MI CASCO POR ALMOHADA

 

Robert Leckie

 

 

 

MI CASCO
POR ALMOHADA

 

 

Memorias de un marine
en la guerra del Pacífico

 

 

 

Traducción de Rafael Marín

 

 

 


 

Título original: Helmet for my Pillow

 

Diseño de la cubierta: Edhasa

 

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Fotografías del interior cortesía de la familia Leckie

es un sello editorial propiedad de

 

Primera edición: junio de 2010

Primera edición en e-book: noviembre de 2012

Edición en ePub: febrero de 2013

 

© 1957 by Robert Hugh Leckie

«La batalla del Tenaru» copyright © 2001 by Robert Hugh Leckie

© de la traducción: Rafael Marín, 2010

© de la presente edición: Edhasa, 2012

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ISBN: 978-84-92472-46-8

 

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A los que cayeron

 

 

 

Robert Leckie, 1942

 

 

La batalla del Tenaru, 21 de agosto de 1942

por Robert Leckie

 

Mi casco por almohada,

un poncho por lecho,

sobre el pecho cruzado el fusil,

las estrellas girando en el cielo.

El susurro del kunai,

el murmullo del mar,

la suspirante palmera y la noche tan calma

no revelan ningún enemigo.

¡Oíd!, en la orilla del río tan silenciosa

hombres que dormís

ese grito extranjero al otro lado del arroyo.

¡Arriba! ¡Disparad al sonido!

Barriendo el banco de arena

que bloquea el Tenaru

al grito de banzai una hueste

jura destruir a los pocos que somos.

¡A los fosos y trincheras!

¡Matadlos con fusiles y cuchillos!

Alimentadlos de plomo hasta que mueran

y sus esposas se queden viudas.

Hijos de las madres que os dieron

el honor y el don del nacimiento,

golpead con el cuchillo hasta que sangre y vida

corran por la tierra.

Marines, mantened la fe en vuestra gloria,

proteged vuestra temblorosa trinchera.

La intrusa caricia del acero nipón

no puede penetrar en vuestra alma.

Se acercan, atacan todos aullando,

sus pechos son blancos grandes.

El arma debe temblar, las balas hacer

una masacre de su ataque.

Rojos son los trazadores,

amarillos los proyectiles que estallan,

ronco es el grito de los hombres que mueren,

agudos los gemidos de los heridos.

¡Dios, cómo retrocede asustada la noche!

Chilla con chipas naranjas.

La sacudida del mortero y el estrépito del cañón

han crucificado la oscuridad.

Caen, los enemigos vacilantes

bajo nuestras armas yacen amontonados.

Con el resplandor verdoso de las bengalas

vemos la cosecha conseguida.

El primer feroz asalto

ha sido roto y contenido.

¡Martilleados y heridos, desde pozos y trincheras,

nos alzamos al ataque!

El día estalla pálido desde el cañón de un arma,

la vacilante noche ha huido.

A la luz del amanecer el enemigo ha trazado

una línea tras sus muertos.

Nuestros tanques traquetean,

asoman nuestros fusileros.

Sus corazones han conocido nuestra bayoneta.

Todo termina con un grito.

«¡Alto el fuego!» Las palabras resuenan

sobre las montañas de muertos.

La batalla está ganada, el Sol Naciente

yace acribillado en la llanura.

San Miguel, ángel de la batalla,

te alabamos ante Dios en las alturas.

El enemigo que nos diste era fuerte y valiente

y no temía la muerte.

Háblale al Señor de nuestros camaradas,

muertos cuando la batalla parecía perdida.

Fueron a recibir una brillante derrota:

el holocausto del héroe.

Falsa es la alabanza al vencedor,

vacío nuestro orgullo vivo.

Para los que cayeron no hay infierno,

tampoco para los valientes que murieron.

 

 

 

 

 

 

PARTE UNO

INSTRUCCIÓN

CAPÍTULO 1

 

 

 

Un viento cortante barría Church Street el triste amanecer del 5 de enero de 1942. Aquél fue el día en que me marché de casa para unirme a los marines de Estados Unidos.

Todavía no hacía cuatro semanas que estábamos en guerra con Japón. Pearl Harbor era una auténtica tragedia, una humillación amarga y ardiente. En los labios de todos sonaban canciones bélicas compuestas a toda prisa, pero su intenso patriotismo no compensaba su falta de melodía y brío. La histeria parecía agazaparse tras los ojos de todo el mundo.

Pero nada de todo aquello significaba mucho para mí. Yo sólo era consciente de tener a mi padre a mi lado, resistiéndose como yo al viento. Podía sentir la herida en mis partes, todavía roja, todavía dolorosa. Me habían quitado los puntos de sutura hacía unos días.

Quise alistarme el día después de Pearl Harbor, pero los marines insistieron en que tenía que circuncidarme. Me costó cien dólares, aunque no recuerdo haber pagado al médico, pero sí estoy seguro de que pocos hombres jóvenes fueron a la guerra en esos días aciagos con la misma cicatriz que yo.

Habíamos cruzado la llanura de Jersey, en la línea de tren de Erie, y luego cruzamos el río Hudson en ferry hasta llegar al centro de Nueva York. Durante el desayuno había reinado el silencio en casa. Mi madre estaba levantada y trabajando; no lloró. No fue una despedida de las que encogen el corazón, ni fue emotiva ni decidida… No hay palabras para describirla.

Aquella despedida fue como tantas otras cosas en esta guerra que causó heroicidades sin cuento, pero ni una sola canción conmovedora: simplemente fue resignación. Ella me siguió hasta la puerta con ojos tristes y dijo: «Que Dios te proteja».

Durante el viaje por la llanura mantuvimos silencio y también nos despedimos sin palabras delante de las puertas giratorias de bronce del número noventa de Church Street. Mi padre me abrazó rápidamente y, con la misma rapidez, volvió el rostro y se marchó. El portero irlandés me miró de arriba abajo y sonrió.

Entré y me enrolé en los marines de Estados Unidos.

El capitán que nos tomó juramento redujo la ceremonia al mínimo.

