar el interruptor junto a la puerta y la fría luz inundó la habitación como una sentencia. ¿Manchas de sangre en el suelo? ¿Cómo es que no las había visto cuando recogió antes de salir? Empezaron a subir hacia ella. Salieron directamente del suelo y se le pegaron a los ojos, cegándola. Las limpió con un trapo que cogió fuera, en el pasillo, y después lo enjuagó bien bajo el agua helada del lavabo, antes de volver a colgarlo en su sitio. Como si nadie debiera notar que lo había usado.

Luego bajó lentamente las cortinillas enrollables y, como siempre, la habitación se tiñó de amarillo. Ocurría cada vez que bajaba las cortinillas, y esta vez le supuso un gran consuelo.

Cerró la puerta con llave y se desnudó despacio. El gorro y la bufanda que se había colocado entre las piernas mostraban todos los matices posibles de rojo. Se quedó parada con ambas prendas en las manos, vacilando ante la portezuela abierta de la estufa. A continuación, lo echó todo a las llamas. El fuego dio la impresión de salirse de la estufa para abalanzarse sobre ella y quemarle la cara. Su cabeza lo absorbió y empezó a inflarse y pasó a ser un globo que flotaba por la habitación con todo aquello en su interior.

Todo estaba en la luz amarilla, que daba vueltas sin cesar.

Tora se acostó en la cama y pensó en el marido de la señora Karlsen, que había muerto. Ahora estaba rígido e inmóvil en la residencia de ancianos en la que llevaba varios años internado. Parecía más bien el viejo padre de la señora Karlsen, pensó. ¿O tal vez el hombre no fuera más que esa tumba abierta que había asustado tanto a Tora que no se había atrevido a bajar la escalera y excavar el huequecito que hubiera hecho falta para esconder el bulto?

¿El bulto? ¡El polluelo! Que se le había deslizado de entre las piernas mientras ella se rompía en pedazos tirada sobre el hule extendido delante de la cama. Pero había salvado la cama. Estaba tan limpia y aseada como siempre. Y el viejo hule ya no existía. Se lo habían comido las llamas. Se había pasado mucho tiempo gimoteando dentro de la tripa de la estufa.

Había sido la tumba —o el marido de la señora Karlsen— lo que la había obligado a meter al bultito entre las rocas y rodar piedras encima. ¡Y se había olvidado de volver a colgar la escalera en su sitio! Tanto lo había espantado la tumba abierta.

El enterrador de Breiland vadeaba por la nieve mojada, que le llegaba casi hasta las rodillas, y daba la impresión de no aclararse gran cosa con los planes veraniegos de Nuestro Señor. Seguramente había previsto lluvia, porque no había cubierto la tumba recién excavada del señor director. Era ya evidente que la nieve se había buscado refugio allí abajo, en el fondo. Por lo demás, la gente se había apañado para mantenerse con vida durante aquel final espantosamente frío del largo invierno, bendita fuera la gente.

La gracia de ser enterrador en un lugar como aquel era que la primavera llegara pronto. Pero la vida no siempre es sencilla. Se quedó parado contemplando los viejos ganchos de la pared blanca del cobertizo de las herramientas. Vacíos. ¡La escalera había desaparecido! Ningún ser viviente podría haber necesitado una escalera en un lugar alejado de las casas y los establos.

El enterrador contempló la nieve recién caída, como si pensara que la escalera hubiera salido volando por encima de la tierra sin dejar rastro. No era un hombre miedoso, no a la luz del día. Y una cosa sabía todo el mundo: ¡era imposible que una escalera se moviera sola! El enterrador se secó debajo de la barbilla y sacudió su voluminoso cuerpo azotado por los vientos con un movimiento que reflejaba una especie de aturdida soledad.

De nuevo dejó que su mirada vagara por el cementerio como si sospechara que el viento se había llevado la escalera, guiñaba los ojos ante la luz manchada. Avanzaba vacilante hacia la tumba abierta cuando su pie topó contra algo duro y poco amable que casi le hizo caer de bruces. Por fin fijó la vista en las elevaciones cuadradas bajo la nieve a sus pies. La escalera. Le dio una patada para que se desprendiera la nieve y dejara asomar la madera blanca de la escalera. Al echársela al hombro, miró de reojo y con cara de pocos amigos dentro de la tumba, como si se dijera a sí mismo: «¡Yo ahí no bajo ni aunque la nieve llegue hasta el borde! Siempre habrá sitio para un viejo escuálido y su ataúd».

