El parasismo de la infeliz señora fue largo, y dio mucho cuidado a sus diligentes enfermeras, pero al cabo cedió a los remedios y sobre todo a su robusta naturaleza. Un rato estuvo mirando alrededor con ojos espantados, hasta que poco a poco, y a costa de un grande esfuerzo, manifestó la necesaria serenidad para rogar que la dejasen sola con su criada, por si algo se la ofrecía. La abadesa, que conocía muy bien la índole de su sobrina, enemiga de mostrar ninguna clase de flaqueza a los ojos de los demás, se apresuró a complacerla, diciéndole algunas palabras de consuelo y abrazándola con ternura.
A poco de haber salido las monjas, doña Beatriz se levantó de la cama en que la habían reclinado, con la agilidad de un corzo y cerrando la puerta por dentro, se volvió a su asombrada doncella, y la dijo atropelladamente:
-¡Quieren llevarme arrastrando al templo de Dios, a que mienta delante de él y de los hombres!, ¿no lo sabes, Martina? ¡Y mi padre me ha amenazado con su maldición si me resisto!…, ¡todos, todos me abandonan! ¡Oyes!, ¡es menester salir!, es menester que él lo sepa, y ojalá que él me abandone también, y así Dios solo me amparará en su gloria.
-Sosegaos, por Dios, señora -respondió la doncella consternada-, ¿cómo queréis salir con tantas rejas y murallas?
-No, yo no -respondió doña Beatriz-, porque me buscarían y me cogerían, pero tú puedes salir y decirle a qué estado me reducen. Inventa un recurso cualquiera…, aunque sea mentira, porque, ya lo estás viendo, los hombres se burlan de la justicia y de la verdad. ¿Qué haces? -añadió con la mayor impaciencia, viendo que Martina seguía callada-, ¿dónde están tu viveza y tu ingenio? Tú no tienes motivos para volverte loca como yo.
En tanto que esto decía, medía la estancia con pasos desatentados y murmurando otras palabras que apenas se le entendían. Por fin, el semblante de la muchacha se animó como con alguna idea nueva, y le dijo alborozada:
-¡Albricias, señora!, que en esta misma noche estaré fuera del convento y todo se remediará; pero, por Dios y la Virgen de la Encina-, que os soseguéis, porque si de ese modo os echáis a morir, a fe que vamos a hacer un pan como unas hostias.
-Pero ¿qué es lo que intentas? -preguntó su ama, admirada no menos de aquella súbita mudanza que del aire de seguridad de la muchacha.
-Ahora es -respondió esta-cuando la madre tornera va a preparar la lámpara del claustro; yo me quedaré un poco de tiempo en su lugar, y lo demás corre de mi cuenta; pero contad con no asustaros, aunque me oigáis gritar y hacer locuras.
Diciendo esto, salió de la celda brincando como un cabrito, no sin dar antes un buen apretón de manos a su señora. La prevención que le dejaba hecha no era ciertamente ociosa, porque al poco tiempo comenzaron a oírse por aquellos claustros tales y tan descompasados gritos y lamentos, que todas las monjas se alborotaron y salieron a ver quién fuese la causadora de tal ruido. Era, ni más ni menos, que nuestra Martina, que con gestos y ademanes, propios de una consumada actriz, iba gritando a voz en cuello:
-¡Ay, padre de mi alma!, ¡pobrecita de mí que me voy a quedar sin padre! ¿Dónde está la madre abadesa que me dé licencia para ir a ver a mi padre antes de que se muera?
La pobre tornera seguía detrás como atortolada de ver la tormenta que se había formado no bien se había apartado del torno.
-Pero, muchacha -le dijo, por fin-, ¿quién ha sido el corredor de esa mala nueva?, que cuando yo volví, ya no oí la voz de nadie detrás del torno, ni pude verle.
-¿Quién había de ser -respondió ella con la mayor congoja-, sino Tirso, el pastor de mi cuñado?, que iba el pobre sin aliento a Carracedo a ver si el padre boticario le daba algún remedio. ¡Buen lugar tenía él de pararse! ¿Pero dónde está la madre abadesa?
-Aquí -respondió esta, que había acudido al alboroto-, ¿pero a estas horas te quieres ir, cuando se va a poner el sol?
-Sí, señora, a estas horas -replicó ella siempre con el mismo apuro-, porque mañana ya será tarde.
