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BIBLIOTECA AMERICANA

Proyectada por Pedro Henríquez Ureña
y publicada en memoria suya

Serie de

LITERATURA MODERNA
Pensamiento y acción

Las corrientes literarias en la
América Hispánica

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

Las corrientes literarias
en la América Hispánica

Traducción de
JOAQUÍN DÍEZ-CANEDO

Prólogo de
CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

Fondo de Cultura Económica

Primera edición en inglés, 1945
Primera edición en español, 1949
Segunda edición en español, 1954
Tercera edición en español, 1964
Cuarta edición en español, 2014
Primera edición electrónica, 2014

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ÍNDICE

Prólogo, por Christopher Domínguez Michael

Introducción

Nota a la traducción

 

    I. El descubrimiento del Nuevo Mundo en la imaginación europea

   II. La creación de una sociedad nueva [1492-1600]

  III. El florecimiento del mundo colonial [1600-1800]

  IV. La declaración de la independencia intelectual [1800-1830]

   V. Romanticismo y anarquía [1830-1860]

  VI. El periodo de organización [1860-1890]

 VII. Literatura pura [1890-1920]

VIII. Problemas de hoy [1920-1940]

 

Bibliografía

Índice de nombres

PRÓLOGO

A José Balza

A los libros de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) los frecuentaba yo continuamente, como se frecuenta a un pariente cercano, sin mayores ceremonias y hasta con excesiva familiaridad, colocado en mi biblioteca junto a Alfonso Reyes, su hermano menor, y no lejos de los otros ateneístas célebres: José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y Julio Torri. Me desconcierta que Henríquez Ureña sea dominicano, pues los mexicanos lo damos por mexicano y los argentinos por argentino, porque de extremo a extremo del continente llevó su magisterio este hombre a quien sorprendió la muerte en un tren cuando se dirigía de Buenos Aires a La Plata para ofrecer su modesta y heroica clase semanal en una escuela secundaria.

Borges retrató ese memento mori y sus augurios en el prólogo a la Obra crítica (1960), publicada póstumamente por el Fondo de Cultura Económica en la Biblioteca Americana, fundada, además, en su honor:

De Pedro Henríquez Ureña —dijo Borges— sé que no era varón de muchas palabras. Su método, como el de todos los maestros genuinos, era indirecto. Bastaba su presencia para la discriminación y el rigor. A mi manera acuden unos ejemplos de lo que se podía llamar su “memoria abreviada”. Alguien —acaso yo— incurrió en la ligereza de preguntarle si no le desagradaban las fábulas y él respondió con sencillez: “No soy enemigo de los géneros”. Un poeta de cuyo nombre no quiero acordarme declaró polémicamente que cierta versión literal de las poesías de Verlaine era superior al texto francés, por carecer de metro y de rima. Pedro se limitó a copiar esa desaforada opinión y a agregar las siguientes palabras: “En verdad...” Imposible corregir con mayor cortesía. El dilatado andar por tierras extrañas, el hábito del destierro, habían afinado en él esa virtud.

A Henríquez Ureña, patricio de la República Dominicana —un pequeño país ocupante apenas de la mitad de una isla que es el corazón de la América española—, le ha perjudicado esa reputación de monumento nacional y de patrimonio universal de todos los americanos (incluidos los estadunidenses, pues el dominicano pasó años decisivos en Nueva York, dio clases en Minesota). Como remedio a la solemnidad que oscurece su paso de prohombre, sugiero, antes de leerlo de la A a la Z, picar la correspondencia que cruzó con Reyes entre 1907 y 1914, la que editó José Luis Martínez en 1986. En ella se encontrará la miga de una de las grandes amistades literarias nuestras, llena de proselitismo práctico, de menudencias estilísticas y lecturas compartidas, mucha guerrilla literaria y algo, nunca demasiado, de intimidad. No sólo porque fue el maestro de Reyes, el griego de nuestro romano, le debemos gratitud a Henríquez Ureña.

