



ÍNDICE GENERAL
ESTUDIO
1.Introducción
2.Estado de la cuestión
3.Algunas claves para la contextualización de las obras misioneras filipinas
4.Gramática y religión
5.El proceso codificación de las lenguas indígenas filipinas
6.Los estudios coloniales sobre el tagalo
7.Los franciscanos filipinos
8.Fray Sebastián de Totanés. Síntesis biográfica
9.Estudio del Arte de la lengua tagala
9.1.Las cuatro ediciones
9.2.Fuentes
9.2.1.Fuentes europeas
9.2.2.Fuentes locales
9.3Metodología
9.4.Destinatarios
9.5.Estructura del Arte
9.6.Estudio del contenido
9.6.1.La variación dialectal
9.6.2.El estilo
9.6.3.Análisis fónico
9.6.4.Morfología y sintaxis
9.6.5.Léxico
10.Nuestra edición
11.Conclusión
12.Bibliografía
12.1.Fuentes primarias
12.2.Fuentes secundarias
EDICIÓN
Arte de la lengua tagala y manual tagalog
Prólogo y dedicatoria
Tabla de lo contenido en este Arte
LINGÜÍSTICA MISIONERA
VOL. 6
EDITOR DE LA SERIE:
Otto Zwartjes (Amsterdam)
COMITÉ ASESOR:
Cristina Altman (São Paulo)
Georg Bossong (Zürich)
Julio Calvo Pérez (Valencia)
José Antonio Flores Farfán (México)
Gregory James (Hong Kong)
Emilio Ridruejo (Valladolid)
Joaquín Sueiro Justel (Vigo)
Klaus Zimmermann (Bremen)
La colección LINGÜÍSTICA MISIONERA constituye un foro internacional con dos objetivos principales. Por un lado se trata de editar o reeditar principalmente obras lingüísticas del período colonial relativas a las lenguas amerindias y asiáticas. Por otra parte se persigue abrir un espacio para el estudio sistemático de la contribución de la lingüística misionera al conocimiento y descripción de estas lenguas.
La edición de esta obra forma parte del proyecto de investigación fundamental no orientada “Lingüística española en Asia” (LINEAS), dirigido por el Dr. Joaquín Sueiro Justel, profesor Titular de Universidad de la Universidad de Vigo. Este proyecto, con referencia H110 131 H 6440214, fue financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación a través de la Dirección General de Programas y Transferencias de Conocimiento.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)
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Depósito legal: M-35369-2014
Diseño de la cubierta: Carlos Zamora
Este libro está impreso íntegramente en papel ecológico blanqueado sin cloro.
Impreso en España
A Mario y Quique
A Ana, Alexandre y Marta
Estudio preliminar
1. Introducción
La labor realizada por los misioneros españoles en Filipinas desde finales del siglo XVI hasta finales del siglo XIX tuvo una importante incidencia en el desarrollo de diferentes ámbitos: religioso, cultural, social, institucional y, por supuesto, lingüístico. En lo que a este último se refiere, podemos señalar la elaboración de cartografía lingüística, los estudios tipológicos, los análisis contrastivos, los avances metodológicos en la recogida de datos, la didáctica de lenguas, etc. (Sueiro Justel 2002b); pero es, sin duda, en el campo de la enseñanza-aprendizaje de segundas lenguas donde alcanzó una mayor repercusión, a corto y largo plazo. Ni la situación actual del tagalo, ni la situación del español en Filipinas podría entenderse sin tener en cuenta el alcance de los trabajos lingüísticos de los misioneros españoles, pioneros en la realización de estudios descriptivos sobre las lenguas filipinas, para los que tomaron como lengua de referencia el latín: “Los misioneros realizaron el primer gran intento de estudiar códigos lingüísticos y reducirlos a reglas y categorías, para que quienes los estudiaran generaran un sinfín de enunciaciones basadas en las estructuras analizadas” (Sales 2008: 79).
Los procesos de colonización suelen llevar aparejado un conflicto lingüístico, generalmente la lengua del pueblo colonizador se impone como lengua de cultura del pueblo colonizado y a veces se convierte en lengua de comunicación general. No fue esto lo que sucedió con el español en el archipiélago asiático, como ya se ha analizado (Quilis y Casado Fresnillo 2008, Sueiro Justel 2002b). El español fue idioma oficial de la República de Filipinas hasta 1987, año en el que se promulga la Constitución “Cory”, siendo presidenta Corazón Aquino, y se suprime su oficialidad. Antes estuvo presente durante siglos en la administración, la justicia, la política, el comercio, las publicaciones oficiales, la enseñanza, etc., pero no consiguió, por razones ya bien conocidas, imponerse al tagalo y a otras lenguas filipinas como lengua de comunicación general1.
Si hubiésemos de justificar aqui, lo útil é indispensable que es al que se transporta á estas Islas, el conocimiento del dialecto tagalo, harto difusos habríamos de ser, al esponer los innumerables tropiezos y graves inconvenientes con que tiene que luchar el que pasa á vivir á un país, en que después de tres siglos y medio próximamente de dominacion, apenas se ha estendido el castellano, mas que en la capital y sus pueblos limítrofes, donde se habla un poco por los naturales, aunque bastante desfigurado y corrompido (Abella 1874: 3).
Uno de los resultados más destacables, desde una perspectiva lingüística, de la colonización europea es que las lenguas indígenas se vieron revitalizadas, gracias fundamentalmente a la elaboración de artes y vocabularios para su aprendizaje, lo que contribuyó significativamente a su proceso de estandarización:
É inegável que a institucionalização de uma variedade lingüística, em forma de gramática, vocabulário, ou mesmo de outro gênero qualquer da literatura missionária (cartilhas, catecismos, sermonários, confessionários) acelerou os processos de estandardização e generalização de certas línguas indígenas americanas entre os diversos povos coloniais ([Fernandes Salles] Altman 1999: 152).
