portada

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

HISTORIA DE LA CULTURA
EN LA
AMÉRICA HISPÁNICA

Fondo de Cultura Económica

Primera edición, 1947
   Decimoquinta reimpresión, 1997
Segunda edición, 2001
Primera edición electrónica, 2014

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

INTRODUCCIÓN

La América hispánica, que corrientemente se designa con el nombre de América Latina, abarca hoy diez y nueve naciones. Una es de lengua portuguesa, el Brasil, la de mayor extensión territorial. Diez y ocho son de lengua española: Uruguay, Paraguay, Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, México, Cuba, Santo Domingo. A estas naciones independientes hay que agregar la isla de Puerto Rico, donde se mantiene viva, con la lengua, la cultura de tipo español.

En la primera mitad del siglo XIX había que contar, además, el sudoeste de los Estados Unidos, que fue miembro del imperio español hasta 1821 y después formó parte del México independiente. Desde 1848 perdió su contacto con la cultura hispánica (cosa que no ha sucedido en Puerto Rico), pero en el estado de Nuevo México y en buena parte de los de Colorado, Arizona y Oklahoma se ha mantenido el idioma español junto al inglés, y desde 1910 su vitalidad, que ya empezaba a declinar, se ha renovado en el constante ir y venir de mexicanos que salen de su país.

En el Mar Caribe hay gran número de islas, grandes y pequeñas, que fueron de España y pasaron a manos de otras naciones (Francia, Inglaterra, Holanda, Dinamarca) durante los siglos XVII y XVIII; quedan en ellas muy pocos rastros de cultura española. Sólo en las posesiones holandesas de Curazao, Aruba y Bonaire queda un rastro lingüístico bajo la forma del dialecto criollo llamado papiamento: este dialecto, el único hasta ahora que ha nacido del idioma castellano en toda su larga historia, debe su nacimiento a la circunstancia de que aquellas islas interrumpieron su comunicación con los demás territorios gobernados por España cuando Holanda se apoderó de ellas en 1634.

El idioma español, pues, se ha conservado normal en toda la América hispánica, e igual cosa sucede con el portugués en el Brasil. Eso no significa que no haya diferencias, en el uso de los idiomas, entre la Península Ibérica y el hemisferio occidental: son como las diferencias entre Inglaterra y los Estados Unidos en el uso del inglés. El caso más semejante al del inglés en los Estados Unidos es el del portugués en el Brasil: con la unidad política coincide una relativa uniformidad lingüística. El español, derramado sobre territorios vastísimos y poco comunicados entre sí, presenta menos uniformidad. Puede decirse que hasta 1936 Madrid era el centro, puramente cultural, en que se apoyaba la unidad del idioma español en América; ahora esta dirección cultural está repartida entre México y Buenos Aires, como centros principales de producción editorial.

No existe el lenguaje hispanoamericano único. El solo rasgo común a toda la América española es la pronunciación de s en lugar de la z y c de Castilla; pero este rasgo se halla también en las Islas Canarias, en gran parte de Andalucía (no en toda ella), y en muchos catalanes, valencianos y vascos al hablar español. El uso de y en lugar de ll no es igualmente característico, aunque muchos lo creen: la ll sobreviene en extensas regiones de Colombia, Ecuador, Perú, Chile y la Argentina; en cambio, la y en lugar de ll abunda en España, y no sólo en Andalucía sino en gran parte de Castilla, incluyendo el habla vulgar de Madrid. Hay en América cinco zonas, de límites no siempre claros, con cinco modos de hablar español: 1, México y la América Central (Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá); 2, la zona del Mar Caribe, que comprende las Antillas, la mayor parte de Venezuela y la costa atlántica de Colombia; 3, la zona andina: parte de Venezuela, la mayor parte de Colombia, el Perú, Bolivia, el noroeste argentino; 4, Chile; 5, la zona rioplatense: la mayor parte de la Argentina, Uruguay, Paraguay. Cada una de estas zonas, a su vez, presenta diferencias de región a región, como es natural. Además, hay muchos indígenas que mantienen sus lenguas propias y no han aprendido el español: en México, por ejemplo, poco más de un millón, dentro de una población total de unos veinte millones. Pero todo nativo de América que hable español, sea de México o del Ecuador o del Paraguay, se entiende sin dificultad con cualquier nativo de Castilla, de León, de Extremadura o de Andalucía.

