
Inteligencia espiritual
y deporte
Primera edición en esta colección: enero de 2016
© Francesc Torralba e Ismael Santos, 2016
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2016
Plataforma Editorial
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ISBN: 978-84-16620-22-7
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Este libro nace de un encuentro. Dos personas fascinadas por el deporte se encuentran una tarde soleada en una terraza de Barcelona. Ambos practican el deporte desde hace años, aunque modalidades distintas.
Uno de ellos conoce de primera mano el deporte profesional, pues ha competido en el máximo nivel. Tiene conocimiento de los entresijos de ese mundo, de sus luces y de sus sombras, de su belleza y de su mezquindad; el otro siempre lo practica en el plano amateur, pues se dedica profesionalmente a la docencia de la filosofía.
Se encuentran y planean un libro que tenga como finalidad narrar la belleza y la bondad de esta actividad humana, las virtudes que se adquieren ejercitándola, los beneficios físicos, psíquicos, sociales, emocionales y espirituales que derivan de tal práctica, pero su objetivo trasciende este plano.
Ambos constatan, a lo largo de la conversación, que el deporte no solo forja el carácter y permite generar vínculos humanos de calidad, sino que activa dimensiones de la persona que raramente se explicitan cuando se escribe sobre el deporte. Entienden que sería un error considerarlo, únicamente, como una actividad física, pues se trata, en esencia, de una actividad integral, holística, que altera, desarrolla y activa todas y cada una de las dimensiones del ser humano, las visibles y las invisibles, las materiales y las inmateriales, lo más nuclear y esencial que hay en él, pero también lo más exterior.
Es fácil hallar en el mercado libros que se refieran a los beneficios que conlleva la práctica del deporte en el plano de la salud, de la estética, del bienestar físico; que detallen los efectos positivos que tiene en el plano emocional, que demuestren cómo puede ser factor de cohesión social en entornos urbanos vulnerables, pero resulta más difícil encontrar textos, en lengua castellana, que relacionen el deporte con la experiencia espiritual, con la vivencia interior.
Quizás porque la palabra espiritual genera temor y temblor o porque se asocia unilateralmente a la palabra religión o confesionalidad, pero el caso es que la práctica deportiva, tal como ponen de manifiesto algunos teóricos y la misma experiencia práctica lo verifica, desarrolla capacidades y potencias espirituales de la persona. Lo que viven un escalador, un maratoniano, un nadador, un submarinista o un ciclista en determinados momentos de su actividad, solo puede calificarse de experiencia espiritual, pero para ello se debe definir, con la máxima precisión posible, a qué nos referimos cuando hablamos de este tipo de experiencia.
Mientras tomamos un café nos damos cuenta de que no es nada fácil narrar este tipo de experiencias. Sin embargo, estas experiencias son fundacionales y estimulan a continuar y a ahondar en la práctica deportiva. Tienen su repercusión más allá del tiempo dedicado al deporte y afectan a otras facetas y dimensiones de la vida. Falta encontrar las palabras adecuadas, los conceptos idóneos para narrar correctamente este tipo de vivencias que suscita la práctica del deporte, especialmente de los deportes de montaña y, particularmente los que se ejercitan en soledad.
A pesar de las dificultades, decidimos empezar la aventura de explicar todo ese universo de sensaciones, de experiencias, de conexiones y de vivencias que suscita el deporte, tratando de evitar, en todo momento, la caída en un lenguaje esotérico o críptico. Lo que nos mueve es mostrar con meridiana claridad las vivencias espirituales unidas a la práctica deportiva para destacar, precisamente, el valor que tiene esta actividad en el conjunto de la vida humana y su valor formativo.
Nuestra intención, en este libro escrito a cuatro manos, tiene como principal objetivo mostrar cómo la práctica deportiva es un camino extraordinariamente útil para activar la inteligencia espiritual, trascendente o existencial que está latente en todo ser humano. No es el único modo, evidentemente, pero sí un canal más que permite al ser humano trascender, salir de sí mismo, liberarse del ego, sentirse integrado en un Todo, vivir experiencias cumbre que activan, como consecuencia, su vida emocional y su bienestar interior.