Pese a la relevancia de la labor de estos religiosos, y a diferencia de lo que sucedió con los materiales lingüísticos producidos durante la etapa colonial americana, los estudios académicos han prestado tradicionalmente menos atención a la lingüística misionera española en Asia. Aun considerando que la producción filológica misionera filipina, sobre todo la de los siglos XVI-XVIII, pasó desapercibida en Europa en su momento por la enorme distancia entre Manila, el principal centro de difusión editorial del archipiélago, y los grandes focos culturales europeos y que la labor lingüística de los religiosos no empezó a ser conocida en Europa hasta que los jesuitas repatriados llegan a Roma (Hervás y Panduro, a través de Zwartjes 2010: 13); la razón de este desinterés parece obedecer, en último término, a que la colonización filipina tuvo un impacto socio-económico, demográfico y político mucho menor que la de América y la producción lingüística, en consecuencia, no alcanzó la misma visibilidad.
Tratando de mitigar este déficit, presentamos esta obra. No existe bibliografía especializada que aborde el estudio integral del Arte de la lengua tagala de Sebastián de Totanés. Hay referencias aisladas en testimonios del mismo género y en diferentes obras de investigación, pero ningún estudio específico del texto. El interés de este trabajo reside, en buena medida, en el intento de abordar empíricamente la contextualización de unos materiales lingüísticos estudiados tangencialmente y proporcionar a los investigadores una versión del documento que, aunque muy próxima a la edición de 1745, permite realizar una lectura más fluida y acceder, a través del cuerpo de notas, a los principales cambios introducidos en las ediciones posteriores. El análisis detenido de estos materiales lingüísticos desde una perspectiva gramatical, dado el estado de la cuestión, superaría con creces la extensión esperada en un estudio introductorio. En este sentido, limitaremos la investigación a apuntar alguno de los aspectos más reseñables, dejando la puerta abierta a futuros trabajos.
2. Estado de la cuestión
La mayoría de las obras lingüísticas misioneras filipinas permanecen olvidadas en archivos y bibliotecas, solo un pequeño porcentaje, casi simbólico, cuenta con una edición moderna. Aunque conocemos el nombre de las instituciones que custodian la mayor parte de los documentos, todavía no están todos los materiales catalogados y es posible que la investigación bibliográfica pueda traernos más hallazgos significativos.
El desinterés de la comunidad científica por la reedición de este tipo de obras obedece a razones de diferente índole. El trabajo con textos pertenecientes a este ámbito de la historiografía lingüística, manuscritos o impresos, presenta importantes dificultades: a la complejidad de los propios documentos que, con frecuencia, exigen un trabajo multidisciplinar, porque no se agotan en un estudio lingüístico o filológico, hay que sumar las limitaciones físicas; hablamos de textos que, en ocasiones, sufren un importante grado de deterioro, debido a la fragilidad del soporte (con frecuencia, papel de arroz) y a los avatares sufridos en el tiempo. Todo ello hace que el estudio de estas obras exija muchas horas de dedicación y que el proceso investigador se ralentice. La tendencia actual de las instituciones culturales a digitalizar sus fondos facilita, cuando menos, la localización y consulta de algunos de estos documentos. Aun así, la mayor parte del legado que heredamos de esos más de tres siglos de presencia española en Filipinas está todavía en soporte papel.
Algunos lingüistas, como denuncia Zwartjes (2010: 14), rechazan el estudio de las obras misioneras porque consideran que ofrecen una descripción desvirtualizada de las lenguas indígenas, por someterlas a los cauces grecolatinos, siendo tipológicamente tan diferentes. Pero lo cierto es que, pese a los muchos puntos de conexión con la gramática europea, no hay uniformidad en las descripciones lingüísticas indigenistas y solo profundizando en el estudio de estas obras se podrá llegar a valorar su verdadero grado de proximidad a la realidad lingüística.
Al margen de estas consideraciones, no podemos ignorar que hay también importantes condicionamientos económicos que lastran el desarrollo de la actividad editorial en este ámbito científico. Las artes y vocabularios misioneros tienen un mercado muy limitado y es extraño que se realicen ediciones modernas sin contar con el patrocinio de algún organismo público o institución cultural: se trata de publicaciones muy costosas que no resultan económicamente rentables porque están dirigidas a un grupo de lectores muy restringido.
Por unas razones u otras, la lingüística misionero-colonial filipina ha pasado largos periodos en vía muerta. Aunque se han reeditado muchas obras misioneras americanas, entre las más recientes el Arte de la lengua cholona de Pedro de la Mata (2007[1748]), con estudio de Alexander-Bakkerus, o la edición crítica realizada por Bernhard Hurch del Arte y vocabulario del idioma huasteco de Severino Bernardo de Quirós (2013[1711]), en el caso filipino ha habido muy poca actividad editorial2:
•Edición facsímil de la gramática tagala de Blancas de San José (1997[1610]), de Antonio Quilis.
•Edición, también facsimilar, del vocabulario de Buenventura (1994[1613]).
•Reconstrucción del vocabulario manuscrito de Francisco de San Antonio, fechado alrededor de 1620, realizada por Antoon Postma y publicada en el año 2000 en Manila.
•Vocabulario de la lengua bisaya, hiligueyna y haraya de la isla de Panay y Sugbú para las demás islas (2004[1637]) de Alonso de Méntrida, con introducción de García-Medall.
•Edición facsimilar del Arte de la lengua yloca (2009[1627]) de Francisco López, también con estudio de García-Medall.
•Reedición facsimilar y estudio del Tagalysmo elucidado (1742) de Melchor Oyanguren de Santa Inés, publicada por Otto Zwartjes, con el auspicio de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, en el 2010.
•Tesis doctoral de Rebeca Fernández, presentada en la Universidad de Valladolid en 2011: una edición moderna, prologada, del Calepino ilocano (inédita, hasta el momento).
