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Diseño de portada: Álvaro Jasso
Primera edición, 2011
Primera edición electrónica, noviembre 2011
© Daniel Espartaco Sánchez
© Publicaciones Malaletra Internacional
libros.malaletra.com
Ignacio Mariscal 148 -3 Col. Tabacalera, Ciudad de México
ISBN: 978-607-8176-23-6
Hecho en México

Escritor de Chihuahua, México, Espartaco Sánchez es autor de los libros de cuentos El error del milenio (2006) y Cosmonauta (2011). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México, y del Centro Mexicano de Escritores. Ganador de diferentes premios nacionales entre los que destacan el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen del Estado de Sinaloa y el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez del Estado de Jalisco. En diciembre de 2011 Cosmonauta fue seleccionado como uno de los mejores libros de ficción del año, según la revista Nexos.
Web: Oblovismo
twitter: @Despartacos

Fue a principios de otoño cuando entraron por primera vez al hotel de paso sobre la calzada de Tlalpan. La lluvia fría de verano se convirtió en una neblina persistente que dejó minúsculas gotas en el abrigo de Ilich. La luz se descompuso de manera imprevisible, esa mañana, cuando salió a la avenida para comprobar que cada objeto estuviera en su sitio, como si el encuentro (no planeado, se salió de control) con Miriam hubiese distorsionado el inconsistente decorado de la realidad. Así le parecía: que el orden de las cosas era vulnerable hasta ese punto.
Horas antes, la luz, como rumor de motores, entró por las cortinas gruesas, ya presentes, con su falsa prosapia, muchos años antes de que ellos dos se conocieran, en ese cuarto del Hotel Princesa (un nombre que no dejaba de sorprender, por su falta de gusto). Ilich pasó la mano por el vaho de la ventana. Vio la serie de luces blancas y rojas de miles de autos que se dirigían de Sur a Norte y viceversa; una procesión perpetua, como en las fantasías que discurren sobre el fin del mundo y la condenación. La calzada de tlalpan no era un lugar para calzarse, no era un territorio habitable por la inconsistencia del cuerpo humano; era escombro, acero, hierro retorcido y concreto frío.
La temperatura bajó de manera perceptible conforme la luz se dispersó sobre la avenida, sobre la línea naranja e intermitente del tren, hasta las paredes, la cama y la puerta del baño. El vaho de la ventana volvió a ocupar el lugar que le correspondía por derecho propio desde que un pedazo de vidrio se interpuso entre un hombre y una alborada yerma.
Miriam vestía siempre como una mujer mucho más grande, aun cuando estaba por cumplir treinta años. A Ilich algunos de esos vestidos de falda abierta le recordaban a las esposas de los astronautas en los documentales sobre la carrera espacial que veía de niño. Y por el rostro de abandono de Miriam parecía que su marido –de quien estaba separada–, su padre –muerto años atrás–, el único novio que tuvo antes de casarse –con el que perdió la virginidad–, todos los hombres de su vida flotaban en el espacio; ella los esperaba frente al televisor, en una casa suburbial. Una hija, un perro, centro de lavado.
Debajo del vestido usaba medias negras. La ropa interior negra era su manera de emanciparse.
—¿Qué te parece mi vestido? Lo compré para ti.
—Pareces la esposa de un astronauta —le dijo Ilich.
—Entonces tú eres el astronauta.
—Yo soy un cosmonauta. Los astronautas soviéticos se llamaban cosmonautas.
"Navegaban por el cosmos", pensó ilich, "el conjunto de todas las cosas creadas".
—¿Y qué se necesita para ser la esposa de un cosmonauta?
—Un overol y un pañuelo rojo.
—¿Y un tractor?
—Sí.
Ilich pensó que podría ser un nuevo fetiche suyo, acostarse con una Heroína del trabajo, muy propio de él. Porque al final, después de Miriam; después de la noche en embebido resuello; de la charla posterior al coito, en donde cada quien enumera hechos significativos ajenos al otro cuerpo desnudo que escucha en la oscuridad –apenas esbozado por la luminosa ranura de la puerta entreabierta del baño–; de la oprobiosa solidaridad fundamentada entre los adúlteros; del cinismo triste; del arrebato amoroso; del fatalismo aprendido en la televisión y el cine; de escuchar en silencio el ruido de otros cuerpos que se aman en otras habitaciones exactamente iguales a ésa, un piso arriba, un piso abajo, en la habitación contigua, como en un drama existencialista ya visto muchas veces, entonces sólo quedaba la simple orfandad de una mañana helada como una plancha de vivisección.
Y Miriam (no estaba planeado, se salió de control), frente al espejo del baño, se arregló el cabello para salir a la avenida, elegir entre esa hilera de autos un taxi y llegar a casa antes de que la niña despertara, y así prepararle el desayuno, llevarla a la escuela y pasar ocho horas somnolientas en la oficina. Ilich la vería, tras limpiar una vez más la ventana del vaho solariego, elegir un taxi de entre esa corriente; la vería subirse al coche para perderla de vista un poco más allá del metro Nativitas, o cualquiera que fuera el nombre de esa estación. Luego serían él, de nuevo, y la mañana, cuando la calzada de Tlalpan es una entelequia.
Fue el verano en que compramos a crédito un automóvil nuevo. Mi padre había conseguido un empleo con mejor salario y, aunque las tasas de interés bancarias no eran fijas, en el ambiente se percibía confianza en la economía. Eran tiempos de bonanza.