Con harta frecuencia, se relaciona la actividad deportiva solamente con el trabajo de los músculos, de los tendones y del corazón, pero, como trataremos de mostrar a lo largo del libro, el deporte es un tipo de actividad que estimula distintas modalidades de inteligencia, no solo la kinestésica y corporal, que va de suyo, sino también la social, la emocional, la intrapersonal y la espiritual.
Para conseguir este objetivo, nos proponemos recorrer las siguientes partes. En un primer momento abordamos el fenómeno del deporte desde un enfoque antropológico y sociológico, tratando de mostrar los claroscuros y las ambigüedades que acompañan a este fenómeno. La estima por el deporte es, precisamente, lo que nos exige ser muy críticos con determinadas formas de ejercitarlo y de instrumentalizarlo al servicio de intereses mezquinos.
En la segunda parte, abordamos el estudio del deporte como una experiencia integral e integradora, como una vivencia que hace florecer las cuatro grandes dimensiones del ser humano (la física, la psíquica, la social y la espiritual) y que, además, integra profundamente al ser humano en el medio natural donde lo desarrolla, de tal modo que deja de ser un espectador frente a un escenario para convertirse en parte integrante de un Todo.
En la tercera parte explicaremos algunas virtudes que se desarrollan a través de la práctica deportiva. Prestamos especial atención a la tolerancia, a la humildad, a la fortaleza, a la prudencia, a la templanza, entre otros hábitos que perfeccionan al ser humano. Estudios académicos publicados en revistas de impacto avalan esta tesis: el deporte es uno de los vehículos más idóneos para la educación moral, para la transmisión de valores y para la adquisición de virtudes.
En la penúltima parte, abordamos el tema de la inteligencia espiritual y tratamos de mostrar cómo la práctica deportiva estimula algunas operaciones propias de esta modalidad de inteligencia que está presente en todo ser humano.
Finalmente, en la última parte, dedicada al liderazgo deportivo, intentamos explicar cómo la tarea de gobernar un equipo, un club o una federación exige, en el líder, la convergencia de cuatro inteligencias: la social, la emocional, la intrapersonal y la espiritual. Describimos un modelo de liderazgo que creemos que puede ser inspirador, no solo para el deporte de tipo profesional, sino también para el amateur.
Quienes introducen a las nuevas generaciones en la actividad deportiva tienen la gran responsabilidad de hacerlo desde la ejemplaridad y las buenas prácticas, pues solo de este modo se puede ganar la autoridad, la confianza y el respeto de quienes tienen bajo su cuidado.
Creemos en el potencial transformador y liberador que tiene la práctica deportiva correctamente ejecutada en el conjunto de la sociedad.
Los autores
La práctica deportiva se puede definir como una vivencia, pero también como una experiencia.
Mientras uno ejerce su modalidad deportiva, tiene vivencias interiores, pero también goza de experiencias. La vivencia es lo que acaece en el interior de la persona; mientras que la experiencia se refiere a la relación que se establece con lo que está fuera del ser humano.
El deportista, a lo largo de su ejercicio, siente sensaciones distintas, tiene pensamientos de índole muy variada, siente una gama muy plural de emociones. Siente frío, calor; tiene pensamientos positivos, también pensamientos negativos; experimenta emociones como la euforia, la alegría, el entusiasmo, pero también la decepción, la pena, la desesperación. La práctica deportiva es una fuente de vivencias.
Las vivencias fluyen, pasan, pero siempre dejan rastro en el alma del deportista. A lo largo de una maratón, el atleta experimenta vivencias de significado y calado muy diferente. La vivencia del kilómetro uno nada tiene que ver con la vivencia del kilómetro cuarenta y dos, aunque el sujeto que las vive es el mismo. A lo largo de un partido de fútbol, el futbolista siente vivencias de naturaleza muy variada. El yo goza o sufre estas vivencias, pero el yo no se identifica con ellas.
