Julián del Casal
Poemas
Edición de Ángel Augier
Barcelona 2022
linkgua-digital.com
Título original: Poemas.
© 2022, Red ediciones S.L.
e-mail: info@linkgua.com
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica: 978-84-96290-98-3.
ISBN ebook: 978-84-9897-965-7.
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Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 15
La vida 15
Los modernistas y los modernos. La líneas de fuga 15
HOJAS AL VIENTO 17
Introducción 19
Autobiografía 20
Amor en el claustro 23
Del libro negro 27
Acuarela 29
Tras la ventana 32
La nube 35
Nocturno 36
El eco 38
Invernal 39
Mis amores 41
Lazos de amor 42
Ausencia 44
El puente 46
El anhelo del monarca 47
Confidencia 49
El adiós del polaco 50
La mayor tristeza 53
Las palomas 54
Quimeras 55
La urna 57
El arte 58
A Olimpia 59
El anhelo de una rosa 61
Nocturno 62
Todavía 65
Engañada 66
Ofrenda
En la tumba de un poeta 67
Desolación 68
El sueño en el desierto 69
Mensaje
En un álbum 70
En el mar 71
Estatua de carne 72
La pena 73
Madrigal
En un álbum 74
La última noche 75
Fatuidad póstuma 76
A Berta 77
Vespertino 79
La canción del torero 80
In Memoriam 82
Croquis Perdido 85
Idilio realista 86
I 86
II 87
A los estudiantes 89
Adiós al Brasil del emperador don Pedro II 90
Post Umbra 93
La canción de la morfina 95
La perla 98
I 98
II 98
Versos azules 99
NIEVE 101
Introducción 103
BOCETOS ANTIGUOS 105
Las oceánidas 107
I 107
II 108
III 108
IV 110
Bajo relieve 111
La muerte de moisés 113
I 113
II 114
III 115
IV 116
V 117
La agonía de Petronio 119
El camino de Damasco 121
MI MUSEO IDEAL 123
Vestíbulo 125
I. Salomé 126
II. La aparición 127
III. Prometeo 128
IV. Galatea 129
V. Elena 130
VI. Hércules ante la hidra 131
VII. Venus anadyomena 132
VIII. Una peri 133
IX. Júpiter y Europa 134
X. Hércules y las estinfálides 135
Sueño de gloria 136
CROMOS ESPAÑOLES 141
Una maja 143
Un torero 144
Un fraile 145
MARFILES VIEJOS 147
Tristissima Nox 149
A un amigo 150
Al mismo 151
Pax Animæ 152
A mi madre 153
Mi padre 154
Paisaje espiritual 155
A la primavera 156
A un crítico 157
A la castidad 158
Al juez supremo 159
Flor de cieno 160
Inquietud 161
A un dictador 162
Tras una enfermedad 163
En un hospital 164
LA GRUTA DEL ENSUEÑO 165
Ante el retrato de Juana Samary 167
Camafeo 169
Blanco y negro 171
I 171
II 171
Flores 173
Vespertino 174
I 174
II 174
Kakemono 176
Envío 179
Nostalgias 180
I 180
II 180
III 182
La reina de la sombra 183
Paisaje de verano 186
Flores de éter 187
Mi ensueño 190
Canción 191
Al carbón 192
En un álbum 193
Canas 194
Medallón 195
Horridum Somnium 197
RIMAS 201
A la belleza 203
Crepuscular 205
Nihilismo 206
Marina 208
Obstinación 209
Bohemios 210
Sourimono 212
Coquetería 213
Rondeles 214
I 214
II 214
III 214
La sotana 216
Nocturno 217
Recuerdo de la infancia 218
¡O altitudo! 220
Vieja historia 221
A un héroe 223
La cólera del infante 224
Profanación 226
Medioeval 227
Las alamedas 228
Día de fiesta 230
Páginas de vida 231
Preocupación 234
Ægri Somnia 235
Neurosis 236
Sensaciones 238
Dolorosa 239
I 239
II 240
III 241
Voe Soli 242
Esquivez 243
A un poeta 245
Laus Noctis 246
Ruego 248
Para una muerta... 249
Oración 252
Virgen triste 253
Las horas 255
En el campo 256
Enrique Gómez Carrillo 258
Tardes de lluvia 259
Un santo 261
El hijo espurio 262
Cuerpo y alma 263
I 263
II 264
Envío 266
Libros a la carta 269
Julián del Casal (1863-1893). Cuba.
