PEDRO OLALLA

HISTORIA MENOR DE GRECIA

UNA MIRADA HUMANISTA SOBRE LA AGITADA HISTORIA DE LOS GRIEGOS

PRÓLOGO DE

NIKOS MOSCHONAS

MAPAS DE

PEDRO OLALLA

ACAN

ACANTILADO

BARCELONA 2013

καὶ νῦν φρόνιμος νέον ἄλγος ἔχει

[y ahora que es consciente tiene un nuevo dolor]

SÓFOCLES, Ayax, 259

PRÓLOGO

por NIKOS MOSCHONAS

Cuando hablamos de historia, acostumbramos a evocar los grandes acontecimientos que han determinado el devenir de la humanidad. Entendemos por historia el relato y la interpretación crítica de los hechos, unidos a la descripción de los contextos y a su correspondiente análisis. Así, la historia de un pueblo está hecha de aventuras, migraciones, incursiones, guerras, catástrofes, matanzas, esclavitud, saqueos, desastres naturales, hambre y muerte, pero también de paz, progreso, mitología, religión, filosofía, ciencia, ley, comercio y arte.

Durante mucho tiempo, la concepción histórica imperante fue la cronográfica y dinástica, la cual ubica los hechos en el tiempo asociándolos por lo general a los gobernantes. En el estudio de la historia, raras son las veces en que descorremos el velo de los acontecimientos para descubrir tras él los momentos invisibles de la acción de los hombres, los momentos del drama personal o colectivo de los protagonistas o de los simples testigos de los hechos. Sin embargo, cuando esto sucede, asistimos a grandes momentos de la existencia humana. Y a esto es precisamente a lo que aspira este libro de Pedro Olalla, Historia menor de Grecia. Un título elegante, lacónico y enérgico a la vez. Porque está claro que no se trata de una «historia griega» a pequeña escala, ni tampoco de un relato histórico convencional; se trata de un intento de poner de relieve estados psicológicos, deliberaciones solitarias, decisiones, actitudes, acciones. Conocedor de la historia y de sus fuentes, Pedro Olalla se acerca a la vivencia histórica y atrapa el devenir de los hechos, detectando y realzando los instantes y sucesos menores que la historia oficial no registra, precisamente por no tener cabida en ella. Cosas pequeñas, secundarias e ignoradas, que, sin embargo, encierran a menudo el germen de lo grande y de lo decisivo, sostienen los grandes acontecimientos históricos.

Historia menor de Grecia supone una detección, una recomposición y, hasta cierto punto, una restauración de los silencios de la historia griega, o, mejor dicho, de la del helenismo, juzgado en su devenir no sólo dentro de las fronteras tradicionales del espacio griego sino también más allá de ellas, allí donde el espíritu helénico ejerció su infuencia y conformó con ella otras culturas.

La mirada penetrante del autor recorre este camino desde los tiempos de Homero hasta los nuestros, desde la Jonia hasta la Magna Grecia, desde Atenas hasta el lejano Eburacum, desde Roma hasta Constantinopla, desde Antioquía hasta Cesarea, desde Bagdad hasta Mistrás, desde Quíos hasta Valladolid, desde Esmirna hasta Tepeleni. Allá donde se encuentra un rasgo de helenismo.

Lo grandioso y lo humilde, el cuestionamiento y el fanatismo, el nacimiento del arte de la palabra, la expansión de las colonias griegas, la guerra del Peloponeso, la dominación romana, la predicación de san Pablo en Atenas, las incursiones bárbaras, la cimentación del Imperio de Oriente, la destrucción de los santuarios antiguos, la persecución de los cristianos en tiempos de Juliano, la masacre del hipódromo de Tesalónica, las disputas dogmáticas y la guerra contra los herejes, la consolidación del poder papal, la influencia del espíritu griego en el Oriente islámico, la intelectualidad helénica en Italia, la diáspora griega en Occidente, la humillación bajo el yugo otomano… Si la historia es la ciencia que estudia obras y comportamientos humanos, el libro que ha escrito Pedro Olalla trata de historia «profunda», y el adjetivo menor no es derogatorio sino revelador, pues no alude al interés por lo secundario sino a la exploración y a la representación del lado más inaccesible del drama histórico.

N.M.

Historiador y director de investigación

Fundación Nacional de Investigaciones

Científicas de Grecia

 

 

[Las referencias bibliográficas que aparecen al final de cada capítulo, divididas en fuentes primarias y secundarias, no se citan alfabéticamente].

INTRODUCCIÓN

... oὔτε ταῖς ἐπιφανεστάταις πράξεσι πάντως ἔνεστι δήλωσις ἀρετῆς ἢ κακίας, ἀλλὰ πρᾶγμα βραχὺ πoλλάκις καὶ ῥῆμα καὶ παιδιά τις ἔμϕασιν ἤθoυς ἐπoίησε μᾶλoν ἢ μάχαι μυριόνεκρoι καὶ παρατάξεις αἱ μέγισται καὶ πoλιoρκίαι πόλεων.

[… pues no es en las acciones más ilustres donde se manifiesta la virtud o la vileza, sino que, muchas veces, algo breve, un dicho o una trivialidad, sirven mejor para mostrar la índole de los hombres que sangrientas batallas, nutridos ejércitos o asedios de ciudades].

PLUTARCO, Vidas paralelas

ALEJANDRO, 1.2

Sin duda con cierta ingenuidad, siempre he pensado que el fin de la historia es ayudar a mejorar el mundo. Y precisamente con esa ingenuidad—que me gusta creer que es la misma que ha impulsado a otros hombres a acciones desprendidas y valientes—está escrito este libro, esta historia de Grecia. Se llama menor porque no es una historia de los grandes personajes y hechos (o, al menos, no trata de ellos en la forma en que suele tratarse): esta Historia menor es una colección de gestos humanos en los que se demuestra la grandeza, la vileza o la contradicción.

