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Siglo XXI / Biblioteca Eduardo Galeano

Eduardo Galeano

Memoria del fuego 1

Los nacimientos

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Una es­pe­cie de Bi­blia.

Ro­nald Ch­rist, «The New York Ti­mes», USA.

Es­ta ha­za­ña, es­ta lec­tu­ra fa­bu­lo­sa, va­le por to­do el oro

que Co­lón no en­con­tró en Amé­ri­ca.

Jan Sta­ge, «Po­li­ti­ken», Di­na­mar­ca.

He aquí la me­mo­ria de los pue­blos la­ti­noa­me­ri­ca­nos.

Mar­cel Nie­der­gang, «Le Mon­de», Fran­cia.

El ri­gor del his­to­ria­dor y la ha­bi­li­dad del no­ve­lis­ta que

re­crea en ca­da pá­gi­na los olo­res, los co­lo­res y los

so­ni­dos de una épo­ca.

Marg­he­ri­ta San­just, «La Re­pú­bli­ca», Ita­lia.

Una o­bra maes­tra que de­sa­fía las ca­te­go­rías de

la his­to­ria y de la fic­ción.

Dan Bellm, «San Fran­cis­co Re­view of Books», USA.

Geo­lo­gía del al­ma ame­ri­ca­na.

Jor­ge En­ri­que Adoum, «Nue­va», Ecua­dor.

La be­lle­za del ver­bo dan­do vi­da a la his­to­ria: es­te es el

mul­ti­poe­ma del de­ve­nir de las Amé­ri­cas.

Clau­de Mi­chel Cluny, «Le Quo­ti­dien de Pa­rís», Fran­cia.

La lu­cha de la dig­ni­dad y de la poe­sía con­tra

el ho­rror y la es­tu­pi­dez.

Fran­cis Pi­sa­ni, «Uno más uno», Mé­xi­co.

Eduardo Galeano nació en Montevideo, en l940. Desde principios de 1973, vivió exiliado en Argentina y en la costa catalana de España. A principios de 1985 regresó a Montevideo, donde actualmente vive, camina y escribe.

Es autor de varios libros, traducidos a numerosas lenguas. En ellos comete, sin remordimientos, la violación de las fronteras que separan los géneros literarios. A lo largo de una obra donde confluyen la narración y el ensayo, la poesía y la crónica, sus libros recogen las voces del alma y de la calle y ofrecen una síntesis de la realidad y su memoria.

En dos ocasiones fue premiado por la Casa de las Américas de Cuba y por el Ministerio de Cultura del Uruguay. Recibió el American Book Award de la Universidad de Washington, los premios italianos Mare Nostrum, Pellegrino Artusi y Grinzane Cavour, el premio Dagerman, en Suecia, y la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Fue elegido primer Ciudadano Ilustre de los países del Mercosur y fue también el primer galardonado con el premio Aloa, de los editores de Dinamarca, el Cultural Freedom Prize, otorgado de la Fundación Lannan, y el Premio a la Comunicación Solidaria, de la ciudad española de Córdoba.

Diseño de cubierta

Sebastián y Alejandro García Schnetzer

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Nota a la edición digital:

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© Eduardo Galeano

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Avda. Independencia, 1860. 1225 Bueno Aires

© Ediciones del Chanchito

18 de Julio, 2089. Montevideo

ISBN: 978-84-323-1529-9

Umbral

Yo fui un pésimo estudiante de historia. Las clases de historia eran como visitas al Museo de Cera o a la Región de los Muertos. El pasado estaba quieto, hueco, mudo. Nos enseñaban el tiempo pasado para que nos resignáramos, conciencias vaciadas, al tiempo presente: no para hacer la historia, que ya estaba hecha, sino para aceptarla. La pobre historia había dejado de respirar: traicionada en los textos académicos, mentida en las aulas, dormida en los discursos de efemérides, la habían encarcelado en los museos y la habían sepultado, con ofrendas florales, bajo el bronce de las estatuas y el mármol de los monumentos.

