Santiago Ángel García
Reservados todos los derechos
© Santiago Ángel García, 2018
© Editorial El Ángel, SL, 2018
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ISBN: 9788494115790
- Voy a comunicarme con tu subconsciente a través de los dedos. Si levantas algún dedo de la mano derecha, elige cuál, querrás decir “sí, o que me entiendes; si es alguno de la mano izquierda, significará “no” – señala Francesca Sants a Martín Florida, quien descansa en un diván con los ojos cerrados.
Están en plena sesión de hipnosis, a punto de iniciarse la cuenta atrás para aterrizar en otra vida: “si es que existe”, piensa Martín, mientras sigue tumbado y a la expectativa, siente una gran curiosidad por lo que va a suceder. No todos los días tomaba uno un jet con destino al pasado remoto. “¿Llevaré carburante suficiente?”, se pregunta, bromeando consigo mismo. “¿Y si no regreso o lo hago herido o tocado del ala?”, insiste, ahora preocupado. ¿Y si me encuentro con mi abuelo en el ciberespacio mental? ¿Cómo reaccionaré…?” En el Tratado de la Hipnosis, escrito por su abuelo, en la página 50, alude a esa posibilidad. Es más, en ese mismo capítulo asegura que ambos han estado muy unidos en todas sus vidas.
- ¿Puedes acceder a recuerdos más lejanos? - continúa Francesca pasado un tiempo, Martín no sabe cuánto porque una vez se entra en el subconsciente la noción cambia.
Hay un breve período de silencio y poco después Martín mueve el dedo corazón de la mano derecha.
- Trata de acceder a un momento muy antiguo que te gustaría revivir - insiste ella, a continuación.
De nuevo Martín mueve el dedo corazón de la mano derecha como si tuviera vida propia.
- ¿Te encuentras ya en ese momento? – inquiere la doctora. Una vez más, Martín hace el gesto de afirmación con el mismo dedo. Ahora puedes hablar – señala la guía -. ¿Dónde estás?
Físicamente se encuentra tendido en el sillón, con las piernas sobre un reposapiés, está quieto, totalmente relajado, el cuerpo no le pesa o le pesa tanto que no puede ni sentirlo, pero mueve la lengua en un gesto involuntario, siente los labios resecos y luego dice:
- Me veo como si estuviera atrapado. Tengo la sensación de estar dentro de algo, una bolsa, un congelador, una barriga, no sé, me parece que hay un feto ahí dentro – señala, emocionado; estaba viendo la cara del feto, inmerso en una especie de nube líquida clara y azulada -. No sé cómo salir de aquí – dice, en ese instante parece angustiado.
Su voz sonaba limpia y algo emocionada, le alteraba ver con semejante nitidez lo que podría ser un embrión humano. Lo veía desde fuera, como un espectador que se ha colado en el vientre de una madre; Martín sospechaba que debía ser su madre y que el feto debía ser él. Era grande, su piel estaba arrugada y flotaba cómodo en el líquido amniótico. Si Francesca le hubiera dejado, habría estado más tiempo ahí, disfrutando de la placidez del momento, pero la psicóloga continuó con el interrogatorio:
- Vamos más atrás en el tiempo - dice, y Martín comienza a respirar con más profundidad. El pecho es lo único que se mueve –. Ve a otro momento que tu subconsciente quiera revisar –, añade, y se queda callada, mientras el agua corría por las tuberías del piso superior y el se afanaba en buscar información en algún lugar que desconocía.
Se encontraban en una de las habitaciones de la clínica Deseos, a finales del invierno. Fuera, en la jungla del alquitrán, el gasoil y el cemento, la temperatura era fría, la gente caminaba apresurada, atada a sus bufandas y armada con paraguas, llovía mucho ese mes. Pero en el despacho de Sants hay calefacción y apenas se oyen más que ruidos de tuberías, pasos y lejanas voces. Para Martín son solo detalles que apenas percibe, él se encuentra en otra dimensión y se pregunta cuántos yoes tenemos; al menos dos, concluye: el del feto, y el que descansa en el sillón y está pendiente de todo, fuera y dentro de la mente.
En ese momento, Martín se acuerda de su abuelo. Sigue teniendo dudas sobre si perdió o no la razón. Aún mantiene viva la última conversación que tuvieron juntos. Rogelio Unzué estuvo lúcido, sabía quién era y sabía de qué se le acusaba; inclusó le confesó por qué se comportaba cómo lo hacía: esquivo y violento. El tiempo, su tiempo, su reloj de arena… le obsesionaba. Sabía que le quedaba poco y que si no se dedicaba de lleno a la regresión hipnótica, no podría encontrar las soluciones que perseguía. “Y no me dejaban en paz”.
- Dónde estás? – inquiere persuasiva Francesca.
- No lo sé – comienza a hablar -. Hay una calle con coches... -, de repente ha cambiado de ubicación.
- Continúa observando –, sugiere ella.
- Voy vestido con traje.
- ¿Te ves a ti mismo?
- No, es otra persona, pero todo me dice que debo ser yo.
- Métete dentro de esa persona, siente que ahora tu perspectiva es la que tiene él desde su cuerpo, desde dentro - plantea la psicóloga -. Describe qué estás viendo.
- Gente que pasa por la acera, coches, saludo a muchos, me conocen todos y yo a ellos – responde Martín.
La voz de Francesca suena profunda y amable, lo suficientemente seductora como para ganarse su confianza. A Martín le trae recuerdos de la infancia, cuando sus días se dividían entre los que estaba bien y estudiaba, y los que le atacaba el asma y una voz interior, más aguda y alegre que la de Francesca, le contaba cuentos, historias maravillosas. Esa voz y esos cuentos le ayudaron a soportar la enfermedad.
Algunos de esos cuentos los recordaba una vez pasados los accesos de tos y los escribía en su diario, que aún conservaba. A veces los releía. Muchos, sino todos, habían ido a parar a la colección que había publicado hacía unos meses. Era el tercer tomo de cuentos que escribía Martín Florida Unzué, “la voz que habla al alma de los niños”, así le dieron a conocer al público. Cuestión de marketing editorial.
De aquellas noches, de aquellas tardes tristes y dolorosas, sólo le quedaba el sonido de esa dulce voz, lo demás, la tos, el dolor..., ya los había olvidado. Pero la voz... la había estado buscando cada noche... y han pasado años.
