SECCIÓN DE OBRAS DE FILOSOFÍA
EL LENGUAJE EN EL PRIMER HEIDEGGER
Prólogo de
RAMÓN XIRAU
Primera edición, 1998
Primera edición electrónica, 2014
Diseño de portada: Pablo Tadeo Soto
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ISBN 978-607-16-2181-8 (ePub)
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A MARICARMEN
Con Heráclito, la filosofía nace al logos y, desde Grecia —Platón, sofistas, Aristóteles…—, analiza repetidamente cuestiones del lenguaje, análisis necesarios para la teoría del conocimiento, la metafísica y aun la moral o la estética. Por lo demás, los estudios lingüísticos son fundamentales en el curso de la Edad Media y en la filosofía que llamamos moderna, de la “ciencia nueva” a los estudios sobre el entendimiento humano, tanto de un Locke como de un Leibniz.
En nuestro siglo la filosofía ha decidido ser, especialmente en la tradición anglosajona, precisamente “lingüística”, filosofía frecuentemente eficaz y, en todo caso, en boga durante los últimos 30 o 40 años. En la tradición europea, la que los ingleses llaman “continental”, no ha sido menos frecuente la preocupación por el lenguaje, aunque en este caso no suela limitarse a puro análisis lingüístico sino a la vocación metafísica y ontológica que va, con todas las diferencias del caso, de Bergson a Husserl, de Nietzsche o Jaspers a Heidegger.
En el libro de Tatiana Aguilar-Álvarez Bay que ahora presento, vemos la obra verdaderamente importante de una muy joven filósofa mexicana que ha trabajado cerca de cinco años el tema, el del lenguaje en Heidegger, y, esencialmente, en lo que suele llamarse, no sin alguna vaguedad, el “primer Heidegger”: el de La doctrina del juicio en el psicologismo, de 1913 —estudios doctorales del filósofo—, a El ser y el tiempo, de 1927.
Sin embargo, Tatiana Aguilar-Álvarez Bay percibe muy claramente —lo ha aceptado el propio Heidegger— que las ideas del “primer” Heidegger deben tenerse en cuenta al estudiar las del “segundo” y, claro está, las del “segundo” al estudiar las del “primero”. Así, El lenguaje en el primer Heidegger estudia con gran rigor y originalidad la obra heideggeriana principalmente de la primera época, y lo hace con claridad.
No debo aquí entrar en detalles. Me limito a alentar al lector. El libro que tiene ante los ojos no siempre es fácil —¿no decía Lezama Lima que “sólo lo difícil es estimulante”?— pero es siempre claro; en efecto, preciso y claro.
En cuanto al sentido del libro, quiero aquí recordar que la autora afirma “la proximidad entre la problemática ontológica y la cuestión del logos”, si decidimos decir, con Heidegger, que la verdad del lenguaje depende de la verdad del ser, de la revelación o, más cerca aún de Heidegger, del “desocultamiento” del ser. Verdad y Ser se imbrican aun cuando Heidegger afirmó alguna vez que hemos llegado “tarde para los dioses y pronto para el ser”, frase que, por lo que a mí toca, no deja de confundirme.
Paso a paso El lenguaje en el primer Heidegger sigue lo que Heidegger más tarde llamará “caminos del pensamiento”, desde la tesis doctoral y el trabajo de habilitación sobre las categorías de la significación en Duns Escoto (1916) hasta culminar, específicamente, en esta obra que es El ser y el tiempo, parte fundamental del libro de Tatiana Aguilar-Álvarez Bay.
La filosofía de lengua castellana se ha ocupado desde 1930 —mucho antes que en Francia, Italia o Inglaterra— de la obra de Heidegger, tan presente en Zubiri, García Bacca, Samuel Ramos y, ante todo, José Gaos, cuya traducción de El ser y el tiempo es la primera realizada de manera completa en cualquier lengua. Por lo demás, El lenguaje en el primer Heidegger se sitúa en una larga tradición que no deja de ser la tradición del Fondo. Léase bien el libro. Después se podrá leer mejor a Heidegger.
No quiero pecar de indiscreto pero, además de su temple y talento filosófico, Tatiana practica con capacidad análisis literarios agudos, especialmente, hasta ahora, sobre Thomas Mann, Huidobro, Octavio Paz.