Ojalá Memoria del fuego pueda ayudar a devolver a la historia el aliento, la libertad y la palabra. A lo largo de los siglos, América Latina no sólo ha sufrido el despojo del oro y de la plata, del salitre y del caucho, del cobre y del petróleo: también ha sufrido la usurpa­ción de la memoria. Desde temprano ha sido condenada a la amnesia por quienes le han impedido ser. La historia oficial latinoamericana se reduce a un desfile militar de próceres con uniformes recién sali­dos de la tintorería. Yo no soy historiador. Soy un escritor que quisie­ra contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable: quisiera conversar con ella, compartirle los secretos, preguntarle de qué diversos barros fue nacida, de qué actos de amor y violaciones viene.

Ignoro a qué género literario pertenece esta voz de voces. Memo­ria del fuego no es una antología, claro que no; pero no sé si es nove­la o ensayo o poesía épica o testimonio o crónica o... Averiguarlo no me quita el sueño. No creo en las fronteras que, según los aduaneros de la literatura, separan a los géneros.

Yo no quise escribir una obra objetiva. Ni quise ni podría. Nada tiene de neutral este relato de la historia. Incapaz de distancia, tomo partido: lo confieso y no me arrepiento. Sin embargo, cada fragmento de este vasto mosaico se apoya sobre una sólida base documental. Cuanto aquí cuento, ha ocurrido; aunque yo lo cuento a mi modo y manera.

EG

Este libro

inicia una trilogía. Está dividido en dos partes: en una, la América precolombina se despliega a través de los mitos indígenas de funda­ción; en la otra, ocurre la historia de América desde fines del si­glo xv hasta el año 1700. El volumen siguiente de Memoria del fuego abarcará los siglos xviii y xix. El tercer volumen llegará hasta nuestros días.

Al pie de cada texto, entre paréntesis, los números señalan las principales obras que el autor ha consultado en busca de información y marcos de referencia. La lista de las fuentes documentales se ofrece al final.

A la cabeza de cada episodio histórico se indica el año y el lugar en que ha ocurrido.

Las transcripciones literales se distinguen en letra bastardilla. El autor ha modernizado la ortografía de las fuentes antiguas que cita.

El autor

nació en Montevideo, Uruguay, en 1940. Eduardo Hughes Galeano es su nombre completo. Se inició en periodismo en el semanario socia­lista El Sol, publicando dibujos y caricaturas políticas que firmaba Gius, por la dificultosa pronunciación castellana de su primer apellido. Luego fue jefe de redacción del semanario Marcha y director del diario Época y de algunos semanarios en Montevideo. En 1973 se exilió en la Argentina, donde fundó y dirigió la revista Crisis. Desde 1977, vivió en España. En 1985, regresó a su país.

Publicó varios libros. Entre ellos, Las venas abiertas de América Latina, editado por Siglo xxi en 1971, y los premios de Casa de las Américas La canción de nosotros (1975) y Días y noches de amor y de guerra (1978).

 

Gratitudes:

A Jorge Enrique Adoum, Ángel Berenguer, Hortensia Campanella, Juan Gelman, Ernesto González Bermejo, Carlos María Gutiérrez, Mercedes López-Baralt, Guy Prim, Fernando Rodríguez, Nicole Rouan, César Salsamendi, Héctor Tizón, José María Valverde y Fe­derico Vogelius, que leyeron los borradores de este libro y formularon valiosos comentarios y sugerencias;

a Federico Álvarez, Ricardo Bada, José Fernando Balbi, Álvaro Barros-Lémez, Borja y José María Calzado, Ernesto Cardenal, Rosa del Olmo, Jorge Ferrer, Eduardo Heras León, Juana Martínez, Augus­to Monterroso, Dámaso Murúa, Manuel Pereira, Pedro Saad, Nicole Vaisse, Rosita y Alberto Villagra, Ricardo Willson y Sheila Wilson-Serfaty, que facilitaron el acceso del autor a la bibliografía necesaria;

a José Juan Arrom, Ramón Carande, Álvaro Jara, Magnus Mör­ner, Augusto Roa Bastos, Laurette Sejourné y Eric R. Wolf, que res­pondieron consultas;

a la Fundación agked, de Alemania Federal, que contribuyó a la realización de este proyecto;

y especialmente a Helena Villagra, que fue la crítica implacable y entrañable de estos textos, página tras página, a medida que nacían.

 

Este libro

está dedicado a la Abuela Ester. Ella lo supo antes de morir.

 

La hierba seca incendiará la hierba húmeda

(Proverbio africano que los esclavos trajeron a las Américas)

Primeras voces

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