Primera edición febrero 2016
© Pablo Garcinuño, 2016
© de esta edición, 120 PIES editores S. L., 2016
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A Eli y Bru, por hacerme ronronear
–Está bien, Arthur –dijo el hombre de pelo entrecano con rudeza–. Así no vamos a ninguna parte. A ninguna parte.
Linda boquita y verdes mis ojos, J.D. Salinger
A la salida del pueblo había tres caminos: uno iba hacia el mar, el segundo hacia la ciudad y el tercero no iba a ninguna parte.
El camino que no iba a ninguna parte, Gianni Rodari
BYE, BYE, MY DARLING
Fue Paco “El Esparrama”, el pequeño de los Capalaperra, quien levantó la liebre. La conversación se iba calentando por momentos en el salón, así que se acercó a la ventana para no soltar un tortazo a alguno de sus hermanos. Por eso vio al mozo del colmado saliendo de casa con una sonrisa que relucía más que la moneda que lanzaba una y otra vez al aire. «Muy grande para ser veinte duros», se dijo para los adentros. Peor le olió el asunto cuando vio a la tía Honorata agitando la mano desde el quicio de la puerta, gritando eso tan suyo de «Bye, bye, my darling».
El jaleo de después te lo puedes imaginar. “El Esparrama” que se pone a correr detrás del muchacho y que lo tira al suelo cuando le da alcance. Los otros tres Capalaperra que abandonan la bronca del salón al escuchar los gritos de su hermano. En definitiva, la familia unida, después de tantos años, para rodear a un pobre chico de los recados. ¡Como para no reconocerse culpable y enseñar el dólar de plata con una mano temblorosa! «Fue su tía la que me dio propina». Venga a gimotear. «No pedí nada, lo juro». El mozo, convertido en un amasijo de lágrimas y mocos, les dejó la moneda en el suelo antes de volver a correr en dirección al ultramarinos.
Por lo que dijo Virgilio “El Perines”, el mayor de los Capalaperra, aquello era un dólar Morgan de los que la tía traía a puñados llenos cada vez que regresaba a España. «Hermanos, es la moneda de los vaqueros de las películas, la de las partidas de póker y los robos de bancos». Los cuatro ojipláticos ante ese pedazo de Lejano Oeste que, por azares del destino, había acabado en la plaza de su pueblo. Hasta que uno de ellos, alguno de los del medio, reaccionó y lo rescató del polvo del camino.
«Tía, ¿de dónde ha sacado esto?». El águila reluciendo a pleno sol, bajo ese In God we trust de justicia. «¡De aquí!», respondía ella a grito pelado mientas se levantaba la falda de flores. «De aquí», decía otras veces señalándose la nariz. O simplemente hacía una pedorreta para luego ponerse a llorar sin consuelo posible. Esto último ocurría los días que se acordaba de Argimiro, cuando se levantaba de la cama pidiendo a Dios que la llevara a su lado, please, más pronto que tarde.
Las monedas siguieron apareciendo como cucarachas. Recibieron las suyas el panadero, el afilador y el de los melones. «Al rico melón piel de sapo, señora…» ¡Y premio para el caballero! Cuando se escapó de casa, el Día de Todos los Santos, la encontraron en el bar de Toñito empeñada en hacer funcionar la tragaperras con esas enormes piezas de plata. «¿De dónde coño salen, tía?». «De aquí, my darling, de aquí». Y las flores de la falda en órbita de nuevo.
La fortuna que Argimiro y Honorata hicieron en Estados Unidos había cundido lo suyo. Los tíos se fueron de una España de posguerra con lo puesto y volvieron convertidos en unos señoritingos de tomo y lomo. Regresaban un par de semanas cada tres o cuatro años, casi siempre coincidiendo con las fiestas del pueblo, y olían a cuero y a tabaco. A ella se le puso el morro tan fino que no bebía ni una gota de agua que antes no hubiera hervido en una enorme olla de cobre que siempre tenía al fuego.
Sus regresos de América lo revolucionaban todo. Honorata invitaba a las mujeres del pueblo a casa para enseñarles, entre copita y copita de anís, las telas que traía. La mitad de las presentes apagadas por el luto, y la tía luciendo medias de nailon, pellizcando aquel material del demonio mientras decía wonderful y palabrejas así. O abría la cajita que siempre traía llena de dólares de plata para mostrarles su botín, sin darse cuenta de que el mayor de los Capalaperra, un chaval más interesado en las piernas que en las monedas por aquella época, a veces espiaba desde la leñera. Argimiro llegaba a casa de noche y borracho, con el traje blanco manchado y sin sombrero panamá, perdido vaya usted a saber dónde. Se pasaba todo el día en el bar de la plaza haciendo como que jugaba al tute perrero, una excusa como cualquier otra para presumir de sus negocios con las gas stations. Los años que no podían venir, ella mandaba una carta a alguno de sus hermanos: Que no le falte de nada a padre. Besos.
