TE AMO, BRADLEY

V.1: Agosto, 2016


© Nuria Ortiz, 2016

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2016

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ISBN: 978-84-16811-01-4

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TE AMO, BRADLEY

Nuria Ortiz


1

Capítulo 3

¿Sí? ¿No?



Una semana después de haber pasado la mejor noche de su vida, Ashley aún suspiraba al recordar a aquel chico tan fuerte y divertido que la había rescatado en el mejor momento. Nunca había pensado que una discoteca pudiera ser tan peligrosa; de hecho, si no hubiese sido por Bradley, habría acabado como una calcomanía contra la barra.

Pese a su inexperiencia a la hora de relacionarse con chicos, estaba sorprendida por la facilidad con que había entablado conversación con Bradley, una vez que se apartaron de la aglomeración de la pista de baile y de la barra. El chico era inteligente, divertido y amable; en ningún momento quiso ir más allá de lo que ella le ofrecía y no puso mala cara cuando Ash declinó su oferta de una copa.

Ella no bebía y no iba a empezar en ese momento, aunque Bradley bien lo mereciese.

La verdad era que se había divertido.

Fue reconfortante conocer a un chico que no buscase lo que buscaban todos. Hablaron, rieron y se intercambiaron los números de teléfono para quedar en otra ocasión. Cuando Megan decidió que ya había tenido demasiado por aquella noche, Ash no quería irse. Le hubiese gustado quedarse unas horas más y seguir charlando con Bradley, pero no se sentía lo suficientemente segura sola en una discoteca. Así que siguió a Megan fuera de la discoteca, no sin antes volver la cabeza un par de veces para ver una vez más a aquel chico de sonrisa aniñada.

Ahora, mientras caminaba entre los estudiantes de su facultad, Ashley abrazaba sus libros contra el pecho, su mirada fija en un lugar indeterminado delante de ella. Sus pensamientos circulaban por su cabeza como coches en una autovía, y se sentía un poco confusa. Solo un día, una noche de fiesta, unas pocas horas conociendo a un chico encantador, y su mente ya hacía cabriolas recordando lo divertido que había sido y lo mucho que le había gustado despejarse sin agobiarse por el trabajo, los estudios y las exigencias de su familia. Por un día había pensado en sí misma y ahora, aunque sonase egoísta, quería seguir haciéndolo. Al menos una vez por semana. No le vendría mal, ¿verdad? Después de dejarse la piel durante toda la semana, se lo merecía.

Pero por mucho que se dijese a sí misma que estaba bien, se sentía egoísta y desconsiderada cuando pensaba en el esfuerzo que su familia había hecho para que pudiera acudir a la universidad que ella siempre había querido. Lo mínimo que podía hacer era ponerse las pilas trabajando y ayudarles en todo lo que pudiese. Aun con eso, no podía evitar pensar en lo bien que se lo había pasado charlando con Bradley, bailando, riendo…

Ashley sacudió la cabeza, parada en mitad del largo pasillo. Un pasillo vacío que le hizo ver la realidad.

¿Cuántas veces se había sentido sola? ¿Cuántos días había deseado tener a alguien que la acompañase? ¿Cuántas noches había envidiado a sus amigos al verlos sonrientes y felices por el simple hecho de conocer a alguien?

Muchas. Demasiadas para una chica de solo veintitrés años que se suponía que tenía que vivir su vida con intensidad. Pero Ash no podía hacerlo. O más bien no sabía cómo hacerlo. Siempre había sido una chica tímida, enfrascada en sus libros, estudiosa y tranquila. Ni siquiera su adolescencia fue un caos, llena de fiestas y salidas, chicos y diversión. Eso no estaba hecho para ella por aquel entonces. Y, al parecer, ahora tampoco.

Necesitaba sacar su carrera adelante y mantener su puesto de trabajo en el café. De lo contrario, ¿qué sería de su familia y de ella misma? Su familia tenía muchas expectativas puestas en ella, tenía ganas de que se graduara en la universidad, de que terminara su carrera. De modo que necesitaba mantener su mente en los estudios y su energía en el trabajo, que era lo que le daba de comer cada día.

Después de pasarse horas entre clase y clase, apuntando tareas, trabajos y próximos exámenes, Ashley estaba agotada. Se sentó en el suelo, apoyada contra un muro, y suspiró pensando en todo lo que tenía por delante en los próximos días, semanas y meses. Pensó que ningún ser humano normal y corriente sería capaz de hacer tantas cosas a la vez. Era imposible que pudiera estudiar, terminar todas sus tareas y, aparte, hacer el trabajo que el profesor Finch les había mandado; y todo ello sin contar las horas que pasaba en el café trabajando. ¿Es que querían…?

—Es oficial, quieren hacer explotar nuestras mentes para poder quedarse nuestros cuerpos y hacer experimentos.

Ashley arqueó una ceja en dirección a Patrick, el chico de las conspiraciones y las paranoias. Para él no había nada que no hubiese sido planeado por el malvado gobierno. A veces resultaba divertido, pero otras llegaba a cansar tanto que más de una vez, en alguna reunión, había terminado amordazado. El pobre no entendía que no todo en la vida era una conspiración. A pesar de todo, eran amigos y lo aguantaban lo mejor que podían.

—¿Cuántos Redbull te has bebido hoy, Patrick?

Patrick la miró con una inocente sonrisa en sus labios. Sus ojos grises brillaban.

—Tres o cuatro.

—¿Multiplicados por cuánto?

Su sonrisa se amplió.

—¿Por tres?

Ashley soltó una carcajada.

El azúcar le salía por las orejas. No le extrañaba que su mente fuera tan dada a las conspiraciones. Cada día, alguno de ellos se encargaba de vigilar que Patrick no se excediera con las bebidas energéticas, pero al parecer ese día no se habían puesto de acuerdo y se les fue de las manos. Así pudo conseguir tantas latas de refresco como quiso, seguro que se había pasado más tiempo en la máquina expendedora que en clase. 

—No tienes remedio.

Ashley suspiró mientras Patrick se sentaba a su lado.

—Solo ahogaba mis penas.

—¿En Redbull?

—Claro. Es mejor que el alcohol. Despeja la mente y te da energía.

Ash lo miró y no pudo evitar que se le escapase una sonrisa. Patrick tenía sus cosas, pero era un buen amigo y siempre estaba cuando se le necesitaba. Por suerte no le duraría mucho el subidón de azúcar.

