TORNEO
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CUBIERTA
PORTADA
DEDICATORIA
CITAS
NOTA ACLARATORIA
PRÓLOGO: RAZONES QUE NO HE CONOCIDO
I. TORNEO (UN TEMA FREE JAZZ)
INTERLUDIO I
II. UN HOSTAL POCO IDEAL
INTERLUDIO II
III. BIG NO BEN O DE LA VIDA REPRIMIDA
INTERLUDIO III
IV. LAMENTO
INTERLUDIO IV
V. EL ARTE DE LA FUGA
CRÉDITOS
COLOFÓN
A mis padres, que me dieron una segunda vida.
Y a Marta, que me dio las vidas de Cristina y Daniel.
Hablar mucho de uno mismo es también una manera de ocultarse.
FRIEDRICH NIETZSCHE
El escritor es un aprendiz de brujo. Hace salir a la superficie fuerzas que luego no puede controlar.
JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
Salvo que tengamos interés en la obra que se representa, la vida no es más que un teatro con mala iluminación y un director incompetente.
ROBERT LOUIS STEVENSON
De todos los espectáculos posibles, deportivos o artísticos, el fútbol es el que más se parece a la vida, el que más adecuadamente la simboliza, casi un fiel trasunto de ella...
GREGORIO SALVADOR
Imaginar y recordar
se superponen y confunden;
pueblan, entrelazados, un instante
vacío con idéntica emoción.
Imaginar y recordar...
JOSÉ HIERRO
El libro que tiene entre sus manos no es una autobiografía ni pretende serlo, aunque sería absurdo negar su carácter autobiográfico. El personaje principal lleva mi nombre; su lugar de nacimiento es mi pueblo; el hilo argumental está marcado por las vicisitudes del autor; algunos protagonistas son reales, pero, no siendo pocos, ahí acaban los paralelismos. Por otra parte, debo reconocer que empecé a escribirlo para indagar en una etapa corta de mi vida a raíz de una decepción profesional y a modo de expiación. Me ocurrió que, a medida que avanzaba, el texto fue cobrando autonomía hasta que emprendió su propio camino. Llegado un momento decidí, por tanto, alternar la verdad histórica con la ficción literaria. Y digo bien, porque éste ha sido un ejercicio acaso con más alternancias que confluencias. Entiendo que esto puede prestarse a toda clase de objeciones, pero también sé que estas libertades hoy en día no tienen nada de particular. No invento nada. En cualquier caso, no me preocupa en absoluto. Yo sólo quería dejarme llevar por los recuerdos, incluidos los falsos e inventados.
Hasta la fecha de empezar, mi relación con la escritura se limitaba a colaboraciones periodísticas, artículos en revistas especializadas, unos cuantos prólogos y otros tantos cuentos inacabados, más la voluminosa edición de la obra en prensa de César González Ruano. Así que, fueran cuales fuesen mis últimas motivaciones, quería afrontar la experiencia mental y, principalmente, física de escribir un libro propio de cierta extensión. Nunca he sido muy disciplinado y quería medirme ante ese desafío. El de dedicar unas cuantas horas diarias a enfrentarme a la pantalla del ordenador como quien acude a un trabajo que no le permite faltar. Eso era todo. El resultado, aciertos y errores al margen, es este libro, del que quiero pensar que se trata más bien de un ensayo autobiográfico. Mis puntos de vista, tanto de mí como de familiares, seres queridos, amigos y personas con las que he coincidido a lo largo de mi trayectoria me fueron dictados desde una perspectiva menos fidedigna que creativa, por tanto manipulada estéticamente para lograr una cierta coherencia interna. Es decir, el que queda dibujado en estas páginas no soy del todo yo, sino una imagen fantaseada de quien fui. Del mismo modo, muchas de las semblanzas y algunos pasajes que aparecen en estas páginas no tienen ningún asiento en la realidad o, de tenerlo, sólo lo tienen de una manera superficial o fragmentada. Basten como prueba la descripción del hostal y las peripecias de sus protagonistas. Poco de lo que se cuenta de ellas se ajusta a la realidad. Dentro de las dificultades que entrañaba vivir sin familia en un inmueble poco apto para acoger a deportistas, recibimos un cuidado irreprochable y un trato cariñoso de las personas que estuvieron a cargo de nosotros. Pero, como en tantas ocasiones, mientras escribía el libro me dejé influir por admirados modelos narrativos que me parecían más eficaces para el efecto que quería lograr dentro de un cierto contexto realista antes que someterme a la tiránica verdad de los hechos. En el caso del hostal, mis preferencias estuvieron claramente orientadas por las lecturas del Lazarillo y el Buscón, libros que, como se sabe, compendian mejor que ningún otro la idiosincrasia de nuestro a menudo maltratado y engañado pueblo.