-¿Y dejando a tu señora en este estado? -repuso la abadesa.
Doña Beatriz, que también estaba allí, contestó con los ojos bajos y con el rostro encendido por la primera mentira de toda su vida.
-Dejadla ir, señora tía, porque amas puede Dios depararle muchas y padre no le ha dado sino uno.
La abadesa accedió entonces, pero en vista de la hora insistió en que la acompañase el cobrador de las rentas del convento. Martina bien hubiera querido librarse de un testigo de vista importuno, pero conoció con su claro discernimiento que el empeñarse en ir sola sería dar que pensar, y exponerse a perder la última áncora de salvación que quedaba a su señora. Así, pues, dio las gracias a la prelada, y mientras avisaba al cobrador, se retiró con su señora a su celda como para prepararse a su impensada partida. Doña Beatriz trazó atropelladamente estos renglones.
Don Álvaro: dentro de tres días me casan si vos o Dios no lo impedís. Ved lo que cumple a vuestra honra y a la mía, pues ese día será para mí el de la muerte.
No bien acababa de cerrar aquella carta cuando vinieron a decir que el escudero de Martina estaba ya aguardando, porque como los criados del monasterio vivían en casas pegadas a la fábrica, siempre se les encontraba a mano y prontos. Doña Beatriz dio algunas monedas de oro y plata a su criada y solo la encargó la pronta vuelta, porque si podía acomodarse al arbitrio inventado, su noble alma era incapaz de contribuir gustosa a ningún género de farsa ni engaño. La muchacha, que ciertamente tenía más de malicia y travesura que no de escrúpulo, salió del convento fingiendo la misma prisa y pesadumbre que antes, oyendo las buenas razones y consuelos del cobrador, como si realmente las hubiese menester. El lugar a donde se dirigían era Valtuille, muy poco distante del monasterio, porque de allí era Martina y allí tenía su familia; pero, sin embargo, ya comenzaba a anochecer cuando llegaron a las eras. Allí se volvió Martina al cobrador y dándole una moneda de plata, le despidió socolor de no necesitarle ya, y de sacar de cuidado a las buenas madres. Dio él por muy valederas las razones en vista del agasajo y repitiéndole alguno de sus más sesudos consejos, dio la vuelta más que de paso a Villabuena. Ocurriósele por el camino que las monjas le preguntarían por el estado del supuesto enfermo, y aún estuvo por deshacer lo andado para informarse, en cuyo caso toda la maraña se desenredaba y el embuste venía al suelo con su propio peso; pero, afortunadamente, se echó la cuenta de que con cuatro palabras, algún gesto significativo y, tal cual meneo de cabeza, salía del paso airosamente y se ahorraba además tiempo y trabajo, y de consiguiente se atuvo a tan cuerda determinación.
Martina por su parte, queriendo recatarse de todo el mundo, fue rodeando las huertas del lugar, y saltando la cerca de la de su cuñado se entró en la casa cuando menos la esperaban. Tanto su hermana como su marido la acogieron con toda la cordialidad que nuestros lectores pueden suponer y que sin duda se merecía por su carácter alegre y bondadoso. Pasados los primeros agasajos y cariños, Martina preguntó a su cuñado si tenía en casa la yegua torda.
-En casa está -respondió Bruno, así se llamaba el aldeano-; por cierto, que como ha sido año de pastos, parece una panera de gorda. Capaz está de llevarse encima el mismo pilón de la fuente de Carracedo.
-No está de sobra -replicó Martina-, porque esta noche tiene que llevarnos a los dos a Bembibre.
-¿A Bembibre? -repuso el aldeano-, ¡tú estás loca, muchacha!
-No, sino en mi cabal juicio -contestó ella-; y enseguida, como estaba segura de la discreción de sus hermanos, se puso a contarles los sucesos de aquel día. Marido y mujer escuchaban la relación con el mayor interés, porque siendo renteros hereditarios de la casa de Arganza, y teniendo además a su servicio una persona tan allegada, parecían en cierto modo de la familia. No faltó en medio del relato aquello de: ¡pobre señora!, ¡maldita vanidad!, ¡despreciar a un hombre como don Álvaro!, ¡pícaro conde! y otras por el estilo, con que aquellas gentes sencillas, y poco dueñas, por lo tanto, de los primeros movimientos, significaban su afición a doña Beatriz, y al señor de Bembibre, cosa en que tantos compañeros tenían. Por fin, concluido el relato, la hermana de Martina se quedó como pensativa, y dijo a su marido con aire muy desalentado:
-¿Sabes que una hazaña como esa puede muy bien costarnos los prados y tierras que llevamos en renta, y a más de esto, a más la malquerencia de un gran señor?
