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Akal / Clásicos de la Literatura / 7

Alexandre Dumas

El conde de Montecristo

Traducción: Pilar Ruiz Ortega

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El conde de Montecristo, es, en principio, la historia de una venganza. Edmond Dantès es un joven marino que, en el día de su compromiso con la bella Mercedes, es víctima de un complot y encarcelado en el castillo de If, de donde no deberá salir jamás. Gracias al abate Faria, a quien conoce en la prisión, adquiere una educación y averigua la existencia de un maravilloso tesoro escondido en la isla de Montecristo. Fingiendo su muerte, logra escapar de la fortaleza y se enrola con unos piratas en busca de una fabulosa fortuna. Su siguiente objetivo, convertido ya en un rico y poderoso noble, será llevar a cabo la más despiadada venganza nunca imaginada.

Se trata de una sólida novela de aventuras, con una rica y compleja trama y multitud de personajes, a través de los que Dumas se adentra en las pasiones más profundas del ser humano, en su codicia y en sus ansias de poder, pero en la que también se habla de amor, lealtad y justicia.

Alexandre Dumas, novelista y dramaturgo del periodo romántico, es uno de los escritores franceses más leídos y conocido ante todo por sus novelas históricas Los tres mosqueteros (1844) y El conde de Montecristo (1844). Nació en Villers-Cotterêts (Aisne) en 1802. Había recibido una escasa educación formal, pero mientras trabajaba para el duque de Orléans en París, leía con voracidad, sobre todo historias de aventuras de los siglos xvi y xvii, y comenzó a escribir obras de teatro como Enrique III y su corte y Cristina, ambas con un éxito rotundo. Dumas fue un escritor muy prolífico, con cerca de 1.200 volúmenes publicados. Aunque muchas de estas obras son fruto de colaboraciones de otros escritores a quienes contrataba, la mayoría de ellas llevan la impronta inconfundible de su genio personal. Además de novelas históricas, entre las que no podemos olvidar la trilogía de los Valois (La reina Margot, La dama de Monsoreau y Los Cuarenta y cinco), la obra de Dumas incluye las obras de teatro Antonio (1831), La torre de Nesle (1832), Catherine Howard (1834), Kean, o desorden y genio (1838) y El alquimista (1839), así como sus Memorias en las que ofrece un vivo retrato de su tiempo. Cuando murió, el 5 de diciembre de 1870, estaba prácticamente en bancarrota.

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Título original

Le Comte de Monte-Cristo

© Ediciones Akal, S. A., 2016

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4318-8

Introducción

«Ce siècle avait deux ans», nos dice Victor Hugo (1802-1885) en su poemario Les feuilles d’automne. Se refería a la fecha de su nacimiento; pero ese siglo, ¡y qué siglo!, tenía dos años también cuando nace Alexandre Dumas (1802-1870). Y no será la única coincidencia de estos dos grandes de la literatura francesa y universal del siglo xix.

Haremos un pequeño esbozo de su vida y de sus obras, pues abordar su larga y fructífera vida y su ingente obra sobrepasa con mucho a un breve prólogo.

Digamos como premisa principal que Alexandre Dumas no lleva a la práctica la máxima «ne quid nimis» («de nada demasiado») que cita uno de los personajes de El conde de Montecristo, sino todo lo contrario.

Alexandre Dumas nació el 24 de julio de 1802 en Villers-Cotterêts, Francia. Su ascendencia, como todo en él, es excepcional. Su padre, héroe de las guerras napoleónicas que en siete años pasa de ser un simple soldado a general, era hijo de un noble francés –Alexandre Davy de la Pailleterie– y de una esclava negra de Santo Domingo –Marie-Cesette Dumas–, y será este apellido Dumas el que adopta en sus gloriosas campañas de guerra, el apellido que recogerá su hijo y sus descendientes. Muere en 1806, transformándose en figura mítica para nuestro Alexandre Dumas, por entonces un niño de cuatro años.

En la adolescencia, el joven Dumas descubre sus dos grandes pasiones, que mantendrá a lo largo de su vida tumultuosa y excesiva: el amor por las mujeres y la pasión por la literatura. Habría que añadir, como característica de sus excesos, su relación con el dinero; el despilfarro, construyendo un exorbitante castillo al que pone el nombre de Montecristo, o un yate que nunca utilizó, entre otros caprichos, le conducen en varias ocasiones de la riqueza a la pobreza y hasta al exilio por deudas.

En cuanto a las mujeres, el número de amantes es incalculable. Se cuentan por decenas con nombre y apellido, muchas de ellas artistas, del canto o del teatro, más los amores esporádicos de una noche. Una de ellas, Marie-Catherine Labay, es la madre de su hijo Alexandre (1824); Belle Krebsamer, actriz, le da dos hijas, e Ida Ferrier, la única con la que contrajo matrimonio, por no citar más que tres nombres.

«Je n’ai point de vices, mais j’ai des fantaisies, ce qui coûte bien plus cher!» [«¡No tengo vicios, pero tengo fantasías, lo que resulta bastante más caro!»], dice el mismo Dumas en Mes Mémoires.

Y si hablamos de sus obras, entonces ya el exceso se multiplica: cientos de obras, algunas inéditas aún, teatro, relatos, novelas. Invitamos al lector a que repase, aunque sólo sea por curiosidad, la ingente bibliografía de este hombre, que vive en un siglo pletórico en la creación literaria y artística en general –poesía, novela, teatro, música, ópera, etc.– y en el que la estrecha comunión entre lectores y autores, como dijo Vargas Llosa en la presentación de su obra sobre Hugo, La tentación de lo imposible (Alfaguara, 2004), nunca ha vuelto a producirse en todo el siglo xx.

Como sus coetáneos, lee con fruición a los alemanes: la llamada novela gótica, a Schiller y a Goethe, cuya obra Werther sirve de modelo a la generación de jóvenes románticos; al escocés sir Walter Scott, que propone un género de novela histórica de gran éxito en el siglo xix, género que también será muy apreciado en el siglo xx, y muy probablemente también en el xxi; al inglés Byron, modelo de romanticismo, de dandismo y de un cierto tenebrismo en sus héroes, influencia que veremos en El conde de Montecristo, y que hemos señalado en algunas de las notas.