El enterrador colgó la escalera en su sitio y se metió un poco de tabaco de mascar en la boca. Luego enfiló hacia la casa consistorial y la cantina, donde relató a los hombres la historia de la escalera. Ellos se miraron de reojo y no dijeron nada. Bastantes cuentos le habían oído ya contar al enterrador. Sabían lo que lo ofendían los comentarios irónicos y tampoco era el momento más oportuno para hundir a un viejo enterrador alabeado. Los atenazaba la amenaza de dos ventas judiciales en subasta pública, y además había subido la leche y la mantequilla.

A partir de ahora tendrían que comerse el pan sin el aderezo de la leche y la mantequilla, tal y como estaban los sueldos... ¡Como historia de miedo era lo suficientemente buena en sí!

2

Los sonidos le llegaron a través de membranas de realidad. ¿Un ruido de golpes? El dolor de un hombro retorcido. El empalagoso sabor de la sed vieja. La sensación de que alguien la tocaba. ¿O era la puerta?

Tora abrió los ojos. El pomo se movió lentamente de arriba abajo, después se paró y unos modestos golpes le llenaron la cabeza de un ruido ensordecedor.

Intentó mirar a su alrededor. La portezuela abierta de la estufa, que ya no emitía ningún calor. El olor a cerrado. La manta medio escondida debajo de la cama. La alfombrilla. ¿Dónde estaba la alfombrilla?

—¿Estás en casa, Tora?

La voz sonaba claramente, como si saliera de ella misma.

Tora tomó aire mientras intentaba poner en funcionamiento la lengua y el cerebro. No lo consiguió. El silencio se alzaba como un muro entre la puerta y ella.

—Te he preparado algo de comer, si no lo desprecias.

La voz de la señora Karlsen se propagaba como un eco de reproche por todos los rincones.

—Es que no me siento muy bien, sabe…

La voz le había aguantado. Curioso. Había reptado por el suelo y se había acomodado ante los pies de la señora Karlsen. Humildemente.

El pomo volvió a bajar.

—¿Por qué no me abres para que pueda ver cómo estás? ¿Tienes fiebre?

—No, solo estoy descansando un poquitito.

—Ya, ¿pero no quieres que te dé algo de comer?

—No tengo hambre… Pero ¡muchas gracias!

—Bueno, bueno.

La voz del pasillo sonó cerrada y hosca. Pero se llevó consigo a la señora Karlsen escalera abajo. El silencio fue tan reconfortante… tan reconfortante…

Abrió cautelosamente la ventana helada e inhaló la tarde en largas bocanadas.

Sus movimientos eran lentos y silenciosos.

A la mañana siguiente dejó entrar a la señora Karlsen en la habitación.

Estaba en el umbral de la puerta con una bandeja en las manos y era un ser humano, ni más ni menos.

—¡Estás enferma! —constató la señora Karlsen sin vacilar.

Su voz sonó seca y segura y sin la menor desconfianza; Tora pudo respirar. Olor a café y a comida. La señora Karlsen se había subido la cafetera de la cocina y la dejó junto a la cama, sobre una gruesa manopla para cacerolas a cuadros rojos y negros. Le habría encantado tomar un café con Tora, pero tenía mucha faena.

Además, tenía un poco de miedo al contagio. Bueno, esperaba que Tora no se lo tomara a mal, pero es que no podía ponerse enferma ahora que era el entierro.

—¡Te ha llegado una carta! Y te traigo el periódico —dijo, y a continuación leyó solemnemente y en voz alta—: «Trágico asesinato en Hollywood. La joven Cheryl, de catorce años, acuchilló y mató al gánster que amenazaba con asesinar a su madre, Lana Turner». Es terrible lo que se ven obligados a hacer los chicos de Hollywood. Es que la niña no es mucho menor que tú. Ya te puedes alegrar de vivir en un entorno más pacífico. Ya lo creo —en el borde de la bandeja había una carta de Ingrid—. ¿Tienes fiebre? Te abrigas demasiado poco. Aunque eres joven no puedes ir por ahí medio desnuda. La primavera aún no ha llegado, que lo sepas. Hace un frío que pela. ¡Tú te quedas en la cama! ¡Hoy no vas al instituto! ¡Llamaré para decir que estás enferma! —proclamó desde el umbral de la puerta, y al instante había desaparecido.

¡Carta de Ingrid! Ese día Tora no podría soportar sus palabras.

Por cada bocado de pan con queso que tomaba, se iba encendiendo en ella una frágil alegría. Unas se fueron sumando a otras hasta que la chiquilla se recostó sobre la almohada y se atrevió a reconocerse a sí misma.