-Mujer -respondió el intrépido Bruno-; ¿qué estás ahí diciendo de tierras, y de prados? ¡No parece sino que doña Beatriz es ahí una extraña, o una cualquiera! Y sobre todo, más fincas hay que las del señor de Arganza, y no es cosa de tantas cavilaciones eso de hacer el bien. Conque así, muchacha -añadió dando un pellizco a Martina-, voy ahora mismo a aparejar la torda, y ya verás qué paso llevamos los dos por esos caminos.
-Anda, que no te pesará -respondió la sutil doncella, moviendo el bolsillo que le había dado su ama-; que doña Beatriz no tiene pizca de desagradecida. Hay aquí más maravedís de oro que los que ganas en todo el año con el arado.
-Pues por ahora -respondió el labriego-tu ama habrá de perdonar, que alguna vez han de poder hacer los pobres el bien sin codicia, y solo por el gusto de hacerlo. Con que sea madrina del primer hijo que nos dé Dios, me doy por pagado y contento.
Dicho esto, se encaminó a la cuadra silbando una tonada del país, y se puso a enalbardar la yegua con toda diligencia, en tanto que la mujer, contagiada enteramente de la resolución de su marido, decía a su hermana con cierto aire de vanidad:
-¡Es mucho hombre este Bruno! Por hacer bien, se echaría a volar desde el pico de la Aguiana.
En esto ya volvía él con la yegua aderezada y sacándola por la puerta trasera de la huerta para meter menos ruido, montó en ella poniendo a Martina delante, y después de decir a su mujer que antes de amanecer estarían va de vuelta, se alejaron a paso acelerado. Era la torda animal muy valiente; y así es que, a pesar de la carga, tardaron poco en verse en la fértil ribera de Bembibre, bañada entonces por los rayos melancólicos de la luna que rielaba en las aguas del Boeza, y en los muchos arroyos que, como otras tantas venas suyas, derraman la fertilidad y alegría por el llano. Como la noche estaba ya adelantada, por no despertar a la ya recogida gente del pueblo, torcieron a la izquierda y por las afueras se encaminaron al castillo, sito en una pequeña eminencia y cuyos destruidos paredones y murallas tienen todavía una apariencia pintoresca en medio del fresco paisaje que enseñorean. A la sazón, todo parecía en él muerto y silencioso; pero los pasos del centinela en la plataforma del puente levadizo, una luz que alumbraba un aposento de la torre de en medio y esmaltaba sus vidrieras de colores y una sombra que de cuando en cuando se pintaba en ellos, daban a entender que el sueño no había cerrado los ojos de todos. Aquella luz era la del aposento de don Álvaro, y su sombra la que aparecía de cuando en cuando en la vidriera. El pobre caballero hacía días que apenas podía conciliar el sueño a menos de haberse entregado a violentas fatigas en la caza.
Llegaron nuestros aventureros al foso y llamando al centinela dijeron que tenían que dar a don Álvaro un mensaje importante. El comandante de la guardia, viendo que solo era un hombre y una mujer, mandó bajar el puente y dar parte al señor de la visita. Millán, que como paje andaba más cerca de su amo, bajó al punto a recibir a los huéspedes a quienes no conoció hasta que Martina le dio un buen pellizco diciéndole:
-¡Hola, señor bribón!, ¡cómo se conoce que piensa su merced poco en las pobres reclusas y que al que se muere le entierran!
-Enterrada tengo yo el alma en los ojuelos de esa cara, reina mía -contestó él, con un tono entre chancero y apasionado-, ¿pero qué diablos te trae a estas horas por esta tierra?
-Vamos, señor burlón -respondió ella-, enséñenos el camino y no quiera dar a su amo las sobras de su curiosidad.