Nos situamos en 1829 con su primer gran éxito en el teatro porque, curiosamente, como sucede también con otros autores, como Voltaire, por citar uno, Dumas se considera sobre todo un dramaturgo, aunque la posteridad le glorifique como narrador.

El 10 de febrero de 1829 La Comédie Française pone en escena su Enrique III y su corte, drama en prosa, verdadero germen del drama romántico, género que se consagra un año después, el 25 de febrero de 1830, con la representación de Hernani, de Victor Hugo, representación que origina una verdadera batalla entre los partidarios del llamado teatro clásico –el teatro de las tres unidades– y los partidarios de este nuevo.

Cuando se escriba la historia del romanticismo, le será reservado un puesto de primer orden. Cuando las obras surgidas de este nuevo movimiento literario se vean sometidas a la acción del tiempo, ya no se le confundirá con sus imitadores, y cuando se estudie lo que era el teatro anterior a él, se asombrarán de la revolución dramática de la que él fue la cabeza por encima de cualquier otro. Enrique III y su corte, [...] marca la entrada en una senda de la que él [Dumas] fue el pionero; aunque sólo fuera por ese título, [Dumas] es un artista excepcional, un creador.

Maxime du Camp (1822-1894), Souvenirs littéraires, Hachette, 2 vols., 1882-1883.

Tras algunos de sus grandes éxitos en el teatro, como Antony, La Tour de Nesle y otros, se aparta de la escena, aunque volverá más tarde por el bies de la novela, pues se hace construir en 1846 su propio teatro en el Boulevard du Temple en París, bautizándolo con el nombre de Théâtre-Historique en el que recrea, esta vez en grandes cuadros dramáticos, a sus grandes héroes de la novela por entregas, popularizados en los periódicos como Le Journal des Débats, Le Siècle, La Presse, Le Constitutionnel, y que los lectores devoraban; novelas como: La reina Margot, El caballero de la casa roja, Montecristo, Los tres Mosqueteros, etc., aunque también acoge obras de varios autores clásicos, como Shakespeare, Goethe, Calderón, Schiller, antes de quebrar económicamente en 1850.

Pero antes, y sobre todo en esos años en los que se aparta de la escena se dedica a su otra gran pasión: los viajes. «Voyager c’est vivre dans toute plénitude du mot...», dice, y recorre Europa, el norte de África, parte de Asia, Rusia, Siria, etc., pero sobre todo se apasiona por lo que entonces se llama Levante, u Oriente, esa gran obsesión a la que vuelve una y otra vez en sus obras y que encontramos, como tema recurrente, en El conde de Montecristo.

En los relatos de sus viajes, titulados Impresiones de viaje se nos descubre como un prosista brillante, lleno de imaginación y de fuerza descriptiva, relatos que son el germen de muchas de sus novelas y su verdadero laboratorio literario.

Publica sin cesar a lo largo de los años treinta, pero hay un punto de inflexión también en el éxito de su prosa como lo hubo en la escena. Sus editores, deseosos de conseguir el éxito de Eugène Sue con la publicación por entregas de Los Misterios de París en Le Journal des Débats, invitan a Alexandre Dumas a dedicarse a este tipo de novelas de enorme seguimiento popular. Se inicia con sus Impresiones de viajes en París, con un gran éxito, y sigue con más Impressions, pero sus editores le piden más novela y menos «impresiones». Y lo que en principio era una estrategia editorial se convierte en un éxito sin precedentes y en la dedicación absoluta de Dumas. Sus novelas por entregas se suceden, un torrente de obras, publicando en ocasiones dos o tres a la vez en diferentes periódicos. Mantiene en vilo a los lectores día a día, que se entusiasman por esa clase de novela histórica, que popularizó sir Walter Scott (1771-1832) en el Reino Unido, pero que en Francia tiene un creador indiscutible que es Dumas con su trilogía de los mosqueteros: Los tres mosqueteros, Veinte años después, El vizconde de Bragelonne; o la de los Valois: La reina Margot, La dama de Monsoreau, Los Cuarenta y cinco; o la tetralogía de Memorias de un médico, por señalar las de mayor trascendencia.

Pero a pesar del éxito popular, o tal vez a causa de él, y de lo que él considera su misión –no sólo entretener a los lectores que saben, sino la de instruir al pueblo, que desconoce su propia historia, etc.– viene la crítica de las instancias más oficiales de la literatura de la época: acusaciones de plagio, de poco rigor histórico, de la utilización de autores desconocidos, de lo que llaman despectivamente «una fábrica de novelas», o ataques a su, siempre excesiva, vida privada.

Nunca entró en la Académie Française, por ejemplo, mientras que su hijo (1824-1895), el autor de uno de los mayores éxitos teatrales del siglo xix, La dama de las Camelias, que fue escrita en principio como novela, es recibido en la Academia con todos los honores. Allí donde el padre destaca por su vida disoluta, el hijo, escritor y dramaturgo también, forma parte de la buena sociedad, lleno de prudencia y de vida modélica.

En cuanto a la acusación de utilizar colaboradores en sus obras, es un hecho probado. Dos de ellos son conocidos: Auguste Maquet, con el que mantiene algunos conflictos por problemas de dinero, y más tarde Gaspard de Cherville, y seguramente alguno más, pero esta práctica, sobre todo en el teatro, era en su tiempo más la regla que la excepción.

El caso es que su popularidad no va unida a la consideración de autor serio de la que gozan otros autores, como Hugo, Balzac y otros grandes de la literatura francesa del momento.

Entre sus contemporáneos, algunos ilustres novelistas, como Honoré de Balzac, hacen una crítica mordaz a sus obras; otros, sin embargo, como Maxime du Camp, ya citado, dice: «Le plus grand événement littéraire de son temps» («El mayor acontecimiento literario de su época») refiriéndose al drama Enrique III y su corte; el historiador Jules Michelet (1798-1874) le dijo un día que había enseñado más historia al pueblo que todos los historiadores reunidos.

