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Antonio Mira de Amescua

La rueda de la fortuna
Edición de Vern Williamsen

Créditos

ISBN rústica: 978-84-9816-100-7.

ISBN ebook: 978-84-9897-577-2.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 7

La vida 7

La trama 7

Personajes 8

Loa famosa 9

Jornada primera 17

Jornada segunda 59

Jornada tercera 105

Libros a la carta 155

Brevísima presentación

La vida

Antonio Mira de Amescua (Guadix, Granada, c. 1574-1644). España.

De familia noble, estudió teología en Guadix y Granada, mezclando su sacerdocio con su dedicación a la literatura. Estuvo en Nápoles al servicio del conde de Lemos y luego vivió en Madrid, donde participó en justas poéticas y fiestas cortesanas.

La trama

La rueda de la fortuna relata la historia del monarca bizantino Mauricio quien en el siglo VI se enfrentó al Imperio Persa y apoyó al joven Cosroes II —nieto del gran Cosroes— para que éste ocupase el trono persa y firmasen un tratado de paz que pusiese término a un conflicto que duró más de veinte años.

Tras el tratado, Mauricio conservó extensos de territorios en Occidente. Sin embargo, en los Balcanes la situación no fue favorable a sus intereses y ello precipitó su caída y la entronización de Focas.

La historia que aquí se cuenta tiene estos hechos como trasfondo, Mira de Amescua mezcla sucesos políticos y sentimentales en una trama en que la atracción erótica y el rechazo entre persas y bizantinos llega hasta lugares insospechados.

Personajes

Cósroes, caballero

Dos capitanes

El emperador Mauricio

Filipo, capitán general

Focas, villano robusto

Gente de la milicia y acompañamiento

Heracliano, viejo

Heraclio

La emperatriz Aureliana

Leoncio, capitán general

Mitilene, dama

Músicos

Teodolinda, infanta

Teodosio, príncipe

Un limosnero

Loa famosa

Hala de echar mujer en hábito de labradora

Perdióse en un monte un Rey

andando a caza una tarde

con lo mejor de su gente:

duques, príncipes y grandes.

El Sol hasta mediodía

abrasó con rayos tales

que el mundo a Faetón, su hijo,

temió, otra vez arrogante.

Pero revolviendo el tiempo

y levantándose el aire

se cubrió el cielo de nieblas

y amenazó tempestades.

Huyó a la choza el pastor,

y a la venta el caminante

y amainaron los pilotos

todo el lienzo de las naves.

Díjole al Rey un montero

que al pie de aquellos pinares

estaba una casería

en tal ocasión bastante.

Bajaron por unas peñas

entre mirtos y arrayanes,

guiándoles el rumor

que remolinaba el aire.

Vieron que en un manso arroyo

se bañaban los umbrales

de un mal labrado cortijo

con olmos delante.

Apeóse el Rey, y entrando,

primero que se sentase,

quiso ver el dueño y huéspeda

y como en su casa honrarle.

Supo el labrador apenas

que las personas reales

ocupaban su aposento,

cuando en hielo se deshace.

Entró su pobre familia

a decirle que no aguarde,

pues le quiere ver el Rey,

a que al mismo Rey le hable.

Tiembla el labrador de nuevo,

mira el sayo miserable,

las abarcas y las pieles,

y de vergüenza no sale.

El pobre cortijo mira

como vigüela sin trastes,

hecho de pajas el techo

sobre unos viejos pillares.

Llamó a su mujer, y dice:

«Mujer, a huéspedes tales,

si no es el alma, no tengo

casa ni mesa que darles.

Salid y decidle al Rey

que no es mucho me acobarde

ver su persona real

en mis pajizos portales,

que coma en la voluntad,

que es mesa que a Dios aplace,

y duerma en el buen deseo,

que no tengo más que darle;

que vos, como sois mujer,

pues no hay cosa que no alcancen,

hallaréis gracia en sus ojos,

y al fin podréis disculparme.»

Dicen que entró la mujer

muy temerosa a hablarle

por la obligación que tienen

de cuanto el marido mande,

y el Rey, muy agradecido

a su vergüenza notable,

cenó y durmió más contento

que entre holandas y cambrayes.

Yo pienso, senado ilustre,

que es esto muy semejante

de lo que hoy pasa a Riquelme

con este humilde hospedaje.