I. LAS CULTURAS INDÍGENAS

TREINTA AÑOS ATRÁS se habría creído innecesario, al tratar de la civilización en la América hispánica, referirse a las culturas indígenas. Ahora, con el avance y la difusión de los estudios sociológicos e históricos en general, y de los etnográficos y arqueológicos en particular, se piensa de modo distinto: si bien la estructura de nuestra civilización y sus orientaciones esenciales proceden de Europa, no pocos de los materiales con que se la ha construido son autóctonos.

En la época del Descubrimiento, existían en el hemisferio occidental muy diversos tipos de culturas: desde las muy rudimentarias, como la de los indios onas en el sur de la Patagonia, hasta las muy complejas de México y el Perú. Además, altas culturas habían existido antes, y de ellas se conservaban solamente ruinas: así en Yucatán, en Guatemala, en la costa del Perú, y en la región de Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca.

Era enorme la variedad de los pueblos indígenas. Los idiomas que hablaban eran centenares. Según una de las clasificaciones propuestas por los filólogos (Rivet), constituían ciento veinte y tres familias. De esas familias, unas comprenden una sola lengua, como la araucana de Chile, mientras otras abarcan docenas: por ejemplo, la familia uto-azteca o sho-shone-azteca, que abarca veinte y cinco grupos de dialectos en México, los Estados Unidos y la América Central; la familia chibcha, en la América Central y en la del Sur, con diez y seis tipos; la familia maya o maya-quiché, en México y en la América Central; la arahuaca y la caribe, en las Antillas y la América del Sur; la tupí-guaraní, en la América del Sur.

De estos idiomas, los que dieron mayor contingente de palabras a los europeos, especialmente al español, fueron el taíno de las Grandes Antillas, perteneciente a la familia arahuaca (barbacoa, batata o patata, batea, bohío, cacique, caníbal, canoa, caoba, carey, cayo, ceiba, cocuyo, guayacán, hamaca, huracán, iguana, macana, maguey, maíz, maní, naguas, papaya, sabana, tabaco, yuca), el náhuatl, la lengua de los aztecas (aguacate, cacao, coyote, chicle, chile, chocolate, hule, jícara, petaca, petate, tamal, tiza, tomate), el quechua del Perú (alpaca, cancha, cóndor, guano, llama —animal—, mate, pampa, papa, puma, tanda, vicuña, yapa o ñapa). De la familia caribe proceden unas pocas (manatí, piragua, probablemente butaca y colibrí); de la tupí-guaraní, ananás, copaiba, ipecacuana, jaguar, mandioca, maraca, ombú, petunia, tapioca, tapir, tucán, tupinambo.

 

Había pueblos guerreros, como los caribes de las Pequeñas Antillas y la parte septentrional de la América del Sur, entre las tribus de cultura elemental y los aztecas, entre los grupos de civilización avanzada; y había pueblos de inclinaciones pacíficas, aunque no ignoraran las artes de la guerra, como los taínos de las Grandes Antillas y las Bahamas, de cultura sencilla, y los quechuas del Perú, cuya civilización lleva el nombre de sus gobernantes los Incas.

Entre los pueblos que habían alcanzado culturas medianas, sin llegar a constituir civilizaciones con grandes ciudades y estructuras políticas complejas, se cuentan los taínos, los araucanos, los aimaras en la región que hoy ocupa la República de Bolivia, los omaguacas y los diaguitas (entre ellos los calchaquíes) del noroeste de la Argentina, los guaraníes del Brasil y del Paraguay, los guetares de Costa Rica. Los más avanzados eran los chibchas, de las mesetas de Bogotá y Tunja. En el momento de la conquista española estaban, al parecer, a punto de organizar una especie de imperio. Se distinguían en la metalurgia, la cerámica y los tejidos. Quedan pocos restos de su arquitectura, que era principalmente de madera. Los quimbayas, famosos por sus miniaturas escultóricas en oro fundido y cincelado, eran chibchas, según unos arqueólogos; arahuacos, como los taínos, según otros. En estas tribus, las actividades más importantes eran la agricultura, el tejido, la alfarería y la construcción de edificios. Generalmente se construía con madera o con adobes; a veces, con piedra.

