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Julián del Casal

Poemas
Edición de Ángel Augier

Créditos

ISBN rústica: 978-84-96290-98-3.

ISBN ebook: 978-84-9897-965-7.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 15

La vida 15

Los modernistas y los modernos. La líneas de fuga 15

HOJAS AL VIENTO 17

Introducción 19

Autobiografía 20

Amor en el claustro 23

Del libro negro 27

Acuarela 29

Tras la ventana 32

La nube 35

Nocturno 36

El eco 38

Invernal 39

Mis amores 41

Lazos de amor 42

Ausencia 44

El puente 46

El anhelo del monarca 47

Confidencia 49

El adiós del polaco 50

La mayor tristeza 53

Las palomas 54

Quimeras 55

La urna 57

El arte 58

A Olimpia 59

El anhelo de una rosa 61

Nocturno 62

Todavía 65

Engañada 66

Ofrenda
En la tumba de un poeta 67

Desolación 68

El sueño en el desierto 69

Mensaje
En un álbum 70

En el mar 71

Estatua de carne 72

La pena 73

Madrigal
En un álbum 74

La última noche 75

Fatuidad póstuma 76

A Berta 77

Vespertino 79

La canción del torero 80

In Memoriam 82

Croquis Perdido 85

Idilio realista 86

I 86

II 87

A los estudiantes 89

Adiós al Brasil del emperador don Pedro II 90

Post Umbra 93

La canción de la morfina 95

La perla 98

I 98

II 98

Versos azules 99

NIEVE 101

Introducción 103

BOCETOS ANTIGUOS 105

Las oceánidas 107

I 107

II 108

III 108

IV 110

Bajo relieve 111

La muerte de moisés 113

I 113

II 114

III 115

IV 116

V 117

La agonía de Petronio 119

El camino de Damasco 121

MI MUSEO IDEAL 123

Vestíbulo 125

I. Salomé 126

II. La aparición 127

III. Prometeo 128

IV. Galatea 129

V. Elena 130

VI. Hércules ante la hidra 131

VII. Venus anadyomena 132

VIII. Una peri 133

IX. Júpiter y Europa 134

X. Hércules y las estinfálides 135

Sueño de gloria 136

CROMOS ESPAÑOLES 141

Una maja 143

Un torero 144

Un fraile 145

MARFILES VIEJOS 147

Tristissima Nox 149

A un amigo 150

Al mismo 151

Pax Animæ 152

A mi madre 153

Mi padre 154

Paisaje espiritual 155

A la primavera 156

A un crítico 157

A la castidad 158

Al juez supremo 159

Flor de cieno 160

Inquietud 161

A un dictador 162

Tras una enfermedad 163

En un hospital 164

LA GRUTA DEL ENSUEÑO 165

Ante el retrato de Juana Samary 167

Camafeo 169

Blanco y negro 171

I 171

II 171

Flores 173

Vespertino 174

I 174

II 174

Kakemono 176

Envío 179

Nostalgias 180

I 180

II 180

III 182

La reina de la sombra 183

Paisaje de verano 186

Flores de éter 187

Mi ensueño 190

Canción 191

Al carbón 192

En un álbum 193

Canas 194

Medallón 195

Horridum Somnium 197

RIMAS 201

A la belleza 203

Crepuscular 205

Nihilismo 206

Marina 208

Obstinación 209

Bohemios 210

Sourimono 212

Coquetería 213

Rondeles 214

I 214

II 214

III 214

La sotana 216

Nocturno 217

Recuerdo de la infancia 218

¡O altitudo! 220

Vieja historia 221

A un héroe 223

La cólera del infante 224

Profanación 226

Medioeval 227

Las alamedas 228

Día de fiesta 230

Páginas de vida 231

Preocupación 234

Ægri Somnia 235

Neurosis 236

Sensaciones 238

Dolorosa 239

I 239

II 240

III 241

Voe Soli 242

Esquivez 243

A un poeta 245

Laus Noctis 246

Ruego 248

Para una muerta... 249

Oración 252

Virgen triste 253

Las horas 255

En el campo 256

Enrique Gómez Carrillo 258

Tardes de lluvia 259

Un santo 261

El hijo espurio 262

Cuerpo y alma 263

I 263

II 264

Envío 266

Libros a la carta 269

Brevísima presentación

La vida

Julián del Casal (1863-1893). Cuba.

Nació en La Habana el 7 de noviembre de 1863. Su infancia estuvo marcada por la muerte de su madre en 1868.