Nunca he sido amigo de venganzas ni de ajustes de cuentas. Sería para mí un fracaso que se leyera esta obra como nacida del resquemor, que, por lo demás, me es bastante ajeno. Hay anécdotas y reflexiones teñidas de cierta amargura, pero ello tiene que ver más con mi forma de mirar la vida en general que con lo que me deparó mi actividad profesional. Todo lo que he sido y soy se lo debo al fútbol. Mi agradecimiento a él es innegociable.
En otro orden de cosas debería confesar que soy poco amigo de los compartimentos estancos, lo que no me hace ignorar que en este país resulta imposible que alguien sea ya no digo respetado, sino tenido en cuenta cuando se expresa en un ámbito distinto de aquél en que se dio a conocer. No albergo ninguna esperanza al respecto. Por eso acepto sin pesar que este libro pueda ser incomprendido por mi gremio y obviado por el literario, pero en mis días ha sido una constante moverme en dos mundos aparentemente enfrentados: el del balón y el de la cultura. Una rareza que los tiempos han venido a normalizar, pues la intelectual y la deportiva ya no se ven como dos actividades enemigas y excluyentes, según se ha creído durante mucho tiempo. Y, por fortuna, hoy en día muchos de los prejuicios que estigmatizaron el fenómeno futbolístico se han mitigado. Es más, casi diría que en un movimiento compensatorio hemos pasado de un estado de persecución y desprecio a otro de libre y distendida vindicación de una afición vinculada no sólo con el instinto lúdico (Johan Huizinga), la sociología del juego (Roger Caillois) o la mitología y el símbolo (Vicente Verdú), sino también con una sana forma de preservación de la infancia (Javier Marías) e incluso con otra de reformulación religiosa (Vázquez Montalbán, Juan Villoro).
No quisiera continuar esta nota sin referirme siquiera con brevedad a la estructura del libro, intencionadamente digresiva. En el relato principal propuesto se van intercalando vidas y temas emanados de él o que fluyen hacia él. Sé que esta técnica no está libre de transmitir sensación de gratuidad, incompetencia o arbitrariedad compositiva, pero lo cierto es que, al menos desde mi forma de verlo, estaba si no justificada, al menos sí excusada por dos circunstancias. Una, la influencia del jazz, del free jazz, mejor dicho, a cuyos máximos exponentes, en especial a Ornette Coleman, me aficioné justo cuando concebí este trabajo; y otra, mi predilección por libros cuyas propuestas de no-ficción he leído y sigo leyendo, a algunos de los cuales, por cierto, se adelantó uno que nunca ha dejado de perseguirme: Monte Odina de Ramón J. Sender. Y aún debería añadir otro factor no menos crucial: mi forma de ser inconstante, impaciente e imprevisible. La escritura, como el fútbol, es un reflejo de lo que somos, amamos y odiamos, de modo que de mala manera podía salirme una obra diferente de lo que pienso y siento y de cómo lo hago.
Por lo demás, mientras escribía estás páginas, tuve que decidir qué hacer con los nombres de algunos personajes. Al principio creí que lo mejor sería ponerles los suyos auténticos sin más, pero, según evolucionaba la historia, lo pensé mejor y los cambié por iniciales o por otros ficticios, pues se me hizo evidente que, si bien se trataba de tipos reales, el retrato subjetivo, por tanto distorsionado, que me imponía la narración no les hacía justicia.
Para terminar, tal vez no esté de sobra hacer una última reflexión relativa al tono de este relato. Al repasarlo, me he dado cuenta de que hay más fragmentos de los que me hubiera gustado que tienden a la gravedad, incluso no sabría decir si a la solemnidad o a la pedantería. No hay cosa que deteste más que un tono así, pero, por no ser demasiado severo conmigo, diré en mi defensa que, durante los cuatro años que abarcaron aquellas tribulaciones, uno era una bomba de relojería a la que nada hacía gracia y que todo lo miraba con la seriedad y el intelectualismo propios de alguien a quien, por falta de una vida menos atormentada, se creyó todo lo que leía.