Pero Henríquez Ureña —al fin entro en materia— no sólo fue eso. No se podría escribir una historia de la crítica literaria en nuestra lengua sin percatarse de cómo Henríquez Ureña garantizó al modernismo de Darío y de Rodó un desenlace intelectual distinto al del decadentismo francés. Gracias al ensayo de Arcadio Díaz Quiñones que aparece en la inagotable Historia de los intelectuales en América Latina (Katz, 2010), que Carlos Altamirano editó en Buenos Aires, entiendo la temprana anglofilia de Henríquez Ureña, su predilección victoriana por Matthew Arnold y, sobre todo, por Walter Pater, lo que le permitió diseñar sobre un mapa que desde Santo Domingo irradiaba una nueva mediterraneidad. Hizo así, de América, la utopía en acto, una tierra de islas y archipiélagos a imagen y semejanza de Grecia y su expansión helenística. A Reyes no le fue tan fácil imaginar su latinidad utópica sobre una Nueva España negada por los mexicanos, mientras que para Henríquez Ureña bastaba con partir de la catedral de Santo Domingo para hilar, por los dos lados, una edad de oro completa.

En los estetas ingleses, nunca desprovistos de hipersensibilidad ante lo que entonces se llamaba “la cuestión social”, encontró Henríquez Ureña la manera de ser un crítico al cual no le bastaba con serlo y para ser, dilapidándose (como lo dijo Reyes), un maestro. Maestro lo fue no sólo de Reyes, de Borges y de Ezequiel Martínez Estrada, sino de los muchachos que lo esperaban a dar esa clase que ya nunca dio el 11 de mayo de 1946. Uno de los jóvenes alumnos que se quedó esperándolo fue el crítico y poeta uruguayo Saúl Yurkievich, tan querido en París y en la Ciudad de México: quienes de alguna manera, aunque fuese vicaria, estuvimos expuestos al magisterio de Saúl, al recibirlo recibimos también, remoto pero preciso, algo del de Henríquez Ureña. O eso quisiera pensar: en la Cadena del Ser que une a los maestros con los discípulos.

Pero el maestro, insisto, no debe ocultar al crítico nutrido de la “nordomanía” de su generación, dividido entre las fidelidades convergentes y enemigas por Ibsen y por Tolstói; a quien supo ver en Darío un doble que supera y devora a su modelo, Gabriele d’Annunzio, y a quien, en Seis ensayos en búsqueda de nuestra expresión (1928), literalmente desbrozó, destropicalizándolo, el camino de nuestra historia literaria. La literatura hispanoamericana, su urbanidad, sólo pudo recorrerse como en realidad era —fría, tórrida, montañosa, desértica, templada y sólo a veces selvática— gracias al mapa establecido por Henríquez Ureña.

Se le reprocha el encarnar un humanismo viejo, caducado, como si éste no siguiera siendo la materia prima de la experiencia liberal. Se le censura, por ejemplo, por haberse negado a ver lo afroamericano en sus raíces (las propias y las de toda Hispanoamérica). En efecto, lo indio y lo negro contaban muy poco para esa generación. No, no está al día en multiculturalismo Henríquez Ureña, pues su tesis central era la hispanoamericanidad; es decir, lo hispánico pertenecía por igual a quienes hablaban y escribían español en ambas orillas del Atlántico. Lo español sin lo americano, “lo castizo”, le repugnaba, le parecía un adefesio, un macho sin hembra, un mundo sin feminidad. Pues para el erudito dominicano —él no lo decía con esa cursilería— América tenía nombre de mujer.

Entre la obra crítica de Henríquez Ureña han corrido con menor fortuna Las corrientes literarias en la América Hispánica, que reúnen las conferencias de la cátedra Charles Eliot Norton en 1940-1941, en la Universidad de Harvard, que el dominicano no alcanzó a verter al español porque, ya se dijo, falleció poco después. La traducción del inglés (lengua que Henríquez Ureña fue uno de los primeros escritores hispanoamericanos en dominar) tocó, en México, a Joaquín Díez-Canedo (1917-1999) a finales de los años cuarenta, y en ella contó con una asesoría de lujo: la de la propia viuda, doña Isabel Lombardo Toledano de Henríquez Ureña, del joven José Luis Martínez (apenas un año menor que Díez-Canedo, the elder) y de Raimundo Lida. También lo auxilió Emma Susana Speratti Piñero (1919-1990), discípula del propio Henríquez Ureña y de los Lida, y cuyos doce años mexicanos, a caballo entre las décadas quinta y sexta de la centuria anterior, esperan crónica puntual, ya barruntada por Antonio Alatorre cuando la profesora argentina falleció.