Todos levantamos la mano. La bajamos cuando él bajó la suya. De esta forma supusimos que ya éramos marines.

El sargento mayor de artillería que se convirtió en nuestro pastor momentáneo nos dejó las cosas más claras. Aquellas blasfemias tan elaboradas que acabarían por resultarme tan familiares surgían de sus labios con la consumada facilidad de quien se ha pasado toda una vida maldiciendo. Conocería a sus maestros muy pronto. En aquel momento, mientras nos hacía cruzar el río hasta Hoboken donde nos esperaba el tren, parecía no tener parangón con nadie, pero fue lo suficientemente amable y considerado para despedirse de los treinta o cuarenta reclutas que subimos al tren.

Se plantó a la cabeza de nuestro vagón: un hombre de mediana edad y delgado, si bien una incipiente barriguita amenazaba con restarle parte de su elegancia. Llevaba el uniforme azul de los marines. Encima, la estrecha chaqueta reglamentaria color verde bosque. El verde y el azul siempre me habían parecido una extraña combinación de colores y así me lo pareció también entonces: el chillón azul claro y oscuro del uniforme de marine cubierto de un suave y tranquilizador verde.

–Vuestro destino no será fácil –dijo el sargento de artillería–. Cuando lleguéis a Parris Island, descubriréis que las cosas son bastante diferentes a lo que habéis vivido hasta ahora. ¡No os gustará! Pensaréis que nos estamos pasando. ¡Pensaréis que son estupideces! ¡Pensaréis que son el puñado de hombres más crueles y retorcidos con los que os hayáis topado jamás! Voy a deciros una cosa: ¡os equivocaréis! Si queréis ahorraros un montón de quebraderos de cabeza, escuchad lo que os digo: ¡haced todo lo que ellos os digan y mantened la bocaza cerrada!

No pudo dejar de sonreírse al terminar. Ningún grupo de hombres había tenido jamás un consejero más sensato, y él lo sabía, pero no podía dejar de sonreírse. Sabía que ignoraríamos todas sus palabras.

–Muy bien, sarge –gritó alguien–. Gracias, sarge.

Se dio la vuelta y nos dejó.

Lo llamamos «sarge». Veinticuatro horas más tarde no nos atreveríamos a llamar a ningún suboficial sin el rechinante «señor», pero entonces todavía teníamos la piel de civil. Vestíamos ropas de paisano, destacábamos en medio de Hoboken, todos sentíamos ese típico desprecio del civil hacia el soldado, pero ¿quién entre nosotros podría negar que no le faltaba mucho para obtener sus galones?

Nuestro viaje hasta Washington fue silencioso y sin nada digno de mención. Pero cuando llegamos a la capital y cambiamos de tren el ambiente pareció animarse. Otros reclutas llegaban de todo el este del país. Nuestro contingente fue el último en llegar, el último en subir a un viejo tren de madera que esperaba, resoplando y sucio en la oscuridad, oliendo a carbón, para llevarnos a la costa de Carolina del Sur. Quizá gracias a aquel viejo tren desvencijado nos animamos y empezamos con las bromas. Una reliquia tan deslucida y cansada no podía evitar provocar la risa. Uno fingió encontrar una placa de bronce bajo uno de los asientos, y nuestro vagón se estremeció con las carcajadas cuando leyó: «Este vagón es propiedad del Museo de Historia Americana de Filadelfia». Nos iluminábamos con lámparas de queroseno y nos calentábamos con un hornillo portátil. Parecía haber corrientes de aire por todas partes y había un constante crujir y gemir de madera y ruedas que sonaban como un interminable gemido. Por extraño que fuera aquel viejo tren, me encantaba.

Nos habíamos despedido de las comodidades en Washington. Algunos empezábamos ya a regodearnos con la dureza del viaje en tren. Esa intangible mística del marine estaba ya de algún modo, incluso entonces, en funcionamiento. Las condiciones eran duras, pero eso era exactamente lo que esperábamos y para lo que nos habíamos enrolado. De eso se trataba: pasarlas canutas. El hombre que peor lo pasaba era el más admirado. Del mismo modo, quien lo tenía más fácil era el menos digno de elogio.

Los que deseaban dormir pudieron echar una cabezada en el suelo mientras el tren atravesaba Virginia y Carolina del Norte. Pero fueron pocos. Las canciones y la charla eran demasiado emocionantes.

Resultó que el muchacho que estaba sentado a mi lado (un joven guapo y rubio del sur de Jersey) tenía buena voz. Entonó varias canciones solo. Como había un buen puñado de irlandeses neoyorquinos entre nosotros, se animó a cantar baladas irlandesas.

Al otro lado del pasillo había otro muchacho, a quien llamaré Armadillo porque tenía la cara delgada y puntiaguda. Era de Nueva York, donde asistía a la universidad. Al ser uno de los pocos universitarios presentes, ya había formado una especie de camarilla literaria.

La camarilla de Armadillo no podía igualar a otro círculo que se formó al fondo del vagón. Éste tenía en su centro a un fornido y sonriente pelirrojo. Red había sido catcher de los St. Louis Cardinals y una vez logró un home round en el estadio de Polo Grounds ante el gran Carl Hubbell.

No se podía medir el impacto de tener a semejante celebridad en nuestro grupo, compuesto por lo demás de mediocres como yo mismo. Red había estado en la cima. Había mantenido conversaciones diarias con hombres que eran nada menos que los ídolos de sus nuevos camaradas, así que era natural que lo rodeáramos, que le consultáramos todo, desde cómo se lanza una pelota a la composición del estado mayor japonés.

–¿Cómo crees que será Parris Island, Red?

–Eh, Red, ¿crees que los japos son tan duros como dicen los periódicos?

Los estadounidenses tienen esa debilidad. El éxito da sabiduría: los científicos aconsejan sobre libertades civiles, los cómicos y actrices dan mítines políticos, los atletas nos dicen qué marca de cigarrillos tenemos que fumar. Y así ocurría con el pelirrojo. En su caso, estaba claro lo que podían hacer los viajes y los titulares. Sin duda él era el que se lo tenía más creído de todos nosotros.

