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Foca / Investigación / 125

Javier Benegas y Juan M. Blanco

Catarsis

Se vislumbra el final del Régimen

Prólogo de Jesús Cacho

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A Celia, Alejandro y Gonzalo

«Si los hombres fueran ángeles, no haría falta gobierno. Si los gobernantes fueran ángeles, ningún control, externo o interno, sobre los gobiernos sería necesario. La gran dificultad para diseñar un gobierno de hombres sobre hombres estriba en que, primero, debe otorgarse a los dirigentes un poder sobre los ciudadanos y, en segundo lugar, obligar a este poder a controlarse a sí mismo. No cabe duda que depender del voto de la gente constituye un control primario sobre el gobierno, pero la experiencia enseña a la humanidad que son necesarias precauciones adicionales.»

James Madison

INTRODUCCIÓN

Un libro para leer en cualquier orden

Querido lector:

El libro que tiene en sus manos, o en su pantalla, no es un texto al uso. Si lo está leyendo en la cama, finalizada su jornada y a punto de comenzar su merecido descanso, quizá no le reporte esa fantástica utilidad que prestan muchos ensayos: ayudar a conciliar el sueño. Hemos puesto todo nuestro empeño para que la lectura resulte amena, cómoda y, sobre todo, flexible y adaptada a sus gustos y necesidades. Es posible avanzar por las páginas siguiendo el orden numérico de los capítulos. Pero también puede usted componer su propia trayectoria, sumergiéndose en la lectura al albur de sus impulsos, gustos y preferencias. No tema, debido a que cada capítulo tiene un carácter autocontenido, no necesitará el conocimiento previo de los anteriores para mantener en todo momento el hilo argumental. Siéntase libre para comenzar por la parte que más atraiga su interés o por el capítulo con título más sugestivo. Saltar adelante y atrás o componer su propia rayuela es precisamente lo que se espera de los lectores.

Aunque cada capítulo trata un tema distinto, existen ideas conductoras que se encuentran presentes en todos ellos. El Régimen político español surgido de la Constitución de 1978, que fue vendido como una democracia avanzada, adolece de tan graves defectos que no pasa de ser una democracia de muy baja calidad. Se trata de un sistema cerrado, dominado por una clase política y unos grandes empresarios que actúan en connivencia para establecer trabas a los competidores y repartirse las correspondientes rentas dentro de un marco profundamente corrupto, que desincentiva la competencia, el mérito y el esfuerzo. Los partidos políticos vaciaron de contenido las instituciones, desmontaron los necesarios controles sobre el poder y blindaron sus privilegios mediante el control de la opinión pública y de los medios de comunicación.

En lugar de establecer un Sistema de Libre Acceso en la política y la economía, un entorno en el que primase el imperio de la ley, la igualdad de oportunidades, las instituciones neutrales, el trato impersonal o un sistema político caracterizado por el equilibrio de poderes, la Transición política dio lugar a un Sistema de Acceso Restringido, dominado por las relaciones de tipo personal, los privilegios, el intercambio de favores y las barreras a la participación. En términos más coloquiales, el «enchufe» tuvo preeminencia sobre la valía personal y la sólida formación: «es menos importante lo que conozcas que a quién conozcas».

Como consecuencia de los graves defectos de diseño, el sistema ha desembocado en una profunda crisis política, económica y social, que amenaza con reventar las costuras de las endebles instituciones. El Régimen toca a su fin, aunque sea imposible vaticinar fechas y calendarios.

El libro analiza los graves males de la política española, explicándolos paso a paso e insistiendo en ellos a lo largo de los 61 capítulos. Pero no se limita a enumerar problemas o a ejercer una estéril crítica: propone también las oportunas reformas que conducirían a un sistema moderno, abierto, participativo y eficiente.