No fue menor la sorpresa de don Álvaro que la de su escudero, aunque su corazón présago y leal le dio un vuelco terrible. Cabalmente, el día antes había recibido nuevas de la guerra civil que amagaba en Castilla y de la cual mal podía excusarse; y la idea de una ausencia en aquella ocasión agravaba no poco sus angustias. Martina le entregó silenciosamente el papel de su señora que leyó con una palidez mortal. Sin embargo, como hemos dicho más de una vez, no era de los que en las ocasiones de obrar se dejan abrumar por el infortunio. Repúsose, pues, lo mejor que pudo y empezó por preguntar a Martina si creía que hubiese algún medio de penetrar en el convento.
-Sí, señor -respondió ella-, porque como más de una vez me ha ocurrido que con un señor tan testarudo como mi amo algún día tendríamos que hacer nuestra voluntad y no la suya, me he puesto a mirar todos los agujeros y resquicios, y he encontrado que los barrotes de la reja por dónde sale el agua de la huerta están casi podridos, y que con un mediano esfuerzo podrían romperse.
-Sí, pero si tu señora ha de estarse encerrada en el monasterio mientras tanto, nada adelantamos con eso.
-¡Qué!, no señor -repuso la astuta aldeana-, porque como mi ama gusta de pasearse por la huerta hasta después de anochecer, muchas veces cojo yo la llave y se la llevo a la hortelana, pero como siempre me manda colgarla de un clavo, cualquier día puedo dejar otra en su lugar y quedarme con ella para salir a la huerta a la hora que nos acomode.
-En ese caso -repuso don Álvaro-, di a tu señora que mañana a media noche me aguarde junto a la reja del agua. Tiempo es ya de salir de este infierno en que vivimos.
-Dios lo haga -respondió la muchacha con un acento tal de sinceridad, que se conocía la gran parte que le alcanzaba en las penas de su señora, y un poco además del tedio de la clausura.
Despidiose enseguida, porque ningún tiempo le sobraba para estar al amanecer en Villabuena, según lo reclamaba así su plan, como la urgencia del recado que llevaba de don Álvaro. Así que volvió a subir en la torda con el honrado Bruno, pero en brazos de Millán, y volvieron a correr por aquellos desiertos campos hasta que, al rayar el alba, se encontraron en las frescas orillas del Cúa. Cabalmente, tocaban entonces a las primeras oraciones, de consiguiente no pudo llegar más a tiempo. Al punto la rodearon las monjas preguntándole con su natural curiosidad qué era lo que había ocurrido.
-¿Qué había de ser, pecadora de mí -respondió ella con el mayor enojo-, sino una sandez de las muchas de Tirso? Vio caer a mi padre con el accidente que le da de tarde en tarde, y sin más ni más vino a alborotarnos aquí y hasta a Carracedo fue sin que nadie se lo mandase. No, pues si otra vez no escogen mejor mensajero, a buen seguro que yo me mueva, aunque de cierto se muera todo el mundo.
Diciendo esto se dirigió a la celda de su señora dejando a las buenas monjas entregadas a sus reflexiones sobre la torpeza del pastor y lo pesado del chasco. El remiendo de Martina, aunque del mismo paño, como suele decirse, no estaba tan curiosamente echado que al cabo de algún tiempo no pudiesen verse las puntadas; pero contaba con que tanto ella como su señora estuviesen ya por entonces al abrigo de los resultados.
Como presumirán nuestros lectores, el necio apuro del caballerizo era la causa de este desagradable accidente, pues en cuanto se despidió de los forasteros, echó a correr a la casa, esparciendo una alarma que ninguna clase de fundamento tenía. Por casualidad, el conde y su suegro, a quienes no se esperaba aquel día, habían dado la vuelta impensadamente y encontrando sus gentes un poco azoradas y en disposición de acudir al soñado riesgo de su señora, se encaminaron allá con ellos, un poco recelosos por su parte, pues la guerra implacable y poco generosa que hacían a los templarios en la opinión, y los preparativos de todo género en que no cesaban un punto, les daban a temer cualquier venganza o represalias.
Cuando don Álvaro y el comendador sintieron ya cerca el tropel, como de común acuerdo se calaron la celada, y como dos estatuas de bronce aguardaron la llegada. El primero que asomó su ancha carota y su cuerpo de costal fue el buen Mendo que, muy pagado de su papel, no quería ceder a nadie la delantera. Venía todo sofocado y sin aliento, y sudando por cada pelo una gota.