Pero sospecho que incluso alguien tan mundano como Red recibió una dura bofetada cuando llegamos a Parris Island. Unos camiones nos recogieron en la estación de ferrocarril. Cuando nos bajamos y formamos un grupo variopinto delante del comedor de ladrillos rojos, fuimos sometidos al recibimiento clásico.

–Muchachos –dijo el sargento que iba a ser nuestro instructor–. Muchachos… Quiero deciros algo. Entregad vuestros corazones a Jesús… ¡Porque vuestros culos me pertenecen!

Entonces nos hizo formar con nuestras torpes ropas de paisano y marchamos hacia el comedor.

Había mortadela y frijoles de media luna. Yo no había comido antes frijoles de media luna, pero los probé: estaban fríos.

El grupo que hizo el viaje desde Nueva York no sobrevivió al primer día en Parris Island. Nunca volví a ver al cantante rubio, ni a casi ninguno más. Unos sesenta de los centenares que habíamos viajado en aquel viejo tren nos convertimos en un pelotón de entrenamiento, nos asignaron un número y nos colocaron a cargo del sargento de instrucción que nos había dado el discurso de bienvenida.

El sargento Berrido era un sureño que sentía cierto desdén hacia los norteños. Tampoco es que favoreciera a los sureños: simplemente los trataba con menos sarcasmo. Era un hombre grande, yo diría que un metro noventa, cien kilos.

Pero sobre todo tenía voz.

Reverberaba de energía mientras marcaba el paso, haciéndonos marchar desde el edificio de administración hasta el de intendencia. Nos espabiló, aquella voz, y nos hizo enderezar nuestras encogidas espaldas de civiles. En ningún otro lugar, sólo en el Cuerpo de Marines se oye esa cadencia de mando tan peculiar.

Thrip-faw-ya-leahft, thrip-faw-ya-leahft.

Suena como un encantamiento, pero es tan sólo el tradicional «tres, cuatro, izquierda» alargado por el acento sureño, animoso al ser cantado. Nunca me ha sonado mejor que como lo entonaba nuestro sargento. Debido a ello y a su pasión por la instrucción, sólo tengo una imagen suya: caminando con la espalda erguida a unos pocos pasos de nosotros, los brazos estirados, los puños cerrados, la cabeza echada hacia atrás, con todo el cuerpo tenso y la voz canturreando incesantemente:

Thrip-faw-ya-leahft, thrip-faw-ya-leahft.

El sargento mayor nos condujo hasta el edificio de intendencia. Fue allí donde nos despojaron de todo rastro de nuestra propia personalidad. En intendencia hacen a los soldados, marineros y marines. En su presencia, te desnudas. Con cada prenda se pierde un rasgo propio: dejar atrás la ropa marca la silenciosa muerte de una particularidad tuya. Te quitas los calcetines, desaparece tu gusto por los rayados, por los lisos, por los de cuadros e incluso por los colores: se acaba la tendencia a combinar calcetines púrpura con una corbata marrón. A partir de ese momento mis calcetines serán pardos. Nunca más estarán sucios, ni enrollados, ni serán chillones, ni tendrán agujeros. Serán pardos. La otra y única característica que pueden tener es estar siempre limpios.

Así con todo, hasta que te quedas desnudo, luchando contra la vergüenza que pasa completamente inadvertida para las lacónicas sombras que trabajan en intendencia.

Dentro, en las profundidades que los psiquiatras llaman lo subliminal, aún parpadea una chispa humana. No llegará a apagarse. Su vigencia o su abandono están en proporción directa al número de kilómetros que un hombre puede poner entre su campamento y él mismo.

Así desnudos, tiritando, un hombre está indefenso ante el brigada de intendencia. El carácter se queda en las ropas que han sido descartadas, como la piel y el pelo en una cinta adhesiva. Te lo arrancan. Entonces las sombras de intendencia revolotean a tu alrededor con una cinta métrica. Una cascada de ropas te cae encima, lavándote de toda personalidad. Como si volcaran sobre ti una monstruosa cornucopia y cayera sobre tu cabeza una lluvia de gorras, guantes, calcetines, zapatos, calzoncillos, camisetas, cinturones, pantalones, guerreras. Cuando has salido de todo esto, no eres más que un número: 351391 USMCR. Veinte minutos antes en el lugar que ocupas había un ser humano, rodeado de otros sesenta seres humanos, pero ya sólo hay un número rodeado de otros sesenta números: la suma de todos es un pelotón de instrucción, pero las partes no tienen ningún significado fuera del contexto.

Parecíamos todos iguales, como nos parecen los chinos a los occidentales y, supongo, viceversa. El color y el corte de pelo nos salvaban todavía, pero en un minuto también caerían.

El grito sonó mientras nos dirigíamos a los barberos:

–¡Lo lamentarééééis!

Antes de que la última sílaba de burla se apagara, el barbero ya me había rapado. Creo que necesitó cuatro, quizá cinco toques con la maquinilla eléctrica. El último toque completó el círculo. Ya era un número vestido de caqui y rodeado de caos.

Y este segundo denominador común de Parris Island era la clave. A las seis semanas de instrucción no parecía existir una sola pauta, aparte de las comidas. Todo parecía caos: desfiles, instrucción en el manejo de las armas; charlas sobre cortesía militar («Al saludar, la mano derecha tocará la cabeza en un ángulo de cuarenta y cinco grados con el ojo derecho»); charlas de la jerga de los marines («A partir de ahora todo, suelo, calle, suelo, todo es «la cubierta»), limpieza y engrasado de tu propio fusil hasta que brillara como una joya; afeitado diario tuvieras pelo o fueras lampiño. Aquello era la selva.

–¿Qué vamos a hacer, saludar a los japos hasta que la palmen?

–No, vamos a cegarlos con saliva y líquido limpia metales.

–Sí… o raparemos a los hijos de puta.

Toda la lógica parecía estar de nuestro lado. El Cuerpo de Marines parecía una locura.