Estructura del libro

El prefacio narra un caso real, una inoportuna llamada telefónica que ilustra la difuminada y traspasable línea que separa lo público de lo privado, los opacos apaños entre políticos y grandes empresarios que caracterizan el Régimen español. La primera parte del libro desmonta esa arraigada creencia de que los males de España son consustanciales al particular carácter de nuestra cultura. El origen de los problemas no se encuentra en las personas sino en un incorrecto diseño de unas instituciones carentes de controles eficaces y creadoras de incentivos incorrectos. La segunda parte analiza el Régimen político español salido de la Transición, la nefasta elaboración de la Constitución de 1978, la ausencia de separación de poderes o el absurdo e inútil funcionamiento del Parlamento. La tercera describe la lamentable clase política que fue creándose al calor del aciago marco institucional. Corruptos, oportunistas, ignorantes o aprovechados son arquetipos dominantes en la muy mejorable casta política española.

La cuarta parte estudia la manipulación informativa que el poder ha venido ejerciendo desde el comienzo del Régimen, exponiendo esa abierta traición y vergonzante autocensura de intelectuales y periodistas, que renunciaron a su papel de conciencia crítica de la sociedad y colaboraron por acción u omisión con el poder establecido. Mientras la quinta parte analiza el control social, ideológico y burocrático que ha ejercido el Régimen, la sexta denuncia el carácter cerrado de nuestro sistema político y económico, dominado por ese pacto tácito entre clase política y ciertos grupos empresariales para repartirse el poder y las rentas, restringiendo la competencia económica y política. La séptima disecciona la naturaleza de la generalizada corrupción en España, muy bien organizada por los partidos, sus mecanismos de actuación, su estrecha conexión con una intencionada complejidad legislativa y sus graves consecuencias económicas y sociales.

La octava parte ofrece una descripción crítica del Sistema Autonómico, uno de los más potentes dogmas del Régimen, su caótica y ruinosa estructura y su degeneración en un caciquismo de nuevo cuño. La novena parte rompe un arraigado tabú, analizando sin medias tintas ni autocensuras el papel de la Corona. Se señala, así, el poco ejemplar comportamiento de un Rey que no cumplió correctamente ninguno de sus papeles y las oscuras perspectivas de continuidad para la Monarquía. La décima explica los factores que llevaron a la profunda crisis económica actual, haciendo especial hincapié en las nefastas decisiones políticas del pasado. La undécima parte señala el previsible final del sistema político surgido en la Transición, proponiendo las salidas y soluciones que los autores consideran más adecuadas. Finalmente, el epílogo hace una llamada a la movilización ciudadana en pos de la libertad y la dignidad perdidas.

Un Régimen de mentiras y tabúes

Como todo sistema cerrado, el Régimen de 1978 construyó sus propios mitos y mentiras, creando terribles tabúes para que nadie osara exponer abiertamente la verdadera naturaleza de las cosas. Este libro pretende denunciar estas falsedades y manipulaciones, rompiendo abiertamente los tabúes.

¿Sabía usted que la Transición política distó mucho de aquel modélico proceso que vendió la propaganda oficial? ¿Que la Constitución Española se elaboró básicamente en beneficio de los partidos políticos presentes en el pacto y no en interés de los ciudadanos? ¿Que fue producto de multitud de apaños y componendas y que, ante la imposibilidad de cerrar acuerdos sobre puntos fundamentales, se redactó de manera ambigua e incoherente, al albur de futuras transacciones entre partidos? ¿Que la separación y el equilibrio de poderes, elementos fundamentales de la democracia, desaparecieron con prontitud, estableciéndose un régimen que puede denominarse «partitocracia»? ¿Que la mayor parte de las instituciones que teóricamente son independientes sólo funcionan de manera formal, pues en realidad se limitan a ratificar lo que ya han decidido los partidos?

¿Sabía usted que, aunque la Constitución garantizó ciertas libertades, la participación política se encontró sometida a enormes barreras, creándose una casta cerrada de políticos profesionales? ¿Que los mecanismos de selección de los gobernantes son perversos y tienden a llevar al poder a personas insuficientemente preparadas y poco honradas? ¿Sabía que los partidos acordaron tácitamente un sistema de corrupción organizada para repartirse los ingresos por comisiones ilegales que se obtienen desde el poder? ¿Que la mayor parte de las contratas por obras o servicios tienen un precio enormemente inflado, que incluye el importe de sustanciosas comisiones? ¿Que los contratos públicos se adjudican de manera arbitraria a empresas que se encuentran en connivencia con los gobernantes?

