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portada

contraportada

Operación
Trompetas de Jericó

Operación
Trompetas de Jericó

JAVIER MARTÍNEZ-PINNA

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Colección:Historia Incógnita
www.historiaincognita.com

Título: Operación Trompetas de Jericó
Autor: © Javier Martínez-Pinna López

Copyright de la presente edición: © 2015 Ediciones Nowtilus, S.L.
Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid
www.nowtilus.com

Elaboración de textos: Santos Rodríguez
Revisión y adaptación literaria: Teresa Escarpenter

Conversión a e-book: Paula García Arizcun
Diseño y realización de cubierta: Universo Cultura y Ocio
Imagen de portada: ADEMOLLO, Luigi. Traslado del arca de la alianza con las tablas de la ley (1816). Palazzo Pitti, Florencia (Italia).

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ISBN edición impresa: 978-84-9967-739-2
ISBN impresión bajo demanda: 978-84-9967-740-8
ISBN edición digital: 978-84-9967-741-5
Fecha de edición: Octubre 2015

Depósito legal: M-22510-2015

A mi hija Elena, por habernos hecho tan felices,
especialmente a su hermana Sofía

Y caminaré en pos del Arca de la Alianza,
hasta que paladee el polvo de su escondite,
cuyo sabor es más dulce que la miel.

Yehudah Ben Samuel Halevi

Prólogo

Cuando mi amigo Javier me llamó para pedirme que le escribiese el prólogo de este libro instantáneamente mi mente voló a nuestra época de estudiantes de Arqueología, de aprendices de buscadores de sabiduría oculta en las entrañas de nuestra historia. No pude evitar recordar una mañana de dura campaña en una villa romana de la costa alicantina. A media jornada, en agosto, con un sol castigador al que mirábamos de reojo en un vano intento por librarnos de él, con cierta resaca que todo buen estudiante necesita, y con alguna picadura de avispa de más en el cuerpo, escuchamos un crujido detrás de nosotros. Al volvernos vimos que una compañera había hundido media pierna en el suelo.

De esta manera tan poco ortodoxa acabábamos de descubrir el hipocausto de un conjunto termal anejo a la villa. Nuestro sudor, nuestra resaca, y hasta las picaduras de avispa, se transformaron en emoción al saber que accederíamos a una pequeña sala subterránea no pisada por ser humano alguno desde hacía casi dos mil años. Casi veinte años después de aquellas campañas, compruebo que la capacidad de Javier para emocionarse con la arqueología no ha mermado. Al contrario, ha crecido.

A día de hoy, en los albores del siglo XXI, existen infinidad de piezas capaces de emocionar cuando son encontradas, pero también por el simple placer de ser buscadas, aunque si hay piezas que transmiten esa emoción, más que ninguna otra, estos son los objetos de culto y de poder. El Arca de la Alianza, sin ningún lugar a dudas, es capaz de transmitir dicha emoción per se. Estoy convencido de que la mayoría de los lectores de este libro lo son por este motivo, ya que el Arca reúne lo místico y lo humano, lo material arcano para unos y lo inmaterial eterno para otros.

El título, Operación Trompetas de Jericó, está inspirado en la búsqueda que los representantes del mal encarnado de la humanidad, el nazismo, llevaron a cabo en Toledo para hallar el Arca de la Alianza que, como el propio Javier menciona en su libro Grandes tesoros ocultos (Ed. Nowtilus, 2015), es descrita en el relato bíblico como una poderosa arma: «Uno de los episodios más conocidos es el de la conquista de la ciudad de Jericó, cuyas murallas sólo pudieron ser tomadas cuando un grupo de sacerdotes hebreos marcharon en torno a la ciudad tocando las trompetas con el Arca a cuestas durante seis interminables días. El séptimo, mientras los sacerdotes volvían a repetir el proceso, Josué ordenó al pueblo que gritase con todas sus fuerzas, momento en que la muralla se derrumbó sobre sí misma». Ante semejante poder de destrucción mítico sólo la sinrazón nacionalsocialista podía plantearse su hallazgo para un uso como arma definitiva.

Pero ¿cómo podría catalogar el valor del Arca de la Alianza dentro de los objetos arqueológicos desaparecidos? Desde mi punto de vista existen dos tipos de tesoros en arqueología, los que sabemos que existieron y los hemos perdido, y los que tenemos noticias de que pudieron existir por su profusión en las fuentes.