RAMÓN XIRAU
1. ONTOLOGíA Y LENGUAJE
El tema de este libro es la relación entre lenguaje y ser; lo desarrollamos a partir del esquema ontológico que inaugura la pregunta heideggeriana por el sentido del ser. Exponemos a continuación las directrices y el esquema de los que nos valemos para resolverla y, en general, las aclaraciones pertinentes en lo que se refiere al procedimiento que seguimos.
Desde el inicio de su trayectoria, Heidegger establece que lenguaje y ser han de abordarse paralelamente, esto es, que el lenguaje forma parte del repertorio de cuestiones que incumben a la metafísica.[1] En Ser y tiempo esta relación se formula mediante la noción de habla, modo originario de apertura que pertenece a la estructura misma del Dasein. La última fase de su filosofía es todavía más radical, el lenguaje es casa del ser y lenguaje originario. En esta época el carácter ontológico del logos se hace más patente:
…la relación entre cosa y palabra es de las cuestiones primordiales que el pensamiento occidental ha suscitado, particularmente en la figura de la relación ser y decir. Esta relación subyuga el pensamiento de manera tan pasmosa que se anuncia con una sola palabra. Ésta dice: logos. Pronuncia simultáneamente el nombre para ser y decir.[2]
Una investigación sobre el lenguaje en Heidegger necesariamente debe realizarse a partir de su ontología. Para acceder a la significación orginaria del logos es necesario restaurar la problemática ontológica de la que surgió esta noción fundamental. Fuera de este ámbito, toda interpretación del lenguaje está condenada, en el mejor de los casos, a la parcialidad. Según Heidegger, ésta es la raíz de la incapacidad de la llamada filosofía del lenguaje para dar cuenta de su objeto —el mismo mal aqueja a la gramática e incluso a la lógica—.[3] En consecuencia, la interpretación filosófica del lenguaje debe dilucidar su relación con el ser. Cualquier otro enfoque es derivado y, como tal, compete a ciencias particulares.
Retrotraer el lenguaje hacia el terreno que pertenece es una tarea que incluye una fase crítica. Para insertar el lenguaje en el horizonte conceptual de la ontología es preciso desgajarlo de las rígidas estructuras desde las que lo interpreta la tradición filosófica.[4] La paradoja característica del planteamiento heideggeriano, a saber, reivindicar la dimensión metafísica de la filosofía superando la metafísica, se da también en el caso del lenguaje: para reivindicar su relación con el ser es preciso sortear las representaciones a las que la metafísica nos ha habituado. Éste es el contexto en el que se desarrolla la crítica a la forma proposicional como lugar de la verdad, tema estrechamente vinculado con el que aquí nos ocupa.
La proximidad entre la problemática ontológica y la cuestión del logos, advertida desde el inicio, tiene cada vez más importancia en el desarrollo del camino heideggeriano.[5] “Sólo sé una cosa: la meditación acerca del habla y del ser determina desde el comienzo el camino de mi pensamiento…”[6] Incluso llega a sostener que la relación entre habla y hombre es el tema filosófico por excelencia, lo que propiamente concierne al pensar. En el libro que recoge sus últimos escritos sobre el lenguaje, Unterwegs zur Sprache,[7] explica cómo se desarrolla su movimiento hacia el lenguaje. El logos es aquello hacia lo que hay que orientarse y la señal que imprime dirección al pensamiento; un constante punto de referencia y, a la vez, la meta del camino que abre.
El análisis del logos se convierte así en hilo conductor que permite esclarecer cómo se ha constituido y cómo ha evolucionado la ontología.[8] Como antes se dijo, su carácter privilegiado se perfila ya en Ser y tiempo. En la distinción entre habla y lenguaje que se lleva a cabo en esta obra está prefigurada la idea con la que concluye el recorrido hacia el habla que realiza Heidegger. El habla no puede entenderse exclusivamente como actividad del espíritu humano. “El habla necesita del hablar humano pero, al mismo tiempo, no es el puro y simple producto de nuestra actividad hablante.”[9]
En la primera etapa heideggeriana se anuncia esta tesis. El habla es un momento estructural del Dasein, le compete constitucionalmente; por tanto, éste no puede decidir acerca de su hablar o no hablar. En última instancia, tener logos significa estar esencialmente ligado al ser y, por ello, en el caso del Dasein es indiscernible del existir mismo. Como el habla es un elemento constitutivo del existir, la apertura, carácter determinante del Dasein, la regula.