¿Sabía usted que el Rey nunca cumplió adecuadamente su papel de árbitro y moderador de las instituciones contemplado en la Constitución? ¿Que se ocupó preferentemente de sus asuntos privados, utilizando para ello los servicios del Estado? ¿Que, en contra de la imagen de un monarca sin facultades ejecutivas, Juan Carlos utilizó los servicios secretos españoles con fines privados, elevó a una buena amiga a representante oficiosa de España y colocó a familiares en puestos bien remunerados de grandes empresas privadas? ¿Que la prestigiosa revista Forbes calcula al Rey una fortuna de 1.800 millones de euros a pesar de que Juan Carlos carecía de patrimonio cuando llegó a España? ¿Sabe usted lo qué vendía realmente Iñaki Urdangarin para que multitud de entidades públicas y privadas le pagasen millones de euros sin contraprestación aparente?

¿Sabía usted que el Sistema Autonómico se desarrolló de manera improvisada y caótica generalizándose el traspaso de competencias cuando los partidos descubrieron que se multiplicaban los cargos a repartir entre sus miembros? ¿Que las Autonomías han creado una estructura administrativa y burocrática monstruosa, dirigida a colocar a sus simpatizantes y amigos? ¿Que los Gobiernos autonómicos han promulgado más de cien mil leyes, normas y regulaciones imposibles de cumplir en su totalidad, que limitan el establecimiento de nuevas empresas, entorpecen la creación de empleo y rompen la unidad del mercado interior? ¿Que se ha creado un nuevo caciquismo comparable al que existió en la segunda mitad del siglo xix en España?

¿Sabía usted que los partidos han controlado férreamente los medios de comunicación públicos y privados utilizándolos como instrumento de propaganda? ¿Que la prensa ha vivido de subvenciones, publicidad institucional y concesiones, y que destacados periodistas reciben favores, e incluso sobres, de los partidos? ¿Que ha existido una enorme autocensura por parte de muchos periodistas e intelectuales por temor a ser señalados con el dedo si contaban lo que realmente ocurría?

¿Sabía usted que, en contra de lo que intentó vender la propaganda, nunca hubo en España manifestaciones de millones de personas? ¿Que a duras penas alguna manifestación pudo alcanzar las cien mil? ¿Que las cifras siempre fueron manipuladas por el poder?

Si todas sus respuestas han sido afirmativas, este libro suscitará menos curiosidad morbosa, pero le resultará igualmente interesante, pues no se limita a narrar los acontecimientos: procede siempre a analizar las causas de los problemas y a proponer algunas soluciones.

Hemos vivido varias décadas en un mundo de «Matrix», aceptando a pies juntillas muchas mentiras, falsedades y manipulaciones. La sociedad española mostró durante años una actitud demasiado tolerante ante la arbitrariedad y el abuso, ambos disfrazados de un nefasto paternalismo. Pero, como ocurre tantas veces en la historia, la etapa toca a su fin. Mientras la crisis económica descubría con crudeza las endebles bases del sistema económico, el surgimiento de algunos diarios digitales mucho menos dependientes del poder, entre los que desempeña un papel destacado Vozpopuli de Jesús Cacho, ha contribuido a romper el monopolio de la información y la espiral de silencio impuesta por el Régimen. La actitud y la visión de los españoles han cambiado tanto en los últimos años que los desmanes de los gobernantes ya no pasan desapercibidos ni son aceptados con la indiferencia y la resignación de antaño.

Llegó el momento de la rendición de cuentas, el punto de no retorno que abre esa crucial encrucijada donde España decide su futuro. No se trata de denostar, culpar o apuntar a nadie con el dedo acusador: las causas de los males no se encuentran en las personas sino en el incorrecto diseño de las instituciones. Este libro sugiere que nuestro país debe acometer con decisión unas profundas reformas que conduzcan a la participación activa, a la libertad y a la responsabilidad. En definitiva, a una democracia digna de tal nombre y a un régimen de acceso abierto.

