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Akal / Básica de Bolsillo / 265

Alexandre Dumas

la reina margot

Traducción: Pilar Ruiz Ortega

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La reina Margot constituye el primer volumen de una trilogía centrada en las guerras de religión en las que se vio envuelta Francia durante la segunda mitad del siglo xvi, y que completan La dama de Monsoreau y Los cuarenta y cinco. En ella Dumas retrata con maestría las intrigas de la corte francesa utilizando como escenario de partida los esponsales de la infanta Margarita o Margot de Valois y uno de los episodios más sangrientos de la historia: la matanza de la Noche de San Bartolomé, que culminó con el asesinato en masa de hugonotes. La entonces joven infanta es la protagonista de la novela, quien atrapada en las ambiciones de su madre, Catalina, y su hermano, Francisco, se verá envuelta en una turbulenta historia de amor con el soldado protestante La Mole. Una obra que ha dejado una imagen imborrable de la reina Margot en la que mito, leyenda y realidad son indistinguibles.

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Prólogo

Las tres Margaritas

Como dice Yves Cazaux en su «Introduction» a las Mémoires et autres écrits de Marguerite de Valois (Mercure de France, 1971 y 1986), los poetas del siglo xvi siempre tuvieron «una Margarita que llevarse a su pluma».

En efecto, estas tres Margaritas de Francia –de Angulema, de Berry, de Valois, pues todos esos títulos adornan a estas tres mujeres, y a dos de ellas, además, el de reinas de Navarra– son loadas por los poetas y cronistas renacentistas: Ronsard, Du Bellay, Brantôme, Montaigne, L’Estoile…

Las tres se suceden en el tiempo en línea colateral de tías a sobrinas. La primera nace a finales del siglo xv, y la última muere en los albores del siglo xvii.

Constata Ronsard:

Que dirons-nous encore, France, de tes mérites?[1]

C’est toi qui as nourri trois belles Marguerites.

La primera: Margarita de Angulema (1492-1559), de Valois, y también llamada de Navarra, de donde era reina. Autora de un poemario místico, Les Marguerites de la Marguerite des princesses, también escribe teatro religioso y profano; pero sobre todo es la autora del Heptamerón, una serie de cuentos al estilo del Decamerón italiano; verdadera mujer de letras que impulsa el Renacimiento en Francia y en su reino de Navarra. Hermana de Francisco I, esposa de Enrique d’Albret, rey de ese reino nebuloso e incierto de Navarra, llamada la Baja Navarra, que era pretendidamente independiente cuando la llamada Alta Navarra fue conquistada por el reino de Aragón en 1512 e integrada en el reino de España en 1516; esa otra Navarra, la Baja Navarra o Navarra francesa, para entendernos, se anexiona definitivamente a Francia a partir de 1589, con Enrique IV, rey de Navarra y de Francia, uno de los principales protagonistas de la historia que nos ocupa, y nieto, a su vez, de esta primera Margarita. Y decimos reino nebuloso e incierto, pues aun siendo independiente seguía dependiendo del reino de Francia, incluso antes de su anexión definitiva. Dumas lo refleja muy bien en La reina Margot, siendo éste uno de los temas destacados de la novela.

La segunda: Margarita de Berry, de Saboya por matrimonio, es a la que más se conoce como Margarita de Francia (1523-1574). Forma también en su corte de Saboya un círculo de poetas renacentistas. Hija de Francisco I, y sobrina, por tanto, de la primera Margarita, será su heredera espiritual e intelectual. Ayudó a los poetas de La Pléiade, como a Pierre Ronsard, llamado «príncipe de los poetas», leyendo sus versos cuando éste era todavía menospreciado.

Y la tercera: Margarita de Valois (1553-1615), nieta de Francisco I, hija de Enrique II y de Catalina de Médicis; sobrina, por tanto de la anterior. También llamada Margarita de Francia y de Navarra por su matrimonio con Enrique IV. Ésta es nuestra Reina Margot, sobrenombre que inventa Dumas, y aunque la leyenda de esta mujer precede a la novela de Dumas, es su novela la que populariza la vida y el mito de esta princesa de Francia, mito ya imparable a lo largo de los siglos, que llegó a ser reina por matrimonio, pero que debía haberlo sido por ella misma de no haber existido en Francia la ley sálica.