Siempre que todos se reunían, Ashley estaba o bien estudiando, o bien trabajando, así que no tenía muchas oportunidades de disfrutar de su vida de universitaria, pero en las pocas ocasiones en que había podido asistir a esas reuniones le había gustado el ambiente relajado que se había encontrado.

Sin embargo, esos momentos de relax eran escasos y se daban muy de vez en cuando. Sabía que sus padres se sentían un poco mal por cómo Ashley dejaba de lado su vida para ayudarlos, pero ella no podía mirar hacia otro lado y dejar las cosas como estaban. El trabajo les hacía falta, tanto a ellos como a ella. Tanto su padre como su madre trabajaban, pero la universidad no era barata y habían invertido todos sus ahorros en la matricula, los libros y demás. Ella se mantenía gracias a su trabajo. No ganaba mucho, pero era suficiente para sus gastos. De ese modo impedía que sus padres le mandaran un dinero que a ellos les podía hacer falta.


Ese día, como otro cualquiera, Ashley se preparó para entrar al trabajo, después de las clases. El espacio era amplio y bonito, con mesas bajas donde los estudiantes podían sentarse en pufs o en sillas muy cómodas delante de grandes mesas. El café tenía acceso a internet y poseía una segunda planta, llena de alfombras, cojines y mullidos sofás, donde había toda una pared llena de libros. Le gustaba trabajar allí. Era un sitio lleno de vida y de historia.

Ashley entró y fue directamente a por su delantal, su libreta y un bolígrafo para tomar nota de los pedidos, antes de adentrarse en el café y ponerse manos a la obra.

Le gustaba trabajar de cara al público. Pese a ser tímida, era sociable y tranquila, así que desde que empezó le resulto fácil hacerse con el lugar y la clientela nueva.

Estaba atendiendo una de las mesas, ocupada por una pareja, cuando vio entrar a Bradley, seguido de dos personas. Ash se quedó boquiabierta ante la imagen que Bradley proyectaba. 

No es que hubiera mucha luz la noche que lo conoció en aquella discoteca, de modo que, en ese momento, a la luz del día, Ash se quedó impactada. Ya sabía que Bradley tenía un cuerpo grande y musculoso, pero su cara… ¡Dios, qué cara! 

Facciones perfectas, ojos oscuros y unos labios carnosos y, sobre todo, besables. Ashley estaba encantada con lo que tenía ante sus ojos. Bradley era la perfección hecha hombre. Por fuera era perfecto, pero, además, Ashley tenía el presentimiento de que no solo era fachada.

Sonriendo para sí, Ashley llevó las bebidas a una de las mesas que tenía asignadas. 

¿Le tocaría atenderle? Esperaba que no. Estaba muy nerviosa y notaba cómo sus mejillas se ponían coloradas con solo verlo de reojo.

Francis pasó por su lado, palmeó su hombro y le dio un pequeño empujoncito hacia delante.

—La mesa 3 es toda tuya —le anunció con una sonrisilla.

Francis solía ocuparse de las mesas que Ashley no se atrevía a atender, y normalmente era muy perspicaz y se percataba enseguida de lo que ocurría, así que… ¿por qué no se quedaba ella con la mesa de Bradley? Lamentándose en su interior por su suerte, Ashley puso un pie delante de otro hasta llegar a la mesa de Bradley. Tras respirar profundamente, se dirigió a los miembros de la mesa con un flojo y tímido tono de voz:

—Hola. ¿Qué les gustaría tomar?

Se ruborizó cuando todos la miraron. Estaba acostumbrada a recibir las miradas de los clientes cuando entablaba conversación con ellos para tomarles nota, pero en aquella mesa había un par de ojos que no la miraban como a una simple mesera. Ella no miró a ninguno e intentó mantener sus ojos en el bloc de notas que tenía en la mano, pero no pudo resistir la tentación de fijarse en aquellos ojos oscuros cuando su visión periférica le avisó de la intensa mirada que Bradley le estaba dedicando. Bajo sus pestañas observó la leve sonrisa que mostraban los labios del chico.

—Un cappuccino —pidió la chica, que guardaba un asombroso parecido con Bradley. 

«Seguro que son familia», pensó al comprobar sus rasgos.

—Que sean dos.

El chico que estaba sentado a su lado asintió mientras ponía un brazo sobre el respaldo de la silla de la chica, dando a entender claramente que eran pareja. Sin embargo, Ashley, aunque atenta a los pedidos, no volvió a fijarse en él, porque ya estaba enganchada a la mirada de chocolate de aquel enorme muchacho de sonrisa fácil y hoyuelo travieso.

—Yo una cita contigo.

Se quedó petrificada. Sin haber terminado de apuntar los pedidos, clavó sus ojos en Bradley y lo miró como si se hubiese vuelto loco. Ashley no pudo reprimir la sonrisa al ver la comicidad de su cara mientras esperaba una respuesta.

«¿Estoy lista para darle un sí? ¿O es mejor darle un no?», pensó casi sin creérselo ella misma. Estaba considerando seriamente aquella petición.

Sin saber qué hacer, sin saber qué respuesta darle, Ashley guardó silencio, pese a sentir las miradas procedentes de aquella mesa, y rezó por encontrar una respuesta a la pregunta trampa que acababa de hacerle Bradley.


Capítulo 4

Un sí



Bradley miró a Ashley, esperando una respuesta, mientras esta solo lo miraba como si se hubiera vuelto loco. La situación tenía su gracia, la verdad, pero Bradley estaba ansioso por saber si sería un sí o un no lo que se llevaría de aquella hermosa sirena a la que había conocido por pura casualidad. 

Para Bradley fue toda una sorpresa encontrarse con Ashley en aquel sitio, como también lo había sido enterarse de que trabajaba allí. En ese momento Bradley decidió que esa sería su cafetería favorita y que pasaría mucho tiempo en ella. 

Estaba guapísima, con su melena recogida en una coleta alta, enfundada en unos prietos vaqueros y con una camiseta negra con el nombre del café. No podría estar más guapa. Su belleza natural ejercía una atracción que ni siquiera la falta de maquillaje podía mitigar. Aunque quisiera, Brad no podría dejar de mirarla. Era como si su imagen lo llamara para que la contemplara, y él, desde luego, estaba más que encantado de hacerlo. 