De los primeros, tenemos una gran variedad. Yo aquí enumeraría, sin pensarlo, las maravillas del mundo antiguo, tales como los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Zeus en Olimpia, el templo de Artemisa en Éfeso, el mausoleo de Halicarnaso, el coloso de Rodas, el faro de Alejandría o la mismísima tumba de Alejandro Magno, así como objetos de poder como la mesa de Salomón o las piedras de Sankara. En el segundo caso podríamos hablar del caballo de Troya, de la belleza de Helena de Troya (si se me permite la osadía) o del significado y uso de los dibujos de Nazca, así como de otros objetos de culto como el Santo Grial, o de lugares como El Dorado o la Atlántida.

Es en esta segunda categoría donde nos paramos, donde el posible artefacto estudiado se funde entre la historia y el mito en las fuentes, y en el deseo y la tradición religiosa judeocristiana. Es decir, nos hallamos ante la barrera de la búsqueda del mito. ¿Es una quimera? Puede ser, porque buscar la belleza de Helena de Troya sería más trabajo de poetas o románticos soñadores que labor de arqueólogos, por razones obvias. Pero, como para todo en la vida, el sentido común nos da pistas sobre lo posible y lo imposible. Este sentido común, una formación cartesiana, la objetividad de la mirada del arqueólogo y una pizca de pasión y romanticismo son motores de no pocos descubrimientos. Pero me gustaría pararme en uno que, pienso, reúne algunas de las características que encontramos en el Arca de la Alianza.

Durante toda la Antigüedad y la Edad Media, se consideró la Ilíada, al igual que ha ocurrido con el relato bíblico, como un relato verídico. Personajes como Alejandro Magno, Julio César o Augusto creyeron que la historia de Aquiles y Patroclo era un hecho histórico. ¿Lo fue? Para ellos el mito, la historia y la religión era todo uno, como para el creyente judeocristiano. Sin embargo, en 1873 la pasión de un hombre, que sabía perfectamente que los dioses de la obra de Homero no existían, que no necesitaba relacionar sus orígenes a la Guerra de Troya como hicieran Julio César y Augusto, pero que el sentido común le dictaba que en toda leyenda hay un poso de verdad histórica, descubrió Ilion, para sorpresa y asombro de todos los eruditos contemporáneos. Ese hombre era Heinrich Schliemann. Y es cierto que la Troya excavada por Schliemann no era la Troya de la obra homérica, pero también es cierto que Homero nos contó una historia de dioses y hombres, como la Biblia, y que muchos investigadores coetáneos al descubrimiento pensaban que todo era una fantasía y nada más.

¿Es el Arca de la Alianza otra Ilion? No lo sé, pero de lo que sí estoy seguro es que jamás lo sabremos si nadie se lo pregunta. Javier nos propone la probabilidad de que el Arca sea tan material como Troya, algo real que los hombres, en su infinita capacidad de generar mitos que lo sosieguen en el duro viaje de la vida, hayan adornado a lo largo de los milenios hasta ese concepto fantástico que ha llegado hasta nosotros.

Con Operación Trompetas de Jericó iniciaremos un viaje trepidante que nos llevará desde el Antiguo Testamento hasta la arqueología moderna. En este viaje veremos cómo Dios da instrucciones precisas de cómo debe ser el Arca, le seguiremos la pista hasta el Templo de Salomón, pasearemos por Egipto de la mano de Moisés, hablaremos con autores que nos abrirán las puertas de un interesante debate historiográfico, nos reiremos de ridículos iluminados, nos salpicará la sangre de las espadas de los templarios que dieron su vida en Jerusalén, nos iremos al África más recóndita y aguantaremos la fría mirada de Heinrich Himmler buscando el Arca en Toledo.

Lo que Javier nos ofrece es volver a buscar el Arca como posible objeto arqueológico que la historia ha vapuleado, removido, ocultado y convertido en misterio, como tantos otros, llegando a plantearnos tanto su ubicación como su existencia. Una búsqueda que removerá y revisará las anteriores, que huirá de lo esotérico, como corresponde a la ciencia, y que nos dará información sobre las más recientes pistas para al final regalarnos una interesante hipótesis que, quién sabe, podrá servir de punto de partida para el que puede ser el más grande descubrimiento arqueológico de todos los tiempos.