Las corrientes literarias en la América Hispánica aparentan ser lo que no son: una lista de autores, en extremo completa, que, junto a las notas finales (a las cuales me referiré después, ya que las considero el secreto del libro) y la nutrida bibliografía, indica prácticamente todo lo que se sabía o podía saberse de nuestras letras —que incluyen al Brasil— hacia 1940. Como libro de consulta, señalado ese fatal límite en el tiempo, sigue siendo, la de Henríquez Ureña, obra imprescindible. Decía don Pedro que no estaban todos, sino los más importantes; visto el libro desde el siglo XXI, más bien no falta nadie y sobran, como es menester en las obras de este carácter, algunos. Pero es más, y para respaldar mi dicho recurro al filólogo y germanista colombiano Rafael Gutiérrez-Girardot (1928-2005), uno de los defensores desafiantes de don Pedro y de Las corrientes literarias en la América Hispánica en particular.

Encarnó Gutiérrez-Girardot, exegeta de Borges, de Reyes y del modernismo, al pomposo profesor germánico, bien dispuesto a reprobar a media humanidad. Yo una vez lo vi pasar cerca de mí y me arrepentí de inmediato de la temeraria pretensión de presentarme. Atemorizado, di no uno sino tres pasos atrás. Ahora que él y todos los aquí citados se encuentran entre “nuestros amigos los muertos”, como decía un biógrafo de biógrafos, me alegra vindicar la buena ley que Gutiérrez-Girardot le tenía a Henríquez Ureña. El colombiano da comienzo a su prólogo de La utopía de América (Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1986), de Henríquez Ureña, recordando cómo éste decía que “en las regiones de nuestra ‘alta cultura’ el pensamiento sólo entusiasma cuando pagamos por él altos derechos de importación”, que en aquellos años veinte —de cuyas modas y modismos se quejaba el dominicano— eran Spengler y Simmel, como después lo fue esa estilística odiada por Gutiérrez-Girardot, y en la segunda mitad del siglo, la fenomenología, el marxismo y el psicoanálisis, los estructuralismos. Nadie, Henríquez Ureña menos que ninguno, repudiaba la universalidad de nuestros conocimientos literarios. No; le fastidiaba la presteza con que abandonábamos la tradición, edificada no sin tardanza y haciendo de la necesidad virtud, por novedades no siempre perdurables. Gutiérrez-Girardot notaba, en 1986, la ausencia en Henríquez Ureña y sus Corrientes literarias de toda “inflación terminológica”, obra “exenta de todo aparato publicitario y de toda intención especulativa” y escrita según el ideal del crítico atribuido a Voltaire: “una persona con mucha ciencia y gusto, sin prejuicios y sin envidia”, pero rebosante de la “aspiración supranacional” propia de todo verdadero trabajo científico.

Concebía Henríquez Ureña nuestra literatura iberoamericana (llamémosla así para no excluir, como él insistía, al portugués) como equivalente de la peninsular, y fue uno de los primeros (y, por desgracia, no del todo imitado) en despojarse de la superstición adánica. Le parecía necedad discutir si Juan Ruiz de Alarcón fue novohispano o veterohispano: fue las dos cosas, como Henry James pertenece a los Estados Unidos y a Inglaterra. “En mi fin está mi comienzo”, escribió famosamente Eliot, otro que, a pesar de todos sus empeños, en su perfecta imitación de lo inglés, delataba, como se decía entonces, al yanqui.