Se anticipa así la subordinación del lenguaje humano al decir originario del ser (die Sage). Aún más, la dependencia del ser adquiere para el hombre la forma de subordinación al lenguaje; puede hablar, ante todo, porque es un oyente del silencioso decir del ser.[10]
En este contexto se inscribe la célebre sentencia de la Carta sobre el “humanismo”. “El hombre no es un ser viviente que junto con otras facultades posee también el lenguaje. Más bien es el lenguaje la casa del ser en la que el hombre, morando, existe, en cuanto guardando esta verdad pertenece a la verdad del ser.”[11] La atención se desplaza del hombre al lenguaje mismo. De aquí surge el interés de Heidegger por la poesía, voz en la que resuena el lenguaje originario, en la que el ser se deja decir. La vecindad del filosofar y el poetizar se funda en que son las dos formas en las que el lenguaje es del ser —no del ente, como sucede en el resto de los casos—.[12]
Una vez que se ha establecido el lugar que ocupa el lenguaje en el desarrollo del pensamiento heideggeriano, es preciso trazar un bosquejo de la argumentación en la que se fundamenta su función ontológica. Paralelamente, exponemos el enfoque y plan que seguimos, que obedece, a su vez, a las líneas maestras del planteamiento que se propone en Ser y tiempo. El primer eje o coordenada que hay que tener constantemente a la vista es la correspondencia entre ser y verdad. “Ser —no entes— sólo lo ‘hay’ hasta donde la verdad es. Y la verdad sólo es hasta y donde el Dasein es. El ser y la verdad ‘son’ igualmente originales.”[13] En segundo lugar es preciso considerar la distinción heideggeriana entre ser y ente —a la que también se hace referencia en el texto antes citado—. De hecho, en tanto que la diferencia ontológica es irreductible a cualquier otro parámetro, constituye el punto de referencia obligado en lo que concierne a la ontología.
En su fenomenología del logos Heidegger se propone explicitar la relación entre ser y verdad a partir de análisis del ente en el que la verdad se da. El lenguaje, entonces, se traduce como función que posibilita la verdad, entendida ésta como vínculo entre el hombre y el ser. En lo que toca a la diferencia ontológica, el lenguaje se sitúa, por así decirlo, del lado del ser; no es un ente, algo dado, susceptible de una consideración objetiva. Más bien se explica desde la existencia, modo de ser que Heidegger contrapone al ente.[14] En cambio, la interpretación dominante tiende a interpretar el lenguaje desde el esquema característico del ente.[15]
Establecidos los ejes de la argumentación, a saber, correspondencia entre ser y verdad y diferencia ontológica, procede justificar por qué el análisis de la existencia se propone como vía de acceso al sentido del ser y, por consiguiente, también al lenguaje. ¿Implica esto reducir la problemática ontológica a la antropológica? Heidegger responde decididamente que no. Al contrario, cuando caracteriza al hombre como Dasein quiere poner de manifiesto que el hombre interesa sólo desde la perspectiva formal de su relación con el ser, esto es, en tanto que ligado inexorablemente a la verdad.
“…La verdad significa ‘estado de descubierto’ del ente, y todo ‘estado de descubierto’ se funda ontológicamente en la verdad más original, el ‘estado de abierto’ del Dasein. Éste es, en cuanto ente que abre y abierto y que descubre, esencialmente ‘en la verdad’.”[16] Si, como se ha dicho, el logos es la función desde la que se explica la verdad, es válido afirmar que la pregunta por el lenguaje remite al tema mismo del análisis: el Dasein en tanto que forma de la relación entre hombre y ser. En última instancia, desentrañar la constitución ontológica del hombre significa dar cuenta de su condición de hablante.[17]
Se añade entonces a las coordenadas especulativas en las que se basa la argumentación heideggeriana un marco de desarrollo: la analítica existenciaria. Para completar el cuadro en el que se sitúa la cuestión del lenguaje, es preciso señalar también que la originaria referencia a la verdad en la que consiste el Dasein no es otra cosa que su relación con el mundo. Esta vinculación cristaliza en la célebre fórmula heideggeriana: ser-en-el-mundo.
Mediante el análisis del logos se articulan la cuestión del ser y la cuestión de la verdad; el resultado es la pregunta por el sentido del ser. El ser es la verdad del ente y la verdad es el rasgo constitucional del Dasein. Por esto durante siglos se ha caracterizado al hombre a partir del logos; éste es, según la exacta expresión de Heidegger, el esquema de su esencia.[18] En consecuencia, la lógica depende del análisis del ente cuya estructura misma es el logos. “…La ‘lógica’ del logos tiene sus raíces en la analítica existenciaria del Dasein.”[19] Queda así justificado que el marco de desarrollo de la cuestión del lenguaje sea la analítica existenciaria.