Diego Peña

Introducción

Ya era medianoche, y esta maldita búsqueda de lo que los cabalistas judíos conocemos como el nombre secreto de Dios seguía sin dar los resultados esperados. Las últimas horas las había consumido vagando sin rumbo fijo por las oscuras y serpenteantes callejuelas de la ciudad de Toledo. Mirando a uno y otro lado, podía sentir cómo esos edificios, cargados de historia y misterio, me contemplaban mientras me preguntaba cuál podría ser el lugar, si es que realmente existía, en donde podía encontrar la clave necesaria para poner en funcionamiento la reliquia más sagrada de mi pueblo. Eso fue, por lo menos, lo que yo les había prometido a mis carceleros, y a los enemigos de mi gente, cuando sin saber muy bien cómo me propusieron encontrar para ellos la clave para activar esa terrorífica arma secreta, que para nosotros era el Arca de la Alianza.

Todo había empezado una fría mañana de enero, justo antes de que los temibles guardianes negros de la SS irrumpiesen en el pabellón del campo de concentración en donde estaba alojado junto a todos mis hijos varones. Yo ya llevaba despierto cerca de una hora, tal y como era habitual desde que había llegado a este mísero lugar, en donde a todos nosotros nos esperaba la peor de las fortunas. No había esperanza para los millones de judíos que no habíamos logrado atisbar el horror que estaba a punto de abatirse sobre todos nosotros. Ahora estábamos pagando por ello.

Eso es lo que cada día pensaba, justo antes del amanecer, mientras forzaba la vista a través de esa estrecha rendija situada en la cabecera de la incómoda litera en la que pasaba cada noche, y por donde se deslizaba un frío glacial, cargado de humedad, al tiempo que me preguntaba si esa jornada iba a ser la última en la que mis ojos contemplasen a mis amados hijos bajo la mortecina luz de este lugar cargado de odio y pesar. Las lágrimas empezaron a deslizarse sobre mis pálidas mejillas, mientras me volvía a martirizar por no haber logrado entender a tiempo el peligro al que nos enfrentábamos. En ese mismo momento, en el que me volvía a repetir que daría hasta mi propia alma por sacar a los míos de este infame lugar, la puerta del pabellón empezó a abrirse lentamente emitiendo su típico chirrido desgarrador, que me recordaba que esas escasas horas de paz habían terminado para nosotros.

Una desconocida silueta empezó a avanzar por el pasillo, en silencio, mientras deslizaba suavemente la cabeza en una y otra dirección buscando algo que yo ni siquiera podía imaginar. Mi corazón empezó a palpitar con fuerza, más aún cuando observé cómo este extraño personaje marchaba decididamente hacia el rincón en donde mi familia apuraba sus últimos momentos de sueño. Tratando de pasar lo más inadvertidamente posible, cerré los ojos y disimulé la respiración entrecortada provocada por el terror que esa imponente figura provocaba con su sola presencia. De repente el silencio se apoderó de la estancia, era evidente que este centinela había encontrado lo que buscaba, y después de unos segundos que a mí me parecieron interminables, una colosal mano empezó a zarandearme, obligándome a saltar de la cama, para advertirme que mi presencia se requería de forma inmediata en la caseta del primer oficial.

Apenas tuve tiempo para vestir las escasas prendas con las que contábamos y que de poco servían para combatir este intenso helor invernal. Estaba seguro de que había llegado mi momento final, pero ni siquiera tuve valor de mirar a los míos, tal vez por última vez, por el temor a perderlos e imaginar el siniestro destino que les esperaba, solos, en este macabro campo de concentración.

Presa del pánico, seguí a escasa distancia al enorme centinela, mientras apretaba su paso hacia una estancia que ya se empezaba a vislumbrar gracias a los primeros rayos de luz que acariciaban, sutilmente, este paisaje oscuro en el que nos encontrábamos provisionalmente asentados. Algo extraño debía de ocurrir para que todo un coronel de la SS me estuviese esperando en su despacho a esas horas de la madrugada. Cuando por fin llegamos a nuestro destino, mi acompañante informó a sus superiores de que el rabino judío esperaba el permiso pertinente para presentarse ante los oficiales. No tuve que esperar mucho tiempo. Inmediatamente recibí la orden de entrar en una austera pero confortable habitación, con la cabeza baja en señal de respeto y de asunción de mi inferioridad racial frente a unos individuos que se autoconsideraban miembros escogidos de una supuesta raza superior, en la que sólo ellos creían. Uno de los alemanes que se encontraban en el interior de la estancia se dirigió hacia mí en un tono firme, pero lejos de ese modo brutal y ofensivo que el resto de los SS habían usado con todos nosotros desde que llegamos aquí y nos encerraron entre estos muros.