Nos habían acuartelado en la primera planta de un barracón de madera y allí nos habían dejado. A excepción de una semana o así en el campo de tiro y las misas de los domingos, no me moví de ese barracón salvo cuando debía mostrar mi entera disposición a las llamadas del sargento Berrido. No teníamos ningún privilegio. Estábamos a medio cocer: ya no éramos civiles, pero todavía no éramos marines. Éramos como la definición del tiempo de san Agustín: «Del futuro que aún no es, al presente que está siendo, hasta el pasado que ya no es».

Y siempre las marchas.

Marchar hasta el comedor, marchar hasta la enfermería, marchar para recoger los fusiles que resbalaban por el limpia metales, marchar hasta los depósitos de agua para limpiarlos, marchar al terreno de marchas. Los pies golpeando el cemento, pisando la tierra compacta, deteniéndose con un golpe en la culata del fusil.

–¡Media vuelta, marchen!… ¡De frente, marchen!… ¡Izquierda, marchen!… ¡Pelotón, alto! –clash, clash–. ¡Hombro derecho, armas! –slap, slap… «¡Mi dedo, mi dedo rojo y blanco!»–. ¡Maldición, soldados! ¡Golpeen el arma! ¿Me oyen? ¡Golpeen el arma! ¡Quiero ruido! ¡Quiero sangre! ¡Ruido! ¡Sangre! ¡Presenten, armas! –«¡Mi dedo!»–. ¡De frente, marchen!

«Otra vez… marchar, marchar, marchar…»

Aquello era una locura.

Pero era disciplina.

Excepto a nosotros los reclutas, a nadie más en Parris Island parecía preocuparle otra cosa que no fuera la disciplina. No se hablaba absolutamente nada de la guerra: entonces no nos daban acaloradas charlas sobre matar japoneses, como las que oiríamos más tarde en New River. Todo lo que no fuera disciplina, disciplina del Cuerpo de Marines, rápidamente era objeto de burla y ridiculizado, ya se tratara de religión o altas finanzas. Los instructores eran exigentes al máximo. Como el hedonista que piensa que si algo no puede beberse, comerse o llevarse a la cama, no existe, así eran los instructores en su visión del mundo. Todo era disciplina.

No es una actitud que pueda trasladarse al mundo civil, pero no puede haber otra mejor para enderezar las espaldas de los civiles.

El sargento Berrido era tan estricto como el que más. Nos aplicaba la disciplina de la manera corriente: ordenaba a un hombre que limpiara el retrete con un cepillo de dientes, que durmiera con el fusil porque se le había caído o, peor, lo llamaba «la pistola», pero era especialmente insistente en la precisión al marchar.

Una vez me agarró por la oreja cuando perdí el paso. No soy demasiado alto, pero tampoco soy ligero. Sin embargo, él me levantó del suelo.

–Lucky –dijo con una sonrisa ominosa, como complaciéndose en pronunciar mal mi nombre–. Lucky, si no marcas el paso te apuesto a que acabaremos los dos en el hospital… ¡para que puedan sacar mi pie de tu culo!

Berrido alardeaba de que aunque podía hacer ejercitar a sus hombres hasta el agotamiento bajo aquel calor semitropical de Carolina del Sur, nunca lo hacía bajo la lluvia. ¡Magnífica concesión! Sin embargo había otros instructores que no sólo mandaban hacer la instrucción en medio de un chaparrón, sino que parecían complacerse en todas las contrariedades que pudieran caerles encima a sus hombres.

Uno, especialmente, hacía marchar a su pelotón hacia el océano. La cadencia que marcaba cantando nunca se alteraba. Si ellos vacilaban, rompiendo filas al borde del agua, se lo llevaban los diablos.

–¿Quiénes os creéis que sois? ¡No sois más que un puñado de pelones! ¿Quién os ha ordenado parar? Yo doy las órdenes aquí y nadie se detiene hasta que yo lo digo.

Pero si el pelotón marchaba resueltamente hacia el agua, permitía que su cadencia remitiera poco a poco hasta que había llegado a la altura de las rodillas o, al menos, hasta el punto en que el agua salada hacía peligrar sus preciosos fusiles. Entonces sonreía y simulaba enfurecerse.

–¡Volved aquí, errores de vuestras madres! ¡Sacad esos estúpidos culos del océano!

Dándose la vuelta, enfurruñado, se dirigía a Parris Island en general:

–¿Quién tiene el pelotón más estúpido de toda esta maldita isla? ¡Así es, yo! ¡Yo lo tengo!

En conjunto, los sargentos no eran crueles. No eran sádicos. Creían que tenían que hacérnoslas pasar canutas, pero creían tener que hacerlo para endurecernos. Sólo una vez vi algo que se acercaba a la crueldad. Un recluta no sabía marchar sin bajar los ojos. El sargento Berrido le rugió y le rugió hasta que su voz de hierro pareció a punto de romperse. Por fin encontró un remedio. Colocó la empuñadura de una bayoneta bajo el cinturón del recluta, con la punta bajo su garganta. Ante nuestros ojos sorprendidos y temerosos, le ordenó que marchara.

El recluta lo hizo. Pero cuando su paso vaciló, cuando su mirada se fijó y contuvo la respiración, el sargento puso fin al castigo. Algo parecido al miedo se había traspasado del recluta al sargento, y Berrido se apresuró en retirar la bayoneta. Estoy seguro de que el sargento ha tenido más motivos para recordar este incidente que su víctima.

CAPÍTULO 2

 

 

 

Entonces era difícil entablar una amistad duradera. Todo el mundo era consciente de que nuestra unidad se desintegraría cuando terminara el período de instrucción. Algunos serían embarcados, la mayoría llenaría las filas de las fuerzas de la flota de los marines en New River y otros se quedarían en Parris Island. No había muchas oportunidades para la camaradería, confinados como estábamos en aquellos barracones de techos altos. Había calidez, sí, pero no intimidad.

Hice muchas amistades en el Cuerpo de Marines, pero escribiré de ellas en otra parte. Aquí me centraré en el método, en la formación de marines.

Se trata de un proceso de entrega. A cada paso, a cada hora, al parecer, había que renunciar a una costumbre o una preferencia, había que hacer un ajuste. Incluso en el comedor descubrimos que nada importaba menos que lo que le gusta o no le gusta a un hombre.