Y entre amigos y enemigos, la figura siempre exuberante de Victor Hugo, quien, a pesar de su relación bastante tempestuosa con Dumas en vida, escribe a Alexandre Dumas, hijo, a la muerte del padre: «[] ninguna popularidad en este siglo ha sobrepasado a la de Alexandre Dumas; sus éxitos son más que éxitos: son triunfos; tienen el estruendo de las trompetas. El nombre de Alexandre Dumas es más que francés, europeo; más que europeo, universal [...] es uno de los hombres a los que podemos llamar sembradores de civilización [...] fecunda las almas, los cerebros, las inteligencias; crea la sed de leer; ahonda el ingenio humano [...]».

Y más adelante: «[...] seduce, fascina, interesa, divierte, enseña [...]»; o también: «[...] una obra clamorosa, innumerable, múltiple, deslumbrante, dichosa». O Georges Sand que le llama «le génie de la vie».

Sea como fuere, la historia se ha encargado de vengar –puesto que de venganzas trata la obra que nos ocupa– y de vengar con creces, ese menosprecio de la llamada literatura seria con el rutilante éxito de lectores de su tiempo y de todos los tiempos posteriores hasta hoy mismo.

Ni siquiera sería preciso reseñar las innumerables traducciones a casi todos los idiomas conocidos, y otras tantas adaptaciones al teatro, cine, televisión, etc. De todas esas adaptaciones, el lector debe saber, como casi siempre ocurre en las adaptaciones, que ninguna supera al relato del autor.

En nuestros días, dos hombres de letras reivindican a Dumas como a uno de los grandes escritores universales del siglo xix; le reconocen como pionero del drama romántico, de la novela histórica, prosista brillante, y sobre todo creador indiscutible de dos grandes mitos: El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros.

Uno de estos hombres, Dominique Fernández (París, 1929), preside desde 2006 La societé des amis d’Alexandre Dumas, y en su obra: Les douze muses d’Alexandre Dumas (Grasset, 1999), señala:

Dumas es un escritor que nunca ha sido estudiado ni en el liceo ni en la universidad. Está considerado como un «autor de pacotilla», un autor a quien no se le puede tomar en serio. Aunque se le han dedicado numerosas biografías, mi libro es el primer ensayo literario sobre Dumas publicado en Francia. Para mí, Dumas está en el mismo plano que Balzac o que Hugo, y he querido que se sepa.

Y Claude Schopp, docteur de lettres, profesor en diferentes universidades europeas y editor crítico de obras conocidas y desconocidas de Alexandre Dumas, que dedica su vida a la rehabilitación del autor y preside los Cahiers de Dumas. Su obra Alexandre Dumas en bras de chemise (París, Maisonneuve et Larose, 2002) es una recopilación de textos dispersos, testimonios de sus coetáneos y otros, sobre la obra de Alexandre Dumas.

Sobre el origen de El conde de Montecristo, el mismo Dumas cuenta, en lo que él llama «El estado civil del conde de Montecristo» publicado dentro de un grupo de relatos llamado Causeries, que la primera vez que oyó el nombre de Montecristo fue entre 1841 y 1842 en un viaje con el príncipe Jerôme Bonaparte, sobrino del emperador, por las islas del Mediterráneo, con la intención, sobre todo, de mostrar al príncipe la famosa isla de Elba.

Cuando sus editores le proponen sus Impressions dans Paris, rescata ese nombre, más una pequeña anécdota de un hecho real, y con esos ingredientes, en colaboración con Maquet, inicia los capítulos por entregas.

Y entre 1844 y 1846 fascina a los lectores, no sólo con El conde, sino también con otras novelas que ocupan simultáneamente las páginas de los periódicos del momento.

La historia de una venganza; muchos críticos resumen así El conde de Montecristo: un joven marino es acusado injustamente, permanece en prisión catorce años y tras conseguir huir y encontrar el tesoro prometido por su compañero de celda, dedica su dinero, sus conocimientos y su vida a vengarse de quienes le acusaron injustamente.

Tres partes que mantienen la unidad temática, cronológica y espacial: Marsella, Roma, París, que se corresponden con los espacios y los tiempos habitados por el héroe.

Marsella es la pasión y muerte del hombre, maltratado por el destino, para resucitar, saliendo del mar, con todos los poderes ya del héroe. Y hablamos de héroe, no referido al personaje principal de la novela, que también lo es, sino al personaje con todos los ingredientes del héroe al estilo griego; el semidios, arrastrado por un destino inesperado, de genealogía incierta, pues señala varios padres: su padre natural, el viejo Dantès, Morrel y, más tarde, Faria, como padre espiritual; héroe que reaparece con conocimientos adquiridos lejos de la sociedad, oculto al mundo, con la capacidad de distribuir el bien y el mal, dotado con esos tres poderes: el poder del conocimiento, como fuente imprescindible de la vida, fruto de las enseñanzas del abate Faria; el poder del dinero, conseguido también a través de Faria y su tesoro escondido, pero más que nada dotado con el poder de su determinante voluntad de premiar a los buenos y castigar a los malos.

Roma es la aportación de Dumas al gusto por los viajes, por el lujo; el creador de historias en las que mezcla las aventuras divertidas del carnaval y los disfraces con los bandidos, el misterio de su orientalismo, las múltiples personalidades que encarna, sin definir exactamente ninguna, y ese patetismo del hombre, extraño al mundo, solo y atormentado, del héroe romántico byroniano. El nombre de la griega Haydée, por ejemplo, lo toma Dumas del poema Don Juan, de Byron.

Toda esa influencia y amor por Italia se manifiesta a lo largo de toda la obra, e incluso la analogía de los nombres Dantès y Dante, y la Divina Comedia como guía: el abate Faria como Virgilio conduciéndole hacia «la luz fulgurante» del conocimiento.

