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Akal / Básica de Bolsillo / 322

Rainer Maria Rilke

cartas a un joven poeta

elegías de duino

Traducción: Emilio José González García

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En la primera obra que presentamos en esta edición, Cartas a un joven poeta, Franz Xaver Kappus, un joven con voluntad de escritor, envía sus mejores versos a un artista consagrado, Rainer Maria Rilke solicitando su opinión. En sus cartas de respuesta, Rilke no realiza una crítica literaria sino que se adentra en la esencia misma de la poesía y del arte: por qué escribir, por qué crear, qué y cómo buscar. La soledad y el sufrimiento como sustrato para el desarrollo del individuo. Un diálogo íntimo que cobra nueva vida en las Elegías de Duino que completan este volumen, diez poemas cuya temática oscila permanentemente entre la vida y la muerte y la relación del hombre con el mundo, y cuyo estilo lírico, sus simbólicas imágenes y reflexiones espirituales sitúan a esta obra en la cumbre de la poesía universal.

Diseño de portada

Sergio Ramírez

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Título original

Briefe an einen jungen Dichter. Duineser Elegien

© Ediciones Akal, S. A., 2016

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4476-5

Introducción

Existen libros que pueden cambiar vidas. A veces bastan incluso unas pocas cartas, unas palabras apenas. Este es el caso de Frank Xaver Kappus, receptor de las diez cartas que nos ocupan. Cuando las publicó en 1929, escribió a modo de introducción que el capellán de la academia militar donde estudiaba lo sorprendió leyendo un libro de poemas de Rainer Maria Rilke (1875-1926) y averiguó así que el poeta había sido cadete en la Academia Militar Elemental de Sankt Pölten, donde coincidió con dicho capellán. Animado por esta coincidencia se atrevió a enviarle algunos de sus versos acompañados de una nota, iniciándose así este intercambio epistolar en el que se confió al poeta con una sinceridad y una franqueza que nunca, ni antes ni después, volvería a tener con nadie.

En efecto, Rilke comenzó sus estudios en aquella institución, aunque acabó abandonando la vida militar debido a la debilidad de su salud y a la falta de afinidad con ese tipo de vida. Su paso por la Academia de Comercio de Linz tampoco fue mejor, así que, tras un periodo de formación privada, comenzó a estudiar literatura, arte y filosofía en Praga, decantándose más tarde por la facultad de Derecho. Al final también la universidad le decepcionó y se mudó a Múnich a dedicarse exclusivamente a la literatura.

Cuando comenzó el intercambio epistolar, Rilke ya había publicado en el periódico Wegwarten y varios volúmenes de poesía, de entre los que destacan La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke, el Homenaje a mí y, sobre todo, El libro de horas, una joya del Modernismo. En ellas ya se pueden percibir algunos de los rasgos característicos de su universo, como la importancia de la naturaleza, del desarrollo interior del ser humano y la búsqueda de nuevos caminos desde el yo. Nietzsche y Schopenhauer también habían dejado ya su impronta y se adivinaba su alejamiento del cristianismo victimista concentrado en el más allá.

Este es el Rilke que llega a París en 1902 para comenzar una monografía sobre Auguste Rodin. Desde esta ciudad escribió su primera respuesta a Kappus, quien decidió no incluir sus propias misivas cuando publicó las Cartas, tal vez por considerarlo innecesario, por reparo o por el exceso de sinceridad que en ellas manifestó. En cualquier caso esta ausencia apenas afecta a la comprensión del mensaje, provocando incluso que la identificación con el receptor del mismo sea mayor. Así las cartas dejan de ser respuestas a las dudas del joven Kappus y se convierten en consejos a cualquier joven con inquietudes artísticas.

No nos encontramos ante un libro de estilo, ni siquiera es una poética, sino más bien una invitación a recorrer un camino, a señalar los pasos hacia un estilo propio a través de una evolución también propia y alejada de convenciones y que el poeta está experimentando durante esos años. Algún efecto debieron ejercer sobre el joven Kappus, pues acabaría complementando su carrera militar con la de periodista, llegando a publicar además varias novelas.

Rilke, por su parte, finalizó en estos años el estudio sobre Rodin, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge y Los nuevos poemas, entre otros. Continuó además con su intensa actividad epistolar, consecuencia en gran medida de sus frecuentes cambios de residencia, que lo llevaron a lo largo de su vida por prácticamente todos los países de Europa, incluida una estancia de varios meses en España, donde se detuvo en Toledo, Córdoba, Sevilla y Ronda.

La llegada al castillo de Duino en 1912, en las cercanías de Trieste, por invitación de la princesa Marie von Thurn und Taxis-Hohenlohe supuso el comienzo de las Elegías. La publicación de los Cuadernos había iniciado una profunda crisis personal y artística que se prolongaría durante varios años. Fruto de esa desesperación nació durante un paseo por la costa el primer verso de la primera elegía, que el poeta apuntó consciente de que podría suponer el inicio de algo grande. Las Elegías, sin embargo, no alcanzaron su última perfección y publicación hasta diez años más tarde, debido tanto a factores personales como externos. La Primera Guerra Mundial y la amenaza de verse obligado a participar en ella como militar supuso una grave dificultad para la consecución de estos poemas, de la que solo pudo librarse gracias a las influencias de sus numerosos mecenas y amigos. En 1922, ya instalado en Suiza, completaría las Elegías, además de los Sonetos a Orfeo, las dos cumbres de la obra poética de Rilke.