Siempre sospeché que no me gustaba el maíz molido. Y fue entonces cuando comprobé que así era. Y así sigue siendo. Y si bien alguna mañana, para no pasar hambre, tuve que terminar desayunando maíz molido, casi todos los días mis tripas vacías rugían, voraces, hasta la hora de la comida.

La mayoría de nosotros tenía ideas arraigadas sobre lo que conforman los buenos modales a la mesa y, entre ellas, no figuraban el grueso brazo sudoroso de un vecino que se cruza de pronto delante de tus labios ni el método de servir de arriba abajo, por el que los hombres que están a la cabecera de la mesa, al recibir las escudillas de metal de los cocineros, siempre se servían hasta los topes, avariciosamente ajenos a los gritos indignados de los hambrientos soldados que estaban sentados en el centro o al fondo de la mesa.

A algunos de nosotros podía inquietarnos la vista de los cuchillos cargados de guisantes o el ruido rapaz que hacían algunos hombres al comer, pero nos fuimos haciendo menos y menos delicados. Pronto mis papilas gustativas sirvieron sólo como radar intestinal –para advertirme de la llegada de la comida–, y mi sentido del decoro desertó durante todo ese tiempo.

Lo peor de todo de este proceso de rendición era la implacable negativa a permitir la menor intimidad. Todo se hacía al descubierto. Despertarse, levantarte, escribir cartas, recibir correo, hacer las camas, lavarte, afeitarte, peinarte el pelo, hacer de vientre… todo se hacía en público y a la medida y al estilo del sargento.

Incluso los paquetes de comida llegados de casa caían en manos del instructor. Nos informaban de su llegada, que el instructor los había probado, que le habían parecido sabrosos.

¡Qué! ¡Ahora os molesta! Esto es demasiado. ¡Manipular el trabajo del servicio de correos de Estados Unidos! Ah, amigo mío, déjame que te haga una pregunta. Entre el servicio de correos de Estados Unidos y los marines de Estados Unidos, ¿quién dirías que ganaría?

Si te sientes deshecho en Parris Island, destrozado en esas pocas primeras semanas, es en el campo de tiro donde empiezan a formarte de nuevo.

Berrido nos hacía marchar hasta el campo de tiro, a unos ocho kilómetros, en cerrado orden de formación. (Hay un orden cerrado y está la marcha de ruta, y la primera es a la segunda como estar de pie a estar agachado.). Llevábamos los macutos a la espalda. Nuestros petates estarían en las tiendas cuando llegáramos. Nos quejábamos de tener que cargar con los macutos y los petates, plenamente ajenos al hecho de que llegaría el día en que serían un lujo.

Entonces más que nunca parecía Berrido un ser de piedra: siempre recto como una lanza, la voz de hierro incansable. Sólo al final de la marcha parecía tenerla un poquito cascada: un signo alentador, como para asegurarnos que también había en él una pizca de nuestra impureza.

En el campo de tiro vivíamos en tiendas, seis hombres por tienda. La mía tenía el suelo de madera, un detalle del que carecían la mayoría de las otras tiendas, que mis compañeros y yo considerábamos una gran bendición. Tampoco dejábamos de percibir la mano de la Providencia al hacer que estuviéramos juntos seis neoyorquinos y bostonianos, el trigo del norte separado de la paja del sur. Pero por la mañana, el frío viento de la costa puso fin a aquella halagadora idea. La sangre fría yanqui se quebró ante los gritos de alegría rebeldes que celebraron el castañetear de nuestros dientes y la tiritona de nuestros labios azules.

–Eh, yanquis, yo creía que aquí en el norte hacía frío. Creí que vosotros estabais acostumbrados al frío. ¡Ja! ¡Míralos, mira cómo castañetean sus morros de yanquis!

Berrido se divirtió tanto que perdió su habitual reserva.

–Para mí que tienes razón –dijo Berrido–. En cuanto salgo aquí, oigo dientes castañeteando. Y siempre son dientes nuevos. No sé –sacudió la cabeza–. No sé. Sigo sin comprender cómo los sureños perdimos la guerra.

A la media hora, el sol brillaba intensamente, y nosotros aprendimos qué infierno de calor y frío alternos podía ser el campo de tiro.

Después de lavarnos, a los recién llegados una nueva sorpresa nos esperaba en los lavabos. Había una especie de plancha donde se sentaban los hombres, con el trasero colocado sobre una letrina de metal oxidado, inclinado en un ángulo por donde corría el agua. Un grupo se había situado delante de la letrina, donde bombeaba el agua. Por fortuna, yo no estaba sentado en ese momento. Pude ver la sorpresa. Un tipo de aquel grupo tenía un puñado de papeles de periódico convertidos en bolas. Los colocó en el agua. Los prendió. La corriente se los llevó.

Aullidos de amarga sorpresa y angustia saludaron el paso de aquel barco encendido bajo los blancos traseros colocados en serie de mis amigos. Aquella mañana más de un trasero quedó chamuscado, y en nuestra estancia en el campo de tiro no dejamos de acercarnos a las letrinas con recelo. Naturalmente, nos encargamos de repetir la broma a otros recién llegados y fue divertidísimo.

Nos vacunaron en el campo de tiro. El sargento Berrido nos hizo marchar hacia la enfermería, en cuya entrada media docena de hombres de otro pelotón se dividían en varios estados de náusea, advirtiéndonos así de lo que nos esperaba.

Vacunarse es inhumano. Es como si los hombres fueran alimentados en una máquina. Nos esperaban dos filas de sanitarios de la Marina situados de cara, pero escalonados de forma que ninguno estuviera directamente frente al otro. Atravesamos esa avenida. Al hacerlo, cada sanitario pinchaba el brazo desnudo del marine que tenía delante, echaba la mano hacia atrás para recoger una aguja hipodérmica que le había cargado un ayudante y luego clavaba la aguja en el brazo del marine.