En el transcurso de la mañana tuvo que levantarse varias veces de la cama para calmarse los pechos a reventar. La leche le salía a chorros, e incluso tuvo que cubrírselos con un trapo. En una ocasión se vio a sí misma en el espejo de la escalera: una figura torpe y ridícula con pechos rellenos bajo el camisón. Se parecía a Ole el del Pueblo el día que hizo un sketch, en la clausura del curso escolar, y se disfrazó de mujer con el vestido de flores de su madre. A Tora le entraron unas ganas irresistibles de que no fuera ella, para poder reírse. Reír mucho y ruidosamente.

En otro momento estaba en el aseo y creía que lloraba. Sentía los pechos como heridas. Intentó mamarse a sí misma, pero no llegó, así que se los estrujó con cuidado para que saliera la leche. De vez en cuando aparecía ante ella la imagen de la pequeña criatura.

Era eso lo que no soportaba.

En ocasiones oía a la señora Karlsen abrir o cerrar alguna puerta en el piso de abajo. Al parecer estaba moviendo los muebles. Una vez la llamó preguntando cómo estaba y Tora respiró, se esforzó y contestó que estaba bien.

No se podía decir que la mujer subiera con mucha frecuencia, aun así fue un alivio distinguir por fin el familiar sonido que le decía que la señora Karlsen echaba la llave de la puerta de la calle y se iba a dormir.

Hasta ese momento Tora no había podido permitir que la tomara el sueño. Su cabeza llevaba toda la tarde siendo una pústula dolorosa que se esforzaba por repasar la habitación, por controlar los detalles, por arreglarlo todo con los ojos para la siguiente vez que subiera la señora Karlsen. Se preguntó si durante la noche podría cerrar la puerta con llave. ¿Qué diría la señora Karlsen si subía con una bandeja de comida antes de irse al banco? Pero tenía que hacerlo. No soportaba esto de que la gente entrara sin más y la viera. La manta podía habérsele desplazado de modo que se le vieran las manchas de los pechos a reventar de leche. Podía habérsele escapado algún detalle que la señora Karlsen sí vería.

Por la noche Randi y ella estuvieron remendando la colcha que esta le había regalado. Estaba toda deshilachada. La mujer la consolaba diciendo que creía poder arreglarla, pero Tora estaba tan avergonzada que apenas se atrevía a mirarla. Y mientras estaban así, apareció el tío Simon con una gruesa cuerda y las ató la una a la otra mientras reía su cálida risa. Sin embargo, algo no encajaba y, cuando Tora miró la cuerda que la tenía amarrada a Randi, se dio cuenta de que estaba hecha de piel trenzada y de que tenía un tacto frío y muerto contra los brazos. Una red de venas salía de la cuerda y entraba en su cabeza, aunque los demás no notaban nada. Al final no podía remendar un solo trozo más, tenía los brazos paralizados.

Tora se despertó y encendió la luz.

Se apartó la manta y se miró el cuerpo.

Eran las cuatro.

Obligó a sus pies a acercarse al armario y sacó la colcha. Las manchas de sangre eran oscuros grumos coagulados entre todo lo rojo, como si la intención siempre hubiera sido que Tora la usara para envolver un polluelo sin asear. Se arrebujó con ella, metió los pies en las zapatillas de felpa y se sentó junto a la mesa.

El brazo se acercó mecánicamente al interruptor y encendió la lámpara. Uno tras otro, los libros fueron pasando al tablero de la mesa.

Y comenzó a estudiar vocabulario de inglés.

Los invitados del entierro trajeron una avidez irreal a la casa. La voz alta y chillona de la señora Karlsen parecía querer evitar que penetraran hasta el fondo de su alma, pero con poco éxito. Al parecer, tenía tanto miedo a la familia de su marido como Ingrid a las facturas que llegaban por correo. Tora se pilló sintiendo lástima por la señora Karlsen.

Pero los invitados también suponían una amenaza para Tora. En cualquier momento podían aparecer por el pasillo de la buhardilla o en el aseo. Sobre todo una de las mujeres, que se movía como un fantasma, sigilosamente, los crujidos de sus pasos llegaban varios minutos después de que pasara. Cuando la señora Karlsen salió para hacer la compra, abrió los armarios de la buhardilla, después Tora la oyó rozar la puerta de su habitación y, a continuación, se hizo el silencio. Su ojo resplandeciente de maldad atravesó el ojo de la cerradura y se metió hasta su cama.

Por primera vez en su vida pensó conscientemente en lo poco que le gustaban los seres humanos.