La idea de la obra es recorrer la historia rastreando en esos gestos la formación y la supervivencia de una actitud vinculada a lo griego desde los lejanísimos días en que Homero comenzó la búsqueda de lo universal: la actitud humanista. Una actitud que, por supuesto, no es exclusivamente griega, que incluso ha sido reiteradamente traicionada por los griegos, pero que, sin duda, ha sido concebida, cultivada, defendida y recuperada, una y otra vez a lo largo de la historia, apelando de manera especial a lo griego.

Esta actitud de confianza en el hombre, en su capacidad y su conciencia para elegir libremente lo bueno, ha sido la fuerza que ha alumbrado la ética y ha defendido el pensamiento. Quienes la han cultivado no sólo han defendido lo que en su momento creyeron, sino la libertad y la dignidad de otros aún no nacidos, su posibilidad futura de conocer un mundo que no sea tan sólo el efecto de la represión y la mentira. Como es de suponer, esta actitud ha sido siempre de unos pocos: una actitud de resistencia frente a un entorno adverso y bárbaro. Sin embargo, cada vez que ha brillado a lo largo del tiempo en medio del abuso, de la desmesura o el oscurantismo, la humanidad ha dado un paso hacia la sensatez, hacia la ponderación, hacia la dignidad del hombre por encima de credos o intereses.

Esta actitud humanista le debe mucho a Grecia, pero la deuda es recíproca. Grecia, como ideal, es una patria espiritual eternamente joven, una creación in fieri, un reto abierto que atraviesa la historia como una revolución permanente, o, más aún, como una permanente seducción hacia lo mejor. Esa Grecia es, sin duda, la que ha atraído siempre a los espíritus valiosos que la han perpetuado en el tiempo. Pero ¿en qué lugar de su historia habita ese ideal? Su historia—como la de todos los pueblos—no siempre ha sido luminosa y radiante: está llena de gestos de soberbia, de irracionalidad, incluso de barbarie. ¿De dónde, pues, ha conseguido levantarse ese espíritu capaz de seducir a los más generosos y a los más preocupados por lo humano? Yo creo que de gestos aislados, ni siquiera de seres ejemplares: sólo gestos aislados, destellos de nobleza que han dejado su huella unida tanto al éxito como al fracaso. En esos gestos ha sobrevivido ese espíritu. Por ello, contra lo que cabría esperar, Historia menor de Grecia no es en el fondo la historia de un país, de un pueblo o de un territorio. Al igual que en la Historia escrita por Heródoto, los protagonistas no son los griegos ni los persas: son los hombres, todos los hombres.

No es fácil escribir historia: lo más frecuente es que lo que teníamos por cierto se tambalee o resquebraje al penetrar un poco más a fondo en ello. La historia que nos cuentan aborrece a menudo los matices; y, sin embargo, los necesita para acercarse a la verdad. Por lo que hace a este libro, todo lo que en él se cuenta ha sucedido. Y si no sucedió exactamente así, al menos sí influyó en la historia posterior como si así hubiera sido, lo cual es asimismo una forma de suceder. Las fuentes son por lo general escasas, y las informaciones de contexto que yo he podido recabar no siempre me han favorecido de igual modo en el propósito de aproximar al máximo intuición y vivencia.

Este libro, que aspira a ser rigurosamente histórico en cuanto al contenido, quiere ser rigurosamente literario en cuanto a la forma. No pretende, sin embargo, ser una novela histórica. Si esta obra hubiera sido escrita en otra época, podría haber sido muy bien una tragedia, o un poema épico, o un diálogo, o una colección de cuentos ejemplares. Pedirle cuentas hoy como novela para probar su literariedad me parece un proceder injusto, propio de una época que magnifica el valor de la novela como género artístico ignorando la historia de la literatura. Es más, escribirla en estos tiempos evitando que sea una novela me ha parecido un reto tentador.

Por otro lado, aun tratándose de un discurso marcadamente literario, he querido incluir las fuentes documentales al pie de cada texto para hacer más consciente el hecho de estar leyendo historia e invitar al lector a contrastar lo dicho. Tal vez así, la historia pueda volver a ser esa aventura indagadora aprendida de Heródoto. He querido, en fin, hacer un libro que permita sentir y pensar al mismo tiempo: sentir hondo, pensar alto, y también hablar claro. Nada más le pido a la historia ni a la literatura.

No es seguro, no obstante, que con estos esfuerzos logremos ayudar a mejorar el mundo. No es seguro tampoco que la actitud humanista que esta obra explora y defiende acabe triunfando sobre el abuso y la barbarie. Pero sí es absolutamente seguro que el abuso y la barbarie triunfarán con más dificultad entre quienes han hecho suyo este espíritu que entre quienes lo ignoran o lo menosprecian. Trabajando en esta obra, creo haber aprendido que lo que ha hecho mejor al mundo es la voluntad y la integridad de algunos individuos; y que si hoy el mundo es en algo mejor que en el pasado, es porque ha habido hombres que en algún momento han preferido hacer lo que consideraban bueno, aunque hayan fracasado o sucumbido, o, mejor dicho, aunque en ocasiones su victoria haya sido tan sólo moral. Hoy, al igual que siempre, son progresistas quienes luchan contra la injusticia y la ignorancia, y son retrógrados quienes las favorecen por alguna razón.

Escribir este libro me ha hecho consciente de la fragilidad de la civilización, me ha recordado que sus conquistas son efímeras y han de ser defendidas cada día que amanece, me ha ayudado a entender que la única civilización posible y digna de tal nombre es la que une a los hombres contra la barbarie, y me ha enseñado de un modo extraordinario a ser humilde, la única lección que nos repite de continuo la historia.

PEDRO OLALLA

Atenas, 2012

COSTAS DE JONIA ORIENTAL, MAR EGEO

C. 750 ANTES DE CRISTO

Apoyado en su báculo, un aedo de mediana edad y cuerpo robusto avanza a zancadas sobre las rocas bajo las que se esconden los cangrejos y los pulpos. El agua que entra y sale de las oquedades acompaña el flujo de sus pensamientos.

