Los cuerpos sutiles del hombre
Valerio Sanfo
LOS CUERPOS SUTILES
DEL HOMBRE

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Traducción de Mónica Monteys Pi.
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Dedicado a Marina
... por lo demás, si reflexionamos, resulta inexplicable el hecho de que nosotros seamos solamente lo que parecemos; nada más que nosotros, enteros y completos en nosotros mismos, aislados, separados, circunscritos por el cuerpo, por la mente, por la conciencia, por el nacimiento y por la muerte. Nos volvemos posibles y verosímiles a condición sólo de desbordarnos por todas partes y de prolongarnos en todos los sentidos y en todos los tiempos.
MAURICE MAETERLINCK
Según el pensamiento filosófico y religioso, el ser humano está compuesto de tres partes: cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo se organiza en niveles, desde las células hasta los órganos, aparatos y sistemas, permitiendo a una parte más sutil, el alma, desarrollar las actividades vitales.
La tarea del alma sería la de conocer el mundo externo, y como decía Aristóteles: «El alma es sustancia, es forma de un cuerpo natural, es el acto perfecto de un cuerpo natural orgánico».
El alma permitiría al hombre pensar y querer, y en todas las religiones podemos constatar que esta sobrevive a la muerte del cuerpo físico, manteniendo, durante un tiempo más o menos largo, esa unidad individual que poseía cuando estuvo acompañada del cuerpo material.
«El hombre posee tres aspectos de su naturaleza, a los cuales podemos referirnos con estas tres palabras: cuerpo, alma y espíritu. Con la palabra cuerpo se entiende aquello mediante lo cual se revelan al hombre las cosas que lo rodean. Con la palabra alma se quiere señalar aquello mediante lo cual el cuerpo une las cosas a su existencia, siente por ellas alegría y dolor, regocijo y pesar, etc. Por espíritu se entiende aquello que en el hombre se revela cuando, según la expresión de Goethe, él mira las cosas como ser, por decirlo de alguna manera, divino. De ese modo, el hombre es un ciudadano de tres mundos. Mediante su cuerpo, él pertenece al mundo que puede también percibir con el cuerpo; mediante el alma, se construye su propio mundo; mediante su espíritu descubre un mundo más elevado que los otros dos» (De la Torre, 1971, pág. 131).
Aparte de las diferentes terminologías, se puede afirmar que en las antiguas tradiciones y también en tiempos recientes, el hombre tiende a imaginarse que está constituido de varias partes; al menos de dos: cuerpo y alma, pero a menudo añade una tercera: el cuerpo espiritual.[1]
Cuando al hombre se le considera que está formado por dos partes, se incurre en un grave error que compromete a todo el conocimiento de la existencia humana y genera graves confusiones.
«La división ternaria es la más generalizada y, al mismo tiempo, la más simple que se puede hacer para definir la constitución de un ser vivo, particularmente la del hombre, porque está claro que la dualidad cartesiana de “espíritu” y “cuerpo” que, en cierto modo, se ha impuesto a todo el pensamiento occidental moderno, no corresponde en absoluto a la realidad. Sobre este aspecto ya hemos insistido bastante en otras ocasiones, por lo que no es preciso que volvamos de nuevo a incidir en él. La distinción entre espíritu, alma y cuerpo es la admitida por todas las doctrinas tradicionales de Occidente, tanto en la Antigüedad como en el Medievo. El hecho de que más tarde se haya terminado por olvidarla hasta el punto de concebir los términos “espíritu” y “alma” no más que como sinónimos bastante vagos y de emplearlos de forma indistinta a ambos, mientras que estos definen una realidad completamente diferente, es tal vez uno de los ejemplos más extraordinarios que se pueden citar de la confusión que caracteriza la mentalidad moderna» (Guénon, 1980, pág. 92).
Cada una de las tres partes tiene un objetivo bien preciso que desarrollar y una posición determinada en el «sistema hombre».