Nació en La Habana el 7 de noviembre de 1863. Su infancia estuvo marcada por la muerte de su madre en 1868.
No terminó sus estudios de leyes y se dedicó a la literatura.
Más tarde viajó a España con el deseo de visitar París. Pero nunca consiguió su propósito.
A su regreso a Cuba trabajó como escribiente en la Intendencia de Hacienda y como corrector y periodista. Su primer libro, Hojas al viento, fue publicado en 1890. En 1892 apareció Nieve y su volumen póstumo, Bustos y rimas, en 1893.
Es uno de los más relevantes poetas del modernismo junto a Martí, Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva.
Murió la noche del 21 de octubre de 1893, durante una velada entre amigos, de una rotura de un aneurisma provocada por un ataque de risa.
Casal es un precursor del modernismo. Sin embargo, es también una figura conflictiva que resultaba desconcertante en medio de los movimientos independentistas de la Cuba del siglo XIX.
En este sentido cabe recordar el encuentro de Casal con Antonio Maceo (líder militar de la insurrección cubana) como un extraño diálogo entre los ideales de libertad política y los ideales de libertad individual, de expresión del individuo hasta sus últimas consecuencias. Casal tenía que hablar de las virtudes «estéticas» del militar, referirse a él en términos literarios (tal vez para reservar a la poesía un espacio en la República que se estaba gestando). Solo así un país ansioso de hacer de la política su único eje de reflexión podría respetar, en su dimensión más personal, a un poeta excéntrico y sofisticado sin exigirle una implicación violenta en la historia nacional. No podía ser de otra manera siendo Casal alguien capaz de escribir estos versos:
Hastiada de reinar con la hermosura
que te dio el cielo, por nativo dote,
pediste al arte su potente auxilio
para sentir el anhelado goce
de ostentar la hermosura de las hijas
del país de los anchos quitasoles
Por otra parte, la voluntad manifiesta de Casal de vivir como un hombre de letras, entregado a sus fantasías y a su hedonismo, y el estilo de algunas de sus prosas y poemas, anticipa el neobarroco de autores como Carpentier y Lezama.
PRIMERAS POESÍAS
(1890)
A Ricardo Del Monte,
al muy querido y muy venerado maestro,
dedica sus primeros versos.
J. del C.
Árbol de mi pensamiento,
lanza tus hojas al viento
del olvido,
que, al volver las primaveras,
harán en ti las quimeras
nuevo nido;
y saldrán de entre tus hojas,
en vez de amargas congojas,
las canciones
que en otro Mayo tuvistes,
para consuelo de tristes
corazones.
Nací en Cuba. El sendero de la vida
firme atravieso, con ligero paso,
sin que encorve mi espalda vigorosa
la carga abrumadora de los años.
Al pasar por las verdes alamedas,
cogido tiernamente de la mano,
mientras cortaba las fragantes flores
o bebía la lumbre de los astros,
vi la Muerte, cual pérfido bandido,
abalanzarse rauda ante mi paso
y herir a mis amantes compañeros,
dejándome, en el mundo, solitario.
¡Cuán difícil me fue marchar sin guía!
¡Cuántos escollos ante mí se alzaron!
¡Cuán ásperas hallé todas las cuestas!
Y ¡cuán lóbregos todos los espacios!
¡Cuántas veces la estrella matutina
alumbró, con fulgores argentados,
la huella ensangrentada que mi planta
iba dejando, en los desiertos campos,
recorridos en noches tormentosas,
entre el fragor horrísono del rayo,
bajo las gotas frías de la lluvia
y a la luz funeral de los relámpagos!
Mi juventud, herida ya de muerte,
empieza a agonizar entre mis brazos,
sin que la puedan reanimar mis besos,
sin que la puedan consolar mis cantos.
Y al ver, en su semblante cadavérico,
de sus pupilas el fulgor opaco
—igual al de un espejo desbruñido—,
siento que el corazón sube a mis labios,
cual si en mi pecho la rodilla hincara
joven titán de miembros acerados.
Para olvidar entonces las tristezas
que, como nube de voraces pájaros
al fruto de oro entre las verdes ramas,
dejan mi corazón despedazado,
refúgiome del Arte en los misterios
o de la hermosa Aspasia entre los brazos.
Guardo siempre, en el fondo de mi alma,
cual hostia blanca en cáliz cincelado,
la purísima fe de mis mayores,
que por ella, en los tiempos legendarios,
subieron a la pira del martirio,
con su firmeza heroica de cristianos,
la esperanza del cielo en las miradas
y el perdón generoso entre los labios.