A pesar de la variedad temática de las Elegías, el ser humano siempre supone un elemento destacado, tanto su vertiente física como metafísica. El sentido de la existencia, del dolor y la soledad, de los ángeles como personificación de lo inexplicable, del deseo de eternidad, del amor y la muerte son algunos de los elementos más destacados. No obstante, el auténtico valor de las elegías reside en el sedimento que van dejando las sucesivas lecturas y que escapa a una mera paráfrasis. Un primer recorrido puede provocar cierta admiración perpleja, la sensación de que algo importante ha sucedido. Es la reflexión posterior, la relectura, lo que despliega la obra y la convierten en indispensable, en un tesoro para la interpretación de infinidad de capas y direcciones. Así que, como decía Xaver Kappus al final de su introducción a las Cartas, «cuando habla alguien que es grande y único, han de callar los pequeños».

Emilio José González García

CARTAS A UN JOVEN POETA

París, 17 de febrero de 1903

Estimado señor:

Recibí su carta hace apenas un par de días. Me gustaría agradecerle su gran confianza y cariño. Casi no me veo capaz. No puedo juzgar el estilo de sus versos, ya que cualquier propósito crítico me es demasiado ajeno. Los términos críticos son los menos indicados para penetrar en un trabajo artístico: siempre provocan malentendidos más o menos afortunados. A diferencia de lo que a menudo se nos quiere hacer creer, no todas las cosas pueden decirse o palparse; la mayoría de los acontecimientos son inefables, desarrollándose en espacios en los que nunca ha penetrado palabra alguna, y los más inefables de todos son los trabajos artísticos, misteriosas existencias cuya vida permanece junto a la nuestra, que se extingue.

Enviándole este anticipo solo me permitiré decirle que sus versos carecen de un estilo propio, pero sí poseen un poso personal callado y oculto. En el último poema, «Mi alma» es donde lo sentí con mayor claridad. Hay algo propio que intenta expresarse en palabras. Y en la hermosa poesía «A Leopardi» quizá desarrolle cierto parentesco con ese hombre grande y solitario. No obstante, los poemas aún no son nada en sí mismos, nada independiente, ni siquiera el último y el dedicado a Leopardi. La amable carta que los acompañaba no se equivocaba al explicarme algunos defectos que noté al leer sus versos sin ser capaz de expresarlos en palabras.

Preguntáis si vuestros versos son buenos. Me lo preguntáis. Antes se lo habéis preguntado a otros. Los enviáis a revistas. Los comparáis con otros poemas y os intranquilizáis cuando alguna redacción rechaza vuestros proyectos. Yo, puesto que me habéis permitido aconsejaros, os pediría que abandonaseis esa actitud. Miráis hacia afuera y eso es lo último que debéis hacer ahora. Nadie puede aconsejaros o ayudaros, nadie. Solo hay un medio. Adentraos en vos mismo. Investigad la razón que os lleva a escribir; comprobad si extiende sus raíces en lo más profundo de vuestro corazón, reconoced si moriríais si os prohibieran escribir. Y sobre todo, preguntaos en la hora más silenciosa de vuestra noche: ¿debo escribir? Excavad en vos buscando una respuesta profunda. Y si fuera afirmativa, si os enfrentaseis a esta pregunta crucial con un simple y poderoso «sí, debo»,tenéis que

Sin embargo, quizá resulte que tras este descenso al interior y a la propia soledad tengáis que renunciar a ser poeta (como ya he dicho, basta sentir que uno puede vivir sin escribir para perder el derecho a serlo). Pero incluso en este caso la introspección que os pido no habrá sido en vano. Vuestra vida encontrará, a buen seguro, sus propios caminos y os deseo de todo corazón que sean buenos, ricos y amplios.

¿Qué más os puedo decir? Me parece haber destacado todo como corresponde. Para terminar querría aconsejaros ir creciendo de manera tranquila y sincera siguiendo vuestra propia evolución; la manera más probable de dificultar vuestra evolución es mirar al exterior y esperar del exterior respuestas a preguntas que tal vez solo pueda responder vuestro más íntimo sentimiento en su momento de mayor silencio.

Me ha supuesto una gran alegría encontrar en su misiva el nombre del profesor Horaček; conservo por este adorable erudito una gran veneración y un agradecimiento que perdura con el paso de los años. Por favor, transmitidle mis sentimientos; es muy amable por su parte que aún me recuerde y lo valoro como corresponde.

Los versos que amablemente me encomendasteis os los devuelvo. Y os agradezco de nuevo la grandeza y el cariño de vuestra confianza. Con esta respuesta honesta que os he dado lo mejor que he sabido he intentado hacerme un poco más digno de dicha confianza de lo que, como extraño, realmente soy.

Reciba todo mi afecto y simpatía.

Rainer Maria Rilke