En resumen, la investigación del lenguaje en Ser y tiempo consiste en dar cuenta de la función de sentido que opera como supuesto de la pregunta por el ser en general. Si el punto de partida de la ontología es el factum del sentido, el análisis del logos es indispensable para acceder a su cometido principal.[20] Esbozadas, a manera de cuestiones preliminares, las claves interpretativas de las que nos valemos en este trabajo, proseguimos la introducción exponiendo cómo y según qué criterio está estructurado.
2. PLAN Y DESARROLLO DE LA INVESTIGACIÓN
Este estudio se divide en dos partes. En la primera, que consta de tres capítulos, se reconstruye el camino que lleva a Heidegger a interpretar el lenguaje como habla apofántica. En el capítulo inicial se expone el esquema de la teoría del significado con la que Heidegger emprende la investigación sobre el lenguaje. A continuación, en los capítulos II y III, se analiza la crítica a la interpretación tradicional del logos. Los antecedentes de la cuestión quedan así localizados.
En la segunda parte, que consta de cuatro capítulos, se aborda el tema central de esta investigación: el lenguaje en Ser y tiempo. En el IV y el V se explican los contextos, mediato e inmediato respectivamente, en los que se sitúa la cuestión del lenguaje en esta obra. El capítulo VI trata del habla (Rede) como modo de apertura del Dasein. Con el desarrollo de esta cuestión, hacia la que las demás apuntan, el trabajo culmina. Se añade, sin embargo, un séptimo capítulo, en el que, siguiendo el modo de proceder heideggeriano, se establece la relación entre habla y temporalidad.
Terminamos con un capítulo conclusivo en el que se realiza una panorámica de las distintas corrientes críticas que ha suscitado la cuestión del lenguaje en Ser y tiempo. A partir de los resultados obtenidos a lo largo de la investigación, valoramos ahí las posturas de otros autores y enunciamos las discrepancias y coincidencias que, en cada caso, guardan con nuestra propia interpretación.
Para indicar los pasos que seguimos al desarrollar la cuestión, realizamos a continuación un recorrido esquemático a través del contenido de cada uno de estos capítulos.
Un largo periodo de ensayos, aproximaciones desde diferentes perspectivas, paulatina configuración de un horizonte adecuado, precede a la interpretación del lenguaje que se propone en Ser y tiempo. Poco a poco se esclarece la relación entre lenguaje y ontología. En el capítulo que abre este trabajo, “Punto de partida del pensar sobre el lenguaje”, se da cuenta del trayecto hacia el lenguaje que nuestro autor realiza en sus primeros escritos. Recurrimos en este apartado a la investigación que presentó como tesis doctoral, Die Lehre vom Urteil im Psichologismus, y, principalmente, a la tesis de habilitación, Die Kategorien-und Bedeutungslehre des Duns Scoto.
Estos trabajos se gestan en el clima de la lógica y su principal cometido consiste en mostrar el carácter necesario del objeto de esta ciencia. Con Husserl, Heidegger defiende la autonomía de lo lógico frente a lo psíquico; intenta legitimar lo lógico desde su forma de ser, la validez. De esta manera desemboca en el tema del sentido: porque tiene sentido, lo lógico es válido y constituye un ámbito irreductible que no requiere ser justificado a partir de otra instancia.
Así como la impronta fenomenológica es la nota distintiva de la primera incursión en el lenguaje, el principal interlocutor de la que sigue es Aristóteles. Se trata de una fase intermedia que abarca las investigaciones posteriores al trabajo de habilitación hasta la publicación, en 1927, de Ser y tiempo. De esta etapa intermedia —objeto de análisis en el capítulo II, “La esencia del logos y la verdad”— importa destacar que la diferencia entre el orden del conocer y el lenguaje no es tan nítida como en la anterior y, sobre todo, que empieza a ponerse de relieve la dimensión apofántica del logos.
Se da así el tránsito del concepto de verdad como adecuación al todavía incipiente de habla desocultadora. Heidegger apunta hacia un modelo de verdad prerreflexiva, en el que el logos, entendido como inmediatez, se convierte en un tema decisivo. La lógica y su forma característica, a saber, la proposición, se derivan de la verdad a la que se accede en el nivel del sentido. Entonces, en su forma original el logos es decir, habla que trae el ente a comparecencia. Su función es un puro dejar ver previo a la síntesis y división que se realiza en el juicio.
