Sellés Dauder, Juan Fernando

La persona humana: Parte III núcleo personal y manifestaciones / Juan Fernando Sellés Dauder. -- Chía: Universidad de La Sabana, 1998.

288 p.

3v.; cm. – (Colección Investigación - Docencia)

Incluye bibliografías

e-ISBN Obra completa: 978-958-12-0337-6

e-ISBN Volumen 3: : 978-958-12-0340-6

1. Antropología 2. Filosofía moderna 3. Cuerpo humano I. Sellés Dauder, Juan Fernando II. Universidad de La Sabana (Colombia) III. Tít.

Reservados todos los derechos
© Universidad de La Sabana
© Juan Fernando Sellés

LA PERSONA HUMANA - Parte III – Núcleo personal y manifestaciones

Primera edición: 1998

Primera reimpresión: 2014

ISBN Volumen: 978-958-12-0340-6

ISBN Obra completa: 978-958-12-0337-6

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“El efecto propio del amor divino en el hombre parece ser que éste ame a Dios. Esto es lo primero en la intención del agente, que sea amado por el amado: a esto pues tiende principalmente el estudio del amante, a atraer a sí el amor del amado; y si esto no ocurre, conviene disolver el amor”, Tomás deAquino, Suma Contra los Gentiles, Lili, c. 151, n. 2.

PRÓLOGO

El presente texto intenta ser expresión de lo que se puede alcanzar ejerciendo la libertad personal, no conclusión de demostración racional necesaria ninguna. Tómese, pues, lo que en él se ofrece a modo de propuesta. Y como toda propuesta, ésta sólo se puede aceptar libremente.

Tras el estudio de la historia de la Antropología en la I Parte del Curso (volumen I), y de la naturaleza y esencia humanas en la II Parte (volumen II), conviene intuir el núcleo personal, pues conocer la historia de las ideas en torno al hombre y lo específicamente humano no conlleva necesariamente saber quien es la persona humana. Esto es, saber qué han dicho los que nos han precedido acerca del hombre y detener la mirada en la naturaleza humana no implica obligadamente saber acerca de lo radical humano, puesto que este saber sólo se logra si se ejerce.

En el escrito se intenta, pues, la averiguación de lo radicalmente personal, de modo que lo aquí expuesto sirva de ayuda para que el saber acerca de la persona que se es se ejerza. Esta III Parte se centra, por tanto, en el nucleo personal; en la persona es en consecuencia consecuencia, la parte más importante del Curso, aquélla en función de la cual se han escrito las otras dos restantes, y la que alumbra de modo suficiente la comprensión de las demás, porque en la vida humana lo más bajo no se sostiene realmente ni cobra sentido sin lo más alto. Se intenta acceder a ese centro neurálgico desde diversas manifestaciones humanas.

El ser de la persona, entendiendo por tal el núcleo de cada hombre, equivale a libertad, conocimiento, amor, irreductibilidad, dar, aceptar, subsistencia, coexistencia, novedad, intimidad, apertura, trasparencia, además, etc. Parangonando a los clásicos podríamos decir que “libertad, conocer, amor, etc., sunt idem in re”, o sí sé quiere, in esse. Como el planeamiento puede resultar novedoso, intentamos abordar el núcleo personal desde alguna de sus manifestaciones, para que se vea de modo claro -lo más axiomático es el núcleo personal- que todas ellas son incomprensibles sin la debida comprensión de éste.

Al núcleo de la libertad intentaremos acceder desde las manifestaciones de ella en la inteligencia y en la voluntad. A la irreductibilidad personal desde los diversos matices que traslucen las acciones de cada quien, desde la ética por tanto. A la persona como ser cognoscente desde una expresión del conocer humano que es el lenguaje. Al carácter de don de la persona humana desde una manifestación donante suya, el trabajo. A la subsistencia personal desde uno de sus aportes, la economía. Al ser amante personal desde la alusión a la familia. A la coexistencia personal con los demás desde las relaciones interpersonales. A cada quien como novedad radical e intimidad distinta desde las manifestaciones de la intimidad. A la personal apertura a Dios desde la sobreabundancia de la persona respecto de su naturaleza -en expresión de Polo, desde el carácter de además-.

En cuanto a la exposición de esta III Parte y última, no puede decirse que sea ascendente, porque en el núcleo personal no hay unos asuntos más altos que otros, sencillamente porque no hay asuntos diversos. En efecto, todos se reducen a unidad. Cabe hablar aun mejor de cierta simplicidad. Sin embargo, a unos, más acordes con los planteamientos modernos, les resulta más fácil comprender ese núcleo personal como libertad', a otros, de buen corazón, como amor. Otros, tal vez más poéticos, lo ven como intimidad. Otros, más espirituales o divinos, como apertura a la trascendencia... Sea como fuere, en cualquier caso, si bien interesa expositivamente abordar por separado cada uno de estos radicales personales, conviene no perder de vista que son equivalentes, que se coimplican mutuamente, de tal manera que no cabe uno sin otro.

Debo la inspiración de lo que especialmente en esta III Parte se recoge al magisterio del Profesor Polo. Dado que él se encuentra en pleno trabajo de elaboración del que puede pasar por ser su trabajo central, su Antropología Trascendental, bastante amplia por cierto, el presente escrito también puede servir, al menos en alguna medida, a los que esperan aquella obra, como una introducción a su pensamiento en torno a la persona humana.

De modo parejo a los volúmenes I y II, se condensa en notas al pie de página en este III tomo una serie de referencias bibliográficas para quien desee ampliar conocimientos en torno a lo expuesto. Asimismo, se introduce una serie de notas explicativas de términos de vocabulario con significado filosófico que aparecen en el texto. Al final del volumen se presenta el elenco de la Bibliografía básica aconsejada sobre los temas tratados, así como un Indice de autores con la numeración del tema y epígrafe en el que cada uno de ellos aparece, y asimismo un Indice de nociones, cuyo significado de los términos se encuentra en el número de tema y cita a pie de página que allí se indica.