El aedo ha repetido ante muchas audiencias las genealogías de los antepasados, las proezas de los que fueron a Troya y a la Cólquide, las leyendas de aquel puñado de hombres que en los tiempos antiguos vivieron contiguos a los dioses y que incluso llegaron a disputar con ellos su destino. Rasgando la lira o la cítara e improvisando con maestría sonoros hexámetros, ha evocado una y otra vez la aurora de los dedos de rosa, las carnes humeantes sobre los trípodes de bronce, la mirada distante de los dioses y la ruidosa caída de los guerreros muertos.

Últimamente, el aedo se siente arrastrado por una tentación desconocida. Quiere llevar los mitos y los versos de la larga tradición en la que se ha criado hacia un poema nuevo: un poema donde lo colosal, lo oculto y lo eterno aparezcan al lado de lo humano, donde la muerte de un enemigo sea narrada con el mismo dolor que la de un aliado, donde se muestre verdaderamente que no hay sobre la tierra nada más miserable y más grandioso que el hombre.

Para lo que se propone, no necesitará—como es costumbre—narrar una campaña de principio a fin. Le bastará con unos pocos días anteriores a la toma de Troya, y no será siquiera necesario describir la caída. Él prestará su voz para cantar la cólera de Aquiles, que arrastró al Hades las almas de tantos aqueos y troyanos. Si la Musa consiente, hará entender que la fragilidad y la grandeza del hombre van unidas inseparablemente; se esforzará en trazar una imagen del héroe sin perfilar netamente sus rasgos ni señalarlo nunca de manera inequívoca; dejará percibir sus brillos de excelencia confundidos a menudo con bajeza o con contradicción; y hará sentir que el éxito y el fracaso son en el fondo circunstancias ajenas a su verdadera condición. Aquiles llevará este mensaje, pero también Héctor, y los dioses que los miran luchar, y el caballo que predice la muerte del Pelida.

Ahora, resguardado del sol en una gruta donde huele a salitre y a algas, presiente que el poema que se propone componer está llamado a sustentarse en la escritura en vez de en la memoria, a cambiar la voz de los aedos por la de esos extraños dones con voz y pensamiento que Cadmo trajo un día a estas tierras. Su creación exige una osadía, tal vez un sacrilegio: dejar la palabra expuesta al silencio de la mirada.

Prudente y reflexivo, el aedo reconsidera nuevamente su propósito. La brisa racheada aventa duras gotas de mar. En los tiempos que vengan, aunque callen la cítara y la lira, aunque desaparezcan las naves y las guerras, su creación no dejará de ser eterna, y los hombres alcanzarán la altura de esos nuevos versos tan sólo el día en que tomen conciencia de la humildad de su naturaleza, en que se sientan seducidos por sí mismos hacia el bien, en que se sepan jueces solitarios de sus actos, en que compadezcan de veras la desgracia y el sufrimiento ajenos, y en que consigan asumir su destino en vez de soportarlo. Es dudoso, no obstante, que esto suceda pronto.

HOMERO, Ilíada, Odisea.

NONO, IV, pp. 260 y ss.

GRIFFIN, J., Homer on Life and Death, Oxford, Clarendon Press, 1983.

PARRY, M., The Making of Homeric Verse. The Collected Papers of Milman Parry, Oxford, Oxford University Press, 1971.

KAKRIDIS, I., Ομηρικές Έρευνες, Atenas, Βιβλιοπωλείον της Εστίας, 1944.

—, Ξαναγυρίζοντας στον Όμηρο, Atenas, Βιβλιοπωλείον της Εστίας, 1971.

WILLCOCK, M., «Homer», en Hornblower, S., y Spawforth, A. (eds.), The Oxford Classical Dictionary, Oxford, Oxford University Press, 19963.

KIRK, G. S., The Songs of Homer, Cambridge, Cambridge University Press, 1962.

ANDRONIKOS, M., «Η ελληνική γραφή», en Ιστορία του Ελληνικού Έθνους, vol. 2, Atenas, Εκδοτική Αθηνών, 1975.

PITECUSA

MAR TIRRENO

C. 740 ANTES DE CRISTO

Hace ya más de una generación que los primeros griegos llegaron a esta remota isla de Occidente, a este volcán emergido del mar al que llamaron isla de los Monos. Las vides que plantaron entonces entre las cenizas han dado ya varias cosechas y abundantes primicias a Dioniso.

En estos años, los eubeos asentados sobre este peñón han construido sus casas con barro y con lava y han enterrado a sus muertos bajo túmulos de tierra cenicienta que, inevitablemente, semejan a su vez pequeños volcanes. Sobre yunques de piedra azul oscura han dado forma al bronce y al plomo, y en ágiles naves han traído hasta aquí aceite de los olivos de la lejana patria, vasijas de Atenas y Corinto, ungüentos de Fenicia e incluso escarabajos tallados de Egipto. Y de todo cuanto ha entrado en la isla han guardado constancia manejando con destreza el estilo como un arado que va y viene por huertos diminutos de cera o de barro.

A veces, con estas mercancías, han cruzado el brazo de mar que les separa de la tierra firme y han comerciado con los desconocidos. La tierra allí es también un campo de cráteres enormes que hace pensar en el maltrecho paraje donde nacieron los Gigantes. Pero, avanzando más allá de la playa, han alcanzado a ver varios lagos, y bosques espesos, y una llanura inmensa que por fuerza ha de ser fértil.

Ahora, dos hombres decididos han pensado que ha llegado el momento del salto. Megástenes de Calcis ha reunido a muchos compatriotas suyos dispuestos a lanzarse a la empresa de establecerse en la otra orilla e Hipocles de Cuma ha aceptado guiarles a cambio de dar a la nueva ciudad el nombre de su patria en Eubea. Cuma es un buen nombre para una tierra a la que se llega cabalgando las olas.

En un puñado de naves cruzan todos juntos el estrecho. Muchos miran al cielo, porque el oráculo de Apolo ha anunciado que una paloma les llevará hasta el lugar señalado para la fundación. Pero Megástenes e Hipocles confían también en que un estruendo de címbalos semejante al de los Curetes o los Dáctilos les guíe a las entrañas de esta nueva tierra, pues este suelo extraño agitado por los terremotos y recorrido por el fuego ha de tener, sin duda, metales nuevos con los que hacer espadas, escudos y lanzas más duras que el bronce.