Pero, también, esta pasión y muerte del hombre tiene sus reminiscencias cristianas: el mismo nombre de Monte Cristo, Monte de Cristo, Monte Calvario: el camino de la deificación está marcado ya al inicio de la etapa de Roma. Como en el caso de Jesucristo, su existencia y su formación resultan desconocidas para sus contemporáneos, apareciendo, sin saber muy bien de dónde, a los treinta y tres años.

París, donde comienza a realizar su terrible venganza. Tanta que hacia la mitad del segundo volumen el lector empieza a preguntarse si Montecristo o, mejor dicho, si Edmond Dantès va a arrepentirse. No lo desvelaremos en el prólogo, pero, haga lo que haga al final, para los lectores es demasiado tarde; ya habíamos preparado todos, siguiendo su filosofía, nuestras pequeñas venganzas, habíamos reclamado nuestros pequeños derechos a emplear esa justicia del «ojo por ojo», una justicia que nos parecía más justa, si cabe la expresión, y que sobre todo satisfacía mejor nuestros deseos.

Nos sorprende la dureza del personaje, el trato que recibe Mercedes o en algún momento el hijo de esta, por ejemplo, o la influencia perversa que ejerce sobre la señora de Villefort, y otras venganzas. El héroe Montecristo no es un héroe amable: es duro e implacable; más que el Cristo del Nuevo Testamento que habíamos señalado anteriormente, es el Dios vengador del Antiguo Testamento, el Dios Todopoderoso que se muestra por encima de los simples mortales, premiando o castigando.

Y en medio de todo ello, lo imaginario, lo fantástico, el mito: el tesoro escondido, el veneno «milagroso», los barcos que, aunque hundidos, regresan a puerto, los muertos en sus sudarios que «resucitan», los bandidos leyendo la vida de Julio Cesar o la de Alejandro Magno, las ruinas económicas que salen a flote, los paralíticos capaces de expresarse sin palabras, el vampirismo, la alquimia, la toxicología, el azar, el destino, todo mezclado en esa exuberancia sin límites de Dumas; la agilidad de una prosa clara, la línea argumental sencilla pero con personajes ricos en sus facetas, articulando diálogos ágiles que manejaba a la perfección como novelista que venía del teatro, pero también la prosa brillante y seductora, como cuando nos viste y desviste los fulgurantes amaneceres y atardeceres del Mediterráneo. Porque el mar es otro de los polos atrayentes de esta historia: todo empieza y acaba en el mar. En fin, todos los ingredientes propios para, como dice Victor Hugo, fascinar, seducir, divertir, enseñar.

Pero tenemos también el reflejo de la vida contemporánea, como un tratado de la vida cotidiana del «gran mundo»: los Cien Días de Napoleón, la Restauración monárquica, ese gobierno que hace exclamar a uno de los personajes: «si los gobiernos son elegibles, ¿por qué hemos elegido a este?».

Pero, ¿por qué será que no nos sorprende, no nos produce ni rechazo, ni una simple sonrisa, el arribismo de Danglars o de Morcerf, por ejemplo? Se ve que ya hemos sufrido todo un siglo xx de convulsos y revolucionarios cambios sociales como para sorprendernos.

Sí que habría que destacar el trato que da a los jóvenes –Julie, Haydée, Franz, Valentine, pero sobre todo a Maximilien Morrel–, porque, ¿cuáles son las enseñanzas que quiere transmitir a Maximilien, como él las había recibido del abate Faria? «Esperar y confiar» puesto que la vida es lo único que nos queda, y tomar concien­cia de ella es la labor del hombre. Y eso, a pesar de todo, a pesar de que, como dice uno de los personajes: «La vida es el naufragio eterno de nuestras esperanzas». Nos recuerda mucho a lo que leeremos más tarde en El extranjero, de Albert Camus. Al fin y al cabo, filosofía occidental: el hombre frente a la naturaleza, el hombre frente a Dios, el hombre frente al destino. Esto es lo que hay: la vida pura y dura, la vida llena de azarosos destinos, pero la vida sola frente a la nada.

Pilar Ruiz Ortega

Cronología

1802: Nació el 24 de julio en Villers-Cotterêts, Aisne. Su abuelo fue el marqués Antoine-Alexandre Davy de la Pailleterie casado con Marie-Césette Dumas, una esclava negra de Santo Domingo.

1806: Su padre, Thomas Alexandre Davy de la Pailleterie, un general del ejército francés les dejó en la ruina al morir. Dumas tuvo que abandonar pronto sus estudios.

1823: Llegó a París, tras una primera experiencia como pasante de abogado. Gracias a su puesto de escribiente para el duque de Orléans, consiguió completar su formación de manera autodidacta.

1824: Tras un romance con la modista Marie-Catherine Lebay, tuvo a su hijo Alexandre, quien también se dedicó con éxito a la literatura.

1825: Escribió la pieza teatral La caza y el amor en colaboración con Adolphe de Leuven y P. J. Rousseau.

1829: Se produjo el verdadero inicio de su carrera como dramaturgo, con Enrique III y su corte.

1831: Con Antony alcanzó su primer éxito. El 5 de marzo de ese año nació su hija Marie-Alexandrine, fruto de su relación con la actriz Belle Krebsamer.

1832: Incansable viajero (Suiza en 1832, Italia en 1835, Bélgica y Alemania en 1838 y otros grandes viajes posteriores) inició su producción de diarios de viajes titulados Impresiones de viaje (1835-1859), que lo convirtió en el primer maestro del gran reportaje.

1839-1851: Trabajó incontables horas al día y, con la ayuda de varios colaboradores, entre los que destacó Auguste Maquet, llegó a producir ochenta novelas, de desigual calidad. La mayoría de ellas pertenecen al género histórico o al de aventuras, en el que destaca El conde de Montecristo.

1840: Se casó brevemente con la actriz Ida Ferrier.

1844: Escribe Los tres mosqueteros, que significó su salto a la fama. Millonario gracias a sus múltiples ventas, fue dilapidando su fortuna debido al disipado ritmo de vida que llevaba con regalos lujosos, caprichos caros y multitud de amantes.