Este III y último volumen de La persona humana, responde al mismo proyecto de investigación que el I y el II, promovido por la Universidad de La Sabana. Debo agradecimiento personal, por tanto, a aquellas personas mencionadas en la Presentación de los escritos precedentes y a dicho centro universitario.

TEMA 21
 
RADICALES PERSONALES

1. Tener y ser. Vida natural y vida personal

Llegamos a la III Parte de este Curso, la neurálgica de la Asignatura. En este tema debemos intentar esbozar un elenco de los radicales personales{1}, esto es, de esos rasgos que caracterizan el corazón humano, es decir, de lo distintivo de las personas como personas. Luego, en los siguientes temas, nos centraremos un poco más en cada uno de esos rasgos.

Debemos abordar, pues, aquellas características nucleares de la persona humana interrelacionadas entre sí de tal modo que si falta una faltan todas; que sin una de ellas uno no es persona. Llegados a esta cumbre de la Antropología hay que sostener que si -como se verá- la persona es libertad, todo lo que a continuación se diga respecto de la persona (temas 21-30) son propuestas libres, y como tales sólo se pueden aceptar libremente, personal y responsablemente, por tanto{2}.

Hasta el momento hemos estudiado lo natural en el hombre (la naturaleza) y las perfecciones con que cada quien puede enjoyar Su naturaleza (a lo cual se puede denominar esencia). Eg decir, se ha atendido a todo aquello que es lo propio de la especie humana, lo común a todos los hombres; y también se ha centrado la atención en el particular partido que cada quien saca de esa dotación natural con que cada persona cuenta de entrada y que es característica de los hombres. ¿Qué queda? Pues queda saber acerca de lo que es superior a la especie y, por eso, irreductible a lo específico: la persona{3}.

Como es sabido, la más alta averiguación filosófica medieval, una de las más profundas de todos los tiempos, estriba en la distinción real entre “esencia” y “acto de ser” en la realidad creada. En Dios, sin embargo, no se admite tal distinción. Por “esencia” entienden el modo de ser de cada realidad, su forma de ser, o su composición real. Por “acto de ser” entienden el fundamento de toda realidad, aquél principio que hace ser a las realidades al unísono. Las diversas realidades no se reducen al ser, sino que son tal o cual realidad, de tal o cual índole. En cambio, en Dios, su modo de ser no es distinto realmente de su ser. Ser y esencia coinciden. Es el ser que consiste en ser. Esa averiguación tan importante, ha sido suficientemente puesta de relieve en el neotomismo, por ejemplo, pero no suficientemente esclarecida en antropología. ¿Qué es en el hombre del ámbito de su esencial, ¿qué del ámbito del serl Autores del s. XX, como Marcel, captan esa dualidad en la composición de lo real, e intentan ceñirla al hombre, pero la formulan con un lenguaje matizadamente diverso: “tener” y “ser”.

Al atender a esa distinción real en lo humano según nuestro planteamiento surge una ampliación tripartita del descubrimiento clásico, porque si bien tenemos por un lado lo natural en el hombre y por otro lo personal, entre la naturaleza humana y la persona humana hay que dejar hueco para el crecimiento que de la naturaleza humana educe la persona. A lo primero conviene llamar naturaleza; a lo segundo ser personal', a lo tercero, esencia o perfeccionamiento de la naturaleza.

La naturaleza humana (el cuerpo, las facultades, las tendencias, etc.) es del ámbito del “tener”, del “disponer” recibido como dotación creatural. La esencia es del ámbito del “tener” adquirido. Es el partido que se saca de la “vida natural”. La persona es del ámbito del “ser” recibido, aunque no clausurado, pues este “ser” puede lograr ser “más ser”. Es la “vida personal”. La esencia del hombre es incrementable indefinidamente (nociones de hábito y de virtud). Ningún hombre la puede saturar. Por tanto, ningún humano, ni tampoco la totalidad de ellos, coincide con la humanidad. Pero también, ningún hombre se reduce, o se subordina, a la humanidad, porque la esencia, aun perfecta, es inferior a la persona, al acto de ser que cada uno es.

En la parte II del Curso hemos atendido tanto a la naturaleza humana como a la esencia o crecimiento irrestricto de la naturaleza. En lo sucesivo abordaremos el estudio del núcleo personal, es decir, del acto de ser humano, al que llamaremos sencillamente persona. Pero previamente debemos evitar unas posibles confusiones terminológicas derivadas del modo de enfocar esta realidad en la modernidad.

2. «Yo», «sujeto», «persona»: ¿significan lo mismo?

La respuesta al interrogante que encabeza este epígrafe es negativa. Conozco el yo, pero no quien soy. El yo es lo sabido, no el saber. Si fueran lo mismo cada quien se auntoconocería enteramente, asunto que no sucede, y no está en manos del hombre. La persona es más que el yo; no se reduce a él. Es más, es irreductible.

El yo es, por así decir, la idea que uno se forma de sí. Pero si se cree que uno es la idea que uno tiene de sí, si uno se intenta identificar con el yo, acaece el mayor despropósito posible para una persona, porque el yo sencillamente no es persona. Con ello, uno no se encuentra como quien es en su yo y, por tanto, pierde su carácter personal. Si uno afirma cada vez más su yo (en el lenguaje de la calle a esa actitud se llama soberbia) se obtura como persona, se cierra a su intimidad. y también a la de los demás y a la trascendencia{4}.

Ceder a la autoafirmación del yo es pactar con la peor ignorancia posible: una ignorancia no sobre temas o realidades, sino sobre la persona que uno es. En el yo, esa especie de macro-idea entronizada por la persona, no comparece la persona tal como ella vitalmente es. En efecto, uno no es una idea. Al no comparecer se empieza a sospechar que uno es incomprensible para sí mismo, y pierde también de vista la compresión de las demás personas como personas y de Dios como ser personal. Se produce el extrañamiento de la persona en su yo. Pero como el yo no es la persona, no es la libertad. Si uno se ata a él se esclaviza a ese despersonalizado y despersonalizante intruso. Por eso suele decirse con acierto que el mayor enemigo de uno está en uno mismo. ¿El mejor remedio? El olvido de sí, entendiendo por “sí” su yo.