Las tres Margaritas son dignas descendientes de ese príncipe guerrero y poeta, Charles d’Orléans, un siglo anterior, por supuesto (1394-1465), hijo, hermano y padre de reyes; guerrero que intervino muy duramente en el enfrentamiento con Juan Sin Miedo en las luchas entre los Armagnac y los Borgoña, y en batallas decisivas de la Guerra de los Cien Años (1337-1453) contra Inglaterra, que le costó un cautiverio de más de veinticinco años.

Poeta de Ballades et rondeaux, entre otras obras, en su corte de Blois, tras el regreso de su cautiverio en Inglaterra, es mecenas de un grupo de poetas, los últimos de la poesía galante y a la vez los primeros del Renacimiento. Es famosa la Ballade des contradictions, llamada también Ballade de concours de Blois, premio poético que propone Charles d’Orléans, en el que unos diez autores, entre ellos François Villon –siendo su ballade, por cierto, una de las más bellas–, concursan con diferentes poemas que deben todos iniciarse con el famoso verso de Charles d’Orléans: «Je meurs de soif auprès de la fontaine»[2].

Y algo tienen que ver en esta saga de príncipes y princesas renacentistas las uniones matrimoniales con nobles italianas: el mismo Charles d’Orléans era hijo de la noble milanesa Valentina Visconti, lo que provoca años más tarde la reivindicación del Milanesado por parte de Francia, al que también aspiraba España; y Francisco I, enamorado de Italia, impulsor de la arquitectura y pintura de influencia italiana –la sede del Ayuntamiento de París, por ejemplo, y numerosos castillos del Loira–, impulsor también del Renacimiento en las letras, concierta el matrimonio de su hijo, Enrique II con Catalina de Médicis, una de las principales protagonistas de La reina Margot; pero sobre todo la influencia italiana en Francia se ve marcada por las campañas de Italia, las once Guerras de Italia, en conflicto con la Corona de Aragón, primero, y más tarde con Carlos I y Felipe II junto a la alianza de otras potencias; guerras que por parte francesa inicia Carlos VIII y continúan Luis XII, Francisco I y Enrique II.

El Renacimiento ofrecía a la mujer una misión más amplia que cumplir. El renacimiento en las artes y en las letras, pero también en lo religioso –las ideas de la Reforma– y en lo filosófico –el erasmismo–, es el responsable de esa visión de la mujer, y aunque en todos los tiempos las mujeres han sido tan determinantes como los hombres en el curso de la historia, es el siglo xvi un siglo en el que las mujeres ocupan un puesto prominente en los asuntos públicos: ya en el siglo xv, Isabel la Católica; más tarde, Isabel I de Inglaterra, Catalina de Médicis en Francia, reina viuda y regente de sus hijos, por poner algunos ejemplos.

Y otro ejemplo más, de gran importancia tanto para Francia como para Italia y España, es la llamada Paz de las Damas (1529) para pacificar a Carlos I de España y a Francisco I, que firman en Cambrai dos mujeres: la madre de Francisco I, Luisa de Saboya, y por parte de Carlos I su tía, Margarita de Austria, a la sazón regente de Borgoña; pero hay otras dos mujeres que colaboran ampliamente en ese proceso: la hermana del rey, Margarita de Angulema –la primera Margarita–, y María de Luxemburgo, en cuyo palacio de Saint Pol se firmó la paz. Esta Paz de las Damas es un ejemplo de lo que el siglo esperaba de la mujer.

La reina Margot

Malraux, en La condición humana, cita un proverbio chino según el cual los chinos suplican a sus dioses que no les hagan vivir en una época interesante, pero –continúa Malraux– los dioses nunca les escuchan.