En el capítulo III, “El logos y la superación de la lógica”, continuamos con la temática que se desarrolla en el anterior. Se trata de las consecuencias lógicas que la revisión del concepto de verdad trae consigo. Evidentemente, si la estructura, que es la materia misma de la lógica, ha sido remplazada, es necesario replantearse también la condición de esta ciencia. El primado de la proposición ha dado lugar a una lógica que es preciso superar. Esto no significa que Heidegger quiera abolir la lógica, más bien pretende elaborarla de modo que sea acorde a la noción original de lenguaje.
Lo anterior es relevante porque el supuesto de este modo de proceder es, precisamente, una noción del logos que remite indistintamente al conocer y a la palabra. El lenguaje así entendido es inmediata relación con el mundo; Heidegger tematiza esta función como desocultar o descubrir. Por tanto, el lenguaje realiza el sentido, no se limita a expresarlo. Nos encontramos pues ante un intento de des-gnoseologización de la lógica que se lleva a cabo para acceder a su dimensión ontológica. Se conquista así lo que desde el inicio se persigue, a saber, hacer explícita la relación entre lenguaje y ser.
Una vez que recondujo la cuestión sobre la verdad al ámbito de la ontología, Heidegger está en condiciones de desarrollarla desde su propio esquema. Por esto, con el capítulo III damos por terminada la exposición del tramo preparatorio del trayecto que conduce a la noción de habla (Rede). Puede decirse que hasta ahora Heidegger sólo explica lo que el lenguaje no es; es preciso entonces pasar del momento crítico del análisis a la descripción positiva del fenómeno. La tarea consiste en determinar el lugar del logos, que hasta este momento se ha analizado de modo abstracto, en el conjunto de la analítica existenciaria; tema correspondiente a la segunda parte de este trabajo.
Si en las investigaciones previas a Ser y tiempo Heidegger enfoca el tema del lenguaje principalmente desde el conocimiento, ahora lo considera desde la perspectiva de la existencia. Es decir, el problema de la intencionalidad se traslada al dominio del análisis de la constitución del Dasein. Esto implica un giro importante pues la cuestión, antes considerada desde el enfoque parcial de la epistemología, se inserta en el dominio de la existencia en su totalidad.
En el capítulo IV, “El sujeto del lenguaje: el Dasein como ser-en-el-mundo” —primero de la segunda parte del libro—, nos ocupamos de este planteamiento. La relación sujeto-objeto, reformulada como relación Dasein-mundo, configura el contexto general de la interpretación heideggeriana del lenguaje y el punto de referencia a partir del cual se accede a la propuesta global de Ser y tiempo.
En el capítulo V, “Apertura originaria y modos de apertura del Dasein”, abordamos, en cambio, el contexto específico de nuestro tema. Dentro de la analítica de la existencia, el lenguaje es uno de los modos, junto con el encontrarse y el comprender, desde los que se entiende la originaria vinculación del Dasein y el mundo. Antes de entrar propiamente en el análisis de estos existenciarios, explicamos la noción heideggeriana de apertura, pieza fundamental en lo que se refiere al lenguaje. El en mediante el que se unen mundo y Dasein remite a una espacialidad (Da) —no de orden físico sino trascendental— que opera como condición de posibilidad de la comprensión del ser. A su vez, la comprensión del ser se explica a través del análisis de los modos de apertura, entre los que el habla se cuenta.
Aun cuando el habla posee rasgos comunes a los otros existenciarios, tiene características propias y es objeto de una consideración aparte en Ser y tiempo. Dedicamos el capítulo VI, “Apertura del Da-sein y lenguaje”, al análisis de esta noción, en donde abordamos la interpretación heideggeriana del lenguaje.
Este modo de proceder responde a la estructura que el mismo Heidegger sigue. La desproporción entre el reducido espacio que dedica al habla, apenas diez páginas, y la esencial función que le atribuye se debe a que el apartado que dedica al tema recoge sus conclusiones, pero ha venido elaborando la cuestión, de modo subyacente, a lo largo de toda la obra. De la misma manera, aunque sólo hasta este capítulo desarrollamos directamente la noción de habla, en los anteriores se indica lo que se establece sobre este punto, a veces de modo tácito, en otras partes de Ser y tiempo y, en general, en las investigaciones previas a la ontología fundamental.
Queda así de manifiesto la relación entre lenguaje y verdad de la que partimos. Logos significa relación con el ser y, sólo de modo derivado, posibilidad de comunicarse mediante palabras. Lenguaje, logos, es de por sí contacto con lo que nos rodea. El ámbito del significado es el ámbito de la ontología.
