
Prólogo de José Emilio Pacheco

Primera edición (Ediciones Coyoacán), 1997
Primera edición (FCE), 2008
Primera edición electrónica, 2010
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ISBN 978-607-16-0492-7 (ePub)
ISBN 978-968-16-8466-2 (impreso)
Hecho en México - Made in Mexico
Alí Chumacero (Acaponeta, Nayarit, 1918) fue becario de el Colegio de México (1952) y del Centro Mexicano de Escritores (1952-1953). Académico de la lengua desde 1964, ha recibido los premios Xavier Villaurrutia (1984), Internacional Alfonso Reyes (1986), Nacional de Ciencias y Artes (1987), Estatal de Literatura Amado Nervo (1993) y Belisario Domínguez (1996). Su labor editorial y crítica ha sido esencial en la actividad cultural mexicana.
Alí Chumacero
en el jardín de las cenizas
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Nadie ha sabido decirnos con certeza de dónde viene la voz que habla en los poemas, desde qué sitio de la realidad se dirige a nosotros. Es común afirmar que ningún poeta se parece a sus versos. No es menos cierto que tales páginas no existirían sin la única e irrepetible experiencia vivida por esa persona concreta.
Será difícil hallar un comentario sobre Alí Chumacero que no se asombre ante el contraste entre una actitud personal amable y expansiva, antisolemne mucho antes de que se inventara el concepto mismo de antisolemnidad, y una obra tan austera y doliente como la suya.
Una posible explicación es que desde sus orígenes remotos la poesía lírica sirve, entre otras cosas, para concentrar toda la negatividad del mundo. En cualquier época hay muy pocos poemas alegres. Existen, claro está, versos jocosos pero siempre van dirigidos en contra de alguien. La dicha se basta a sí misma, no necesita de celebraciones. El placer que derivamos de los poemas, aun o sobre todo de los más sombríos, nunca es resultado de su tema sino de su arte verbal.
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Así, en la poesía mexicana se hallarán pocos libros tan disfrutables como Palabras en reposo, siempre y cuando estemos dispuestos, no tanto a leer como a releer sin prisa cada uno de sus poemas.
Alí Chumacero ha pasado su vida haciendo los libros de los demás, es decir transformando los originales en piezas tipográficas, pero sólo quiso darnos tres propios: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1947) y Palabras en reposo (1956). En ellos está toda su obra breve y admirable.
A uno le hubiera gustado seguir leyendo siempre nuevas páginas de Chumacero. Sin embargo su decisión no nos privó de su poesía de madurez, ya que fue un poeta cabal desde su aparición en 1940 con “Poema de amorosa raíz”. En menos de veinte años hizo lo que tenía que hacer, dijo cuanto tenía que decir.[*]
En torno suyo se ha tejido la costumbre de afirmar, para alabarlo, que es el Juan Rulfo de la poesía mexicana y su prestigio crece con cada nuevo libro que no publica. Como los versos interesan a menos personas de las que se preocupan por la narrativa, Chumacero ha podido guardar silencio sin molestias ni expectativas por la siguiente colección de poemas. Nada tan lejano a Rulfo y a Chumacero —ambos nacidos en el mismo 1918— como la idea de una “carrera” literaria. Ambos escribieron por necesidad interior y enmudecieron una vez escrito, inmejorablemente bien escrito, lo que debían expresar.
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Es irresistible la tentación de comparar sus tres libros a estrellas solitarias que brillan con luz propia en el cielo de la poesía de nuestro idioma, o bien a islas rodeadas de silencio por todas partes. Silencio y soledad son el marco propicio para que resuene la elocuencia sin énfasis de sus poemas y quebrante las tinieblas una luz que no enceguece sino ilumina.
En Páramo de sueños e Imágenes desterradas hay una continua tensión entre la inmovilidad que se eleva y el movimiento que se abisma, entre el sepulcro como destino final de toda carne y el deseo en que la vida se afirma al negar la fatalidad de la desdicha. Estos poemas son muchas veces monólogos dirigidos a un “tú” que es casi siempre una mujer lejana o a punto de alejarse. La dicción y el fraseo provienen en parte de los poetas españoles de 1927 y los Contemporáneos mexicanos, en especial Xavier Villaurrutia. No obstante, Chumacero encuentra su propia voz desde sus primeros pasos y en ella resuena una sentenciosidad bíblica nada frecuente en la poesía de lengua castellana.
Este Páramo de sueños, escenario en que arden y fluyen los poemas juveniles de Chumacero, es la Tierra Baldía de las dos guerras, la que termina cuando él nace y la que comienza cuando publica sus primeras páginas. En ellas establece como defensa contra la arrasadora tempestad de la Historia una atmósfera de cuadro postsurrealista. La desnudez que evocan esos poemas es la misma de sus medios expresivos. Se trata de una poesía despojada de todo brillo ornamental y de toda facilidad rítmica (o arrítmica). No tiene los resplandores del diamante sino la naturaleza serena y sólida del mármol.
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La obra literaria de Alí Chumacero no se limita a la poesía. De 1940 a 1963 participa como editor y redactor en las publicaciones mexicanas más importantes de aquellas épocas literarias. Una amplia selección de ese trabajo está recogida por Miguel Ángel Flores en Los momentos críticos (1987).