La experiencia, a diferencia de la vivencia, tiene que ver con la relación, con la interacción. Exige siempre la alteridad. El deporte, incluso el que se desarrolla solitariamente, no es una actividad solipsista o autorreferencial, que el deportista desarrolla encerrado en su mundo interior, encajonado en su conciencia. Es, por el contrario, apertura, conexión, relación, vinculación con otros seres humanos, con elementos naturales, con objetos técnicos.
La experiencia es un concepto que indica, siempre, esta salida hacia lo otro, esta apertura hacia lo desconocido. La experiencia vivida deja rastro en la memoria y esta memoria es clave para emprender nuevas actividades en el futuro.
La veteranía es, precisamente, el resultado de la experiencia acumulada a lo largo de los años. Los deportistas veteranos albergan unos conocimientos, tienen unas habilidades y un savoir faire que no nace de los libros, sino del mero hecho de haber repetido muchas veces la misma actividad. Esta experiencia es, precisamente, la que ignora el principiante y que solo podrá adquirir con los años y si tiene la suficiente humildad de aprender de quienes son mayores que él.
El deporte, cuando se vive auténticamente, es una experiencia integral e integradora. Integral porque afecta al conjunto del ser humano, a todas sus dimensiones, a todas las capas de su ser, las pone en relación; integradora porque permite entrar en relación con elementos distintos del cuerpo social, cohesionar orgánicamente individuos que están aislados.
Sobre la base de unas reglas compartidas y reconocidas por todos, una pléyade de individuos se ponen a hacer algo juntos, aunque cada uno desarrollará un rol distinto en este conjunto. En este sentido, es una experiencia integradora, porque permite unir realidades individuales distintas desde muchos puntos de vista, pero sin disolver su singularidad. El deporte no yuxtapone a los individuos; los integra y los relaciona. Es el pretexto que permite que fluya la comunicación entre esos individuos, porque entre ellos existe algo en común, un reto compartido.
Desde este punto de vista, la práctica deportiva, especialmente en las grandes urbes y en las sociedades muy fragmentadas y atomizadas, desempeña una función cohesionadora decisiva. Personas de distinta edad, de distinto género, de distinta etnia, de distinto nivel adquisitivo, cultural y social se ponen a correr juntos con un objetivo: llegar a la línea de meta. Este evento crea, provisionalmente, una unidad orgánica, una red de significado con un horizonte común, y pone en comunicación a estos ciudadanos anónimos.
No abundan las actividades que cohesionan. Se multiplican los focos que polarizan, que separan y que segregan, ya sea por razones políticas, económicas, sociales o por creencias religiosas o convicciones morales, pero, en cambio, son muy escasas las actividades, los eventos que unen a colectivos históricamente separados. El deporte, cuando se ejerce correctamente, desempeña este importante papel en la sociedad.
De todo esto se desprende el gran impacto social que tienen el deporte y los deportistas, y lo fundamental que tendría que ser su educación y formación desde edades tempranas. Entre los chavales de hoy están los futuros deportistas de referencia de la sociedad del futuro, y pueden tener en ella un impacto positivo o negativo.
La diferencia radicará no en los éxitos que consigan, sino en cómo, por qué y para qué los consigan. Si se los forma y educa con los valores correctos, más allá de tener mayor o menor éxito como deportistas, lograrán dejar siempre un legado personal de gran calado social. Por el contrario, si crecen sin esos valores correctos, serán un ejemplo negativo para la sociedad, aunque logren tener éxito en sus carreras deportivas.