Muchas gracias por leernos.

Javier Benegas y Juan M. Blanco

Marzo de 2013

PREFACIO

Una inoportuna llamada telefónica

El teléfono sonó dos veces y, sin tomarse la molestia de disculparse con quien estaba reunido, el directivo de la importante corporación empresarial pulsó rápidamente el botón del interfono. La voz de una mujer, que brotó nítida del altavoz, le informaba de que al otro lado de la línea tenía a la espera a un alto cargo político. «Pásemelo», ordenó al instante el ejecutivo. Una vez desconectó el altavoz y se acercó el auricular al oído, la persona que estaba al otro lado del hilo telefónico empezó a hablar de manera atropellada y en un tono tan elevado que sus palabras reverberaron por todo el despacho. El directivo frunció el ceño y, nervioso, se dedicó a golpear rítmicamente con las yemas de los dedos la superficie de la mesa. Súbitamente interrumpió a su interlocutor y le espetó: «Escucha fulano, sabemos lo que pasa. Estamos al tanto. Sé que no es cosa tuya. Pero esto no es lo que hablamos. No es lo acordado. Y habrá que ponerle remedio». Y, sin dejar margen a la interrupción, las excusas o los lamentos, continuó imperativo: «Tú lo que vas a hacer es lo siguiente». Y, en un tono a medio camino entre la complacencia y la amenaza, le transmitió una serie de instrucciones claras y concisas. Luego, el teléfono enmudeció durante unos breves instantes. Al poco, la voz volvió a sonar en el auricular, esta vez ininteligible. El ejecutivo escuchó satisfecho, asintió con la cabeza, se despidió de su interlocutor cariñosamente, como si hablara a un pariente cercano, y colgó. Volviéndose hacia Elicio, que era con quien estaba reunido, esbozó una sonrisa, casi una mueca. Y, encogiéndose de hombros a modo de disculpa, sentenció: «Estos capullos de los políticos se ahogan en un vaso de agua».

Elicio (que es el nombre ficticio de un personaje real) era un agente libre, uno de tantos, que vivía principalmente de asesorar a grandes compañías. Antes se movía y trabajaba en otros ambientes más abiertos y dinámicos. Pero la regulación excesiva e interesada de las administraciones públicas le obligó a cambiar el rumbo y maniobrar para acceder a los reducidos entornos en los que, desde hace tiempo, se concentra el flujo de dinero de una economía cada vez más cerrada.

Elicio combinaba a la perfección inteligencia y prudencia. Y si bien era razonablemente ambicioso, nunca pecó de avaricioso. Sabía perfectamente cuál era su lugar en la pirámide de los grandes negocios y jamás tentó a la suerte. Se limitaba a hacer su trabajo con la mayor eficacia y discreción posibles. Cumplía religiosamente con la hipoteca, pagaba los estudios de sus hijos en el extranjero y proporcionaba una vida digna a su familia. Su forma de ser, tan reservada y ajena a los lujos superfluos y a la ostentación, hizo de él una persona muy del agrado de un determinado tipo de alto ejecutivo, al que le complace, y mucho, que quienes le sirven no olviden, por más que se les trate con familiaridad y camaradería, cuál es su sitio en el escalafón. Y quizá por eso, tras años de leal servicio, Elicio tuvo la suerte, o la desgracia, de terminar siendo testigo privilegiado y mudo de los lazos familiares entre las grandes compañías y los políticos.

Elicio nunca dijo el nombre de la persona que llamó aquel día. Y habría sido una pérdida de tiempo tratar de sonsacárselo. Pero, en pago a nuestra amistad de tantos años, sí dejó muy claro que era un «pez muy gordo». Quién sabe si un concejal, un consejero de alguna Comunidad Autónoma o incluso el alcalde de una ciudad principal o un miembro destacado del Gobierno. También aseguró con tristeza, pues Elicio era, pese a todo, persona íntegra, que aquello no era algo excepcional sino recurrente, cotidiano. Y ya entonces andaba el hombre preocupado porque la situación, de un tiempo a esa parte, había degenerado mucho. De tal suerte que detrás de cada gran negocio, de cualquier operación en la que mediara alguna administración pública, la corrupción era omnipresente. Y los repartos de favores, dinero y privilegios habían alcanzando cotas desconocidas. Para él, insostenibles.