1846: Recorrió España y luego tomaron el barco La Veloce en el puerto de Cádiz, que los condujo a Argelia y Túnez. Las vivencias durante esos dos viajes se recogen en sus libros De París a Cádiz y La Veloce.

1848: Realizó una breve incursión en la política, pero se enemistó con Luis Felipe, y, tras un estrepitoso escándalo en las Tullerías, rechazó el nuevo régimen.

1850: Se exilió en Bélgica, acuciado por la deudas, donde terminó de redactar sus apasionantes Memorias, y continuó escribiendo nuevas novelas de aventuras.

1853: Regresó a Francia y fundó la revista satírica El mosquetero.

1858: Fue invitado por una acaudalada familia rusa a un viaje por Rusia, Georgia y las costas del mar Negro.

1859-1864: Abandonó Francia y se sumó a la expedición de Garibaldi en Sicilia. Se encargó de comprar armas para el revolucionario y este lo nombró conservador del museo de la ciudad. Nació su otra hija Micaela, de su relación con Emilia Cordier.

1870: Arruinado, vivió estos últimos años de su vida a costa de su hijo Alexandre Dumas en la casa de campo de su hijo en Puys donde falleció el 5 de diciembre.

EL CONDE DE MONTECRISTO

Capítulo I

MARSELLA. LA LLEGADA

El 24 de febrero de 1815, el vigía de Notre-Dame de la Garde avistó el buque de tres palos, el Pharaon, que venía de Esmirna, Trieste y Nápoles.

Como de costumbre, el práctico salió rápidamente del puerto, pasó bordeando el castillo de If y fue a abordar el navío entre el cabo de Morgion y la isla de Rion.

Enseguida, como aún es costumbre, la plataforma del fuerte Saint-Jean se había llenado de curiosos; pues sigue siendo un gran acontecimiento en Marsella la llegada de un buque, sobre todo cuando ese buque, como el Pharaon, ha sido construido, aparejado y estibado en los astilleros de la antigua Focea y pertenece a un armador de la ciudad.

Mientras tanto el buque se iba acercando; había franqueado felizmente ese estrecho que algún movimiento volcánico formó entre la isla de Calasareigne y la isla de Jaros; había doblado Pomègue y navegaba bajo sus tres gavias, su gran foque y su vela cangreja, pero tan lentamente y con un ritmo tan triste que los curiosos, con ese instinto que presiente las desgracias, se preguntaban qué accidente podía haber ocurrido a bordo. Sin embargo, los expertos en navegación reconocían que, si había sucedido un accidente, no podía ser al barco mismo, pues el navío se aproximaba con todas las condiciones de un navío perfectamente gobernado: el ancla preparada para el fondeo, los obenques del bauprés sueltos; y junto al práctico, que se disponía a dirigir al Pharaon por la estrecha entrada del puerto de Marsella, había un joven de gesto rápido y mirada activa, que vigilaba cada movimiento del navío y repetía cada orden dada por el práctico.

La vaga inquietud que planeaba entre la gente había hecho mella particularmente en uno de los espectadores de la explanada de Saint-Jean, de modo que no pudo esperar a la entrada del buque en el puerto; saltó a un pequeño bote y ordenó remar para ir al encuentro del Pharaon, a quien alcanzó frente a la ensenada de la Reserve.

Al ver venir a este hombre, el joven marino dejó su puesto junto al práctico, y, sombrero en mano, vino a apoyarse en el pretil del barco.

Era un joven de dieciocho a veinte años, alto, esbelto, con unos hermosos ojos negros y cabello de ébano; toda su persona despedía ese aire tranquilo y resuelto propio de los hombres acostumbrados desde su infancia a luchar contra el peligro.

—¡Ah, es usted, Dantès! –gritó el hombre del bote–; ¿qué es lo que ha pasado, por qué ese aire de tristeza que se percibe a bordo?

—Una gran desgracia, señor Morrel –respondió el joven–, una gran desgracia, sobre todo para mí; a la altura de Civita-Vecchia hemos perdido al buen capitán Leclère.

—¿Y la carga? –preguntó rápidamente el armador.

—La carga llegó a buen puerto, señor Morrel, y creo que respecto a eso estará usted satisfecho; pero ese pobre capitán Leclère...

—¿Pues que le ocurrió? –preguntó el armador visiblemente aliviado–; ¿pues entonces qué le ocurrió, a ese buen capitán?

—Ha muerto.

—¿Se cayó al mar?

—No, señor; ha muerto de una fiebre cerebral, en medio de horribles sufrimientos.

Después, volviéndose hacia sus hombres:

—¡Vamos! –dijo–, ¡cada uno a su puesto para el fondeo!

La tripulación obedeció. Al instante, los ocho o diez marineros que la componían se lanzaron unos a las escotas, otros a las brazas, otros a las drizas, otros a los cabos bajos de los foques; finalmente, otros a cada briol de las velas.

El joven marino echó una indolente ojeada a todo ese comienzo de maniobra y, al ver que sus órdenes se iban ejecutando, volvió a su interlocutor.

—Y entonces, ¿cómo sucedió esa desgracia? –continuó el armador, retomando la conversación allí donde el marino la había interrumpido.

—Dios mío, señor, de la manera más imprevista: después de una larga conversación con el comandante del puerto, el capitán Leclère salió de Nápoles muy agitado; al cabo de veinticuatro horas le subió la fiebre; tres días después, murió.

»Le hicimos los funerales de ordenanza, y descansa a la altura de la isla de El Giglio, decentemente envuelto en un coy, con una bala de cañón del treinta y seis a los pies y otra a la cabeza. Le traemos a la viuda su cruz de honor y su espada. Sí que es una lástima –continuó el joven con una melancólica sonrisa–, guerrear diez años contra los ingleses para venir a morir en su cama, como todo el mundo.

—¡Hombre! Qué quiere usted, señor Edmond –repuso el armador que parecía consolarse cada vez más–, todos somos mortales, y es bien necesario que los viejos dejen el sitio a los jóvenes, sin eso no habría progreso, y puesto que usted me garantiza la carga...

—Está en buen estado, señor Morrel, se lo aseguro. Este es un viaje del que le aconsejo contar con no menos de 25.000 francos de beneficio.