VELEYO PATÉRCULO, Historia romana, I, 4.

ESTRABÓN, V, 4.

DIONISIO DE HALICARNASO, VII, 3.

TITO LIVIO, VIII, 22.

RIDGWAY, D., The first Western Greeks, Cambridge, Cambridge University Press, 1992.

BÜCHNER, G., y RIDGWAY, D., «Pithekoussai I», en Monumenti Antichi dei Lincei, IV, Roma, 1993.

COLDSTREAM, J., Geometric Greece, Londres, Methuen, 1979.

HAZELTON HAIGHT, E., «Cumae in Legend and History», en The Classical Journal, vol. 13, n.º 8, 1918.

Museo Archeologico di Pithecusae.

PASTOS DE ASCRA

MONTE HELICÓN, BEOCIA

C. 720 ANTES DE CRISTO

Nubes oscuras avanzan por el cielo como mansos rebaños: vienen de arriba, de la fuente del Caballo, y su sombra las sigue a ras de suelo deslizándose sobre los carrascos y los acebuches. Sentado en su zalea, bajo una encina, un pastor encorvado las mira pasar. Cuando era niño llegó aquí con sus padres desde Eolia, huyendo de la pobreza. Le llaman Hesíodo, y esta montaña lo ha hecho poeta.

Hesíodo tiene un hermano, Perses, que ha conseguido escatimarle la herencia de sus padres comprando con regalos la voluntad de los que mandan y que hace años está dilapidando con la misma inconsciencia el fruto de ese sudor ajeno. Sin embargo, ni la codicia ni la prodigalidad de Perses han conseguido destruir en Hesíodo el afecto y el desvelo que desde niño siente por su hermano.

Aquí arriba, en el silencio y en la soledad de estos montes, Hesíodo ha aprendido de las Musas que el hombre no ha sido siempre tan infortunado como en este tiempo en que el mundo está regido por el hierro. Hubo otros hombres, otros metales más blandos y más nobles, otros tiempos más dignos de nostalgia. Pero, a los largo de los años, la inconsciencia y la guerra han ido rebajando la estirpe de los mortales hasta su deplorable estado actual.

Las diosas de la montaña saben decir mentiras idénticas a las verdades, pero saben también, si lo desean, revelar al desnudo la verdad. Ellas, que enseñan la belleza y la armonía, le han revelado a Hesíodo el camino que conduce a los hombres a la única felicidad posible en la tierra. Se llama justicia, y es lo único que tienen para intentar una existencia feliz quienes han nacido en esta edad funesta. Ninguna otra esperanza puede haber para ellos que las conquistas de esa extraña fuerza que trata de imponerse sobre el abuso y la desigualdad; ningún otro amparo que el de esa violencia que hay que hacerse a uno mismo para obrar conforme a la verdad y dando a cada cual lo que merece. De ella vienen los bienes verdaderos, las sustanciosas bellotas de encina, la miel de la montaña, las ovejas que se encorvan bajo el peso de su lana. Y el día en que ella falte—el día en que no haya renuncia a favor de lo justo y no tenga valor la palabra, la verdad, la piedad ni la vida—, Aidó y Némesis levantarán el vuelo con sus blancos peplos hacia las cumbres de los inmortales, abandonando para siempre al hombre, y esta estirpe de vidas efímeras conocerá su fin.

Pastoreando su rebaño, bajando despacio de la fuente a la majada, estas razones discurre Hesíodo para su hermano Perses, para los poderosos que gobiernan estos tiempos sin héroes y para los humildes y oprimidos que aún no tienen consciencia de su dignidad. Afortunado aquel a quien las Musas aman y ponen en su boca el dulce canto.

HESÍODO, Trabajos y días; y Teogonía.

LEKATSAS, P., Ησίοδος, Atenas, Ζαχαρόπουλος, 1941.

ROUSSOS, E., «Από τον Όμηρο στον Ησίοδο», en Ιστορία του Ελληνικού Έθνους, vol. 2, Atenas, Εκδοτική Αθηνών, 1975.

OLALLA, P., y CARRILLO, R., Ευδαίμων Αρκαδία. Η σαγήνη ενός μύθου στον πολιτισμό της Δύσης, Atenas, Road Editions, 2005.

NAGY, G., «Images of Justice in Early Greek Poetry» en Irani, K., y Morris, S., Social Justice in Ancient World, Westport CT, Greenwood Press, 1995.

WADE-GERY, H. T., «Hesiod», en Phoenix, vol. 3, 3, Toronto, Classical Association of Canada, 1949.

LATIMER, J. F., «Perses versus Hesiod», en Transactions and Proceedings of the American Philological Association, vol. 61, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1930.

ANÁFLISTOS, ÁTICA

525 ANTES DE CRISTO

Según lo convenido con el maestro estatuario, esta mañana han llegado al taller los padres de Creso, el joven soldado de Anáflistos muerto en combate el pasado verano. Vienen a recoger la estatua funeraria que adornará la tumba de su hijo.

En la pequeña estancia dispuesta para la entrega, aquel inmenso bloque inerte traído desde Paros en barco y arrastrado hasta aquí sobre un carro de bueyes ha perdido su horizontalidad y su peso, se ha puesto sorprendentemente en pie apoderándose de la figura del muchacho, cobrando ligereza y vida ahora que ha pasado la muerte.

La visión de la estatua produce escalofríos. Por alguna razón, esta imagen de mármol no es como los colosos votivos del cercano santuario de Sunion, simbólicos y ausentes. Aquí, detrás de la sonrisa y la mirada, han quedado atrapadas la serenidad y la inocencia; ese pecho espacioso entregado a la luz parece aún lleno del aire limpio de la bahía; esos músculos nítidos y turgentes son, sin lugar a dudas, los de aquel muchacho que aún era un niño hace apenas tres años.

