Portada: Más allá del mar de las Tinieblas. Antonio Álamo
Portadilla: Más allá del mar de las Tinieblas. Antonio Álamo

 

Edición en formato digital: mayo de 2017

 

En cubierta: ilustración de © Juan Palomino

Diseño gráfico: Ediciones Siruela

© Antonio Álamo, 2017

© Ediciones Siruela, S. A., 2017

 

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Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

 

ISBN: 978-84-17041-80-9

 

Conversión a formato digital: María Belloso

Índice

1. Un hombre caracol

 

2. Maryam y los libros

 

3. La caligrafía y la lluvia

 

4. Convertido en ceniza

 

5. Una egipcia y un cristiano

 

6. Un escorpión en la cabeza5

 

7. El mundo en peligro

 

8. Aurora

 

9. El sucesor

 

10. El Señor de los Libros

 

11. Liberación

 

Todo está en un Libro explícito.

Corán, XI, 8

 

 

 

 

Nuestra historia comienza cuando una mujer dibuja en la roca de una gruta la silueta de su mano, y con ello le dice al mundo: «Este es mi hogar», y luego pone tantos puntos rojos como personas viven en su cueva, y luego tantas rayas como animales le pertenecen. Y después, para distinguir unos animales de otros, añade a las rayas orejas puntiagudas, colas larguísimas o retorcidas cornamentas. Son las letras, o no, todavía no, son solo sus desvaídos fantasmas, que quieren brotar de la rugosa oscuridad de la gruta.

Otros hombres y mujeres, sirviéndose de piedras afiladas como cuchillos, marcan sus brazos, piernas y caras con profundas e indelebles cicatrices, y con ellas dicen: «Esta es nuestra tribu».

Una especie de fiebre se propaga entre ellos, que imponen sus marcas en los huesos de los bueyes, en las cortezas de los árboles, en la piel de los lagartos y en la tierra que pisan. Si encontraran el modo de hacerlo, también marcarían con sus signos las nubes. Desean apropiarse del mundo y no encuentran mejor forma de hacerlo que tatuándolo.

Así termina la primera mutación del virus.

Y así comienza nuestra historia.

 

 

1
Un hombre caracol

Al verlo pasar, la gente se preguntaba de dónde venía. Lo menos que se podía decir de él es que tenía un aspecto muy extraño. Vestía una chilaba, polvorienta y raída, y tiraba de un gran carromato cubierto con una lona. Su silueta, en la lejanía, parecía la de una especie de caracol gigante. La verdad es que debía de ser una carga demasiado pesada para un solo hombre. Pero lo más insólito de todo es que, en vez de baba, iba dejando a su paso un rastro de polvo fino y amarillo, como si fuera un reloj de arena desangrándose.

Aunque era un hombre bregado en toda clase de aventuras y desventuras, la de anoche le había dejado poco menos que horrorizado y, por supuesto, totalmente afligido. Había perdido el mayor de sus bienes terrenales, y este no era otro que su propio camello, que respondía al nombre de Magnífico y había sido su inseparable compañero durante más de un lustro. La desgracia ocurrió de esta manera: tras subir y bajar unos riscos hasta una ladera, hizo un alto en el camino y se dispuso a pasar la noche resguardado del viento tras una peña. Hizo una fogata y cenó un buñuelo frío y dos manzanas y media, que era todo lo que tenía para aplacar el hambre. Se arropó bajo la manta vieja y desgastada y se puso a contemplar la noche llena de estrellas.

—Qué hermoso es el mundo —le dijo a su camello—. Ya, ya sé que vivir como vivimos, llevados por los vientos del destino, que nunca sabemos hacia dónde soplarán de nuevo, nos lleva a comer un día como reyes y a conformarnos otros muchos con las sobras. Pero, dime, ¿no es hermoso el mundo? ¿Y no es esta la mejor manera de mirarlo, sin saber qué sucederá a continuación?