•Reedición, con estudio preliminar y diferentes índices temáticos, del Arte de la lengua de Pangasinan (1690) de Andrés López, a cargo de los mismos editores que esta edición. Ambas obras se inscriben en el proyecto “Lingüística Española en Asia” (LINEAS I) de la Universidad de Vigo, coordinado por Joaquín Sueiro y financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación.
Al margen de las reediciones, ha habido otro tipo de labor investigadora —canalizada, en buena medida, por los congresos y revistas especializadas— que ha ido dinamizando la actividad editorial: ejemplo de ello puede ser el trabajo de Werlen (2011) sobre el análisis del verbo tagalog que realiza Wilhelm von Humboldt basándose en la obra de Totanés y que supone un hito en la recepción de la obra del misionero en Europa3.
Aunque en los últimos años los estudios sobre lingüística misionera española en Filipinas han ido en aumento, habría que reeditar más obras para facilitar el acceso a las fuentes primarias y diversificar e incrementar el interés de la comunidad científica por este ámbito de nuestra historiografía. Parte de los estudios realizados hasta el momento tienen como fuentes primarias fondos lingüísticos que solo se encuentran en el catálogo bibliográfico de un número muy reducido de archivos o bibliotecas y tampoco son accesibles electrónicamente.
3. Algunas claves para la contextualización de las obras misioneras filipinas
Debemos considerar las peculiaridades contextuales que pudieron incidir en la producción lingüística de los misioneros españoles en el Sudeste asiático, para dimensionar adecuadamente la importancia de los recursos sobre los que se articula la descripción de los fenómenos lingüísticos y la repercusión de estos condicionamientos externos en el desarrollo de la actividad léxica o gramaticográfica.
El análisis de un texto, independientemente de su naturaleza, no puede desvincularse de las condiciones sociales e ideológicas en que se circunscribe y de la proyección del punto de vista y de los conocimientos interpretativos del lector (véase Sueiro Justel 2012). Los materiales lingüísticos son objetos culturales y, por lo tanto, un comentario integral no puede centrarse en lo intrínseco y desdeñar los conocimientos históricos y culturales que rodean los procesos de creación y de lectura e interpretación sin riesgo de distorsionar, más allá de lo inevitable, la naturaleza del objeto análisis. Máxime en el caso de las obras lingüísticas misioneras, que por las peculiaridades en las que se gestaron constituyen necesariamente un género en el que se da un alto grado de intertextualidad; en palabras de Miguel Cuevas, estas artes conforman una “«serie metodológica», eslabonada a otros conjuntos de series: las gramáticas amerindias, las vernáculas europeas y las de la tradición grecolatina, con las que comparten numerosas características” (Cuevas Alonso 2011: 626).
El marcado acento formulario de la mayoría de las artes, tanto en los preliminares, como en el propio cuerpo del texto, obliga al investigador a redoblar los esfuerzos para aproximarse a la intención autorial. Por otro lado, la visualización del protocolo lingüístico es paso indispensable para superar la repetición de fórmulas consolidadas por la tradición y alcanzar el núcleo más significativo de cada testimonio: aquellos momentos en los que el autor se desvía del camino trazado y explora nuevas vías en el estudio y presentación de los materiales lingüísticos. Pero para discernir entre tradición e innovación es necesario incardinar previamente cada autor, cada producción lingüística, en su propio contexto.
4. Gramática y religión
Tan cierto es que no podría escribirse la historia de Filipinas sin tener en cuenta la presencia española, como que no podría desvincularse el proceso de aculturación de la labor de las órdenes religiosas. El establecimiento de la Iglesia en Filipinas se produce en el mismo momento de la llegada de los españoles, en 1565; los primeros en administrar los sacramentos a los nativos fueron los agustinos. Los franciscanos, orden a la que pertenece Totanés, se establecen en el archipiélago en 1578 y fundan la Provincia de San Gregorio Magno. Los jesuitas, terceros en el orden de llegada, alcanzaron las costas del Archipiélago en 1581 y fundaron la misión de Filipinas de la Compañía de Jesús. Los siguientes fueron los dominicos, que llegaron a Manila en 1587 y crearon la Provincia del Santísimo Rosario. La última de las grandes órdenes en establecerse en Filipinas fue la orden de los agustinos recoletos (1606), fundadores de la provincia de San Nicolás de Tolentino.
La realidad económica filipina (véase Elizalde Pérez-Grueso 1998) no justifica la campaña de aculturación realizada por los españoles, a diferencia de lo que sucedió en los territorios americanos, que proporcionaron a la Corona enormes riquezas. Como señala López García-Molins:
En realidad España desplegó un esfuerzo mayor para favorecer la penetración del español en Filipinas del que había desarrollado en los virreinatos americanos. Hay una razón para ello. En ambos casos la coartada la suministró la necesidad de propagar el catolicismo. Sin embargo, esto que en América muchas veces fue un mero pretexto, pues el deseo de expoliar el continente resultaba demasiado evidente, en Filipinas parece haber sido el verdadero motivo ya que se trataba de un territorio pobre a los ojos de la economía productiva de la época. De ahí que a América acudieran innumerables españoles, a Filipinas sólo unos pocos miles de religiosos (López García-Molins 2008: 12)
El proyecto de expansión del cristianismo en Asia fue, no solo desde una perspectiva material sino también ideológica, un reto de mayor envergadura, porque conllevaba el intento de frenar, con escasos medios, el avance de la religión musulmana, circunstancia a la que no tuvieron que enfrentarse los religiosos españoles en América:
en esta región de Asia lo que el español tenía enfrente no eran sólo lenguas indígenas, sino también la lengua árabe de la religión musulmana que era propagada desde Indonesia. Así ocurrió que el español no sólo se veía como la lengua de la metrópoli, también era la lengua de los cristianos frente a la lengua de los musulmanes (López García-Molins 2008: 12).
La aculturación del archipiélago filipino obedece, además de al deseo de control ideológico de la población nativa, por parte de la Iglesia y la Corona, para frenar el avance del islamismo en el continente asiático, a razones de índole geoestratégica: Filipinas era un dominio de enorme interés para asegurar el flanco pacífico de América y la fluidez del comercio con India y China (Sueiro Justel 2002b).