Se trataba de un Volkswagen sedán de color rojo. Éramos los primeros en la cuadra en tener un auto nuevo. Estábamos rodeados de cacharros pasados de contrabando, enormes y antediluvianos, que décadas atrás fueron de lujo en los Estados Unidos y ahora permanecían inmóviles bajo el sol, llenos de herrumbre, últimos sobrevivientes de una época en la que los autos, por su forma y largo, poseían virtudes anfibias. El nuestro relucía tanto, que podía mirar mi reflejo en el guardabarros: mis largas pestañas y el rostro todavía infantil. El cabello en forma de cazuela había comenzado a oscurecerse, y Julia, mi madre, me obligaba a lavármelo con champú de manzanilla para recuperar una claridad perdida de manera irremisible.
Lo que más recuerdo es el olor a plástico nuevo del tablero, el volante y los tapetes, y cuando recorrimos los primeros metros, el hedor a mierda.
—Padre —preguntó mi hermana menor—, ¿por qué huele tan mal?
Julia había leído con mucha atención el manual de la guantera. Le gustaba esa clase de literatura, y cuando compramos la videocasetera de contrabando, le tuve que traducir el folleto del inglés. Pero el sedán era un auto hecho en México por obreros mexicanos, y el manual estaba en español.
—Es por el convertidor catalítico —dijo ella.
Nos explicó (porque a mi hermana y a mí nos encantaban los tecnicismos) que se trataba de una nueva tecnología: un dispositivo en el escape que reducía las emisiones de monóxido de carbono, o algo así. Era un auto ecológico, ayudábamos a salvar la tierra. De ahí la pestilencia a la que tardamos en acostumbrarnos.
Una de las ventajas del auto nuevo era que podíamos emprender viajes en carretera sin temor a una falla en el motor; incluso tenía cinturones de seguridad. Y mis padres comenzaron a discutir los pormenores de nuestro próximo viaje a El Paso, Texas. Habíamos viajado a otras ciudades cercanas, pero nunca a otro país. Sabíamos de todas las cosas inaccesibles en México que se podían comprar en los Estados Unidos a precios más bajos. Cada domingo el periódico traía consigo catálogos multicolores de tiendas norteamericanas: juguetes, artículos electrónicos, ropa como la que usaban los actores de las series de televisión. Se hablaba de toda clase de prodigios: escaleras eléctricas, puertas que se abrían solas cuando uno se paraba frente a ellas, etcétera.
Cada semana viajaba al centro en un autobús hasta una tienda de revistas importadas donde compraba historietas norteamericanas, y ahí fue donde comencé a leer en inglés con diccionario en la mano. En clase nunca pasamos de tonterías como the cat is under the table y Mary and Joe went to the movies.
Yo intentaba practicar lo que consideraba ya como mi segundo idioma con personas cercanas que habían viajado a otras partes del mundo.
—Hello, Nina, how are you? —le dije a una amiga de mis padres, recién llegada de la Unión Soviética; era lo más cosmopolita que había alrededor.
—Yo puedo entender a medias lo que me dices en inglés —dijo con voz rasposa: fumaba grandes cantidades de tabaco negro—, pero si yo te hablo en ruso no me vas a entender nada.
Nina me dijo que era más difícil aprender ruso que inglés; que los mejores escritores de todos los tiempos escribieron en ese idioma. ¿Pero a quién le interesaba saber ruso? además, en la Unión Soviética la gente era vigilada y no tenía libertades.
—El inglés es el idioma del futuro —le dije.
Se quejaba de los cinco años que pasó en Moscú en la carrera de historia, para que al final vinieran a decirle que nada de lo aprendido era cierto. Es más: la Unión Soviética había dejado de existir.
—Sin toallas sanitarias —dijo una vez.
—¿No había toallas sanitarias en la Unión Soviética? —preguntó Julia, sorprendida—. ¿Y qué usaban?
—Gasa y algodón —dijo Nina, y aspiró el humo de su cigarro.
El segundo grado de secundaria terminó y me despedí de María del Carmen. Increíblemente guapa como era, aplicada en la escuela, y además tan popular, a pesar de todo eso, se dirigía a mí siempre con deferencia porque yo había ganado el concurso escolar de cuento, en el que ella fue finalista.
—¿Qué vas a hacer estas vacaciones? —me preguntó, la falda del uniforme cinco dedos por encima de la rodilla: el límite permitido por las autoridades escolares.
—Me voy de shopping —dije.
Durante el viaje en carretera Julia anotó el kilometraje del auto, y llenamos el tanque para calcular cuántos kilómetros por litro daba el motor; era la primera vez que teníamos un auto cuyo medidor de gasolina funcionaba. Después de recorrer el desierto durante dos horas, le rogamos a mi padre que nos permitiera quitar el plástico de los asientos porque estábamos empapados de sudor. El aire acondicionado no estaba incluido, y mis padres hablaron de ponérselo algún día, aunque costaba mucho dinero.
Ciudad Juárez comenzó a mostrarnos su presencia con esporádicas construcciones a lo largo de la carretera. Según el mapa, era una ciudad mucho más grande que su contraparte norteamericana al otro lado del río, El Paso, Texas. El espacio entre los caseríos disminuyó, pero daba la sensación de que la ciudad jamás llegaría a ser algo compacto debido a sus grandes solares, entre una edificación y la otra, donde crecía la hierba. Pasamos la noche en un hotel. Al día siguiente, por la mañana, teníamos la cita en el consulado norteamericano. Mi padre apenas tocó su desayuno, preocupado por la posibilidad de que nos negaran la visa.
Nos hicieron ingresar a una sala de espera donde había diferentes cubículos para las entrevistas con los funcionarios del gobierno norteamericano. Un hombre de camisa blanca y corbata a rayas pronunció en voz alta el nombre de mi padre y le dijo que pasara a su escritorio.
—¿Qué le pasa a mi padre? —le pregunté a Julia.
CIA