

Primera edición, 2012
Primera edición electrónica, 2012
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ISBN 978-607-16-1178-9
Hecho en México - Made in Mexico
Prólogo
I. Una antigua civilización se devela ante la mirada europea
II. Trayectoria histórica de los mayas
III. La vocación de escribir
El desciframiento de los textos históricos prehispánicos
La historiografía maya según los textos españoles coloniales
IV. El resurgimiento de la vocación de escribir. Los libros mayas coloniales
V. Relación de los principales libros mayas
Textos maya-yucatecos
Textos chontales
Textos quichés
Textos cakchiqueles
Textos tzutuhiles
Textos mames
Textos pokomchís
VI. Propósitos con los que fueron escritos los libros mayas
Los libros sagrados de la comunidad
Los textos histórico-legales
VII. Contenido de los libros sagrados
Literatura mítica
Literatura profética
Literatura ritual
Literatura médica, astronómica y calendárica
Literatura histórica y legendaria
VIII. Valores formales de los libros sagrados
El Popol Vuh
El Rabinal Achí
El Ritual de los Bacabes
Textos históricos en los libros sagrados
IX. El encuentro del español con las lenguas mayas
El español en los textos indígenas
Las lenguas indígenas en los textos en español
X. Visión maya de la Conquista
Bibliografía
Ellos hablan con sus propias palabras y así acaso no todo se entienda de su significado; pero derechamente, tal como pasó todo, así está escrito.
Chilam Balam de Chumayel,
“Libro de los linajes”
Ignorados en diversos archivos de América y Europa, permanecieron durante varios siglos los textos escritos después de la conquista española, en lenguas mayas y caracteres latinos, que constituyen una de las más importantes manifestaciones del pensamiento, la forma de vida y la capacidad literaria de los hombres mayas. Estos textos, aunados a cientos de inscripciones jeroglíficas halladas en las antiguas ciudades mayas y tres códices prehispánicos que milagrosamente se conservaron, constituyen el legado escrito de los pueblos mayas.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, gracias al interés de algunos estudiosos, los escritos coloniales empezaron a ser traducidos y divulgados. Pero no fue sino hasta el siglo XX cuando se inició el estudio científico de los documentos mayas, los cuales pasaron así a ser considerados ya no sólo un vestigio bello y misterioso de una lejana cultura, sino también una fuente de primera importancia para el conocimiento tanto de la civilización maya prehispánica como de la actitud y visión de los hombres mayas ante la Conquista y la colonización españolas.
Contamos, de este modo, con diversas traducciones y estudios críticos de los principales textos conocidos, muchos de los cuales han sido publicados tanto en México como en otros países. Este trabajo constituye un intento de sistematización y análisis general de la literatura maya colonial, situada en su contexto histórico, con el objeto de dar una visión de conjunto del afán expresivo y la sensibilidad poética del pueblo maya. Mi criterio básico ha sido que en este libro esté contemplada no sólo la creación literaria procedente de todo el territorio maya, sino además considerar la diversidad de textos que ellos elaboraron. Espero que este acercamiento contribuya al entendimiento y a la necesaria difusión de esta rica expresión cultural, perteneciente a una de las más notables civilizaciones de la América prehispánica.
CUANDO los conquistadores españoles arribaron a las tierras mayas, en el siglo XVI, monumentales edificaciones de una original y grandiosa civilización, así como sus insólitos creadores, cobraron ser para la cultura occidental, produciendo un impacto que ha pervivido a lo largo de estos siglos. Los vestigios de grandes ciudades abandonadas en la cálida península de Yucatán impactaron a los invasores, a la vez que se enfrentaban a los indígenas mayas y se iniciaba la dura y despiadada obra de cristianización, sometimiento y marginación de los hombres mesoamericanos.
Muy lejos de ahí, entre los volcanes y bosques de las tierras altas de Guatemala y las montañas de Chiapas, los quichés, cakchiqueles, tzutuhiles, tzeltales, tzotziles y otros grupos mayas fueron subyugados por los conquistadores pocos años después de la caída de Tenochtitlan en el Altiplano Central de México.
Entre una y otra regiones se extiende una espesa y húmeda selva tropical donde, en el momento de la Conquista, habitaban los itzáes y los lacandones, etnias mayas que permanecerían libres hasta finales del siglo XVII, por lo que serían los últimos indígenas mesoamericanos sometidos a la corona española.
