Hipnosis y autohipnosis

 

 

 

Valerio Sanfo

 

 

 




 

HIPNOSIS

Y

AUTOHIPNOSIS

 

 







 

 

 

 

 

 

A pesar de haber puesto el máximo cuidado en la redacción de esta obra, el autor o el editor no pueden en modo alguno responsabilizarse por las informaciones (fórmulas, recetas, técnicas, etc.) vertidas en el texto. Se aconseja, en el caso de problemas específicos —a menudo únicos— de cada lector en particular, que se consulte con una persona cualificada para obtener las informaciones más completas, más exactas y lo más actualizadas posible. DE VECCHI EDICIONES, S. A.

 

 

Traducción de Mónica Monteys Pi.

Diseño gráfico de la cubierta de Design 3.

Selección iconográfica del autor.

 

 

© De Vecchi Ediciones, S. A. 2012

Avda. Diagonal, 519-521 08029 Barcelona

Depósito Legal: B. 15.912-2012

ISBN: 978-84-315-5285-5

 

 

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PRÓLOGO

 

 

Después del Trattato di ipnosi («Tratado de Hipnosis») de 1983 del profesor Franco Granone, utilizado por muchas escuelas de psicoterapia como modelo teórico de referencia, pocas han sido las publicaciones que han surgido sobre el tema.

La hipnosis, como materia de estudio, suele tratarse en algunos libros sobre comunicación (verbal o no verbal), en psicofisiología, en neurolingüística y en psicoterapia cognitivo-conductiva. El libro de Valerio Sanfo viene a llenar un vacío de décadas. Investigador en la materia, científico (recordemos la creación del biospeaker, aparato que permite a los vegetales «dialogar» con lenguaje humano) y estudioso de las medicinas tradicionales (ayurveda, tibetana), el doctor Sanfo retoma, con este libro, un discurso interrumpido y propone una actualización sobre los aspectos de la técnica hipnótica, mostrándonos las mejores hipótesis para explicar la sugestión y cómo funciona el inconsciente.

Los capítulos correspondientes a la técnica hipnótica nos presentan válidas indicaciones sobre cómo dirigir, en la práctica, algunas sesiones de hipnosis. El uso de un lenguaje sencillo y que esté al alcance de todo el mundo permite la comprensión de técnicas que pueden ser utilizadas tanto por los estudiosos en la materia como por aquellos que sólo desean adquirir un mayor conocimiento sobre el tema.

La pasión y el entusiasmo que inducen al autor a dedicarse al estudio de la hipnosis desde hace más de treinta años no lo han llevado, sin embargo, a alejarse del método científico y del rigor metodológico, sino que lo estimulan cada vez más a buscar nuevos caminos en la práctica hipnótica. Este libro, además de ser una magnífica contribución para profundizar en el conocimiento sobre la hipnosis, nos muestra una visión muy precisa de sus aplicaciones.

El autor nos invita a indagar sobre los procedimientos sinérgicos y a reflexionar sobre sus métodos y contenidos.

Nos muestra, además, que el estado hipnótico puede conducir al individuo a un reequilibrio de la homeostasis del organismo y a determinar la importancia de una correcta relación temporal entre ecosistema interno (mente-cuerpo) y ecosistema externo (ambiente). En definitiva, quiere indicarnos que la hipnosis no provoca dependencia, sino que ayuda a solucionar numerosas enfermedades psicosomáticas, facilita el desarrollo de la personalidad y potencia la creatividad del individuo.

Un libro útil, necesario, para quien no teme mirarse «dentro», un libro para «crecer» y para «ayudar a crecer».

 

LUISA COSCIONE

Psicoterapeuta

 

INTRODUCCIÓN

 

 

El pensamiento del sujeto está dirigido por estructuras

de las cuales ignora la existencia

y que, probablemente, determinan no sólo aquello

que es capaz

o incapaz de «hacer»,

sino también aquello que está «obligado» a hacer.