La buhardilla había sido solo suya, excepto cuando el hombre que alquilaba la habitación al final del pasillo volvía del mar por un día o dos. Ahora la invadían seres que parloteaban y murmuraban, seres con un solo objetivo: ver al viejo Karlsen enterrado y descubrir qué quedaba de él en los cajones y los armarios. Por las conversaciones que mantenían, daba la impresión de que también querían enterrar a la señora Karlsen. Las palabras traspasaban las paredes para penetrar en el oído de Tora, y tuvo la terrible sensación de que aquella gente planeaba un asesinato.

Uno de los hombres no dejaba de decir que la casa en sí no valía nada, pero que el solar era una mina de oro. La voz de aquel hombre sonaba como la marea alta al pasar por debajo de las letrinas del Hormiguero. Aquella voz se abría paso a través de la pared por medio de lametazos y bocados, que ella notaba contra la piel de su cara mientras yacía con los ojos cerrados, y constantemente se le iban vaciando los afligidos poros.

Los sonidos de sus cuerpos sobre los colchones crujientes, del agua que echaban en las palanganas, de las voces ignorantes de que atravesaban las paredes hasta ella, de los ronquidos, de las respiraciones… le resultaba todo tan repugnante que sintió ganas de compartirlo con la señora Karlsen cuando esta subió por la noche para preguntarle cómo le iba la gripe.

Pero no dijo nada, obviamente. En su lugar anunció con una pálida sonrisa que iría al instituto a la mañana siguiente. ¿Podría la señora Karlsen escribirle un parte para la profesora?

Tora bendijo los puntiagudos codos que salían por las mangas del vestido negro y la estrecha boca de la cara apenada mientras la mujer escribía un parte enfático, que incluía exhaustiva información sobre la fiebre, la garganta y la gripe. Y firmó: Stella Karlsen, casera.

¡Stella! Qué nombre tan extraño. ¡Para alguien como la señora Karlsen! ¡Stella! ¿No era ese el nombre de una estrella? ¿O de un barco? La yegua del párroco de la Isla se llamaba Stella.

—¡Más vale que no vengas al cementerio mañana!

Las paredes absorbieron la voz de la señora Karlsen y su cara no dejó de crecer. Tora movió la cabeza y tragó saliva, hubiera querido decir algo… algo amable. Pero no le fue posible.

—Hace demasiado frío para alguien que ha estado enfermo. Pero únete al café. ¡A las cuatro!

Tora cerró la puerta tras ella y sacó la ropa para el día siguiente. Vacilante, se puso los vaqueros. ¡La cremallera le cerraba! Curioso que un cuerpo pudiera volver a ser como antes. De pie en medio de la habitación, Tora se miraba a sí misma, hacia abajo. No se atrevió a salir al pasillo a mirarse en el espejo. Podría aparecer alguien. Seguía un poco temblorosa, sobre todo cuando llevaba mucho tiempo de pie. Pero al día siguiente estaría mejor. ¡Mucho mejor! Intentó mirarse en el pequeño espejo de la pared. Se sentía mareada y miserable, pero la curiosidad pudo con ella. Laboriosamente consiguió encaramarse a una silla y se agarró a la pared. Los pantalones mostraban claramente que era otro cuerpo el que los había llevado la última vez que los usaron. Como si se los hubiera prestado alguien varias tallas mayor.

Al mirarse cayó en la cuenta de que, salvo por los pechos que supuraban y estaban reventones, y porque sangraba, había salido airosa del trance.

¿Se atrevería a creérselo? Se giró un poco para poder verse de perfil la cinturilla encogida del pantalón. Se bajó de la silla, se dejó caer sobre la cama con los vaqueros puestos y las lágrimas empezaron a correr desde sus ojos. Un río de alivio.

Pero ¿y el bulto frío y muerto entre las rocas?

—¿Qué bulto?

A lo lejos, desde el mar, se acercaba el tiempo de deshielo. Húmedo, sigiloso y sin más esperanza que la de una primavera desconocida.

3

Al salir del instituto, Tora fue a la tienda de la Cooperativa, compró dos paquetes de compresas y se apresuró a meterlos en la bolsa de nylon junto con los libros de texto. Ya saliendo, se acordó de que necesitaba comprar algo de comer, pero le resultó imposible volver a entrar. Allí dentro olía a carne rancia.

Se había pasado el día entero mirando a través de las personas y estas se desvanecían ante sus ojos.

Cada uno tenía su propio resplandor. La mayoría en matices de azul, pero también había resplandores rojos y amarillos. Sobre todo alrededor de las cabezas. Eso los volvía inaccesibles e irreales, y Tora los mantenía a distancia. Una vez Jon pasó por delante de ella rodeado de una luz blanca. Tora se sentía sudada y sucia. Jon levantó una mano, como si quisiera alcanzarla y tocarla, pero ella lo esquivó y se escabulló por la puerta de los servicios.