Bradley podía intuir la mirada de curiosidad que tenian en sus rostros Claudia y de Román, pero no quería alejar sus ojos de Ash. Presentía que podía ser escurridiza si se lo proponía.

Arqueando las cejas, Bradley pidió silenciosamente una respuesta.

—Y-yo… n-no lo s-se… —tartamudeó, con la cabeza gacha y ruborizada. 

A Bradley le pareció tan adorable que decidió que no iba a dejar pasar aquella oportunidad, aunque tuviera que presionar un poco.

—Vamos, Ashley, será divertido. Lo prometo.

Ella lo miró. Sus dientes atraparon su labio inferior, en un gesto de indecisión. 

—¿Os conocéis? —preguntó Claudia con curiosidad. 

Ashley abrió los ojos, dio un paso atrás, giró sobre sus talones y salió de allí como alma que lleva el diablo. Bradley la vio alejarse con un suspiro, antes de girarse hacia su hermana y lanzarle una dura mirada. Había espantado a la sirena.

Conocía tan bien a Claudia que sabía que no estaba nada arrepentida de haber chafado su posible cita con Ashley. Ella no entendía que no era algo de aquí y ahora, y que llevaba una semana esperando poder hablar con su sirena. Había estado a punto, en muchas ocasiones, de llamarla, pero siempre se echaba atrás y aún no sabía el porqué.

Normalmente era un tío decidido, iba a por lo que quería y no le daba más vueltas, pero con Ashley quería hacer las cosas bien. La chica lo merecía. Solo con verla se sabía que no era igual que las chicas con las que Bradley había estado tonteando desde el instituto. Era algo serio, una chica a tener en cuenta. Con ella era preciso tomarse su tiempo, cortejarla, mimarla y, una vez satisfecho su deseo de mimos, citas, paseos y demás, podría pedirle una cita real, una cita como pareja.

Pero primero Ashley tenía que conocerle, saber que no era peligroso ni un buscón interesado solo en su cuerpo. Él la quería entera, de pies a cabeza, de dentro a fuera.

La voz de su amigo lo sacó de sus pensamientos.

—Clau…

El tono de voz de Román implicaba reproche, pero Claudia se limitó a sonreír con inocencia mientras lo miraba con ternura. De este modo consiguió que su chico clavara sus ojos en ella, le sonriera como un tonto y la besara en los labios, antes de volverse hacia Bradley e interrogarle con la mirada.

—¿No es la chica que conociste en la discoteca?

Bradley asintió mientras observaba cómo Ashley se movía de un lado a otro sirviendo pedidos. Tenía un andar sensual, seguro y elegante, y parecía totalmente ajena al deseo que provocaba en los hombres que la rodeaban. Siempre tenía una sonrisa en los labios, y su mirada cálida y amigable daba confianza a la gente. Brad sonrió cuando ella volvió su cabeza, mirándolo por el rabillo del ojo; sonrió tenuemente, con un ligero rubor en sus mejillas. Él estaba embobado mirándola. Era imposible no estarlo cuando…

—¡Brad!

Parpadeó hacia su hermana y su amigo, a los que miró con desgana. 

—¿Qué pasa?

Su hermana se rió.

—Estás empanado, hermanito.

Resoplando por tener a Claudia como testigo de su comportamiento, Bradley se recostó en la silla, con sus brazos cruzados sobre su amplio pecho. 

Decidido a cambiar de tema, centró la conversación en la pareja del momento.

—¿No iban a venir Jad y Violeta?

—No. Se han quedado en casa viendo una peli —contestó Claudia, con aburrimiento.

—Deben de haberse visto todas las películas del maldito videoclub desde que están juntos.

Bradley se rió. Román no conocía a su hermano.

—Jad no alquila películas. Las compra. Sabe que a Violeta le encantan, así que se las consigue. Ya tiene una colección enorme, y su idea es darle a Violeta los DVD en algún momento.

Román abrió la boca, un poco sorprendido.

—¿Las compra? ¿Todas?

—Sí.

—¡Pero eso…!

—Lo sé, es de locos —le cortó Bradley para ayudarle describir lo que Jared estaba haciendo.

—Es encantador —intervino Claudia, en defensa de su mejor amiga y de su hermano.

—¿Cuántas han visto ya? —preguntó Román con curiosidad.

Bradley hizo memoria de todas las caratulas nuevas que había visto en la habitación de su hermano y de todos los DVD que había ido comprando cada vez que había visto algo interesante y echó cuentas.

—Unas… cuarenta. No, creo que son más.

El silbido de Román hizo que Bradley soltara una carcajada. Sí, Jared estaba loco por Violeta, y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella. Como comprarle una gigantesca colección de películas en DVD para verlas juntos en sus tardes libres. Cada uno conquistaba a la mujer a la que amaba como creía conveniente, y su hermano había encontrado el modo de acercarse a la distante Violeta utilizando como excusa las películas que a ella le gustaban. 

—Jared la ama, y va a hacer todo lo que esté a su alcance para hacer feliz a Violeta —masculló Claudia.

Bradley sonrió, muy a su pesar. La parejita no se separaba ni con agua caliente, y cada vez que estaban juntos era una gozada ver el modo en que se miraban. A él le gustaba picarles y gastar bromas sobre su relación, pero la verdad era que estaba un poco celoso. Ellos habían encontrado el equilibrio perfecto para estar juntos. O al menos eso era lo que Bradley pensaba.

Se les veía bien y estaban muy unidos.

¿Quién no querría algo así?

Bradley observó cómo un delicado brazo atravesaba la mesa para depositar el capuccino que había pedido su hermana; acto seguido, miró hacia arriba para encontrarse con la preciosa mirada azul de Ashley, que en ese momento terminó de servir e irguió su espalda. Para lo nerviosa que parecía, resultaba increíble que sus manos mantuvieran esa estabilidad. 

—Sí —susurró.

Bradley frunció el ceño durante un segundo, confuso por aquel sí. Fue entonces, por la mirada que ella le dedicó, cuando entendió a qué se estaba refiriendo. Con una amplia sonrisa en los labios, se giró sobre su asiento.

—¿Te va bien mañana? ¿A eso de las cinco?