JEAN PIAGET

 

 

A lo largo de tantos años de enseñanza y práctica de la hipnosis no clínica (durante casi tres décadas) he intentado comprender en qué consiste exactamente la hipnosis y cuáles son los mecanismos que permiten instaurar en un sujeto un estado no ordinario de conciencia. He pasado por periodos en que todo me parecía claro y por otros en los que cualquier razonamiento lógico y científico no resultaba aplicable.

Hoy, después de treinta años, he llegado a la conclusión de que explicar el estado hipnótico sería como querer explicar qué es el alma, cómo funciona y cómo actúa. Cualquier análisis detallado del «momento hipnótico» es, de hecho, siempre restringido y personal.

Sabemos que la hipnosis es una realidad que se caracteriza por cambios del estado de conciencia, pero el cómo y el porqué se producen estos cambios son problemas que con mucho gusto dejamos en manos de los doctos investigadores teóricos. Existen, es cierto, pruebas irrefutables de determinadas y repetidas reacciones neurofisiológicas que se revelan a través de sofisticados aparatos, aunque lo que en ellos se mide es su aspecto último, aquel de carácter fisiológico, pero la hipnosis es, sin duda, otra cosa...

Desde que J. De Chastenet, marqués de Puységur (1751-1825), definía la hipnosis como «sonambulismo artificial» hasta nuestros días, en los que hacemos uso de sofisticados aparatos de carácter biomédico, continúa sin resolverse el enigma de qué es lo que vive y piensa en el interior de cada hombre. La mejor investigación, además de la práctica, es la observación que, a través de la experiencia directa, nos hace comprender aquello que no se puede explicar.

 

 

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Una sesión de hipnosis en un grabado del siglo XVIII

 

Se trata de dimensiones, pero sobre todo de conocimiento, que, en las páginas de los tratados, se desconoce. A simple vista, la serie de metodologías empleadas para practicar hipnosis es más bien amplia y puede reservar sorpresas.

Hay que preguntarse si algunos fenómenos, como los extrasensoriales, que se analizan en este libro, deben ser considerados como signo de un vacío cognoscitivo del saber científico, o bien como paradigmas, junto con otras muchas posibles explicaciones de carácter metafísico. Numerosos fenómenos que se manifiestan durante el estado hipnótico ponen de relevancia nuestra ignorancia en cuanto a la exploración y el conocimiento de la verdadera constitución del hombre: «El “posible psíquico”, como observó ya el psicólogo William James, está muy lejos del ser encerrado, el propio que una mente normal, aunque sea excepcional, produce en condiciones usuales; sin duda existen otras posibilidades y esperamos que estas puedan conocerse cada vez mejor por el interés supremo del ser humano» (F. Granone, 1963).

Conocer la complejidad de las funciones de la mente humana es una tarea que no le corresponde al hombre.

 

REALIDAD SUBJETIVA

 

 

El hombre será tal

cuando comprenda su verdadera dimensión.

VALERIO SANFO

 

 

Afirmar que la realidad fenoménica es la verdadera realidad porque es verificable y que la realidad psíquica es subjetiva porque no está sujeta a revelaciones es, probablemente, una equivocación. Los fenómenos tienen valor porque todo ser vivo los percibe, lo que realmente cuenta es el sujeto que los percibe y no el fenómeno en sí. Real o no real son los dos extremos de una única manera de ser, y entre estos dos extremos existen numerosos grados intermedios de realidad. Una misma situación puede vivirse en distintas condiciones de realidad y en diversas circunstancias, ya sea debido al ambiente circundante, al estado de ánimo, a la presencia de ciertas personas, etc.

En determinadas situaciones de carácter excepcional, el límite entre lo real y lo no real es tan evanescente que no sabemos si estamos despiertos o soñando; y hasta tal punto eso es cierto que, en algunas ocasiones, creemos que todo ha sido un sueño y que lo que estamos viviendo es una pura alucinación.