Época interesante es esta en la que le toca vivir a Margarita de Valois (1553-1615), interesante y conflictiva, tanto dentro de su propia familia, como en toda Francia.

Hija de Enrique II y de Catalina de Médicis, es la única que sobrevive ampliamente a todos sus hermanos, que mueren jóvenes; los varones, que se van sucediendo en el trono de Francia: Francisco II, Carlos IX, Enrique III, y el duque de Anjou, antes d’Alençon, que no llegó a reinar. Y las mujeres, que también mueren muy jóvenes: Claudia de Lorena, la más discreta de los hijos de Catalina, y, según cuentan las crónicas, su preferida, e Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, que le da dos hijas, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, y que murió en Madrid de un tercer parto con tan sólo veintidós años.

Margarita es la más fuerte, de belleza singular según sus contemporáneos, ya sean Brantôme o Ronsard quienes ensalcen esa belleza; mujer cultivada, preparada para ser la impulsora de La Pléiade, escribe pequeños relatos, pero sobre todo sus Mémoires, que se editan una y otra vez desde 1628.

Brantôme le manifiesta una admiración sin medida: «Entre todas las mujeres bellas que han existido, existen y existirán, todas son feas al lado de su belleza».

Montaigne la coloca «entre esas divinas, sobrenaturales y extraordinarias bellezas que a veces relumbran como astros bajo el velo corporal y terrestre».

Y Ronsard, quien le dedica un poema: «A la Margarita y única perla de Francia, la reina de Navarra». Poema largo que incluye el famoso baile con su hermano el rey Carlos IX, justo en el verano de 1572, en las fiestas con motivo de los esponsales de Margarita y Enrique de Borbón.

En cuanto a su belleza, hoy podemos juzgarla gracias a varios retratos que han llegado a nuestros días, entre ellos los de François Clouet (1510-1572), pintor de la corte de los últimos Valois.

Desde su infancia se ve envuelta en numerosos conflictos con su madre y hermanos. Es cierto que Dumas añade en esos conflictos mucha maldad por parte de Catalina de Médicis, contribuyendo a la leyenda negra de la reina regente, leyenda que suele acompañar a los gobernantes firmes de carácter y que tienen reinados largos, como ocurre con Felipe II o con Isabel I de Inglaterra.

Y es cierto que Dumas se recrea en las intrigas, las traiciones, los venenos florentinos y en la finezza diplomática de esta italiana convertida en reina regente de Francia. Leonie Frieda, en la biografía Catalina de Médicis (Siglo XXI de España, 2006), cuenta que el mismo Enrique IV hablaba de su suegra en estos términos, más o menos: «¿Qué iba a hacer esta pobre mujer, viuda y con hijos pequeños, que además morían jóvenes, sino defender el trono de Francia, que familias como los Guisa-Lorena por un lado, y los Borbones por otro, queríamos arrebatarle?».

De cualquier forma, la relación entre madre e hija, y de la madre con todos sus hijos en general, está llena de conflictos mucho más complejos aún que los que relata Dumas en esta novela. Bien es cierto que La reina Margot transcurre entre 1572 y 1574, y que posteriormente las relaciones de la pobre reina de Navarra con su madre y con su hermano, que será rey con el nombre de Enrique III, son aún mucho más difíciles y dramáticas.

Margarita cuenta en sus Mémoires, aun con toda la reserva propia de una princesa de sangre, las diferentes presiones a las que se ve sometida tanto por su madre como por su hermano el rey Carlos IX, por una parte, y por el futuro Enrique III más tarde, añadiendo la extraña relación con el hermano menor, el duque de Alençon (1554/1584).

Ella misma relata que ya en los tiempos del Coloquio de Poissy (1561) entre católicos y protestantes sufrió las presiones de su madre y hermano y que ella se mantuvo firme en seguir perteneciendo a la Iglesia católica, lo que resulta bastante sorprendente, teniendo en cuenta que tenía… ¡ocho años!