Así se creaba una mecánica de cuerpos que se giraban y brazos que se ofrecían para ser pinchados, interrumpida únicamente por el destellante arco de la aguja, mientras nosotros avanzábamos, nos deteníamos, volvíamos a avanzar. Aquello tenía la eficacia de una línea de montaje, y también algo de la incapacidad de las líneas de montaje para respetar la naturaleza humana.

Uno de mis compañeros de tienda, llamado el Luchador por su gran fortaleza y una breve carrera en el cuadrilátero, no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Iba delante de mí, en posición para recibir la aguja, pero era tan grande que parecía estar delante de ambos sanitarios al mismo tiempo.

Cuando el sanitario de su derecha le limpiaba con algodón y le pinchaba, también lo hizo el sanitario de su izquierda.

El Luchador recibió ambos pinchazos sin estremecerse siquiera. Pero entonces, ante mi horrorizada mirada, tan rápido que no pude impedirlo, los sanitarios realizaron sus movimientos de rigor y pusieron otras dos inyecciones en los musculosos brazos del Luchador.

Eso ya fue demasiado, incluso para el Luchador.

–Eh, ¿cuántas de éstas me tengo que poner?

–Una, estúpido. Sigue adelante.

–¡Una, mierda! ¡Ya me han puesto cuatro!

–Sí, lo sé. También eres el comandante de la base. Te digo que sigas adelante: estás retrasando la fila.

Entonces intervine yo.

–No bromea. Le han puesto cuatro inyecciones. Cada uno de ustedes le ha puesto dos.

Los sanitarios se quedaron boquiabiertos de consternación. Vieron el inconfundible disgusto en los rudos rasgos del Luchador y una sonrisa contenida en mi cara. Lo cogieron y lo condujeron rápidamente a uno de los médicos de la enfermería, pero el médico no mostró ninguna alarma. Hizo su diagnóstico basándose en los músculos y los nervios de acero del Luchador.

–¿Cómo te sientes?

–Bien. Sólo un poco acalorado.

–De acuerdo. Probablemente no te pasará nada. Si te sientes mareado o con náuseas, házmelo saber.

Resulta algo decepcionante aclarar que el Luchador no se sintió enfermo. Y en cuanto a las náuseas, nos afectaron a los más sensibles al verlo atacar la carne del rancho unos quince minutos más tarde.

En el campo de tiro también comprobé por primera vez la facilidad que tienen los marines para maldecir. Ya había habido algunos suaves ejemplos en los barracones, pero nunca nada parecido a las brutales blasfemias y obscenidades del campo de tiro. Había suboficiales que no podían decir dos frases seguidas sin unirlas por una maldición, un juramento, una imprecación. Oírlos nos ponía la carne de gallina y los más religiosos se ruborizaban de furia y deseaban poder replicar a los blasfemos.

Con el tiempo nos inmunizaríamos e incluso terminaríamos repitiéndolas nosotros mismos. Acabaríamos considerándolas como algo que no pretendía ofender a nadie, pero entonces nos sorprendieron.

¿Cómo podían tener tanta facilidad para decir simples tacos? No se trataba de vituperar. Eran sólo maldiciones, obscenidades, blasfemias, irreverencias, ninguna profusa ni original, pero sorprendentemente variadas.

Siempre aparecía la palabra obscena. Siempre aquel feo sonido de cinco letras que los hombres de uniforme han convertido en la única base lingüística. Servía de asidero, de guión, de hipérbole, fuera verbo, nombre, modificador, sí, incluso conjunción. Describía la comida, la fatiga, la metafísica. Valía para todo y no significaba nada; siendo una palabra insultante, no se usaba nunca como insulto; siendo burdamente descriptiva del acto sexual, nunca se usaba para describirlo; siendo vil, describía lo mejor; siendo fea, modificaba la belleza; era el nombre y la nomenclatura de la voz del vacío, pero la pronunciaban los capellanes y los capitanes, los suboficiales y el cuerpo médico. Hasta que, finalmente, sólo podías deducir que si alguien que no conociera el idioma oyera nuestras conversaciones, demostraría, como si fuera una tesis, que por el grado e incidencia numérica, esta palabrita debía de ser aquello por lo que luchábamos.

En el campo de tiro, los furiosos sargentos llenaban el aire con sus maldiciones, mientras se esforzaban en hacer de nosotros tiradores durante lo que se había convertido en un curso abreviado de instrucción. Los marines tienen que aprender a disparar de pie, tumbados y sentados. Quizá porque la posición de sentado es la más difícil de todas, esa postura parecía estar en boga en el campo de tiro de Parris Island.

Nos la enseñaron durante dos días enteros en aquel miserable campo de dunas y arena de la isla. Permanecíamos sentados al sol con arena en el pelo, en las orejas, en los ojos, en la boca. A los sargentos no les importaba dónde estaba la arena, mientras no fuera en las engrasadas partes metálicas de nuestros preciosos fusiles. No había piedad para el desgraciado que permitiera que así sucediera. El castigo era rápido: una dura patada y un horrible juramento gritado directamente al oído del pobre diablo.

Asumir la posición sentada, como decía el sargento instructor, era infligir sobre uno mismo la tortura del potro.

El fusil se sujetaba con la mano izquierda, en el centro o «equilibrio de la pieza». Pero el brazo izquierdo se inserta en un lazo de la correa, que sube por el brazo hasta el bíceps, donde se aprieta de manera increíblemente tensa. Sujeto así, mientras estás sentado con las piernas cruzadas, al estilo Buda, la culata del fusil queda a unas pocas pulgadas de tu hombro derecho. El truco consiste en encajar esa culata contra el hombro, de modo que puedas apoyar la mejilla junto con la mano derecha, apuntar a lo largo del cañón y disparar.

La primera vez que lo intenté me resultó imposible, a menos que mi espalda se partiera por la mitad para permitir que cada parte de mi torso girara a mi alrededor como si tuviera bisagras. De otro modo, nada. De otro modo, la correa cortaría mi brazo izquierdo en dos, mi cabeza se rompería por la tensión de girar el cuello o tendría que arriesgarme a apuntar el fusil con una sola mano, como si fuera una pistola. Por fortuna, si puedo decirlo así, la decisión no fue mía. El sargento Berrido se me acercó.