-¡Martina! ¡Martina! -dijo en cuanto llegó-; ¿y el ama qué han hecho de ella?…
La muchacha le señaló a doña Beatriz con el dedo y le dijo en voz baja con cólera:
-¡Desgraciado y necio de ti!, ¿qué es lo que has hecho?
En tanto llegaron todos, y mientras don Alonso y su yerno se encaraban con los forasteros, sus criados se fueron extendiendo en corro alrededor de ellos, contenidos y enfrentados por su actitud imponente y reposada. Adelantose el conde entonces con su altanera cortesía, y dirigiéndose al de las armas negras, le dijo:
-¿Me perdonaréis, caballero, que os pregunte el motivo de tan extraña visita y os ruegue que me descubráis vuestro nombre y semblante?
-Soy -respondió él levantando la visera-don Álvaro Yáñez, señor de Bembibre, y venía a reclamar a doña Beatriz Ossorio el cumplimiento de una palabra ya hace algún tiempo empeñada.
-¡Don Álvaro! -exclamaron a un tiempo los dos, aunque con distinto acento y expresión, porque la exclamación del de Arganza revelaba el candor y la sinceridad de su asombro, al paso que la del conde manifestaba a un tiempo despecho, asombro, vergüenza y humillación. Había dado dos pasos atrás, y desconcertado y trémulo añadió-: ¡Vos aquí!
-¿Os sobrecoge mi venida? -contestó don Álvaro con sarcasmo-, no me maravilla, a fe; vos contabais con que la muerte, o la vejez por lo menos, me cogiese en el calabozo que me dispuso vuestra solicitud y la de vuestro amigo el generoso infante don Juan, ¿no es verdad?
-¡Ah, don Juan Núñez! -murmuró el conde en voz baja, víctima todavía de su sorpresa.
-¿Todavía os quejáis de él?-contestó don Álvaro con el mismo tono irónico-. Ingrato sois, por vida mía, porque en los seis meses que ha durado mi sepultura, me han dicho que habíais alcanzado el logro de vuestros afanes y casádoos con doña Beatriz; de manera que siendo ya tan poderoso, y destruidos los templarios, casi podíais coronaros por rey de Galicia. Sin embargo, si he llegado antes de tiempo y en ello os doy pesar, me volveré a mi deleitoso palacio hasta que para salir me vaya orden vuestra. ¿Qué no haré yo por granjearme la voluntad de un caballero tan cumplido con los caídos, tan generoso con los fuertes, tan franco y tan leal?
Don Alonso y su hija, como si asistiesen a un espectáculo del otro mundo, estaban escuchando mudos y turbados estas palabras con que comenzaban a distinguir el cúmulo de horrores y perfidias que formaban el nudo de aquel lamentable drama. Por fin, don Alonso, dando treguas al tumulto de sensaciones que se levantaba en su pecho, dijo al conde:
-¿Es cierto lo que cuenta don Álvaro? Porque no os habéis asustado al verle, sino de verle aquí; ¿es cierto que yo, mi hija, y todos nosotros somos juguetes de una trama infernal?
El conde irritado ya con la ironía de don Álvaro, sintió renacer su orgullo y altanería, viéndose de esta suerte interrogado:
-De mis acciones a nadie tengo que responder en este mundo -contestó con ceño el señor de Arganza-. En cuanto a vos, señor de Bembibre, declaro que mentís como villano y mal nacido que sois. ¿Quién sale garante de vuestras mal urdidas calumnias?
-En este sitio yo -respondió el comendador descubriendo su venerable y arrugado rostro-; en Castilla don Juan de Lara, y en todas partes y delante de los tribunales del rey estos papeles -añadió, mostrando unos que se encerraban en una cartera.
-¡Ah, traidor! -exclamó el conde desenvainando la espada y yéndose para don Álvaro-; aquí mismo voy a lavar mi afrenta con tu sangre. Defiéndete.
-Deteneos, conde -le replicó don Alonso metiéndose por medio-, estos caballeros están en mi casa y bajo el fuero de la hospitalidad. Además, no es esta injuria que se lave con un reto oscuro, sino que debéis pedir campo al rey en presencia de todos los ricos hombres de Castilla y limpiar vuestra honra harto oscurecida, por desgracia.