Cuando llegaron los primeros españoles a las Islas, la población nativa estaba muy dispersa, tanto geográfica como políticamente. Los españoles se encontraron con multitud de lenguas, pueblos y entidades políticas menores, de modo que una de las primeras medidas adoptadas por los evangelizadores fue la concentración de los indios en misiones, situadas en zonas de fácil acceso. Al tiempo que los religiosos continuaban con las incursiones en las montañas, bosques y selvas, se iban mejorando las infraestructuras para facilitar el rastreo y la concentración humana en zonas mejor comunicadas. Una vez formadas las parroquias, se acometió la empresa de desarrollar los instrumentos necesarios para la evangelización, en especial la formación lingüística de los misioneros; de ahí la elaboración de gramáticas, diccionarios y obras religiosas de diferentes géneros.
Una de las cosas que más sorprendieron a los españoles a su llegada a Filipinas fue el escaso grado de desarrollo de sus habitantes desde el punto de vista cultural en comparación con el de algunos pueblos prehispánicos de América.
Los españoles no encontraron vestigios de monumentos arquitectónicos, ya que los nativos no utilizaban ni la piedra ni el ladrillo como materiales de construcción. Desconocían las artes plásticas. Sí poseían, en cambio, algunas esculturas, especialmente religiosas, aunque fabricadas casi exclusivamente en madera (Sánchez Fuertes 1992: 737).
Tenían, sin embargo, un alto grado de alfabetización; contaban con un sistema de escritura propio, el baybayin, formado por diecisiete letras: catorce consonantes y tres vocales, pero pocas manifestaciones literarias y, según los testimonios que nos han llegado, ninguna impresa, aunque en aquellos momentos los chinos ya empleaban el sistema xilográfico y ellos tal vez lo conocieran. Impreso o manuscrito, Totanés parece que sí conoció algún documento prehispánico, como se puede interpretar de las siguientes palabras: “Este modito del Nang, se halla, y le hè visto impresso assi, pero Confiesso no averle oido de boca de Indio alguno, ni visto en Papel alguno suyo, à lo que me acuerdo” (1745: 129).
A principios del siglo XVIII todavía quedaban algunas rancherías habitadas por tribus indígenas en los montes. Durante este siglo son expulsados los ciento cuarenta y ocho misioneros jesuitas establecidos en el archipiélago y su zona de catequización se repartió entre otros grupos religiosos. En España se limitó el ingreso de novicios en las órdenes y descendió, en consecuencia, el número de misioneros voluntarios para Filipinas4.
En estos siglos de dependencia de la Corona española fueron muchos los frailes españoles que, movidos por la necesidad de salvar las barreras comunicativas, se aplicaron a la costosa labor de describir, con diferentes resultados, algunos de los idiomas autóctonos. Tanto las artes como los vocabularios misioneros filipinos, como apunta Sueiro Justel (2002a), tienen una doble finalidad: una finalidad pastoral, porque con ellos se pretende llevar a la práctica la evangelización de la población filipina y, relacionada con la anterior, una finalidad didáctica, porque están destinados a facilitar el aprendizaje de las lenguas indígenas a los religiosos recién llegados:
grande debe ser el cuidado, y el empeño con que se hà de emprehender el estudio de este Idioma, pues es la Lengua el unico arcaduz por donde se les hà de comunicar tanto Thesoro, y el Indice necessarissimo, y sine quo no se les puede demostrar, como se debe, el camino para/que lleguen al logro de felicidad tanta (Totanés 1745: X).
Hablamos de obras en las que se percibe un alto grado de hermetismo, muy evidente ya desde los preliminares. La vinculación de los autores con la Iglesia y el peso de la propia institución en aquellos momentos en el archipiélago, y en la misma Corona, explican la férrea censura a la que se sometían las obras antes de salir de la imprenta. Por ello, aunque el investigador persista en rastrear elementos de las culturas prehispánicas, poca información encontrará acerca del grado de desarrollo alcanzado por aquellos pueblos; en especial, si se trata de cuestiones sensibles de entrar en confrontación con los preceptos cristianos, silenciadas sistemáticamente.
Hay profundas diferencias entre las primeras gramáticas de las lenguas vernáculas europeas, nuestro referente cultural más próximo en el campo de la didáctica de lenguas, y la tradición gramatical misionera en Filipinas. Las primeras gramáticas europeas son producto del deseo de los humanistas de dignificar las lenguas nacionales, siguiendo la estela de las grandes lenguas clásicas. Contar con una gramática aumenta la visibilidad de las lenguas, refuerza la tendencia a la homogeneidad, incrementa sus posibilidades de pervivencia en el tiempo y su reconocimiento social. El proceso de codificación de las lenguas del archipiélago filipino por parte de los colonizadores europeos fue muy distinto. El fin de los religiosos, principales artífices de esta labor, no era la dignificación de las lenguas naturales de la población indígena (este fue un efecto colateral del que los misioneros eran también conscientes), sino manejar de una forma efectiva esta herramienta para ejecutar la misión que les había llevado a aquellas tierras, la evangelización. Los religiosos, muy inferiores en número, pronto asimilaron que, si Dios había creado las lenguas, cualquiera de ellas podría ser un digno vehículo para la divulgación de su palabra.
Esta Lengua Tagala (segun sienten algunos) en solo lo superfluo es abundante; en lo necessario escasa, y pobre; poco politica, y de ninguna elegancia. Dèmos caso, que assi sea, (que otros muchos, y muy peritos en ella sienten lo contrario) pero el fin à que su estudio se dirige es Divinissimo; con que queda, por ser medio necessario para el logro de aquel fin, divinizado este Idioma (Totanés 1745: X).