No terminó sus estudios de leyes y se dedicó a la literatura.

Más tarde viajó a España con el deseo de visitar París. Pero nunca consiguió su propósito.

A su regreso a Cuba trabajó como escribiente en la Intendencia de Hacienda y como corrector y periodista. Su primer libro, Hojas al viento, fue publicado en 1890. En 1892 apareció Nieve y su volumen póstumo, Bustos y rimas, en 1893.

Es uno de los más relevantes poetas del modernismo junto a Martí, Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva.

Murió la noche del 21 de octubre de 1893, durante una velada entre amigos, de una rotura de un aneurisma provocada por un ataque de risa.

Los modernistas y los modernos. La líneas de fuga

Casal es un precursor del modernismo. Sin embargo, es también una figura conflictiva que resultaba desconcertante en medio de los movimientos independentistas de la Cuba del siglo XIX.

En este sentido cabe recordar el encuentro de Casal con Antonio Maceo (líder militar de la insurrección cubana) como un extraño diálogo entre los ideales de libertad política y los ideales de libertad individual, de expresión del individuo hasta sus últimas consecuencias. Casal tenía que hablar de las virtudes «estéticas» del militar, referirse a él en términos literarios (tal vez para reservar a la poesía un espacio en la República que se estaba gestando). Solo así un país ansioso de hacer de la política su único eje de reflexión podría respetar, en su dimensión más personal, a un poeta excéntrico y sofisticado sin exigirle una implicación violenta en la historia nacional. No podía ser de otra manera siendo Casal alguien capaz de escribir estos versos:

Hastiada de reinar con la hermosura

que te dio el cielo, por nativo dote,

pediste al arte su potente auxilio

para sentir el anhelado goce

de ostentar la hermosura de las hijas

del país de los anchos quitasoles

Por otra parte, la voluntad manifiesta de Casal de vivir como un hombre de letras, entregado a sus fantasías y a su hedonismo, y el estilo de algunas de sus prosas y poemas, anticipa el neobarroco de autores como Carpentier y Lezama.

HOJAS AL VIENTO

PRIMERAS POESÍAS

(1890)

A Ricardo Del Monte,

al muy querido y muy venerado maestro,

dedica sus primeros versos.

J. del C.

Introducción

Árbol de mi pensamiento,

lanza tus hojas al viento

del olvido,

que, al volver las primaveras,

harán en ti las quimeras

nuevo nido;

y saldrán de entre tus hojas,

en vez de amargas congojas,

las canciones

que en otro Mayo tuvistes,

para consuelo de tristes

corazones.

Autobiografía

Nací en Cuba. El sendero de la vida

firme atravieso, con ligero paso,

sin que encorve mi espalda vigorosa

la carga abrumadora de los años.

Al pasar por las verdes alamedas,

cogido tiernamente de la mano,

mientras cortaba las fragantes flores

o bebía la lumbre de los astros,

vi la Muerte, cual pérfido bandido,

abalanzarse rauda ante mi paso

y herir a mis amantes compañeros,

dejándome, en el mundo, solitario.

¡Cuán difícil me fue marchar sin guía!

¡Cuántos escollos ante mí se alzaron!

¡Cuán ásperas hallé todas las cuestas!

Y ¡cuán lóbregos todos los espacios!

¡Cuántas veces la estrella matutina

alumbró, con fulgores argentados,

la huella ensangrentada que mi planta

iba dejando, en los desiertos campos,

recorridos en noches tormentosas,

entre el fragor horrísono del rayo,

bajo las gotas frías de la lluvia

y a la luz funeral de los relámpagos!

Mi juventud, herida ya de muerte,

empieza a agonizar entre mis brazos,

sin que la puedan reanimar mis besos,

sin que la puedan consolar mis cantos.

Y al ver, en su semblante cadavérico,

de sus pupilas el fulgor opaco

—igual al de un espejo desbruñido—,

siento que el corazón sube a mis labios,

cual si en mi pecho la rodilla hincara

joven titán de miembros acerados.

Para olvidar entonces las tristezas

que, como nube de voraces pájaros

al fruto de oro entre las verdes ramas,

dejan mi corazón despedazado,

refúgiome del Arte en los misterios

o de la hermosa Aspasia entre los brazos.

Guardo siempre, en el fondo de mi alma,

cual hostia blanca en cáliz cincelado,

la purísima fe de mis mayores,

que por ella, en los tiempos legendarios,

subieron a la pira del martirio,

con su firmeza heroica de cristianos,

la esperanza del cielo en las miradas

y el perdón generoso entre los labios.