El yo lo forma la persona cuando ésta no se mantiene en su altura. Fosiliza un constructo que no es vida íntima personal. Por estos derroteros constructivistas ha deambulado demasiada gente, y también ha cedido a sus caminos buena parte de la filosofía moderna con la noción de “sujeto”. “Sujeto” no es “persona”, porque tiene una marcada connotación de fundamento; una especie de autoafirmación del hombre, es decir, una visión del hombre que lo concibe como independiente, separado, base de sus actuaciones, etc. Sin embargo, la persona no es así. La persona es apertura personal, co-existencia con. Es abierta personalmente a las demás personas. No es ni fundamento en propio ni fundante.

Lo propio de considerarse “sujeto” parece ser vivir de acuerdo con una suficiencia vital; como si se fuera un ser en sí independiente. ¿Su manifestación neta? El “subjetivismo”. El sujeto quiere constituirse en fundamento absoluto de todo: de la verdad, del bien, etc. Sin embargo, de la persona no es correcto decir que subsiste, sino que es mejor decir que co-existe-con. La persona es el quien que no es posible ni comprensible en solitario, sino en apertura personal. En cambio, el sujeto no es ningún quien para ningún otro quien; no es ni fulano ni mengano, sino un fundamento tan cerrado como un sillar de piedra. El sujeto no es persona ninguna, sino un supuesto, una especie de base que se supone cerrada. No obstante, en esta concepción el castigo es interno a la propia culpa, y se llama soledad, aunque sea la soledad de dos egoístas en compañía...

3. ¿Quién es la persona humana?

Uno puede leer escritos con expresiones tales como “¿qué es ser persona?”, e incluso libros titulados “¿Qué es el hombre?”. Pues bien, son preguntas desenfocadas, porque la persona no es ningún “que”, sino, ante todo, un “quien.¿Cómo saber, pues, quien es la persona humana? Nosotros podemos conocer todo aquello que está en nuestras manos, todo lo externo perteneciente a la naturaleza del Universo, y todo aquello que forma parte de nuestras manifestaciones, a saber, actos, hábitos y virtudes, potencias, las ideas, los quereres, etc. Somos nosotros mismos, cada quien, el que conoce esto porque es suyo. Pero el quien del que conoce no aparece ante la mirada del que conoce al conocer esas realidades.

El núcleo personal es incognoscible por la persona humana de modo directo, porque la intencionalidad cognoscitiva, es decir, la remitencia del conocer, versa siempre, en todo nivel, sobre lo inferior, no sobre sí misma ni sobre lo superior (recuérdese: el ver ve colores, pero no ve el ver ni lo superior al ver). De modo que sólo un cognoscente superior en relación conmigo. Dios, puede revelar al hombre quien es el mismo hombre. ¿Cabe otra posibilidad? Sí ¿Cuál? La ignorancia más o menos ilustrada. ¿Alguna otra? Obviamente no, porque ni uno, ni ninguna persona humana, ni la totalidad de ellas, pueden conocer de modo absoluto la persona que uno es. Uno puede dotar de sentido a aquello que uno hace, piensa o quiere, pero el sentido de la persona que hace, piensa o quiere, no está en su mano. Su vida personal, quien sea uno, están exclusivamente en manos de Aquel de quien la persona es: de Dios{5}.

Sólo Dios revela -naturalmente- al hombre quien es el mismo hombre{6}. Por eso cuando se pierde el sentido de Dios, se pierde con él el sentido de cada hombre, y a esta pérdida va unida el olvido del sentido personal de las demás personas, y también el de la realidad, porque cada hombre es centro y fin de ella. Tal sentido es posible a todo hombre porque existe un diálogo natural entre Dios y el hombre. Dios siempre es más íntimo a uno que uno mismo, decía San Agustín{7}, no sólo en la elevación sobrenatural. Mientras vive, aunque el hombre reniegue del Dios personal, Dios no interrumpe la comunicación personal con él, pues interrumpirla significaría que esa persona humana dejaría de serlo.

Sí, la persona humana es apertura, es dialógica. No se agota abriéndose a lo inferior a ella, ni a sí misma o a los demás humanos. Es capaz de más. Esa vida personal capaz de más sólo se conoce en su apertura a Dios. De lo contrario, si se optura su radical apertura desconoce lo nuclear de su persona. En efecto, viviendo como si Dios no existiera -nos recuerda Juan Pablo II-, el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser{8}. Se trata del ateísmo práctico, es decir, de montarse la vida, el plan de cada día, al margen de Dios.

El diálogo o trato con Dios no es externo, con “palabras” o con diversas acciones, sino lo que constituye al mismo ser del hombre. No se trata de que el hombre tenga, posea, relación con Dios. Eso, a pesar de ser verdad, es secundario. Se trata, más bien, de que el hombre es relación estrecha con Dios. Una persona no es un individuo{9} aislado, cerrado, no es individual o particular, ni nada que se parezca a la realidad física. Una persona aislada no sólo es absurda sino imposible, porque es apertura irrestricta, es co-existencia con personas constitutivamente. La dignidad humana estriba en el vínculo permanente de cada hombre con su Creador. Como ese vínculo es manifestación constante del ser divino y constituye al ser humano, se puede decir con verdad que en el hombre se refleja Dios mismo. Pero para ver eso uno debe afinar su “vista”.

De modo que para conocemos a nosotros mismos hemos de conocer a Dios en nosotros mismos, y para conocernos a nosotros debemos conocer en Él quien somos y cuál es el sentido y destino de nuestra vida. Sí, Dios habita en el corazón humano. Por eso el hombre, también en estado de naturaleza, está endiosado, y el resplandor de Dios ilumina el rostro del hombre{10}. El sentido de la vida natural, vinculada indisolublemente a la persona humana refleja el mismo sentido, pues la vida del hombre proviene de Dios. Por eso la vida humana es sagrada siempre.

