Pardo, Edmée. Un poco de dolor no daña a nadie; ilustraciones de Maite Gurrutxaga. – México: Ediciones SM, 2017
Formato digital – (El Barco de Vapor, Roja)
ISBN: 978-607-24-2529-31. Literatura mexicana - Literatura infantil 2. Amistad – Literatura infantil
Dewey 863 P37
Para ti, que me has acompañado
al fondo del abismo.

CUANDO Ariel se enteró de que la fiesta de Halloween se suspendería, le dieron ganas de aventarle algunas verdades en la cara a la directora de la secundaria. Durante el homenaje del lunes aprovechó para lanzar una arenga en favor del Día de los Muertos, “que es más nuestro y genuino”, y arremetió, casi con lágrimas en los ojos, contra las costumbres extranjerizantes y nocivas que lastimaban la idiosincrasia nacional. Ante tanto entusiasmo derramado, daban ganas de morirse en aquel instante para ser festejado el siguiente 2 de noviembre.
Todo el año se había esmerado en ir recaudando cada elemento necesario para elaborar el mejor disfraz. Esta era su mejor oportunidad de obtener el codiciado premio, que los dos años anteriores se le había escapado por un pelito: un viaje a Mazatlán para dos personas, con todos los gastos pagados. Soñaba hasta babear con Jimberly Jocelyne, la chica más guapa del 3°B.
Apenas si pudo reunir los 300 pesos que exigían como pago para entrar al concurso. Si no hubiera sido porque vendió los portarretratos de plata donde descansaba la foto de la abuela, y algunos cuchillos y cucharas que robó de la alacena, no habría conseguido pagar esa cantidad. Valía la pena arriesgar un poco con tal de obtener el ansiado premio.
¿A quién que estuviera en su sano juicio podía importarle la celebración del Día de los Muertos? ¡Pues solamente a los ñoños, amantes de los altares y las ofrendas, de las calaveritas de azúcar y de Frida Kahlo! En esta ocasión se había esmerado como nunca en confeccionar su disfraz y en diseñarse un aspecto terrorífico y repulsivo. Estuvo revisando trucos y artimañas para perfeccionar su caracterización: encías sangrantes, dientes podridos, ojos colgantes, dedos descarnados hasta el hueso, una sonrisa enferma, una mirada desquiciada, el traje en ruinas, los zapatos rotos, las uñas verdosas. Y la gran cicatriz de forajido del viejo Oeste era tan convincente como su aspecto de zombi recién salido de la sepultura.
Se miró de reojo en el espejo y le dio miedo. Parecía otro el sujeto que lo observaba desde el cristal, no él mismo. Sonrió. ¡Qué tontería! Hasta se podía tragar el cuento de que era un verdadero zombi. Dio los últimos retoques a la cicatriz que le partía el rostro de un extremo al otro. Ni un criminal la habría dejado mejor. Estaba linda esa rajada cruda y brutal que goteaba sangre de plástico.
En la mesa de la cocina había cacahuates, papitas y un libro de relatos de brujas que su hermana Lola, de siete años, había dispuesto para la piyamada con sus amigas tontas y feas. Cada último sábado de mes organizaba una, después de llorar a mares y arrancarse los cabellos delante de mamá. Al final se salía con la suya. Las lágrimas le funcionaban muy bien. Además, su mamá siempre tenía prisa por irse al casino o a chismear con sus amigas al café.
Salió al jardín trasero para servirle croquetas a Kimy, pero esta no lo reconoció. Asustada, empezó a ladrarle, al tiempo que gimoteaba. Si la perra se tragaba el engaño, sería más fácil confundir a cualquier humano.
El viento movía las hojas de los árboles, que susurraban entre sí.
Los de la preparatoria nocturna —que organizaron otra fiesta de Halloween y un concurso semejante— no se anduvieron por las ramas. Ellos sí habían rentado una vieja casa abandonada y la habían acondicionado para realizar ahí la mejor fiesta macabra. Supo que consiguieron la vieja casona de los Aranguren en la calle Paseo de las Aves. El mejor marco para celebrar la antigua noche de brujas y demás criaturas del infierno en un lugar sombrío, con el techo a punto de venirse encima de sus cabezas huecas, con puertas que rechinaban como ataúdes quejumbrosos y muebles comidos por la humedad y el olvido. Aquel barrio estaba lleno de casas viejas que nadie compraba por el exagerado precio que tenían. En cualquier momento el viento se encargaría de tirarlas y convertirlas en un montón de escombros.