Mi espíritu, voluble y enfermizo,

lleno de la nostalgia del pasado,

ora ansía el rumor de las batallas,

ora la paz de silencioso claustro,

hasta que pueda despojarse un día,

—como un mendigo del postrer andrajo—

del pesar que dejaron en su seno

los difuntos ensueños abortados.

Indiferente a todo lo visible,

ni el mal me atrae, ni ante el bien me extasío,

como si dentro de mi ser llevara

el cadáver de un Dios, ¡de mi entusiasmo!

Libre de abrumadoras ambiciones,

soporto de la vida el rudo fardo,

porque me alienta el formidable orgullo

de vivir, ni envidioso ni envidiado,

persiguiendo fantásticas visiones,

mientras se arrastran otros por el fango

para extraer un átomo de oro

del fondo pestilente de un pantano.

Amor en el claustro

A José María de Céspedes

Al resplandor incierto de los cirios

que, en el altar del templo solitario,

arden, vertiendo en las oscuras naves

pálida luz que, con fulgor escaso,

brilla y se extingue entre la densa sombra;

en medio de esa paz y de ese santo

recogimiento que hasta el alma llega;

allí, do acude el corazón llagado

a sanar sus heridas; do renace

la muerta fe de los primeros años;

allí do un Cristo con amor extiende

desde la cruz al pecador sus brazos;

de fervorosa devoción henchida,

el níveo rostro en lágrimas bañado,

la vi postrada ante el altar, de hinojos,

clemencia a Dios y olvido demandando.

De sus mórbidas formas, el ropaje

adivinar dejaba los encantos,

como las sombras de ondulante nube

de blanca Luna el ambarino rayo.

Sus ebúrneas mejillas transparentes

conservaban aún el sonrosado

tinte que ostentan las camelias blancas,

al florecer en la estación de Mayo.

Brotaba de sus labios el aroma

de las fragantes flores del naranjo,

y, en actitud angélica, elevaba

hacia el Señor las suplicantes manos.

Cuando el reloj que asoma por la parda

torre del gigantesco campanario,

puebla el aire de acordes vibraciones,

hiriendo el duro bronce, acompasado,

para anunciar la misteriosa hora

de media noche a los mortales; cuando

las castas hijas del Señor reposan

en apacible sueño; y, solitario,

pavor infunde al ánimo atrevido,

con su imponente gravedad el claustro;

ella entonces las naves atraviesa

envuelta en negro, vaporoso manto,

y se prosterna, con fervor ardiente,

ante el altar del Dios crucificado.

Allí contrita reza: ¡reza y llora!

Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?

¿Es porque mira de la cruz pendiente

tu cuerpo moribundo, ensangrentado,

Salvador inmortal? ¿Es que te pide

perdón para sus culpas? ¿Será acaso

que, en pugna lo divino y lo terreno

en su alma virginal, triunfa, del santo

amor a que la ardiente fe la inclina,

el terrenal amor nunca olvidado?

¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra

del corazón el insondable arcano?

¿Quién puede descender hasta ese abismo

donde se mezclan el placer y el llanto?

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida

deja escapar de sus divinos labios

esta plegaria que a los cielos sube

bajo las formas de armonioso canto:

«—Cuando el aura de amor embalsamaba

de mi vida las quince primaveras

y, en mi mente febril, revoloteaba

áureo enjambre de fúlgidas quimeras;

«cuando la juventud y la ventura

me prodigaban sus mejores dones,

y al poder de mi angélica hermosura

vi doblegarse altivos corazones;

«cuando del mundo en el sendero, hollaba

blandas alfombras de fragantes flores,

y mi virgínea frente coronaba

la diadema inmortal de los amores;

«la muerte arrebató con saña impía

aquél que, de la vida en los vergeles,

al conquistar mi corazón un día

conquistaba del arte los laureles;

«yo, dando mi postrer adiós al mundo,

te consagré la flor de mi inocencia,

y abismada en tu amor santo y profundo

en ti busqué la paz de la existencia.

«Mas como alterna con la noche el día

y con las tempestades la bonanza,

¡oh, Dios!, alterna así en el alma mía

con tu amor otro amor sin esperanza.

«En el día, en la noche, a cada hora

la imagen de ese amor se me presenta,

como brillante resplandor de aurora

en mi sombría noche de tormenta.