Ashley asintió, mordiendo una vez más su labio inferior. Si era una costumbre o no, no lo sabía, pero aquel gesto era demasiado sexy. 

—¿Quieres pedir ahora?

Bradley no se lo pensó.

—Dos tostadas y un café.

Ashley sonrió, su mano moviéndose sobre la pequeña libretita en la que apuntaba los pedidos.

—¿Con mermelada?

—Una tostada sin mermelada no es una tostada.

Lo apuntó y asintió mientras se alejaba, con una divertida mirada en sus ojos azules.

Bradley se volvió hacia a sus acompañantes con una enorme y satisfecha sonrisa. No podía evitar estar feliz. No solía desayunar tostadas con mermelada, pero en esos momentos no sentía que pudiese comer otra cosa.

Tenía una cita con su sirena, y eso era lo más importante.

No podía esperar a al día siguiente para pasar un rato con ella, conocerla, verla sonreír y escuchar su voz una vez más. Podría compartir unas cuantas horas en su compañía y saber más de ella. Por alguna extraña razón, su mente pensaba en algo mucho más serio de lo que en esos momentos había, y aunque le asustaba un poco, no podía negarse el hecho de que si sentaba cabeza, no le importaría hacerlo con una mujer como Ashley. 


Capítulo 6

Paseo



«Está tan guapa…», pensó Bradley mientras observaba a Ashley por el rabillo del ojo.

Caminaban el uno al lado de la otra, charlando y se parándose de vez en cuando. La cita estaba siendo tranquila y agradable, y gracias a ello había conseguido ver más de una sonrisa de Ash.

Ashley estuvo un poco tímida al principio, pero poco a poco se fue soltando. Brad se había dado cuenta de que cuanto más tiempo pasaba con ella, más tiempo quería estar con ella. Le gustaba la suavidad de su voz cuando le hablaba y su risa cuando decía alguna tontería, pero lo que más le gustaba era ver cómo brillaban sus ojos cuando le decía una y otra vez lo guapa que estaba. 

Sin saber cómo, Bradley empezaba a entender a su hermano.

No había nada en Ash que no le gustara, y eso que apenas la conocía. Pero, por lo poco que sabía de ella, resultaba obvio que era buena chica. Dulce, amable y cariñosa. Luchaba por lo que quería y era muy trabajadora. Bradley había intentado saber algo de su familia, pero ella se había limitado a decir que estaban muy unidos y que los echaba de menos. No sabía muy bien si era demasiado pronto para que hablasen de ese tipo de temas, pero sintió curiosidad al ver un destello de culpabilidad en sus ojos cuando mencionó a su familia.

Tenía ganas de que las cosas llegaran a más y de conocerla realmente, pero sabía que era mejor ir poco a poco, sin presionarla. Las cosas se darían con el tiempo, y él esperaba pasar mucho con Ashley.

—¿Y tu familia? ¿Tienes hermanos? —preguntó Ashley, que se detuvo delante del estanque para contemplar las oscuras aguas durante un instante, antes de poner sus ojos de nuevo en Bradley.

Bradley se situó junto a ella, apoyó sus manos en la barandilla de hierro y la miró.

—Nos hemos mudado a Chicago temporalmente. Tengo dos hermanos pequeños, Jared y Claudia.

—Tiene que ser bonito tener hermanos. Siempre puedes contar con ellos cuando los necesitas.

Bradley sonrió. Era cierto. Ahora que Jared no era un capullo, podía contar con sus dos hermanos cuando los necesitase.

—Ahora sí.

Bradley estaba empezando a amarla, y cuando Ashley arrugó su naricilla le entraron ganas de besarla apasionadamente. Pero por ahora, y para no asustarla, era mejor contenerse.

—Hasta hace poco mi hermano era un capullo. Tenía sus motivos, pero no era muy agradable estar a su alrededor.

Podía sentir las ganas de saber más, pero ella no preguntó y Bradley no iba a contárselo. Al menos por el momento. Le gustaba darle un poco de misterio al asunto. Así no se aburriría de él tan pronto y querría conocerlo más y más. Eso le aseguraba, por lo menos, otra cita. Por otro lado, pensaba que contarle todo sobre el accidente de Jared era demasiado para una primera cita.

—Entonces ¿tú eres el mayor de los tres?

—Sí.

Ashley sonrió abiertamente, se giró un poco hacia él y arqueó una ceja.

—Pero eres el más aniñado.

Bradley se rio y su voz adquirió un ligero tono de amargura. Siempre había sido un chico divertido, siempre le habían gustado las bromas y pasarlo bien. Era un chico de carácter aniñado y sonrisa fácil, y procuraba que la gente que le rodeaba también tuviera una en sus labios. Muchas veces eso le había perjudicado en su relación con las chicas, porque creían que, al ser así, no era maduro ni responsable, pero la verdad era que se equivocaban. Le costaba hacerlas ver cómo era en realidad, y ellas solo se quedaban con su fachada de hombre que se cree un crío. Eso no le gustaba. Le dolía.

—Me gusta divertirme y hacer bromas, pero eso no significa que sea inmaduro o irresponsable.

Ashley se puso seria al oír su tono de voz. Se acercó a él, posó una mano sobre la suya y lo miró fijamente a los ojos.

—No tienes que darme explicaciones, Bradley. Se ve que eres un chico con las ideas claras, aunque seas aniñado. Eso no es malo.

—Es un tema un poco…

—Delicado. Lo entiendo.

Brad miró aquellos ojos azules y vio que era cierto. No veía nada que no fuese comprensión. No le juzgaba por ser como era, y eso era algo nuevo para él. Salvo su familia y amigos más cercanos, todos los demás tenían una imagen equivocada de él, y eso era algo que había tenido que soportar desde el instituto.

Guiado por un impulso, Bradley se inclinó sobre Ashley y le dio un tierno beso en su sonrosada mejilla.

—Gracias, Ash.

Ella le regaló una pequeña sonrisa, antes de reanudar su paseo a través del parque. Él la siguió, colocándose a su lado una vez más. 

Bradley se sorprendió al darse cuenta de las horas que llevaban paseando. Habían hablado de todo un poco, y cada cosa que se habían contado había servido para que se conocieran un poco mejor. Pensó que le encantaría repetir, aunque tal vez la próxima vez fuesen a un café tranquilito y charlarían sentados en cómodas sillas, en vez de pasear por un parque muertos de frío. Aun así, había merecido la pena.