—Rabino –se dirigió hacia mí mientras daba vueltas lentamente alrededor de mi escuálida figura–, has resultado bendecido por tu Dios al haber sido elegido para realizar un importante encargo para nuestro Führer y para Alemania.

El pánico dejó paso a la indecisión. Sin poder creer lo que estaba ocurriendo levanté la cabeza y observé cómo el coronel de la SS me observaba con una mirada inundada de rabia, mientras que su acompañante, un hombre de formas más elegantes, sonreía divertido al tiempo que estudiaba a ese extraño espécimen que tenía frente a sí.

—Es un honor poder servir a nuestro líder y a nuestra gran nación –dije tratando de ocultar mi asombro y mi ansiedad por saber qué es lo que estos malnacidos querían de mí.

—Ha respondido como un auténtico patriota –respondió con mofa mi desconocido acompañante, al mismo tiempo que miraba con complicidad a un coronel que aún se preguntaba por los motivos por los que le habían hecho salir de su cálida cama para entrevistarse con uno de sus judíos.

—¿Ha oído hablar del Arca de la Alianza? –Una pregunta absurda, pensé yo, sabiendo que se la estaban haciendo a un rabino del pueblo de Israel–. Pues bien –se contestó a sí mismo–, debe de saber que no hace muchas semanas uno de nuestros arqueólogos que se encontraba investigando la historia de este y otros objetos de culto de la degenerada religión judeocristiana encontró una pista bastante fiable sobre el paradero de la reliquia en la ciudad de Venecia, Italia.

Ambos se quedaron mirándome esperando una respuesta. Frente a estos tipos una palabra fuera de lugar podía condenarme si lo que oían no era del todo lo que esperaban.

—Una excelente noticia, señor. Desde hace siglos nuestros rabinos y estudiosos de la Ley Sagrada han intentado buscar alguna pista sobre su paradero, pero nunca hemos logrado tener ni la más remota idea del lugar en donde fue ocultada antes de la destrucción del Templo de Salomón en el 586 antes de Cristo.

Era evidente que le habían gustado mis palabras. En parte porque lo reafirmaba en su creencia de que este trabajo sólo era asequible para los miembros de una raza privilegiada física e intelectualmente.

—Es posible que sus rabinos no sean tan doctos como se consideran –respondió sin ningún tipo de pudor–, pero eso ahora poco importa. Nuestro Reichsführer, Heinrich Himmler, está dispuesto a encontrar este objeto sea como sea, y ahora usted va a ayudarnos a conseguirlo. Es innegable –continuó– que los poderes relacionados con el Arca pueden ayudarnos a ganar la guerra contra todos aquellos que desafíen a nuestra poderosa Alemania y a nuestro gran líder Adolf Hitler.

—Pero, señor –continué–, ninguno de nuestros rabinos ha conseguido nunca ofrecer una explicación racional sobre el lugar en donde deberíamos buscar. Nuestros conocimientos son puramente teóricos –susurré mientras escrutaba con atención el atuendo del individuo que tenía frente a mí.

—Deje eso para nosotros, los miembros de la Ahnenerbe nos ocuparemos de recuperar eso que su pueblo perdió hace tanto tiempo. Además, usted es un afamado cabalista, y sabemos que según sus tradiciones sólo un auténtico conocedor de la cábala judía será capaz de activar esos poderes sobrenaturales que tanto pueden hacer para nuestra causa.