Cuando apenas tenía un año, estuve a punto de irme de este mundo por culpa de un estúpido error. No sabría decir en qué medida aquel suceso me dejó traumatizado, pero a menudo he recurrido al desafortunado episodio para intentar explicar algunos rasgos de mi carácter. Los hechos que tal vez lo expliquen comenzaron un caluroso día de mayo, mes en que se celebra en mi pueblo el culto de las Cruces. Dos son las festividades de los devotos: la de la Santa Cruz de la calle Sevilla, o «piompera», que tiene lugar la primera quincena del mes, y la de la Santa Cruz de la calle Cabo, o «bartola», la segunda. El día en que salía el romerito de ésta, compuesto por carros, charretes, coches de caballos, y acompañada por un tercio de la Legión, mis padres decidieron salir a festejarlo conmigo y con mi hermana. Me vistieron con un trajecito de punto blanco: pantalón, camisetilla y unos zapatitos de hebilla a juego. Yo debía de ir muy emperejilado en mi cochecito de capota con tela azul y mi madre, sentirse feliz con aquel retoño, que era el segundo, el más pequeño y el único varón. Me gusta pensar en el orgullo de mi madre, joven y guapa, de paseo con su bebé y su hija de cuatro años. Acompañándola, estaba mi padre, al que puedo evocar a partir de ciertos rasgos físicos: un hombre de poca estatura, pero en buena forma, pelo rubio peinado hacia atrás, ojos verdes y vivaces, labios gruesos. Y también por otros datos biográficos: nació en plena Guerra Civil y, como todos los de su generación, salió adelante a duras penas en un país destruido. Su madre murió cuando apenas era un niño y su padre, un tonelero virtuoso de las duelas y la garlopa, vivió recluido en un mutismo rayano en la hosquedad. Primero conduciendo camiones, luego arreglando coches, mi padre trabajaba casi dieciocho horas con la única idea de huir de las penurias de la época. Las otras seis las dejaba para cuidar de su familia y soñar con un mañana mejor. Aquel día, él y mi madre estuvieron recorriendo las calles decoradas con alumbrados y farolillos casi hasta la puesta del sol; presenciaron las maniobras de la escuadra de gastadores de la Legión; visitaron a amigos y familiares; hablaron con los vecinos; bebieron manzanilla, cerveza, y comieron pavías, gambas, jamón, queso. En un momento dado, mi madre empezó a preocuparse. Notó que me indisponía de repente, lloraba desconsolado e iba cobrando un color blancuzco, casi a tono con mis ropitas de punto. Asustada, le pidió a mi padre regresar a casa porque, en mi estado, no tenía sentido continuar la fiesta con aquel calor y el bullicio que reinaba en las calles. Cuando llegaron, lejos de mejorar y calmarme, mi llanto se hizo insoportable y el color de mi cara ya no era pálido, sino que empezaba a acercarse a la lividez. Y no paraba de llorar. Alarmada por mis berridos, una tía mía acudió junto a mis padres, a los que intentó calmar y sugirió que a lo mejor era hambre lo que yo tenía y de ahí mi malestar, pero mi madre le dijo que no hacía mucho me había dado la toma que me tocaba y no creía que ésa fuera la causa de aquel llanto tan escandaloso. Aun así, se terminó convenciendo de que podría ser la desesperación por comer el origen de mis dolencias. Me calentó un biberón de harina tostada y leche condensada y se dispuso a dármelo, pero, cuando me acercó la tetilla a la boca, reaccioné apretando los labios y continué llorando como un loco. Consideraron, entonces, que tal vez fuera el calor de aquel día y el haber estado tanto tiempo en la calle lo que podría haberme insolado. Me desnudaron, me dejaron solo con el pañal y me refrescaron con un trapo mojado el pecho y la cabeza. Parecía que la humedad me calmaba, pero, al segundo, volvía de nuevo a llorar. Desesperados, mis padres decidieron llevarme a un ambulatorio de paredes bajas que estaba al lado de la estación del ferrocarril. Como era día de fiesta, debía haber al menos un médico de guardia. Pero, cuando llegaron, el médico no estaba. Había salido un momento a atender una urgencia y lo más probable es que aún tardara un par de horas en regresar. La señora que nos facilitó la información se presentó como ATS y se ofreció a examinarme para ver qué podía decirnos. Por lo visto, yo no tenía nada. Mi aspecto decolorado podía deberse a las altas temperaturas, pero, a pesar de ello, no convenía darme nada. Estaba convencida de que con