Reconoció una especie de soledad y se quedó allí sentada hasta que sonó el timbre.

Todos estaban reunidos en grupos, o de dos en dos. A veces se le antojaba que simplemente podría meterse en algún círculo, hacer como si perteneciera a él, pero no lo hizo.

Las dos primeras clases no salieron demasiado mal. Tora entregó el parte. Peores fueron los recreos. La mayor parte del tiempo permaneció en el servicio, manteniendo la esperanza de que la inspectora no la viera salir de allí cada vez que sonaba el timbre.

La señora Ring, que les daba Inglés, comentó en voz alta que Tora no daba la impresión de estar totalmente recuperada. ¿No habría salido demasiado pronto? Y la luz en torno a la cabeza de la señora Ring se convirtió en una explosión. La profesora le preguntó discretamente si había hecho los deberes, si alguien había ido a su casa a llevárselos.

Tora se aclaró la garganta y respondió que había avanzado tres páginas respecto de los deberes para el sábado. La profesora le preguntó los verbos irregulares y ella se los dijo, contenta de estar dentro del círculo de alguna manera.

—¡Gracias! —dijo la señora Ring a la vez que hacía una marca junto al nombre de Tora.

Las paredes se inclinaron sobre la chica durante un buen rato. Cuando volvió a levantar la cabeza, ya no estaba dentro del círculo. Su minuto había pasado y todas las miradas estaban ahora dirigidas al siguiente alumno al que le preguntaban la lección.

Fue entonces cuando lo descubrió: que los cables de teléfono que salían de la pared exterior y llegaban al poste junto a la verja estaban llenos de gorriones. ¡Gorriones! Pájaros minúsculos que habían vuelto. ¿Por qué? ¿A qué habrían venido? ¿No sabían lo que les pasaba hoy en día a los pajarillos? Y la luz en torno a la cabeza de la señora Ring se convirtió en un pequeño nido de trapos con un pajarillo azulado dentro, un pajarillo que piaba algo ronco, como si le faltara el aire.

Tora pensó en los verbos ingleses.

Las voces de la habitación iban y venían. Ella veía las bocas moverse como una ola. Una ola que se iniciaba en la señora Ring y se propagaba por la clase, aunque ella no podía oír lo que decían. Pensó en Frits, que tampoco oía nada, y por primera vez entendió cómo era eso. Todas aquellas cúpulas de luz oscilando sobre su cabeza, rítmicamente, como si alguien las hubiera puesto en movimiento. Anne se giró hacia ella, abrió la boca y se formaron olas, un oleaje que no era para ella. Todos tenían su propia luz, su propio oleaje.

Era la última clase del día. Los ojos: papel de lija contra piel dolorida. Al sonar el timbre se entretuvo un buen rato esperando a que se fuera todo el mundo y, cuando por fin salió al aire libre, tenía la sensación de haber estado fregando las escaleras del Hormiguero durante días, con la puerta de la calle abierta hacia el viento helado y todo el mundo dejando nuevas huellas de porquería a medida que ella iba limpiando.

Había conseguido volver a su habitación, se había acostado completamente vestida y se había dormido. A las cuatro subió la señora Karlsen, ataviada con un vestido negro nuevo, para invitarla a bajar al café. Tora no había cerrado la puerta con llave. Como ya tenía por costumbre, se miró rápidamente en dirección al vientre antes de decir «adelante».

¿Es que no se había recuperado todavía? La voz de la señora Karlsen sonaba compasiva y ausente. ¿Prefería que le subieran unos canapés? Tora se esforzó por responder. Se incorporó en la cama y se quejó de lo mal que se encontraba. ¿La señora Karlsen la perdonaría si no bajaba…?

Una señora desconocida de ojos duros y escudriñadores le subió una bandeja. Vestía de negro, como la señora Karlsen, y llevaba pesadas pulseras en ambas muñecas. Dijo «aquí tienes» y «de nada» e intentó intercambiar un par de palabras mientras sus ojos revoloteaban como una polilla por la habitación. Tora reconoció la voz. La había escuchado a través de la pared y le recordaba a uno de los personajes malvados de Alicia en el país de las maravillas. ¿O era a una de las figuras de la parte trasera de los naipes de la baraja?

Se comió lo que le habían subido.

Todavía no había abierto la carta de Ingrid. Nunca volvería a la Isla, pensó. Mientras masticaba las finas rebanaditas de pan, pensaba lo mismo una y otra vez.