Se trata de situaciones excepcionales, pero a fin de cuentas tampoco demasiado raras, y que suelen ser frecuentes en aquellos sujetos que padecen trastornos psíquicos. Realidad fenoménica y realidad psíquica parecen asumir la identidad de dos modos distintos de una relación recíproca. Hay una interioridad que sentimos principalmente en nuestra mente, y hay una realidad externa que tenemos enfrente, fuera de ella.

«El hombre encuentra las cosas y los seres animados en un mundo que incluye a estos últimos y a él mismo. Él está en ese mundo. Sabemos, por la fisiología, que todo este mundo de cosas y de seres existe para él sólo si determinados estímulos hacen mella en sus órganos sensoriales y si, desde ellos, determinadas excitaciones llegan a ciertas zonas de la corteza... De eso podría deducirse que inevitablemente el mundo debe, en verdad, hallarse en algún lugar de la mente del hombre; en ella debería encontrarse lo que el hombre ve y oye, lo que palpa y lo que siente» (Metzger, 1941).

 

 

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El experimento de la ilusión de la cuerda tensa en una foto de época

 

En ese punto surge, espontánea, la pregunta: ¿el hombre está en el mundo externo o bien el mundo está en el interior del hombre? O bien, de un modo más personal: ¿es el mundo el que me contiene o soy yo quien contiene al mundo?

Si el mundo que percibo es el resultado de elaboraciones psíquicas, de informaciones electromagnéticas, bioquímicas y compresoras que yo utilizo como base para construir la realidad, cualquier cosa que yo percibo es completamente inventada y, por lo tanto, el mundo está en mí y yo soy el artífice. Sin embargo, es cierto también que estos datos fenomenológicos son muy útiles y que gracias a ellos yo puedo moverme y vivir en el mundo. Entonces, ¿por qué no aceptar la hipótesis de que existe una relación natural entre fenómenos, sean estos fisiológicos, perceptivos o psíquicos? Para poder comprender mejor esta posibilidad de percepción, leamos una vez más a Metzger: «El evento físico, la estimulación sensorial, la propagación de la excitación a lo largo de los focos nerviosos, el proceso cerebral no existen como tales en la percepción. El hombre y el objeto están uno frente al otro de forma inmediata: en una parte me encuentro yo, en la otra está el objeto, y yo interactúo con él, sin preocuparme y sin sentir la más mínima necesidad de órganos especiales de carácter mediador y de procesos fisiológicos» (ibídem). Los procesos fenomenológico, fisiológico y también psicológico resultan igualmente válidos y, lo más importante, sencillamente recíprocos.

En esta reciprocidad radica la importancia de la relación diádica: observador y observado, mundo para percibir y sujeto que percibe.

Si faltase uno de los dos ya no sería posible establecer una buena reciprocidad. Si una persona tiene dañada una parte del sistema nervioso sensorial, por ejemplo, la visión, ya no le será posible ver el mundo fenoménico, los objetos y la naturaleza, aunque la visión interior (sueños, alucinaciones, imágenes mnemónicas) continuarán, en cambio, manifestándose. Si, por el contrario, la persona tiene dañada el área estriada del cerebro, ya ni siquiera le será posible tener alucinaciones visuales. Así, si creamos la oscuridad completa, pese a tener el sistema sensorial sano, no le será posible percibir el ambiente fenoménico. Dichos ejemplos confirmarían la doble relación necesaria entre hombre y mundo; nos encontramos frente a dos partes iguales e íntimamente unidas que constituyen el inicio y el fin de un proceso. Por norma, entre las dos existe una estrecha correspondencia y sólo en determinadas situaciones, como en el caso de las figuras ambiguas, puede haber confusión, pero dicha confusión está realmente presente en el mundo fenoménico y se evidencia ambiguamente, no es fija y mutable, porque ya lo es desde el punto de vista fenoménico.