- Esa voz podría ser la tuya, puede que estés practicando auto hipnosis – le diría su abuelo años después, cuando ya pudo entender de qué iba la hipnosis -. Pudiste construir un yo que aislaba o reducía la enfermedad a un plano menos doloroso. Diría que has utilizado de manera espontánea técnicas de control mental.
- Pero no era yo, abuelo, era una voz femenina, de alguien... -, insistía, recordando aquella voz amistosa y persuasiva.
Martín sigue con los ojos cerrados y permanece absorto en un espacio que la doctora calificó de subconsciente. Lo que ve lo observa con una nitidez aplastante, mientras se dice que si la ciencia no sabe cómo se produce el pensamiento o el sueño, cómo funcionan los mecanismos de la memoria o qué son exactamente cerebro y mente, ¿cómo podría explicar él lo que veía y le sucedía mientras estaba tumbado en un diván en la segunda planta de aquel edificio de Madrid? “Se supone que estoy en otra vida, en plena regresión hipnótica. ¿Quién será este tío que va saludando a toda esa gente?
- ¡Christian! Oh, espera, que tengo algo que decirte…
“Vaya, ya sé cómo se llama mi amigo”, piensa Martín, mmientras Christian cruzaba la calle sorteando coches que parecían de otro siglo para atender a quien le llamaba a gritos.
Uff, ufff, ufff... No puede más. Su corazón está en llamas, quema. “Vamos, un esfuerzo, no te rindas”, se dice, y sigue corriendo, sus deportivas pisoteando la grava, titubeante. Debía de llevar ya once o doce kilómetros y está hasta el gorro de correr tras aquel hombre. “Me podían ordenar seguir a uno que fuera de restaurante en restaurante.” Uff, uff, uff... Marieta se mira de reojo los pechos, talla cien, llamativos. Se siente orgullosa de sus pechos, pero... Sabe de su poder, tiene comprobado que días antes de la menstruación, cuando está ovulando, los hombres no le quitan la vista... Uff, uff, uff..., ha estado tentada de operarlos varias veces. Son muy... evidentes... Le sobran para ser ella misma. La auténtica Marieta Pons está detrás de esas glándulas. Pero ahora ¿qué importa eso? Sólo hay una cosa que hacer: mantenerse en pie, correr, mantenerse en pie, correr, mantenerse en pie, correr...
¡Uff, uff, uff... Ahhhhhhhhh! El oxígeno le tarda en llegar a los pulmones. “No estoy preparada para estos tutes; me los meten para provocarme”, se dice, al borde del desfallecimiento. “Pero si aguanté las novatadas en la universidad, aguantaré esto. Lo malo es que ese de ahí delante es un rufián y no un niño de papá que va para notario”.
Se distrae entonces con los recuerdos mientras sus piernas trotan incansables, viene y va de la hierba del parque a las maratonianas sesiones del bufete de Carmelo Lafuente, “el primer hombre que me ha cambiado la vida, y el único, por el momento,” medita.
Las cosas fueron así: Acababa de terminar la carrera y era un autómata más que funcionaba a pilas. Hacía y decía lo que los demás le decían que debería hacer. Los demás eran papá Juan y mamá Lupe, y Carmelo Lafuente, el socio director del bufete mercantil donde daba sus primeros pasos con el título bajo el brazo. ¡Qué hombre este! ¿Cómo describirlo? Como un profesional al servicio del mejor postor. En sus círculos, de empresarios y políticos, era una estrella pujante. En el sector, una referencia. En la prensa, un poder en alza. Para Marieta, un ser incomprensible.
- Querida, en un par de años sabrás que las leyes sirven para ganar dinero y que se aplican unas u otras dependiendo de los intereses – le dijo en cierta ocasión para aclararle el panorama profesional -. Un abogado es la mano derecha de quien esté dispuesto a alquilarlo. Y en el precio va incluido todo lo bueno y todo lo malo de la profesión – continuó, presionándola -. No te pierdas, no sueñes, no te asustes, déjate llevar, estás en buenas manos, confía en ellas – prosiguió, mostrando las palmas de sus manos.
En esa ocasión, el abogado vestía un traje azul marino cortado por mano de sastre. De su bolsillo izquierdo, situado a la altura del pecho, sobresalía un pañuelo de color crema, estampado y ribeteado de rosas. “Cómo olvidarlo”, se dice ahora, mientras corre por el parque y se plantea si ha elegido bien, porque si al abogado Lafuente le había dado un elegante corte de mangas – ella había estudiado para cambiar el mundo, para mejorarlo, para caer en la cama después del trabajo derrotada, pero a gusto -, su situación ahora sería poco deseable. Es la tercera vez esta semana que se ha visto obligada a salir a correr como si la persiguiera el diablo.
- Uff, ufff, ufff... ¿Por qué nadie le dice a ese tío que se quede en el gimnasio en lugar de venir al parque? ¿De dónde sacará la energía?
El hombre al que su jefe le ha ordenado seguir es todo potencia, un obús de 80 kilos. Su malla, que apenas alcanza las rodillas, remarca sus poderosos cuádriceps. A treinta o cuarenta metros de él, bordeando la calle que da al parque, Marieta distingue el coche que conduce su colega, el inspector Ramiro, quien la mira sonriente. “¡Qué cara más dura! - balbucea -, se estará poniendo ciego a chupachups; es como los críos, y, mientras, yo aquí, desgastándome. Al menos tendré unos abdominales de lujo y él una barriga flácida” Uff, uff, uff...
Es lo que tiene ir de novicia. Marieta acababa de graduarse, era una auténtica policía, pero le tocaba hacer lo que los demás polis no querían: el trabajo sucio, vaya. Ir a por las bebidas, comerse los marrones de la noche, los peores asuntos, los que nadie quería. En tres meses se había complicado la vida haciendo unas cuantas guardias con un frío del carajo. Y ahora le tocaba seguir a aquel tipo con cara de cruasán. “Tiene arrugas que la cruzan de lado a lado”.
Uff, uff, uff... Ni ella misma se entiende, debe ser porque está agotada y cualquier cosa que pasea por su mente tiene lógica sólo en ese instante y en aquellas circunstancias. “Párate, ¡por tu madre!” Uff, uff, uff... Pero el cara cruasán no daba síntomas de cansancio.