Luego se sentó a la mesa y sacó los libros. Le llevó un buen rato hacerlo. Veía las estrellas y se le nublaba la vista. La carta de Ingrid se salía del cajón y se pegaba a todo lo que tocaba. Al final la sacó despacio y la abrió con una aguja de hacer punto.

Ingrid escribía sobre el tiempo y sobre el parón de la industria pesquera, que la estaba dejando sin ingresos; Tora tendría que esperar para recibir más dinero para vivir. ¿Una semana? Las letras llegaban a ella como solitarias huellas azules en la nieve que trazaban círculos alrededor de sus brazos. La madre suplicaba a Tora que ahorrara para que al menos pudiera ir a casa por Semana Santa. Las letras flotaban alrededor de los doloridos hombros de la chica; los tenía encogidos hasta las orejas porque necesitaba protegerse la cabeza. ¿Por qué estaba leyendo esta carta? No tenía nada que ver con ella. Ni quería ni podía llegar a esta Ingrid.

Tora se cambió la compresa y estudió Historia.

Conforme avanzaba la tarde, la gente fue subiendo la escalera y después hacían ruido con las maletas y otras cosas en sus habitaciones. Tora no estaba del todo segura de que la señora Karlsen hubiera sobrevivido. Al principio no la oía y se desasosegó. ¿No estaban sacando cosas pesadas por el recibidor? ¿No estaban arrastrando algo? Por fin se acabó el alboroto y oyó la agitada voz de la señora Karlsen desearle buen viaje a la gente. A continuación, esta cerró la puerta de la calle mientras los últimos invitados se arrastraban como cangrejos hasta los coches. Al poco Tora oyó a alguien silbar «Love me tender, love me true». Era la señora Karlsen.

Tora estaba en la cima de Veten y se caía por el precipicio. Luego se vio a sí misma tirada entre las rocas. ¡No, era Almar! Totalmente destrozado. Tora se acercaba a toda prisa y, en el instante en que topaba con las grandes piedras grises, veía al polluelo. Alguien lo había desenterrado.

Luchó un rato con la manta hasta conseguir despertarse del todo. Luego logró acercarse a la ventana entornada y la abrió por completo hacia la noche oscura. El aire le llegó como un dolor, el recuerdo de algo que había conocido en otros tiempos.

Poco a poco se fue despertando y calmando. El prado de margaritas se extendía confiado hasta el alféizar de la ventana del segundo piso, de modo que le llegaba el olor nítidamente. Del canalón goteaba el agua.

Al volverse de nuevo hacia la habitación, miró directamente la pared sobre la cama y vio la asquerosa pintura del barco en una tormenta. Colores tenebrosos. Fea, con todas aquellas espumas y oleajes embellecidos. Se acercó en un pispás a la pared y lo descolgó. Luego lo levantó delante de la ventana, dispuesta a tirarlo, pero no cabía por el marco. Permaneció un instante perpleja con el cuadro levantado por encima de la cabeza.

Debido al esfuerzo, todo le daba vueltas. Bajó los brazos.

Colocó el cuadro junto a la puerta, con la parte trasera hacia fuera.

Tendría que haber ido a las rocas a ver a su polluelo, pero no se podía. Si lo hiciera, aplastaría todas las flores. Era imposible que alguien hubiera encontrado la pequeña tumba. El cazo había hecho un buen trabajo. Cada vez que lo miraba en el cajón se sentía segura de eso. El polluelo estaba bien escondido. Nadie podría afearlo. Cada vez que Tora caía a gran velocidad a través del cielo y veía la pequeña tumba abierta, conseguía despertarse a sí misma antes de que fuera demasiado tarde.

El cielo estaba tan abierto por todas partes… Eso no le gustaba. El aire estaba tan claro... Todo era transparente y se posaba sobre ella haciendo presión. Cada noche bajaba estrepitosamente por el cielo hasta alcanzar las rocas. Cada noche acababa ante la ventana abierta. El abismo era enorme. Al caer notaba el viento contra la piel, contra la cara. Estaba vacía como una funda de almohada tendida de una cuerda y batida por el viento.

Estaba de pie en la bañera de la señora Karlsen. El agua chorreaba sobre ella. Agua caliente. Todo le daba vueltas en instantes interminables.

Se enjabonó lentamente. El pelo. El cuerpo. Se enjuagó y volvió a enjabonarse. Hacía mucho que no experimentaba algo que le produjera una sensación tan… tan reconfortante. Algo en qué descansar. Los músculos y la piel revivieron bajo el chorro de agua. La chiquilla se calentó. Se hidrató. Estaba dentro de sí misma como nunca antes lo había estado.