Pasados unos minutos, el lapicida entra en la sala con gesto reverente y solicita las palabras para grabar el epitafio. El padre le hace entrega de un trozo de papiro escrito la pasada noche. Su esposa y él han decidido que no habrá ningún elogio épico, ninguna alusión al valor o a la patria, ninguna mención al enemigo.

PÁRATE Y LAMÉNTATE ANTE LA TUMBA DEL DIFUNTO CRESO A QUIEN ANIQUILÓ EN EL FRENTE EL FURIOSO ARES

Museo Arqueológico Nacional de Atenas, piezas 3851, 2720 y 3645.

TURIOS

MAGNA GRECIA

443 ANTES DE CRISTO

Hace meses que esta hermosa bahía está viendo nacer una nueva ciudad: lleva el nombre de Turios, tomado de la fuente que el oráculo de Apolo señaló para su ubicación, no lejos de las ruinas de la vieja Sibaris.

Desde el amanecer, las naves descargan materiales en el muelle y los bueyes acarrean fustes hasta el llano sobre el que se construye la nueva ágora. A lo largo de avenidas ideales trazadas a cordel sobre la hierba, cientos de obreros excavan cimientos y levantan muros de sillares, inmersos en una especie de delirio colectivo. Bajo este cielo azul y luminoso, nace esta primavera una ciudad con clara vocación panhelénica, una fundación alentada por el ímpetu democrático de Atenas, un buen lugar, en fin, para un apátrida viajero como el halicarnasio Heródoto, que ahora, desde esta colina que cierra por el sur el puerto, contempla pensativo el trajín de los canteros y los estibadores.

Heródoto abandonó la humilde Halicarnaso de muy joven, expulsado por conspirar contra el tirano impuesto por los persas. Pasó entonces a Samos, pero sus inquietudes le llevaron muy pronto a recorrer la costa de Anatolia y la del Ponto, a visitar las islas del Egeo, a internarse en Asia hasta llegar al Éufrates, a remontar el Nilo hasta la lejana Elefantina y a conocer Fenicia, Libia y buena parte de la Hélade. Estos últimos años ha vivido en Atenas, compartiendo la amistad de Sófocles y de algunos sofistas. Calladamente, Heródoto se enorgullece de sentirse ciudadano del mundo, como un día lo fueron Solón, el escita Anacarsis, el propio Homero.

Ahora, el viajero ha decidido establecer su residencia en Turios y dedicarse aquí a exponer en un relato en prosa lo que ha intentado descubrir durante todos estos años vagando por el mundo: la causa de las guerras de las que proviene su destierro, el origen profundo del enfrentamiento entre griegos y bárbaros.

Ha decidido que en su obra no habrá musas que narren sucesos heroicos. No compondrá una genealogía mítica, ni una epopeya; lo que escriba será algo diferente: el resultado de sus indagaciones personales sobre lo ocurrido en el mundo durante el tiempo de los cuatro últimos reyes persas: Ciro, Cambises, Darío y Jerjes. Heródoto desea referir puntualmente lo que ha visto, lo que ha llegado a comprender mediante la razón y lo que ha recabado de testigos presenciales de los hechos y de sus herederos. Tampoco dejará de contar aquello que le han dicho como cierto aunque lo considere fruto de la fantasía, pues opina que negar la memoria a tales tradiciones no habrá de reportar más luz a la verdad en un futuro.

La obra que se propone compilar en esta nueva patria demostrará que, aun en la incertidumbre de lo humano, los sucesos que conforman la vida de los pueblos están, en gran medida, sujetos al valor y a la virtud de los hombres. Será una narración hecha sin acritud y con empatía, un gesto compasivo ante el sufrimiento y la desgracia de todos los que se ven envueltos en la guerra, una defensa de esa libertad por la que él mismo combatió de joven al tirano de su tierra natal, por la que huyó al exilio y por la que los griegos se enfrentaron a los persas en las batallas que ahora se dispone a contar.

A su llegada a Turios, resuelto a culminar su labor, Heródoto ha decidido que los protagonistas de ese insólito relato hecho a base de viajes y preguntas no serán los dioses ni los héroes, no serán sus compatriotas ni sus enemigos, no serán siquiera los griegos o los persas: serán los hombres, todos los hombres.

HERÓDOTO, Historia.

DIODORO SÍCULO, 12.10.

RODRÍGUEZ ADRADOS, F., «Prólogo» a Heródoto. Historia, Madrid, Gredos, 1977.

MYRES, J. L., Herodotus, Father of History, Oxford, Oxford University Press, 1953.

MOMIGLIANO, A., IMMERWAHR, H. R., FLORY, S., et al., Ιστορίη. Ηρόδοτος. Δεκατέσσερα μελετήματα, Atenas, Σμίλη, 2004.

GOULD, J. P. A., «Herodotus», en The Oxford Classical Dictionary, Oxford, Oxford University Press, 19963.

ATENAS

433 ANTES DE CRISTO

A esta hora en que comienza a declinar el sol, el viejo Anaxágoras ha recogido ya las pocas pertenencias que ha decidido llevarse consigo al exilio. Ahora, sentado ante la puerta de su casa, observando como siempre el cielo, mira pasar las golondrinas en su vuelo risueño y veloz. Mañana, al amanecer, vendrán a recogerlo los criados que Pericles ha dispuesto para que lo acompañen con discreción y con seguridad a Lámpsaco.

Cuando el filósofo llegó a la ciudad, hace ya casi treinta años, Pericles era sólo un muchacho que entraba bajo su tutela intelectual; ahora, a la hora de partir, aquel muchacho es el genio indiscutible de la democracia ateniense, el preclaro estratega que, hace unos días, ha tenido que salir en defensa de su viejo maestro para que quienes exigen que pague con su vida un supuesto delito de impiedad se conformen con una multa de cinco talentos y una ignominiosa condena al exilio. Atenas ha cambiado mucho en las últimas décadas, pero no lo suficiente para que alguien que sostiene que el sol es una masa de rocas inflamadas por el choque y la ruptura del éter no sea acusado de impiedad.