—¿Estás segura que no quieres que te acompañe? Es tarde, Ash.

Ella negó. Su melena negra voló alrededor de su preciosa cara y se posó con gracia sobre sus hombros.

—No estoy lejos de casa, no te preocupes.

A Brad no le parecía bien. No quería dejar que se fuera así como así. Quería acompañarla y asegurarse de que llegaba sana y salva a casa. 

—Me lo he pasado muy bien hoy, Brad. Gracias.

—Ash…

—No. Está bien.

Sin poder evitarlo, Bradley hizo una mueca.

—¿Me llamas cuando llegues?

La ternura que vio en la mirada de Ashley, cuando le hizo esa petición algo le dijo a Brad que le había gustado mucho que insistiera. ¿Qué otra cosa podía hacer? Quería acompañarla, pero Ashley ya había dejado claro que no. No quería ser pesado y sabía que no se quedaría tranquilo hasta que no supiera que había llegado a su casa de una sola pieza. Nada le habría gustado más que acompañarla y llevarse un besito de buenas noches antes de verla desaparecer por la puerta de su casa, pero dado que ella no quería y él no iba a imponerse, a Bradley solo le quedaba la opción de la llamada. Esperaría pacientemente a que su teléfono móvil cobrara vida, anunciando la llamada de Ashley para poder respirar tranquilo.

Bradley suspiró, resignado, y no pudo evitar darle un abrazo. Sintió su cuerpecito presionado contra el suyo, apoyó su barbilla en lo alto de su cabeza y apretó a Ashley contra sí durante unos segundos.

—Ten cuidado, ¿vale, Ash? Y llámame cuando llegues, aunque sea solo una llamada perdida. Quiero saber que has llegado bien a casa.

Ashley apretó sus brazos en torno a su cintura, su rostro oculto en su pecho.

—Lo haré, Brad. Te llamaré cuando llegue a casa.

Con la promesa hecha, Bradley la dejó ir. Mientras la veía alejarse por la calle, pensó en lo mucho que había disfrutado de ese día con Ashley. 

—Eres una chica muy dulce, sirena.


Capítulo 7

¿Por qué?


Ashley hizo un nuevo alto cuando Megan la cogió por el brazo y tiró de ella para que le prestara atención. Mirando a su amiga a la cara, Ashley le dijo lo que pensaba.

—¿Y luego qué, Meg? Después de conocernos y demás, ¿qué? ¿Tú realmente ves a Brad conociendo a mis padres? En cuanto lo hiciera la relación estaría abocada al fracaso.

Ashley sabía que su amiga la estaba presionando por su bien, pero no entendía que, por mucho que Ash quisiera seguir viendo a Bradley, en cuanto conociera a su familia todo se iría al traste. Nadie soportaría a sus padres. Al menos nadie que no entendiera por qué eran tan estrictos.

¡Claro que le gustaba Bradley! Era un chico encantador, dulce y protector, y le había hecho pasar las mejores horas de su vida durante aquel paseo y con las llamadas que recibió días después de su cita. Pero no podía exponerse a ser rechazada por su familia. No se avergonzaba de ellos, pero sí de la manera tan hosca con la que trataban a la gente.

Ashley solo quería proteger su corazón. Si seguía viéndose con Brad, lo único que conseguiría sería enamorarse de alguien que la abandonaría una vez conociera a sus suegros.

—Ash, eso no lo sabes. Se ve que Bradley es un buen chico, apechugará.

Ashley le puso mala cara a Megan.

—No quiero que apechugue con algo que no es culpa suya. No quiero que me odie, Meg. 

Al ver su cara y lo preocupada que estaba, Megan la abrazó con fuerza.

—Te gusta, ¿verdad?

—No…

—Ash —advirtió Meg, con tono duro.

La conocía demasiado bien. Lo sabía. Pero era el instinto lo que le hacía protegerse.

Llevaba días pensando en la manera de distanciarse de Bradley, pero cada vez que ponía su mente en ello, el corazón se le contraía. En esos escasos días que habían estado hablando por teléfono, porque ella había estado muy ocupada con las clases y con el trabajo, Ashley había ido conociéndolo poco a poco. Le contaba pequeños detalles, se preocupaba por ella, y en alguna ocasión había ido al café solo para verla un ratito.

Ashley realmente quería algo que le perteneciera, y Bradley era perfecto. Brad la hacía sentir bien y a gusto. Conseguía sonsacarle cositas sobre sí misma y la hacía reír, y eso le gustaba. Era muy capaz de crear un ambiente relajado a su alrededor, aunque no estuviera presente, pero ¿cuánto duraría eso, una vez conociera a sus padres?

Nada.

Y eso era lo que más miedo le daba. 

Le hubiese gustado tenerlo como amigo, pero sabía que no podía pedirle algo tan egoísta. Así que no le quedaba de otra que dejarlo todo atrás. Volver a su rutina y olvidar que una vez conoció al que, sin duda, era el hombre perfecto. Quizás fuese pronto para decir algo así, pero era la imagen que tenía de él.

Ashley se recompuso, se desembarazó de su amiga, miró al techo de su casa y suspiró. 

—Ash…

—No, Meg. No hay nada que hacer.

Decidida y dolida por su propia decisión, Ashley puso rumbo al trabajo. Quería distraerse y esperaba que poner cafés y atender a sus clientes la ayudara. Necesitaba algo que la obligara a dejar de pensar en aquellos  ojos color chocolate y en aquella sonrisa traviesa que rondaba por su cabeza. 

Fue caminando al trabajo, porque necesitaba un momento para asentar su cabeza y sus sentimientos, y reflexionar sobre la decisión que debía tomar. Su cabeza decía «¡Sí, está bien! Es lo que tienes que hacer», pero su corazón le decía «¡¿Estás loca? ¿Vas a dejarlo escapar? !Es el mejor tío que se te ha cruzado, boba!». 

Ella ya lo sabía. Lo sabía muy bien. Pero era la única solución, lo único que podía evitar un dolor más grande, cuando estuviera enamorada hasta las trancas y Bradley le diera la espalda por el mal comportamiento de sus padres.

No quería correr riesgos con su corazón y, aunque era consciente de que eso era de cobardes, Ashley nunca se había considerado una persona valiente, así que la decisión era acorde con su personalidad cobarde.