Mi espíritu, voluble y enfermizo,
lleno de la nostalgia del pasado,
ora ansía el rumor de las batallas,
ora la paz de silencioso claustro,
hasta que pueda despojarse un día,
—como un mendigo del postrer andrajo—
del pesar que dejaron en su seno
los difuntos ensueños abortados.
Indiferente a todo lo visible,
ni el mal me atrae, ni ante el bien me extasío,
como si dentro de mi ser llevara
el cadáver de un Dios, ¡de mi entusiasmo!
Libre de abrumadoras ambiciones,
soporto de la vida el rudo fardo,
porque me alienta el formidable orgullo
de vivir, ni envidioso ni envidiado,
persiguiendo fantásticas visiones,
mientras se arrastran otros por el fango
para extraer un átomo de oro
del fondo pestilente de un pantano.
A José María de Céspedes
Al resplandor incierto de los cirios
que, en el altar del templo solitario,
arden, vertiendo en las oscuras naves
pálida luz que, con fulgor escaso,
brilla y se extingue entre la densa sombra;
en medio de esa paz y de ese santo
recogimiento que hasta el alma llega;
allí, do acude el corazón llagado
a sanar sus heridas; do renace
la muerta fe de los primeros años;
allí do un Cristo con amor extiende
desde la cruz al pecador sus brazos;
de fervorosa devoción henchida,
el níveo rostro en lágrimas bañado,
la vi postrada ante el altar, de hinojos,
clemencia a Dios y olvido demandando.
De sus mórbidas formas, el ropaje
adivinar dejaba los encantos,
como las sombras de ondulante nube
de blanca Luna el ambarino rayo.
Sus ebúrneas mejillas transparentes
conservaban aún el sonrosado
tinte que ostentan las camelias blancas,
al florecer en la estación de Mayo.
Brotaba de sus labios el aroma
de las fragantes flores del naranjo,
y, en actitud angélica, elevaba
hacia el Señor las suplicantes manos.
Cuando el reloj que asoma por la parda
torre del gigantesco campanario,
puebla el aire de acordes vibraciones,
hiriendo el duro bronce, acompasado,
para anunciar la misteriosa hora
de media noche a los mortales; cuando
las castas hijas del Señor reposan
en apacible sueño; y, solitario,
pavor infunde al ánimo atrevido,
con su imponente gravedad el claustro;
ella entonces las naves atraviesa
envuelta en negro, vaporoso manto,
y se prosterna, con fervor ardiente,
ante el altar del Dios crucificado.
Allí contrita reza: ¡reza y llora!
Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?
¿Es porque mira de la cruz pendiente
tu cuerpo moribundo, ensangrentado,
Salvador inmortal? ¿Es que te pide
perdón para sus culpas? ¿Será acaso
que, en pugna lo divino y lo terreno
en su alma virginal, triunfa, del santo
amor a que la ardiente fe la inclina,
el terrenal amor nunca olvidado?
¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra
del corazón el insondable arcano?
¿Quién puede descender hasta ese abismo
donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida
deja escapar de sus divinos labios
esta plegaria que a los cielos sube
bajo las formas de armonioso canto:
«—Cuando el aura de amor embalsamaba
de mi vida las quince primaveras
y, en mi mente febril, revoloteaba
áureo enjambre de fúlgidas quimeras;
«cuando la juventud y la ventura
me prodigaban sus mejores dones,
y al poder de mi angélica hermosura
vi doblegarse altivos corazones;
«cuando del mundo en el sendero, hollaba
blandas alfombras de fragantes flores,
y mi virgínea frente coronaba
la diadema inmortal de los amores;
«la muerte arrebató con saña impía
aquél que, de la vida en los vergeles,
al conquistar mi corazón un día
conquistaba del arte los laureles;
«yo, dando mi postrer adiós al mundo,
te consagré la flor de mi inocencia,
y abismada en tu amor santo y profundo
en ti busqué la paz de la existencia.
«Mas como alterna con la noche el día
y con las tempestades la bonanza,
¡oh, Dios!, alterna así en el alma mía
con tu amor otro amor sin esperanza.
«En el día, en la noche, a cada hora
la imagen de ese amor se me presenta,
como brillante resplandor de aurora
en mi sombría noche de tormenta.