Tampoco tiene mucho sentido discutir mucho cuándo empezó la nuestra a ser literatura americana, sugiere Henríquez Ureña. Lo fue tan pronto como la lengua de Cristóbal Colón se posó, a veces exagerando las cosas de nuestro paraíso para satisfacción de sus promotores ultramarinos, en las maravillas americanas. De inmediato, en la pluma torpe aunque penetrante de Colón entraron las primeras palabras del Mar Caribe. La exclusión de las tradiciones orales y pictográficas indígenas u originarias tenía para el mulato Henríquez Ureña un carácter meramente metodológico en sus Corrientes literarias, pues aquéllas, las aztecas, mayas o incas, no eran literaturas en el sentido que Occidente da al término, y el dominicano, preocupado como pocos por la forja de lo hispanoamericano, compartía el prurito, a veces ignorado incluso por críticos de renombre, de no ir demasiado lejos cuando se trata de lenguas que no hablamos. Entusiasmados por aquello que Edmundo O’Gorman llamará memorablemente en 1958 “la invención de América”, Moro y Campanella elucubran sus utopías en lugares imaginarios que no pueden ser sino americanos, y los misioneros predicadores le devolvieron, nada menos que al cristianismo, su vocación original.

América es Europa y Europa es América desde el principio: es la lengua española la que no ve el sol. Henríquez Ureña, en mi opinión, debió ejercer un poco más el comparatismo e imaginarse, por ejemplo, que la expansión, primero del latín y luego del cristianismo, hacia la Galia y la Germania, tierras bárbaras, no debió ser muy distinta. La diferencia, lo he dicho varias veces, es temporal y juega a favor de la historiografía americana: gracias a la admiración (llena de violencia, la misma que cuando Julio César cruza el Rubicón) de los Cortés, de los Bernal Díaz y de los Sahagún por las grandes civilizaciones que conquistaban, está gloriosamente documentada. De los bárbaros latinizados y cristianizados sabemos mucho menos que de los vencidos del Nuevo Mundo cuya visión trató de fijar León-Portilla.

Henríquez Ureña habló de “corrientes”, pues creía en ondas expansivas de la civilización y no en fundaciones etéreas, y utilizó ese título, especulo, pensando en Las grandes corrientes de la literatura del siglo XIX (1901-1906) de Georg Brandes, a quien Henríquez Ureña llama “el insigne”, a propósito de Platón, y que, como él, venía de una ínsula (quien haya estado en Dinamarca la sabe casi isla), como lo es la República Dominicana: pequeñas naciones cuya circunsferencia está en todas partes y habitadas por aventureros sedientos de las lenguas extrañas y de llegar hasta las antípodas.

Aquí, Gutiérrez-Girardot, vuelvo al sabio gruñón, pasa a la denuncia política y lo hace en nombre de don Pedro: los nacionalismos latinoamericanos, cebados lucrativamente por las universidades y por miopías históricas dizque científicas, son los principales adversarios de la universalidad americana de nuestra conciencia histórica, en la cual, escribiendo al calor de la victoria de los Estados Unidos contra el nazismo, Henríquez Ureña incluía a Whitman. Del lado de acá, junto a los Bolívar y los Martí, los Bello y los Varona, los Picón Salas y los Romero, los García Monge y los Reyes, acaudillados por el dominicano.

Podrá parecer demagogia barata, bolivarismo o vasconcelismo antañón la enésima repetición de tifo pueblerino, pero me parece que la era de internet, ese empequeñecimiento del planeta, con sus grandezas y miserias, torna a volver secundario (no banal) aquel cuento romántico de las literaturas nacionales. ¿Qué hace distinto, hoy en día, a un joven escritor de Bogotá, de Los Ángeles, de Zacatecas, de Chicago, de Asunción del Paraguay, de Caracas, sentados ante la pantalla común, unidos al mundo por muy pocas lenguas francas, una de las cuales es el español, cuya difusión americana ha impedido que actualmente España, dicho sea con todo respeto, resulte otra Polonia, es decir, una mediana nación europea con alguna colonia perdida en el ultramar? Muy pocas cosas los hacen distintos. Quizá la continuación de las Corrientes literarias de Henríquez Ureña esté por escribirse. Hoy, y con esto (casi) dejo en paz a Gutiérrez-Girardot, las dos grandes visiones de la literatura hispanoamericana, para la primera mitad del siglo XX, son las de Marcelino Menéndez Pelayo, imperial y católica, que termina antes del modernismo con su Antología comentada (y luego Historia), publicada en 1893, y la de las Corrientes literarias de Henríquez Ureña, continentales y humanistas.