Es preciso, sin embargo, no considerar el resultado de la relación entre mundo externo-interno como una simple suma de datos, tales como: estructura atómica más, por ejemplo, ondas electromagnéticas, más reacciones bioelectroquímicas fisiológicas, más sensación psíquica. La percepción es, por el contrario, un resultado que supera la suma de las partes y se presenta sobre un plano «meta» no atribuible al análisis de un determinado componente; todo se halla en la misma línea de la psicología de la Gestalt, es decir, lo que cuenta es el resultado final y no la etapa del trayecto.

«Si los objetos de nuestro mundo fenoménico mantienen con los objetos que tienen realidad, en un primer significado, una relación igual a aquella que se produce entre la imagen y lo que ella representa, estos, desde el punto de vista fenoménico, no tienen el carácter de una imagen, sino que son vividos [...] realidad pura y simple, independientemente del yo» (ibídem).

 

HIPNOSIS:
EL MÉTODO

 

 

Al profundizar en el estudio sobre

los fenómenos de la naturaleza,

me he persuadido de que nada en ella

ha de considerarse increíble.

PLINIO

 

 

La hipnosis «clásica», aunque sería más correcto llamar «moderna», se basa en el concepto de supremacía del hipnotizador y ahonda en las propias raíces de la Antigüedad. Por hipnosis moderna se entiende la práctica del hipnotismo nacida y difundida en el periodo histórico de la Edad Moderna, que abarca desde 1492 a 1815. Fue a finales del siglo XIX cuando la hipnosis entró en la universidad, concretamente marcaron un hito las escuelas francesas de Nancy y de la Salpêtriere. Sin embargo, tuvimos que esperar hasta después de la Segunda Guerra Mundial para que se produjera una apertura completa de los ámbitos científicos a favor de la hipnosis: así nació, pues, la hipnosis contemporánea. A la hipnosis moderna se la llama también hipnosis impositiva o directa, y ello es debido a la aplicación de una serie de test iniciales. Después de la aplicación de estos test, y de su consiguiente verificación, se procede a los test siguientes calibrando los ejercicios que siguen.

La valoración está basada en el nivel de aceptación de la prueba propuesta y sólo su superación satisfactoria permite el acceso al siguiente test, que implicará un mayor compromiso con el estado de coparticipación.

Los distintos test están basados en una escala de carácter jerárquico: a medida que se asciende más se profundiza en el estado hipnótico. Para poder pasar a la fase siguiente es necesario que el sujeto haya superado la precedente. El punto débil de dicha propuesta aplicativa radica en el hecho de que basta con que no se supere una fase para que se interrumpa el proceso hipnótico, no permitiendo de este modo alcanzar el siguiente nivel; cuando esto se produce al inicio de la prueba queda interrumpida la posibilidad de poder conducir al sujeto hasta el estado hipnótico. Sin embargo, cuando la interrupción se produce en las últimas fases, esta denotará que el sujeto ha alcanzado ya un cierto estado hipnótico, en el cual se podrán emplear determinadas aplicaciones, propias de ese nivel hipnótico concreto.

La hipnosis impositiva está basada en la instauración de un comportamiento confiado por parte del sujeto hacia su hipnotizador. La palabra clave es confianza, del hipnotizador hacia sí mismo, con el fin de estar a la altura de la tarea que debe desarrollar y del rol que deberá representar; confianza también del sujeto hacia su preceptor, con la total seguridad de que se pone en manos de una persona competente, seria y honesta que lo quiere ayudar a resolver sus problemas o sencillamente ofrecerle la oportunidad de una experiencia fuera de lo común.

Con el término hipnosis impositiva se pone de manifiesto el rol de mando por parte del hipnotizador y el de cierta obediencia por parte del sujeto. De hecho, estos roles corresponden a la verdad, y están basados en la confianza mutua y en la implicación de ambos. Durante la sesión, el hipnotizador asume un rol de carácter institucional que le permite aplicar unas reglas que convergen en el sujeto y que este acepta porque resulta determinante la posición social que, en ese momento, ocupa el hipnotizador.