Luego le dio las buenas noches a Magnífico de la forma acostumbrada:

—Gracias, Magnífico, por acompañarme una jornada más. Que Alá Nuestro Señor nos proteja también esta noche.

Dicho lo cual se quedó dormido al instante.

A pesar de la precaución que había tenido de resguardarse detrás de una roca, el viento cambió de dirección de repente y empujó las nubes que venían del norte. Eran unas nubes cargadas de electricidad, iluminadas fantasmagóricamente por la luna.

Mientras ese viento avivaba las llamas y la fogata devoraba el corazón de la madera, convirtiéndola con rapidez en rescoldos, el cielo empezó a quejarse.

El primer trueno no le despertó, ni tampoco el segundo ni el tercero. Tan profundo era su sueño. No así el de Magnífico, que berreó con inquietud, como si quisiera advertir del peligro a su amo indefenso, narcotizado por el hambre, la debilidad y el cansancio. Los truenos y rayos se sentían cada vez más próximos. Ya estaban sobre su cabeza. Tronó de tal forma el cielo que toda la Tierra se estremeció. Luego cayó un rayo que parecía que fuese a quebrar la ladera en dos mitades. Interrumpió —esta vez sí— el sueño del hombre, que se despertó justo en el momento en el que una nueva descarga eléctrica caía a los pies del carromato y lo bañaba de una luz de color azul plata.

—¡Señor! —dijo—. ¿Qué ha sido eso? ¡Que Alá nos proteja!

Magnífico, muy temeroso, bramando, luchaba por zafarse de la soga que lo mantenía atado a una higuera.

—¡Quieto, Magnífico, quieto!

La voz de su amo paralizó al camello, que se quedó resoplando en una especie de relincho agitado. El hombre se levantó y comprobó que —¡milagro!— el carromato estaba intacto. Pero entonces volvió a tronar el cielo y un nuevo rayo serpenteó en el aire y alcanzó a Magnífico entre los ojos, que se licuaron, y luego todo su cuerpo lanudo se vio envuelto en llamas durante un instante.

Cuando acabó ese instante infernal, Magnífico estaba totalmente carbonizado y cayó al suelo como lo haría un árbol sin raíces. El hombre se quedó estupefacto. Se acercó a su querido camello, que desprendía un humo dulzón, y se echó a llorar. Luego le honró con estas sabias palabras:

—Te dije, Magnífico, que contigo compartiría todas las bonanzas del mundo y todas las estrecheces, y me parece que más te he dado de estas que de aquellas. Pero nunca me reprochaste nada y nunca quisiste abandonarme. ¡Tan buen camello eras que el mismo Alá te quiso para sí!

Entonces escuchó un rumor de hojarasca entre las zarzas y dio un respingo. Como si fuera un presagio de todo lo que le tenía que acontecer —así estaba escrito—, vio cómo un lince perseguía a un conejo, lo arrinconaba al pie de una roca, y sus fauces se abrían sobre el tembloroso y aterrado animal. Pero, en vez de triturarlo con sus dientes, como todo hacía esperar, se compadeció de él, se limitó a olisquearlo y lo dejó marchar.

—Qué extraño es el mundo —se dijo.

Tras lo cual se dio media vuelta, miró con preocupación al cielo, recogió la manta y la guardó en el carromato. Con premura alzó por las varas su pesada carga y la arrastró por la ladera sin columbrar hacia dónde se dirigía.

Solo sabía que quería huir de allí, pues le aterrorizaba la idea de que, tras los truenos, la lluvia no se hiciera esperar.

Pero aquella noche ni una sola gota regó la Tierra.

 

 

Anduvo y anduvo persiguiendo una luz que se veía en una hondonada.

Resultó que esa luz provenía de un palacete, y que ese palacete era la finca de recreo de un hombre principal. Sin importarle lo avanzado de la hora, se puso a golpear la puerta y dar voces.

Le abrió un esclavo que tenía en una mano un candil y en la otra, por precaución, una daga desenvainada:

—¿Quién eres, maldito seas? ¿Qué quieres? —le dijo, y parecía dispuesto a rebanarle el pescuezo si no le contestaba algo que fuera de su agrado.