Desde los antiguos filósofos griegos hasta el barón De Coubertin pasando por los grandes filósofos románticos del siglo XIX, se ha escrito que la práctica deportiva, cuando se realiza con asiduidad y disciplina, forja el carácter, configura el ethos de la persona, desarrolla su talante moral, para decirlo con la bella expresión de José Luis López Aranguren.
En múltiples tesis, tesinas y programas de investigación se ha demostrado cómo a través de la actividad deportiva los niños y los adolescentes aprehenden determinados valores, adquieren buenos hábitos, es decir, virtudes, con lo cual parece evidente que esta actividad contribuye, junto a otras, a la formación moral de la persona.
Estamos hablando, pues, de una actividad que permite descubrir valores, que activa virtudes en la persona, hábitos perfectivos que mejoran globalmente al ser humano. De ahí la atención que debe merecer tanto la educación física como el deporte en los programas formativos obligatorios, en la educación formal y en la informal, una relevancia que extrañamente se les concede a pesar de las investigaciones que avalan sus beneficios.
El vínculo entre actividad deportiva y virtudes morales merece una reflexión. El deporte enseña, estimula capacidades mentales y emocionales, desarrolla la inteligencia, la memoria, la imaginación y la voluntad, pero, además, activa buenos hábitos, los cuales, en la medida en que se repiten, forjan el carácter y hacen mejor a la persona.
Estamos hablando de virtudes, de cómo el deporte, correctamente ejecutado, es una valiosa herramienta para mejorar al ser humano, para hacerlo más virtuoso. No es la única, ni mucho menos. No se pueden descartar otras actividades como el canto coral, el teatro, el excursionismo, la danza o el voluntariado social, pero el deporte, por el influjo que tiene sobre las multitudes, es decisivo.
La virtud no es un don natural como lo es la inteligencia, porque uno puede perderla; es un mérito que se adquiere con el tiempo. Un no nace virtuoso; se hace virtuoso a lo largo del tiempo. La virtud (virtus) es un hábito y, por lo tanto, se adquiere como un oficio o una profesión, por repetición. No es un acto aislado ni un movimiento inconexo; es una cualidad del carácter, una excelencia de la personalidad moral que hace a la persona más perfecta y, por lo tanto, más deseada.
La virtud se adquiere a través de la acción. Es nadando que uno aprende a nadar; es corriendo que uno aprende a correr; es haciendo acciones justas que uno aprende a ser justo. Como todo hábito, la virtud no es solo lo que uno sabe hacer; también es lo que uno ama hacer. Lo que atestigua la autenticidad de la virtud es el placer que uno tiene cuando la practica.
La conformidad a la ley, a las normas de juego o a la legalidad humana o divina no es suficiente para hacer a alguien virtuoso, ya que esta conformidad puede resultar de motivos o móviles que no tienen nada de morales. Uno puede ser, por ejemplo, generoso o amable o cortés por interés o por vanidad, para quedar bien, para ganarse un favor. Solo es virtuoso el que realmente lo desea y es la voluntad lo que lo hace responsable.
Obrar conforme a la virtud no es actuar ciegamente; conlleva necesariamente una parte de inteligencia. Aristóteles subraya que la virtud es la medida, el equilibrio. Una virtud, en efecto, es el punto equidistante entre el exceso y el déficit. La templanza, por ejemplo, se opone a la frigidez, pero también al apasionamiento; la liberalidad se sitúa en el punto equidistante entre la prodigalidad y la avaricia. La virtud no representa un grado de la acción, sino una máxima de la acción.
El punto medio es, precisamente, lo más difícil de conquistar. Ese es el lugar donde habita la virtud. Nunca se puede preestablecer porque depende de las circunstancias y del mismo individuo. Es por ello que la regla que determina lo que es el justo medio, esto es, la virtud, no está escrita en ningún lugar, ni dada una vez por todas; ella es la que determina al hombre prudente.
Esta idea de la virtud como punto equidistante entre el exceso y el déficit tiene mucha relevancia en la vida deportiva. El buen deportista trata de evitar siempre los extremos y busca ese justo medio porque sabe que eso es beneficioso para su ser y también para su equipo.