Para comprender mejor esta relación podemos aludir a la que se instaura entre el maestro y el discípulo. Un buen maestro sabe imponerse, porque es el que prodiga aquel conocimiento útil e interesante del cual carece el alumno.

Cuando, sin embargo, es la autohipnosis la que debe practicarse, se produce un desdoblamiento del comportamiento de los roles, es decir, la persona se aplica a sí misma los conocimientos adquiridos en la práctica de la hipnosis y, al mismo tiempo, se comporta como si los desconociese, aceptando las propuestas aplicadas que él mismo se suministra. En la autohipnosis son autoinducidos monoideísmos sugestivos sobre los que el sujeto fija la atención.

Por desgracia, con la autohipnosis resulta difícil alcanzar los niveles profundos del estado hipnótico, aunque dependa de las características individuales, a causa de la conflictividad de los comportamientos de rol que se instauran, pero sobre todo porque el rol del hipnotizador es puramente racional y lógico, mientras que el del hipnotizado es notablemente irracional y no lógico, de modo que la racionalidad dificulta la implantación del estado diversificado de conciencia en el sujeto, que es siempre él mismo: hipnotizador e hipnotizado. «Recordemos que en el pasado se definía a la autohipnosis como un pequeño trance» (R. Pavese).

 

 

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Un experimento de hipnosis en una tabla de mediados del siglo XIX

 

Hay que señalar que las acciones sociales lógicas requieren que el fin objetivo sea igual al subjetivo; mientras que en aquellas no lógicas no hay coherencia entre ambas. Pero así como la comunicación va dirigida a la parte inconsciente, es, en realidad, el «no lógico» el que, huyendo del control de la mente racional, puede provocar los específicos procesos hipnóticos.

La acción social del hipnotizador se manifiesta al suministrar una secuencia intencional de actos, concebidos estos sobre la base de unos determinados postulados, con el fin de alcanzar el objetivo de instaurar, por grados, una serie de estados diversificados de conciencia en los que la realidad subjetiva y los procesos mentales se llevarán a cabo según los esquemas aplicativos.

«En el estado de hipnosis, o de conciencia reducida, se puede hacer creer al sujeto todo aquello que se quiera, incluso las cosas más inverosímiles, siempre y cuando se digan y repitan de forma inteligible. En pleno verano se le puede hacer temblar de frío; si se le da una solución de quinina la agradecerá como si se tratase de una exquisita naranjada; si se le dice que está subiendo por un empinado camino o que está corriendo para alcanzar el tranvía, su respiración y sus pulsaciones serán más frecuentes; si se le da un vaso de agua y se le dice que es aceite de ricino le producirá arcadas y un efecto purgativo, mientras que si se le ofrece un vaso de aceite de ricino como si fuera agua pura, este no ejercerá sobre el sujeto ningún efecto purgativo. Del mismo modo, una comida imaginaria a base de dulces le producirá un considerable aumento del nivel de azúcar en la sangre» (R. Pavese, 1959).

En la «aplicación hipnótica tradicional» las sugestiones verbales están determinadas y pueden considerarse según las siguientes características:

 

determinadas según el motivo preestablecido, es decir, el umbral hipnótico que con el test se desea alcanzar;

determinadas con respecto al nivel de confianza (relación social) que se ha instaurado;

determinadas con respecto a las características peculiares subjetivas propias de cada individuo.

 

En cuanto a la finalidad, entiendo la aplicación de determinadas acciones y actos para alcanzar el estado hipnótico necesario. Por ejemplo, sugiriendo al sujeto que no puede mover una determinada extremidad porque está contraída o rígida. Con respecto al nivel de confianza, hay que tener en cuenta el nivel positivo de interacción social, es decir, existe una estrecha relación entre el descenso necesario del umbral de control por parte del otro, en general, y el grado de confianza que el sujeto deposita en el hipnotizador.