El cuerpo físico es, en última instancia, el producto de los componentes superiores: alma y espíritu. Dicho producto no es nada más que un resultado de verificaciones, una prueba de constatación, nada más.
El alma puede considerarse como la «sustancia» del hombre, el campo de acción y de conocimiento. Esta es el principio o causa de lo corpóreo. Todo lo que se produce de forma vital en el cuerpo físico es debido a la acción del alma.
Es fácil creer que el alma sea la única realidad del hombre, porque es en ella en donde se desarrolla toda la vida psíquica; sin embargo, la esencia de cada cosa reside en el Espíritu, como elemento incorruptible y divino.
Por lo tanto, podemos unir al espíritu la esencia, al alma la sustancia y al cuerpo físico el producto final.
«Esto deriva del hecho de que cuando se trata del ámbito de la existencia manifestada, nos encontramos a ese lado de la distinción entre Esencia y Sustancia; del lado “esencial”, el Espíritu y el alma son, en niveles distintos, casi “reflejos” del Principio de la manifestación; del lado “sustancial”, sin embargo, estos aparecen como “producciones” extraídas de la materia prima, pese a determinar a su vez sus últimas producciones en sentido descendente; y esto es así porque, para situarse en lo manifestado, deben convertirse también ellos en parte integrante de la manifestación universal. [...] Sólo el cuerpo, propiamente hablando, no puede considerarse nunca un “principio”, porque siendo el resultado y el término final de la manifestación (siempre, se entiende, en los límites de nuestro mundo y de nuestro estado de existencia), es sólo “producto” y no puede convertirse bajo ningún aspecto en “productor”. A través de esta particularidad, el cuerpo manifiesta todo cuanto es posible en el orden manifestado, la pasividad sustancial; pero, al mismo tiempo y por la misma razón, eso se diferencia claramente de la Sustancia en sí misma, la cual concurre en cuanto principio “materno” a la producción de la manifestación» (Ibídem, págs. 94-96).
El alma, con su posición intermedia, puede considerarse como intermediaria entre el cuerpo y el espíritu, por eso a menudo se la denomina «principio mediador», y cuando a su vez es dividida en tres partes, por ejemplo por Platón, es decir, en racional, irascible y concupiscible,[2] se acerca, por un lado, al cuerpo físico (alma concupiscible) y, en su extremo, al espiritual (el alma racional).
Cuando el alma tiende hacia el espíritu, se eleva; cuando tiende hacia el cuerpo físico, se sumerge.
«La parte anímica del hombre no está determinada sólo por el cuerpo. El hombre no vaga sin rumbo ni meta de una impresión sensorial a otra, ni tampoco actúa impulsado por cualquier estímulo dictado desde el exterior o decretado por los procesos de su cuerpo. Él reflexiona sobre sus percepciones y sus acciones. Y al reflexionar acerca de sus percepciones, adquiere conocimiento de las cosas; al reflexionar sobre sus acciones, lleva en su vida un nexo razonable. Y sabe que cumplirá su tarea como persona sólo si, tanto en el conocimiento como en la acción, se deja guiar por pensamientos justos. De ese modo el alma se encuentra frente a una doble necesidad.
»Por las leyes del cuerpo el alma está determinada por necesidad natural: de las leyes que la guían al pensamiento justo, ella se deja llevar porque reconoce libremente sus necesidades. A las leyes de intercambio, el hombre está sujeto por la naturaleza; a las leyes del pensamiento el hombre se agarra por sí mismo. Y así es como el hombre se convierte en partícipe de un orden superior al que él pertenece con su cuerpo. Y este es el orden espiritual» (De la Torre, 1971, pág. 133).
Al alma se la trata y se la considera más que al espíritu, no porque su valor sea el máximo, sino porque es el principio mediador decisivo sin el cual el hombre no puede elevarse ni ser libre.