Un par de veces notó cómo le fallaban las piernas al mirar dentro del sumidero, que se tragaba el agua jabonosa a grandes tragos. Agua de color rosa. No lograba acostumbrarse a toda aquella sangre. Algún día aquello tendría que terminar. No acabaría por morir desangrada, ¿no?

Olor a jabón. Se enjuagó el pelo hasta notarlo liso y limpio al pasarse los dedos. El vapor se elevaba como una nube hacia la pequeña ventana entreabierta en la parte alta de la pared, y la cortina de plástico pendía tiesa con sus feas flores violetas. Todo le resultaba desconocido, pero reconfortante, como si nunca antes lo hubiera visto.

Se secó con mucho esmero y se puso ropa limpia. Se dejó la amplia camisa por fuera del vaquero, y llevaba una compresa de verdad entre las piernas, como si todo aquello no fuera más que una menstruación.

Abrió del todo la ventana debido al vapor, pero no se atrevió a dejar la puerta de la cocina abierta. La señora Karlsen solo había ido a la compra y podría volver en cualquier momento. Le había dado permiso para bañarse; sin embargo, le resultaba impensable que la señora Karlsen la viera en el baño. De nada valía el hecho de que ya estuviera vestida. Las huellas podían delatarla. Inesperadamente. Catastróficamente. Con cualquier minúsculo detalle.

La chica de la Isla congregaba las miradas en la nuca al pasar por el patio del colegio, por los pasillos o por la carretera. Nunca había sido charlatana, pero ahora parecía haber perdido la facultad del habla. Solo cuando le preguntaban la lección, salía de ella una especie de murmullo dirigido hacia dentro. Una voz tan poco usada que, en cada ocasión, tenía que acostumbrarse a sonar de nuevo. Las frases salían directamente del libro y la atravesaban hasta llegar a la clase. Era como si llevase una grabadora en la tripa. Por lo demás, todo era silencio donde ella se encontrara.

Anne era la que más se esforzaba por entablar una especie de contacto. ¿Quería ir con ella al cine? ¿Al café? Tora se deshacía en disculpas. Inaccesible. Desde aquel día de otoño en que se desmayó, había adquirido algo misterioso a ojos de los demás. No hablaba nunca de sí misma, apenas sabían dónde vivía y, cuando intentaban acercarse, se escabullía, tan resbaladiza como una anguila. Se quedaba sentada en su silla. Salía al patio en los recreos. Se levantaba cuando se lo ordenaban, como un soldado, ensartando las lecciones aprendidas. Escribía dictados. Todo con la misma expresión de robot.

4

Ingrid estaba en la Isla, esperando carta de Tora. Al final no le quedó más remedio que ir a Bekkejordet para pedirle prestado el teléfono a Rakel y Simon.

Titubeando explicó que era Ingrid Toste, la madre de Tora. ¿Estaba Tora enferma? Como no escribía…

La señora Karlsen fue amable y compasiva. Pues sí, Tora había pasado una fuerte gripe que la había obligado a guardar cama, pero de eso hacía ya una semana. Serían los deberes los que le impedían escribir. Siempre estaba en casa, era ordenada y no hacía ruido. La mejor inquilina que había tenido jamás. A la señora Karlsen le venía muy bien tener a alguien en casa ahora que se había quedado viuda. En realidad llevaba muchos años viviendo sola, porque el marido había estado muy enfermo, en cama en la residencia de ancianos. Había funcionado bien. Pero de algún modo era distinto saberse sola. Ingrid colgó después de una prudente pero decidida despedida.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Rakel, mirando interrogante a su hermana.

—Que acaba de quedarse viuda.

—¿Viuda?

—Sí, la señora Karlsen. Pero Tora no estaba. Por lo visto estudia tanto que no tiene tiempo para escribir… Ha tenido gripe.

—¿Y la mujer no te ha dicho cuándo volvería a casa?

—Se me ha olvidado preguntar. Hablaba tanto... Me ha dado dolor de cabeza y todo.

Rakel se rio y sirvió más café.

—Bueno. Como vendrá por Semana Santa, ya te enterarás de cómo le van las cosas.

Ingrid bajó la mirada al mantel.

—Tengo la sensación de que no va a venir.

—¿Por qué no va a venir?

—No ha estado en casa desde Navidad. Aunque tampoco es que tenga mucho dinero para viajes. De mí, al menos, no recibe gran cosa.

—Pero, mi querida Ingrid, te habría escrito si no tuviera dinero.

—No, Tora no.