Así pues, la codificación de las variedades vernáculas filipinas es, inicialmente, consecuencia del deseo de control ideológico por parte de la Iglesia, de ahí la abundancia de voces religiosas en estas gramáticas. La mera inmersión lingüística tal vez fuera suficiente para que un español pudiera comunicarse con los naturales, pero la captación de las almas exigía un mayor grado de competencia lingüística. Tanto las primeras obras gramaticales, como los primeros repertorios lexicográficos y otros materiales complementarios son un refuerzo pedagógico del proceso de inmersión lingüística y están destinados casi en exclusiva a los miembros de las órdenes religiosas.
Adquirir la lengua de los nativos para transmitir el evangelio fue una medida de urgencia impuesta por las peculiaridades que rodearon la labor misional en Filipinas, pero sustituir el alfabeto latino por el baybayin no era necesario, ni aceptable desde un punto de vista dogmático. Además, el aprendizaje de un nuevo sistema de escritura hubiera vuelto todavía más complejo el proceso de integración lingüística (Cuevas Alonso 2011).
El vocabulario tagalo del padre Pedro de San Buenaventura
es una de las piezas claves en el proceso histórico del idioma tagalo, sobre todo en el dificultoso comienzo de la trascendental labor de sustituirse el baybayin o alfabeto filipino por el abecedario latino (Tormo Sanz 1978: 395).
La producción bibliográfica de Filipinas durante la época colonial es sobre todo labor de los misioneros, por ello las obras publicadas en los siglos XVII y XVIII tienen un carácter predominantemente religioso: confesionarios (con frecuencia en forma de apéndice de gramáticas y diccionarios para ser utilizados por los párrocos en su labor catequética), sermones, catecismos, doctrinas, devocionarios, etc. Incluso las artes y diccionarios tenían un propósito pastoral (no encontramos trabajos puramente científicos o literarios hasta mediados del XIX).
Los talleres de impresión estuvieron durante siglos en manos de las órdenes religiosas:
Hay una faz peculiarísima del arte tipográfico en Manila durante este periodo, en que, a la inversa de lo que sucede en las demás ciudades que disfrutaron de los beneficios del arte de imprimir (tanto en Europa, como en América, casi sin excepción alguna) que lejos de estudiar al impresor mismo, hay que seguir la marcha del taller tipográfico, bajo un nombre cualquiera (Medina Zabala 1958: 15).
No obstante, los autores religiosos eran un número reducido y sus publicaciones no eran suficientes para mantener abiertos los talleres de impresión todo el año, ni para hacer mayores inversiones en el sector; esto repercutió negativamente en la calidad de los impresos y grabados. A las limitaciones técnicas (escasez y baja calidad de los materiales), se sumaban las limitaciones humanas: la poca o nula cualificación de los empleados “indígenas que no pasaban de ser meros obreros a jornal, o miembros de las mismas comunidades eclesiásticas” (Medina Zabala 1958: 15-16).
Las prensas y los tipos, precarios ya de por sí, no tenían el necesario mantenimiento. El papel empleado suponía también un problema, sobre todo de cara a la manipulación y preservación en el tiempo de los materiales impresos. El papel de seda, de China o de arroz, llamado así porque procedía de este país asiático y se suponía fabricado con esta planta, era extremadamente quebradizo. Mientras en China se usaba papel fabricado con bambú y, sobre todo, con algodón, Filipinas compraba un papel de inferior calidad, impregnado en alumbre durante el proceso de blanqueamiento:
condición fatal para un clima tan húmedo como el de aquellas islas. Además, como el alumbre que emplean es impuro y contiene grandes proporciones de sales de hierro, la humedad y el tiempo hacen que se forme un óxido que mancha al fin el papel, por cuya razón los libros filipinos presentan una coloración que recorre la gama de tonos desde el color de hueso al de canela obscuro (Pardo de Tavera, a través de Medina Zabala 1958: 33).
5. El proceso codificación de las lenguas indígenas filipinas
El proceso de codificación del tagalo y de otras lenguas filipinas pudo ser similar al de las llamadas lenguas generales sudamericanas por parte de los misioneros católicos durante los siglos XVI y XVII, motivo de controversia en la comunidad científica (Altman 1999): algunos investigadores defienden que las lenguas indígenas americanas perdieron su identidad en las artes misioneras al ser sometidas a los cauces latinos; otros, que las descripciones lingüísticas de los religiosos eran fidedignas y que las lenguas nativas se adulteraron al entrar en contacto con otras lenguas, de modo que el cambio lo provocaron sus propios hablantes y no los colonizadores. Altman comenta en relación al tupí:
Do ponto de vista da história da língua stricto sensu, a verdade, muito provavelmente, está no meio termo: nem a língua descrita pelos primeiros missionários seria ficção (Rodrigues 1995), nem teria deixado de sofrer uma inevitável intervenção dos seus primeiros descritores cujas motivações, como sabemos, não eram as de registrar puramente suas formas e funções (Altman 1999: 152).
El peso de la tradición latina es innegable, pero, como apunta la autora brasileña, sería necesario profundizar en el estudio de estas artes para determinar en qué medida la descripción de las lenguas indígenas está además condicionada por el conocimiento de estos religiosos de sus vernáculas y su propia intuición lingüística sobre la lengua objeto de estudio.
Como en América, los misioneros partieron de unos postulados gramaticales europeos y europeístas e introdujeron en sus obras un alto contenido dogmático. Pero, al tiempo, se esforzaron en recoger un estado de lengua próximo al uso real que hacían los hablantes nativos para agilizar el proceso de inserción de las misiones y la difusión del cristianismo. Por ello, el estudio de los fenómenos lingüísticos obliga a profundizar en la teoría, de corte fundamentalmente clásico, que subyace en estas gramáticas, pero también a tener muy presentes esas continuas referencias al uso y a la experiencia, que nos permiten dar un paso hacia delante en la reconstrucción de esa realidad lingüística. Sabemos que las artes misioneras se articulan, en esencia, a partir del traslado de las estructuras y componentes del latín a las lenguas autóctonas, pero allí donde observan los misioneros fenómenos lingüísticos que escapan a sus conocimientos sobre gramática latina o romance, se ven obligados a improvisar soluciones descriptivas, más o menos originales, que introducen un componente distintivo frente a otras tradiciones misioneras.