Si se extralimita en un ejercicio, puede lesionarse y si cae él, eso tendrá consecuencias para su equipo. El deportista virtuoso solo arriesga cuando es necesario y las circunstancias lo exigen. Es distinto jugar una final que jugar un partido amistoso. El justo medio depende de los entornos y de las situaciones. Lo que en una circunstancia es excesivo, en otra, en cambio, es justo.
No cabe duda de que el punto medio se alcanza por ensayo y error. No existe una norma escrita ni un algoritmo que debe aplicarse mecánicamente independientemente de las circunstancias. El deporte tiene esta dimensión artesanal y creativa que permite el ejercicio de la libertad responsable del deportista. Eso lo obliga a deliberar, a tener que hacer elecciones sobre la marcha sin poder detenerse. Muchas veces tiene que tomarlas en pocas fracciones de segundo, en plena competición, sin poder ponderar suficientemente lo más acertado, pero sus acciones tienen consecuencias no solo para él, sino también para su equipo y, a veces, a largo plazo.
La deliberación in situ no es fácil, porque no se pueden evaluar con la suficiente calma todas las variables que están en juego, pero es una enseñanza fundamental para la vida, porque también en la vida uno debe tomar decisiones familiares, sociales, económicas y afectivas sin poder parar el tiempo ni detener el curso de los acontecimientos. El tren de la vida no se detiene mientras deliberamos cómo salir de los atolladeros que plantea la misma existencia.
A través de la práctica deportiva se adquieren un sinfín de buenos hábitos o de virtudes que esculpen el carácter de la persona. «El deporte –dice el papa Francisco– es un camino educativo. Encuentro tres caminos, para los jóvenes, para los muchachos y para los niños. El camino de la educación, el camino del deporte y el camino del trabajo, es decir, que haya puestos de trabajo al inicio de la vida juvenil. Si existen estos tres caminos, os aseguro que no habrá dependencias: nada de droga, nada de alcohol. ¿Por qué? Porque la escuela te lleva adelante, el deporte te lleva adelante y el trabajo te lleva adelante. No olvidéis esto. A vosotros, deportistas, a vosotros, dirigentes, y también a vosotros, hombres y mujeres de la política: educación, deporte y puestos de trabajo».25
No nos proponemos explorarlas todas, pero sí presentar, a continuación, las fundamentales.
No forma parte de nuestro objetivo describir la naturaleza de la inteligencia espiritual, sus poderes y sus capacidades. Para ello aconsejamos al lector dos libros publicados sobre esta temática: Inteligencia espiritual (2010) e Inteligencia espiritual en los niños (2012).32
En el primero se define esta modalidad de inteligencia, también denominada existencial o trascendente, se describen sus propiedades, sus poderes, el modo de cultivarla, los beneficios de su desarrollo y, finalmente, las consecuencias negativas que derivan de su atrofia.
En el segundo, se aborda la educación de esta capacidad, intrínsecamente humana en los niños, a partir de distintos caminos: la música, la experiencia del silencio y de la soledad, el contacto con la naturaleza, la contemplación estética y el valor de los cuentos y relatos.
Lo que aquí interesa poner de manifiesto es el vínculo entre la práctica deportiva y la inteligencia espiritual o, más exactamente, nos proponemos mostrar cómo a través de la actividad deportiva se estimula y se desarrolla la inteligencia espiritual. Es evidente que no es el único modo de desarrollarla, pero constituye una forma nada desdeñable de estimular este potencial que está latente en todo ser humano.