—¿Quieres que yo le mande unas coronas?

—No. Ya le he mandado dinero para que pueda apañarse hasta Semana Santa.

Rakel cogió a su hermana por el brazo.

—Pero entonces has hecho lo que has podido. Y si solo tiene dinero hasta Semana Santa, no le quedará más remedio que venir a casa.

—Tampoco escribe.

—¿Quizá tenga novio?

—La casera me ha dicho que no sale nunca. Me preocupa. No pienso en otra cosa. Solo en lo que puede estar haciendo Tora.

—Lo entiendo perfectamente.

Como tantas otras veces cuando charlaban, Ingrid mantenía la mirada gacha. Esto siempre irritaba a Rakel, en esta ocasión también, pero se controló. Ingrid tendría sus razones.

Y las preocupaciones de Rakel parecían nimias en comparación con las de Ingrid. La granja iba de bien en mejor esta temporada. Las ovejas estaban a gusto en el establo, y ya estaban cerca la primavera y los pastos de verano.

Rakel notaba ya menos dolores en el estómago. Sabía que las miserias continuaban ahí, pero los médicos prácticamente le habían prometido salud y vida. Iba a Oslo para el tratamiento y ya estaba hecha una viajera.

Solía imaginarse que se iba de vacaciones, intentando no pensar en que se dirigía al hospital para recibir radioterapia y hacerse exámenes médicos y análisis. Antes de coger el avión hacia el sur, hacía noche en un hotel de Bodø y se iba de tiendas o al cine. Guardaba en su interior una caja sellada en la que escondía todo lo que le resultaba desagradable y enfermo. Pero cada vez que llegaba ante las anchas puertas del hospital, el proceso se ponía de nuevo en marcha.

Camino a casa ya empezaba a temer el siguiente viaje. La añoranza por Simon era un jardín lleno de frutas que no se atrevía a comer. De alguna forma, se imaginaba que sería castigada si lo hacía, de modo que se compraba pequeñas prendas de vestir en lugar de dar rienda suelta a sus emociones. Blusitas de raso. Modernas faldas de tablas, lisas sobre las caderas. Zapatos de toda clase. Cuantos más avisos recibía de la enfermedad, tanto más se consolaba con esas tonterías. Era consciente de ello, y su conducta le hacía sonreír amargamente.

Pero al ver las preocupaciones de Ingrid y todos sus esfuerzos por dar abasto, sus propios problemas le resultaban insignificantes.

Le hubiera gustado abrirse a Ingrid, echarse en sus brazos para recibir consuelo, pero no podía ser. Pues eso sería añadir los problemas de su estómago canceroso a la larga serie de desgracias con las que Ingrid se encerraba todos los días en el Hormiguero. ¡Ojalá la mujer hubiera tenido más capacidad de disfrutar!

—¿Quieres que me entere de cómo está? ¿Quieres que llame al colegio? —preguntó cautamente.

—No —contestó Ingrid abatida.

—En mi opinión no debes preocuparte tanto. Ya verás como habrá alguna razón. ¡Deja de darle tantas vueltas! Eso no va a mejorar las cosas.

—Eso podrás decirlo tú —murmuró Ingrid. Se puso su viejo y desgastado abrigo—. Como no tienes hijos en qué pensar...

—En eso tienes razón, Ingrid —dijo Rakel con las mejillas ardiendo.

Siempre se asombraba cuando Ingrid la ofendía, cada vez le causaba una conmoción. Como si fuera imposible que salieran ofensas de su hermana. Pero era incapaz de defenderse. ¿Sería porque estaba convencida de que Ingrid no tenía ni idea de haber dicho algo inapropiado? Algunas personas no entendían nunca que eran capaces de desencadenar mortales avalanchas.

Y Rakel, que solía ser tan franca, se metía en sí misma y escondía sus heridas a su única hermana.

Puso pastas en una fuente con dibujos de flores y borde ondulado. Luego permaneció un instante contemplando la fuente mientras la alzaba hacia la luz, como si la inspeccionara en busca de pelos de gato u otras inmundicias.

—Henrik dice que es así como me agradece que la haya enviado a Breiland a estudiar. Que se ha vuelto una engreída. Que todo lo de casa ya no es lo bastante bueno para ella. En su opinión, la cría ya estuvo difícil y protestona en Navidades —murmuró Ingrid.

—¿Ah sí? ¿Eso dice Henrik?

Rakel ni siquiera esbozó una sonrisa.

No obstante Ingrid captó la ironía y agachó la cabeza. Había aprendido a agachar la cabeza. Era lo que mejor sabía hacer.