Grandes
tesoros ocultos
Grandes
tesoros ocultos
JAVIER MARTÍNEZ-PINNA

Colección: Historia Incógnita
www.historiaincognita.com
Título: Grandes tesoros ocultos
Autor: © Javier Martínez-Pinna López
Copyright de la presente edición: © 2015 Ediciones Nowtilus, S.L.
Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid
www.nowtilus.com
Elaboración de textos: Santos Rodríguez
Revisión y adaptación literaria: Teresa Escarpenter
Responsable editorial: Isabel López-Ayllón Martínez
Maquetación: Patricia T. Sánchez Cid
Diseño y realización de cubierta: Universo Cultura y Ocio
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
ISBN edición digital: 978-84-9967-682-1
Fecha de edición: Marzo 2015
Depósito legal: M-638-2015
La razón es un sol severo; ilumina pero ciega.
Romain Rolland
Para Ade, Sofía y Elena
En 2013, el Instituto Inkari Cusco asombró al mundo al revelar la existencia de un gran mausoleo subterráneo situado en el yacimiento de Machu Picchu, uno de los más importantes del continente americano.
Su descubrimiento fue posible gracias al ingeniero francés David Crespy, un enamorado de la historia y la arqueología de los pueblos precolombinos, cuando, en uno de sus muchos viajes a este enclave repleto de misterios, creyó distinguir, en la parte central del complejo ceremonial, los restos de una muralla en donde se apreciaba la existencia de una pequeña apertura que hasta ese momento había pasado desapercibida.
No lo dudó ni un solo instante. Inmediatamente se puso en contacto con un arqueólogo llamado Thierry Jamin, también francés, conocido por su obsesión por la búsqueda de una ciudad perdida, la de Paititi, que muchos han relacionado con el mítico El Dorado. En un correo electrónico, le planteó la posibilidad de que un enorme tesoro estuviera esperando ser descubierto, y por eso Jamin viajó hasta el Perú, para ponerse al frente del Instituto Inkari y así realizar una resonancia electromagnética cuyos resultados fueros sorprendentes.
En primer lugar, se pudo determinar la existencia de una gran cámara funeraria en donde podría encontrarse oro y plata en abundancia. También se observó una estructura subterránea, con una decena de cavidades, cuya utilidad pudo ser funeraria, algunas de ellas tan pequeñas que parecían destinadas a niños. Finalmente, se pudo intuir, detrás de esta puerta de acceso, la presencia de una escalera, posiblemente forrada de oro, orientada hacia el recinto principal.
Según Jamin, las características de esta enorme sepultura, los materiales empleados, así como el largo período de tiempo utilizado para su construcción, nos sugieren la presencia de un personaje importante en el interior de la cámara. Evidentemente, no podía tratarse de un simple sacerdote, más bien parecía la morada de una panaca real, que por su majestuosidad bien pudo pertenecer a Pachacuti, el auténtico forjador del Imperio inca.
Desde entonces, las autoridades peruanas guardaron un cauto silencio para intentar que la noticia pasase lo más inadvertidamente posible y así tener el tiempo suficiente para desarrollar una investigación seria y rigurosa, sin la intromisión de molestos aventureros y cazatesoros que, sin duda, no tardarían en presentarse en el lugar para tratar de resolver el enigma.
Muy lejos de allí, casi en la otra parte del mundo, un equipo de arqueólogos continuaba excavando en el que se ha venido considerando el sepulcro más grande de la Europa suroriental. La tumba de Amfípolis se sitúa sobre un enorme túmulo de quinientos metros de perímetro y tiene una datación que nos lleva a los momentos finales del siglo IV a. C. Su majestuosidad es tal que la directora de las excavaciones, Katerina Peristeri, llegó a afirmar que no existía otra como esta en toda la región situada entre Grecia y los Balcanes. Según pudieron comprobar, al frente de su construcción estuvo uno de los asesores de Alejandro Magno, un arquitecto y urbanista griego llamado Dinócrates, que logró realizar una tumba diez veces superior a la del padre del conquistador macedonio, Filipo II, hallada en 1977 en Vergina.
La polémica no tardó en aparecer. Mientras los arqueólogos continuaban con sus investigaciones, comenzaron a aparecer hipótesis sobre la identidad del individuo que ocuparía este sepulcro. En un principio se pensó en el almirante Nearco, pero el tamaño y esplendor de la tumba hizo pensar que esta tuvo que estar destinada a alguien más importante, tal vez a Roxana y Alejandro IV, mujer e hijo del conquistador, aunque los últimos descubrimientos llevaron a algunos a proponer al mismo Alejandro como el propietario de esta tumba, cuya cámara funeraria no ha sido todavía descubierta.