También cuenta cómo, más tarde, su hermano Enrique, que parte para una de las Guerras de Religión, en 1569, le encarga que defienda sus intereses en la corte ante el otro hermano, el rey Carlos IX, pero que a su regreso, teniendo en cuenta que era el hijo predilecto de Catalina, Enrique menosprecia esa tarea que le había encargado, y cómo ella se siente defraudada al constatar que había sido utilizada por su hermano para sus propios intereses.

Margarita acompaña a la corte en ese gran viaje que Catalina de Médicis lleva a cabo por toda Francia, entre 1564 y 1565, para presentar a su hijo Carlos IX a sus súbditos. En el recorrido por numerosas ciudades, Catalina quiere emular los fastos y la grandiosidad de lo que fue la corte de su suegro Francisco I, sin olvidar los contactos diplomáticos, uno de los cuales tuvo lugar en Bidasoa, para visitar a su hija Isabel, reina de España, y en el que se vio defraudada por la ausencia de Felipe II. En su lugar el rey de España envió al duque de Alba, como ya hiciera, por cierto, en el propio casamiento por poderes con la entonces niña, Isabel de Valois, en 1559. Según cuenta Leonie Frieda, en la biografía de Catalina de Médicis ya citada, en ese encuentro de Bidasoa, la madre, que ve muy cambiada a su hija desde que partió de Francia, y ante la determinación de Isabel de hablar por boca de su esposo, le espeta: «Hija mía, qué española te has vuelto». Desgraciadamente, madre e hija no volvieron a encontrarse. Isabel murió en 1568.

Volviendo a Margarita, puesto que las princesas de sangre estaban destinadas a unir coronas o territorios a través del matrimonio, al parecer, sus amores con Enrique de Guisa, jefe de la Liga de los Católicos, son muy mal vistos en la corte, y es tal vez el motivo del desamor de su madre –aunque es difícil creer que sólo fuera ésa la razón– y la verdadera animadversión que el futuro Enrique III muestra hacia ella a lo largo de su vida.

Los Guisa representan la facción católica más exacerbada, mientras que la corte, y sobre todo Catalina y sus asesores, prefieren mantener un equilibrio entre católicos y protestantes, ansiando los territorios de los Países Bajos, pero sin querer enfrentarse directamente con el poder de Felipe II.

A Margarita pretendieron casarla con el príncipe Carlos, ese príncipe loco, hijo de Felipe II, así como con el infante don Sebastián de Portugal, ese príncipe perdido en la Batalla de Alcazarquivir y cuyo regreso, según la leyenda, aún esperan los portugueses. Y aunque ambos intentos matrimoniales no llegan a consolidarse, apreciamos ya el incierto destino de nuestra Margot.

Pero sí se consolida la sorprendente unión con el rey de Navarra, el futuro Enrique IV, jefe de los hugonotes o protestantes, unión que se lleva a cabo a pesar de Catalina, pero propiciada por los consejeros de la corte y por el mismo rey Carlos IX, como medida de entendimiento entre ambas facciones religiosas.

Conflictos dinásticos y de familia, que en el caso de las familias de la realeza viene a ser lo mismo, pero, sobre todo, ese tiempo interesante del que hablábamos es el tiempo de las Guerras de Religión en Francia, que complica y define mucho mejor estos años de los últimos Valois.

Eliane Viennot, especialista en mujeres del siglo xvi, en su biografía Marguerite de Valois (Payot, 1993) nos muestra a una mujer de convicciones firmes, de vida apasionante desde su infancia hasta su muerte. En nada, dice, se parece al mito de «princesa desvergonzada» creado por Dumas, sino que es una mujer política, erudita, mecenas, temible polemista. Pero sobre todo señala esa situación especial en la que Margarita de Valois se encuentra envuelta ante la polémica de las Guerras de Religión.

Sin embargo, si tenemos en cuenta que Dumas relata los episodios que se sitúan en 1572 / 1574, forzosamente retrata a Margarita como la joven princesa que no tiene aún veinte años, y, a nuestro juicio, sí que nos presenta ya a la futura reina de Navarra, con todas esas características que destaca Eliane Viennot.