Un acierto invertir en gasolineras, no hay duda. Además, nunca tuvieron hijos ni gastos tontos del estilo, así que cuando murió Argimiro (se dice en el pueblo que en medio de un partida de póker, allá por Michigan) quedó una fortuna entera para exprimir y una tía, vieja de repente, que empezó a chochear al fallecer su marido. Los cuatro Capalaperra se desvivieron con Honorata cuando volvió a España sin importarles las habladurías de la gente. «Tía, ¿todo bien?», le preguntaban cada vez que la visitaban. Y ella: «Ok, ok». Se encargaron de contratar a alguien con las mejores referencias para que la casa estuviera como los chorros del oro, le hacían la compra en el colmado, e incluso le pusieron una tele bien grandota para que viera la serie del perro policía que le gustaba sin acercarse tanto a la pantalla. «Firma aquí, tía», le decían otras veces. Y ella siempre «Ok». Ok a todo.
Los problemas empezaron cuando se acabó lo que se daba. De ahí viene la bronca del otro día en el salón de la casa de la tía. Los cuatro coincidían, como buenos hermanos, en que donde mejor iba a estar la Honorata era en una residencia, pero no se acababan de poner de acuerdo en cómo pagarlo. «Yo no pienso poner un duro, que ya le compré la tele». «Tú cállate, imbécil, que solo vienes a verla para pedirle dinero». «¿Por qué no os vais los dos a ordeñar perdices con alicates?». Y el pequeño, “El Esparrama”, que se acerca a la ventana para no soltar un tortazo a alguno y ve una de esas monedas de plata que lo cambiaban todo.
Lo primero era buscar el lugar de donde salían los dólares Morgan. Revolvieron todo de arriba abajo, hasta el último rincón de las dos plantas de aquella casona, sin lograr ningún resultado. No respetaron ni el cajón de la ropa interior. «¡San Roque bendito, ayúdanos!». Sus plegarias no obtuvieron respuesta, y como las monedas seguían apareciendo (el tapicero, el de Correos, la vecina que vino a pedir un poquito de perejil…), los cuatro hermanos se trasladaron a la casa de la Honorata, a vivir allí hasta que resolvieran el misterio. «¡Qué bien, qué bien! ¡Cuánta compañía me van a hacer mis niños!». «Cállese un poquito, tía», decía uno de los del medio.
Lo peor de todo es que se escapaba siempre que podía. Lo hizo el Día de Todos los Santos con lo de la tragaperras del bar de Toñito, y repitió muchas veces más. El susto grande se lo llevaron en Semana Santa, después de pasar diez horas buscando a la vieja chocha por todo el pueblo. Apareció en la alberca del Cordel de la Cumbre. Intentaba hacer rebotar los dólares en el agua, pero se hundían sin remedio nada más tocar la superficie de la poza. Parece que las fue contando porque gritaba «¡Twenty one!» cuando la encontraron arrojando la última. El Ayuntamiento nunca respondió la petición de los Capalaperra, presentada por escrito, para vaciar el estanque.
Ese día, al volver a casa, se puso punto final a tanto cachondeo. Buscaron en todos los bolsillos de la falda, de la blusa, de la chaqueta de punto. Ni rastro. Luego le deshicieron el moño, sospechosamente abultado, e incluso la desnudaron. Ella se tapaba lo que podía con las manos. Miraba al suelo y temblaba, con las fuerzas justas para llamar muy bajito a su marido. «Argimiro, Argimiro, Argimiro». A partir de ahí, fue cuando decidieron encerrarla en su habitación, al menos hasta que encontraran las monedas.
Como la tía ya no andaba deambulando por toda la casa, fue más fácil profundizar en las labores de rastreo. Empezaron a desmontar los muebles de la cocina y de los baños, luego siguieron con el resto de habitaciones. Rajaron el sofá, los butacones y los cojines, incluso desmontaron la antigua máquina de coser. Al final les dio por levantar las maderas del suelo, convencidos de que en algún sitio tenían que estar las monedas del demonio. Con tanto martillo por aquí y tanto hachazo por allá, casi no se dieron cuenta de que Chuchi “Boleros” andaba de recital en la puerta de su casa.
Fue una tarde de mucho calor, a la hora en la que solían echar la serie del perro policía. «¿Y que hace ese pelanas cantando?». “El Esparrama”, desde la ventana otra vez. Cuando salieron, vieron que el viejo lanero estaba cantando Adiós, mariquita linda en dirección al balcón del dormitorio de la tía, en el piso de arriba. Allí, la Honorata reía y meneaba un poco las caderas mientras lanzaba brillantes dólares de plata al improvisado artista.