Por otra parte, iba a ser lo mejor para Bradley. Nadie merecía el desprecio de sus suegros, a no ser que fuese malo, y él no lo era. Así que… era lo mejor para ambos.

Ya con el delantal puesto, el bloc de notas en una mano, un bolígrafo en la otra y un montón de mesas que atender, Ashley puso en marcha su mejor sonrisa para tratar con los clientes. Al menos por unas horas, podía imaginar que todo iba bien.


Bradley frunció el ceño cuando volvió a saltarle el buzón de voz. 

Llevaba dos días intentando llamar a Ashley y aún no había podido contactar con ella. Estaba empezando a asustarse, porque no podía evitar pensar que tenía que haber ocurrido algo para que no cogiera sus llamadas, pero por otro lado también pensaba en lo rara que había estado durante su última llamada. Estaba como ida, pensando en otra cosa.

Brad lo intentó una vez más, antes de tirar el teléfono sobre su cama. 

¿Le habría ocurrido algo a Ashley? ¿O acaso la pequeña sirena no quería hablar con él?

Intentó recordar si le había dicho algo que pudiera haberla molestado, pero no le vino nada a la mente. Se había comportado bien, la había hecho reír y había conseguido saber algunas cosas de ella, así que no veía en qué momento la había molestado lo suficiente como para que no quisiera hablar con él.

Ya que no respondía a sus llamadas, solo le quedaba una opción: ir a verla al café. Estaba casi seguro de que allí sería capaz de encontrarla.

Nunca le había gustado que le dieran la espalda así como así. Si Ash ya no quería verlo, que se lo dijese de frente y a la cara.

Cogió su chaqueta, su cartera, las llaves y el móvil, y salió de su casa.

Necesitaba saber por qué no quería hablar con él. Si había hecho algo que pudiera haberla molestado, podría pedir disculpas y solucionarlo. No quería dejar de ver a Ashley. No iba a renunciar a ella así como así, a no ser que le dijese claramente que no quería saber nada más de él.

De repente, su móvil empezó a sonar. No creía que fuese Ashley, pero podía ser importante, así que lo puso en manos libres.

—¿Qué?

—Brad, hermano, ¿estás bien?

No, no lo estaba. La chica que le gustaba lo ignoraba, y eso dolía, pero no iba a decírselo a su hermano. Porque, aunque Jared podía comprender por lo que estaba pasando, no quería compartir esa pequeña pieza de información, por el momento.

—¿Qué quieres, Jad?

—Solo llamaba para saber cómo estás. Pero veo que te has levantado con el pie izquierdo, así que…

—Mira, ahora mismo tengo un asunto que atender. Cuando termine te llamo.

—Brad. 

El tono de su hermano era el de alguien que sabía que estaba ocurriendo algo. Bradley quería contárselo, no le importaba compartir esas cosas con su hermano, pero en ese momento no podía. Solo tenía una cosa en la cabeza: encontrar a Ashley.

—Cuando acabe, te llamo.

Por el grito de enfado que recibió antes de colgar, supo que su hermano se había mosqueado con él, pero no le importaba. Solo quería saber qué pasaba con Ash. Solo eso.

Aparcó frente al café y respiró hondo. Esperaba verla allí y enterarse de una vez de lo que había hecho para que no quisiera verlo. No le gustaba presionar a las chicas, pero necesitaba saber qué había hecho para estar tranquilo consigo mismo.


Capítulo 8

Promesa



Ashley no estaba preparada para lo que se encontró cuando se giró para atender otra mesa. Había pensado que estaría a salvo en el trabajo, que no tendría que pensar ni ponerse triste, y que solo tendría que mantener una sonrisa falsa y atender a los clientes. Entonces apareció Bradley… ¿Por qué estaba allí? ¿Qué hacía en el café? Ella intentaba alejarlo para evitar sufrir ¿y él se presentaba en su trabajo?

Sabía que Bradley había estado llamándola. Cuando lo hacía, se quedaba mirando el teléfono hasta que dejaba de sonar para, unos segundos después, ver cómo volvía a la vida con otra llamada. 

Ashley podía sentir la preocupación en la cara de Bradley. Sus ojos color chocolate estaban tristes, y su gran cuerpo, tenso. Era obvio que estaba dolido y molesto por cómo Ashley se había apartado de él. Había estado ignorando sus llamadas… e ignorándolo a él también. Debía de estar enfadado con ella.

Ash se preparó para el encontronazo, para que le gritara y montara un gran show en el café, pero Brad solo se dirigió hacia ella con paso decidido, la cogió suavemente por la muñeca y acercó los labios a su oreja. El calor que le trasmitía la hizo suspirar. 

Incluso cuando estaba enfadado era agradable estar cerca de él. Su comañia era reconfortante. Acogedor.

—Tenemos que hablar —susurró él.

Pese a que su tono era suave, su voz parecía un gruñido.

Ash negó con la cabeza. No quería enfrentarse a él. Bradley frunció el ceño.

—Si no quieres verme, dímelo a la cara.

Quería verlo, pero no podía. Su familia era difícil de manejar y nadie merecía el trato que ellos pudieran darle solo por estar saliendo con ella. Bradley era un buen chico y se merecía conocer a una buena chica cuya familia lo quisiera. No quería que la odiara por culpa de sus padres. ¿Por qué no lo entendía? 

Conteniendo las lágrimas, Ashley dirigió su mirada a los cálidos y hermosos ojos de Bradley.

—No quiero que me odies.

Su voz, forzada por el nudo de emociones que se acumulaban en su garganta, sonó baja y quebrada.

Bradley abrió los ojos de par en par, totalmente sorprendido. No esperaba escuchar algo así, y ella lo sabía, pero era la cruda realidad y no iba a mentirle. La mano que sujetaba su muñeca se elevó hasta rozar suavemente su rostro con el dorso de los dedos. 

—¿Por qué dices eso? ¿Cómo podría odiarte, Ash?

Ashley giró la cara para evitar toparse con la tristeza en los ojos de Bradley, y miró al suelo.

—Tarde o temprano lo harás, Bradley. Yo no quiero que eso ocurra —susurró mientras daba un paso atrás para alejarse de esa cálida mano que acariciaba su mejilla con dulzura.