El alma es la mediadora entre el presente y la eternidad. A través del recuerdo conserva el pasado, a través de la actividad se prepara para el futuro. El alma, además de dividirse en tres partes, se descompone en niveles (cinco, siete o nueve), o planos, o cuerpos sutiles, porque de ese modo es posible conocer más fácilmente sus características. Resulta interesante observar cómo todas las tradiciones hacen referencia a la presencia de estos cuerpos sutiles, pese a que les asignen nombres distintos.
«La disponibilidad de un cuerpo sutil es tal que permite la conservación de la individualidad en el mundo anímico evitando la dispersión de lo que se denomina “rotura del cántaro”, y es evidente de por sí. Es obvio que un ser no puede permanecer sin la separación del ambiente.
»Dicha separación, también en el ámbito anímico, no puede ser suministrada más que por una corporeidad. Se tratará de un cuerpo sutil, de carácter molecular o atómico o etéreo, y como tal no es perceptible sensorialmente» (Siano, 1977, pág. 23).
Resumiendo, el ser humano se compone de cuatro partes:
• Cuerpo físico: constituido por la parte material, por las células, por los aparatos y sistemas, agrupados en una forma única, es el límite de la propia consistencia física tratada como un contenedor.
• Cuerpo anímico inferior: es la psique, dividida en tres partes: cuerpo etéreo o vital, cuerpo astral y cuerpo mental.
• Cuerpo anímico superior: aquel depósito en donde reside la conciencia superior, o Yo superior, o Ego superior, en el cual se almacenan todas las experiencias que, a cada descenso en cuerpos inferiores, se añaden, vida tras vida, al ciclo de las reencarnaciones. También se le denomina cuerpo causal, o mental superior; en el hinduismo: Kârana Sharira.
• Cuerpo espiritual: constituido por el destello divino, que es la verdadera esencia inmortal del ser humano y que es única para todos los hombres.
El alma es la parte de la persona con la cual esta desarrolla todas sus actividades de interacción con el ambiente exterior. Junto al cuerpo físico, constituye la personalidad, y es el fruto de los condicionamientos ancestrales, sociales, éticos y, en general, culturales.
La teosofía también divide el alma en varias partes, llamadas cuerpos sutiles, y le asigna el estado de autoconciencia que perdurará incluso después de la muerte y que, poco a poco, se irá desvaneciendo, igual que sucede con el cuerpo físico que se queda en la Tierra; la conciencia disminuirá a medida que el alma se disuelva.
Tucci, a propósito del Libro tibetano de los muertos, concretamente de las cualidades del alma y refiriéndose, por lo que parece, al cuerpo causal como el aspecto más elevado del alma, escribe:
«Antes que nada, el principio consciente del difunto comienza a asumir un nuevo cuerpo. A propósito del cual habrá que entender que: no será un cuerpo de carne y hueso, sino aquel que los sistemas teosóficos de la India llaman el cuerpo sutil, que es como una proyección imponderable del cuerpo que revestía el difunto antes de morir o una anticipación de aquel que está a punto de tener. Este es un cuerpo que las escrituras llaman mental y que contiene en sí los caracteres de aquel que ya fue o de aquel que está por nacer, porque este, sea el que sea su aspecto, contiene las propensiones kármicas en él acumuladas.
»Y precisamente porque se trata de un cuerpo sutil no encuentra resistencia: es rapidísimo, capaz de moverse de un lugar a otro, hasta el más remoto, con la rapidez del pensamiento; las imperfecciones de los sentidos, si las hubo en vida, ahora han desaparecido, la actividad sensorial es perfecta, aguda, traslúcida» (Tucci, 1985, pág. 28).
Llegados a este punto, después de haber considerado las tres partes constitutivas del hombre —cuerpo, alma y espíritu—, hemos comprendido que, en esta tríada, la parte anímica asume un valor de mediación. Por este motivo, esta ha sido objeto de investigación esotérica desde los tiempos más antiguos.
No nos queda más que adentrarnos en sus particulares representaciones, llamadas con el nombre de cuerpos sutiles.