-Debéis pensar también -replicó gravemente don Álvaro-que el presente es caso de menos valer, y que habiendo descendido con vuestro atentado a la clase de pechero, ni sois ya mi igual ni puedo medirme con vos.
-Está bien -replicó el conde-, conozco vuestro ardid, pero eso no os valdrá. ¡Ah, valerosos vasallos! -continuó, volviéndose al grupo-, atadme al punto a esos embaidores como rebeldes y traidores al rey don Fernando de Castilla; señor de Bembibre, comendador Saldaña, presos sois en nombre de su autoridad.
-Ninguno de los míos se mueva -repuso don Alonso-, o le mandaré ahorcar del árbol más alto del soto.
Pero era el caso que entre todos los circunstantes solo tres o cuatro eran criados del señor de Arganza; los demás pertenecían a la hueste del conde, y avezados a cumplir puntualmente toda clase de órdenes, se preparaban a obedecer también la que ahora recibían. Aunque no pasaban de una docena, parecían gente resuelta y estaban medianamente armados, de manera que, guiados y acaudillados por una persona de valor como su señor, no era difícil que diesen en tierra con dos solos caballeros, anciano el uno, y el otro, aunque joven, escaso de fuerzas a juzgar por su semblante. Estaban, además, en medio de un coto cercado de paredes y a pie, con lo cual toda huida parecía imposible, pero no por eso se mostraban dispuestos a rendirse, sino a emprender una vigorosa defensa. Don Alonso, viendo la inutilidad de sus protestas, se había puesto al lado de los recién venidos con ánimo al parecer de ayudarles, pero desarmado como estaba fácil hubiera sido a las gentes de su yerno apartarlo a viva fuerza del lugar del combate.
Doña Beatriz entonces se levantó, y poniéndose por medio de los encarnizados enemigos, dijo al conde con tranquila severidad:
-Esos caballeros son iguales a vos y ninguna autoridad podéis ejercer sobre ellos. Además, las leyes de la caballería prohíben hacer uso de la fuerza entre personas cuyos agravios tienen a Dios y a los hombres por jueces. Sed noble y confesad que un arrebato de cólera os ha sacado del camino de la cortesía.
-El rey ha mandado prender a todos los caballeros del Temple y a cuantos les prestaren ayuda, y yo, a fuer de vasallo, solo estoy obligado a obedecerle.
-Como obedecisteis a su noble madre cuando el asunto de Monforte -exclamó el templario con amargura.
-Además, señora -prosiguió el conde como si no hubiese sentido el tiro-; sin duda se os olvida que no estáis en vuestro lugar rogando por vuestro amante, con quien os encuentro sola y en sitios desusados.
-No es a mí a quien deshonran esas sospechas -respondió ella con dulzura-, porque sabe el cielo que ni con el pensamiento os he ofendido, sino al pecho ruin que las da calor y origen. De todas maneras, os perdono, solo con que no hostiguéis a esos nobles caballeros.
-No os dé pena de nosotros, generosa doña Beatriz -respondió el comendador-; este debate se acabará sin sangre, y nosotros seremos los dueños de ese ruin y mal caballero.
Al acabar estas palabras hizo una señal al paje o esclavo que le acompañaba, y él, asiendo un cuerno de caza que a la espalda traía pendiente de una bordada bandolera, lo aplicó a los labios y sacó de él tres puntos agudos y sonoros que retumbaron a lo lejos. Al instante mismo, y semejante a un cercano temblor de tierra, se oyó el galope desbocado de varios caballos de guerra, y no tardó en aparecer la guardia que vimos atravesar la ribera de Bembibre detrás de nuestros caballeros. Habíanse quedado cubiertos con unos árboles y setos cerca de la reja del cercado, con orden de impedir que la cerrasen y de acudir a la primera señal. Mendo, en medio de su prisa, no pensó en atajarles la entrada y, por consiguiente, ninguno de los circunstantes podía prever semejante suceso. Los hombres de armas del Temple, superiores en número, harto mejor armados que sus enemigos y montados además en arrogantes caballos, se mostraron a los ojos de aquellas gentes tan de súbito que no se les figuró sino que por una de las diabólicas artes que ejercían los caballeros, la tierra los había vomitado, y una legión de espíritus malignos venía detrás de ellos en su ayuda. Dieron, pues, a correr por el bosque con desaforados gritos, invocando todos los santos de su devoción; en cuanto al conde, no se movió, porque aunque el peligro que le amenazaba era de los inminentes después del ruin comportamiento que acababa de observar, su orgullo no pudo avenirse a la idea de la fuga. Quedose, por lo tanto, mirando con altanería a sus enemigos, como si los papeles estuviesen trocados.