Anaxágoras deja una ciudad gobernada por el genio político de su discípulo Pericles, una ciudad que ha dado eco y reconocimiento al talento poético de su también discípulo Eurípides, una ciudad que, con el nuevo templo de Atenea, se ha convertido en capital indiscutible del espíritu griego. Pero las cosas, en el fondo, no han cambiado tanto. Atenas ha demostrado seguir siendo una ciudad tradicional, pía, supersticiosa y llena de fantasmas; fantasmas que, junto al templo de la diosa de la sabiduría, son invocados con solemnidad y sin rubor para desacreditar a cualquier disidente o a cualquier adversario político.

En sus últimas horas antes de partir para Lámpsaco, el maestro contempla desde lejos la Roca Sagrada. Con Anaxágoras, los atenienses envían al exilio al primer filósofo establecido en su ciudad, al primer hombre que, apartándose del lenguaje de los rapsodas, hizo circular una obra en prosa, al primero que se detuvo a indagar sobre el cielo y a escribir después un verdadero libro acerca de la naturaleza.

DIÓGENES LAERCIO, Vida de los filósofos.

DIODORO SÍCULO, XII, 39.

PLUTARCO, Pericles, 32.

CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Stromata, I, 78.

TOVAR, A., Vida de Sócrates, Barcelona, Círculo de Lectores, 1984 (19471).

FAIRBANKS, A., The First Philosophers of Greece, Londres, Kegan Paul, Trench, Trubner & Co., 1898.

ATENAS

431 ANTES DE CRISTO

Son muchos los que esta mañana han bajado hasta la Puerta Doble a rendir homenaje a los caídos hasta ahora en las hostilidades contra los espartanos y sus aliados. Siguiendo la costumbre, los carros de las diez tribus han traído ya los féretros de ciprés hasta el lugar donde será erigido el túmulo común. El sol comienza a rebasar las suaves cumbres del Himeto y hace brillar la escarcha sobre la hierba.

Poco a poco, la explanada va llenándose de gente: familiares que acompañan los restos de los héroes, mujeres que profieren lamentos, ciudadanos, metecos, esclavos y, sobre todo, un elevado número de campesinos abatidos que aún no han abandonado la ciudad desde la retirada de los enemigos. Dentro de lo que cabe, se respeta el silencio. Los que van llegando buscan acomodo alrededor del túmulo, a la espera de que empiece el discurso. Dicen que esta vez será el propio Pericles quien pronuncie las palabras en honor de los muertos.

Desde la muralla, se ven todavía negros los campos de Acarnas y Egaleo. Los cipreses quemados jalonan el paisaje y un viento suave trae a la ciudad un olor a tizón, despertado hace días por las primeras lluvias. A finales de la primavera, la decisión de Pericles de no presentar batalla ante los espartanos acampados en las tierras de cultivo mantuvo a los agricultores encerrados tras los muros viendo cómo los trigos ardían en sazón. Sólo los viejos recuerdan haber visto algo así cuando las guerras con los persas.

La multitud murmura unos instantes mientras Pericles sube a la tribuna. Últimamente lo acusan de indecisión, de arbitrariedad, de haber provocado la guerra. El discurso se inicia con la esperada alusión a los héroes, pero las miradas de quienes escuchan comienzan a cruzarse cuando Pericles dice que los elogios sólo siembran recelo y que mejor sería honrar con obras a quienes con obras han dado muestra de su virtud. Luego, como es costumbre, menciona a los antepasados; pero pasa por alto las hazañas bélicas y se detiene sólo a recordar que, por su virtud, lograron dejar en herencia una patria libre.

Ahora comienza a hablar de la ciudad, de sus leyes cabales y modélicas, de la igualdad de todos ante ellas, de la valoración de cada uno en función de sus méritos, y del gobierno del Estado según los intereses de la mayoría y no los intereses de unos pocos. «El Olímpico» se muestra sereno, elocuente, noble, comedido. Habla de una ciudad abierta, sin recelo a lo extraño, de unos hombres dispuestos a gozar de la vida y a alejar lo penoso con el placer que traiga cada día, dispuestos a hallar modos de ofrecer al espíritu reposo y alimento. Algunos comienzan a inquietarse y vuelven la mirada hacia donde se encuentra Aspasía.

Pericles continúa hablando de hombres que aman la belleza sin apartarse de la sencillez y que cultivan el conocimiento sin abandonarse a la molicie. De hombres a quienes la riqueza les brinda la posibilidad de obrar y no la de vanagloriarse, que se interesan de igual modo por lo público y por lo privado, que llegan al arrojo movidos por la libertad y la reflexión y no por la ignorancia, de hombres a los que no vivir para la guerra no les resta valor ni valentía.

Sus últimas palabras son para recordar a los presentes que por esos valores lucharon y murieron los que ahora son honrados en el túmulo, que ésta fue la ciudad por la que dieron su vida, y que su lucha no tuvo para ellos el mismo sentido que para quien no tiene ninguno de estos bienes que disfrutar ni que perder.

El discurso ha sorprendido a todos. Algunos no saben qué decir, otros vuelven a la ofensiva recordando lo ocurrido en Egina y en Mégara. Pero la mayoría de los que le escuchan volverán a confiar en él, sabiendo sin embargo que es un enorme riesgo asentar un Estado sobre la libertad y la virtud de los hombres, que las conquistas de que habla nunca estarán ganadas definitivamente, y que el invierno pasará y con la primavera volverá la guerra.

TUCÍDIDES, II, 18-35.

PLUTARCO, Pericles.

ATENAS

RIBERA DEL ILISO

C. 420 ANTES DE CRISTO

Sócrates y el joven Fedro han cruzado la muralla prolongando su paseo hasta el santuario de Pan en la ribera del Iliso. Sentados ahora bajo un enorme plátano, descansan y conversan a la sombra oyendo un bullicioso coro de cigarras. Hace un momento, con una sonrisa, Sócrates le ha contado a Fedro lo que dicen de estas pequeñas criaturas: que un día recibieron de las Musas el don de no necesitar alimento, el de pasar la vida entregadas al canto y el de comunicar a esas divinidades protectoras de la belleza y de la creación qué hombres les rinden culto en este mundo.