Ni entre las tribus de cultura sencilla ni entre los pueblos de cultura superior estaba muy avanzada la domesticación de animales; los taínos, por ejemplo, no habían domesticado ninguno, lo cual se explica porque había pocos mamíferos en las Antillas, y escaseaban las aves de las cuales se pudiera obtener utilidad. En México se había domesticado el pavo, y en gran parte de la región andina, en la América del Sur, eran domésticas la llama y la alpaca, animales de carga; además se hacía uso de su piel lanuda y de su carne. El guanaco y la vicuña, rumiantes de la familia de la llama y la alpaca, se mantenían salvajes, pero los indios utilizaban su carne y su piel. El perro y la cobaya o curí eran domésticos en diversos lugares. Había tribus que criaban tortugas (para alimento), abejas (para aprovechar su miel) o loros (para diversión). El caballo, que había existido en ambas Américas, se extinguió antes de que comenzaran las grandes culturas. En todas las regiones costeras se practicaba la pesca, y en el Perú se llevaban peces desde el mar hasta el Cuzco, para el consumo de los Incas. Las poblaciones costeñas eran hábiles en la fabricación de barcas, como las canoas de los taínos y las piraguas de los caribes, o las embarcaciones de los aztecas y de los aimaras para navegar en los lagos y canales.

El cultivo de las plantas sí alcanzó gran desarrollo: es bien sabido que toda planta cultivada representa a veces largos esfuerzos del hombre para hacerla útil como alimento o como medicina, o como material para construcción o para tejidos o tintes, o hasta como ornamento. Las Américas han dado a la civilización universal muchas de sus plantas importantes: el cacao, el maíz, la papa o patata, la batata o camote, la yuca o mandioca, el tomate, el aguacate o palta, el maní o cacahuate, la guayaba, la papaya o lechosa, el ananás o piña, el zapote y el zapotillo (que además de sus frutos da el chicle), los árboles de donde se extrae el caucho, el tabaco, los cactos, el henequén o sisal, el maguey, la yerba mate, la quina, la ipecacuana, la jalapa, el guayaco, la zarzaparrilla, la coca, la vainilla, el palo de campeche, el palo brasil, el quebracho, la bija o achiote, la caoba, el jacarandá o palisandro, y especies de frijoles o judías, de calabazas, de ajíes o chiles, de palmeras, de pinos y de algodoneros.

En tres zonas del Nuevo Mundo se desarrollaron altas culturas: 1, en el territorio central y meridional de México, el que ahora ocupan los estados de Oaxaca, Veracruz, Puebla, Tlaxcala, Hidalgo, Morelos, México y el Distrito Federal de la República; 2, en el territorio que ocupan los estados de Yucatán, Campeche, Tabasco y Chiapas, pertenecientes también a México; en el de las Repúblicas de Guatemala, Honduras y El Salvador, y en la Honduras británica; 3, en el territorio donde hoy se encuentran las Repúblicas del Perú, Ecuador y Bolivia.

Difícil es decidir cuántas civilizaciones hubo en México y de cuándo datan. Es probable que hayan comenzado en los primeros siglos de la era cristiana, después de las culturas que se conviene en llamar arcaicas, y su apogeo se calcula que debió de ocurrir entre el siglo VII y el XV. De las grandes culturas, las más antiguas en la parte central de México son la de Teotihuacán (probablemente, siglos IV a IX) y la tolteca, hasta tiempos recientes muy discutida: su centro fue Tula, fundada en el siglo VIII y destruida en el XI o el XII. Entre las posteriores se distinguen la totonaca, en Veracruz y Puebla, la zapoteca y la mixteca en Oaxaca. Son características de ellas los monumentos en forma de pirámide truncada; eran adoratorios, y por lo común se edificaba encima de ellas el templo. Las más notables de estas pirámides son la del Sol y la de la Luna, en Teotihuacán, a poca distancia de la ciudad de México: la del Sol tiene menor altura, pero mayor volumen que las famosas de Egipto. Otras muy interesantes hay en Tula, en Cholula, en El Tajín, en Tenayuca, en Calixtlahuaca, en Tepoztlán, y además ruinas importantes en Mochicalco; en Mitla y en Monte Albán, cuyas tumbas contenían extraordinaria riqueza en joyas. El arte de la escultura había alcanzado gran desenvolvimiento, comparable al de cualquiera de las demás grandes culturas del mundo. Entre sus obras maestras las hay “extrañamente semejantes —dice Roger Fry, el eminente crítico inglés— a las mejores de las civilizaciones del Viejo Mundo”.