Al parecer de Heidegger, para superar la cosificación del lenguaje primero hay que devolver a la noción de logos la bivalencia que tuvo entre los griegos y suprimir la distinción artificial entre razón y lenguaje. Se recupera así la flexibilidad propia del logos y se está en condiciones de acceder a su función originaria. El logos aparece entonces como hablar que hace patente, esto es, como inmediato descubrir el ente respecto al cual la síntesis predicativa es sólo una estructura derivada.
Habida cuenta de que esta función no es una actividad del Dasein sino su forma constitutiva, se advierte que, en última instancia, el tema de la analítica de la existencia coincide con el análisis del logos. Si se considera al hombre formalmente, esto es, sólo en la medida en que es lugar de la manifestación del ser, y lo es porque tiene logos, el hilo conductor del análisis de la existencia es la dilucidación de la índole del logos no como posesión humana, sino como índice de aquello a lo que el hombre pertenece. Ni siquiera en la primera etapa de la trayectoria heideggeriana —en la que el hombre está menos subordinado al ser— puede decirse que el logos sea intrumento o mediación. Logos es saber a priori, respecto al cual el discurso es una forma derivada.
El lenguaje es la encrucijada en la que Heidegger se sitúa y en la que, a través de los cambios, permanece. Sólo desde el lenguaje es posible determinar lógicamente el existir sin anular su carácter vital. Existencia quiere decir vida determinada por el logos, función que posibilita la verdad o el desocultamiento del ente, acción configuradora de sentido. Desde esta perspectiva, el logos es el tema de la filosofía: la única posibilidad de transitar del hombre al ser sin permanecer encerrado en los estrechos límites de la subjetividad y, simultáneamente, sin sucumbir al espejismo de una generalidad abstracta legitimadora de nuestro conocer.
Convergen así las dos líneas de investigación en las que se enfrasca el primer Heidegger: el análisis de la condición histórica de la existencia y la fenomenología. El resultado es una interpretación del logos, del conocer, en el que el elemento hermenéutico ocupa el primer plano; la interpretación se impone a la descripción. Con este ajuste de cuentas metodológico se conquista un modo de proceder en el que se tiene en cuenta el carácter histórico del Dasein.
La temporalidad a la que el título Ser y tiempo se refiere se introduce en el planteamiento a través del sujeto transformado en Dasein. Si el sentido del ser del ente en el que se da la comprensión del ser es la temporalidad, ésta tendrá que impregnar también dicha comprensión: es el esquema oculto que la posibilita.
En el capítulo VII, “Temporalidad, comprensión y lenguaje”, añadimos las precisiones que el análisis de la temporalidad añade a nuestro tema. En este apartado no se desarrolla más ampliamente la cuestión, más bien se adopta otro enfoque. Sin la perspectiva que el tiempo proporciona, un trabajo sobre el lenguaje en Ser y tiempo está incompleto. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que Heidegger tropieza con la imposibilidad de conceptualizar el tiempo. Por esto, la investigación se interrumpe cuando supuestamente tienen que resolverse los problemas fundamentales que plantea el análisis de la existencia —entre los que se cuenta el del lenguaje—. Culminamos así la trayectoria hacia el habla que Heidegger realiza en la primera fase de su pensamiento.
En resumen, la noción heideggeriana de habla es su respuesta al problema de la verdad. Paralelamente, establecer la relación entre verdad y lenguaje justifica el carácter ontológico de este último. Los anteriores presupuestos conducen a una interpretación del lenguaje como función de sentido, esto es, como inmediata correspondencia con el ser. Se muestra así que el hilo conductor en la dilucidación de la cuestión del ser es el análisis del logos —implícito, al parecer de Heidegger, en la historia de la ontología—. En el capítulo VIII, “Ser, apertura y lenguaje”, contrastamos estos resultados con los de los intérpretes más autorizados en lo que toca al tema del lenguaje en Ser y tiempo.
Además del escollo que representa el tiempo, la índole misma del proceder de Heidegger —la interrogación— impide que Ser y tiempo proponga una solución definitiva al problema que nos ocupa. Sin embargo, el análisis de esta obra permite establecer cómo se interpreta el lenguaje en la primera fase heideggeriana y señalar las pautas que orientan su evolución posterior. Como es necesario enmarcar el tramo del camino heideggeriano que estudiamos, a continuación presentamos un esbozo de su trayecto total.
3. EVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO HEIDEGGERIANO
Establecida la relación entre verdad, ser y lenguaje, queda claro que una investigación sobre el lenguaje en Heidegger tiene que realizarse a partir de su ontología. Por otra parte, no hay que perder de vista que en su pensamiento se da una evolución, esto es, un cambio de fondo en las coordenadas ontológicas mismas; si la perspectiva desde la que se desarrolla la cuestión se modifica, hay que tener en cuenta cómo repercute este cambio en la interpretación del lenguaje. Según las investigaciones más recientes, el camino heideggeriano está dividido en tres etapas; nosotros nos centramos en la primera. Para situarla en el desarrollo completo, a continuación damos una visión de conjunto de los distintos momentos por los que atraviesa la pregunta por el ser.
Además de exponer las etapas en las que se divide el trayecto heideggeriano, hay que poner de manifiesto la lógica a la que responde, a su parecer, el movimiento del pensar. Así, sin necesidad de un estudio pormenorizado de cada una de las fases de su filosofía, se accede a la dinámica por la que se ejecuta el paso de una a otra. Para Heidegger el pensar es un proceso en el que, sin embargo, hay constantes, a saber, el cambio mismo y la búsqueda del ser que impulsa la investigación. En el caso del lenguaje, el cambio obedece a la misma dinámica, permanecen los motivos fundamentales, pero al modificarse el contexto se modifica también su significación.
Aunque la evolución del pensamiento heideggeriano ha sido objeto de distintas interpretaciones, es opinión unánime que en su obra se dan cambios y también que éstos no implican una total transformación sino replanteamientos de un único problema, el problema del ser. Por eso, como antes dijimos, sólo desde la perspectiva ontológica se capta el proyecto unitario que se despliega en distintas etapas.[21]
Uno de los testimonios más significativos en lo que se refiere a la evolución heideggeriana es el texto que recoge el diálogo que sostuvo con un huésped japonés. En esta obra, Heidegger mismo reconstruye, en retrospectiva, el camino recorrido y señala los hitos que considera fundamentales.[22] Cuando su interlocutor le hace notar que en su trayecto se registra un cambio de postura, responde:
Abandoné una posición anterior no para cambiarla por otra, sino porque también lo anterior era sólo un alto en el camino. Lo permanente de un pensamiento es el camino. Y los caminos del pensamiento cobijan en sí esto misterioso: podemos, en ellos, caminar hacia delante y hacia atrás, incluso de modo que sólo el caminar hacia atrás nos conduce adelante.[23]
Estas palabras reflejan la lógica interna del pensar heideggeriano, según la cual el cambio garantiza la coherencia. Su modo de proceder se caracteriza por un movimiento de dirección doble: la primera se debe a la esencial provisionalidad de lo ganado en cada tramo del trayecto; por eso, el cambio no es caprichoso —no se cambia una cosa por otra—, obedece a que toda posición es sólo un alto en el camino. Instalarse en una respuesta lleva a suprimir el carácer interrogativo del pensar y, puesto que éste es su rasgo diferencial, equivale a suspender el pensamiento.
En un segundo momento, el movimiento aparece como retroceso: sólo el caminar hacia atrás nos conduce hacia delante. El cambio no supone el abandono del punto de partida, sino su reiteración desde el horizonte que, mediante el cambio de posición, se ha conquistado. La evolución es una exigencia del pensar, si es que éste pretende ser fiel a sí mismo y, por consiguiente, lo necesario dentro del camino de un pensador.
Entre las intuiciones fundamentales, en las que se cifra la continuidad del pensamiento heideggeriano, se cuentan —además de la ya mencionada pregunta por el ser— la inclusión del tiempo y la historia como perspectiva desde la que se aborda la problemática ontológica, el recurso al hombre como lugar de comprensión, y el empleo del método fenomenológico-hermenéutico.[24] El papel que corresponde al hombre antes y después de la célebre vuelta (Kehre) muestra que, como antes se ha dicho, en la evolución del pensamiento de Heidegger se acentúan las líneas básicas de las que parte y, a la vez, en qué consiste el innegable cambio de su trayectoria.