- La idea es que te vea correr por allí hasta que le suenes familiar y que, entonces, trates de ganarte su amistad - le había aconsejado el comisario, Camilo Muela -. Sabemos que es un enfermo del deporte y que sólo valora a quienes ve capaces de sufrir en los gimnasios. No bebe, no fuma, no sale de noche, se diría que hace vida de santo... Salvo, salvo... porque le gustan las mujeres tanto como la adrenalina. Si se embotellara, la bebería como si fuera Coca-Cola. Ándate con tiento, no tiene buena fama con las señoras –, le había advertido.
Uff, uff, uff... “Pues podrías venir tú a correr y seguirle la pista, no te fastidia”, piensa ahora, mientras se lanza cuesta abajo. Lo tiene ahí delante, a pocos metros. Lisandro Pascual Márquez, así se llama el fulano, va acompañado de un toro de dos metros que lleva siempre pegado al costado como si fuera un revólver, una herramienta para hacer daño. Lisandro Pascual y su toro de testosterona, un tipo que daba grima.
- Habría que verles las mingas – bromearon en comisaría cuando le iniciaron en la caza del gallo, así llamaban los polis a Lisandro -, igual son de duralex.
- Quizás ella lo averigüe, señor - le dijo Ramiro al jefe, entre risas.
Entre los agentes había cierta guasa con el tema, y aún era peor a las espaldas de Marieta; se burlaban con la faena que le hacían al ponerla en la órbita de un kamikaze que lideraba, supuestamente, un pequeño ejército de hombres reconstruidos a base de hormonas y vitaminas.
“¿Cuánto pesarán? ¿Qué comerán? ¿De dónde sacarán tanto músculo?” - va preguntándose Marieta, que se mira hacia abajo, a los pies, viéndose frágil como una muñeca al lado de aquellos robots. En la Academia las ponían en forma, trabajaban duro, pero no hasta este punto. Uff, uff, uff... Parece que ha recuperado el resuello y que el cuerpo vuelve a responderle. “Haré lo que pueda”, se dice, más animada.
Metido en el agujero de la oreja lleva un auricular y le han colocado un micro en una pulsera por si se pierde en la jungla de las calles o si es invitada al gimnasio donde anidan los amigos del gallo.
- Dime qué se cocina allá dentro y si es lo que nos cuentan tráeme al gallo, mételo en la jaula y dejarán de tomarte por una novicia – le había comentado el comisario Muela antes de darle con la puerta de su despacho en las narices.
Esa era la ley no escrita. Marieta podía tener licenciaturas, que la tenía, doctorados, que también, másteres, alguno había caído, uno de Investigación Criminalística, podía haber salido cum lauden de la Academia de Policía, así salió, pero no sería policía hasta que hubiera triunfado en la calle. Nadie dentro del Cuerpo la respetaría hasta ese momento, que ella entendía colosal, pero que era vulgar, de ponerle a alguien las esposas.
- Uff, uff, uff... ¡Voy a por ti, gallo! – acierta a decir en voz baja y se lanza hacia delante impulsada por la rabia. Viste un chándal rosáceo, de esos que tampoco se olvidan fácilmente, le queda ajustado, marcando su estupenda figura. “¿Gallo, te gustan las mujeres? Pues aquí tienes toda una mujer.” se dice, intuyendo que se está metiendo en un buen lío.
Porque, ¿qué es lo siguiente que hace? Adelantarlos, dejar luego que Leandro Pascual y su pitbull o su toro o lo que sea aquel gigante, se aproximen y cuando los tiene ahí, a pocos pasos de distancia, deja caer distraídamente su tarjetero. Siempre lleva uno consigo, uno ideal de la muerte, porque ella es lo que es y si sale a correr sale con todo: la cinta del pelo, que lleva por supuesto bien recogido, el chándal, limpio, inmaculado, como las zapatillas, blancas - se la ve venir a dos kilómetros -, los calcetines de algodón a juego con el color del chándal, el desodorante, el... el tarjetero, por si pasa lo que no suele pasar, que sea necesario improvisar, tirar de tarjeta o de DNI. A ella le ensañaron en casa a llevar la ropa interior siempre perfecta, por si la coyuntura requiriera que tuvieran que verla en pelota picada.
Leandro Pascual pasa de largo, ajeno al tarjetero; lo mira y por un instante desacelera para echarle un ojo, pero lo deja estar, quizá pensado que no es su problema. Quien sí cae en la trampa es su guardaespaldas que se para, se inclina y lo recoge, lo ojea rápido y viendo que el jefe se pierde en el parque vuelve a lanzarse a la carrera. Su jefe se separa de hecho unos metros a su izquierda y aquella mujer, rosácea de la nuca a los pies, corre por delante también, pero a su derecha. La tiene a pocos pasos y si acelera podría alcanzarla en segundos, pero qué diría su jefe, medita, moviendo sus 110 kilos de masa muscular. Da unas zancadas enormes, como sus espléndidas espaldas, mientras duda cómo obrar... Se le nota por los movimientos que hace, mira a una y al otro, una y otra vez, el cuello como un ventilador, de aquí para allá...
Marieta es consciente de todo, pero disimula. Uff, uff, uff... Piensa en parar, en hacer flexiones o unos estiramientos, para darle la oportunidad de que le devuelva el tarjetero, pero al instante cambia de opinión. “A ver qué pasa”, se dice. El tarjetero contiene un DNI falso y su falsa VISA. “Si te lo devuelve, estará bien – continúa -, pero si se lo queda... aún será mejor. Mañana volveré con este mismo chándal, que canta lo suyo, y me reconocerán. Creo que pronto tendré una buena oportunidad de congeniar. De eso se trata ¿no?”
Las cosas fueron de otra manera, sin embargo, porque unos segundos después el tarjetero terminaría en un contenedor de basura. Allí lo lanzó el gigante sin más miramientos.
- ¡Jopé! - exclama con brusquedad y en voz queda Marieta al ver la maniobra del guardaespaldas, está harta de que no le salga una a derechas. Todos los casos en los que ha intervenido no han servido más que para frustrarla. Siempre que ha tenido que ir de camuflada la ha terminado fastidiando. Los que ha investigado ella no han avanzado y en los que ha colaborado se han estancado... “Ey bonita, ¿y si esta profesión no es para ti? Dedícate a la abogacía, o se ama de casa”, reflexiona, dejando que aquel monstruo se acerque por su izquierda y la sobrepase.