las horas me iría recuperando y dejaría de llorar. Sin estar muy conformes con aquel dictamen, pero con poco que decir en contra, mis padres me llevaron de nuevo a casa. Al cabo de una hora, como había pronosticado la presunta ATS, dejé de llorar, pero no porque me estuviera recuperando. Claramente, me estaba muriendo. Enloquecida, quien no se veía capaz de contener las lágrimas era mi madre viendo a su bebé inerte con los ojos hundidos y apagados, el cual si no lloraba era únicamente porque se le habían acabado las fuerzas. Pasaron una o dos horas más y la noche puso un poco de alivio en nuestro valle. Pero yo, si nadie lo remediaba, seguía camino a mi extinción. En su impotencia, en su escasez de recursos, mi padre intentaba pensar qué hacer mientras mi madre me acunaba entre sus brazos. Ambos acordaron volver al ambulatorio para conocer la opinión del médico si es que éste había vuelto de aquello tan importante que le había obligado a dejar su puesto, pero sobre todo rezaron para que mi fortaleza y mis ganas de salir adelante lograran superar lo que fuera que me estaba matando. Ocurrió entonces que un buen hombre, dueño de una bodega de vinos y de un molino de aceite, muy amigo de mi familia, se presentó en mi casa avisado de mi situación y aconsejó a mi padre trasladarme urgentemente a Sevilla. Él tenía la dirección de un pediatra de absoluta confianza, conocido suyo, que trataba a sus hijos desde que éstos nacieran. El consejo era muy prudente, sin duda, pero no estaba al alcance de mi padre porque todavía no tenía coche. Él mismo le prestaba encantado su Renault Gordini, pues era una temeridad perder un segundo en el estado en que él me veía. Así lo hicieron. Corrió veloz el Gordini por la carretera antigua de Sevilla dejando a derecha e izquierda inmensos campos de girasoles, mientras los pueblos, apenas iluminados por farolas de luces ocres, iban quedando atrás envueltos en la oscuridad. Villalba del Alcor, Manzanilla, Paterna, Castilleja del Campo. Mi madre seguía sollozando conmigo en brazos y soltando ayes; mi padre conducía en silencio, concentrado al volante. Roto por dentro, procuraba contener la angustia y el miedo para no añadir más tensión a una situación ya dramática de por sí. Y yo adormilado o moribundo, seguramente agarrado al último aliento para no irme al más allá. Cuando llegaron a Sevilla y se adentraron hacia el centro en dirección a la calle Sierpes, donde estaba la consulta del médico, se dieron cuenta de que con los nervios y las prisas habían olvidado la dirección exacta que les había proporcionado su amigo. Al intentar recordar, fruto de la desesperación, mis padres se alzaron la voz para reprocharse tan imperdonable fallo, pues la verdad era que ya no había tiempo para perderse. Mi padre entonces se bajó del coche buscando a alguien a quien preguntar, lo que no tenía pinta de ser sencillo a esas horas. Sin embargo, después de unos minutos mirando por aquí y por allá, por fin, vio cómo un hombre (madrugador acaso por razón de su trabajo) doblaba una esquina y se aproximaba hacia donde estábamos nosotros. Como venía con paso lento, mi padre no quiso esperarlo y corrió a su encuentro. Cuando se puso a su lado resollando por la carrera y le nombró el apellido del médico, el desconocido le señaló con el índice un portal. Era el que estaba justo al lado de donde había parado el coche. Fue una coincidencia providencial. Con el tiempo, mis padres me tendrían que repetir una y otra vez aquella suerte que fue triple: que el médico fuera tan conocido, la aparición de un extraño cuando se le necesitaba y la casualidad de que el coche se hubiera parado en el sitio que debía. Salieron corriendo conmigo en brazos y dejaron el coche mal aparcado. Con el aldabón golpearon insistentemente la puerta, pero tardaron en abrir. Algo nada extraño porque tan sólo eran las seis de la mañana. Después de varios aldabonazos, apareció un señor mayor y canoso, en bata, con bigotito falangista. Se le veía legañoso y despeinado. Mi padre, tras disculparse por aquel sobresalto intempestivo, le dijo de parte de quién íbamos recomendados y eso fue suficiente para que el sorprendido doctor abriera su consulta y amablemente nos hiciera pasar. Mi madre le resumió lo que me venía pasando desde hacía bastantes horas; estaba desesperada y sólo quería que hiciera lo que estuviera en sus manos