A los sobrinos les faltó tiempo para subir al cuarto de la vieja a todo correr. Quién sabe si fueron los gritos que iban soltando desde las escaleras o las herramientas que aún llevaban en las manos al entrar en la habitación (un hacha, dos martillos y el más pequeño, un cigarro) lo que asustó a la tía. El caso es que soltó un «Oh, my God» como de película y se precipitó terraza abajo. A esas edades, no se sobrevive ni desde un primer piso.
El cadáver no quedó mal del todo. Incluso lució una mueca socarrona, muy americana, durante todo el velatorio. En el pueblo decían que, debajo de la mortaja, llevaba medias de nailon y otras tonterías del estilo. Lo único cierto es que en la ropa que tenía puesta al fallecer no se encontró ni una triste moneda. Tampoco en su dormitorio. Luego está lo del día del entierro, con los cuatro Capalaperra llevando el ataúd a hombros de la iglesia al cementerio. Y a cada paso, ese maldito tintinear metálico, como de dólares de plata chocando dentro de la caja de roble.
TE MIRO MIENTRAS FUMAS
Te miro mientras fumas. Te miro y recuerdo la noche anterior. Tu vestido negro, los zapatos de tacón y aquel peinado con brillos. «Yo no soy ninguna princesita», me decías mientras te acompañaba a casa. Acabábamos de conocernos. Llevabas los zapatos en la mano, las medias rotas y los pies descalzos por la calle. «Yo no soy ninguna princesita. No sé por qué me tengo que disfrazar así para una boda». Ahora te miro, mientras fumas, con tus pantalones anchos, tus deportivas y ese pelo rubio cortado a trasquilones.
Ahí sentada, entre humos, charlas continuamente. Me cuentas tu costumbre de hablar sola. Incluso dices que cantas a voces en el autobús mientras recorres Madrid con tus dibujos. Y descubro que todas las frases acaban con algo parecido a una coletilla. Con una pequeña expresión que pareces dirigirte a ti misma. Como si ahora también hablaras sola. «No digo más que tonterías. En fin, no lo pienses... Y eso». Acabo mi cerveza mientras me adviertes que las tripas te suenan durante todo el día, en un concierto continuo. Y que siempre estás en el suelo. Que te caes y tropiezas sin cesar. Y otras mil cosas. «Te vendes muy mal, rubia». Y tú murmuras: «¿Verdad? En fin... No lo pienses».
Te miro y recuerdo la noche anterior. Seguías descalza y decidimos sentarnos en ese parque que hay cerca de tu casa. También allí charlabas sin parar, enfrentándote a mi silencio tímido, hasta que amenazaste con irte a dormir. Ahí fue cuando te robé aquel beso. Fue cuando acaricié tu mejilla con mi mano, cuando mordí suavemente tu labio rojo, cuando callaste por primera vez. Mantenías los ojos cerrados y pude verte el rostro dormido. Nada más terminar, volvieron a escaparse las palabras, ahora entre sonrisas. «¡Qué rico eres!», dijiste. «Besas tan despacio... Y te pones tan serio». Yo callé tu boca por última vez y nos despedimos con la promesa de llamarnos al día siguiente.
Y ahora vuelves a estar aquí, encendiendo un cigarrillo tras otro. Me dices que odias el fútbol, los relojes y los caballeros que abren las puertas a las damas. Yo sonrío. «Siempre estoy mordiéndome las uñas... No sé». Continúas hablando sin interrupciones. «Y no hago más que fumar... En fin». Me parece escuchar que adoras las tortugas y te vuelves loca con cualquier tema de los Beatles, que siempre cenas muy tarde, que te gusta la escultura. Odias la carne y desde pequeña no quisiste más que un buen plato de acelgas. «Siempre he sido un poco rara». «Más que rara, original», puntualizo con una carcajada. Ahora eres tú la que ríes: «¡Original! Nunca me habían llamado eso».
Te miro y recuerdo la noche anterior. Tu vestido negro, los zapatos de tacón y aquel peinado con brillos. «Yo no soy ninguna princesita», me decías mientras te acompañaba a casa. Acabábamos de conocernos. Llevabas los zapatos en la mano, las medias rotas y los pies descalzos por la calle. «Yo no soy ninguna princesita, no sé por qué me tengo que disfrazar así para una boda». Ahora te miro, mientras fumas, con tus pantalones anchos, tus deportivas y ese pelo rubio cortado a trasquilones. «Sigues pareciendo una princesa», pienso, pero no digo nada.
Tan solo te miro mientras fumas.