En los últimos meses, las excavaciones han permitido descubrir un pavimento formado por una serie de trozos de mármol blanco sobre una superficie rojiza, situado en una antecámara a la que se llegó después de retirar unos grandes bloques de piedra que sellaban su entrada. Una vez dentro, lograron encontrar un orificio en la parte posterior de la habitación que parecía indicar que, al menos este espacio, había sido profanado por los ladrones de tumbas.
Los trabajos de excavación siguieron su curso, hasta que en 2014 un nuevo descubrimiento provocó una gran sorpresa entre todos aquellos que, después de tantos siglos, siguen buscando el cuerpo momificado del macedonio. Tras retirar la tierra que cubría la tercera cámara del recinto, encontraron un dintel de mármol blanco de poco más de un metro de anchura en la puerta del muro que, casi con toda probabilidad, conduciría a la cuarta cámara. Esta nueva entrada era más estrecha que las otras puertas y, además, estaba situada en la parte izquierda del muro y a un nivel inferior de las anteriores, por lo que era factible que el recorrido de la estructura funeraria pudiera empezar a descender hasta llegar a la cámara en donde, a día de hoy, podrían encontrarse los restos de uno de los personajes más trascendentales de toda nuestra historia, acompañado, eso sí, por un enorme ajuar funerario digno de su importancia.
Estos y otros misterios volvieron a poner de moda una actividad que siempre ha estado presente desde nuestra más remota antigüedad: la búsqueda de un tesoro oculto. A mí, en cambio, me transportó hacia esos lejanos días en los que, junto con mis entrañables amigos Miguel Ángel Toledo y Ramón Baña, esperábamos ansiosos el sonido de aquella estridente campana que anunciaba el final de nuestras clases. Pero ese molesto timbre no sólo nos advertía de que había llegado la hora de abandonar nuestro colegio. Para nosotros era la señal de aviso para poder sumergirnos en nuevas aventuras, mientras recorríamos el árido y pedregoso descampado que rodeaba el Colegio Sagrados Corazones de Alicante. Allí, soñábamos con lugares exóticos y con misterios ocultos, y hacíamos caso omiso de los prudentes consejos que nos recomendaban centrarnos más en nuestros estudios. Tal vez tenían razón, pero, a pesar de todo, recuerdo esos momentos con mis inolvidables compañeros como unos de los más felices de mi vida, aquellos en los que la imaginación nos hacía trascender del mundo y de unas responsabilidades que por aquel entonces aún no podíamos comprender.
Es curioso, pero ahora, visto desde una perspectiva distinta, no puedo dejar de pensar en que fue en esos mismos instantes cuando más cerca estuve de comprender la auténtica naturaleza y la esencia de un ser humano, que desde el principio se ha sentido atraído por conocer la realidad de todo lo que le rodea. Porque la comprensión de esa indescriptible dinámica que mueve nuestras vidas, también la historia, depende no sólo de un mero ejercicio de racionalismo basado en unos datos objetivos. Las sensaciones, el instinto y la imaginación son fundamentales para no perder ese fascinante afán de saber que está detrás de todo avance significativo en el inabarcable campo del conocimiento humano.
Con estas premisas me dispuse a escribir este nuevo ensayo, porque la auténtica búsqueda de un tesoro ya no debe interpretarse como un mero acto de racionalidad orientado a la consecución de una importante fortuna, sino como un impulso pasional por comprender alguno de los episodios más desconocidos de nuestro pasado. Por eso, la búsqueda de estos tesoros ha cautivado la imaginación de todo tipo de investigadores, no sólo por su valor material, sino especialmente por sus significados histórico, religioso y mágico, acompañados por el deseo inherente del investigador de llegar más lejos mediante la realización de un largo y enigmático viaje iniciático.
Todo ello unido al irrefrenable afán por hacerse con un mineral, el oro, utilizado desde tiempos inmemoriales para la elaboración de elementos ornamentales y, algo más tarde, para acuñar la más valiosa de las monedas, debido a su belleza, su textura, su escasez, pero también por ser uno de los metales más maleables que se conocen. No debe extrañarnos, por tanto, el interés de los poderosos por enterrarse con sus más queridos enseres realizados con el amarillo metal, ni que el oro haya sido un elemento de culto, adoración y poder utilizado, por otra parte, como soporte básico para algunos de los utensilios litúrgicos más importantes en todas las religiones. De esta forma, y según nos cuenta la Biblia en el libro del Éxodo, los principales objetos de poder del pueblo israelita, como el Arca de la Alianza, realizados después de la huida de Egipto, se recubrieron con este material. Algo a lo que no fueron ajenos los pueblos precolombinos, que sintieron devoción por un mineral que para ellos tenía un origen divino.
Esta fue mi intención cuando escribí este libro: tratar de estudiar de forma objetiva la posible existencia y la ubicación de algunos de los tesoros más codiciados de todos los tiempos, pero dejar, al mismo tiempo, libertad al lector para que sueñe con unos hechos históricos envueltos en el misterio y que, sin duda, no le van a dejar indiferente.
Javier Martínez-Pinna