No hace mucho, aprovechando el privilegio de compartir mesa y mantel con un par de altos directivos, Elicio cometió su primer error en muchos años; la primera imprudencia. Tras escuchar un buen rato la turbia conversación de sus compañeros de mesa, jalonada de sarcasmos y cinismo, Elicio tomó la palabra y dijo: «¿No os dais cuenta de que así no es posible seguir, que esto se viene abajo?». Y tras observar el efecto de sus palabras en los rostros estupefactos de los dos hombres que tenía enfrente, se preguntó si había dicho realmente aquellas palabras en voz alta o si habían sido sólo pensamientos ruidosos. Sea como fuere, aquel día fue el final del principio para Elicio. 

Hoy, con sus hijos ya mayores y sus vidas hechas en el extranjero, Elicio, a pesar de que cree que eso que llaman crisis económica podría terminar cualquier día de estos, ha decidido también hacer las maletas y probar suerte en otra parte. Pues, para él, la otra crisis, la de las instituciones, la de la corrupción y el control de la riqueza, no terminará nunca. Dice que hacer fortuna en España sólo es posible si se está dentro de ese círculo vicioso en el que interactúan los políticos, los grandes empresarios y banqueros y los colectivos organizados, dentro de los cuales están, entre otros, los sindicatos. Fuera de ahí sólo hay incertidumbre. Y eso, según él, no va a cambiar. España es una economía tomada. Un Estado-pastel que se reparten unos pocos. Y cuando todo va bien, hay migajas para el resto. Y cuando no, nada. Así de simple.

PRIMERA PARTE

No es la esencia sino las instituciones políticas

capítulo 1

España: ¡no es esto, no es esto!

Sobre el carácter de los españoles hay cientos de citas, quizá miles, casi todas injustas por simplistas. A este ejercicio de calificarnos tomando el todo por una parte se han sumado a lo largo de los siglos multitud de personajes, de dentro y fuera de nuestras fronteras. Desde los más lúcidos hasta los más tenebrosos. Así, a Winston Churchill se le atribuye la lindeza que dice: «los españoles son vengativos y el odio les envenena» (en referencia a la Guerra Civil de 1936). Y Napoleón Bonaparte, aquel general corso que quiso reformar Europa a cañonazos, dejó dicho, quizá porque su sueño imperial empezó a desmoronarse precisamente al cruzar los Pirineos, que España era «una chusma de aldeanos guiada por una chusma de curas». Y como final de esta breve muestra, cabe añadir la cita atribuida a Julio César, un tanto menos peyorativa y dramática, que reza: «dichosos los hispanos, para quienes beber es vivir».

Sin embargo, el argumento más tergiversador es el que surge desde dentro de España y asegura que este es el país de la picaresca, esgrimiendo el Lazarillo de Tormes como prueba irrefutable de que no tenemos remedio. Pero no se señala a la nación política sino a esa otra más llana, la del ciudadano común, a quien se considera incapacitado para juzgar la acción de gobierno porque nunca ha sabido discernir entre lo que le conviene y lo que no. No obstante, el verdadero trasfondo de ese relato es la denuncia contra el poder y, muy especialmente, contra aquellos personajes menores que cooperan con él y viven en sus inmediaciones, como podía ser un miembro del bajo clero o un modesto hidalgo. Contrariamente a lo que muchos defienden, el Lazarillo de Tormes es el retrato minucioso de una sociedad cerrada, en la que la asfixiante falta de libertad dibuja un horizonte sombrío y carente de expectativas que transforma el talento y el ingenio en picaresca.