Alexandre Dumas escribe en colaboración con Maquet La reina Margot, que se publica en 1845, primer volumen de la trilogía sobre las Guerras de Religión y los últimos Valois, al que seguirán La dama de Monsoreau (1846) y Los cuarenta y cinco (1847 / 1848).

Las fuentes históricas que Dumas, y sobre todo Maquet, su colaborador, tenían a su disposición para La reina Margot pudieron ser:

El «Discours sur Marguerite de Valois», de Brantôme, en su obra La Vie des dames illustres (1590-1600).

Les Mémoires de la reine Marguerite, publicadas por primera vez en 1620 y reeditadas en varias ocasiones a lo largo de los siglos xvii, xviii y xix.

Le Divorce Satyrique de la Reine Marguerite (1663), que Agrippa d’Aubigné retoma en sus Mémoires.

«La Reine Marguerite», Historiettes, que se publican hacia 1659, de Gédéon Tallemant des Réaux.

La novela se abre con los festejos por los esponsales de Margarita en 1572, y se cierra con la muerte de Carlos IX en 1574.

Dumas tiene el acierto de situar a Margarita en el centro de la novela, o al menos el acierto de titularla La reina Margot, pues este periodo de dos años se abre justamente con ese baile, con esos esponsales, y del baile pasamos al asesinato del almirante Coligny y, un día después, a la terrible noche de San Bartolomé.

Margot es el eje de todos estos episodios, pues era la pieza clave para intentar el entendimiento entre católicos y protestantes o, como se consagra en la leyenda, más maliciosamente, para atraer a París a todos los jefes protestantes que acompañaban al novio Enrique de Borbón y acabar con ellos en aquella noche sangrienta del 24 de agosto de 1572.

Lo cierto es que Margarita, en sus Mémoires, cuenta que su madre insistió en que se deshiciera el matrimonio tras aquella matanza, y que ella se mantuvo firme, aun considerándose princesa católica, en mantenerse al lado de su esposo. Porque ése es uno de los ejes de su carácter: la fidelidad; ya fuera a la religión católica o hacia su esposo, a pesar de los numerosos amoríos tanto por su parte como por parte de Enrique.

Es curioso cómo estos dos protagonistas no logran entenderse a lo largo de su vida matrimonial en su relación física, siendo cada uno de ellos por separado amantes de sucesivas parejas, y «enamorados del mismo amor», como dicen los cronistas de Margarita.

La historia continúa por derroteros llenos de interés para Margarita y Enrique. Pero eso es ya otra novela –los encontraremos de nuevo en el tercer volumen sobre los últimos Valois: Los cuarenta y cinco– o, mejor dicho, un paso más en el historia de Francia, que significará un cambio de dinastía, en la que tanto Margarita, llamándose ella misma «unique héritière de la race des Valois», como Enrique IV de Borbón, al que la historia llama «le bon vieux roi» (o al que se le cita junto a la frase «París bien vaut une messe», además de destacarse su acercamiento al pueblo, al que desea «une poule au pot»[3] una vez a la semana), incluso tras la disolución de su matrimonio, contribuyen a la llegada del grand siècle para Francia, abriendo el camino a Luis XIII y al gran Luis XIV.

¿Y cómo utiliza Alexandre Dumas la historia y sus personajes?

Es conocida la pasión de Dumas por retratar la época de los últimos Valois. Curiosamente, su drama en prosa Henri III et sa cour, estrenado el 10 de febrero de 1829 en la Comédie Française, supone su primer gran éxito en la escena, y es el verdadero germen del drama romántico, género que se consagra un año después, el 20 de febrero de 1830, con la representación de Hernani de Victor Hugo. Y casualmente o no, años más tarde inaugura su Théâtre Historique, el 20 de febrero de 1847, con la representación de la obra, en colaboración con Maquet, Drame en cinq actes et en treize tableaux. Este drama es exactamente la representación en grandes cuadros dramáticos de su Reina Margot.