«Es tan bella, ¡Señor!, de tal encanto
revestida a mis ojos aparece,
que anubla mis pupilas triste llanto
si alguna vez en sombras desparece.
«Haz que ese ardiente amor que me cautiva
muera en mi corazón, ¡Dios soberano!,
y que solo en mi alma tu amor viva
sin el consorcio del amor mundano».
Así dijo; dos lágrimas ardientes
por sus blancas mejillas resbalaron,
cual resbalan las gotas de rocío
por el cáliz del lirio perfumado.
En el fondo del alma, los recuerdos
las sombras del olvido disipando,
hacen surgir, esplendorosa y bella,
la imagen inmortal de su adorado.
Pugna por desecharla, ¡anhelo inútil!
Vuelve otra vez a orar, ¡esfuerzo vano!
Que al dirigir sus encendidos ojos
al altar que sostiene al Cristo santo,
aun a través del mismo crucifijo
aparece la imagen de su amado.
En féretro luciente, tachonado
de brillantes estrellas de oro y plata,
en hombros el cadáver conducían
de mi hermosa adorada.
Sus virginales y marmóreas sienes
fragantes azucenas coronaban,
que sus níveas corolas entreabrían
al beso de las auras.
Sus labios de carmín, que afrenta fueron
de las fragantes rosas encarnadas,
el morado matiz de las violetas
ya cárdenos mostraban.
Su inanimado cuerpo revestía,
de raso y oro espléndida mortaja,
cubierta con un velo vaporoso
de transparente gasa.
Por sus vidriosos y entornados ojos,
traspasando el festón de sus pestañas,
un trémulo fulgor aparecía
que me llegó hasta el alma.
Al recorrer el féretro las calles,
curiosa muchedumbre se agrupaba
con ansia de admirar, por vez postrera,
su beldad celebrada.
De cada corazón, tristes suspiros,
al contemplar su rostro, se escapaban;
de las pupilas, lágrimas ardientes,
de los labios, plegarias.
Al traspasar el fúnebre recinto
de los que fueron con osada planta,
el cuerpo me temblaba, como tiemblan
las hojas en las ramas.
Y antes de que a la fosa descendiese
el gélido cadáver de mi amada,
para darle mi adiós, por vez postrera,
quise otra vez mirarla.
La lloré, sin que el llanto de mis pupilas
en abrasantes gotas asomara;
le hablé, sin que a mis labios afluyera
una sola palabra.
Uní mi boca con su yerta boca;
estreché convulsivo su garganta,
y en aquel triste abrazo y mudo beso
la dejé toda el alma.
Sentada al pie del robusto
tronco de frondosa ceiba,
cuyas ramas tembladoras,
de verdes hojas cubiertas,
ya se levantan al cielo,
ya se inclinan a la tierra,
encontré una pobre anciana
abandonada y enferma,
pálida como la muerte,
triste como la miseria.
Asomaba a sus pupilas
la medrosa luz incierta
que irradian en el ocaso
las moribundas estrellas,
y a su semblante marchito
la glacial indiferencia
que en la ancianidad temida
del corazón se apodera
para hacer breves las dichas
y eternales las tristezas.
En vano ante sus miradas
errantes y soñolientas,
la creación esplendente
ostentaba sus bellezas:
y ni el canto de las aves
ocultas en la arboleda;
ni los purpurinos rayos
del Sol rasgando la niebla;
ni las áureas mariposas
temblando en las azucenas;
ni las nacaradas nubes
de las regiones aéreas;
ni los primeros aromas
de los lirios y violetas,
despertaban en su alma
una esperanza risueña,
de esas cuya luz brillante
a nuestros ojos presentan
mucho más azul el cielo,
mucho más verde la tierra.
Todo para ella estaba
circundado de tinieblas,
como su mente sombría
de crueles recuerdos llena,
y entre las huesosas manos
escondía su cabeza
que a la tierra se inclinaba,
como si buscase en ella
término a su desventura,
principio a una paz eterna.
No pudiendo consolarla
en su infortunio y pobreza,
apartéme de su lado,
y al volver más tarde a verla,
tendida la hallé en un lecho
formado con hojas secas,
caído el rígido cuello
sobre ennegrecida piedra,
lívido el rostro arrugado,
oculta en ropas mugrientas,
los párpados entreabiertos,
húmedas las blancas greñas.
Los pajarillos cantaban
una canción lastimera...
¡Solo la ceiba frondosa
lloraba a la anciana muerta!