Aún hoy permanece la idea de que nuestro tradicional oportunismo se debe a una tara genética, de la que sólo se libra un puñado de prohombres. Lo cual no es cierto, porque si hay algo que se repite a lo largo de nuestra historia, detalle que olvida la mayoría de aquellos que nos califican tan despectivamente, es que resulta difícil encontrar un país europeo que haya tenido tan pésimos gobernantes. Y, asociada a estos, una elite en general mediocre, sólo preocupada de engordar sus patrimonios mediante el favor del poderoso. Este hecho histórico no es producto de la fatalidad o el destino, sino fruto de un secular déficit de libertad que ha impedido al común controlar a reyes y presidentes. Una anomalía que está en el origen de casi todos nuestros problemas. Este legado envenenado ha llegado hasta el presente prácticamente intacto, alumbrando en 1978 una ficción democrática que tres décadas después se ha vuelto pesadilla. Y mientras el ciudadano común, no siempre sobrado de inteligencia ni de buenas intenciones, todo hay que decirlo, ha intentado a lo largo de los siglos abrirse camino y alumbrar una España solvente, la nación política, con sus intereses creados y su irresponsabilidad crónica, ha proyectado al exterior, también a lo largo de los siglos, una imagen de país bastante mejorable.

Los españoles no podremos solucionar nuestros problemas si no rompemos antes con esta singularidad que va ya para más de quinientos años. Los ciudadanos deben poder juzgar y controlar las decisiones de sus gobernantes, no sólo mediante el voto cada cuatro años, sino constantemente, mediante mecanismos democráticos modernos y eficaces disponibles en otras naciones europeas.

Es evidente que la libertad individual implica ciertos riesgos, no sólo para el país sino especialmente para los particulares, y que, como dijo el filósofo, «el mundo no puede ser redimido de una vez para siempre. Por eso, cada generación tiene que empujar, como Sísifo, su propia piedra, para evitar que esta se le eche encima aplastándole». Pero si los españoles no alcanzan mayores cotas de independencia, entendida esta como un compromiso con la responsabilidad individual, la capacidad de decisión y la creación de riqueza, y no sólo como la acumulación de endebles derechos comunes asociados al reparto de rentas, será muy difícil que España pueda salir airosa, no sólo en lo que respecta a los problemas más apremiantes de estos días, sino de esos otros que, inevitablemente, llegarán más adelante.

Pero volvamos de nuevo a las visiones tradicionales y a los clichés, y veamos de qué otra forma, más épica y tenebrista, retrataba el escritor vienés Stefan Zweig a los españoles que, de la mano de Vasco Núñez de Balboa, descubrieron el océano Pacífico en 1513:

Devotos y creyentes como ninguno, invocan a Dios Nuestro Señor desde lo más profundo de su alma, pero cometen atrocidades. Obran a impulsos del más sublime y heroico valor, demuestran el más alto espíritu y capacidad de sacrificio, y al punto se traicionan y combaten entre sí del modo más vergonzoso, conservando a pesar de todo, en medio de sus vilezas, un acentuado sentido del honor y una admirable conciencia de la grandiosidad de su misión.

Estas otras visiones, que dibujan una imagen épica y aparentemente halagadora pero llena de sombras, son tanto o más engañosas que las meramente peyorativas. En ellas, con un tono halagador, también se traslada la creencia de que la singularidad de «lo español» está en nuestro carácter y es fruto de algún influjo divino, no de la naturaleza de nuestras instituciones, la organización política, la economía y la capacidad tecnológica. De ahí que en pleno siglo xxi todavía gocen de predicamento algunas de las teorías que en su día formuló Ortega y Gasset en su libro España invertebrada (1921), con las que pretendía acreditar la debilidad de la raza española, y, por tanto, su devenir histórico, en base a sus raíces visigodas:

Eran, pues, los visigodos germanos alcoholizados de romanismo, un pueblo decadente que venía dando tumbos por el espacio y por el tiempo cuando llega a España, último rincón de Europa, donde encuentra algún reposo. Por el contrario, el franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia, vertiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad.

El ilustre filósofo y ensayista no sólo cometió el error de evitar la aproximación a la realidad mediante el metódico análisis de las instituciones, la política y la economía, sino que, aún peor, convirtió estos factores fundamentales en consecuencias subordinadas a nuestra naturaleza.