Por comodidad de exposición, utilizaremos la terminología propia del pensamiento esotérico occidental más difundido, es decir, el de los teosóficos, remitiendo en la conclusión a una serie de correspondencias con otras corrientes filosóficas y religiosas.
El alma es el conjunto de las actividades psíquicas, de la mente, a nivel receptivo, propioceptivo, consciente, inconsciente personal, inconsciente colectivo, y en la cual cada nombre se encuentra identificado, extrayendo informaciones, comparaciones. Es el lugar del placer, del pesar y de la justicia.
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LAS DIEZ ALMAS |
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• Personal.
• Colectiva.
• Terrestre.
• Del sistema solar.
• De la galaxia.
• De los universos.
• Cósmica.
• Infinita.
• Divina.
• Desconocida o de Dios. |
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LEYES UNIVERSALES DEL ALMA |
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• La función superior regula la inferior.
• La función superior puede contener la inferior.
• Todos los seres vivos tienen un alma.
• Alma como principio informativo y vital (algunas veces subsistente).
• Las tres sedes más comunes: hígado, corazón, cerebro.
• Alma como medio de verificación, de lectura, de constatación.
• Alma mediadora entre presente y futuro.
• Alma como elemento complementario para dar vida a la vida.
• Alma como campo de acción y conocimiento. |
El cuerpo físico es probablemente aquella parte humana de cuya existencia no cabe ninguna duda. Pero se sabe que el quid vitale no puede residir en otro lado, y como sabiamente afirma la filosofía oriental: «El cuerpo es sólo un contenedor que alberga un contenido». Cuerpo físico como «vaso» o «Atanor», en cuyo interior se desarrollan las actividades del ser humano.
El hombre es un microcosmos que refleja el macrocosmos, y así se compone de tres partes, tal como la divinidad le proyecta.
«El físico reconoce que la materia se manifiesta en tres estados: el sólido, el líquido y el gaseoso. El biólogo coincidirá con la existencia del mundo mineral, vegetal y animal, así como el místico asentirá ante la afirmación de que el hombre está hecho de cuerpo, alma y espíritu.
»En la tradición no existen contrariedades con respecto a estas afirmaciones, concibiéndolas de hecho como enésimas refracciones del mundo fenoménico, de los tres distintos, pero presentes, estados del ser. Distintos pero presentes, una aparente paradoja que encontramos en muchas religiones bajo la forma de trinidad divina, como la compuesta por Padre, Hijo y Espíritu Santo en el cristianismo, o como la de Brama, Shiva y Vishnú de la trinidad hindú. La cadena de analogías podría ser infinita» (Gaspa, 1995, pág. 27).

Robert Fludd, Utriusque cosmi... historia, la triple visión del alma en el cuerpo.
El plano físico, al que pertenece el cuerpo físico, está compuesto de tres reinos: mineral, vegetal y animal. Estos reinos, estrechamente entrelazados, plasman el cuerpo físico humano y señalan cómo la misma morfología corpórea tiene que presentarse dividida en tres partes. El cuerpo humano se puede dividir horizontalmente a través de ideales planos de secciones, obteniendo tres partes: la cabeza, el tronco y la parte inferior. En alquimia, los tres elementos correspondientes son: la sal para la cabeza, el mercurio para el tronco y el azufre para la parte inferior.
En la cabeza reside la parte más elevada del alma, el mundo espiritual: el elemento fuego, el astro solar, y por lo tanto es de signo positivo, que corresponde a lo masculino.
«En el cráneo en forma de cúpula (y la cúpula es un símbolo del cielo), el estratificado mapa del cerebro con las miles de neuronas no me impresiona menos que la visión del firmamento con sus miles de estrellas. [...] Mi cerebro refleja las constelaciones: por eso está alto, en la directriz vertical del espíritu y de la expansión cósmica» (Gianfranceschi, 1986, pág. 70).
El tronco, entendido como parte que abarca desde el cuello hasta el diafragma, es el lugar en donde reside el alma racional.