Ariel no recordaba dónde se situaba exactamente la mansión. Anotó el domicilio en un papelito, pero no daba con él. Se buscó en el bolsillo y no encontró nada, solo un poco de pelusa. Le mandó un mensaje a Lucho, esperando que le indicara el lugar, pues con frecuencia lo sacaba de apuros.
La fiebre del 31 de octubre se desató en la ciudad al oscurecerse el cielo. Decenas de niños corrían presurosos, tratando de extorsionar a los adultos con la consigna:
—¡Queremos Halloween, queremos Halloween! ¡Si no nos dan dinero, haremos cochinero!
Llevaban disfraces mal hechos de brujas, duendes, Drácula, diablos y hasta del Chapulín Colorado o de princesas cursis. Llamaron a la puerta de la casa una y otra vez, sin cesar. Ariel se estaba colocando una gota de sangre falsa en la comisura de los labios y se asomó, apartando la cortina. Entonces decidió hacerles una broma. Abrió la puerta de golpe y se plantó en el umbral con su desgarrada y ensangrentada indumentaria de muerto viviente ante los niños. Los gritos más agudos que se han escuchado en diez kilómetros a la redonda salieron en ese momento de sus gargantas. Corrieron despavoridos hacia cualquier parte, aventando las canastas de dulces y las monedas que llevaban en las manos, llorando, mientras sus madres, histéricas, trataban de detenerlos. Rio a carcajadas. Luego recogió algunas monedas de cinco y diez pesos, y las guardó.
Le echó un vistazo al reloj de la sala. Las diez y media. Lola y sus amiguitas ya estaban en su cuarto, de seguro poniéndose los calzones o los zapatos de su mamá o saltando como locas sobre la cama. A las 11 empezaba la tétrica fiesta. Le dio hambre; fue a la cocina y devoró un plato de cereal de chocolate. Menos mal que el abuelo no se hallaba en casa, porque habría muerto de un infarto fulminante si hubiera visto a un zombi comiendo Choco Krispis. Le mandó un mensaje a Kimberly Jocelyne: “‘entonces qué, m’ija? Nos vemos al rato en la pary. Iré de zombi”. Era curioso: a ella le gustaba que la llamaran así, por su nombre completo. Nada de Kim ni de Joce.
—Mi mamá no se quemó la cabeza para ponerme este nombre tan nice como para que lo hagan menos —le reclamó a sus amigas en alguna ocasión. Llevaba su ridículo nombre como si portara una banda de Miss Universo.
Esperó que no pusiera pretextos esta vez y asistiera disfrazada de vampiresa sexy. Se veía tan hermosa con aquellos colmillos sangrantes y aquellas ojeras negras, que le daban ganas de abrazarla y arrancarle los labios de un mordisco. Pero la cosa era tranquila. Tarde o temprano caería en sus brazos de zombi o de humano, ¡qué importaba! Y esta podía ser la noche.
Se metió a Youtube y estuvo checando monstruos en la red. El tiempo se fue aprisa y cuando volvió la mirada hacia el reloj, el minutero ya marcaba las 11 de la noche.
Hora de partir.
Sacó el frasquito con olor a bistec podrido y se vació algunas gotas en el saco andrajoso para darse un fétido toque realista.
Volteó hacia la escalera que conducía a la habitación de su hermana y gritó:
—Ya me voy. No le abran la puerta a nadie. Al rato llega mi jefa.
Pero nadie contestó. Pensó que estaban entretenidas leyendo el libro de brujas o pintándose la boca con los labiales de su mamá. Salió de casa después de echarse en la boca una pastilla de Clorets. La plaga de niños había desaparecido de las calles. Quedaban muchos dulces desparramados por el suelo. No evitó pisarlos.
Los árboles parecían conversar entre ellos. Sobre los techos de las casas la luna tenía ahora una palidez cadavérica. Le encantó, porque de algún modo todo obedecía a un orden secreto esta noche de Halloween. La calle Paseo de las Aves no estaba demasiado lejos, así que decidió no tomar taxi, ahorrarse unos cuantos pesos y caminar un poco. Continuó caminando por las calles anchas del viejo barrio y atrás quedaron las casas conocidas. Su sombra se proyectaba en la acera y al mirarla le daba la sensación de que no le pertenecía, de que era una sombra ajena. Se preocupó porque no sabía dónde exactamente era la fiesta. Sacó el teléfono celular y revisó si tenía mensajes. Nada.