Después, como acababa de sobrepasar el torreón:

—¡Listos para cargar las velas de la cofa, el foque y la cangreja! –gritó el joven marino–. ¡Rápido!

La orden se ejecutó casi con tanta rapidez como en un barco de guerra.

—¡Arriar y recoger velas!

Tras la última orden, todas las velas se arriaron y el navío se acercó de una manera casi insensible, navegando solamente por la impulsión dada.

—Y ahora, si quiere embarcar, señor Morrel –dijo Dantès viendo la impaciencia del armador–, ahí está su contable, el señor Danglars, que sale de la cabina y que le dará toda la información que usted desee. En cuanto a mí, tengo que vigilar el fondeo y poner el navío en duelo.

El armador no esperó a que se lo dijera dos veces. Asió un cabo que le echó Dantès y, con una destreza que hubiera hecho honor a un hombre de mar, escaló los peldaños clavados en el flanco abombado del barco, mientras que Dantès, regresando a su puesto de segundo, cedía la conversación a quien había anunciado con el nombre de Danglars y que, saliendo de la cabina, iba efectivamente al encuentro del armador.

El recién llegado era un hombre de veinticinco a veintiséis años, de rostro bastante sombrío, obsequioso con sus superiores, insolente con sus subordinados. Es cierto que, además del título de agente contable, que siempre es motivo de repulsa para los marineros, era, generalmente, tan mal visto por la tripulación como, por el contrario, bien visto y estimado era Edmond Dantès.

—Y bien, señor Morrel –dijo Danglars–, ya conoce la desgracia, ¿no?

—Sí, sí, ¡pobre capitán Leclère! ¡Era un buen hombre honrado!

—Y un excelente marino, sobre todo, que había envejecido entre el cielo y el agua, como conviene a un hombre encargado de los intereses de una casa tan importante como la casa Morrel e hijo –respondió Danglars.

—Pero –dijo el armador siguiendo con la mirada a Dantès, que intentaba el fondeo–, pero me parece que no hay necesidad de ser tan marino viejo como usted dice, Danglars, para conocer su oficio, y ahí tiene a nuestro amigo Edmond, que cumple con el suyo, me parece, como hombre que no necesita pedir consejos a nadie.

—Sí –dijo Danglars echando a Dantès una aviesa mirada en la que brillaba un destello de odio–, sí, es joven, y no duda de nada. En cuanto murió el capitán tomó el mando sin consultar a nadie, y además nos hizo perder un día y medio en la isla de Elba en lugar de regresar directamente a Marsella.

—En cuanto a tomar el mando del navío –dijo el armador– era su deber como segundo; en cuanto a perder un día y medio en la isla de Elba, ahí se equivocó, a menos que el navío tuviera que reparar alguna avería.

—El navío estaba tan bien como yo, y como deseo que lo esté usted, señor Morrel; y esa jornada y media se perdió por puro capricho, por el gusto de bajar a tierra, eso es todo.

—Dantès –dijo el armador volviéndose hacia el joven–, venga aquí.

—Perdón, señor –dijo Dantès–, enseguida estoy con usted.

Después, dirigiéndose a la tripulación:

—¡Fondeo! –dijo.

Rápidamente cayó el ancla y la cadena se deslizó ruidosamente. Dantès se quedó en su puesto, a pesar de la presencia del práctico, hasta que esta última maniobra se vio concluida; después, añadió:

—¡Bajen el gallardete a medio mástil, pongan la bandera a media asta, embiquen las vergas!

—Ve usted –dijo Danglars–, se cree ya capitán, palabra.

—Y de hecho lo es –dijo el armador.

—Sí, salvo la firma de usted y la de su socio, señor Morrel.

—¡Hombre! ¿Por qué no íbamos a dejarle en ese puesto? –dijo el armador–. Es joven, ya lo sé, pero me parece muy apropiado y muy experimentado en su oficio.

Una nube pasó por la frente de Danglars.

—Perdón, señor Morrel –dijo Dantès al acercarse–; ahora que el navío está fondeado, ya soy todo suyo, me ha llamado usted, ¿verdad?

Danglars retrocedió un paso.

—Yo quería preguntarle, Dantès, por qué se detuvo usted en la isla de Elba.

—Lo ignoro, señor, era para cumplir la última orden del capitán Leclère, que, al morir, me remitió un paquete para el gran mariscal Bertrand.

—¿Entonces le vio usted, Edmond?

—¿A quién?

—Al gran mariscal.

—Sí.

Morrel miraba a su alrededor y atrajo a Dantès aparte.

—¿Y cómo está el emperador? –preguntó rápidamente.

—Bien, tal como pude juzgar por mis propios ojos.

—¿Así que usted vio también al emperador?

—Entró donde el mariscal cuando yo estaba con él.

—¿Y le habló usted?

—Mejor decir que fue él quien habló conmigo, señor –dijo Dantès sonriendo.

—¿Y qué le dijo?

—Me hizo preguntas sobre el buque, sobre la fecha en la que zarparía hacia Marsella, sobre la ruta que había seguido y sobre la carga que llevaba. Creo que si hubiera estado vacío y que si yo hubiera sido el dueño, su intención hubiera sido comprarlo; pero le dije que yo era un simple segundo, y que el buque pertenecía a la casa Morrel e hijo. «¡Ah!», dijo, «la conozco. Los Morrel son armadores de padre a hijo, y había un Morrel que servía en el mismo regimiento que yo, cuando yo estaba en guarnición en Valence».

—¡Eso es cierto, pardiez! –exclamó el armador todo gozoso–; era Policar Morrel, mi tío, que llegó a capitán. Dantès, dirá a mi tío que el emperador se acordó de él, y le verá llorar, al viejo veterano. Vamos, vamos –continuó el armador, dando una palmada amistosa en el hombro del joven–, hizo usted bien, Dantès, en seguir las instrucciones del capitán Leclère, y deteniéndose en la isla de Elba, aunque, si se supiera que remitió un paquete al mariscal y que habló con el emperador, podría comprometerle.