- Atención, Ramiro, unos metros más atrás han tirado mi tarjetero a la basura. ¿Puedes recogerlo? Gracias – le pide a su colega por el micro.
Ramiro casi brinca en el asiento del Citroen. “Ah, quiere guerra, pues la va a tener, que le den a sus documentos, que le hagan otros, yo no me muevo del coche para recoger unos putos carnets de la basura. Además, hace un frío del carajo”.
Marieta, agotada y desengañada, sigue corriendo como si le hubieran dado cuerda.
El día que Martín conoció a Francesa Sants, ella iba de blanco de arriba a abajo. Blusa y pantalón blanco y los pies dentro de unas sandalias con un poco de tacón, también blancas. Hasta el prendedor del moño, tiene el cabello pelirrojo, era blanco, parecía de marfil. “Desde luego, no se complica la vida con el vestuario – pensó Martín -, le dedica menos tiempo que yo”.
- Acompáñeme, por favor - le dijo tan solo ella, cerrando después la puerta que daba a la calle.
Martín ese día vestía casual, como siempre, no se ponía otra cosa ni cuando le entregaban premios, que le entregaban pocos, lo que desde luego le evitaba el engorroso asunto del qué me pongo. Habría que advertir que aunque terminaba poniéndose siempre vaqueros o unos pantalones de lino o de algodón, camisas de seda desabrochadas, de colores neutros, y un foulard o un pañuelo al cuello, sí solía dedicar unos minutos a pensar en qué ponerse. Él era así en cuestiones de vestuario, decidido, pero aparentemente indeciso. Cabe añadir que también lo es en cuestiones culinarias, decorativas, en gustos literarios, cinematográficos, televisivos, artísticos... y de pareja.
Es un hombre de costumbres sencillas que pretende creer de sí mismo que es distinto a los demás. Todo porque no tiene horarios fijos de trabajo, ni de sueño, ni de nada. Se levanta cuando quiere, se acuesta cuando le parece y en general, salvo circunstancias especiales, va dónde desea y cuando le apetece. Una vez dicho esto, la realidad es que apenas sale de casa y del barrio, que la ciudad la visita en raras excepciones y el país, para qué contarlo. Viajar le pone de los nervios. Odiaba el ritual de la maleta, el saqueo de los armarios, la consecución de los billetes... Prefiere el skype para saludar al mundo. Su relación con internet empezó tarde, pero perdura. Es de las pocas cosas a las que es fiel. Podría decirse que no lo es ni así mismo, pero sería exagerar.
Mientras Francesca iba guiándole por los pasillos de la clínica Deseos, Martín, nervioso y distraído, recordaba algunos episodios del día. Como su desayuno con mamá Clara, quien para variar llegó con prisa, venía del notario, de firmar no sé qué que le pedían sólo para “pagar más tasas, que me tienen harta, vamos a terminar pagando hasta por los metros que recorremos a pie, porque digo yo que desgastaremos las aceras con tanta zapateada”. Desaparecido Rogelio, el abuelo, mamá Clara, así la llama él siempre, se ha convertido en un icono con el que desayuna una vez a la semana; lo hacen en cafeterías como Mallorca, Starbucks o Santa Teresa, a ella le atraen los cafés fuertes y aromáticos y las delicatessen, como la bollería exquisita, o los bombones que se disuelven para “esparcir su sabor hasta los pulmones”, solía decir.
- No exageres, mamá – replicaba él. -
- Puedo y quiero exagerar, pequeño; ¡qué buen aspecto tienes!, ¿algún buen polvo ayer? -, la madre está de vuelta de casi todo y no tiene pelos en la lengua.
La mañana también dio para verse con Isma, el gestor: entrega de facturas, lectura de un par de documentos…
- ¿Isma, ¿cuántas empresas lleva usted; un centenar, dos, cinco? ¿Y qué haría usted sin ordenadores? – le dijo de repente, al ver tanta carpeta en derredor.
Ismael apenas tuvo tiempo para enarcar las cejas antes de proseguir con su inflexible rastreo de documentos y datos porque Mabel, su socia, metió baza en la charla, como casi siempre.
- Los ordenadores los inventó Hacienda para que nadie escape de sus garras – vociferó. Mabel tenía una voz irritante. ¿Se imagina usted lo que cobraríamos por nuestro trabajo si…?
La mujer continuó hablando, pero lo hacía para nadie, Isma siguió a lo suyo y Martín se fue deslizando por la puerta hasta alcanzar la calle.
El paseíllo por Deseos se iba demorando porque Francesca Sants se veía interrumpida constantemente por alguien que se despedía o que aparecía en una puerta y le preguntaba nosequé..., así que Martín volvía a los recuerdos.
Se veía caminando por el parque que le separaba del restaurante El Buque, su meta esa mañana, practicando uno de sus deportes preferidos: escuchar las conversaciones de la gente. Dejarles hablar mientras caminaban, él unos metros por delante o detrás, sin que supieran que les prestaba atención. Era entretenido, como ir conectando rápido con diferentes emisoras de radio. Practicó su juego un rato, pero en cuanto divisó El Buque lo dejó. Su gran amigo Eduardo Demichelis debía estar ya allí. “Dios, cada día es más popular, el otro día aparecía en la portada de El País; menos mal que conmigo sigue siendo el mismo”, se dijo, siempre atento a la llamarada pelirroja de Francesca, quien con un rápido ademán se había soltado el pelo.
A Demichelis había tenido que llamarlo trece veces, ¡trece!, sin éxito. Tenía una secretaria que ni se inmutaba, lo escuchaba todo y todo le resbalaba.
- Que me urge hablar con él, que lo necesito, que es cuestión de vida o muerte… - le había llegado a decir, y nada ¿Qué clase de piel tienen las secretarias de los oncólogos de prestigio?
Así que cómo no le hizo caso, optó por la vía del wasap. Ahí, en pocas líneas, se lo explicó: “Necesito un médico o un psicólogo con años de experiencia en hipnosis regresiva. Quiero encontrar a las mujeres que he amado en otras vidas. ¿Conoces un buen profesional? Firmado: el cuentista”.
Una hora después recibía una respuesta: “Déjate de amores eternos, todo lo que necesitas lo tienes aquí y ahora, hermano. Te veo hoy en el restaurante El Buque, dos y media. Sé puntual, mamón, después tengo trabajo”.