A diferencia de Albert Thibaudet (1874-1936), el historiador de la literatura francesa fallecido un tanto precozmente, Henríquez Ureña no se fio ni de la vieja y noble historia a lo de Sanctis, ni de las generaciones orteguianas para hacer su historia literaria, sino de las corrientes, distintas pero no del todo lejanas, de las familias espirituales, con las que prefería trabajar el padre Sainte-Beuve. Las corrientes, agrega Gutiérrez-Girardot, tienen la ventaja de ser “de larga duración”, como lo señalará poco después Braudel. Pero que las Corrientes literarias, regreso al punto de partida, parezcan una lista no quiere decir que lo sean. Su libro está lleno de ideas, a veces ofrecidas al lector con cierta modestia, como de contrabando, pero siempre fecundas. No dice Henríquez Ureña que la literatura virreinal sea una extensión de la española, sino, como el Octavio Paz de Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (1981), habla de una literatura trasplantada pero de una sociedad nueva. Encuentra el dominicano un ethos novedoso, un hombre distinto, el atisbado por la heterogeneidad de la América Hispánica. Hipótesis discutible pero enunciada en 1940-1941, veinte años antes del delirio guevarista autorizado por otro de nuestros clásicos: Martínez Estrada, maestro y discípulo, a la vez, del Che.

Estamos, además, ante unas Corrientes literarias que no descuidan, como indicaciones a lo largo del camino para que el viajero se lustre sin fastidiarse, ni la arquitectura de nuestras ciudades coloniales ni las melodías de la música en el Nuevo Mundo, desde el solfeo de los jesuitas en su república hasta Carlos Chávez, ni la pintura con sus muralistas mexicanos (Rivera, no Orozco), ni ese rehacerse de Europa en América que registró José Moreno Villa, el único “trasterrado” de 1939 que retribuyó la hospitalidad mexicana con curiosiodad intelectual por su nuevo país, que el domincano cita y con quien hubiera platicado a sus anchas, si es que no lo hizo. La exposición de los méritos del Inca Garcilaso o de sor Juana Inés hoy son moneda corriente; muchas aduanas tenía que cruzar esa admiración: Henríquez Ureña disertaba en Harvard; no se olvide.

Quizá la parte menos buena de estas Corrientes literarias sea la dedicada a la Independencia, periodo que acaso es el que mejor conozco pero también aquel que historiadores y críticos han trastornado más en los últimos sesenta años. Tras rendir homenaje a Francisco de Miranda —no soy el primero en fantasear con que otro gallo nos hubiera cantado de haberlo escogido a él y no a Bolívar como padre fundador—, don Pedro asume la continuidad entre la Ilustración y las independencias americanas, ajeno a la idea hoy preponderante de que aquéllas fueron, sobre todo en México y Lima, más contrarrevoluciones que revoluciones. No saca el dominicano la conclusión debida de que Hidalgo fue cura versado en Molière y Racine, no en Beaumarchais o Chénier. Nuestras naciones, repúblicas bobas, lo fueron por orfandad, nacidas contra el mundo moderno, más originales en pensamiento propio de lo que se suponía en los tiempos de Henríquez Ureña pero azotadas por el complejo de inferioridad: son el fin del imperio español y durante décadas y décadas del frustrante siglo XIX —“romanticismo y anarquía”, según don Pedro— no parecen comenzar nada nuevo hasta que aparece en Argentina Domingo Faustino Sarmiento, el gran prosista hispanoamericano de aquella centuria. Antes de ello, ante nuestros neoclásicos, árcades y pastorcillos, Henríquez Ureña no se aguanta y pregunta, desesperado, si no habrá algún día “un crítico de la escuela de T. S. Eliot que nos haga volver a gustar de nuestros escritores neoclásicos del siglo XVIII y de comienzos del XIX”, salvando apenas a Andrés Bello.