–¿Problemas? –preguntó dulcemente.

Sus modales tendrían que habérmelo advertido, pero los confundí con una insospechada vena humana.

–Sí, señor.

–¡Santo cielo!

Era demasiado tarde. Ya me había pillado. Lo miré con ojos aturdidos y suplicantes.

–Muy bien, chaval, coge el fusil firmemente con la mano izquierda. Bien. Ahora la derecha. Vaya, vaya. Es difícil, ¿eh?

Entonces el sargento Berrido se sentó sobre mi hombro. Juro que lo oí crujir. Sentí que me había roto, pero supongo que simplemente hizo que se extendieran unos cuantos ligamentos. Y funcionó. Mi hombro derecho encontró la culata del fusil y mi brazo izquierdo no se descoyuntó: así fue cómo aprendí la inútil postura de disparar sentado.

Sólo vi matar a un japonés con un disparo desde la posición de sentado y sólo porque el enemigo no disparaba a su vez.

Sin embargo, era sorprendente cómo los marines podían enseñarnos a disparar en los pocos días que nos tuvieron en el campo de tiro, es decir, nos enseñaban a los pocos que entre nosotros destacábamos para aprender instrucción. La mayoría sabía disparar, sorprendentemente, incluso los chicos de las grandes ciudades. No tengo ni idea de cómo ni dónde, en la jungla de acero y hormigón de nuestras ciudades modernas, habían conseguido aquellos muchachos desarrollar una habilidad en lo que parecía ser un pasatiempo más propio del campo. Pero sabían disparar y lo hacían bien.

Todos los sureños sabían disparar. Los oriundos de Georgia y del estado fronterizo de Kentucky parecían los mejores. Sufrían la indignidad de la correa del fusil mientras disparaban en las dunas de arena. Pero cuando se permitía disparo libre y podían levantar la culata del fusil, despreciaban esa forma de apoyo, se colocaban la culata bajo la barbilla y disparaban a placer. Los sargentos de instrucción les dejaban salirse con la suya. Después de todo, no se puede discutir habiendo dado ellos en el blanco.

Yo era uno de los que no estaban familiarizados con la pólvora. Hasta entonces, jamás había disparado un fusil, excepto en alguna caseta de tiro en la feria o en los recreativos del centro de Nueva York. Para mí, un Springfield del calibre 30 me parecía un verdadero cañón.

La primera vez que me senté en la línea de tiro, con dos cargadores de cinco balas a mi lado y la advertencia «¡Carga y amartilla!» del sargento de artillería, me sentí como debe sentirse un animal pequeño al ver acercarse un automóvil. Entonces llegaron las temidas órdenes.

–¡Todos preparados!

–¡Fuego!

¡BOOOOM!

Era el tipo a mi derecha. El sonido pareció partirme los tímpanos. Di un respingo. Entonces toda la hilera dio comienzo a un estrépito de rugientes sonidos y yo puse a mi Springfield a funcionar con todos ellos, disparando, expulsando, volviendo a cargar. Las diez balas se agotaron en cuestión de segundos. Se produjo el silencio y, con él, el zumbido en mis oídos. Todavía me zumban.

No pasó mucho tiempo antes de que venciera mi timidez y empezara a disfrutar al disparar. Naturalmente, cometí los errores que cometen todos los neófitos: disparar al blanco equivocado, disparar bajo la diana, calcular mal mi postura. Pero progresé, y cuando llegó el día de disparar para ser evaluados, fui tan arrogante como para creer que sería calificado como experto. La clasificación de experto para quien dispara con fusil es el equivalente a la medalla de honor al valor. Incluso te añadían cinco dólares de paga al mes, una suma considerable para alguien que ganaba veintiuno.

El día en que disparamos para ser calificados (es decir, cuando nuestras puntuaciones serían oficiales y determinarían si estábamos cualificados o no) amaneció lluvioso y brutalmente frío. Lo recuerdo como un día lúgubre y recuerdo que anhelaba estar cerca de las hogueras donde se reunían los sargentos, fumando cigarrillos y forzando una alegría que yo no estaba muy seguro de que nadie pudiera sentir. Los ojos me lagrimearon todo el día. Cuando disparamos desde seiscientos metros de distancia, creo que apenas podía distinguir el blanco.

Fracasé de manera rotunda. No me califiqué para nada. Un puñado lo hicieron como tiradores, dos o tres como tiradores de precisión, ninguno como experto. Después de haber disparado para ser cualificados ya éramos marines. Todavía quedaban unas cuantas destrezas más que aprender (el bloqueo-parada-ataque con la bayoneta o el disparo con pistola), pero esas habilidades no tenían mucha consideración en la escala de valores de los marines. El fusil es el arma del marine. Así que marchamos de regreso a los barracones, con los pechos hinchados de soberbia y nuestros pies aplastando el pavimento, con la orgullosa precisión de los hombres que habían dominado el Springfield o, al menos, pretendían haberlo hecho.

Éramos veteranos. Cuando llegamos a los barracones, nos cruzamos con un grupo de reclutas que acababan de llegar, todavía con ropas de paisano, y nos parecieron tan indefensos y destartalados como pájaros bajo la lluvia. Y como por instinto todos gritamos con una sola voz:

–¡Lo lamentaréééis!

Berrido sonrió encantado.

CAPÍTULO 3

 

 

 

En cinco semanas nos habían transformado. Quedaba otra semana de instrucción, pero el cambio deseado ya había tenido lugar. Lo más importante de esta transformación no era el endurecimiento de mi piel o la agudeza de mis ojos sino mi nueva actitud.

Yo era un marine. Automáticamente, esto pareció elevarme por encima de las hordas de militares. Hablaba despectivamente de los soldados de infantería considerándolos «caras de perro» y de los «patizambos». Soltaba una risotada cuando el sargento se refería a West Point como «esa escuela de niñatos del Hudson». Aceptaba como la verdad del Evangelio esos relatos imposibles de verificar donde oficiales del Ejército o la Marina dimitían de sus cargos para enrolarse como soldados rasos de los marines. Adquirí un montón de conocimientos sobre la historia del cuerpo y me encantaba relatar anécdotas señalando la invencibilidad de los marines en combate. Para cualquiera que no fuera marine, me volví un tipo insufrible.