Hasta el siglo XVIII nadie había relacionado entre sí a todos esos indígenas, pues se ubicaban en lugares muy separados, tenían costumbres diversas y hablaban distintas lenguas. Sólo se sabía que los mayas yucatecos eran los descendientes de los constructores de las ciudades del norte de la península, Chichén Itzá, Ek’Balam, Uxmal, Mayapán y otras.
Algunos exploradores habían encontrado vestigios de ocupación humana en las selvas de la región central, pero ello no había despertado mayor interés, hasta que, hacia mediados del siglo XVIII, dos centurias después de la llegada de los españoles, una extraña y espectacular ciudad en ruinas se manifestó ante la sorprendida mirada de Occidente. Nadie sabía nada de ella y muy pocos la asociaron con los indígenas ch’oles, tzeltales y lacandones que vivían en los alrededores, quienes sin duda la conocían, pero para los cuales la liga con su pasado se había roto desde mucho tiempo atrás.
Esa gran ciudad, cuyo nombre maya original fue Lakamha’, había sido llamada en el siglo XVI Palenque, “lugar de las casas amuralladas”, y cerca de ella el fraile dominico Pedro Lorenzo de la Nada había fundado un poblado con el mismo nombre, pero a nadie le interesó mayormente el sitio, hasta el siglo XVIII, cuando algunos españoles, ligados con los prelados de la región, visitaron las ruinas y dieron a conocer su existencia a las autoridades civiles; de este modo se iniciaron las expediciones oficiales a la gran ciudad. A los pocos años, Palenque había despertado el interés y fascinación del mundo occidental por su magnificencia y su ubicación. Surgieron entonces muy diversas hipótesis interpretativas sobre la ciudad y sus constructores que la investigación científica ha ido desechando, como la de su supuesto origen europeo o asiático.
Sin embargo, también hubo quienes asociaron Palenque con otras ciudades abandonadas en la región central, como Copán en Honduras, y con las ruinas conocidas de la península de Yucatán. Así, desde el siglo XVIII los diversos grupos indígenas empezaron a ser relacionados entre sí y con los restos materiales de un remoto pasado, vestigios silenciosos de sus grandes antecesores.
Al tiempo que todo esto ocurría, por azar o por el interés de algunos estudiosos, se descubrían en los archivos de América y de España valiosos documentos acerca de los indígenas redactados por españoles desde el siglo XVI, así como textos escritos por los mayas en sus propias lenguas, pero con el alfabeto latino, en los inicios de la colonización. Estos textos, que pronto empezaron a ser estudiados y traducidos, pasaron a constituir, al lado de los despojos de las viejas ciudades, las fuentes principales para el conocimiento de los antiguos mayas; los documentos españoles contienen valiosa información acerca del pasado indígena prehispánico, ya que muchos de sus autores se apoyaron en informantes indígenas y, además, presenciaron las manifestaciones de esa cultura tan ajena a ellos, al mismo tiempo que la invalidaban y destruían, mientras que los textos indígenas revelan datos esenciales de la antigua cultura maya, como mitos e historias copiados de los códices jeroglíficos, y a la vez registran acontecimientos y valoraciones contemporáneos a su creación.
Un largo camino de investigación acerca de este gran pueblo se ha desarrollado desde el siglo XVIII. La ciencia ha ido despejando los misterios sobre la gran civilización maya, una de las más notables de la Antigüedad, por lo que hoy sabemos mucho más de ella; los avances en el desciframiento de la escritura jeroglífica maya han sido muy grandes y las demás disciplinas desde las que se estudia a los mayas han tenido también un notable desarrollo. Pero todo eso no significa que la civilización maya haya abandonado las regiones del misterio, y que en el futuro no se desechen muchas de nuestras interpretaciones, como nosotros lo hemos hecho con algunas de los siglos XVIII, XIX y XX.
DE ACUERDO con el estado actual de la investigación mayista, sabemos que los pueblos mayas prehispánicos crearon una asombrosa cultura asentados en una vasta región que comprende los actuales estados mexicanos de Yucatán, Campeche, Quintana Roo y parte de Chiapas; Guatemala, Belice y porciones de Honduras y de El Salvador. Esa gran área tiene una riqueza y variedad geográfica extraordinarias, que influyó notablemente en la cultura.
Los mayas son un conjunto de etnias con diferentes lenguas, costumbres y trayectoria histórica, pero todas ellas comparten determinadas características que nos permiten considerarlas una sola cultura. El desarrollo histórico prehispánico de los mayas abarca aproximadamente del siglo XVIII a.C. al siglo XVI d.C., es decir, alrededor de 3 400 años.
