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Félix Tanco y Bosmeniel

Petrona y Rosalía

Créditos

ISBN rústica: 978-84-9953-373-5.

ISBN ebook: 978-84-9953-372-8.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 7

La vida 7

I 9

II 17

Libros a la carta 37

Brevísima presentación

La vida

Félix Tanco y Bosmeniel (Bogotá, 1797-Long Island, Estados Unidos, 1871).

Muy joven se trasladó con su familia a Cuba. Amigo de Domingo del Monte desde 1819, asistió a sus tertulias, mantuvo con éste una extensa correspondencia y polemizó con distinguidas figuras cubanas de su tiempo. En 1844 fue encarcelado por abolicionista.

Félix Tanco y Bosmeniel colaboró en el El Iris, en El Plantel, la Revista de La Habana, La Aurora de Matanzas, El Amigo del Pueblo, y Brisas de Cuba, entre otras revistas. Algunos de sus poemas fueron incluidos por Ignacio Herrera Dávila en el libro Rimas americanas (1833).

En 1838 terminó su breve novela Petrona y Rosalía de tema antiesclavista. Desde ese mismo año circuló manuscrita y no fue publicada hasta 1925 en la revista Cuba Contemporánea. Esta obra formaba parte de una serie de novelas titulada Escenas de la vida privada en la Isla de Cuba.

En 1869 Félix Tanco y Bosmeniel se trasladó a Nueva York donde murió unos años más tarde.

I

¿Han puesto la berlina? Pues me voy.

Hice ya tres visitas. A comer.

Traigan barajas. Ya jugué. Perdí.

Pongan el tiro. Al campo; y a comer.

Ya doña Eulalia esperará por mí.

Dio la una. A cenar y a recoger.

¿Y éste es un racional? Dicen que sí.

Iriarte

Arrellanados estaban en dos poltronas y en un espacioso comedor de su propia casa el señor don Antonio Malpica y Lozano y su señora doña Concepción Sandoval Buendía, regalándose ambos con la fresca brisa que en los meses abrasadores de la canícula suele levantarse a velar entre diez y once de la noche, para consuelo de los que vivimos en Cuba sudando y jadeando con los calores de la estación.

Eran estos dos personajes de familia noble y rica de La Habana, aunque, respecto de lo primero, se hablaba de sus mayores como de gente advenediza que había pertenecido al vulgo de España y no a ninguna casa solariega. Pero sea de esto lo que fuere, nosotros los dejaremos o los tendremos en el concepto de los más rancios linajudos de la monarquía, importando muy poco o nada a nuestra historia que pertenezcan a tal o cual categoría de la sociedad.

—¿Sabes —dijo doña Concepción a su marido hablando de cosas domésticas—, que la negra Petrona, si no está embarazada, lo sospecho mucho?

—Puede ser que lo esté —contestó don Antonio bostezando.

—Hombre, admiro tu frescura.

—Pero qué le hemos de hacer, Conchita: si está embarazada, como tú sospechas, quiere decir que parirá; que tendremos un esclavo más o un esclavo menos, o tendremos paciencia.

—¿Y qué, tú te figuras que yo tolere semejante desvergüenza de la negra?

—Yo no digo que la toleres; lo que digo es que qué remedio.

—¿Qué remedio? Mandarla en el acto a Santa Lucía y recomendársela al mayoral para que le ajuste las cuentas, y que para allá en un bohío.

—Pero hija, considera que hace catorce años que nos sirve esta negra con la mayor formalidad y que, la pobre, la única tacha que ha descubierto ahora es la de ser enamorada.

—Pues, hijo, que se vaya al ingenio, que allí tiene bastantes negros galanes que la enamoren. En mi casa no pare: desde ahora te lo digo para que luego no tengamos tragedias. Yo no puedo permitir escándalos en mi casa, de esta clase: tenemos un hijo que no es ya niño de pecho y no es regular que vea estas indecencias.

—Pero mujer, no te acalores, con mandar la negra al ingenio está el cuento concluido.

—Mandarla, y que le den un bocabajo.

—Bien, se le dará el bocabajo, ¿y qué otra cosa?

—Nada más. Vaya una negra sinvergüenza. ¿Y quién será el amartelado que le ha hecho la buena obra?

—El demonio, ¿quién se mete en estas averiguaciones?

Al llegar aquí, dieron las once de la noche y levantándose los dos esposos en sana paz, y conformes en lo que había de hacerse con Petrona, se recogieron en su aposento.

Corridos cuatro meses ya, se conoció distintamente el embarazo de la esclava y que la señora doña Concepción no se había equivocado en sus malicias. Firme en el propósito de mandarla a Santa Lucía, se lo dijo a su marido en sazón de estar en la casa el arriero del ingenio con tres mulos, que debía retornar a las seis de la mañana siguiente. Don Antonio oyó a su mujer con calma y le contestó de conformidad; pero le dijo que se le dispensaría a Pe trona el bocabajo, pues harta pena iba a sufrir con meter caña en el trapiche y aguantar los cuerazos del mayoral.