—¿Y en qué iba a comprometerme, señor? –dijo Dantès–. Ni siquiera sé lo que llevaba, y el emperador no me hizo más preguntas de las que hubiera hecho a cualquier recién llegado. Pero, perdón –repuso Dantès–, aquí vienen sanidad y aduanas; me permite, ¿verdad?

—Vaya, vaya, mi querido Dantès.

El joven se alejó y, mientras se alejaba, se acercó Danglars.

—Y bien –preguntó–, ¿parece que le ha dado buenas razones para haber fondeado en Portoferraio?

—Excelentes razones, mi querido señor Danglars.

—¡Ah! Mejor así –respondió este–, pues siempre es penoso ver a un compañero que no cumple con su deber.

—Dantès sí ha cumplido con el suyo –respondió el armador–, y no hay nada más que decir. Era el capitán Leclère quien le había ordenado esa escala.

—A propósito del capitán Leclère, ¿no os ha remitido una carta suya?

—¿Quién?

—Dantès.

—¡A mí, no! ¿Es que tenía una carta?

—Yo creía que, además del paquete, el capitán Leclère le había confiado una carta.

—¿De qué paquete habla usted, Danglars?

—¡Pues del que Dantès depositó al pasar por Portoferraio!

—¿Cómo sabe usted que había un paquete que depositar en Portoferraio?

Danglars se sonrojó.

—Yo pasaba por delante de la puerta del capitán que estaba entreabierta, y vi que entregaba ese paquete y esa carta a Dantès.

—No me ha dicho nada –dijo el armador–; pero si existe esa carta, me la entregará.

Danglars reflexionó un instante.

—Entonces, señor Morrel, se lo ruego, no hable de esto con Dantès; me habré equivocado.

En ese momento el joven volvía; Danglars se alejó.

—Y bien, mi querido Dantès, ¿ya está usted libre? –preguntó el armador.

—Sí, señor.

—La cosa no ha sido larga.

—No, di al aduanero la lista de nuestras mercancías; y en cuanto a la Oficina de Sanidad, enviaron con el práctico a un hombre a quien entregué nuestros papeles.

—¿Entonces ya no tiene usted nada más que hacer aquí?

Dantés echó una rápida ojeada a su alrededor.

—No, todo está en orden –dijo.

—¿Entonces podrá usted venir a comer con nosotros?

—Discúlpeme, señor Morrel, discúlpeme, se lo ruego, pero debo a mi padre la primera visita. No por eso dejo de agradecerle el honor que usted me hace.

—Es justo, Dantès, es justo. Ya sé que es usted un buen hijo.

—¿Y... –preguntó Dantès con cierta duda–, mi padre está bien de salud, que usted sepa?

—Pues creo que sí, mi querido Edmond, aunque no le he visto.

—Sí, se queda demasiado encerrado en su casa.

—Al menos eso prueba de que no le falta de nada cuando usted está ausente.

Dantès sonrió.

—Mi padre es orgulloso, señor, y aunque le faltara de todo, dudo que pidiera algo a alguien, excepto a Dios.

—Y bien, después de esa primera visita, contamos con usted.

—Discúlpeme de nuevo, señor Morrel; pero después de esa primera visita tengo una segunda que no me preocupa menos que la primera.

—¡Ah! Es cierto, Dantès; olvidaba que hay en Les Catalans alguien que debe esperarle con no menos impaciencia que su padre de usted; la bella Mercedes.

Dantès sonrió.

—¡Ah!, ¡ah! –dijo el armador–. No me extraña que la joven haya venido tres veces a preguntar por el Pharaon. ¡Pestes! Edmond, no es usted digno de lástima, ¡vaya una guapa amante que tiene usted!

—No es mi amante, señor –dijo seriamente el joven marino–; es mi prometida.

—A veces se es ambas cosas –dijo el armador riendo.

—No para nosotros, señor –respondió Dantès.

—Vamos, vamos, mi querido Edmond –continuó el armador–, que no quiero retenerle; demasiado bien ha llevado usted mis asuntos como para que no le deje yo todo su tiempo para llevar a cabo los suyos. ¿Necesita usted dinero?

—No, señor; tengo toda mi nómina del viaje, es decir, cerca de tres meses de sueldo.

—Es usted un muchacho formal, Edmond.

—Añada usted que tengo un padre pobre, señor Morrel.

—Sí, sí, ya sé que es usted un buen hijo. Vaya, pues, a ver a su padre; yo también tengo un hijo, y odiaría a quien después de un viaje de tres meses, le retuviera lejos de mí.

—Entonces, ¿me permite? –dijo el joven despidiéndose.

—Sí, si no tiene usted nada más que decirme.

—No.

—¿El capitán Leclère no le dio, al morir, una carta para mí?

—Le hubiera sido imposible escribirla, señor; pero eso me recuerda que tendré que pedirle un permiso de quince días.

—¿Para casarse?

—Primeramente, sí; después, para ir a París.

—¡Bueno!, ¡bueno! Se tomará usted el tiempo que desee, Dantès; descargar el buque nos llevará unas seis semanas, y no embarcaremos antes de tres meses... Solamente que, dentro de tres meses, tendrá usted que estar aquí. El Pharaon –continuó el armador con una palmada en el hombro del joven marino–, no podría zarpar sin su capitán.

—¡Sin su capitán! –exclamó Dantès con los ojos brillantes de alegría–. Mire usted bien lo que dice, señor, pues acaba usted de dar respuesta a las más secretas esperanzas de mi corazón. ¿Acaso es su intención nombrarme capitán del Pharaon?

—Si fuera sólo yo, le estrecharía la mano, mi querido Dantès, y le diría: «eso está hecho». Pero tengo un socio, y ya conoce usted el proverbio latino: Che a compagne a padrone. Pero la mitad del trabajo está hecho, al menos, puesto que de dos votos ya tiene usted uno. Confíe en mí para obtener el otro y yo haré todo lo que pueda.