Ahora bien, el hombre puede decir que no a esa apertura natural a Dios, y negar también a esa relación personal con él (soslayarla o querer ignorarla es otra manera de decir que no). Y entonces, al negar a Dios y vivir como si no existiera o no tuviera nada que ver con la vida humana de todos los días, se acaba fácilmente por negar el sentido de la persona humana y de su vida. Sin la apertura a Dios el hombre se vuelve absurdo para sí, carece de sentido su vida y la de los demás, porque sólo Dios manifiesta el sentido de ambas. Tras el rechazo de su relación constitutiva con Dios, el hombre se cree dueño de sí, arrogándose el derecho de decidir sobre su propia vida (suicidio, eutanasia, etc.) y la de los demás (aborto, homicidio, guerras, etc.). Sin embargo, la vida personal no está llamada a modificar o aniquilar la vida natural, sino a perfeccionarla. Cuando comete tal intromisión el perjuicio es inmanente en su propia vida.

La vida personal no es, pues, la vida natural, sino superior y condición de posibilidad del perfeccionamiento de ésta. Se expone a continuación un elenco de radicales personales, es decir, de esos rasgos que son equivalentes a persona. Este elenco -como se ha anotado- se debe Leonardo Polo, que procede a una ampliación de los trascendentales clásicos (ser, verdad, bien, etc.), al descubrir esas perfecciones en el núcleo de la persona. Sirva, pues, este esbozo de introducción a una Antropología Trascendental{11}.

4. Subsistencia y co-existencia

Una persona humana es distinta y con cierta independencia de las demás. Es subsistente hasta cierto punto, porque subsiste frente a todo lo inferior a ella, pero subsiste con subsistencia derivada. Nadie es un invento de sus manos, ni de sus padres, ni de la sociedad, cultura o historia, ni menos aun de la biología. La persona humana no es un absoluto. No goza de independencia radical{12}, porque no puede subsistir al margen de Dios, su creador. Subsistir eternamente no está en nuestras manos.

Subsistír para la persona no indica sólo persistir, como para el resto del universo físico, es decir repulsa de una posible reducción a la nada, sino carencia de esfuerzo necesario para seguir existiendo, porque la persona es constante sobreañadidura en su existencia. La existencia de la persona no es del ámbito de la necesidad sino de la libertad. No es fija y opuesta al no ser, sino creciente y libremente abierta a ser más. Además, al contemplar a la persona como añadidura, debe evitarse en esta concepción la incomunicabilidad propia de las sustancias. La filosofía clásica señaló que a distinción los accidentes, a los que se les llamó sujetos de inhesión, porque inhieren en la sustancia, ésta es independiente y separada de las demás sustancias, y consecuentemente, dotada de cierta incomunicabilidad con aquéllas.

Sin embargo, el planteamiento clásico puede ser rectificado en parte por doble motivo. En primer lugar, porque los accidentes no son un agregado superficial a la sustancia, pues la perfeccionan. En segundo lugar porque si la subsistencia de predica de la persona humana, no puede concebirse ésta como separada o aislada, pues si la inteligencia -según el decir de Aristóteles- se separa para ser todas la cosas, cuanto más la persona humana, que es superior a su inteligencia. Por eso es mejor decir de ella que es coexistencia con.

La persona es co-existencia con. co-existencia designa al ser personal como acompañante{13}. Si no fuéramos intimidad no habría acompañamiento ninguno. Ese acompañamiento es interno. Cada quien se acompaña. No se trata directamente, pues, de la compañía de la comunidad o de las relaciones entre las personas, sino de la apertura de uno a su interior. Además, nuestro ser personal no es aislado, sino que es compañero inseparable de nuestra naturaleza. Es otorgante respecto de ella, pero es irreductible a ella. Sin embargo no co-existe con ella, porque ella no es persona.

Por otra parte, co-existencia con indica que el ser personal co-existe con el ser del Universo, con el ser de las demás personas distintas{14}, y con Dios. La persona humana acompaña el ser del Universo, pero no se reduce a ser con él. Si el hombre se redujera a co-existir con el ser del Universo sería absurdo, porque éste es incapaz de responder, es decir, de co-existencia, de diálogo personal con el ser del hombre. El ser del Universo no es persona ninguna.

Es bueno para el hombre, por tanto, que exista otro ámbito de compañía: el de las personas entre sí. El hombre co-existe con las demás personas. La irreductibilidad de la persona no es aislante: no es separación, sino apertura personal{15}. Apertura indica respuesta. Cada quien responde. Las demás personas también responden, pero ni uno ni los demás pueden responder enteramente a la pregunta: ¿quién somos? Saber quién soy y saber quién es cada una de las demás personas apunta al saber que constituye a cada cuál en la respuesta que cada cuál es.

La persona es también, y ante todo, co-existencia con Dios, porque sólo Dios da el ser que uno es y sólo Él sabe enteramente quien somos. Si Dios sabe quien somos, cada uno somos una “imagen” del unitario saber divino. El Universo no es imagen de Dios porque no es persona, y como tal, no hay en él una apelación personal de DÍOS. Somos imagen de Dios, pero no perfecta imagen. No ser por parte del hombre perfecta imagen divina conlleva la posibilidad de que se den muchas imágenes divinas, es decir, muchas personas humanas. Por eso la relación que uno dice a Dios es semejante a la que dicen los demás. Somos en eso semejantes, no radicalmente distintos.

5. Libertad y carácter de además

Ningún ser es libre sino sólo las personas, cada quien. La persona humana no sólo posee libertad, sino que -como se verá- es libertad{16}. Más aun, la posee en sus potencias (razón y voluntad) porque éstas manifiestan el impulso que reciben de la persona. La libertad es personal. La libertad es irrestricta, pero no alocada, porque está transida de luz, de conocer. Tampoco es segre- gacionista, sino que esa apertura reúne, congrega, a los demás, e integra las diversas facetas que abre{17}. La persona es co-existencia, decíamos; pero si la persona es libertad, la libertad humana es co- existencial.