Por fin comprendía los motivos por los que los nazis me habían buscado y cuál era el trabajo que esperaban de mí. A pesar de que desde el principio lo habían tratado de mantener en secreto, yo ya sabía que no hacía mucho tiempo algunos de los miembros del Partido Nacional Socialista, sin duda los más fanáticos creyentes en las ciencias ocultas, habían formado una especie de asociación, compuesta por auténticos majaderos, a la que se la denominó Sociedad de Estudios para la Historia Antigua del Espíritu, mejor conocida como la Deutsches Ahnenerbe, y dedicada al estudio de la herencia ancestral alemana, para poder comprobar cuáles eran los orígenes de la superioridad de la raza aria. También sabía que dentro de la Ahnenerbe existía un departamento encargado de encontrar las reliquias sagradas de unas religiones despreciadas por ellos. Entre sus principales objetivos estaban el Arca de la Alianza y el Santo Grial, y fue tal la obsesión del fundador de la sociedad, Heinrich Himmler, que no dudó en patrocinar decenas de excavaciones por todo el mundo, con la única intención de encontrar estos y otros objetos de poder.

Sí; ahora entendía muy bien el interés que mi humilde persona había provocado entre los asesinos de mi pueblo, pero lo más importante de todo es que por fin se abría ante mí la posibilidad de sacar a mi familia de esta maldita cárcel en donde sólo nos esperaba la muerte. En esos mismos momentos, empezaron a llegar a mis oídos los alaridos inflamados en odio con los que nuestros carceleros nos despertaban todos los días antes de salir el sol. Algo tenía que hacer, no podía dejar pasar esta oportunidad; el problema es que no sabía cómo podrían reaccionar ante la más mínima exigencia que pudiese plantearles a cambio de mi colaboración.

—Tal vez sepa cómo ayudarles –dije tratando de aparentar la mayor humildad posible–. Mi familia se sentiría honrada de acompañarles para intentar solucionar, de una vez por todas, el eterno misterio que desde hace tres mil años ha envuelto a nuestra más sagrada reliquia.

—¡Asqueroso judío! –bramó el coronel–, nunca permitiré que ni un solo hebreo salga de este lugar, y tú volverás aquí cuando haya finalizado esta absurda búsqueda.

Noté cómo mi cuerpo desfallecía, y una sensación de angustia se apoderó de mi ánimo, tanto que no supe si iba a ser capaz de reprimir el llanto. Todo parecía perdido para mí. Pero en ese momento, el joven oficial del que aún no sabía nada esbozó una sonrisa y se dirigió hacia su superior.

—¡Oh, vamos! Piénsalo bien, Hans, no vas a perder nada dejándolos en libertad. Además, piensa que tendrás unas cuantas bocas menos para alimentar.

—Von Kessler, tú eres un héroe de guerra y un ejemplo para los nacionalsocialistas, y por lo tanto debes de comprender que, bajo ningún pretexto, dejaré salir de mi campo ni a un solo judío.

—¿Bajo ningún pretexto? –repitió el que yo empezaba a considerar que podía ser mi salvador–. Te recuerdo que vengo por encargo de Himmler y por lo tanto, en todo lo que respecta a este asunto, se hará todo de la forma que más me plazca.

La mención de Heinrich Himmler fue suficiente para poner al coronel fuera de combate. Abatido, decidió abandonar su despacho para iniciar una ronda y poder pagar con el resto de los reclusos la frustración que sentía por haber sido humillado por un oficial de rango inferior, y aún peor, con la presencia de un asombrado israelita al que la fortuna le había devuelto la esperanza.

—De acuerdo –me dijo Von Kessler–, dime entonces cuáles son los motivos, si los hay, por los que puedo contar contigo. –Entonces se sentó, y abriendo bien los ojos comenzó a estudiarme detenidamente, preguntándose si realmente valía la pena contar con un pequeño rabino en la búsqueda del que podía ser el objeto más poderoso sobre la faz de la Tierra.

—Señor oficial –no tardé en responder–, existen muchas posibilidades a la hora de plantearse cuál pudo ser el destino final del Arca de nuestro Señor. Es evidente que no puedo darles una respuesta definitiva.

—¿Entonces?

—Dejo eso en sus manos. Si realmente sus hombres han conseguido descubrir una nueva pista sobre el paradero del Arca de la Alianza, es necesario que la estudien para ver si realmente les conduce hasta ella. Lo único que le puedo asegurar es que si realmente la encuentran necesitarán a un hombre como yo para poder activar sus innegables poderes.

—Habla –contestó lacónicamente.