La paz de la Bella Época la llama el isleño, un periodo de organización que se prolonga hasta 1890, y el modernismo, en sus dos oleadas, ya coloca a Henríquez Ureña como protagonista de las Corrientes literarias, el joven admirado y fastidiado ante los maestros: Ruy Barbosa en Brasil, Justo Sierra en México, Manuel González Prada en Perú, Enrique José Varona en Cuba y Eugenio María de Ostos en Puerto Rico. A él y a Reyes les tocará convivir con los modernistas que eran y no eran sus contemporáneos, a quienes engloba, provocador por impreciso, bajo el marte del abate Bremond de la “literatura pura”, lo cual vuelve frágil, desconfiado y huidizo ese último trecho de las Corrientes, periodo que no en balde cubrió mejor su hermano menor Max Henríquez Ureña (1886-1968), autor de una Historia del modernismo. Don Pedro admira, sobre todo, a José Martí, pero sobre Rubén Darío dice la frase decisiva, cuyo modelo será aplicado después a Borges: “De cualquier poema escrito en español puede decirse con precisión si fue escrito antes o después de él”. “Los problemas de hoy”, capítulo con el que finaliza un libro hechizo, es decir, unas notas en inglés que hubieron de ser traducidas y ensambladas por Joaquín Díez-Canedo, son el inicio de otra historia literaria que acaso ya no le correspondía a Henríquez Ureña escribir —educado por los críticos victorianos, había ido más lejos que su temperamento—.

Por ello, ruego al lector se detenga y lea con minucia las notas. Son una delicia en el orden de las de Gibbon a su Decadencia y caída del imperio romano, como si allí hablase el don Pedro de la intimidad literaria, el corresponsal de Reyes y no el profesor trashumante, que fue dar a Harvard y después, medio dejado de la mano de Dios, rumbo a aquella escuelita de La Plata adonde llegó muerto. En las notas está el espíritu universal, el erudito funcional; toda apostilla tiene sentido, cada una de ellas enriquece no sólo la bibliografía sino el texto y hasta la vida. Desde “la única novela escrita en el Brasil colonial, Las aventuras de Diophanes, a la manera del Télémaque de Fénelon”, hasta la mención de un artículo de Octavio Paz aparecido en Sur y que invita a la lectura del primer José Revueltas, pasando por los imitadores americanos de Chateaubriand, nada tiene desperdicio. No olvida enlistar a nuestras escritoras, no sólo las hermanas Ocampo, sino María Luisa Bombal, prerrulfiana y posrulfiana. Incluso don Pedro averigüó qué había pasado con los pinos junto a las cataratas del Niágara, temiendo que Heredia el bueno, el cubano y mexicano se los hubiese inventado, licencia poética del vate. Nada de ello, allí estuvieron: andando el tiempo, los embellecedores del parque, ya sitio turístico, podaron el área, dejando al hombre solo ante la prodigiosa caída de agua.

Espero que este prólogo a Las corrientes literarias de la América Hispánica concentre a los pocos decididos a seguir el camino de Henríquez Ureña y que, después de esta lectura, se den gusto con sus frondosos y a la vez sistemáticos Estudios métricos —un solo tomo en la obra completa—, que son la médula de su sistema. Descartando con minucia aquella división que hacía de la versificación regular el dominio de lo culto y de la versificación irregular (o fluctuante) la selva de lo popular, Henríquez Ureña, tras recorrer todo lo que lleva a los Siglos de Oro y de allí fluye hacia el modernismo, encontró y clasificó una comunidad regida por una lengua común a la cual respondería lo mismo Rubén Darío que el más humilde de los cantantes populares. Pero ésa es otra historia: contando sílabas, ahíto de ritmo, Pedro Henríquez Ureña ofreció una solución métrica al divorcio entre la alta y la baja cultura, y ello es evidente en Las corrientes literarias de la América Hispánica. Porque Pedro es piedra, ya se sabe.

CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

Chicago, 12 de mayo de 2014

INTRODUCCIÓN

Este libro reúne las conferencias de la cátedra Charles Eliot Norton del año académico 1940-1941, que di, por invitación de la Universidad de Harvard, en el Fogg Museum of Art, las noches del 6, 13 y 20 de noviembre, del 11 de diciembre, del 18 y 25 de febrero y del 4 de mºarzo. Dos años y medio me ha llevado la tarea de volver a redactar el texto primitivo, ampliarlo y ajustar las notas.