En el periodo más antiguo, denominado por la investigación científica Preclásico (ca. 1800 a.C.-250 d.C.), surgió en la costa del Golfo de México la primera gran civilización de Mesoamérica, la olmeca, considerada una “cultura madre” por su alto desarrollo y su expansión hasta sitios tan alejados como los actuales estados de Guerrero y Morelos. Pero entre 1200 y 500 a.C. en el área maya ya había asentamientos humanos que fabricaban objetos de cerámica, como vasijas y figurillas.
Durante todo el Preclásico, en el área maya se fueron definiendo los rasgos que darían su carácter propio a esta cultura, con diversas influencias de otros grupos mesoamericanos, como los olmecas, los mixe-zoques y los creadores de la cultura de Izapa, en la porción sur de la propia área maya. La agricultura se constituyó en el fundamento económico, con la aparición de algunas formas de regadío, aunque los cultivos dependieron sobre todo de las lluvias. Los principales productos fueron el maíz, el frijol, la calabaza y el chile.
Alrededor de 500 a.C., los mayas de las tierras bajas selváticas establecieron sus primeras ciudades con espectaculares plataformas para templos decoradas con extraordinarias pinturas murales, como San Bartolo, y con mascarones de deidades en estuco, como Nakbé y Mirador (en Guatemala); esta última ciudad, de enormes dimensiones y situada en el Petén guatemalteco, floreció entre 150 a.C. y 150 d.C.
En la región sur del área maya surgieron los rasgos culturales que caracterizarían al periodo siguiente: registro de fechas, inscripciones jeroglíficas y retratos de personajes históricos, en sitios como Izapa, Kaminaljuyú, El Baúl, Chocolá y Tak’alik Ab’aj. Entre los textos y registros cronológicos más antiguos se pueden mencionar la Estela 1 de El Portón, Guatemala (400 a.C.), y los murales de San Bartolo, Guatemala (300 a.C.). En Izapa, aunque tal vez no haya sido un sitio maya, se localizan las primeras imágenes de las deidades, los símbolos y los ritos mayas en un extraordinario conjunto de estelas esculpidas. Finalmente, hacia finales del periodo ya se habían consolidado ciudades como Kaminaljuyú, Uaxactún y Tikal en Guatemala; Nohmul, Lamanai, Cuello y Cerros en Belice, y Calakmul y Dzibilchaltún en México.
Durante el siglo III d.C. se inicia una época de florecimiento en todos los órdenes, llamada por ello periodo Clásico, que culmina en el siglo IX. En primer lugar se produjo un gran desarrollo de la agricultura con sistemas de riego y cultivos comerciales, como el del cacao y el algodón. Se incrementaron las relaciones con otros pueblos de Mesoamérica como los teotihuacanos, creadores de la primera gran ciudad del Altiplano Central de México. Hubo un aumento en la tecnología y se consolidó una organización política estrechamente vinculada con la religión, que ya para este momento presenta un alto grado de complejidad.
En el periodo Clásico prosperan numerosos asentamientos humanos que se convirtieron en verdaderas ciudades, porque además de edificios destinados al culto religioso, hay construcciones dedicadas a actividades políticas y administrativas, numerosas casas habitación, calzadas, mercados, plazas y otras que revelan una consolidada estructura de poder religioso y civil. Numerosas ciudades se enfrentaron entre sí en busca de poderío, riqueza y expansión de su territorio, o bien para preservar su autonomía, pero nunca llegaron a formar una sola unidad política; en el periodo Clásico hubo más de 60 reinos, cada uno de los cuales era gobernado por un K’uhul ahaw, “Señor sagrado”, es decir, un gobernante con atributos divinos otorgados por los dioses y por sus propios ritos iniciáticos, y el poder de ese gran señor no fue solamente político o guerrero, sino fundamentalmente religioso, como en muchos otros pueblos antiguos.
Entre las múltiples ciudades que florecieron en este periodo podemos destacar Kaminaljuyú, Tikal, Uaxactún, Piedras Negras y Quiriguá (en Guatemala), Lamanai y Caracol (en Belice), Copán (en Honduras), Palenque, Yaxchilán, Toniná, Bonampak, Calakmul (en México, área maya central), así como Dzibanché, Edzná, Becán, Río Bec, Jaina, Uxmal, Kabah, Sayil, Ek’ Balam, Xcambó (puerto comercial) y la Chichén Itzá clásica (en la porción norte de la península de Yucatán).