A las dificultades internas que puede presentar cada lengua —fónicas, morfosintácticas, léxicas e incluso pragmáticas— hay que sumar la adquisición de conocimientos que trascienden estos niveles lingüísticos y sin los cuales no se puede hablar de competencia plena. Las lenguas no son meros instrumentos de comunicación, son objetos culturales que se erigen sobre un universo de conocimientos comunitarios en el que están profundamente enraizadas:
Las lenguas no reproducen el mundo exterior como los formalismos de la Lógica: si así fuese, cualquier lengua podría traducirse a cualquier otra sin residuo, lo que no es el caso. Las lenguas modulan la visión del mundo a través de un filtro cultural y al usarlas es exactamente esto lo que estamos empleando (López García-Molins 2008: 14).
En la historia de la didáctica de lenguas, el protagonismo de la norma en el proceso de adquisición de una segunda lengua ha ido cambiando en función del paradigma predominante. En la gramáticas misioneras filipinas ya está presente la idea de que el conocimiento de las reglas que rigen el sistema lingüístico puede habilitar al aprendiente para comunicarse en un idioma extranjero; pero alcanzar una competencia lingüística satisfactoria exige el contacto directo con los hablantes nativos: el uso es una dimensión fundamental del método de aprendizaje porque es en el uso donde ese “filtro cultural” se manifiesta de una forma más visible.
6. Los estudios coloniales sobre el tagalo
A su llegada a Filipinas, los primeros colonizadores se encontraron con un panorama lingüístico muy fragmentado. Para agilizar la catequización de los indígenas, el territorio se dividió entre los diferentes institutos religiosos y estos se centraron en las lenguas correspondientes a la zona que les había sido adjudicada. Por su alto grado de difusión, el tagalo fue una lengua de interés común, aunque no todas las órdenes lo estudiaron con la misma profundidad, ni consiguieron los mismos resultados5.
Como comenta Totanés en el prólogo de su arte, el tagalo ya era entonces la lengua de comunicación general en el archipiélago filipino:
Si algun Idioma, de los muchos, que hay en estas Islas, se puede llamar General, es el Tagalog, por el mayor distrito en que se habla, y por ser esse distrito el centro de todas ellas, à donde concurren de todas partes, Islas, y Provincias, como à la Corte, q[ue] es Manila, innumerable Gentio. Por lo que, el que se impusiere bien en lo Tagalog, podrà correr por todo el Reyno con el seguro de que en qualquiera parte hallarà con quien entenderse (Totanés 1745: I).
Ofrecemos, a continuación, un repertorio bibliográfico de las artes y vocabularios tagalos publicados durante el periodo colonial español en Filipinas. No podemos garantizar que hayamos conseguido reunirlas todas, máxime cuando, como ya se ha dicho, no está todavía catalogada toda la documentación que se ha conservado de esta época, pero sí que el siguiente listado recoge, cuando menos, los testimonios de mayor alcance, tanto los que hemos conservado, como los que se han perdido.
Zwartjes, en su estudio preliminar de la reedición del Tagalismo elucydado de Oyanguren, hace referencia a algunos de los tagalistas habitualmente presentes en la nómina de los predecesores de la labor lingüística del padre Blancas de San José (1560-1614):
Blancas de San José no era el primer “tagalista”, entonces cuando Oyanguren afirma tener su información de los “primeros tagalistas”, es posible que se refiera a otros autores, como por ejemplo Plasencia, que compuso su Arte del idioma tagalog en 1580. Según otros, la primera gramática tagala fue compuesta por Agustín de Alburquerque (murió en 1581) (Sueiro Justel 2007: 84), y otras obras anteriores a Blancas son las de Bernardino de Jesús (murió en 1640) y Juan de Quiñones (1551-1587) (Streit 1928: 332, 363, 366), Miguel Ruiz de la orden de San Domingo compiló su Bocabulario tagalo (añadido por otros de varias Religiones) en 1580 (Ms. King’s College, Londres) (Zwartjes 2010: 60).
Solo tenemos conocimiento de las obras impresas anteriores al Arte y reglas de la lengua tagala (1610) a través de las referencias encontradas en las gramáticas y vocabularios de otros autores, en las crónicas del momento y en algunos catálogos bibliográficos; no se conoce ningún ejemplar de ninguna de ellas. Sueiro Justel (2003 y 2007) realizó una catalogación pormenorizada de las obras publicadas en este periodo y ya señaló las dificultades de establecer la nómina de los precursores de Blancas:
Según sea el cronista que relate la historia o el estudioso contemporáneo que recoja los hechos, tenemos versiones algo diferentes sobre quienes fueron los primeros autores que estudiaron las lenguas filipinas y escribieron los primeros tratados. Así Tormo Sanz, por ejemplo, atribuye a los franciscanos el mérito de haber realizado los primeros y mejores estudios de lenguas filipinas:
Los primeros Padres Ministros dejaron muchos escritos en la lengua Tagala y Bícol: los mejores fueron los que dejaron los PP. Fr. Juan de Oliver, Fr. Juan de Plasencia, Fray Miguel de Talavera, Fray Diego de la Anunciación y Fray Gerónimo Monte: hácese aquí mención destos Padres por haber sido los primeros maestros de la lengua Tagala, y ser sus escritos tan comunes y tan bien recibidos de todas las religiones. No se han impreso, porque son grandes cuerpos, y no hay comodidad en este reino para imprimir tanto (Tormo Sanz 1978: 400).
Pero si los franciscanos tratan de destacar la obra realizada por su orden religiosa, otro tanto hacen los demás. A modo de ejemplo, el padre agustino Policarpo Hernández señala a esta orden como la pionera en el estudio y codificación de lenguas:
La primacía de haber escrito gramáticas y diccionarios en varias lenguas de Filipinas corresponde a los agustinos (Hernández 1990: 200).