Mi primera intención fue limitarme en estas conferencias a la literatura de la América Hispánica (nombre que me parece más satisfactorio que el de “América Latina”); más tarde decidí no excluir las artes, con objeto de reforzar mejor el sentido de la unidad de cultura en los países que, en este hemisferio, pertenecen a la tradición hispánica. Con todo, no he hecho sino aventurar alguna que otra observación en materia de arte, ya que no es ésta la especialidad que cultivo; un conocimiento a fondo de todas las obras importantes hubiera requerido, sobre una adecuada preparación técnica, una visita personal a todos los países de la América Hispánica —y, hasta el momento, conozco poco más de la mitad de nuestras veinte entidades políticas, inclusive Puerto Rico, que, en el campo de la lengua y de la cultura, se conserva dentro de la tradición hispánica—. El resumen que hago de los movimientos artísticos debe tomarse, pues, sólo como complemento del cuadro que trazo de la literatura. Por fortuna, la excelente colección de fotografías del Fogg Museum me permitió mostrar al público que siguió mis conferencias buen número de ejemplos característicos de arquitectura y pintura, mucho más elocuentes, estoy seguro, que mis propias palabras.

Como el tema de mis conferencias no era familiar a la mayoría del auditorio a quien se dirigían, hube de completar mi exposición con multitud de datos meramente informativos, que, de otro modo, podría haber omitido. He procurado aquí pasar todo esto al cuerpo de las notas; tanto en ellas como en la bibliografía general que cierra el volumen el lector hallará muchas referencias que le permitirán ahondar más en el tema, si así lo desea.

Las páginas que siguen no tienen la pretensión de ser una historia completa de la literatura hispanoamericana. Mi propósito ha sido seguir las corrientes relacionadas con la “busca de nuestra expresión”. En realidad, las conferencias se anunciaron precisamente con ese título, que luego decidí cambiar por el de “Corrientes literarias”. Los nombres de poetas y escritores citados los escogí como ejemplos de esas corrientes, pero no son, en rigor, los únicos que podrían representarlas. Ello explicará muchas omisiones, especialmente en nuestro siglo: los movimientos literarios han llegado a ser tan amplios que el solo intento de mencionar la mayoría de los nombres significativos de la actualidad convertiría estas páginas en listas interminables y llevaría a la confusión al lector. Debo advertir que ninguna omisión responde a un propósito crítico.

P. H. U.

NOTA A LA TRADUCCIÓN

Escrito directamente en inglés, y para un público de habla inglesa, este libro hubiera requerido en su versión española indudables retoques que la muerte de Pedro Henríquez Ureña dejó en suspenso. La comparación de sus propias cuartillas españolas sobre Sarmiento (fin del capítulo V) con el original inglés me ha guiado en determinadas supresiones, principalmente en las notas que no contenían sino esos “datos meramente informativos” buenos para el lector no familiarizado con el tema. He añadido, en cambio, entre corchetes, algunas fichas bibliográficas recientes, y, en razón del público a que va ahora destinada, he sustituido la bibliografía de la edición inglesa por la que el mismo autor preparó para su Historia de la cultura en la América Hispánica (volumen 28 de la colección Tierra Firme), rectificando en ella algunas erratas y omisiones con que apareció entonces. Desde aquí deseo manifestar mi agradecimiento a todas las personas que han querido ayudarme en mi tarea, y en primer término a la señora Isabel L. de Henríquez Ureña, que puso generosamente a mi disposición las notas y papeles de Pedro Henríquez Ureña; a José Luis Martínez, lector paciente y activo de las primeras cuartillas, y a Raimundo Lida, revisor minucioso desde el principio hasta el fin, y juez en última instancia de puntos claros y oscuros. A ellos debe sus méritos esta traducción, que en su segunda salida ha podido despojarse aún de algunas fallas gracias a las sabias observaciones de Emma Susana Speratti Piñero, cuya extrema severidad obliga tanto más mi reconocimiento.

J. D. C.