Apertura irrestricta indica que no sólo nos abrimos a lo que está en nuestras manos y es inferior a nosotros, con todas sus, también irrestrictas, posibilidades, ni sólo apertura a nosotros mismos o a los demás hombres, sino apertura también a las personas superiores al hombre, en especial a Aquél en cuyas manos está nuestro ser. Esta última vinculación es el núcleo de la libertad; y el término de la misma no puede ser sino el mismo Ser, también personal y libre. Si Dios no fuera personal, la vida humana sería un absurdo, pues habría perdido la posibilidad de diálogo con Aquél que es el único que le puede referir la verdad, el sentido completo, de la propia vida personal de cada hombre. Por eso si la libertad reniega de sí misma, es decir si reniega de su verdad, se auto- destruye y destruye la de los demás.

Además es un adverbio que designa bien a la persona{18}. Por ello, es mejor decir de ella -como señaló Eckhart-, que es adverbio, porque no es comprensible sin su relación con el Verbo. Además indica añadidura sin coto. El tema al que apunta ese constante añadirse no puede ser sino la inabarcabilidad, pero una inabarcabilidad de cuño personal, ya que el además a que ella apunta es persona. El acto de ser humano dice relación al Acto del ser divino. El hombre es el ser que no se limita a ser, sino que es además; que es añadiéndose; que es añadidura de ser.

El ser humano es inagotable. Visto desde la libertad, la persona humana es la libertad irrestricta. Desde el conocer, el conocer sin límite, es decir, un conocer hecho para que en él se vuelque el infinito conocer divino. Desde el amor, el amor que no se gasta amando. Por eso la única medida que admite el amor personal es amar sin medida. Visto desde el dar la persona Humana es unofrecimiento ofrecimiento personal sin restricción: una entrega enteriza y sin compensaciones. Desde el aceptar, una aceptación sin barreras ni fondo de saco. Desde la belleza, un resplandor de hermosura personal divina. Somos además de todo lo inferior, incluso de nuestra naturaleza, pero esa superabundancia inagotable remite al Infinito.

6. Conocer y amar

La persona no sólo conoce verdades, sino que es una verdad. Pero por encima de ello, no sólo es una verdad, sino que es más que la verdad, pues es el conocer{19}. En efecto, la persona no se reduce a la verdad que aparece al conocer humano cuando conoce todo aquello que es inferior al mismo hombre. La verdad personal es la misma persona que conoce. Cada quien es una verdad irrepetible, pero no por ello “subjetiva”, porque la verdad que el hombre es no está en su mano. La verdad que el hombre está llamado a ser no se hace, sino que se deja hacer, si libremente se averigua o libertinamente se rechaza el descubirla. Por eso tal verdad humana no es manipulable, pues está sólo en manos de Dios. Su sentido originario es otorgado por Dios{20}.

¿Tiene relación este radical con los otros? Evidentemente. Comparémoslo con la libertad, o con el amor, o con el don. Sólo se conoce personalmente si libremente (libertad personal) se quiere, porque lo personal es libre, no necesario. El conocimiento que se da en el enamoramiento (amor personal), no es el conocer de la razón, sino el de la persona como conocer, pues de lo contrario, no habría tampoco donación personal {don){21}'. ¿Cabe amor personal sin conocimiento personal? No. ¿Cabe libertad personal ciega? No. ¿Cabe entrega, donación personal, ignorante? Tampoco.

El bien, otra perfección pura, trascendental, según el elenco clásico, sufre ahora una ampliación personal, pues el hombre más que bien, es amante. El amor{22} humano no es el bien querido, ni siquiera es la voluntad tomada como potencia o como facultad de querer, sino la persona amante. No es el mero bien presente en el resto de las realidades inferiores al hombre. No se trata, por tanto, exclusivamente de que la vida humana sea buena en cuanto a su ser, sino de que su ser personal es amoroso; más aun, crecimiento incesante de amor. Por eso también el hombre puede añadir bien, porque es más que bien. No se reduce a él.

La apertura personal humana no es sólo un bien, sino más: el amor{23}. O de otro modo, el bien humano no sólo es difusivo sino efusión inagotable de amor. El amor denota apertura irrestricta, como la denota el conocer. Apertura, además, no reductible al tiempo{24} . Toda apertura personal es otorgamiento, es decir es darse uno mismo. Asi debe entenderse el amor, como un radical personal, como don sincero de sí{25}. ¿Cómo distinguir el amor de verdad del interesado? La persona que se da, ama. La que busca compensaciones (materiales, o físicas, o psíquicas), no.

Una de las manifestaciones más humanas del amor es jugar{26}. Nuestra sociedad no sabe jugar. Los juegos que se llevan son los de suma cero, es decir, aquellos en los que para que uno gane el otro tiene que perder. En el juego de verdad ganan todos. Jugar es lo contrario de necesitar. El hombre no es un ser necesitante sino que sobra respecto del necesitar. El hombre no necesita radicalmente, es decir, como ser, porque todo lo que es lo ha recibido. Más bien es lo contrario: sobrar. Lo necesario provoca la seriedad. Lo libre, la alegría. Muchas veces los hombres están tristes porque se crean necesidades: laborales, prácticas, etc.

Si el hombre sobra, da. Eso es la persona, un desbordarse, y ese es el meollo de la fiesta. Ser persona es ser fiesta: “cada hombre es fiesta. Soy fiesta porque soy un regalo, un don inagotable de Dios”{27}. Una fiesta de “ji-ji; ja-ja” en la que hay más búsqueda que donación personal, y búsqueda de compensaciones placenteras, de asuntos sensibleros, inferiores por tanto a la persona, no es una fiesta personal ninguna. Sí, de acuerdo, el amor está abierto al bien, pero por encima de él está abierto al amor, y por encima de él, al Amor. Una persona humana está hecha constitutivamente para no conformarse con menos. Si se conforma, si pacta con la mediocridad, se sume en la tristeza.