-Y ahora, don villano -le dijo Saldaña con ira-, ¿qué merced esperáis de nosotros, si no es que con una cuerda bien recia os ahorquemos de una escarpia del castillo de Ponferrada, para que aprendan los que os asemejan a respetar las leyes de la caballería?
-Eso hubiera hecho yo con vosotros de haberos tenido entre mis manos -respondió él, con frialdad-; no me quejaré de que me paguéis en mi moneda.
-Vuestra moneda no pasa entre los nobles; id en paz, que en algo nos habemos de diferenciar -dijo don Álvaro-; pero tened entendido que si como caballero y señor independiente no he aceptado vuestro reto, me encontraréis en la demanda del Temple, porque desde mañana seré templario.
Un relámpago de feroz alegría brilló en las siniestras facciones del conde, que respondió:
-Allí nos encontraremos, y vive Dios que no os escaparéis de entre mis garras como os escapáis ahora, y que los candados que os echaré no se abrirán tan pronto como los de Tordehumos y su traidor castellano.
Con estas palabras se alejó dirigiéndoles una mirada de despecho y sin encontrar con las de su suegro, ni su esposa, que no fue poca fortuna, porque sin duda aquel alma vil se hubiera gozado en la especie de estupor que le causó la terrible declaración de don Álvaro.
-¿Es un sueño lo que acabo de escuchar? -repuso la desdichada mirándole con ojos extraviados y con el color de la muerte en las mejillas-. ¿Vos?, ¿vos templario?
-¿Eso dudáis? -contestó él-. ¿No os lo había dicho vuestro corazón?
-¡Ah!, ¿y vuestra noble casa -repuso doña Beatriz-, vuestro linaje esclarecido que en vos se extingue?
-¿Y no habéis visto extinguirse otras cosas aún más nobles, más esclarecidas y más santas? ¿No habéis visto la estatua de la fe volcada de su pedestal, apagarse las estrellas y caer despeñadas del cielo, y quedarse el universo en medio de una noche profunda? Tal vez vuestros ojos no hayan sido testigos de estas escenas, pero yo las he presenciado con los de mi alma y no las puedo apartar de ellos.
-¡Oh!, sí -replicó doña Beatriz-, despreciadme, escarnecerme, decid que os he engañado traidoramente, arrastradme por el suelo, pero no toméis el hábito del Temple. ¿Sabéis vos las tragedias de Francia? ¿Sabéis el odio que se ha encendido contra ellos en toda la cristiandad?
-¿Qué queréis? Eso, cabalmente, me ha determinado a seguir su bandera. ¿Pensáis que soy yo de los que abandonan a los desgraciados?
-¡Está bien, heridme, heridme en el corazón con los filos de vuestras palabras; yo no me defenderé; pero sed hombre, luchad con vuestro dolor y no estanquéis la sangre ilustre que corre por vuestras venas!
-Os cansáis en vano, señora; tengo empeñada mi palabra al comendador.
-Verdad es -repuso el anciano conmovido-, pero recordad que yo no la acepté, porque la disteis en un arrebato de dolor.
-Pues ahora la ratifico. ¿Qué poder tienen para apartarme de mi propósito tan especiosos argumentos, ni qué interés puede tomarse en mi destino la poderosa condesa de Lemus?
Doña Beatriz, abrumada por tan terribles golpes, no respondió ya sino con sordos y ahogados gemidos. Don Álvaro, cuyo pecho lastimado se movía al impulso de encontradas pasiones como el mar al soplo de contrarios vientos, exclamó entonces fuera de sí con la expresión del dolor más profundo:
-¡Beatriz! ¡Beatriz! ¡Justificaos, decidme que no me habéis vendido; mi corazón me está gritando que no habéis menester mi perdón! Corred ese velo que os presenta a mis ojos con las tintas de la maldad y la bajeza.
Adelantose entonces el señor de Arganza con continente grave y dolorido y preguntó a don Álvaro.