Estamos convencidos de que la práctica deportiva no solo pone en acción el cuerpo, la memoria, la imaginación, la voluntad, sino también determinadas modalidades de inteligencia, entre ellas la social, la intrapersonal, la emocional, pero, particularmente, la espiritual. Salvo algunos artículos publicados en revistas especializadas extranjeras, se ha publicado relativamente poco sobre este nexo y, sin embargo, muchos deportistas constatan que la práctica del deporte activa sus facultades de orden espiritual.33
Muchos ciudadanos viven una experiencia espiritual a través de la práctica de algún deporte. Para muchas de estas personas, esta experiencia no se identifica con ninguna profesión de fe en concreto, menos aún con algún corpus dogmático o iglesia, pero la experiencia que padecen tiene claras connotaciones espirituales.
Para el teólogo francés Louis Vaillancourt, algunos deportistas viven experiencias que no olvidarán jamás y que desearán reproducir en sus vidas. El deporte conduce a algo grande e intenso. Este teólogo, vicedecano de una facultad de teología y de estudios religiosos, es un deportista nato que participa en muchos triatlones a lo largo del año. Según él, la práctica del deporte individual conlleva un aspecto interior.
El punto de partida de la práctica deportiva puede ser un cambio radical de hábitos de vida, generalmente para mejorar la salud, pero, tal como él dice, muchas personas adoptan, como consecuencia de ello, una forma de reorientación de toda su vida alrededor de la actividad deportiva. Entonces el deporte se convierte en una ocasión para comer mejor, para tener cuidado del sueño y para combatir el estrés. Pero, además, puede haber una motivación vinculada a la búsqueda de sentido que esté ahí, como subyacente.
A través del deporte, muchos experimentan una especie de conexión consigo mismos. Tienen la sensación de pertenecer a algo más grande que ellos y encuentran una sensación de unidad de su ser con la vida. Emerge, como consecuencia de la práctica regular del deporte, una espiritualidad secular, una forma de apertura a la trascendencia.
Al principio se trata de una vivencia individual, pero para ciertos deportistas también puede tener una dimensión colectiva. Aunque el deporte no exija ser practicado en grupo, muchas personas buscan la colectividad para compartir las sensaciones que viven con otras personas. El hecho de encontrarse vinculadas a otras y de poder constatar que uno no lo vive solitariamente, sino que lo comparte, puede engendrar una forma de comunión que trasciende el espíritu de competitividad.
Incluso en el caso de que no hablen unos con otros, los corredores de una maratón saben que están compartiendo algo esencial con sus semejantes. Se sienten momentáneamente formando una gran fraternidad, comparten un mismo sufrimiento.
Los estudios confirman que las personas que comparten una semana en canoa, en condiciones físicas de fatiga o incomodidad, pueden entrar en un estado de conciencia alterado. Ello genera un sentimiento de comunión intenso con la naturaleza, suscita una experiencia de trascendencia que transformará todas sus vidas.
Practicar deporte provoca en la persona un estímulo, mayor o menor, de querer conocer sus límites. Estos podría pensarse desde fuera que son solo físicos, pero ahí radica la grandeza del deporte, en la capacidad que tiene de ayudarte a desarrollar tu mente, tus emociones y tu espíritu.
Solo combinando el desarrollo de estas cuatro dimensiones uno puede acercarse a lo que piensa que son sus límites, para luego darse cuenta de que en realidad no existen. El deportista cultiva inconscientemente durante el proceso de alcanzar esos límites una inteligencia oculta, profunda y que a la vez da sentido a toda la actividad que realiza. Piensa, debido a su ignorancia, que tiene que ser solo fuerte mentalmente para soportar todo el esfuerzo que ello conlleva.
En realidad, lo que está haciendo es desarrollar su inteligencia espiritual, que es a partir de la cual podrá potenciar las demás. En resumen, el deporte enseña a conectarte con tu parte más profunda e interna para que luego puedas mejorar tus prestaciones físicas. Aunque lo más visible sea el resultado exterior conseguido en forma de victoria, triunfo o mejora de una marca personal, el verdadero éxito radica en el cultivo y en el desarrollo de la inteligencia espiritual, llave maestra que nos abre las puertas de nuestro crecimiento personal.