La fiesta, y también el descanso, no hay que buscarlos prioritariamente fuera, en el montaje o en “la movida” sino en el corazón humano, porque las realidades sensibles externas son inferiores a una persona y son incapaces de saciar su anhelo de felicidad. Un buen descanso es perder el lastre del propio yo, olvidarse de él. Pero si uno no se abandona en el yo, que es inferior a uno, ¿en quién se abandona?, ¿en quién descansa?, ¿con quién se congratula? Con las demás personas. Reír, por ejemplo, si la sonrisa es personal, no es “reir de” sino “reir con”. ¿Con quién de los demás se alegra uno más?, ¿con quién descansa más? Uno sólo puede encomendar libremente su persona en manos de quien la pueda aceptar enteramente para rendirla eterna e infinitamente feliz. Pero “entera”, “eterna” e “infinitamente” son adverbios que claman al Cielo.

7. Dar y aceptar

La persona humana es dar{28}. ¿Por qué la persona es donaP. Por que es capar de conferir perfección no sólo a su naturaleza, o al mundo físico, sino porque ella misma es ofrecimiento, si libremente se dona. Ninguna realidad inferior es tal. Las realidades sin vida precisamente se separan para persistir. La vida ínfima, la vegetativa, y también la de los animales, no existe sin apertura, pero lo que dan lo pierden. En cambio, la persona es libertad, pura apertura; y en esa apertura lo que se abre es ella misma: ella es quien se entrega, y no por ello entra en pérdida al darse. Dar es regalar sin perder{29}.

Libertad es darse. Darse es sinónimo de responder personalmente. Estamos ante otro tema que no está de moda: la responsabilidad personal{30}. Ser responsable implica entrega, pero no “entrega de realidades” (ropa, dinero, etc.), o “entrega a realidades” (al trabajo, al estudio, etc.), sino entrega personal. De ahí que irresponsabilidad denote falta de personalidad. Darse es contrario a guardarse. Guardarse es la mentira parásita del corazón humano que chupa la savia que permite crecer como persona. Las manifestaciones de esa mentira nuclear, la falta de colaboración, de trabajo, la comodidad, la irresponsabilidad, la frivolidad, etc., no es que sean muy agradables, ni para el que las manifiesta ni para aquél a quien las manifiesta, pues perjudican a todos. Pero si guardarse es paralizar el crecimiento personal, ello indica que quien guarda su vida la pierde.

Si la persona es la mayor novedad, la mayor riqueza posible, quien se entrega es rico. La mayor riqueza no estriba, en contra de lo que comúnmente se opina, en acopiar recursos sensibles externos, sino en sacar de sí cada vez más. A nivel de manifestación esto parece claro, porque quienes más dan de sí son aquellos, o las familias, o las sociedades, etc., más pujantes, mientras que los egoístas, calculadores, perezosos, etc., tanto en personas como en sociedades o países, son bastante despersonalizados{31}. A nivel de núcleo personal, también es verdad, aunque mayor, porque entregar la persona a Dios, o a los demás por Dios, es crecer como persona, porque el aceptar divino de esa entrega no deja indiferente a la persona que se ofrece.

Dar es correlativo de aceptar, y en el hombre, segundo respecto de aceptar. En efecto, sólo puede darse quien se acepta como quien es y quien acepta a los demás como quien son. A la par, sólo puede darse si a uno se le acepta como quien es. Descubrir quien es uno es la gran búsqueda. Más aún, es la búsqueda que cada uno es. El hombre es un buscador que se busca. El grito de Diógenes “¡busco al hombre!” lo repite con insistencia cada hombre, pero calladamente y no por las calles de Atenas, sino en clave personal, en su intimidad. Tal búsqueda no admite cansancio. Buscar irrestrictamente es lo mismo que ser libre.

Como uno no depende en su ser de sí sino de Dios, la búsqueda de aceptación apunta a Dios{32}. Por eso, lo peor que le puede pasar a una persona es el no ser aceptado por Dios. Si a alguien no le aceptan los demás lo pasa mal. Pero si a uno no le acepta Dios no es que lo pasa mal sino que es mal. Los demás se pueden equivocar, pero Dios no. Si Dios no acepta ello conlleva también el uno tampoco se acepta a sí, porque no se acepta como quien es; y como quien es sólo puede serlo de cara a Dios, de quien depende su ser.

Quien no se acepta como quién es no se da, sino que se guarda, se segrega y se pretende constituir en fundamento independiente de su ser. Manifestativamente tal actitud redunda en la búsqueda de asuntos extrínsecos a la persona, fama, halagos, riquezas, comodidades, placeres, etc. La peor de esas compensaciones es, como se ha dicho, la búsqueda del yo. Por ello el egoísmo- {33}, que busca el propio interés, o lo que es peor, la soberbia {34}, que es la búsqueda del yo, impiden reconocerse uno como quien es. Si el hombre se da a Dios, en Él el aceptar es más de lo que el hombre da, por eso es un aceptar que hace crecer a cada quien como tal. Lo eleva.

Dar y aceptar son imposibles sin un don. Es personal prestar el tiempo a los demás, dar ayudas prácticas, regalar objetos en los cumpleaños, bodas, etc. Ello es así porque la persona es inseparable de su naturaleza, y ésta reclama traducir en obras los amores personales. Las obras y las acciones que dependen de nuestra naturaleza humana pueden ser múltiples y variadas, pero la más alta es la propia vida natural. Por eso, si la persona humana es donal, no hay mayor manifestación de la apertura amorosa personal que dar la vida por la persona amada{35}.

Por último, un asunto de locura: es inherente al ser humano crecer en los radicales personales, pero no por sí, sino por Aquel en manos de quien está su ser. Por ello conviene decir de cada persona humana, más que es, que será, porque su ser en el presente estado no está clausurado. Si la clave de la vida es el crecimiento, ¿por qué no va a ser posible crecer como personal La vida personal humana es crecimiento sin límites{36}.