Y allí llegó Martín, a El Buque, un lugar con redes, anclas, correderas de barquillas, bitácoras, agujas..., la mayoría colgadas de sus paredes, y un mostrador de madera náutica pulida y brillante. Pero el médico no estaba allí, llegó tarde y además vino guasón.
- Que conste que tú pagas, jajaja.... Ven aquí - dijo, alargando el brazo -, bésame el anillo como si fuera un cardenal. Jajaja....
En cualquier reunión, Eduardo trataba de llevar la voz cantante, le gustaba hablar de sí mismo y para sí mismo, le cuesta escuchar, pero esta vez vino con acidez de estómago y algo cansino, así que Martín aprovechó para ir al grano.
- ¿Qué le da sentido a todo lo que hacemos y dejamos de hacer? -, preguntó.
- Ya te veo venir... El amor, seguro, eres un romántico... - respondió Eduardo, quien dudó no obstante qué decir -. Pero…, en mi opinión, la salud – continuó -. Si caes enfermo grave la vida cobra otro sentido. Lo estoy viendo cada día. El amor, lejos de curar, enferma, sí, lo que oyes, cuando te ataca esa droga sabes que más tarde o más temprano se acabará y enfermarás.
- El amor y la muerte, amigo – afirmó convencido Martín -, el eros y el tánatos de Freud o, en versión griega: Caos - no tengo que presentártelo -, quien engendró a Nix, la Noche, y a Erebo, la Oscuridad. Fíjate que de Nix - continuó, tras comprobar que Eduardo le seguía con atención -, nacieron los gemelos Hipnos, el dios del Sueño, Tánatos, la Muerte, y también Eros, el tercer hermano. Curioso ¿no? - inquirió, mientras Eduardo se recreaba en un apetecible tentempié. Me refiero a que pudieran ser hermanos los tres actores principales de ¿mi Búsqueda del Amor Eterno? – dijo, alzando la voz.
- No hace falta que busques en las deidades griegas justificación a tu desvarío – respondió Eduardo -. A cualquiera medianamente cuerdo que le cuentes que quieres ponerte en contacto con las mujeres que han sido tus amantes, tus parejas, en vidas pasadas, le parecerá absurdo. Porque te conozco – añadiría -, sino creería que me estás tomando el pelo y miraría por todos lados – dijo, echando un cómico vistazo a diversas partes del local -, para ver si hay cámaras ocultas. ¿Es una broma? ¿Te quieres quedar conmigo?
- No me tomes el pelo tú a mí, que nos conocemos desde niños. Jajajaja... – rieron unos segundos, mirándose con complicidad -. Verás – prosiguió Martín, cambiando de registro -, puede que lo del amor sea una idiotez, pero quiero comprobarlo. Por eso busco un profesional serio y competente que me ayude a traspasar la barrera de..., de esta realidad y me lleve mentalmente por otros planos de conciencia.
- Pero eso es imposible, cuentista. La ciencia lo descarta – zanjó tajante Demichelis -; y déjame recordarte que quien juega con fuego se quema. Veo en ti la influencia de tu abuelo, el venerable Rogelio Unzué - añadió, ahora muy serio. Martín simuló no hacerle caso.
En la mesa fueron apareciendo unas alcachofas al horno, unas almejas a la marinera que saborearon con los dedos y un mero al horno, que compartieron. Al tiempo hablaron de oncología, era obligado, del hospital público donde trabaja Demichelis, del periódico en el que Martín había comenzado a colaborar, de golf y, claro está, de gitanos y leperos. El doctor memoriza cuantos chistes le cuentan sobre ellos.
- ¿Y de qué escribes, cuentista? ¿Por qué no lo haces sobre mi hospital? - planteó Demichelis, dando por finiquitado el mero -. Las nuevas medidas económicas sanitarias nos están dejando sin personal y hasta sin papel higiénico.
- Dalo por hecho si me ayudas a encontrar a ese profesional que ando buscando - sugirió Martín Florida, aprovechando de nuevo la ocasión -. Pero volvamos al gran tema – continuó -, dime: ¿qué harías por amor?
El oncólogo suspiró y visto el silencio que se produjo meditó, buscó ideas, las palabras adecuadas, o quizás se acordó de algo, de alguien que le llevó lejos de allí...
- No sabría qué decir – respondió al fin, con cierto resquemor en la voz -, creo que el amor en mi caso ha dejado paso a una especie de complicidad latente. Tú conoces a Teresa, cómo es y qué busca en la vida. Pero el amor, al que le toca le hace una putada. A mí hay viejos amores que aún me duelen.
- Ahá. ¿Y qué piensas de los que creemos en la reencarnación? -, continuó Martín.
- Que sois, perdona, unos inadaptados. Hay una parte de mí que os envidia, – respondió, más animado -. Pero os entiendo, a nadie le gusta que la muerte se lleve nuestros juguetes.
- ¿Eso somos, juguetes? - planteó Martín mientras pedía la cuenta.
- Para la muerte ni eso, sólo anécdotas – añadió el oncólogo sin inmutarse -. Tú de la muerte no sabes nada. Yo la veo casi cada día en la mirada de mis pacientes. Y ahora con tu permiso, voy al aseo.
Minutos después, Demichelis reaparecía con una sonrisa amplia y la mirada vibrante.
- Bueno, toca mus. Te engañé, hoy ya no tengo pacientes – dijo, a modo de despedida, entregándole un papel en el que aparecía el nombre de Francesca Sants y el número de su móvil -. Llámala, quien sabe...
- Si la conoces, no se te ocurra decir nada de mi abuelo – exigió Martín, leyendo el papel -. Déjala en paz. No quiero que la manipules. Será un mano a mano entre ella y yo, ¿de acuerdo?
- No te preocupes, y haz tú lo mismo; no me conoces, no quisiera verme involucrado en este tipo de asuntos.
- ¿Te sigue pareciendo absurdo? -inquirió Martín.
-Mira, soy un escéptico y además presido la Asociación Española de mi ramo, como bien sabes, así que… prefiero quedarme al margen ¿Pero de verdad crees en eso del amor eterno? – preguntó Demichelis, cambiando de tema -. Vine pensando que lo haces para tener material para uno de tus relatos y me voy confundido.