La relación de Sócrates con lo divino es un misterio no sólo para Fedro. Sócrates dice que hay que respetar y estimar lo invisible. Cree en un impulso religioso innato, natural, no revelado, no sujeto a dogmas y en continua evolución, en una fe íntima y asentada únicamente sobre la conciencia; y precisamente, porque se siente cerca de lo divino, aborrece de cuanta mezquindad humana se pone de por medio. Sin embargo, junto a esto, Sócrates estima conveniente que cada uno rinda culto a los dioses según el rito propio de su ciudad, que honre a todos los daimones y héroes, y que venere en especial los santuarios e imágenes recibidos en herencia de los padres. El más animoso atleta de la razón admite ante ella una frontera, la piedad, y ese sincero sentimiento parece haber hallado en él una morada íntima y serena a salvo de los físicos jonios y los racionalistas ingenuos.

Desde hace ya un buen rato, junto al rumor del manantial de las Ninfas, Sócrates y Fedro ahuyentan el sopor de la siesta entregados al diálogo. Un discurso efectista de Lisias, el hijo del siracusano Céfalo, les dio primero pie para censurar a los sofistas que, interesadamente, ocultan la verdad tras la cortina de lo verosímil. Han hablado también del enamoramiento verdadero, ese delirio que envían los dioses y que inspira en las almas de quienes lo viven acciones mucho más nobles que la humana cordura. Acosando a la verdad con sus preguntas, Sócrates ha vuelto a defender que la virtud existe y que va unida a la capacidad de discernir el bien; y en estos momentos, volviendo a Lisias y a los componedores de discursos, afirma ante su joven amigo que lo escrito sólo tiene valor si se ha logrado indagando sin prejuicio en la verdad, si el que escribe es asimismo capaz de someter a prueba lo que ha escrito, de defenderlo con la palabra viva, de mantener en movimiento lo que piensa y transmitir esa semilla a otros para que creen algo nuevo que les acerque a la felicidad.

Fedro, declarando que es bello lo que acaba de oír, pregunta a Sócrates qué nombre le daría a quien pone su afán en esa búsqueda de la verdad en libertad. Sócrates, considerando que el nombre de sabio es demasiado grande y propio sólo de la divinidad, propone, más humildemente, el de amigo del saber: filósofo. Luego, como el sol ya ha comenzado a declinar, sugiere despedir con gratitud a los dioses agrestes y regresar a casa.

«¡Oh, Pan amigo, y demás dioses de este lugar! Permitidme alcanzar la belleza interior, y que cuanto por fuera tengo sea de lo de dentro amigo. Que considere rico al sabio, y toda mi riqueza sea la que consigo pueda llevar un hombre sensato. ¿Pedimos algo más, Fedro? A mí con lo que he suplicado me basta».

PLATÓN, Fedro.

JENOFONTE, Memorias, IV.

TOVAR, A., Vida de Sócrates, Barcelona, Círculo de Lectores, 1984 (19471).

THEODORAKOPOULOS, I., «Η ακμή της ελληνικής φιλοσοφίας», en Ιστορία Ελληνικού Έθνους,. vol. 3-2, Atenas, Εκδοτική Αθηνών., 1975.

NEHAMAS, A., «Socrates», en The Oxford Classical Dictionary, Oxford, Oxford University Press, 19963.

SUSA

341 ANTES DE CRISTO

Hermias cree que la educación política es esencial para que todos los hombres puedan influir sobre la sociedad, que el poder debe ser puesto en manos de los más capacitados para discernir lo justo, y que es prudente y conveniente limitar el poder concentrado en los hombres para otorgárselo a la ley.

Hermias nació esclavo en Bitinia y fue castrado de niño; después fue helenizado y educado en Atenas, donde hizo suyas todas estas ideas junto a sus compañeros de la Academia de Platón; más tarde, el destino lo convirtió en heredero del trono de Atarneo, una hermosa tierra que, gracias a un pacto económico, su amo y maestro Eubulo consiguió liberar del control de los persas.

Hermias piensa que la legitimidad de un gobernante en el poder viene dada por la razón y la justicia, y que el mejor gobierno es el gobierno de unas buenas leyes. Por eso, a su llegada al trono, encargó a los filósofos Erasto y Corisco elaborar un código basado en las ideas que habían discutido en la Academia. Aquel esfuerzo alumbró un régimen tan justo que varias ciudades de la zona solicitaron ser admitidas en él y gobernadas por Hermias y por sus consejeros.

Hace unos años, cuando murió Platón, Hermias recibió en su casa a Xenócrates y a Aristóteles y los unió a su grupo de gobernantes filósofos poniendo en sus manos la administración de la ciudad de Asos. Pronto se les unió Teofrasto. Esos años en Asos fueron hermosos, y la ciudad resplandeció como nunca, con su ágora, su teatro, su templo de Atenea y aquel ir y venir de gente ilusionada sobre una colina que mira al mar.

Hermias sigue creyendo en el valor de todo lo que ha construido en pos de un ideal ético. Pero ahora Hermias no está en Asos, sino en Susa, más allá del Tigris, cautivo de los persas en las profundidades de Asia. El general Méntor de Rodas lo capturó hace meses a traición y lo entregó al Gran Rey Artajerjes; Méntor sirvió con ello a su amo persa, pero pecó contra Zeus Xenio y despreció la libertad de los hombres.

Ahora, Erasto y Corisco deploran la pérdida de Hermias en una Asos ocupada por los bárbaros; muy pronto, en Macedonia, Aristóteles recibirá noticia de su muerte y escribirá en su honor un himno a la virtud. Y mañana, aquí en Susa, tras semanas de humillación y de tortura, Hermias será crucificado.

DIÓGENES LAERCIO, Vida de Aristóteles.

ESTRABÓN, XIII, 610 y 614.