—Que Alá te haga vivir mil años —dijo—. Mi nombre es Abul Anbas.

La piel de su rostro estaba tan arrugada que parecía plegarse sobre sí misma y le confería el aspecto de un lagarto. Los labios requemados, las encías a la vista y casi sin dientes, la peor de las indumentarias y un solo ojo donde fulguraba una luz brillante completaban la aparición. Sin embargo, algo en la visión de ese hombre decrépito le hizo comprender al esclavo que no tenía nada que temer.

—¿Cómo dices?

—Digo que yo soy Abul Anbas. ¿Es que no me conoces?

—¿Por qué tendría que conocerte? —le preguntó.

—Porque por todas partes se habla de mí.

—Ah, ¿sí? Pues es la primera noticia que tengo. ¿Qué andas buscando?

—Mis propios pasos.

—¿Cómo?

—Me dirigía a Qurtuba, pero me he extraviado. ¿Ves ese carromato? Pues bien: no hace ni cinco horas que el mejor amigo que se ha visto en este mundo tiraba de él y lo llevaba con la ligereza de una pluma, pero un percance nos ha separado para siempre. Ahora temo que la lluvia eche a perder mi valiosa mercancía.

—¿La lluvia? ¿Qué lluvia?

—¿No habéis escuchado aquí los truenos?

—Estaban algo lejos.

—Sí, tan lejos como yo lo estoy ahora de ti. Déjame resguardarme en uno de esos cobertizos, y que el Señor te sea propicio y bendiga a toda tu descendencia. Te lo ruego. No acrecientes mis desgracias. En cualquier momento se pondrá a llover.

—No lo creo.

—¿Quién anda ahí, Antíoco? —se escuchó.

Era el amo de la casa, que, sin llegar a mostrarse, preguntó al esclavo en voz baja que quién era el que interrumpía su descanso.

—No es nadie —dijo el esclavo.

—Eso, soy nadie —dijo Abul Anbas como si no hubiera en el mundo título que le complaciera más.

—¿Cómo dices?

—Es solo un viejo mercader.

—¿Y qué quiere?

—Pide refugio.

—Pues dáselo —escuchó que le decía el amo—, y ofrécele una sopa y algo de pan, pues Alá sabrá recompensarme por ello.

—Así se hará, mi señor —dijo el esclavo.

—¡Que Alá os guarde mil y una veces, generoso señor! —gritó Abul Anbas.

—Sí, pero no des más voces o, de lo contrario, te echaré a patadas de aquí.

—Me convertiré en un gato —susurró.

—¿Qué?

Y, en efecto, Abul Anbas bufó, rebufó y luego se puso a maullar.

—¿Qué está haciendo? —le preguntó el amo al esclavo.

—Creo que este hombre no está en sus cabales.

—Bueno, pues con mayor motivo. Que duerma en el cobertizo de las ovejas y mañana será otro día.

El esclavo, tras dejar la daga, salió de la casa con el candil.

—Acompáñame.

—¿Y mi carromato?

El esclavo resopló, le dio el candil al viejo Abul Anbas, se dirigió al carromato, lo alzó de las varas y le dijo:

—¿Qué diablos llevas aquí?

—Un tesoro.

—Anda, sígueme.

Le condujo hasta el cobertizo que había señalado el amo, donde él y su carromato podrían pasar la noche en compañía de cuatro ovejas y unas pocas gallinas.

—Me ha parecido que te llamas Antíoco, ¿no es verdad?

—¿Para qué quieres saberlo?

—Para darte mil y una veces las gracias.

El esclavo no le contestó.

—Eres griego, ¿no?

El esclavo asintió.

—Grecia, la más grande tierra del mundo. Que Alá os bendiga por vuestro gran invento. No ha habido uno igual en cinco milenios.

—¿Qué invento?

—¿Cuál va a ser? El alfabeto. Lograsteis el prodigio más absoluto: habéis hecho que los muertos hablen y se expresen con abundancia y sin freno.