8. Intimidad, irreductibilidad, novedad

La persona es intimidad{37}, otro de los radicales personales. La persona no se agota respecto de sí. Es apertura hacia dentro insondable. “La persona es la intimidad de un quien. Y esto es mas de lo que se llama un yo…. Por eso, la formula “yo se quien soy” es incorrecta, incluso ridicula. Quien soy sólo lo sabe Dios”{38}.

Como el ser personal es apertura, también lo es respecto de sí. La intimidad no es ningún obrar humano, ninguna posesión, ni alta ni baja, sino el ser. Por eso, a las corrientes de filosofía modernas y contemporáneas, ceñidas en demasía a la operatividad humana, les resulta difícil dar razón de ella. ¿Cómo la intimidad humana va a ser un objeto pensado, o un objeto querido, un pensar, un querer, o algo práctico, un interés, etc.? Si la intimidad humana no necesita de nada inferior a sí, menos aun de lo externo.

La intimidad tampoco es separatista. No consiste, por así decir, en encerrarse en los cuarteles de invierno para no tener que ver con el mundanal ruido y con las interferencias ajenas. La intimidad es abierta, personalmenete abierta. Por eso reclama el trato íntimo con otras personas. La intimidad de ellas no extraña o aliena la propia, sino que la enriquece. La intimidad divina tampoco produce el extrañamiento de la intimidad propia cuando libremente ésta se abre a aquélla. Su actuación no es una irrupción avasalladora en la intimidad humana, sino una elevación de la propia intimidad.

De ordinario se hace girar a la intimidad humana en torno a los sentimientos. No conviene olvidar, no obstante, que una intimidad exclusivamente afectiva, sin conocer personal, no es humana. A su vez, la intimidad no es sensiblera, sino personalmente amorosa. Los sentimientos son heterogéneos y dispares. Hay sentimientos sensibles y hay sentimientos del corazón; y en unos y en otros los hay positivos y negativos. El aburrimiento, por ejemplo, es sentimiento sensible negativo. La tristeza, en cambio, negativo del corazón. Por el contrario, a este nivel, la alegría y la esperanza, son sentimientos positivos.

La persona es irreductible{39}. La persona no se reduce al mundo. No es intramundana. Tampoco se reduce a su naturaleza. La persona no es lo humano de la humanidad. Se ha expuesto que el hombre no se reduce a sus posesiones materiales, a su cuerpo, a sus cualidades esenciales humanas, y ni siquiera a su yo. Si se pega en exceso a ellas se da cuenta de que se esclaviza. La persona es el único ser que se da cuenta de que puede esclavizarse. La esclavitud humana admite múltiples modulaciones{40}. Pero precisamente por no reducirse a lo inferior a la persona, y por darse cuenta de ello, es por lo que alguien puede liberarse de esas esclavitudes.

En cambio, si la persona se abre a lo superior a ella, en sentido propio no se esclaviza, sino que se expande, pues no limita su libertad, sino que la encauza hacia su plenitud. Téngase en cuenta que la persona es la realidad más profunda. De modo que abrirse a lo superior significa apertura a otra persona superior. Sin embargo, no por abrirse a lo superior la persona deja de ser quien es, deja de ser irreductible. No se trata, por tanto, de que se aliene, o tonterías similares. Nadie deja de ser por ser más. Se trata de que la persona gane personalmente, de que crezca en orden a quien es, porque su ser no es cerrado sino abierto al crecimiento: a ser más persona, más feliz.

Mientras se vive, por mucho que la persona se abaje e intente perder su altura, no logra reducirse y ser engullida en su esencia. Ese intento de reducirse la persona a su yo es libre. Muestra que la persona es libre aunque sea muy mal negocio invertir lo más, la libertad, para quedarse con lo menos, el yo. Pero si esa pretensión es libre, también es responsable. ¿Cabe la posibilidad en algún momento que la persona se anegue en la esencia? Es decir, ¿cabe la posibilidad de que la persona pierda su carácter persona, su libertad personal, su conocer y amor personales, su dar y aceptar personales, etc.? Si libremente lo desea: sí. Pero eso no acaece en la presente vida{41}.

La persona es novedad irrepetible. No hay dos personas iguales. Todas son distintas. Cada quien es novedad personal{42}. Más aún, son más personas en la medida en que son más distintas. Los hombres son distintos, pero no enteramente distintos. Las personas divinas, por ejemplo, sí son enteramente distintas. No se trata sólo de que cada hombre tenga su biografía (que es del ámbito de la manifestación), sino de que su ser carece de precedentes (copyright).

Si cada persona es lo estrictamente nuevo, su esencia, es decir, aquello de lo que en su naturaleza saca partido cada hombre, por ser modulada por cada persona, debe estar transida por un cúmulo de novedades. En virtud de esto cabe decir que si bien la naturaleza humana es lo común del género humano, el perfeccionamiento de lo natural, esto es, lo esencial, es novedoso, pero con novedad derivada de la persona.

9. La conversión de los radicales personales

Por último, aludamos a la conversión de los precedentes rasgos personales aludidos. Como es sabido, la averiguación importante en torno al descubrimiento de las perfecciones puras de la realidad no personal, los clásicos trascendentales, no se ciñe exclusivamente a esbozar un elenco ajustado y correcto de ellos, sino descubrir cuál es el orden entre ellos. El orden debe ser tal que si se coloca un trascendental en primer lugar, éste debe garantizar la trascendentalidad del resto. Una ordenación falsa es aquélla que al colocar como primer trascendental uno que no es el primero, éste conlleva no sólo que las demás perfecciones puras dejen de tenerse como trascendentales, sino también que ni siquiera se puede mantener la trascendentalidad de aquella perfección a la que se se le está dotando de prioridad.