«Es tan bella, ¡Señor!, de tal encanto

revestida a mis ojos aparece,

que anubla mis pupilas triste llanto

si alguna vez en sombras desparece.

«Haz que ese ardiente amor que me cautiva

muera en mi corazón, ¡Dios soberano!,

y que solo en mi alma tu amor viva

sin el consorcio del amor mundano».

Así dijo; dos lágrimas ardientes

por sus blancas mejillas resbalaron,

cual resbalan las gotas de rocío

por el cáliz del lirio perfumado.

En el fondo del alma, los recuerdos

las sombras del olvido disipando,

hacen surgir, esplendorosa y bella,

la imagen inmortal de su adorado.

Pugna por desecharla, ¡anhelo inútil!

Vuelve otra vez a orar, ¡esfuerzo vano!

Que al dirigir sus encendidos ojos

al altar que sostiene al Cristo santo,

aun a través del mismo crucifijo

aparece la imagen de su amado.

Del libro negro

En féretro luciente, tachonado

de brillantes estrellas de oro y plata,

en hombros el cadáver conducían

de mi hermosa adorada.

Sus virginales y marmóreas sienes

fragantes azucenas coronaban,

que sus níveas corolas entreabrían

al beso de las auras.

Sus labios de carmín, que afrenta fueron

de las fragantes rosas encarnadas,

el morado matiz de las violetas

ya cárdenos mostraban.

Su inanimado cuerpo revestía,

de raso y oro espléndida mortaja,

cubierta con un velo vaporoso

de transparente gasa.

Por sus vidriosos y entornados ojos,

traspasando el festón de sus pestañas,

un trémulo fulgor aparecía

que me llegó hasta el alma.

Al recorrer el féretro las calles,

curiosa muchedumbre se agrupaba

con ansia de admirar, por vez postrera,

su beldad celebrada.

De cada corazón, tristes suspiros,

al contemplar su rostro, se escapaban;

de las pupilas, lágrimas ardientes,

de los labios, plegarias.

Al traspasar el fúnebre recinto

de los que fueron con osada planta,

el cuerpo me temblaba, como tiemblan

las hojas en las ramas.

Y antes de que a la fosa descendiese

el gélido cadáver de mi amada,

para darle mi adiós, por vez postrera,

quise otra vez mirarla.

La lloré, sin que el llanto de mis pupilas

en abrasantes gotas asomara;

le hablé, sin que a mis labios afluyera

una sola palabra.

Uní mi boca con su yerta boca;

estreché convulsivo su garganta,

y en aquel triste abrazo y mudo beso

la dejé toda el alma.

Acuarela

Sentada al pie del robusto

tronco de frondosa ceiba,

cuyas ramas tembladoras,

de verdes hojas cubiertas,

ya se levantan al cielo,

ya se inclinan a la tierra,

encontré una pobre anciana

abandonada y enferma,

pálida como la muerte,

triste como la miseria.

Asomaba a sus pupilas

la medrosa luz incierta

que irradian en el ocaso

las moribundas estrellas,

y a su semblante marchito

la glacial indiferencia

que en la ancianidad temida

del corazón se apodera

para hacer breves las dichas

y eternales las tristezas.

En vano ante sus miradas

errantes y soñolientas,

la creación esplendente

ostentaba sus bellezas:

y ni el canto de las aves

ocultas en la arboleda;

ni los purpurinos rayos

del Sol rasgando la niebla;

ni las áureas mariposas

temblando en las azucenas;

ni las nacaradas nubes

de las regiones aéreas;

ni los primeros aromas

de los lirios y violetas,

despertaban en su alma

una esperanza risueña,

de esas cuya luz brillante

a nuestros ojos presentan

mucho más azul el cielo,

mucho más verde la tierra.

Todo para ella estaba

circundado de tinieblas,

como su mente sombría

de crueles recuerdos llena,

y entre las huesosas manos

escondía su cabeza

que a la tierra se inclinaba,

como si buscase en ella

término a su desventura,

principio a una paz eterna.

No pudiendo consolarla

en su infortunio y pobreza,

apartéme de su lado,

y al volver más tarde a verla,

tendida la hallé en un lecho

formado con hojas secas,

caído el rígido cuello

sobre ennegrecida piedra,

lívido el rostro arrugado,

oculta en ropas mugrientas,

los párpados entreabiertos,

húmedas las blancas greñas.

Los pajarillos cantaban

una canción lastimera...

¡Solo la ceiba frondosa

lloraba a la anciana muerta!