La prosa de Chumacero empieza al mismo tiempo que su poesía en la revista Tierra Nueva (1940-1942), empresa generacional compartida con José Luis Martínez, Leopoldo Zea y Jorge González Durán. Allí comienza su valoración de la poesía de los Contemporáneos y da, entre muchas otras cosas, el primer conjunto de los poemas de Jorge Cuesta. En Tierra Nueva aparecen también las dos únicas traducciones suyas que conozco, dos textos siempre mencionados pero rara vez leídos: el ensayo del abate Bremond sobre la poesía pura y el discurso del conde de Buffon en torno del estilo.
Una parte muy significativa de su labor se encuentra en las dos grandes revistas de Octavio G. Barreda: Letras de México (1937-1947) y El Hijo Pródigo (1943-1946). Fueron el terreno de encuentro de los Contemporáneos con la nueva generación en sus dos promociones: la primera reunida en Taller (Octavio Paz, Efraín Huerta, Rafael Solana, Alberto Quintero Álvarez, a quienes deben añadirse José Revueltas, Enrique Guerrero y Neftalí Beltrán) y la segunda en Tierra Nueva, donde colaboraron los escritores del exilio español, unión que Paz, como director de Taller, había iniciado en 1939.
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Nuestra historiografía literaria ha hecho dos generaciones de una sola, compuesta por quienes nacieron de 1910 a 1920. Si por un momento nos olvidamos de las revistas en que se dieron a conocer, vemos con toda claridad un grupo generacional que tiene en su centro a Paz (1914, como Huerta y Revueltas) y va de Fernando Benítez (1911) a Chumacero y Martínez, que son del mismo 1918 en que nacieron Rulfo y Arreola.
En su gran tarea de editor proseguida hasta el fin de siglo, Benítez continúa y supera a Barreda en su función aglutinadora respecto a estos escritores. Un argumento en contra de esta redistribución generacional sería que los mayores, quienes comienzan a escribir en los treinta, década que para nosotros tiene como núcleos el cardenismo y la guerra de España, muestran una intensa preocupación histórica y social; en tanto que los jóvenes de Tierra Nueva son apolíticos, pues con el estallido de la segunda Guerra Mundial viven una historia muy diferente a la de aquellos que tuvieron veinte años alrededor de 1936.
En El Hijo Pródigo Chumacero, Martínez, Paz y Villaurrutia –su magisterio es tan evidente como sutil— establecen un nuevo modelo de periodismo literario en el más alto nivel. Su influencia modifica la prosa y el verso mexicanos. Antes, en Taller Solana inicia una discreta campaña contra el castellano aprendido sólo en las traducciones, una crítica contra el descuido, la irresponsabilidad y la torpeza.
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A esta reforma generacional Chumacero contribuye con sus reseñas sobre novelas. Quizás a estas notas les debemos que se haya desterrado “el ridículo uso y abuso del enclítico que entorpece la expresión natural de lo escrito”. Nadie volvió a poner nunca atóle, condújole, paróse.
Las notas de Chumacero pueden dividirse en varias secciones: su apoyo a los miembros de su generación (Beltrán, Huerta, Quintero Álvarez, Solana) y a los exiliados republicanos (Enrique Díez-Canedo, Juan Gil Albert, Emilio Prados, Juan Rejano), presentación en México de los poetas rioplatenses (Sara de Ibáñez, Vicente Barbieri, Oliverio Girondo, Conrado Nalé Roxlo) y en primer término la revisión de la literatura nacional.
En estos años Chumacero hace con Martínez la antología de nuestra Poesía romántica para la Biblioteca del Estudiante Universitario, y para la Biblioteca Enciclopédica Popular las Crónicas de Ángel de Campo, Micrós. En la revista se ocupa de Manuel José Othón y Luis G. Urbina con la misma severa generosidad que había empleado Martínez para revisar en Tierra Nueva a Manuel Gutiérrez Nájera.
Una dirección final de sus notas expresa otra tendencia de aquel momento: restablecer los nexos con la literatura española del pasado inmediato y el remoto. Nada más hay un ensayo de Chumacero en El Hijo Pródigo: “El hombre solo”, en el número de homenaje a López Velarde (junio de 1946), a los veinticinco años de su muerte. Esta entrega de la revista consuma la tentativa de Villaurrutia y establece a López Velarde en un sitio que ya nadie puede disputarle.
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El concepto de literatura que tuvieron los colaboradores de El Hijo Pródigo queda sintetizado por Barreda en el editorial del número 8 (noviembre de 1943): “La literatura es más amplia y trascendente de lo que la gente se sospecha. Es, aunque usted no lo crea, filosofía, historia, religión, política, finanzas, etc.; más un ‘algo más’ misterioso y milagroso que se adhiere a ellas a fin de darles validez, permanencia, extensión y humanidad”.
En la segunda mitad de los cuarenta Chumacero escribe algunos de los primeros ensayos que se publicaron entre nosotros sobre Albert Camus, Jean Paul Sartre y el existencialismo. De 1949 a 1963 Chumacero publica en los suplementos dirigidos por Benítez artículos y reseñas que representan para los jóvenes lectores de entonces una universidad libre y un taller literario.
En el desempeño de la crónica tuvo que ocuparse de muchos libros que no le interesaban pero a cambio de esto hay ensayos que por fortuna Miguel Ángel Flores ha preservado, como el que escribió en 1959 a la muerte de Salomón de la Selva. También en esas páginas, en Las Letras Patrias y sobre todo en la Revista de la Universidad de México trazó aquellos panoramas del año literario que por desgracia han desaparecido de las publicaciones actuales.