—¡Demonios! —exclamó.
Llamó, pero la grabadora lo mandó al buzón. Alzó la mirada y vio un cielo negro como el carbón. Los ruidos fueron quedando atrás y pronto el chirrido de los grillos se adueñó de la noche. En otros tiempos la calle Paseo de las Aves había sido exclusivamente para las familias más acaudaladas de la ciudad, pero con los años los residentes fueron muriendo y quedaron abandonadas, aguardando nuevos propietarios. Aquel conjunto de casonas era el escenario ideal para una fiesta de brujas porque no se veía un alma en muchos metros a la redonda. Pasó frente a las primeras casas y no vio que hubiera movimiento. Fue en la segunda manzana donde observó algunas sombras a través de las ventanas.
Apuró el paso y se detuvo frente a una enorme mansión arruinada que conservaba una extraña belleza, como una anciana que en pleno declive mantiene la cabeza erguida. Las ventanas, con los vidrios rotos, parecían ojos ciegos posados sobre la ciudad moribunda. Un murciélago salió de la chimenea y se perdió en la oscuridad. Puso el teléfono en modo de vibración, anulando el sonido, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Tomó aire y recordó la estricta regla que todos debían acatar: no hablar con nadie y personificar cabalmente a su monstruo hasta la medianoche. Cruzó la cerca y observó los leones de piedra descalabrados que custodiaban la entrada en el antiguo jardín.
Un olor a caca de murciélago lo golpeó al entrar en la casa. Un tipo flaco, de casi dos metros de estatura, lo esperaba en el vestíbulo. Cordialmente le permitió el acceso al interior, donde gobernaba la penumbra. Una armadura medieval sostenía un hacha larga entre los puños y amenazaba con dejarla caer sobre su cabeza. Olores nauseabundos dominaban el aire. Las telarañas cundían por los rincones; arañas enormes aguardaban sigilosas. Vio candelabros con velas rojas y negras colgando del techo. Cadáveres de gallinas negras pendían también de algunos alambres, y de sus pescuezos cercenados goteaba sangre. La ambientación era genuina, mejor de lo que esperaba. Hasta daban ganas de hacer un aquelarre y sacrificar a algunos compañeros que le caían mal.
—¡Esto está de pelos! —musitó. Nadie lo escuchó.
Adentro ya se encontraban algunos invitados: allí estaban el monstruo de la Laguna Verde, que dejaba un rastro de algas y agua podrida a su paso; el Hombre Lobo, que solo emitía gruñidos cortos y movía la nariz sospechosamente; la momia egipcia, que caminaba tambaleándose y parecía que se convertiría en polvo; Drácula, que vestía con su acostumbrada elegancia; el verdugo, con su máscara negra; Jack El Destripador, que lamía su daga ensangrentada, y otros más. Las caracterizaciones eran endemoniadamente buenas. Le dieron ganas de felicitarlos, pero sabía que nadie hablaría hasta que dieran las 12 de la noche. No sería fácil obtener el primer lugar. Buscó a Kimberly Jocelyne, pero no había llegado. Ojalá que sí viniera disfrazada de vampiresa.
Se sentó en un sillón desvencijado que no brindaba ninguna comodidad, pues un resorte se le encajaba en la espalda. Cuatro o cinco minutos después, sintió que algo le caminaba por el brazo. Era una cucaracha negra del tamaño de una tarántula. De un manotazo se la quitó de encima. La novia decapitada lo miró con ojos intrigados.
Se escuchaba música de órgano que venía desde el fondo del salón. Siguió observando: los cuadros llenos de polvo, las puertas desvencijadas, la chimenea con las cenizas de brasas encendidas hacía décadas. Y el olor a excremento de murciélago, que impregnaba el aire.
Entró un Frankenstein de casi dos metros. Pensó: “Seguro es Lucho. A mí no me hace menso. Aunque se esconda bajo tres capas de pintura verde”.
Lo saludó con un gruñido, pero el monstruo verde no le devolvió el saludo.
—¡Qué payaso! —dijo entre dientes.