En cada cual miro un Rey,

un César, un Alejandre;

su pobre familia mira,

que es la que a serviros trae.

Si no salió el labrador

teniendo a su Rey delante,

quien ve tantos, ¿qué ha de hacer

sino lo que veis que hace?

Mandóme, como mujer,

que saliese a disculparle;

fue la obediencia forzosa,

aunque rústico el lenguaje.

No os ofrece grandes salas,

llenas de pinturas graves,

de celebradas comedias

por autores arrogantes.

No os ofrece ricas mesas

llenas de gusto y donaire,

sino voluntad humilde,

que es la que con reyes vale.

Perdonad al labrador,

pues hoy en su casa entrasteis,

porque me agradezca a mí

las mercedes que hoy alcance.

Oíd la pobre familia;

ya los labradores salen,

mientras que vuelvo a la corte,

bésoos los pies, Dios os guarde.

Baile curioso y grave Cuando desde Aragón vino la Infanta

a casar con don Juan, Rey de Castilla,

las fiestas que se hicieron en Sevilla

no las olvida el tiempo y hoy las canta.

Después que los castellanos

hicieron muestra gallarda

con máscaras y sortijas,

toros y juegos de cañas,

mantener quiso un torneo

en servicio de su dama

un gallardo aragonés

de los Pardos de la casta.

Airoso terció la pica,

furioso juega la lanza,

dando con destreza y brío

los cinco golpes de la espada.

Con la gloria de aquel día

ganó de su gloria el alma,

la cual, venida la noche,

le admite dentro de su casa.

Con amorosas razones

consiguen sus esperanzas,

y ella, alabándole, dice,

al despedirlos el alba:

«Mirad por mi fama,

caballero aragonés.»

«Por tus amores, señora,

cuanto me mandes haré.»

«Mas, ¿cómo la ha de guardar

quien a sí guardar no pudo?»

«Con solo saber callar.»

«Que la guardéis no lo dudo.»

«Seré como piedra mudo

y eterna fe guardaré;

por tus amores, señora,

cuanto me mandes haré.»

En un corillo otro día

sin nombrar partes, se alaba,

y un adivino celoso

dio cuenta de ello a su dama.

Sus blancas manos torcía,

sus delgadas tocas rasga,

y llamando a su presencia

con este desdén le trata:

«Alabásteisos, caballero,

gentil hombre aragonés.

No os alabaréis otra vez.

Alabásteisos en Sevilla

que teníades linda amiga.

Gentil hombre aragonés,

no os alabaréis otra vez.»

Sin admitirle disculpa

que se ausente de ella manda,

y él jura de no volver

hasta volver en su gracia.

El tiempo gastó la ira;

mas, como el amor no gasta,

la dama llora su ausente,

el retrato que miraba,

y la dama le demanda:

«Y mi bien, ¿cuándo vendréis?»

Y finge que le responde:

«Lindo amor, no me aguardéis,

que si de mi partida

fue causa un disfavor,

si no cesa el rigor,

yo no volveré en mi vida.»

«Yo quedo arrepentida

y mi bien, ¿cuándo vendréis?»

Y finge que le responde:

«Lindo amor, no me aguardéis.»

En hábito de romero

un pajecillo despacha

para que dé en Zaragoza

al caballero una carta.

Cuando llegó el pajecillo

al salir de la posada

encontróle el caballero.

De esta manera le habla:

«Romerico, tú que vienes

donde mi señora está,

di, ¿qué nuevas hay allá?»

«Estáse la gentil dama

a sombras de una alameda

dando suspiros al aire,

y a su fortuna mil quejas.

Diome que os diese esta carta

de su mano y de su letra,

que al escribirla, sus ojos

llenan el papel de perlas.

Y díjome de palabra

que a Sevilla deis la vuelta,

adonde seréis su esposo

en haz y en paz de la Iglesia.»

Con el amor y el deseo

como con ligeras alas,

vuelve al galán a Sevilla,

y así le dice a su dama:

«A ser vuestro vengo,

querida esposa.»

«Dulce esposo mío,

vení en buena hora.»

«Tras fieros desdenes,

que la vida acortan

y al amor pudieran

negar la victoria,

a ser vuestro vengo,

querida esposa.»

«Dulce esposo mío,

vení en buena hora.»