La siguiente semana o así nos dedicamos simplemente a realizar los ejercicios a la espera de nuestro destino. Hablábamos fácilmente de «servicio en el mar» o «servicio de guardia». En aquellos sueños despiertos todos vestíamos uniformes azules de gala, bebíamos copiosamente, bailábamos, copulábamos y solíamos actuar como valientes. De vez en cuando, cuando el nombre de un conocido aparecía en las conversaciones, se mencionaba el nombre «New River». En esa base se formaba la Primera División de Marines. En New River no había uniformes azules, ni chicas, ni bandas de baile: sólo había cerveza y ese páramo perdido de la mano de Dios. Mencionar New River suponía abrir dolorosas pausas en la conversación, hasta que se olvidaba en el siguiente asalto de felices especulaciones.

 

* * *

 

Llegó el día de la partida.

Subimos nuestros petates a los camiones de suministro. Cargamos nuestros macutos. Formamos alegremente en la acera ante los barracones. Esperamos a la sombra del barracón, un lugar que se nos hizo odioso un día, cuando, para castigar a un manazas que había dejado caer el fusil, Berrido le ordenó que permaneciera allí de pie, erecto, con el fusil en posición de presentación, cantando desde el alba hasta la puesta de sol: «Soy un chico malo, dejé caer el fusil».

Allí estábamos, esperando órdenes. Berrido nos hizo formar. Nos hizo presentar armas. Nuestras manos, al golpear las correas de los fusiles, sonaban seguras.

–Descanso. Rompan filas. Suban a esos camiones.

Nos montamos. Alguien hizo acopio de valor en el último minuto para preguntar:

–¿Adónde vamos, sargento?

–A New River.

Los camiones partieron en silencio. Recuerdo a Berrido mirándonos mientras nos marchamos y cuánto me sorprendí al ver la tristeza en sus ojos.

Llegamos a New River de madrugada. Habíamos viajado en tren desde Carolina del Sur. La comida del vagón comedor era buena, como siempre que se viaja en tren. Habíamos dormido en nuestros asientos, los macutos en los maleteros sobre nosotros, los fusiles a nuestro lado.

Entre muchos gritos y destellos de luces de linternas nos hicieron bajar del tren y formamos en la vía muerta. Todo estaba oscuro. Ninguna de aquellas figuras que gritaban y nos metían prisa (los suboficiales y oficiales que nos recibieron) parecía pertenecer a la realidad, excepto cuando una luz recortaba a alguno contra la oscuridad. A pesar de lo oscuro que estaba, pude sentir aquella impresión de enormidad: la cúpula del cielo arqueándose en lo alto y extendiéndose hacia lo lejos, una llanura sin límites interrumpida solamente por las tiendas silenciosas.

Nos hicieron marchar rápidamente hacia un barracón rectangular e iluminado, con una puerta a cada lado. Nos detuvimos en un extremo, mientras un suboficial nos llamaba por nuestros nombres.

–Leckie.

Me separé de mi pelotón, terminando, con ese movimiento, mi asociación con la mayoría de los hombres que habían sido mis camaradas durante seis semanas.

Entré rápidamente en el barracón iluminado. Un oficinista me hizo sentarme ante su mesa. Había otros tres o cuatro como él, «entrevistando» del mismo modo a los recién llegados. Hizo sus preguntas con rapidez, sólo se mostraba interesado en mis respuestas, a mí me ignoraba. Nombre, número de serie, número de fusil, etcétera. Todos esos detalles secos que no dicen nada de nadie.

–¿Qué hacía en la vida civil?

–Era periodista deportivo.

–Muy bien. Primero de Marines. Salga y dígaselo al sargento.

Así era como nos clasificaban los marines. Las preguntas eran mecánicas. Las respuestas se ignoraban. Estudiante, granjero, futuro científico… Todo era aplastado en el mostrador de recepción y salías con una nueva etiqueta: Primero de Marines. No había ningún «test de aptitud», ningún «análisis de trabajo». En la Primera División de Marines se presumía que los hombres se alistaban para combatir. A nadie le preocupaban las competencias civiles.

Quizá fuera una afrenta a aquellos vestigios de la autoestima civil que Parris Island no había tenido tiempo de destruir, pero New River pronto se encargaría de hacerlo. Allí, el único talento que servía era ser buen soldado de infantería y la única herramienta, la pistola. Allí lo cultivado, lo elaborado, lo delicado perecían pronto, como gardenias en el desierto.

Sentí el poder de esa actitud y, por primera vez en mi vida, sentí una total sumisión a la autoridad cuando salí del barracón y murmuré «Primero de Marines» a un puñado de sargentos que estaban allí de pie esperándonos. Uno de ellos señaló con su linterna a un grupo de hombres; ocupé mi lugar entre ellos. Unos seis grupos más estaban siendo formados del mismo modo.

Entonces, a una orden, subí a un camión con mis nuevos camaradas. El conductor puso el motor en marcha y echamos a andar, sacudiéndonos por carreteras encharcadas, dejando atrás fila tras fila de cabañas silenciosas y oscuras, adelante, siempre adelante, hasta que por fin nos detuvimos con una sacudida y llegamos a casa.

«Casa» era la Compañía H, Segundo Batallón, Primer Regimiento de Marines. «Casa» era una compañía de ametralladoras y morteros pesados. Alguien en aquel sombrío barracón había decidido que yo fuera operador de ametralladora.

El proceso de enrolamiento en la Compañía H apenas difería del método de nuestro «destino» de la víspera, excepto que nos dirigimos a un barracón ocupado por el capitán Caderas-Altas. Nos miró con su ojo de cristal, gloriosa consecuencia de un combate, se acarició el bigote militar y nos interrogó con su conciso estilo británico. Luego, con aire de escepticismo, nos asignó a las tiendas de nuestro pelotón y nos entregó al cuidado de los suboficiales que llegaban de otros regimientos.