Martín sonreía mientras se ponían los abrigos y aprovechó para contarle otro de lo que Eduardo llamaba cuentos.
- ¿Qué es la realidad? Lo que ve cada cual, es obvio. Pero he aquí que los neurocientíficos dicen, no dicen, aseguran que lo único que existe es la mente. Vivimos en la mente, amigo. Parece ser que el inconsciente simula la realidad que percibimos. Vivimos en una ilusión, según ellos, los budistas, y los físicos cuánticos. Mucha gente, ¿no? Así que me pregunto: ¿por qué esa ilusión no va a alcanzar también al pasado? ¿Y si el pasado es una simple base de datos más de la mente? ¿Y si pudiéramos acceder a él con…, con la hipnosis, por ejemplo? Fíjate que el 99 por ciento de lo que vemos lo proyecta la memoria y que al parecer no somos conscientes de la inmensidad de datos que baraja el inconsciente. Todo está aquí, en la mente - señaló, tocándose la cabeza -. Ese es mi regalo de despedida, dale vueltas.
- Espera en este despacho un minuto, por favor, vuelvo enseguida – le pidió Francesca Sants, desapareciendo sobre sus pasos y contestando al teléfono.
- … sí, Adriana, no me he olvidado de ti, estoy contigo enseguida... Gracias - dijo tan solo, cortando la comunicación pasillo adelante.
Martín la vio desaparecer, preguntándose si sería ella la profesional que llevaba semanas buscando. No estaba siendo fácil. Necesitaba un médico o un psicólogo que llevara más de una década trabajando con hipnosis, un profesional que además fuera flexible para admitir lo que no estaba en los manuales. “Quiero saber quién fui, cómo me llamé, a qué me dedicaba, dónde viví y, sobre todo, a quién amé”.
- Además de lo que me has contado, ¿qué más buscas en ese guía? - le había preguntado Demichelis en el restaurante.
- Un guía es como un sacacorchos - respondería Martín-. Si las cosas se tuercen me tiene que sacar de allí, donde quiera que me haya metido. Como ya sabes, a estas alturas conozco de sobra las virtudes terapéuticas de la hipnosis y sus funciones relajantes, pero voy a necesitar más. Mi guía ha de llevarme hasta donde le pida. Y sin heridas. Rogelio Unzué, fatalmente, no puedo olvidarlo, acabó en un psiquiátrico. Diagnóstico: Manía persecutoria y trastorno de personalidad narcisista.
- ¿Crees que fue la hipnosis regresiva la culpable? - inquirió preocupado Demichelis.
- Sé que lo fue, no me preguntes cómo - respondió, sin mentar al Tratado de la Hipnosis Regresiva escrito por su abuelo y que obraba en su poder. Sólo mamá Clara y él sabían que existía y sólo él lo había leído.
Acaba de salir de la ducha cuando suena el teléfono. Piensa que algo va mal. A esa hora no podía tratarse de una buena noticia. Era poco más de las siete de la mañana y fuera debía hacer una temperatura poco recomendable para ir con las piernas al aire. Mientras descuelga, Marieta decide que va a ponerse pantalones y jersey de lana. Desde que ha salido de la Academia se ha puesto el uniforme media docena de veces.
- ¿Siiiii? - contesta, mientras frota el cabello húmedo con la toalla –. Al habla con Marieta -. Aún está desnuda y mojada, no le ha dado tiempo a secarse y tirita.
Llamaba Belén, genio y figura, una colega de trato difícil, pero buena amiga. El aspecto de Belén engañaba a todo el mundo. Es redonda, blanda, acumula unos kilos de más a la altura de las caderas y su voz es melosa y aguda, podría ser la de una niña. También es lista, piensa rápido, y decidida. En los ejercicios tácticos, en la Academia, destacaba y en tiro era la bomba, la mejor. Manejaba las automáticas con sangre fría. Se ponía las gafas de tiro y pam, pam, pam... Antes de que llegaran las dianas arrastradas por el sistema mecánico ella podía decir con los ojos cerrados cuántos impactos había en la cabeza: en general eran ocho de cada diez, tiene un promedio elevado. Resumiendo, que Belén es un cruce de disciplina y mala leche.
Valga para retratarla la última sesión de tiro antes de licenciarse en la Academia. Había ambiente en el recinto porque los dos mejores tiradores de la promoción se enfrentaban en un duelo de dianas. Ganaría el que mejor media obtuviera. En realidad, los concursos de esa naturaleza estaban prohibidos, pero todos, mandos incluidos, miraron hacia otro lado ese día. ¿Qué había en juego? El honor de ser el número uno, el mejor, la mejor de la promoción, y cien pavos, una fortuna.
Pam, pam, pam… Empezó la fiesta de las balas y la expectación fue creciendo. Con el décimo proyectil, ambos tiradores, Belén y un tal Medina, José Medina, se quitaron las gafas y dejaron las automáticas en el mostrador. Ambos sonreían, pero Belén fue más allá:
- ¡Diez de diez y todas en la pelota! – gritó -. Esta vez me he salido. Jajajaja… - dijo, tras comprobar, poco después, que era cierto.
En cuanto oyó su voz en el teléfono, a Marieta le vinieron los recuerdos de la Academia y ese ambiente masculinizado que tan poco le atraía. Allí ella no casaba, ni casa ahora, parece ser, en las comisarías. Había pasado por diversos destinos aprendiendo a ser policía y en cuanto decía algo, lo que fuera, un hola, un qué hay, dónde vamos, lo decía de tal manera que parecía fuera de lugar, no encajaba. Se le nota a la legua que no viene de la calle, huele demasiado a aula, tiene los codos pelados de tanto darle al coco. Su leyenda incluía ser de misa y comunión diaria. “Es una beata”, habían llegado a comentar algunos malintencionados, tratando de insultarla. “Va de maestra”, cotilleaban otros, por idénticas razones.
Sin embargo, y a pesar de ser tan diferentes, se entendía con Belén. Con ella se sentía protegida. Si Belén estuviera con ella ahora todo sería distinto, pero había sido destinada a Barcelona.