Un test de grado particularmente alto no se puede aplicar cuando el nivel de confianza es bajo. Por ejemplo, la ejecución de una orden poshipnótica requiere mucha confianza.

Por último, es preciso tener siempre presentes las características subjetivas de cada individuo; no nos podemos basar en la aplicación de unos postulados fijos y repetitivos. Cada individuo quiere que lo traten según sus características personales. Por eso, el «camino hipnótico» deberá ser tenido siempre en cuenta.

Las modalidades aplicativas de la hipnosis impositiva tienen, pues, siempre en cuenta las puntas salientes de la personalidad del sujeto y, por ello, en cada caso en concreto se aplica un método adecuado.

En definitiva, podemos dividir la hipnosis impositiva en dos métodos principales: el suave y el enérgico.

 

 

Método suave

 

Tono de voz moderado, amigable, participativo. Decir: lo haremos juntos..., estableceremos una relación hipnótica... El sujeto debe sentirse un colaborador, un amigo. Se aplica a sujetos que se consideran tímidos e inseguros pero que, en el fondo, son personas que no aceptan las imposiciones.

 

 

Método enérgico

 

Órdenes contundentes y, algunas veces, bruscas, tono de voz alto. Se debe aplicar a aquellos que están muy seguros de sí mismos o, por el contrario, que son muy inseguros, es decir, que precisan ser guiados con contundencia.

 

 

Hipnosis paradójica

 

En la hipnosis paradójica, la acción del hipnotizador es aquella cuyo acto se considera realizado por un individuo de manera intencionada, con carácter gratificante o sancionador en tiempos variables (anómalos) y con el fin intencionado de manipular la atención del sujeto y modificar, por breve tiempo, los parámetros del estado de conciencia.

En los últimos años la práctica hipnótica ha cambiado considerablemente, y el método impositivo, basado sobre todo en el empleo de las sugestiones verbales, se ha decantado hacia el uso de la comunicación no verbal, a través de la cual el hipnotizador provoca un estado tensorial en el sujeto con su consecuente conflictividad, que es descargada gratificando al hipnotizador mediante la aceptación de los parámetros psíquicos propuestos.

Esta misma técnica ha sufrido algunas modificaciones y se basa principalmente en las informaciones que el hipnotizador emite, pero que no suministra verbalmente. Dichas informaciones son sugeridas al sujeto en forma de un código analógico llamado metacomunicacional.

En algunos casos, son muchos los investigadores que atribuyen a la hipnosis un valor exclusivamente paradójico. Con ese propósito, J. Haley escribió en 1973: «El hipnotizador dirige a la otra persona hacia un cambio espontáneo de su comportamiento. Puesto que una persona no puede responder espontáneamente, se sigue una directriz, por lo que la propuesta hipnótica está basada en una paradoja». En efecto, la práctica hipnótica se basa en pedirle al sujeto que haga aquello que normalmente no haría, por ejemplo, que realice un movimiento involuntariamente, es decir, en contra de su propia voluntad.

 

 

Las cuatro orientaciones

 

Cuando se habla de hipnosis, normalmente nos referimos a una práctica basada en modelos que, a fin de cuentas y más o menos directamente, se remontan a conocimientos científicos y psicológicos. Sin embargo, la historia de la hipnosis es indescifrable y no se puede fechar, ya que se trata de un arte y no de una metodología. Teniendo en cuenta la cantidad de información que hay al respecto, podemos subdividir la historia de la hipnosis en cuatro momentos que conducen a las siguientes orientaciones:

 

mágico-religiosa;

magnético-fluida;

psicológica;

neurofisiológica.

 

Su proceder sigue de cerca los cambios producidos en el ambiente general de la ciencia y, en particular, de la medicina: desde una adhesión a las fuerzas divinas al uso de las energías vitales; de la valoración de las características de la psique hasta el puro fenómeno bioquímico de cada reacción humana.