La civilización de los mayas y los quichés, en la Península de Yucatán y en la América Central, que floreció del siglo IV al XV, ha dejado grandes construcciones de piedra: multitud de pirámides, templos y palacios, adornados con admirable escultura, según se puede observar en Tikal, Copán, Yaxchilán, Palenque, Piedras Negras, Quiriguá, Tulum, Zayil, Uxmal, Chichén Itzá. Esas “ciudades” —en vez de ciudades propiamente dichas se cree que eran centros religiosos y que la población vivía diseminada en campos cercanos— no eran todas contemporáneas; según tradiciones indias, iban abandonándose unas a medida que se construían otras, o bien las arruinaba la guerra. A la llegada de los españoles, las principales estaban en ruinas desde hacía tiempo; después de la Conquista se mantuvo todavía una que otra; la última, Tayasal, fue destruida en 1697.

Los mayas y quichés tuvieron conocimientos astronómicos extensos y precisos, no superados en Europa antes del siglo XVI, y avanzados métodos matemáticos: a principios de la era cristiana, antes que los hindúes (siglo VI), inventaron el cero y el principio de posición, que facilitan los cálculos aritméticos. Tuvieron escritura, que había comenzado como ideográfica, a la manera de los jeroglíficos de Egipto, y había dado pasos hacia el tipo fonético, la representación convencional de los sonidos elementales del habla, como en los idiomas europeos. Además, eran aficionados a conservar escritas sus tradiciones religiosas e históricas, y cuando aprendieron el alfabeto latino escribieron con él sus idiomas; así, se conservan el Popol Vuh (o Popol Buj), el libro quiché sobre los orígenes del mundo y del hombre, el Rabinal Achí, drama guerrero quiché (tanto los mayas y los quichés como los aztecas de México y los quechuas del Perú tuvieron teatro, de tipo ritual, como todo teatro en sus orígenes), los Anales de los Cakchiqueles, tribu de Guatemala, los libros mágicos llamados de Chilam Balam, de origen yucateco, y muchos otros trabajos.

En la zona de los Andes existieron las civilizaciones de Tiahuanaco: dos, sucesivas, cuando menos. De ellas quedan imponentes ruinas de edificios construidos con piedras enormes; de su orientación se infiere que sus constructores poseían conocimientos astronómicos. En la costa del Perú las civilizaciones principales fueron la chimu, al norte, y la nazca, al sur. La chimu construyó por lo menos una gran ciudad y ahora disfruta de renombre gracias a su cerámica, especialmente los vasos-retratos, cuyo arte realista es insuperable. La nazca construyó pirámides truncadas y produjo cerámica de alto valor artístico y tejidos hábilmente coloreados.

Las dos civilizaciones florecientes en el siglo XVI eran la mexicana y la peruana. A estas dos grandes organizaciones políticas les dieron los españoles el nombre de imperios, nombre cuya legitimidad se ha discutido, particularmente con relación a los aztecas, pero que no es inexacto si se emplea, ya en el sentido en que se dice “el imperio inglés”, ya en el sentido en que se ha hablado de “imperio ateniense”.

Los aztecas, pueblo guerrero que en el siglo XIII, si no antes, se estableció en el valle de Anáhuac, donde ahora se asienta la ciudad de México, habían logrado, después de largas luchas, convertirse en la principal entidad política de la zona. A principios del siglo XVI existía en el valle de Anáhuac una confederación constituida por los aztecas de Tenochtitlán (la actual México, ciudad lacustre, con calles bordeadas por canales navegables y unidas por puentes de madera, que se dice fundada en 1325), los acolhuas de Tezcoco y los tecpanecas de Tlacopan, cuyo nombre hispanizado es Tacuba. La dirección de las operaciones militares de la confederación estaba encomendada a los aztecas. El jefe militar (tiacatecuhtli), a quien los españoles llamaron emperador, tenía funciones como las primitivas del imperator en Roma: no era rey; su cargo era vitalicio, pero electivo, no hereditario. El poder civil estaba en manos de otro jefe (cihuacóhuatl), y tanto el civil como el militar dependían en último término, según parece, del consejo (tlatocan) de representantes de los grupos territoriales (calpulis), derivaciones de clanes originarios. La confederación dominó gran parte del territorio que actualmente ocupa la República mexicana y penetró hasta la América Central. Los pueblos dominados no constituían provincias; eran simples tributarios. Y hubo pueblos que nunca fueron dominados, como el de Tlaxcala; sólo gracias a su ayuda pudo Hernán Cortés conquistar la ciudad de México.