—¡Oh! Señor Morrel –exclamó el joven marino, cogiendo las manos del armador con lágrimas en los ojos–; señor Morrel, se lo agradezco, en nombre de mi padre y de Mercedes.

—Está bien, está bien, Edmond, hay un Dios en el Cielo para las buenas personas, ¡qué diablos! Vaya usted a ver a su padre, a ver a Mercedes, y vuelva a verme después.

—¿Pero no quiere que le lleve a tierra?

—No, gracias; me quedo para arreglar cuentas con Danglars. ¿Ha estado usted satisfecho de él durante el viaje?

—Eso depende del sentido que quiera usted dar a esa pregunta, señor. Si es como buen compañero, no, pues creo que no le gusto mucho desde el día en el que cometí la tontería, tras una pequeña querella que tuvimos entre los dos, de proponerle que nos detuviéramos diez minutos en la isla de Montecristo para resolver esa querella; propuesta que reconozco que fue equivocada por mi parte, como acertada fue la suya al rechazarla. Si el sentido de su pregunta es como sobrecargo, creo que no tengo nada que decir y que usted estará satisfecho de cómo ha cumplido con su tarea.

—Pero –preguntó el armador–, veamos, Dantès, ¿si usted fuera el capitán del Pharaon, mantendría a Danglars con gusto?

—Capitán o segundo, señor Morrel –respondió Dantès–, tendré siempre la mayor consideración por quienes tengan la confianza de mis armadores.

—Vamos, vamos, Dantès, veo que es usted un buen muchacho en todos los sentidos. No quiero retenerle más; vaya, pues ya veo que está sobre ascuas.

—¿Tengo entonces ese permiso? –preguntó Dantès.

—Vaya, le digo.

—¿Me permite que coja su bote?

—Cójalo.

—Adiós, señor Morrel y mil veces gracias.

—Adiós, mi querido Edmond, ¡buena suerte!

El joven marino saltó al bote, fue a sentarse a popa y dio la orden de atracar en La Canebière. Dos marineros se inclinaron enseguida sobre los remos y la embarcación se deslizó tan rápidamente como era posible, en medio de miles de barcas que obstruían la especie de calle que lleva, entre dos filas de buques, de la entrada del puerto al muelle de Orleáns.

El armador le siguió con la mirada sonriendo hasta la orilla, le vio saltar al pavimento del muelle y perderse enseguida en medio de esa masa abigarrada que, desde las cinco de la mañana a las nueve de la noche, atesta esa famosa calle de La Canebière, de la que los foceos modernos están tan orgullosos que dicen, con la seriedad más grande del mundo, y con ese acento que concede tanto carácter a lo que dicen: «si París tuviera La Canebière, París sería una pequeña Marsella».

Cuando se dio la vuelta, el armador vio detrás de él a Danglars que, en apariencia, parecía esperar sus órdenes, pero que, en realidad, como él, seguía al joven marino con la mirada.

Solamente que había una gran diferencia en la expresión de esa doble mirada que seguía al mismo hombre.

Capítulo II

PADRE E HIJO

Dejemos a Danglars, presa del instinto del odio, intentando soplar al oído del armador alguna maligna suposición contra su compañero, y sigamos a Dantès quien, después de haber recorrido La Canebière en toda su longitud, toma la calle de Noailles, entra en una pequeña casa situada al lado izquierdo de las Allées de Mei­l­han, sube con rapidez los cuatro pisos de una oscura escalera y, sujetándose a la barandilla con una mano y comprimiendo con la otra los latidos de su corazón, se detiene ante la puerta entreabierta por la que se ve una pequeña habitación hasta el fondo.

Esta era la vivienda que habitaba el padre de Dantès.

La noticia de la llegada del Pharaon no era aún conocida por el anciano, que se ocupaba, subido en una silla, en colocar con mano temblorosa algunas capuchinas mezcladas con clemátides que subían trepando a lo largo del enrejado de la ventana.

De repente, se sintió abrazado en todo su cuerpo y una voz bien conocida exclamó detrás de él:

—¡Padre, mi querido padre!

El anciano dio un grito y se dio la vuelta; después, al ver a su hijo, se dejó caer en sus brazos todo tembloroso y pálido.

—¿Qué te ocurre, padre? –exclamó el joven inquieto–. ¿No estarás enfermo?

—No, no, mi querido Edmond, hijo mío, mi niño, no; pero es que no te esperaba y la alegría, la emoción de verte así, de improviso... ¡Ah! ¡Dios mío! ¡Me parece que me voy a morir!

—Y bien, tranquilízate, padre, ¡soy yo, soy yo! Siempre se dice que la alegría no hace daño, por eso he entrado así, sin avisar. Veamos, sonríeme en lugar de mirarme así, como lo haces, con la mirada perdida. He vuelto y vamos a ser felices.

—¡Ah! ¡Mejor así, muchacho! –repuso el anciano–. ¿Pero cómo vamos a ser felices? ¿Es que ya no te volverás a marchar? Veamos, ¡cuéntame tu alegría!

—¡Que el Señor me perdone –dijo el joven–, por alegrarme de una dicha que surge con el duelo de una familia! Pero Dios sabe que yo no hubiese deseado así esta felicidad; sucedió y no tengo la fuerza de afligirme por ello: el buen capitán Leclère ha muerto, padre, y es probable que con la protección del señor Morrel obtenga yo su puesto. ¿Lo comprende usted, padre? ¡Capitán a los veinte años! ¡Con cien luises de salario y una participación en los beneficios! ¿No es más de lo que podría esperar un pobre marinero como yo?

—Sí, hijo mío, sí, en efecto –dijo el anciano–, es una gran suerte.

—Además quiero que, con el primer dinero que gane, usted tenga una casita, con jardín para plantar sus clemátides, sus capuchinas y sus madreselvas, padre... pero, ¿qué te ocurre, padre? ¡Se diría que te encuentras mal!

—¡Paciencia, paciencia! No será nada.

Y faltándole las fuerzas, el viejo cayó hacia atrás.

—¡Veamos, veamos! –dijo el joven–. Un vaso de vino, padre, eso le reanimará. ¿Dónde guarda usted el vino?