El cambio gradual de la propuesta de valoración del estado hipnótico y de las relativas prácticas inductivas ha ido negando poco a poco el aspecto místico y metafísico —considerado como un periodo infantil, fantasioso e ignorante—, hacia un modelo cada vez más culto, profano, académico y neurofisiológico.

 

 

Orientación mágico-religiosa

 

Se desconoce el inicio del periodo mágico-religioso, pero sí podemos fijar su declive a finales del siglo XIX. Algunos, erróneamente, rastrean en la Biblia la práctica hipnótica cada vez que se habla de sueño; otros, sin embargo, creen advertir escenarios hipnóticos en la antigua Grecia, como, por ejemplo, en el templo de Esculapio, donde, en un ambiente muy sugestivo, se producían numerosas curaciones. Seguramente no es nuestra tarea profundizar en el tema de la presencia de la conducción hipnótica en el periodo antiguo, pero, personalmente, creo que no es posible conocer los procesos mentales y los estados no ordinarios de conciencia que se establecieron en el pasado.

Con el tiempo, las relaciones sociales han cambiado y, tal como nos muestra la antropología y la sociología, hemos pasado poco a poco de una sociedad concebida como un organismo biológico a una continua y mayor especialización, es decir, de una sociedad mecanizada con intercambio de los individuos, a una sociedad orgánica con diversificaciones y especializaciones individuales.

En el pasado reinaba una conciencia colectiva en la que los fenómenos sociales se daban de forma distinta a la de ahora. Antiguamente no estaba clara la división entre la vigilia, el sueño y el trance; estos estados no estaban bien definidos. Lo que afirmaba la sociedad era indiscutible, además prevalecía la sensibilidad por lo sobrenatural. He aquí, pues, por qué no es posible comparar el estado hipnótico actual con lo que, en el pasado, fue probablemente algo muy distinto.

 

 

Orientación magnético-fluida

 

Este periodo representa el paso gradual del mundo mágico hacia el mundo moderno. En él se entrelazan reminiscencias esotéricas, pero lo que realmente lo distingue es la idea de la existencia de un fluido misterioso, la causa primera de toda función vital. El personaje de referencia es seguramente Paracelso (1493-1541), pero el que le dio consistencia a dicho pensamiento fue el médico alemán Franz Anton Mesmer (1734-1815), con el empleo de lo que él mismo denominó magnetismo animal para distinguirlo de aquel mineral de la calamita. Este inducía a las personas a un sueño particular (sueño mesmeriano) dirigiendo con las manos y la mirada el fluido magnético, cuya acción se desarrollaba en el interior de espacios solemnes.

 

 

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Franz Anton Mesmer en un grabado del siglo XVIII

 

 

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Mesmer realizando un tratamiento de grupo

 

 

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Una caricatura sobre el poder del fluido magnético y el magnetismo animal

 

 

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Una sesión de mesmerización

 

 

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En los tratamientos mesméricos participaban personas de clase alta, tal como muestra este grabado humorístico del siglo XVIII

 

 

No deseamos profundizar en el mesmerismo porque para ello necesitaríamos mucho espacio, pero sí podemos definir a Mesmer como el precursor actual del hipnotismo; entre otras cosas él fue el creador de numerosos valores a los que, de un modo directo o indirecto, aún hoy se hace referencia.

 

 

Orientación psicológica

 

El término hipnosis fue acuñado en el año 1843 por James Braid (1795-1860), que empleó equivocadamente la palabra griega hypnos, que literalmente quiere decir «sueño», mientras que la hipnosis no tiene nada que ver con eso.

Braid era un cirujano oculista y médico en las minas que se interesó por la hipnosis —en aquel entonces aún no se llamaba así—, al observar las demostraciones teatrales del abad portugués José Custódio de Faria (1776-1819), el cual llamaba al estado hipnótico sueño brillante para determinar que no era debido a un misterioso fluido por lo que se producían cambios de comportamiento aparentemente parecidos a los del sueño.