Al mismo tiempo se desplegó, sobre todo en la región central, la profunda creatividad espiritual que ha dado a los mayas un lugar excepcional en la historia de la humanidad: la escritura se desarrolla hasta convertirse en la más avanzada de América, despuntan la matemática, la astronomía y la cronología, conocimientos que podemos llamar “científicos”, desde la idea occidental de ciencia, pero que para ellos fueron una forma de conocer y manejar las energías sagradas emanadas principalmente de los astros, los cuales fueron concebidos como seres divinos o como epifanías de lo sagrado; pero esos conocimientos también constituyeron una forma de consolidar el derecho de los linajes ilustres a gobernar y mantener su dominio sobre el pueblo.
También en el periodo Clásico se creó un gran arte plástico y arquitectónico, que se caracteriza por una notable libertad creadora; ella se aprecia en una gran variedad de estilos en las distintas regiones, los cuales conservan, sin embargo, el carácter maya que los distingue del arte de otros pueblos mesoamericanos. Y destaca un notable interés por el ser humano y su peculiar situación en el mundo, que además de expresarse en vívidas y realistas representaciones humanas en la escultura, está presente en la aparición de la historiografía, o sea, de textos que registran la historia de los grandes linajes gobernantes; esta historia se presenta entrelazada con una compleja mitología y un riguroso ritual, pues para ellos lo que nosotros llamamos mito no es sino parte de su historia. De la historiografía desarrollada en diversas ciudades destaca la de Palenque, que es la más completa descifrada hasta ahora. Dichas creaciones, que nos permiten hablar de un “humanismo” maya, son excepcionales en el mundo mesoamericano.
En relación con la religión, se veneró a energías sagradas invisibles e intangibles relacionadas con las fuerzas naturales y con diversos animales, que constituían manifestaciones de dichas energías, y múltiples fueron las prácticas rituales dedicadas a venerar y alimentar a esos seres sagrados. Las fuentes escritas coloniales y los textos jeroglíficos descifrados hablan de una compleja jerarquía sacerdotal, que en el periodo Clásico estuvo encabezada por el gobernante, el K’uhul ahaw (“Señor divino”) que se representa en las obras plásticas con sus atributos de poder político, guerrero y religioso.
Sin embargo, el extraordinario mundo de los mayas clásicos del área central terminó con una gran caída. A principios del siglo X cesaron las actividades políticas y culturales en las grandes ciudades; las dinastías reinantes huyeron, la población disminuyó significativamente y las majestuosas ciudades fueron paulatinamente abandonadas y desaparecieron bajo la espesa selva. A este fenómeno se le ha llamado Colapso Maya. La última fecha registrada con el sistema de Cuenta Larga es 909 d.C. en la ciudad de Toniná.
Existen varias hipótesis acerca de las causas del colapso, entre las que se mencionan una gran sobrepoblación, crisis agrícolas, ruptura del equilibrio ecológico, hambrunas y desnutrición, que pudieron acarrear graves conflictos políticos dentro de las ciudades o los Estados mismos, y entre unos y otros.
Al periodo que va de 900 d.C. a 1524 d.C., fecha de la caída de la capital del imperio quiché, Gumarcah, después de la cual es conquistada de manera paulatina toda el área maya hasta la conquista de Ta Itzá en 1697, se le conoce como periodo Posclásico. Los principales acontecimientos de este periodo fueron recogidos en los textos indígenas y españoles escritos en los primeros momentos de la colonización, que han apoyado a las investigaciones arqueológicas, por lo que conocemos mejor su historia.
A grandes rasgos, podemos decir que en el Posclásico, contrariamente a lo que ocurre en el área central, donde no volverá a florecer nunca la cultura maya, en las regiones norte y sur (norte de la península de Yucatán y tierras altas de Guatemala), no sólo no son abandonadas las ciudades, sino que se producen profundos cambios influidos por la llegada de diversos grupos de otras regiones de Mesoamérica, como el Altiplano Central y la costa del Golfo de México; esos grupos conquistan algunos sitios, entre ellos Chichén ltzá (ciudad fundada al parecer por la etnia itzá); más tarde surgen Mayapán (gobernada por el linaje de los cocomes) y otras ciudades.