El orden correcto, al menos en los trascendentales más estudiados a lo largo de la historia de la filosofía, es como sigue: primero es el ser, en segundo lugar la verdad; en tercer lugar el bien... Si uno se salta el orden, decíamos, no consigue mantener ni siquiera la trascendentalidad de la perfección pura a la que intenta primar, ni tampoco la de las demás. Por ejemplo, si uno considera que la verdad es primera y más relevante que el ser (empeño propio del racionalismo y del idealismo), no logra fundamentar ésta, porque la verdad no se autofunda, sino que su fundamento es el ser de la realidad{43}, dado que la verdad es intencional respecto de lo real. Si, por otra parte, se encomienda al bien la prioridad trascendental (propuesta propia del voluntarismo, del nominalismo, etc.), éste no sólo arruina la trascendentalidad de la verdad y del ser, sino que también él mismo abdica de la trascendentalidad, puesto que previamente a adaptarse al bien se requiere conocerlo, pero conocer sin verdad no cabe, y verdad sin realidad tampoco.

En cambio, en las notas trascendentales de la persona no hay prioridad y posterioridad entre ellas. En efecto, en la persona no es pertinente decir que primero sea la libertad y después el conocer, o el amor, etc., porque, dada la relativa simplicidad, todos son lo primero. Partir por la exposición de uno u otro radical personal es irrelevante. Sólo se debe atender a requerimientos pedagógicos, pues unos acceden mejor al núcleo personal desde la libertad', otros desde el conocer, otros desde el amar, etc.

Todas ellas se reclaman mutuamente. Por ejemplo, la subsistencia propia de la persona es un sobrar respecto del mero subsistir o persistir, lo cual reclama su carácter de además. Tal carácter denuncia que la persona no se reduce a ninguna realidad, es decir, que es irreductible. La irreductibilidad, a su vez, alude al carácter de novedad de la persona. Tal novedad se entiende como tal en co-existencia con las distintas personas. Co-existencia-con indica, por tanto, apertura, es decir, libertad personal. La apertura personal no sólo es hacia fuera sino también hacia su intimidad. Ser abierto hacia la trascendencia e íntimamente es ser cognoscitiva y amantemente abierto, es decir, el núcleo personal es conocer y amar. Conocer y conocerse, amar y amrse, es aceptar, y aceptar personal mete es correlativo de dar.

En rigor, no son notas distintas de la persona, sino que son la persona. Si falta una, decíamos, faltan todas, porque todas se reducen a unidad. La persona es simple. Esa unidad es palmaria y directa.

TEMA 22
 
LA LIBERTAD HUMANA

1. La negación de la libertad

Vamos a estudiar en este tema uno de los radicales personales: la libertad{1}. Pero antes hay que atender a lo que de la libertad han dicho algunos autores más representativos que nos han precedido. Es manifiesto que a lo largo de la historia del pensamiento ha habido aciertos al respecto, pero no han faltado tampoco fatalismos antiguos y modernos que reducen, si no niegan, el papel de la libertad humana.

Seguramente Rousseau dijo más de lo que quiso decir al escribir que “renunciar a la libertad es renunciar a ser un hombre”{2} . Mucho más probable es que Marcel sí supiese el alcance de expresión: “nuestra libertad es nosotros mismos... el alma de nuestra alma”{3}. A lo largo de estas páginas intentaremos mostrar que persona y libertad son sinónimos. No es de extrañar, pues, que las filosofías despersonalizadas son las mismas que niegan teórica y prácticamente la libertad. Demos un brevísimo repaso a algunas de ellas{4}.

Para los estoicos, por ejemplo, el destino (ellos lo llamaban fatum, “lo hecho”) de cada hombre está fijado de antemano. Éste, en no pocos casos es ciego e inescrutable. Ante él el hombre no puede menos que resignarse. En este contexto la iniciativa humana pierde vibración, y el ideal de vida pasa a consistir en no inmutarse ante los acaeceres de la vida, en no alegrarse ante lo bueno y en no entristecerse ante la adversidad. Es notorio que la libertad humana con esta actitud pierde sentido. También el estoicismo está en nuestras calles. Con ejemplos: el horóscopo de los periódicos; el acudir a las adivinas, que -según aseguran- ven en la bola de cristal nuestro futuro inexorable; la mirada pesimista ante el futuro tras un revés profesional, sentimental; la falta de esperanza en el más allá; etc.

Saltando a la modernidad, cabe señalar que para Spinoza, un filósofo racionalista de la edad moderna, la libertad es darse cuenta de la necesidad{5}. Sólo existe una realidad a la que él llama “Dios o Naturaleza o Sustancia”. Todo lo que el hombre puede hacer está ya predeterminado por aquella sustancia. La libertad para este autor es una ilusión, debida a no darse cuenta de que todo lo que hay obra según la necesidad.

Hegel, puente entre la filosofía moderna y contemporánea, sigue en eso a Spinoza. Todo es necesario -según él- porque las leyes que rigen lo real y lo racional, leyes que pasan por momentos antagónicos (dialécticos) se cumplen inexorablemente. Ser libre es darse cuenta de que tales leyes son necesarias{6}. También Marx, ya en la Filosofía Contemporánea, y en deuda con el legado hegeliano, y de la misma manera el marxismo ortodoxo, niegan la libertad humana, porque la dialéctica, ahora en clave meramente material, es necesaria{7}. En clave política, los países llamados comunistas, han dado un imborrable ejemplo a la humanidad de qué relevancia práctica tiene el intento de liquidar socialmente la libertad.

También en los voluntaristas la libertad está mermada. El parecer de Schopenhauer respecto de ella es reductivo si no nega- dor de la misma. Sostiene que todo hombre depende de una voluntad única y ciega de la que no podemos saber nada porque es arbitraria y al margen del conocimiento (ni teísmo ni ateísmo){8}. Nietzsche tampoco admite la libertad, porque acepta el destino, el eterno retorno{9}. Ser libre para él es aceptar que todo lo que sucede es necesario, con la necesidad del eterno retorno{10}.

El positivismo –como se indico– tampoco esta falto de ser determinista. Determinismo, más o menos declarado, que pululó asimismo en el mecanicismo, en el psicoanálisis, en el estructuralismo, etc. Esta, la de negación o pérdida del sentidoignoranciainteligencia.voluntad.