 

 

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James Braid, inventor del término hipnosis

 

 

Braid llamó a este fenómeno sueño nervioso. Así nació la explicación del monoideísmo, que consideraba que la concentración sobre un determinado objeto o una idea era la causa principal de la inducción hipnótica.

Sus estudios se basaron en la neurología y recurrió a los modelos científico-médicos para explicar lo que erróneamente se llamaba sueño hipnótico. Utilizó la hipnosis con fines terapéuticos en las enfermedades nerviosas y recurrió a la analgesia hipnótica.

Sometió también sus investigaciones al juicio de la Academia médica británica, la cual rechazó examinarlas.

En 1882, Jean Martin Charcot (1825-1893), director de la Salpêtriere, introdujo la hipnosis en el ámbito académico y la definió como una neurosis fácilmente localizable en los sujetos histéricos. Pasó a la historia como el fundador del «gran hipnotismo» y dividió el sueño hipnótico en varias fases progresivas.

Un personaje que hay que destacar en el ámbito psicológico fue Sigmund Freud (1856-1939), discípulo de Charcot, que vio en los fenómenos hipnóticos «la represión de los instintos» y su proyección hacia el hipnotizador.

Freud inició su carrera de terapeuta con la hipnosis, que seguidamente abandonó para profundizar en el método asociativo que hoy en día todos conocemos, aunque en su libro Teoría psicoanalítica (1918) escribió: «La aplicación de nuestra técnica a muchos enfermos nos obligará a unir el oro puro del análisis con el cobre de la sugestión, y la influencia hipnótica podrá también tener un lugar, tal como sucede en los tratamientos de las neurosis de guerra».

Otro personaje importante en la orientación psicológica fue el francés Liébeault (1823-1905), que observó que entre el terapeuta y el sujeto se establecía una relación exclusiva, pese a que el estado hipnótico sea el resultado de una autosugestión guiada desde el exterior.

Más tarde, Liébeault e Hippolyte Bernheim (1840-1919) demostraron que todos los sucesos hipnóticos eran debidos a la sugestión verbal, y definieron el sueño hipnótico como un «estado psíquico particular». Bernheim se opuso a la hipótesis formulada por Charcot sobre el hipnotismo. Junto a Liébeault formó la famosa Escuela de Nancy, en donde se definió la hipnosis como un estado de sugestión exaltado que reside en cada individuo. Para Bernheim,

«los llamados fenómenos hipnóticos existen sin sueño, si se entiende, con este término, el sueño provocado». Las distintas respuestas a las inducciones comportan investigar en los diversos grados de susceptibilidad, basada esta en los factores constitucionales y en el grado de intervención del terapeuta.

Pierre Janet (1859-1947), además de intervenir sobre la mente, decidió actuar partiendo del cuerpo. En 1889, Janet, Charcot y Ribot organizaron el primer congreso dedicado al hipnotismo. Con Janet, la orientación psicológica se decanta hacia la esfera psiquiátrica.

 

 

Orientación neurofisiológica

 

Durante estos últimos años el pensamiento positivista ha intentado encontrar respuestas científicas neurofisiológicas en el estado hipnótico, preanunciadas ya por el ruso Iván Petrovic Pavlov, que barajaba la hipótesis sobre la excitación de ciertas áreas del cerebro en relación con determinadas sugestiones.

En el ámbito neurofisiológico se considera que las sugestiones verbales del hipnotizador modifican ciertas funciones del cerebro. Las investigaciones, partiendo del estudio de los procesos mentales, se han orientado hacia aquellos de carácter nervioso.

Mediante la utilización de la PET (la tomografía y emisión de positrones) se ha observado cómo las vivencias mentales en el estado hipnótico activan los mismos recorridos neuronales de una vivencia real.

El empleo de aparatos de carácter biomédico y de exámenes clínicos ha demostrado que en el estado hipnótico varían muchos parámetros biológicos, como por ejemplo el incremento de sustancias opiáceas endógenas, tales como las endorfinas y las encefalinas.