Yo ya era consciente de que me estaba acercando al momento clave, en el que este veterano de guerra nazi iba a decidirse por mi participación, o no, en esta extraña misión, por eso traté de avivar mi ingenio para cautivar a este individuo que, sin duda, debía sentir fascinación por los conocimientos más ocultos y esotéricos de un pueblo que a buen seguro no comprendía. Durante muchos años me había dedicado, casi hasta llegar a la obsesión, al estudio de la cábala. Por eso conocía una antigua tradición que defendía la existencia de un nombre secreto de Dios como clave necesaria para comprender la naturaleza del Arca de la Alianza.

Me armé de valor, y creo que por primera vez me vi con fuerzas suficientes para despegar mis pies del suelo. Mis pasos me guiaron alrededor del despacho de este temido coronel de la SS que ahora parecía haber desaparecido. Cuando llegué a la ventana de la habitación pude observar una intensa neblina que se había posado sobre los desolados campos de este horrible campo de concentración en donde habíamos sido encerrados sin saber aún por qué. Me di la vuelta y miré fijamente a Von Kessler.

—Nuestro amado y añorado rey Salomón, hijo de David, sobre ambos sea la paz, fue el más grande soberano que nuestro pueblo ha tenido. No fue un gran conquistador –continué–, e incluso algunas de sus decisiones de gobierno generaron una gran crispación entre las tribus, pero...…

—Pero algo descubrió –añadió Kessler, que ya empezaba a dar muestras de inquietud mientras se acomodaba en el gran sillón de cuero negro situado tras la mesa del oficial.

—Sí, algo descubrió. El hijo de David destacó, por encima de todo, por su enorme sabiduría. Según nuestros libros sagrados, Salomón tenía la capacidad de conocer todas las cosas de la naturaleza, e incluso se dice que podía observar, sentado en su trono, el devenir histórico de todos los hechos ocurridos en el pasado, pero también los que aún estaban por llegar.

—¿Y qué demonios tiene eso que ver con la búsqueda del Arca de la Alianza? –exclamó el alemán–. Está haciéndome perder el tiempo.

—Señor –dije tratando de aparentar seguridad–, la sabiduría de nuestro soberano tenía un origen divino, y según nuestras más ancestrales tradiciones la adquirió a través del conocimiento del nombre secreto de Yahvé, que es precisamente el elemento clave para que pueda ponerse en funcionamiento nuestra más sagrada reliquia, que simbolizaba la presencia de nuestro Dios en la Tierra.

La cara de Kessler pareció iluminarse. Estaba claro que el afamado soldado alemán se jugaba mucho en esta nueva misión. Su trabajo estaba siendo valorado por algunos de los más altos gerifaltes del régimen nazi, por lo que su éxito podría hacerle aumentar su prestigio y escalar posiciones para llegar a la cúspide, en donde unos pocos elegidos se habían confabulado para decidir el destino de Alemania y del mundo. Y él quería ser protagonista, y por qué no, al lado del mismísimo Führer.

—¿Y bien? –preguntó el alemán–, ¿me va a decir cuál es esa palabra necesaria para poner en funcionamiento el Arca?

—Es evidente que nadie la conoce –contesté de inmediato–, pero creo que conozco el lugar en donde podemos buscar uno de los objetos sagrados de nuestro Templo, que según nuestras tradiciones tiene escrito sobre su superficie el nombre secreto de Yahvé. Este objeto tiene que encontrarse necesariamente en España, tal vez en la ciudad de Toledo.

Estaba claro que al oficial de la temida Orden Negra no le iba a resultar nada fácil descubrir un secreto que había permanecido oculto durante cerca de tres mil años. Y eso lo sabía el pequeño rabino judío, consciente como era de la necesidad que tenía el alemán de contar con su ayuda. Sin ningún tipo de temor se dirigió con paso decidido hasta la robusta mesa tras la cual permanecía dubitativo Kessler.

—Creo que sé cómo puedo ayudarle –dijo mientras apoyaba firmemente las manos sobre la superficie de madera pulida en donde se amontonaban, en un aparente desorden, algunos documentos marcados por la temida águila del nacionalsocialismo.

En ese mismo momento, giré la cabeza y observé un pequeño dosier que destacaba entre todos ellos. Sin ninguna dificultad pude leer unas palabras cuyo significado no podía ser más obvio: OPERACIÓN TROMPETAS DE JERICÓ.