porque ya casi no sentía mi respiración. El médico le pidió que se calmara con el argumento de que los niños podíamos distinguir las emociones de las madres y el andar tan asustada sólo dificultaría mi recuperación. Cierto que tenía mala pinta, pero aún me quedaba vida. La animó, agarrándola, y se centró en mí. Me desnudó, me abrió la boca, que la tenía seca y estropajosa, y con un palito de madera me miró la garganta; luego, con una linterna pequeña me examinó los ojos sin ningún brillo y, finalmente, los oídos. Cuando terminó con tales operaciones, me puso entre sus piernas y con el estetoscopio auscultó mi respiración primero por el pecho y después por la espalda. Tenía la piel como la de un viejo. Respiraba con dificultad; el pulso lo tenía muy bajo. «Y dicen que han tenido al niño todo el día de arriba para abajo con estas temperaturas», dijo. «Mire usted, así es.» Me depositó en los brazos de mi madre y, tras disculparse, se levantó un momento y desapareció por la puerta. Nada más irse, entró una señora de rostro luminoso que resultó ser su esposa, una mujer que, incluso de madrugada, se veía que había sido muy guapa. Se sentó al lado de mi madre y estuvo tranquilizándola para que confiara en su marido. Al poco, éste volvió con un pequeño biberón que debió de hacer pensar tanto a mi padre como a mi madre que se trataba de algún medicamento. Me volvió a coger y me puso la tetilla en los labios. Al parecer, al principio empecé a succionar con desgana por las pocas fuerzas que tenía, pero poco a poco debí de ir haciéndolo con más fruición y cuando terminé con el contenido del biberón, el médico se marchó para aparecer nuevamente con otro, del que sólo bebí la mitad. Nada más acabar el tratamiento de los biberones, mis padres, que no habían dejado de mirar desconcertados la escena sin querer molestar al pediatra, se retreparon en sus sillas esperando alguna explicación, que imaginaron sería alguna fuera del alcance de su entendimiento. «Señora —dijo entonces el doctor con aplomo y visiblemente más tranquilo—, su hijo no tenía nada que no se pudiera resolver con agua.» Mis padres pusieron cara de extrañeza. «Tan sólo tenía sed. Ha estado a punto de morir deshidrato. No entiendo cómo no se han dado cuenta ustedes antes.» «Pues porque la ATS nos dijo que no tenía nada», le explicó mi padre. «Tampoco la culpe por ello —dijo el médico quitando hierro al asunto—. Habría que ver dónde les dan los títulos a esas ATS y quiénes las ponen ahí.» Mis padres comentaron que incluso era probable que la fingida ATS sólo fuera una amiga del médico sin cualificación que le estaría guardando el sitio. «Lo mío le debió de parecer agobios de una madre inexperta.» El médico se encogió de hombros como queriendo evitar hablar de un problema que sin duda él conocía mejor que nadie y que no iba a solucionar en aquel preciso momento. «Dejémoslo estar —dijo—, lo único que interesa es que a partir de ahora su hijo empezará a encontrarse mejor. Lo peor ya ha pasado.» Y fue cierto, pues cuando mi organismo fue asimilando toda el agua que había tomado recuperó la normalidad. No obstante, pese a mi clara mejoría, el médico nos indicó que aún permaneciéramos un poco más en su casa pues quería asegurarse de que mi recuperación no sufría ningún retroceso imprevisto. Al cabo de un tiempo, durante el cual el peligro parecía estar bajo control, mi padre estimó que no debíamos seguir allí molestando. Y se dirigió al médico. Sacó su billetera y le pidió que le dijera cuánto le debía, que cualquier precio sería poco con lo que había hecho por su hijo. El pediatra dibujó una leve sonrisa, se echó el pelo para atrás con los dedos y le dijo que no se preocupara, que aquello no había sido nada, y que por su parte ya estaba pagado con mi curación. Eso era lo más importante. Mis padres, que no sabían cómo agradecer tanta amabilidad y generosidad, aún tuvieron que oír decir al pediatra que estaba convencido de que, de haber sido él quien se hubiera presentado en La Palma con su hijo con algún problema, mis padres habrían hecho lo mismo por ellos. El único mérito que tenía era el de haberse portado como lo haría un buen hombre. De modo que, en vista de que sería imposible que el doctor aceptase nada, mis padres le dieron otra vez las gracias, se despidieron y volvimos en el Gordini a La Palma, donde me esperaba de nuevo la vida.