Y, como siempre hace Dumas, apasiona al lector con las sucesivas intrigas, reflejando la vida de la corte con tal realismo que visualizamos el palacio del Louvre, sus enormes galerías y sus pequeños recovecos, las puertas y escaleras disimuladas, los pasillos que sirven tanto para lances de amor como de guerra, o las calles de París, que hoy día aún podemos recorrer novela en mano. Porque los personajes se dirigen con la misma determinación hacia sus aventuras amorosas como a las terribles escenas de espadachines que se degüellan sin el menor miramiento.

Y junto con la descripción de las intrigas y de las traiciones, o del funcionamiento de la justicia y el uso de la tortura, las grandes supersticiones que rodeaban a la corte –la misma Catalina visitó en varias ocasiones a Nostradamus–, y que Dumas aprovecha para mezclar historia y ficción, y crear esa atmósfera para que la habite el lector, recorriendo ese camino de los puentes del Sena, entre la bruma del río y las sombras de la noche, para visitar al «perfumista» de la reina.

Podríamos destacar dos aspectos fundamentales en la novela: por un lado, las escalofriantes escenas de sangre, ya sea en la masacre de la noche de San Bartolomé o en las escenas de caza de Carlos IX, de montería o de cetrería; escenas que de puro realismo casi nos hacen apartarnos un poco para que no nos salpique la sangre o para que no nos embista el jabalí; y, por otra parte, junto a las traiciones destaca el predominio de la amistad y la lealtad, ya sea entre un protestante y un católico (Coconnas y La Mole), o entre Margarita y su esposo, así como el aprecio, incluso a su pesar, de Carlos IX por su cuñado Enrique de Borbón.

No en vano Alexandre Dumas escribe y publica casi al mismo tiempo, y a veces en el mismo tiempo, ese tratado de amistad y ese canto a la lealtad que es Los tres mosqueteros (1844); en 1845 La reina Margot; y entre 1844 y 1845 El conde de Montecristo. Las tres grandes obras que las sucesivas generaciones siguen leyendo una y otra vez y que hacen de Dumas un escritor conocido en todo el mundo, y del que todo el mundo, para bien o para mal, habla.

Y, para ejemplificar esa lealtad en el matrimonio, podemos retener la hermosa frase que Dumas pone en boca de Margarita en el capítulo X, con el título de «Muerte, misa o Bastilla»: «Os exilian, señor: yo os sigo al exilio; os encarcelan: yo también seré presa; os matan, y yo muero».

Pilar Ruiz Ortega

[1] ¿Qué más diremos, Francia, de tus méritos? / Eres tú quien ha cultivado tres hermosas Margaritas.[N. de la T.]

[2] «Me muero de sed cerca de la fuente.» [N. de la T.]

[3] «única heredera de la estirpe de los Valois», «el buen anciano rey», «París bien vale una misa» y «una gallina en el puchero». [N. de la T.]

Bibliografía

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Brantôme, P. de Bourdeille, seigneur de, Oeuvres Complètes, publicadas por la Chez Mme. Veuve Jules Renouard, París, 1864-1882.

Cazaux, Y., Introduction a las Mémoires de Marguerite de Valois, París, Mercure de France, 1971 y 1986.

D’Aubigné, T. A., Les Tragiques, París, P. Jannet, 1857.

—Histoire Universelle, De Ruble (ed.), París, Société de l’histoire de France, 1886.

De Valois, M., Mémoires [1971 y 1986], París, Mercure de France.

Frieda, L., Catalina de Médicis, una biografía, trad. de O. Castillo, Madrid, Siglo XXI de España, 2003

L’Estoile, Pierre Journal de Henri III, L. Servin (ed.), 1621.

Lagarde, A. y Michard, L., xviième siècle: les grands auteurs français du programme. Anthologie et histoire littéraire, París, Bordas, 1969.

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Thou, J.-A. de, Histoire Universelle depuis 1543 jusqu’en 1607, trad. a partir de la edición latina publicada en Londres, 1734. Viennot, E., Marguerite de Valois, París, Payot, 1993.

La reina Margot