La religión dominaba la vida toda de los aztecas, y sus gobernantes tenían funciones sacerdotales. El rito característico de esta religión, el sacrificio humano, tenía su explicación en la mitología; rito extraño para el hombre moderno, pero común en las épocas primitivas de muchos pueblos antiguos, entre ellos los antecesores de la civilización europea, griegos, germanos y celtas. Los dioses, creían los aztecas, se sacrificaron para crear al hombre; el hombre debía a su vez sacrificarse por ellos y alimentarlos. El dios mayor de la mitología azteca, Huitzilopochtli, es el Sol, que nace, combate y muere todos los días; “como dios que es —dice el arqueólogo mexicano Alfonso Caso—, desdeña los alimentos groseros de los hombres y sólo puede mantenerse con la vida misma, la sustancia mágica que se encuentra en la sangre del hombre”. La guerra, entre los aztecas, tenía como principal objeto obtener hombres para el sacrificio ritual. Pero la mitología mexicana tenía entre sus dioses otros, de tipo benigno, como el civilizador Quetzalcóatl (la serpiente de plumas, símbolo del planeta Venus), que enseñó a los hombres las ciencias, las artes y las industrias. La religión era politeísta, pero una escuela filosófica, ya antigua, reducía la multitud de los dioses a uno solo, divinidad doble, a la vez masculina y femenina.

Desde el punto de vista social y político se ha descrito la confederación mexicana como democracia teocrática y militar. En los comienzos, el suelo había sido propiedad común; todos trabajaban, en la agricultura o en oficios, para el sostenimiento de sí mismos y de la comunidad, y prestaban servicio en la guerra. A cada padre de familia se le asignaba, de por vida, una parcela de tierra, que volvía a la comunidad cuando él moría o cuando dejaba de labrarla durante dos años. El abandono de las tierras, la negativa de casarse y muchos delitos se castigaban con una especie de esclavitud, que obligaba a trabajar para otros. No había, al principio, clases sociales en el sentido europeo, pero los sacerdotes y los jefes militares y civiles recibían honores y riquezas; además, no tenían que trabajar sus tierras. En los últimos tiempos del imperio, este sistema se iba transformando y empezaba a constituirse una aristocracia con propiedad privada.

El comercio era muy activo; el mercado de Tenochtitlán estaba siempre en movimiento, con miles de personas en él, según las descripciones de Hernán Cortés y de Bernal Díaz del Castillo. Se vendía por número y medida, pero no por peso (en el Perú sí se vendía al peso).

Tuvieron los aztecas amplios conocimientos astronómicos, que heredaron de las culturas anteriores; pero menos avanzados que el saber de los mayas y quichés; queda como testimonio el Calendario Azteca, monumento de piedra labrada que se conserva en el Museo Nacional de México. Poseyeron escritura jeroglífica, magníficamente dibujada y coloreada; se conservan códices, anteriores unos, posteriores otros a la conquista española; pero se ha perdido el arte de leerlos, y sólo parcialmente es posible interpretarlos. Fabricaban papel, como los mayas, con fibras de higuera silvestre.

La civilización azteca heredó de las anteriores de México la arquitectura, con la característica pirámide; ejemplos: la de Cuernavaca, la de Tepoztlán, donde está grabada en jeroglífico astronómico la fecha de 1502, y la enorme que destruyeron los españoles en la ciudad de México, en la plaza donde ahora se asientan el palacio de gobierno y la Catedral. Heredaron también la escultura y la pintura. Se distinguieron, además, en la orfebrería, la cerámica, los tejidos, la talla de piedra y el arte plumario. Extraían y trabajaban el oro, la plata, el cobre, el estaño; fabricaban bronce. Construyeron muchos caminos, puentes y acueductos. Tenían danzas y deportes rituales, teatro, consagrado principalmente a Quetzalcóatl, poesía épica y lírica; entre los cantos que se conservan merecen especial atención los atribuidos o referentes a Netzahualcóyotl, rey de Tezcoco, en el siglo XV; además, tenían narraciones en prosa, de las cuales nos quedan muestras no escasas en adaptaciones como las contenidas en el Códice Ramírez y en la Historia de las Indias de Nueva España redactada por fray Diego Durán. La enseñanza estaba rigurosamente organizada; en las escuelas superiores se estudiaban la religión, la astronomía, la historia, las leyes, la medicina y la música; en las escuelas populares se enseñaban la religión y el arte de la guerra. Tenían los aztecas, finalmente, colecciones de animales vivos, en casas, jardines y estanques; además, jardines botánicos con viveros.