—¿De qué muertos hablas?

—De los vivos que ya no lo son.

—¿Eh? Voy a por tu sopa.

—A partir de ahora puedes declarar con humildad, pero sin faltar a la verdad, que tú fuiste el que ayudó a Abul Anbas la espantosa noche en que perdió a su mejor amigo. Gracias, héroe paciente y animoso. ¿Dónde te capturaron? ¿Pasaste muchas penalidades? Ojalá que no.

—¿De qué hablas ahora?

—Yo solo puedo tener buenas palabras hacia ti. Qué fuerte y qué joven eres, y con qué ligereza has cargado mi carga, y con qué prestancia me has ofrecido cobijo. Bendito tú, griego de blanca dentadura y músculos de acero. A partir de ahora considérate libre. Te lo digo yo, Abul Anbas: más pronto que tarde serás un hombre libre. Tu linaje y tus buenas acciones te hacen de sobra merecedor de ello.

—Eso díselo a mi amo —contestó el esclavo con sorna.

—¿Cuánto vales? ¿Quieres servirme a mí? ¿Hablo con tu amo y cierro el trato? Me recuerdas a Magnífico.

—¿Quién es Magnífico?

—El mejor de los amigos —dijo enigmáticamente.

—Te traeré una sopa y un poco de pan, y tengamos la fiesta en paz.

—¿De dónde surgen tantas gracias?

—¿Cómo dices?

—Que después de toparme con el diablo, ahora me encuentro con un ángel. No sé cómo podría pagarte los favores.

—Pues, ya que lo dices, desapareciendo apenas amanezca. Ya tengo suficiente trabajo como para encima tener ahora que servirte también a ti.

—No volverás a verme. Lo juro por mi santa abuela.

—Eso espero.

—¿Te gusta la carne de camello?

—¿Por qué lo preguntas?

—Si desandas mis pasos, a menos de dos horas de camino encontrarás un camello. No tendrás que molestarte ni siquiera en cocinarlo. Ya está asado. Te lo regalo. De buena gana compartiría el manjar contigo, pero si lo hiciera creo que me sentiría como un verdadero y desagradecido gusano.

Antíoco acabó convenciéndose de que no hablaba sino con un hombre que había perdido completamente el juicio, así que decidió ignorarlo. Pero entonces el viejo le dijo:

—Antes de que te vayas... ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Ya has hecho demasiadas.

—¿Dónde está Qurtuba?

—En ella estás.

—¿Cómo?

—Bueno, en las afueras. Toma el camino que sale a la espalda de la casa, en dirección al pozo de piedra, y este te llevará hasta Qurtuba en apenas dos horas. Vas al zoco, ¿verdad? ¿Qué es lo que vendes?

—Los secretos del mundo —dijo.

—¿De qué secretos hablas ahora?

—Los sueños y las pesadillas de los hombres. Esa es mi mercancía. Esa es mi carga.

Antíoco le miró con incredulidad, se dirigió al carromato, levantó la lona, echó un vistazo y luego, refunfuñando, se marchó a buscar la sopa y el pan que su amo le había prometido al viejo para cumplir con la hospitalidad que recomendaba el Corán.

Esa noche Abul Anbas, después de volver a cenar, cuando se quedó solo y recordó el extraño prodigio que había presenciado, lloró por Magnífico con su único ojo y, al mismo tiempo, se alegró por él, pues todas sus penalidades habían concluido.

Aliviada la carga de su corazón, cayó en una especie de sopor y se quedó dormido.

 

 

Abul Anbas —así estaba escrito— despertó al cabo de tres horas. Ya casi había amanecido, y recordó la promesa que le había hecho al esclavo. Y una promesa, para Abul Anbas, le comprometía hasta el tuétano. Corrió a mirar el cielo, que estaba limpio de nubes. Extendió la manta, se postró para dar las gracias al Altísimo por concederle un día más, espantó a unas gallinas, se comió un par de huevos crudos y, sin más dilaciones, alzó la carreta y emprendió el camino a la ciudad de Qurtuba.