- Querida, te están tomando el pelo – le dice Belén por el teléfono -. Hasta Barcelona están llegando tus imágenes en el parque persiguiendo gallos. ¿Te las envío por mail? - pregunta Belén, sin siquiera dar los buenos días -. Si lo hago, no te mosquees ¿vale?, que te conozco, y cuando te pones, te pones... Son unos bastardos, pero hay que aguantar hasta que se les pase. A mí me están friendo a guardias en los arrabales. Ahí no pueden vivir ni las cucarachas. Estoy de mugre hasta las tetas. ¡Que se jodan!, pero no me van a arrodillar. ¿Sabes? Me gustan más los yonquis que muchos de nuestros colegas y me asusta pensar que un día seremos como ellos y que nos descojonaremos con las cosas que haremos a las novatas. Valiente futuro nos espera. Qué desastre…
Mientras hablaba, Marieta estaba pendiente de los emails y cuando vio que había llegado le pidió disculpas y dijo que iba a colgar.
- Tengo que verlo ya, ¿entiendes? - dijo con firmeza y colgó. Tenía el pulso como un tren de alta velocidad.
Sigue desnuda, pero el frío ahora no le importaba, o no lo sentía. Su temperatura corporal iba ascendiendo a medida que se le iba acelerando el pulso. Unos segundos después, pulsa la tecla on en el vídeo. “Relájate y veas lo que veas, oigas lo que oigas, que no te saquen de tus casillas”, se dice, mientras se ve corriendo por el parque en la pantalla.
- Nuestra colega, en un arranque de originalidad y de técnica adquirida en años de experiencia callejera – decía Ramiro, relatando las imágenes y falseando la voz, que sonaba nasal, porque para más pitorreo se tapaba con los dedos la nariz -, tira al suelo su DNI y su visa oro para ver si los presuntos malhechores pican y se lo devuelven. Jajajaja... Esta mujer está hecha para la calle, para colarse en las mafias de la noche. Compañeros, estamos ante un cerebrito del camuflaje – terminaba argumentado el policía, mientras en las imágenes se veía a una Marieta fatigada. No volvería a darle al play. “¿Para qué? – pensó, reflexionando -. O sea, que no hay misión de anabolizantes ilegales y Ramiro no me protegía de nada, el muy imbécil me grababa haciendo el gilipollas tras aquellos mastines con dos piernas”. Marieta enseguida comprendió que se trataba de otra payasada de sus maravillosos compañeros.
El frío le venía en oleadas y a ratos temblaba. De un salto cogió el albornoz y buscó las mangas y mientras lo hacía se vio desnuda en el espejo. “Ey, tienes un cuerpo fantástico” – se dice, observando su metro setenta, el cabello colgándole hasta los pezones, el pubis rasurado, las piernas firmes y delgadas y el vientre liso como un desierto. “Créeme, estás para comerte, no para llorar porque esos buitres te quieran arruinar uno de los momentos que más has buscado, el de ser policía. Recuerda que lo hiciste para colaborar con la Justicia, no para trabajar con estos mamarrachos. ¿Cuántos estarán detrás del cabrón de Ramiro? Muela es seguro, él mismo me lo ordenó, fue él quien se inventó el mito del gallo, porque será una patraña, ¿no?”.
Sigue frente al espejo, una simple lámina de cristal pegada a la pared del cuarto de baño, en el que se distingue a medias debido al vapor que desprende el agua caliente, y se abre de nuevo, cuidadosamente, el albornoz. Allí vuelve a estar ella, los pechos por delante, la cintura perfecta. “¿Cuántas veces te han dicho que podrías haber sido modelo?... Pero soy policía y estoy harta de ser comedida, moderada, displicente, a-bu-rri-da”.
Marieta se dejó caer entonces en la cama e hizo lo que hace siempre que se pone a pensar, preocupada, dibujar un mohín con los labios y llevarlo de un lado al otro de la cara. Así se pasó unos segundos, mientras juntaba las rodillas y estiraba las piernas una y otra vez para entrar en calor. Medio tumbada y a punto de congelarse, sufrió el shock que estaba buscando: le vino la idea, el plan que decidió poner en marcha. “¿Le pregunto? - se dice, ahora contemplándose de nuevo en el espejo -; o cómo dice ella, ¿tomo mis propias decisiones y luego le cuento?”. Marieta ha contratado los servicios de una coach una vez al mes, pero habla con ella por teléfono cuantas veces la necesita. La contrató al entrar en la Academia y darse cuenta de que iba a ser difícil manejarse en aquel ambiente machista.
“Hoy no la llamaré. No la necesito. Sé lo que tengo que hacer. Van a babear.
“¿Qué dirán, cómo actuarán’?” medita, mientras se viste. La ropa interior le da igual y se pone las primeras bragas que pilla del cajón, aunque enseguida se detiene, Uhmmm.... Hammm. Uhmmm... Decide quitárselas y opta por un tanga. Si ha de comportarse como piensa, tiene que acostumbrarse a jugar el papel desde el primer minuto.
El interés de Martín por la hipnosis venía de cuando era un chaval. La practicaba con su abuelo. Unzué era médico y psiquiatra, pero con el nieto ejercía de amigo y confidente. “Si se entera tu madre me mata - le decía tras cada sesión -, así que más vale que lo ocultemos. Será nuestro secreto. Ella piensa que eres muy joven para jugar con las cosas de la mente. La teme porque la desconoce y trata de protegerte. Así que... ¿trato hecho?” Las sesiones de hipnosis las hacían cuando no había moros en la costa en su casa, en el barrio madrileño de Chueca. Charlaban sobre la mente, el cerebro, el pensamiento, la consciencia, el subconsciente, de cómo podrían funcionar, de quién podría depender de quién, de si la consciencia la destila el cerebro o van ambos por libre, si son independientes...
- ¿Cómo interpretar lo que sucede en las experiencias cercanas a la muerte? - preguntaba el psiquiatra en aquellas charlas. Martín lo recordaba con claridad -. Ahí, en estos casos, las personas carecen de actividad cerebral, su encefalograma es plano y el corazón no late, el electro no ofrece signo alguno de vida. Sin embargo, cuando esas personas regresan cuentan con detalle todo lo que ha pasado durante esos minutos; incluso dicen haber visto su propio cuerpo. En estos casos, la mente, si damos por ciertas estas experiencias, ha ido por libre, se ha independizado del cerebro y del sistema nervioso.
Unas hipótesis les llevaban a otras no menos cuestionables, como la de que existiera la posibilidad de que todo sea consciencia, que la tenga el aire que respiramos, el agua, las raíces, los rayos solares, las gotas de lluvia...