La nación de los pueblos de lengua quechua, gobernada por los Incas, sí merece el nombre de imperio a la manera del romano. Desde su capital, el Cuzco, fundada en el siglo XII —“la capital imperial que se ha edificado a mayor altura sobre el nivel del mar”, dice el arqueólogo argentino Fernando Márquez Miranda—, los Incas alcanzaron a gobernar vastísimo territorio, en las altiplanicies de los Andes y a lo largo de sus dos vertientes, desde Quito, conquistado en 1487, hasta el norte de Chile y de la Argentina. No se conocen con certeza los límites meridionales del imperio, pero en muchas zonas que tal vez no llegó a abarcar la dominación política penetró a lo menos la influencia cultural; así, en la provincia argentina de Santiago del Estero, se habla aún el idioma quechua.

La religión de los incas tenía como centro el culto al Sol, antepasado de los monarcas. A su alrededor se agrupaban dioses menores. Además había divinidades puramente espirituales, sin forma representable, como Pachacámac, que animaba el mundo y sus criaturas. El Inca tenía funciones sacerdotales y militares. La monarquía era hereditaria; pero el Inca reinante elegía sucesor entre sus hijos según el mérito. Existía, además, una especie de consejo consultivo, cuya opinión era probablemente necesaria para dictar leyes.

La sociedad no estaba organizada como democracia, según se dice de la azteca, por lo menos en su origen, sino rigurosamente dividida en clases, con insignias y trajes distintivos. En las clases superiores figuraban el monarca, la numerosa descendencia de los Incas (que eran polígamos), los gobernantes locales (curacas) y sus familias; como excepción, el Inca podía elevar hasta la clase privilegiada a hombres de mérito. Estas clases recibían instrucción especial y nadie pertenecía a ellas de pleno derecho mientras no se le sometía a exámenes rigurosos y pruebas de iniciación.

El pueblo debía trabajar en la agricultura o en los oficios; como entre los aztecas, las tierras se distribuían entre los padres de familia (se repartían anualmente), y asimismo las aguas para regarlas; la ociosidad no estaba permitida, y nadie debía padecer hambre ni desnudez. La gente del pueblo tenía obligación de cultivar, por rotación, las tierras pertenecientes al Sol y al Inca y las destinadas al socorro de los necesitados: ancianos, viudas, niños, inválidos en general. En graneros o depósitos se guardaban comestibles, tejidos, armas y toda especie de materias primas o trabajadas, con lo cual se atendía a las necesidades del ejército, y, en casos de escasez, del pueblo. Había comercio, en pequeña escala; se permitía vender los sobrantes de la producción individual. La casa y los muebles eran de propiedad personal.

Para gobernar este enorme imperio con este sistema económico, resultaba indispensable llevar cuenta minuciosa de la población y de sus necesidades; los Incas llevaron las estadísticas a un grado de precisión que hoy mismo no existe, como práctica oficial, en ningún país civilizado. Habían conservado la división de los habitantes en comunidades propietarias de la tierra (ayllus), división anterior a la organización del imperio.

Los Incas se consideraban civilizadores, imponían su cultura a los pueblos que subyugaban y trataban de asimilárselos completamente. La capital del imperio estaba unida a todo el territorio por medio de caminos y puentes, que facilitaban la rapidez de las comunicaciones. En la Europa del siglo XVI no había caminos comparables a éstos, ni habían existido antes sino en el Imperio Romano; Pedro de Cieza de León, el admirable historiador de la conquista del Perú, dice que “no fue nada la calzada que hicieron los romanos, que pasa por España, para que con ésta [la gran calzada de los Incas] se compare”. Sus puentes, de madera o de mimbres, eran admirables.

Como los mayas y quichés, y como los aztecas, los quechuas tuvieron literatura ampliamente desarrollada. Se conserva parte de su poesía lírica; hay cantares atribuidos al Inca Pachacútec. Nada completo se conserva de su teatro, que tuvo importancia. No tuvieron escritura; pero transmitían mensajes y llevaban cuentas mediante hilos de colores diversos en que se hacían nudos (kipus). Las órdenes y las noticias que interesaban al gobierno se transmitían por medio de hombres avezados a correr (chasquis); se relevaban en puestos situados cada cinco kilómetros aproximadamente y llevaban kipus cuyo significado sabía interpretar el que debía recibirlos. Los kipus les servían a los Incas para sus complejas estadísticas.

La arquitectura peruana tuvo formas muy variadas. Se distinguen en ella cinco tipos principales de construcción; la más notable es la que ha recibido de los arqueólogos el nombre de arquitectura ciclópea, porque los edificios se hacían con piedras enormes.