Durante el Posclásico se intensifican los contactos con diversos pueblos, el comercio adquiere una función central en la vida maya y se crean emporios comerciales como el de los chontales o putunes procedentes de la costa del Golfo de México. Asimismo, se secularizan muchas actividades, debido tal vez a la predominancia de los intereses pragmáticos. Se desarrollan importantes ciudades dedicadas al comercio en la costa norte de la península de Yucatán, como Xcambó, así como varias ciudades fortificadas en la costa de Quintana Roo, entre las que destaca Tulum. En Guatemala florecen Gumarcah, capital de los quichés, e Iximché, capital de los cakchiqueles.
Como consecuencia de las migraciones, se introducen nuevos dioses y cultos; disminuye el cultivo de la ciencia, surgen nuevos estilos artísticos y se da un gran auge reflejado sobre todo en la ciudad de Chichén ltzá, que fue ocupada por los toltecas del Altiplano Central y cuyo cenote sagrado fue uno de los grandes centros de peregrinación a donde acudían grupos de toda el área maya.
Después de diversas luchas por el poder, hacia el año 1200 d.C., Chichén ltzá y otras importantes ciudades del norte de la península de Yucatán son conquistadas por Mayapán, gobernada por el linaje de los cocomes, centro que dominará la región hasta su caída en 1441. Asientan los textos —y concuerdan con ellos los datos de la arqueología— que la ciudad fue incendiada y los miembros de la dinastía gobernante fueron aniquilados, salvo un personaje que en ese momento estaba en Honduras. Después de ese acontecimiento, las principales ciudades fueron abandonadas y se fundaron nuevos asentamientos que constituyeron las “provincias” halladas por los españoles.
Según Tsubasa Okoshi Harada y Sergio Quezada, los mayas yucatecos llamaban a las entidades políticas cuchcabal, hacia finales del periodo Posclásico. Estas entidades eran los señoríos o batabiloob, que mantenían una relación de dependencia con un gran señor o Halach Uinic. R. M. Hill, en su Prólogo a Kaqchikel Chronicles de Judith Maxwell, asienta que entre los cakchiqueles la unidad política básica era el chinamit, territorio gobernado por un individuo de familia aristocrática y los que trabajaban las tierras. Dos o más chinamits se confederaban en un amaq’, y la alianza o confederación de varios amaq’ formaba un winaq, equivalente a una nación. Los cakchiqueles fueron un amaq’, que vino de un chinamit: los Xajil, que escribieron la Crónica Xajil en la época colonial.
XVII
Dos años después, en 1697, cae el que al parecer fue el último baluarte indígena de la Mesoamérica prehispánica: la ciudad de Ta Itzá, llamada por los españoles Tayasal, que era gobernada por la familia Canek del linaje de los itzáes, quienes habían huido a esas regiones desde Chichén Itzá. Ta Itzá se ubicaba en las márgenes del lago Petén Itzá en Guatemala, y conservaba las creencias y costumbres prehispánicas, en impactante contraste con la Nueva España, donde en ese momento despuntaba el pensamiento de una nueva nación, con el brillo de sor Juana Inés de la Cruz y Juan Ruiz de Alarcón.
Durante la Colonia, con la imposición violenta de la civilización occidental, la historia de los mayas sufrió un cambio radical; los sobrevivientes de los creadores de una de las grandes civilizaciones originales del continente americano quedaron humillados, marginados y esclavizados en sus propios territorios. La condena y abolición de sus prácticas religiosas, la reorganización territorial y el sistema de encomiendas que implantaron los españoles, así como la carga de los tributos y las nuevas enfermedades que diezmaron a la población, causaron además un gran aislamiento de las comunidades indígenas que no existía en la época prehispánica. Al perder el contacto con otras etnias, se acentuó la diferenciación de los grupos mayas, que aunque siguieron hablando sus lenguas, adquirieron nuevas identidades; aunque continuaron manteniendo vivas sus tradiciones, las resignificaron constantemente.
Pero en medio de esta inimaginable destrucción los grupos mayas han continuado luchando por conservar sus tierras y mantener su identidad; la rebeldía constante ante la opresión, que se expresa en múltiples levantamientos armados, como los de 1712 y 1867 en Chiapas, y la Guerra de Castas en la península de Yucatán, no se ha perdido nunca. Y uno de los fenómenos más impactantes fue la recuperación de la memoria de su pasado a través de la palabra escrita, que se inició desde el mismo siglo de la conquista española.