No podría mantener su decisión si Brad la tocaba. Es más, tenía que alejarse de él antes de que sus escasas fuerzas flaquearan y todo se fuese al traste; antes de que olvidara por qué había decidido ignorarlo. 

«¡Tengo que alejarme de él!», se dijo a sí misma. 

Ash estaba decidida y dispuesta a cerrar los ojos y dejar atrás a ese maravilloso hombre que había ido hasta su trabajo para saber qué estaba pasando, pero una parte de esa decisión quedó en nada cuando Bradley cogió su mano, tiró de ella hacia su cuerpo y la apretó en un fuerte abrazo. Él era cálido, amable y protector. La hacía sentir tranquila. Pese a lo grande que era, su tono, sus gestos y su trato siempre habían sido suaves, gentiles… y muy tiernos. Y en ese momento lo estaba demostrando. Por suerte, estaban un poco apartados de las mesas centrales, donde se congregaba la mayor parte de los clientes. 

—Nunca podría odiarte, sirena. Eso es algo imposible para mí. 

—Brad…

—Si estás asustada o incómoda por lo que estamos empezando, dímelo, pero no me ignores. Eso duele, Ash —dijo Bradley, con un tono de voz bajo y dolido.

Lo último que ella quería era hacerle daño a alguien que solo le había dado cosas buenas en el poco tiempo que hacía que se conocían. Pero ¿qué alternativa le quedaba? No confiaba en que sus padres se comportaran si aquello llegaba al punto de las presentaciones familiares, así que ¿qué podía hacer? 

Sin embargo, por mucho que quisiese escapar a aquello… se sentía tan atraída por Bradley que el temor a que conociera a sus padres se iba haciendo cada vez más pequeño.

¿Se trataba del poder que te concede estar al lado de la persona que puede darte todo lo que tu corazón anhela? 


«¿Esto es lo que siente Jared cada vez que abraza a Violeta?», se preguntó Bradley, asombrado por la felicidad que sentía al tener sus brazos alrededor de Ashley.

Sabía que era muy probable que estuvieran dando un espectáculo pese a estar un poco apartados de todos los clientes que frecuentaban el café, y esperaba de todo corazón que aquello no afectara a Ashley en su trabajo, pero no podía evitarlo. Quería quedarse así un rato. Con Ash pegada a él y su cabeza descansando sobre su pecho, podía sentir, apretados como estaban, cómo cada curva del cuerpo de Ashley presionaba cada músculo del suyo, llevándolo de viaje al el paraíso más absoluto.

—¿Ash? ¿Va todo bien?

Sorprendido por la interrupción, Bradley levantó la cabeza y observó a una mujer mayor que los miraba. No sabía quién era, pero no quería meter a Ashley en un lío.

Su sirena se apartó un poco de él, giró sobre sus talones y, mirando a la señora con una pequeña sonrisa en los labios, asintió.

—¿Te está molestado ese hombre, cielo?

Estiró los brazos hacia delante y abrió las manos como si quisiera parar algo.

—¡No! Señora Connor, es un amigo. 

Bradley podía ver la desconfianza en los ojos de la mujer, de modo que se acercó a Ashley y le brindó a la desconfiada dueña una de sus mejores sonrisas. Siempre funcionaba, y esa vez no iba a ser menos. La postura rígida de la mujer se suavizó y sus ojos se arrugaron al esbozar una pequeña y coqueta sonrisa. Fuesen niñas o ancianas, sus sonrisas nunca fallaban. Esa era la prueba.

Ashley lo miró por el rabillo del ojo, frunciendo el ceño, y le hincó el codo en las costillas.

—No juegues con mi jefa —masculló, un tanto molesta.

Bradley rodeó su cintura con un brazo, besó su mejilla y pegó los labios a su oreja.

—¿Estás celosa? Sirenita, solo trato de sacarnos de este lío.

—Chulo —farfulló ella, con un ligero temblor.

Bradley se rió, consciente de que parecía un loco al reírse por nada, ya que era el único que podía oír lo molesta que estaba Ash. 

—Bien, bien. Por favor, no montéis otra escenita. Y vuelve al trabajo, Ashley, hay clientes esperando.

—Enseguida, señora Connor.

Ash se giró hacia Bradley, lo miró a los ojos y suspiró.

—No voy a irme hasta que hables conmigo —avisó Bradley, con terquedad. 

No iba a dejar el tema a medias. Entendía perfectamente que debía volver al trabajo, pero no iba a darse por vencido. Había ido allí con el propósito de saber por qué estaba ignorándolo y no iba a cesar en su empeño.

—Aún me quedan cuatro horas, Brad. 

—Si me voy, volverás a ignórame. Lo sé.

—No lo haré. En cuanto salga del trabajo y llegue a casa te llamo y hablamos. Ahora, por favor, tengo que volver al trabajo o me despedirán.

Mirándola con intensidad, Bradley sostuvo su cara entre sus manos.

—Si no me llamas, volveré aquí día tras día hasta que me digas el por qué —prometió.

Ashley asintió, se inclinó hacia él y le dio un pequeño beso en la mejilla.

—Vete Brad. Luego te llamo.

—Hazlo, sirena.

Ashley asintió mientras Bradley se alejaba y volvió con rapidez a su trabajo. Bradley, en cambio, aguardó unos minutos antes de volver por donde había llegado e irse. Iba a confiar en la palabra de su sirena. Merecía la oportunidad de demostrar que era de fiar y se la iba a dar. Por otro lado, tendría que llamar a Jared y disculparse por haberle colgado. Soltó un largo y cansado suspiro y se subió a su coche. Iba a ser una larga espera. Ya lo podía sentir.


Capítulo 9

Llamada



Le había prometido llamarlo y explicarle por qué había comenzado a ignorarlo. Pero ahora, en frío, un rato después de haberlo visto marcharse en su coche, Ashley tenía sus dudas. O más bien tenía miedo. Miedo a sus sentimientos, miedo a lo que pudiera ocurrir si no era fuerte y mantenía su propósito de dejarlo ir para que no sufriera por culpa de lo que sus padres pudieran hacerle o, más bien, decirle. Si se lo proponían, podían ser realmente crueles. Y ese hombre de ojos marrones no merecía nada de eso. Él merecía el amor de una familia. Su aceptación. 