¿De dónde vendría ese hombre?, se preguntaba la gente al verlo pasar. ¿No era una carga demasiado pesada para él? ¿Y qué es lo que llevaba? ¿Heno, flores o, más bien, como todo parecía indicar, arena? Eso debía de ser, porque iba dejando un fino hilo de polvo a su paso. ¿Quién podía tener noticia, claro está, de la gran desgracia que se había abatido sobre él la noche anterior dejándole sin su bien más preciado y, al mismo tiempo, forzándole a él a arrastrar el pesado carromato?

Una vez que pasó el pozo de piedra que el esclavo le había indicado, empezó a encontrarse, desperdigadas aquí y allá, más casas de campo, pequeños palacios, huertas frondosas, un viñedo, norias, pozos y acequias. Asimismo se cruzó con un mulero, con un rebaño de ovejas y su pastor, y con dos mujeres que acarreaban agua, y con todos ellos se aseguraba de que sus pasos le conducían a Qurtuba.

—Sí, vas bien encaminado —le decían.

—Loado sea Alá, que nos concede un día más.

Luego pasó ante una granja de avestruces y un cementerio, hasta que llegó a un arrabal poblado de carniceros, cuyas hachas bien afiladas despiezaban los corderos. Se detuvo ante uno de ellos y le preguntó por la puerta más segura y directa para llegar a la medina.

—Que Alá os bendiga —iba diciendo.

Tras dejar a un lado un nuevo arrabal, donde se afanaban herreros y sastres, alcanzó a ver la Mezquita Mayor, aquella por la que Qurtuba era famosa en todo el orbe. En esos momentos el almuédano llamaba a la oración.

—Loado sea el Señor.

Apretó el paso hasta llegar al pie del viejo y sólido puente. A la izquierda gemía, imponente, la noria del molino de la Albolafia, que surtía de agua al palacio califal y donde se habían establecido las primeras fábricas de papel de Occidente. Entró en la ciudad de Qurtuba por la puerta del Puente y recorrió la calle principal que llevaba al zoco, dejando atrás el alcázar, la Casa de Limosnas y el templo. A esa hora tan temprana solo habían abierto unos pocos puestos donde los funcionarios se llenaban la tripa con dulces y fritangas antes de emprender sus interminables y tediosas tareas. También se veía a algunos fieles que entraban en la mezquita, y los carros, carromatos y carretillas de los primeros y madrugadores vendedores que acudían al zoco con sus mercancías.

Dos niños harapientos empezaron a seguir al viejo, quien dándose la vuelta les dijo:

—¿Qué queréis? ¿Por qué me estáis siguiendo?

—Pierdes tu carga —le dijo uno de ellos.

—¿Cómo que pierdo mi carga?

Miró tras de sí y reparó con sorpresa en el fino hilo de arena que iba dejando su carromato.

«¿Qué diablos es esto?», se preguntó. Pero sin duda lo mejor era llegar de una vez por todas al zoco, elegir un buen sitio y descansar un poco antes de empezar la brega de la venta.

Tras bordear el barrio de los perfumistas y drogueros, llegó al zoco, donde los primeros vendedores ya habían reservado algunos de los mejores lugares de la plaza. Pero todavía era posible elegir un espacio resguardado de los rayos del sol. Con el cálculo de un general antes de entrar en el fragor de la batalla, eligió el lugar que le pareció más conveniente. Luego se recostó sobre una de las enormes ruedas del carromato y se quedó dormido al instante, lo que era totalmente normal, pues debía de estar muy cansado. Lo que no resultaba tan normal era que, ni siquiera dormido, dejaba de vigilar su carromato y el tesoro (pues sin duda era un tesoro) que cargaba en él. Así, cuando alguien se acercaba sigilosamente con la intención de levantar la lona y saciar su curiosidad, el hombre decía:

—¡Que Alá os otorgue la guía para hacer el bien y os aparte de la senda del mal!