Sin embargo, tras el análisis de diversas fuentes, el mismo autor de manera paradójica y en contra de lo que acaba de afirmar, elabora un resumen, creemos que mucho más acertado, del estado de la situación:
Los historiadores y bibliógrafos sobre Filipinas no están de acuerdo sobre quién fue el primero que compuso gramáticas y diccionarios en la lengua tagala. El P. Sanlúcar se limita a decir que la primacía se debe a los franciscanos y agustinos […]. Retana, sin mencionar autor alguno escribe: “Los autores agustinos le atribuyen —al P. Albuquerque— haber escrito el primer arte de la lengua tagala; los franciscanos dicen que el primero lo escribió Fr. Juan de Plasencia. Atendidas razones cronológicas, debió ser primero el venerable Albuquerque”. Y hablando de Plasencia, vuelve a repetir: “Dicen algunos escritores de su Orden, que a los dos años de residencia en el país escribió los primeros Arte y Diccionario tagalos. Yo me inclino a creer que el P. Albuquerque, agustino, había ya escrito un Arte”. Tres, pues, son los religiosos, según varios cronistas, biógrafos y bibliógrafos sobre asuntos filipinos que se llevan la primacía de haber compuesto el primer Arte tagalo: el franciscano Fr. Juan de Plasencia, y los agustinos Fray Agustín de Albuquerque y Fray Juan de Quiñones (Hernández 1990: 201-202).
A estos autores, quizá habría que añadir las figuras prácticamente desconocidas y apenas aludidas en los estudios, de los agustinos Fray Diego de Ochoa, del Padre Martín de Rada, Fray Pedro de la Cruz Ávila y Fray Esteban Marín, pioneros en el estudio de otras lenguas diferentes del tagalo (Sueiro Justel 2007: 88-89).
Además de los citados,
Entre los precursores de la lingüística misionera filipina, y como antecedente explícito de Blancas de San José y fuente documental del lingüista dominico, Albarrán González, sin aportar referencia bibliográfica ni testimonio alguno y en una enumeración muy incompleta y caótica de las obras de la filología filipina, localiza a Fray Juan de la Cruz […]. González Pola (1992: 356), sin hacer referencia a ninguna fuente documental, también le atribuye un Esbozo de un arte en lengua tagalog, manuscrito. Medina Escudero (1992: 108) y González Pola (1992: 356) citan como autor de un manuscrito de una gramática de la lengua tagala anterior a la de Blancas de San José al dominico Fray Domingo de Nieva (†1607), citan para ello como única fuente documental a González, quien a su vez no lo documenta (Sueiro Justel 2007: 91).
Entre los precursores de Blancas, también aparecen citados en diferentes fuentes como autores de artes (y en algún caso también de vocabularios) sobre el tagalo: Pedro José Pimentel (1607-1660), Teodoro Madre de Dios (†1628), el jesuita Diego de Bobadilla (1590-1648) y los dominicos Jacinto Pardo (†1605), Francisco de San Antonio (†1624) o Andrés Verdugo (†1665).
Al Arte y reglas de la lengua tagala (1610), del padre Francisco Blancas de San José, le siguieron:
•El Vocabulario de la lengua tagala (1613) del franciscano Pedro de San Buenaventura, uno de los repertorios léxicos misioneros sobre el tagalo de mayor proyección:
en 1703 se le expurgó de los términos anticuados al componer Fr. Domingo de los Santos con él un segundo vocabulario. Esas voces expurgadas son las que hacen más apreciable el trabajo de Fr. Pedro de San Buenaventura y más necesaria la consulta de este incunable, pues es fundamental para los estudios diacrónicos del tagalo (Tormo Sanz 1978: 396, tomado de Zwartjes 2010: 60).
•El Arte de la lengua tagala, sacada de diversos artes (1678) de Agustín de la Magdalena (?-1689), citado explícitamente por Totanés. Después de explicar la norma general de formación de la pasiva, el religioso franciscano comenta:
Y todo lo demas, que no es esto: pide la Passiva de In: esta Regla bien entendida era suficiente, para saber quando se hà de usar de una Passiva, y quando de otra: pero respecto de la dificultad, es muy general esta Regla, y se necessita de alguna individuacion en cada una de estas Passivas, la que se harà aqui, lo mas breve possible con los Versos Latinos al intento, que para ayudar à la memoria, imprimiò en su compendioso Arte Tagalog nuestro Magdalena con los precisos exemplos, y excepciones para su perfecta comprehension (Totanés 1745: 30).
•Las artes tagalas de Miguel Sánchez (entre 1691 y 1716), una de las cuales, según el testimonio de Totanés, incluía un extenso tratado sobre las ligazones, que él compendia en su arte:
Quien exprofesso se dedicò à tratar esta materia […]. Dos Artes nos dejò compuestos en diversos tiempos, que prueban lo dicho, y en ellos un Tratado bien extenso de Ligazones, en que, parece, satisface pro dignitate à la necessidad, y al buen gusto en esta dificil, difusa, y importantissima materia. Este Tratado hè compendiado Yo en este Capitulo (Totanés 1745: 121).
•El Vocabulario de la lengua tagala (1703) del franciscano Domingo de los Santos es uno de los principales repertorios lexicográficos de la época, “fuente léxica para la composición de muchos tratados gramaticales aparecidos en este siglo” (González Carrillo 2009: 314). En 1754 Pedro de Argüelles reedita la obra de Santos y confiesa haberla depurado de todos los latines; Tomás Oliva la vuelve a publicar en 1835 (Sueiro Justel 2007: 111 y 114). Se le atribuye también un arte tagala.
•El Compendio de la arte de la lengua tagala, de Gaspar de San Agustín (1650-1724). Sueiro Justel (2007: 109) y Sales (2008) documentan que la versión más antigua de esta obra es una copia de la gramática de 1703. Estos autores señalan la existencia de otros tres ejemplares: uno de 1780, copiado a mano por el padre Delgado (que se conserva en la biblioteca agustina como apéndice de la gramática de la lengua pampanga de Álvaro de Benavente); la segunda edición de 1787 y la tercera de 1879.