Ya en Ser y tiempo, centro de la primera incursión en el dominio de la ontología, se ve que la pregunta por el hombre está subordinada a la pregunta por el ser. Por esto, el análisis de la existencia que se lleva a cabo en esta obra se presenta sólo como preámbulo, es el primer paso, indispensable pero no definitivo, hacia la dilucidación del sentido del ser en general.[25] En el contexto de la filosofía moderna, el proyecto heideggeriano resulta revolucionario: quitar al hombre del centro de atención y recordar al ser como gran tema de la filosofía. Por eso no admite, desde ningún punto de vista, que se asimile su filosofía a la filosofía existencialista, en la que la problemática filosófica se reduce a la problemática antropológica. Aunque la diferencia entre su planteamiento y el del existencialismo es evidente a partir de la vuelta, desde el principio es taxativo en este punto: el análisis del Dasein es vía, no fin en sí mismo.
Pues bien, mediante la consabida vuelta, Heidegger quiere impedir que se entienda lo que se busca en Ser y tiempo, a saber, el sentido del ser, como producto de la subjetividad, idea ésta incompatible con un pensamiento que se orienta primordialmente al ser. Sin embargo, si el sentido se explica a partir de la comprensión desde la que se proyecta el Dasein, resulta difícil evitar dicha confusión. De aquí que se haya visto obligado a revisar la noción de Dasein, al que concede mayor amplitud que al hombre. El ser no está sujeto al plan del hombre sino al revés: el hombre está dentro del plan del ser y sujeto a su historia —a la del ser—.[26] El cambio se registra como tránsito de la etapa del sentido a la de la verdad.[27]
En la etapa final la noción de lugar del ser remplaza a la de verdad y se desarrolla la línea abierta en el cambio anterior. La relación entre sentido y lugar está presente en la idea, temprana en Heidegger, de la apertura como espacio de manifestación que incluye al Dasein; sin embargo, en este momento la temporalidad es más relevante que el espacio. Después, la apertura o iluminación (Lichtung) implica el juego tiempo-espacio, coordenadas desde las que se hace patente la relación entre mundo, tierra, hombres y dioses, recíprocamente configuradores. La novedad principal de esta etapa es la noción de evento (Ereignis), modo de acaecer el ser que se sustrae de forma más radical al control humano.[28]
Del recorrido a través de la trayectoria heideggeriana se desprende que la cuestión del ser involucra necesariamente al hombre. Sin embargo, el hombre comparece sólo en la medida en que en él se da o acontece el sentido. Ésta es la base del giro que, en cada caso, imprime a su pensamiento.
En lo que toca a nuestro tema, la interpretación del lenguaje propia de cada etapa concuerda con la dirección que rige la evolución heideggeriana. Desde el inicio el lenguaje es como el sello que la relación con el ser imprime en el hombre; por ello, no está por completo bajo su dominio. “Sólo en la medida en que los hombres pertenecen al son del silencio son capaces, en un modo que a ellos les es propio, del hablar que hace sonar al habla.”[29] Mientras más se acentúa la subordinación del hombre al ser, disminuye el poder del hombre respecto al lenguaje. Al final, el lenguaje es lenguaje del ser, no del hombre, éste es sólo el lugar en el que resuena, o su portador.
Vista la articulación que se da entre los distintos tramos de una filosofía que se piensa a sí misma como camino, resulta hasta cierto punto artificial restringirse a una de sus etapas. Este procedimiento implica suspender el movimiento del pensar y, en alguna medida, objetivarlo. Sin embargo, estudiar el lenguaje en toda la obra de Heidegger es una empresa que excede los límites de este trabajo, por esto nos centramos en la problemática de Ser y tiempo. Además, para investigaciones posteriores resulta fundamental estudiar detenidamente el lenguaje en esta obra, en la que están presentes no sólo los resultados de las que la preceden, sino también los presupuestos de las que la siguen.
En cuanto a la oportunidad del tema que desarrollamos, es preciso señalar que, a pesar de su importancia, hay una laguna en los trabajos sobre el lenguaje en Heidegger. Existen numerosos estudios sobre el tema, pero en la mayoría de los casos se trata de estudios breves, artículos cortos en obras de colaboración, consideraciones generales. En lo que se refiere a estudios más completos, no adoptan el criterio del que nosotros nos valemos: la ontología heideggeriana y la repercusión de ésta en su concepción del lenguaje —los autores de trabajos breves son precisamente los que tienen en cuenta estos contextos—. De aquí la necesidad de un estudio extenso que aborde el lenguaje desde la perspectiva citada.
Por último, agradezco el apoyo de Modesto Berciano Villalibre, autoridad en el estudio de Heidegger. Sin su invaluable guía difícilmente hubiera podido realizar este trabajo.
LA CRÍTICA HEIDEGGERIANA
DE LA NOCIÓN DE LOGOS