Y esa exclamación y su voz, sobre todo su voz, que era ronca, grave y antigua, bastaban para alejar al intruso.

Poco a poco el zoco empezó a llenarse de vendedores, hasta que no quedó un solo sitio libre. En ese zoco se vendían frutas y hortalizas, vasijas y jarrones, animales, semillas y plantas, cuerdas y tornillos, telas y pócimas, especias y perfumes, además de otras muchísimas cosas más que no cito porque, de tantas que eran, no acabaría jamás de nombrarlas. También había adivinadores, cuentistas, bufones, barberos y cantantes. Era uno de los mercados más populosos del mundo; allí se podía encontrar casi cualquier cosa.

Cuando llegaron los primeros compradores, Abul Anbas empezó a desperezarse, sacó una campana del carromato y se puso a tocarla.

—¡Llegó una gran fortuna a Qurtuba! ¡Por fin llegó! ¡Aquí está! ¡Abul Anbas, del que tantas historias se cuentan! ¡Acérquense! ¡Contemplen las maravillas que traigo! ¡Acérquense!

Sus palabras produjeron el efecto deseado, porque cinco o seis personas, y luego siete y ocho y aún más, intrigadas por sus palabras, rodearon el carromato. Entre ellas había tres o cuatro niños harapientos, un par de funcionarios, comerciantes de distinto pelaje, algún borracho, esclavos que hacían los mandados, un escribano y dos estudiantes pobres. Entonces los miró a todos, dejó de agitar la campana y dijo:

—Yo soy Abul Anbas, el que recorrió todos los caminos, el que a todo estuvo dispuesto. Yo soy Abul Anbas, y conmigo cargo los sueños y las pesadillas de los hombres. Yo soy Abul Anbas, y en este carromato se cifra mi destino. No solo el mío; también el vuestro. El de la esplendorosa Qurtuba. Que Alá el Altísimo os proteja a todos y os otorgue todas las bienaventuranzas. Yo soy Abul Anbas, pero no os abrumaré con la narración de las desdichas que tuve que soportar para presentarme hoy ante vosotros. Solo diré que yo soy el famoso Abul Anbas. Solo diré que no hay camino que mis pies no hayan pisado.

«¿Famoso?», se preguntaba la gente.

—¿Alguien me conoce? ¿Hay aquí alguien que me conozca?

La gente, extrañada ante semejante pregunta, negó con la cabeza.

—¡Pues preguntad por mí y os dirán! Preguntad por mí en Bagdad, en El Cairo, en Damasco, en Samarcanda, en Constantinopla, y en todos esos lugares os darán razón de mí. Podéis preguntar por mí no solo en las grandes metrópolis sino también en las aldeas, en los oasis de los desiertos, en las recónditas grutas donde moran los sabios ascetas, y en todos esos lugares os darán razón de mí. Os dirán: «Sí, aquí estuvo, aquí compró y vendió, aquí hizo tratos y negoció con astucia y diligencia, y siempre acertó a llevarse lo mejor de cada lugar». Pero también podéis preguntar por mí en los monasterios y castillos de los reinos de León y de Navarra, podéis preguntar a los salvajes vascuences, y allí también sabrán deciros que desempolvé sus tesoros y pagué un buen precio por ellos. Podéis preguntar a los reyes mongoles de Siberia, a los emperadores de China y de Japón. Preguntadles. Dirán que llegué con el alba y que me fui con el ocaso. Dirán que no hubo mercado ni zoco que yo no visitara. Podéis embarcaros rumbo al mar de las Tinieblas, y allí también os darán razón de mí. ¿Quién no ha oído hablar de Abul Anbas?

Varias cabezas se movieron de derecha e izquierda para indicar que ese nombre les era desconocido.

—Pues bien: ahora ya me conocéis. A partir de ahora, cuando os pregunten, podéis decir que conocisteis al verdadero Abul Anbas y que le escuchasteis pregonar su mercancía.