•El Arte y reglas de la lengua tagala (1740) de Tomás de Ortiz (1668-1742).
•El Tagalysmo elucidado (1742) de Melchor Oyanguren, publicado en México.
•El Vocabulario de la lengua tagala, trabaxado por varios sujetos doctos y graves (1754) de los jesuitas Juan José Noceda y Pedro Sanlúcar, reeditado en 1860 aumentado por padres agustinos (Sueiro Justel 2007: 120).
•El Arte de la lengua tagala y manual de tagalog, para la administración de los Santos Sacramentos (1745) de Sebastián de Totanés. Reeditada en 1796, 1850 y 1865.
•La Gramática de la lengua tagala: dispuesta para la más fácil inteligencia de los Santos religiosos principiantes, con un breve confesionario y otras materias concernientes a los Santos Sacramentos (1850). En esta obra, Buzeta reproduce la totalidad del arte de Totanés e introduce algunos añadidos, al margen del arte, como un tratado de poesía, que califica como original en el contexto de la producción misionera aunque, como indica Pardo de Tavera “es copia literal y completa de igual capítulo del apreciable arte de su hermano de religión, Fr. Gaspar de San Agustín” (1903:75). Aun considerando que estos autores podían tener una concepción muy laxa de la propiedad intelectual, porque entendían que sus producciones lingüísticas eran parte de su labor ministerial y patrimonio de sus respectivas órdenes, se echa en falta un mínimo reconocimiento, en alguna parte de la obra, al trabajo de su predecesor. La obra de Totanés no se cita en ningún momento, ni en la portada, ni el prólogo, ni el cuerpo del texto y, como hemos dicho, se reproduce íntegramente. Pardo de Tavera manifiesta sin ambages su desagrado ante el descubrimiento de este plagio manifiesto: “No es fácil hallar un plagio más desvergonzado ni más tonto, porque la obra de Totanés no era de tal rareza que se pudiera suponer imposible de confrontación” (1903: 75).
•Diccionario de términos comunes tagalo-castellano, sacado de graves autores (1854) de Rosalio Serrano, autor seglar nacido en Filipinas. Este vocabulario tuvo mucho éxito editorial y fue ampliado y adaptado en las sucesivas ediciones (1858, 1869 y 1872) para su utilización en las escuelas de instrucción primaria (Sueiro Justel 2007: 124).
•Manual de conversación hispano-tagalo, de 1870, anónimo. La primera obra de estas características. Se conserva en el Archivo de los Agustinos filipinos de Valladolid (Sueiro Justel 2007: 124-125).
•Lecciones de gramática hispano-tagala (1872) del dominico José Hevia y Campomanes, reeditado en 1877, 1894 y 1901.
•Nueva gramática tagalog teórico práctica (1872) del franciscano Joaquín de Coria6.
•Apuntes para un Diccionario de la Administración, del Comercio y de la vida práctica en Filipinas (1875-1877), obra inacabada de José Felipe del Pan y José de la Rosa, finalmente terminado por otros autores. Fue publicado en Manila.
•Nuevo vocabulario o Manual de conversaciones en español, tagalo y pampango, (1876) de Eligio Fernández. Manual escolar, con vocabulario a tres columnas, frases y diálogos en los tres idiomas y tablas esquemáticas con finalidad escolar (Sueiro Justel 2007: 127).
•Ensayo de gramática hispano-tagala (1878) del agustino Toribio Minguella, que tiene como una de sus fuentes principales el arte de Totanés. Algunos autores hablan de una primera edición de 1872 que no se conserva (Sueiro Justel 2007: 129).
•Vocabulario tagalo-castellano (1883) de Eligio Fernández, de gran éxito editorial, conoció varias ediciones, tanto durante la administración colonial como posteriormente.
•Vocabulario militar y guía de la conversación español-tagalog-visaya (1884), de Eusebio Salvá.
•Método práctico para que los niños y niñas de las provincias tagalas aprendan a hablar castellano (1886) de Toribio Minguella.
•Gramática traducida en lengua tagala de la castellana por diálogos (1886) de Acisclo Vallín y Bustillo. Un ejemplo de las obras de finalidad escolar, muy abundantes en la Filipinas del XIX.
•Método teórico-práctico y compendiado para aprender en brevísimo tiempo el lenguaje tagalog (1887) de Julius Miles (pseudónimo).
•Lecciones de gramática castellana en tagalo (1887). Obra de Mariano Sevilla y Villena, presbítero secular del Arzobispado de Manila, capellán párroco castrense del Hospital Militar y profesor de segunda enseñanza.
•Diccionario hispano-tagalog (1889) de Pedro Serrano Laktaw. De uso escolar, conoció diferentes ediciones en las primeras décadas del S. XX.
•Diccionario castellano-tagalog-inglés (1898). Anónimo, conservado, aunque incompleto, en el Archivo de los Agustinos filipinos de Valladolid.
Después de la pérdida de Filipinas, en los últimos años del XIX y principios del XX, continúa la producción lingüística española pero con menor intensidad:
•Manual de conversaciones en tagalo, visaya, inglés (1899). Anónimo, conservado en el Archivo agustino de Valladolid.
•Método teórico-práctico y compendiado para aprender en brevísimo tiempo el lenguage tagalog (1899) de Antonio Juliá y Guerrero.
•Nuevo vocabulario o manual de conversaciones en español, tagalo y pampango (1901) de Eligio Fernández.
En el Archivo de los Agustinos filipinos de Valladolid y en la Biblioteca Nacional de Madrid se conservan otros trabajos sobre el tagalo, como unos apuntes de fray Andrés Duque (1907) sacados de la Gramática hispano-tagala de Cipriano Pampliega, escrita unos años antes, o el Diccionario tagalog-español de Rafael de Diego, localizado en los últimos años del siglo XIX.
7. Los franciscanos filipinos