- Dime, ¿cómo se producen nuestros pensamientos? - preguntaba Martín, al que fascinaba escuchar a su abuelo especulando con aquellas historias.
Martín, a los doce, trece años, era un enfermo crónico al que el asma obligaba a llevar una vida pausada; y las alergias, lo era a casi todo y en primavera de manera muy crítica. Así que se refugió en la lectura. Estudiaba y leía, leía, leía... era voraz pasando páginas y cambiando de libro. Iba poco al colegio y para pasar los exámenes tenía que echar mano de profesores particulares, todos ellos anodinos, que le enseñaban matemáticas, historia, ciencias sociales... Por lo que las sesiones con el abuelo se convertían en una especie de ceremonias, no sabría cómo calificarlas. Lo que Rogelio le contaba podía tocarlo, experimentarlo. La hipnosis le permitía, por ejemplo, hacerse más fuerte. Tras cada sesión se sentía más a gusto consigo mismo. Fue un largo proceso, pero el éxito frente al asma y las alergias fue haciéndose palpable. Sus padres, sin embargo, lo achacaban al efecto de las vacunas.
“Nuestra única certeza es el tiempo que tenemos de vida - le explicaba el abuelo -. Lo que no sabemos es cuánto. Pero desde que nacemos alguien da la vuelta al reloj de arena que marca el tiempo que tendremos de vida y hay que aprovecharlo haciendo lo que nos gusta, nos interesa y da sentido a nuestros actos”. Martín tomaba notas de cuanto el abuelo decía. Aún las conservaba. Su abuelo calculaba el número de paellas que iba a comer en su vida, o de bistecs, quería ilustrarlo, o el número de páginas que leería, los bostezos, carcajadas o guiños que daría; las veces que le pedirían el DNI..., y él tomaba notas, mientras se decía que el tiempo solo era aquel momento, juntos.
- Toma – le dijo un día el abuelo –, un regalo, un simple reloj de arena –. Martín también lo conserva -. Échale un vistazo de vez en cuando, a ver si con suerte resuelves la paradoja del tiempo.
Tras meses de dedicación al estudio y análisis de Rogelio Unzué, Martín había leído su Tratado varias veces, sus notas personales, entregadas a su muerte a la familia, y los informes de médicos y celadores, consideraba que su abuelo pudo haber sido encerrado en un psiquiátrico injustamente.
Desde su llegada al hospital, Rogelio se comportaba - escribían en esos informes -, como si fuera superior a todos. Estaba mentalmente acelerado y no soportaba a nadie que no le tratara con ciega admiración, o se deprimía y caía en largos silencios obsesivos.
“No quiere medicarse, esconde o tira las pastillas y se pasa el día escribiendo
o tumbado, inmóvil - constaba en dichos informes -. Está horas con los ojos cerrados. No está dormido, pero está ausente, como si fuera autista, no sabríamos decir qué hace o por qué lo hace”. Para sus médicos, en esos largos tiempos de silencio se dedicaba a poner en práctica la hipnosis. Decían también haber leído sus escritos y que no les parecían especialmente significativos de cara a valorar su enfermedad.
A veces, sumido en esos trances, le tocaban, le zarandeaban repentinamente, siempre con el propósito de observar sus reacciones, y él, parece ser, abría los ojos sin sobresaltarse.
“No os preocupéis, estoy bien – les dijo en una de esas ocasiones, al abrir los ojos y verlos a todos allí, rodeándolo, intrigados –; estaba charlando con un general mientras esperábamos ser llamados por el emperador Francisco II; tenía audiencia con él. Si no os importa, regreso a mi cita. A un emperador no se le puede dejar plantado”.
“El enfermo 111 - ese era su número en el psiquiátrico -, dice ser perseguido siempre por el mismo personaje: un sacerdote inquisidor que le da pánico. (…) Suele aislarse, comer solo, dice que no tiene tiempo para nadie, que le disculpemos - reflejaban celadores y enfermeros en sus notas -, pero que está realizando investigaciones cruciales”.
Los demás enfermos le acusaban de hacerlos sentir minusvalorados y por eso algunos le empezaron a atacar, solos o en grupo, física y verbalmente, no consentían su aire de superioridad. “Vamos muchachote, deja de remar por el universo, le dijo el 231, acercándose y propinándole unos cuantos guantazos en las mejillas - quedaron grabados con la cámara de vigilancia -. Entonces, el 111 salió de esa especie de trance donde suele estar siempre, abrió los ojos, miró al techo, dio un par de pasos, cogió unas tijeras que tenía uno de mis compañeros en su bata y se las clavó en las nalgas al 231”, escribía el enfermero Juan Rodríguez, quien continuaba su relato asegurando que el 111, tras clavar las tijeras, volvió a cerrar los ojos como si nada hubiera sucedido.
Todo indicaba que su abuelo tenía serios problemas psíquicos. Sin embargo, la última vez que Martín lo vio con vida, estaba a punto de cumplir los veinte años y había ido con su madre al psiquiátrico. Rogelio, al reconocerlo, sonrió, y aprovechando que se quedaron solos unos instantes, le dijo:
- Lo he conseguido chaval, y tú lo conseguirás. Creen que he perdido el juicio porque no lo entienden. Creen que quien me acecha no es real y que me comporto como un sabiondo, cuando lo que trato es de aislarme para trabajar tranquilo. Lo he dejado todo escrito y quiero que cuando estés maduro lo leas con detenimiento, te he señalado el camino. Hay un mundo aquí dentro de ilimitadas posibilidades - dijo, tocándose la cabeza -. Con tu experiencia, seguirás practicando la hipnosis a buen seguro, y con mis conocimientos, que serán tuyos, podrás hacer lo que quieras. Yo no he podido - concluyó, asomándole a los ojos una profunda tristeza.
Unas semanas después moría, un ataque al corazón acabó con él, y en su herencia legaba a Martín sus escritos, advirtiendo que no podría tocarlos hasta que cumpliera los 40 años. “Entiendo que hayas podido creer, como los demás, que he perdido la razón, pero quizás tras leer mis memorias cambies de opinión”, había dejado escrito ante notario. “Te preguntarás por qué no he querido que leyeras antes mi Tratado de la Regresión Hipnótica. La razón es que temo que no estés preparado para comprenderlo”.