Sí, muy bien, parecía decir la gente, mas ¿qué mercancía era esa?

Manual para la fabricación de astrolabios

—¿Qué es un astrolabio? —preguntó un camellero.

—Un astrolabio es un buscador de estrellas —le dijo Abul Anbas—. Pero no solo eso. Las busca y luego lee en ellas.

—¿Y qué es lo que lee?

—Las estrellas nos dicen en todo momento dónde estamos.

—¡Bah! —le contestó el camellero—. Yo sé perfectamente dónde estoy: perdiendo mi precioso tiempo.

La gente se echó a reír, pero el vendedor no se dio por vencido.

—Las estrellas —dijo, con mucha seriedad— también nos dicen adónde hemos de ir.

—Eso también lo sé.

—Ah, ¿sí?

—Sí: tengo que dar de comer a mis camellos.

La gente volvió a reírse.

—Ah, ¿es que tienes camellos?

—Sí, unos cuantos.

—Te cambio uno de estos libros, el que sea más de tu gusto, por uno de tus camellos.

—No estoy tan loco —dijo.

—Un astrolabio también...

—No, no necesito una cosa de esas.

—¡Espera! ¡Espera! Un astrolabio también nos señala la dirección de la Meca...

—Pues menuda cosa —dijo—, si aquí todo el mundo sabe dónde está la Meca.

—¿Y cómo lo saben? —se asombró el viejo vendedor.

—La Meca, como todo el mundo sabe, está donde mira todo el mundo.

—¡No te vayas, camellero! Un astrolabio...

Sí, un astrolabio era, entre todos los inventos del hombre, uno de los más útiles. Por ejemplo, nadie en su sano juicio se atrevería a cruzar los océanos sin uno de ellos. A él mismo, sin ir más lejos, le había sacado de más de un apuro, y así se apresuró a explicarlo:

—Si no fuera por los astrolabios nunca habría podido llegar aquí. Cuando estaba en lo más profundo del mar de las Tinieblas...

Sin embargo, allí nadie parecía muy interesado en el arte de fabricar astrolabios. «¿Cómo es posible?», se preguntó. En cualquier caso, el vendedor de libros acabó encontrándose solo.

—¡Señor! ¡Señor! ¡Señora! —decía, mientras hacía sonar su campana y anunciaba los títulos y autores de sus libros.

Pero todo era inútil; nadie le hacía el menor caso.

«Vaya», pensó, «y a mí que me habían dicho que no había ciudad en el mundo donde se valorase tanto un libro como en esta... ¡Pues vaya modo de valorarlos!».

Pese a todo, el vendedor no estaba mal informado: Qurtuba era la capital del nuevo imperio califal, y rivalizaba en fama con las principales ciudades del mundo. De hecho, ninguna era tan grande como ella. Más de mil mezquitas, trescientos baños públicos, veintiún arrabales y seis cementerios. Y, por supuesto, en Qurtuba se encontraban las mejores y más surtidas bibliotecas de Occidente.

En aquel tiempo y en aquel lugar, una biblioteca era una señal inequívoca de dignidad y riqueza. No había hombre principal que no contase en su palacio con una o dos estancias dedicadas a coleccionar y conservar libros. Claro está que no todo el mundo podía permitirse una biblioteca y ni siquiera adquirir un solo libro. Además, aunque hubieran podido comprarlo, la mayoría de las personas no sabían leer. Sí, los libros eran cosa de ricos, y aquel zoco parecía ser un buen lugar para vender mandriles, serpientes, pócimas para la impotencia, crecepelo y tiras de pescado seco, pero no para los libros, que seguramente les resultaban a esta clientela tan inalcanzables como esmeraldas.

Lo que el vendedor de libros no sabía es que mientras él agitaba su campana y, dada la poca atención que se le dispensaba, empezaba a sentir un gran y profundo desánimo, unos cuantos niños corrían a los palacios y las casas principales para anunciar a los bibliófilos de la ciudad que un nuevo vendedor de libros había llegado a Qurtuba.