DIODORO SÍCULO, XVI, 52.

PLATÓN, Epístolas, VI.

ARISTÓTELES, Política.

ATENEO, Banquete de los sofistas, XV, 51.

HARPOCRATION, s.v. «Ερμίας».

JAEGER, W., Aristoteles. Grundlegung einer Geschichte seiner Entwicklung, Berlín, 1923. [Existe traducción en castellano: Aristóteles, México D.F., FCE, 1946].

COPLESTON, F., Greece and Rome. History of Philosophy, vol. 1, Westminster, The Newman Bookshop, 1946.

URE, P. N., The origin of Tyranny, Cambridge, Cambridge University Press, 1922.

LUKÁCS, B., Methodical Aristotle Studies. The companions of the father-in-law of Aristotle, Budapest, Geonomy Scientific Committee of HAS, 2006.

NINFEO DE MIEZA

MACEDONIA

339 ANTES DE CRISTO

Alejandro era Aquiles; Hefestión, Patroclo; Filipo, el prudente Peleo. No hace siquiera tres años, cuando Aristóteles y los muchachos llegaron a este lugar, Alejandro y Hefestión aún eran niños que trepaban por las rocas y combatían a sus enemigos con espadas de madera jugando a este juego de héroes. Lo habían aprendido en Pela del risueño preceptor Lisímaco, que, adoptando para sí el nombre homérico de Fénix, había hallado en esta ficción un modo de exhortarles a la virtud.

De forma casi inadvertida, ha ido pasando el tiempo en este bosque de las Ninfas, y Alejandro, que no hace mucho cumplió los dieciséis, ha sido ahora llamado a la corte para asumir una difícil regencia en ausencia de su padre Filipo.

Desde hace unos días, Aristóteles dispone sus cosas para la partida. Recoge sus volúmenes, ordena empaquetar su equipaje, embala con cuidado los recuerdos de su encuentro con Lisipo y Apeles. Se ha propuesto pasar un tiempo en Estagira, su patria. Filipo la destruyó hace años, pero ahora, agradecido al filósofo por haber inspirado en su hijo el amor por el conocimiento, ha decidido reedificarla y restituirla a los antiguos ciudadanos, liberándolos de su condición de fugitivos o esclavos.

Sentado en una roca junto al sendero que lleva a la gruta sagrada, Aristóteles contempla una vez más la arboleda, las fuentes y el río que han sido en estos años su jardín y el escenario de los paseos y las conversaciones compartidas con el joven príncipe y los otros muchachos macedonios. Estos robles, nogales y plátanos han ofrecido su sombra a las lecciones de política, ética y retórica. Estas plantas han sido ejemplo de saberes de medicina y ciencias físicas. Oyendo correr el agua de estos manantiales, Alejandro y sus compañeros han conocido las tragedias de los atenienses, los diálogos del maestro Platón, los vibrantes epinicios de Píndaro. Esta hermosa estoa jónica adosada a la roca ha sido su refugio en el bosque, y las pequeñas grutas que la flanquean han hecho resonar con dulzura los ecos de la cítara y las flautas en las gratas veladas del verano. Como Zeus y Dioniso, como Numa y Evandro, como los seres míticos a los que la divinidad ha reservado un destino elevado, Alejandro ha tenido también por nodrizas y maestras a las Ninfas.

Ahora, como la mayoría de las tardes, los muchachos han salido a montar a caballo y a ejercitarse en las armas y en la lucha bajo la tutela de un general, pues así corresponde a una educación pensada tanto para la palabra como para la acción. Mientras tanto, a la sombra de un plátano, haciendo anotaciones personales sobre el volumen de la Ilíada que ha pensado dejarle como obsequio a Alejandro, el estagirita se pregunta si ha sabido alcanzar en este tiempo en Mieza el único objetivo que daría sentido a las conversaciones, las preguntas, las lecturas y los experimentos: despertar en el alma de ese puñado de muchachos el asombro y el cuestionamiento, llegar a transmitirles un verdadero amor por lo humano.

Ptolomeo, Leonato, Hefestión y los otros muchachos seguirán su camino y es probable que nunca vuelva a verlos. Es probable también que nunca vuelva a ver al príncipe. Quién sabe lo que tejen las Moiras. Bajando la mirada, el filósofo moja de nuevo el cálamo, que se ha quedado seco, y vuelve al pasaje de Homero que le ha llevado hacia estos pensamientos:

Pasado un tiempo, temeroso por las naves aqueas,

el viejo auriga Fénix dijo, rompiendo en lágrimas:

«Si ya, preclaro Aquiles, has metido en tu mente el regreso,

y nuestras raudas naves no quieres defender

alejando de ellas el fuego destructor

porque la cólera se ha apoderado de tu alma,

¿cómo podría yo, hijo querido,

quedarme solo aquí, lejos de ti?

Pues contigo me mandó Peleo, el viejo auriga,

aquel día en que a ti desde Ftía te envió a Agamenón,

niño aún y ajeno a las guerras que a todos igualan

y a las asambleas donde se hacen ilustres los hombres.

Contigo me mandó para que te enseñara todo:

a ser en la palabra diestro y en la acción denodado.

Por eso, hijo querido, no querría apartarme de ti

ni aunque un dios en persona me prometiera raerme la vejez

y dejarme tan joven y lozano como cuando por vez primera

salí de la Hélade, de hermosas mujeres, …».

PLUTARCO, Alejandro.

ARRIANO, Anábasis de Alejandro, IV-VII.

PLINIO EL VIEJO, Historia natural, IV, 17 y XX, 30.

HOMERO, Ilíada, IX.

PETSAS, F., Ανασκαφαί Ναούσης, Atenas, ΠΑΕ, 1963, 1968.

WILCKEN, U., Alexander der Grosse, 1931. [Existe traducción en inglés: Alexander the Great, Borza, 1967].

KANELLOPOULOS, P., «Η προσωπικότης του Μεγάλου Αλεξάνδρου», en Ιστορία του Ελληνικού Έθνους, Atenas, Εκδοτική Αθηνών, 1975.