Pero ahora que Bradley se había presentado en su trabajo con la clara intención de saber qué ocurría, Ashley sentía que su fortaleza para seguir adelante con su «plan de escape» flaqueaba. 

Una parte de ella quería seguir con su existencia aburrida y vacía, concentrarse únicamente en sus estudios y su trabajo y seguir así día a día; pero otra parte de ella, la que había estado gritando en su interior, reivindicando su libertad, sus deseos de divertirse y ser feliz, comenzaba a rebelarse. Ansiaba unos brazos que la rodearan y le dijeran que todo estaba bien, aunque no fuese verdad. Estaba cayendo en un pozo lleno de deseos que hasta hacía poco había permanecido cerrado a cal y canto y que, gracias a las pequeñas conversaciones, las risas, y esas miradas dulces y cálidas que ese chico de ojos chocolate le había ido regalando en el poquísimo tiempo que hacía que se conocían, había acabado por abrirse. Se revelaba de este modo cada sueño, cada anhelo y cada deseo que Ashley había ido sintiendo y guardando a lo largo de sus veintitrés años de vida.

Bradley era un soplo de aire fresco para su existencia. Algo bueno y nuevo que le había sacado de su aburrida rutina. Ashley nunca había experimentado ese deseo de vivir que Bradley le producía ni las ganas de reír cada día de forma natural, en lugar de fingir sonrisas para disfrute de los clientes. Quería volverse loca, gritar al cielo, reír, llorar, saltar, correr y caer en brazos de un buen chico que la quisiese y la comprendiera. 

Alguien como Bradley.

Pero Ashley era muy consciente de cuál era su situación.

Anhelante y asustada, Ashley sabía que su decisión de dejar ir a Bradley era la correcta, pero no podía evitar ser egoísta. Lo quería. Era bueno y dulce, y ella estaba deseosa de saber lo que era sentirse a gusto y feliz con alguien como Brad.

Temía que sus padres lo conocieran, pero, de todas formas, no hacía falta llegar a eso. Podría dar largas, ¿verdad?

Ashley solo quería ser feliz en brazos de un hombre de ojos tiernos que la llamaba sirena.

—Bien, niñas, ¡es todo por hoy! —gritó su jefa desde detrás del mostrador, mientras pasaba un paño sobre la ya inmaculada superficie—. ¡Tened cuidado en el regreso a casa!

Sin saber cómo, se había pasado toda la hora de limpieza en las nubes. Abstraída. Sumergida hasta las cejas en el recuerdo de aquellos ojos color chocolate. Pero ¿quién podía culparla? Bradley era alguien a tener en cuenta. 

Recogió sus cosas de su taquilla individual y salió por la puerta bien abrigada. ¿Por qué el invierno parece más frío cuando una no tiene a alguien al lado que le dé calor con sus brazos?

Cuando caminaba por las calles de Chicago, Ashley parecía tener un imán para las parejas felices y amorosas, y cada vez que se encontraba con una, se moría de celos. Pensándolo bien… ¿no sería bonito poder pasear con Bradley, cogidos de la mano? Un paseo como el que dieron en su primera cita. 

Ashley suspiró. Su aliento voló por encima de su cabeza en una nube de vaho blanco. 

Sí. Por mucho que quisiese hacer lo correcto, o al menos lo que ella consideraba correcto, no podía evitar ser un poco egoísta.

Aunque no fuese conveniente para él, Ashley quería compartir unos días con Bradley. Lo mejor sería terminar lo que todavía no había comenzado aún y dejarlo todo en el pasado. Pero Bradley era un tipo difícil de olvidar e imposible de ignorar. 

Sonrió al recordar su promesa de ir una y otra vez al café, hasta que ella consintiera en hablar con él, si no cumplía con llamarlo una vez llegarse a casa esa misma noche, para aclarar las cosas. 

Fue andando a casa, con paso tranquilo y disfrutando del frío de la noche, que, además, le estaba ayudando a despejar la mente. Las calles estaban llenas de gente, y las luces encendidas de los comercios daban la bienvenida a cualquier cliente necesitado de café, pizza o incluso ropa. Ashley, mientras, contemplaba el ir y venir de las parejitas felices, agarradas de la mano, y no pudo evitar pensar en Bradley y ella haciendo lo mismo. 

Sería algo bueno. Un recuerdo feliz. Estaba segura de ello.


Cuando llegó a casa, Ashley se deshizo del abrigo y las botas. En el apartamento reinaba el silencio, lo que quería decir que Megan aún no había llegado del trabajo, ya que dudaba que estuviese estudiando a esas horas. Ashley estaba agotada de trabajar y de pensar tanto sobre lo que era bueno o malo. No tenía ganas de hacer nada, pero lo prometido era deuda.

Le debía una llamada a Bradley.

Se estiró en el sofá y sacó el teléfono del bolsillo trasero de sus vaqueros, donde solía guardarlo. Buscó el nombre de Brad en la lista de contactos, pulsó la tecla de llamada y esperó.

Aunque estaba deseosa de darse un baño y echarse a dormir, Ashley quería hablar primero con Bradley y ver si su comedura de cabeza había servido para algo.

—Ash.

El saludo susurrado de la voz profunda de Bradley, provocó que un estremecimiento recorriera su espalda. 

—Hola, Brad.

—¿Has llegado a casa?

—Sí. Acabo de llegar.

Ashley podía sentir un halo de incomodidad en la conversación. 

—Bradley…

Comenzó ella, intentando explicar su comportamiento de los dos últimos días. La profunda voz de Bradley la interrumpió.

—Escúchame. Sé que apenas nos conocemos. De hecho, solo hace unas semanas que sabemos el uno del otro, así que entiendo que puedas estar asustada o, incluso, confusa. Pero, aunque no sé mucho o casi nada de ti, sí sé que en esas pequeñas conversaciones, esos ratos en los que hablábamos sin parar, has conseguido algo que no ha logrado ninguna chica en mucho tiempo.

Ashley guardó silencio mientras escuchaba cómo Bradley tomaba aire.

—Eres una sirena muy escurridiza, Ash. Te has estado colando dentro de mi piel, y eso me asusta hasta a mí. Da miedo, lo entiendo, pero no entiendo por qué me dejas de lado cuando sé que te lo pasas tan bien conmigo.

—No quiero que me odies —repitió Ash, recordando lo que le había dicho la cafetería.

—Ya te he dicho que…