Por el contrario, desde un punto de vista bien distinto, mucho más abierto, ambicioso y acorde con los nuevos tiempos, prologaba John Huxtable Elliott (Reading, 1930) su libro La España Imperial, editado por primera vez en Londres el año 1963:

Una tierra seca, estéril y pobre: el 10 por ciento de su suelo no es más que un páramo rocoso; un 35 por ciento, pobre e improductivo; un 5 por ciento, medianamente fértil; sólo el 10 por ciento francamente rico. Una península separada del continente europeo por la barrera montañosa de los Pirineos, aislada y remota. Un país dividido en su interior mismo, partido por una elevada meseta central que se extiende desde los Pirineos hasta la costa meridional. Ningún centro natural, ninguna ruta fácil. Dividida, diversa, un complejo de razas, lenguas y civilizaciones distintas: eso era, y es, España.

Más adelante el ilustre hispanista se preguntaba cómo aquella España, que hasta el siglo xv había sido una mera denominación geográfica, se había convertido súbitamente en realidad histórica. Acontecimiento del que Maquiavelo dio fe con estas palabras:

Tenemos en la actualidad a Fernando, rey de Aragón, el actual rey de España, que merece ser considerado muy justamente como un nuevo príncipe, pues de un pequeño y débil rey ha pasado a ser el mayor monarca de la cristiandad.

Es evidente que la raza no puede explicar de forma lógica y racional nuestro pasado y tampoco nuestro presente. Entre otras muchas razones, porque no ha existido una raza española como tal, sino una diversidad que en un momento dado y por diferentes motivos cristalizó en el Estado-nación que hoy llamamos España. El material que unió aquello que era diferente y diverso, y en ocasiones antagónico, en una sola entidad fueron las circunstancias compartidas por unas gentes que, con una carencia abrumadora de recursos naturales, aisladas del resto de Europa por el norte y amenazadas por poderosos enemigos que fluían sin cesar desde el sur, desarrollaron un espíritu de frontera y una mentalidad cooperativa con los que alcanzar la seguridad y la prosperidad de las que carecían. Por eso el español era emprendedor y aventurero, y en ocasiones temerario. Características que aún subsisten, aunque ocultas, en la sociedad española del presente.

Lamentablemente el sometimiento a unas instituciones expansivas e invasivas, corruptas y miopes, con sus incentivos perversos, ha convertido aquel espíritu cooperativo en oportunismo; la creatividad y el genio, en indisciplina, y el sentido de la justicia, en un rechazo sistemático a la autoridad. De tal suerte que en el fuero interno de cada ciudadano, aun en el más sumiso, hay un resentimiento que, a menudo, aflora en forma de egoísmo exacerbado y un comportamiento muy poco cívico.

Lo que impide que los españoles se reconcilien con la idea de España y actúen de forma cooperativa, tal como hicieron antaño, es la injerencia de un modelo institucional y de Estado que, desde los Habsburgo de la Casa de Austria hasta el actual Régimen, cuyo jefe del Estado es Juan Carlos I de Borbón, se ha empeñado en anular ese carácter emprendedor y práctico, privando a las personas de las cualidades necesarias para enfrentarse a los retos del presente. De ahí que, para alcanzar el mismo nivel que las naciones más avanzadas, España, además de reformas económicas, precise un modelo político distinto, nuevas reglas de juego que incentiven las virtudes y no los defectos y garanticen la igualdad ante la Ley, la igualdad de oportunidades y la libertad para emprender.

En definitiva, el problema de España no está en la genética, ni tampoco en ese incombustible fatalismo con ribetes épicos que, como relataba Stefan Zweig, nos acompaña desde hace quinientos años. Basta con observar cómo nuestros compatriotas, una vez emigran y se integran en sociedades mucho más exigentes pero abiertas y justas, destacan y prosperan como el resto. Mientras que, por el contrario, los ciudadanos provenientes de esas mismas sociedades, cuando se instalan en España, no sólo desarrollan nuestros mismos defectos sino que, en no pocos casos, los agravan.