-¿No sabéis nada de las circunstancias que acompañaron las bodas de mi hija?
-No, a fe de caballero -respondió él.
Don Alonso se volvió entonces a su hija y mirándole con una mezcla inexplicable de tristeza y de ternura, dijo a don Álvaro:
-Todo lo vais a saber.
-¡Oh!, ¡no, padre mío!, ¡dejadme con sus juicios temerarios; tal vez se curen con el cauterio del orgullo las llagas de su alma; pensad que vais a hacerle más infeliz!
-¡El orgullo, doña Beatriz! -replicó el contristado caballero-; mi orgullo erais vos y mi humillación vuestra caída.
-No, hija mía -repuso don Alonso-, bien me lo predijo el santo abad de Carracedo, pero la venda no había caído hasta hoy de mis ojos. ¿Qué importa que me cubras con el manto de tu piedad, si no has de acallar por eso la voz de mi conciencia?
Entonces contó por menor a don Álvaro, y pintándose con negros colores, todas las circunstancias del sacrificio de doña Beatriz y las amenazas del abad de Carracedo que tan tristemente comenzaban a cumplirse aquel día. La conducta del anciano había sido realmente culpable, pero el oro, la gloria y el poder del mundo juntos no le hubieran movido a entregar su hija única en los brazos de un hombre tan manchado. El noble proceder de la joven, su desinterés en cargar con tan grave culpa como la que su amante le imputaba solo para que más fácilmente pudiera consolarse de la pérdida de su amor creyéndola indigna de él, aquella abnegación imponderable, decimos, había acabado de desgarrar las entrañas del anciano que terminó su relación entre lamentos terribles y golpeándose el pecho. Quedáronse todos en un profundo silencio que duró un gran espacio, hasta que don Álvaro dijo con un profundo suspiro:
-Razón teníais, doña Beatriz, en decir que semejante declaración me haría más desdichado. Dos veces os he amado, y dos os pierdo. ¡Dura es la prueba a que la providencia me sujeta! Sin embargo, el cielo sabe cuán inefable es el consuelo que recibo en veros pura y resplandeciente como el sol en mitad de su carrera. No nos volveremos a ver, pero detrás de las murallas del Temple me acordaré de vos…
Doña Beatriz rompió otra vez en amargo llanto viéndole persistir tan tenazmente en su resolución, y él añadió:
-No lloréis, porque mi intento se me logrará sin duda. Dicen que amenaza a esta milicia inminente destrucción. No lo creo, pero, si así fuese, ¿cómo podéis extrañar que yo sepulte las ruinas de mi esperanza bajo estas grandes y soberbias ruinas? Y luego, ¿no sois vos harto más desgraciada que yo? Pensad en vuestros dolores, no en los míos… Adiós, no os pido que me deis a besar vuestra mano, porque es de otro dueño, pero vuestro recuerdo vivirá en mi memoria a la manera de aquellas flores misteriosas que solo abren sus cálices por la noche sin dejar de ser por eso puras y fragantes. Adiós…
Don Alonso le hizo una señal con la mano para que acortase tan dolorosa escena.
-Sí, sí, tenéis razón. Adiós para siempre porque jamás, ¡oh!, ¡jamás volveremos a encontrarnos!
-Sí, sí -respondió ella con religiosa exaltación levantando los ojos y las manos al cielo-; ¡allí nos reuniremos sin duda!
Al acabar estas palabras se arrojó en los brazos de su padre, y don Álvaro, sin detenerse a más, montó de un brinco en su caballo y metiéndole los acicates desapareció como un relámpago, seguido del comendador y su escasa tropa. Cuando ya se desvaneció el ruido que hacían, doña Beatriz se enjugó los ojos, y apartándose suavemente de los brazos de su padre, se puso a mirar el semblante alterado del anciano que, clavados los ojos en el suelo y pálido como la muerte, parecía haber comprendido de una vez el horror de su obra. Conociolo su generosa hija, y acercándose a él, con semblante apacible y casi risueño, le dijo:
-Vamos, señor, sosegaos. ¿Quién no ha pasado en el mundo penalidades y trabajos? ¿No sabéis que es tierra de paso y campo de destierro? El tiempo trae muchas cosas buenas consigo, y Dios nos ve sin cesar desde su trono.
-¡Ojalá que no me viera a mí! -repuso el anciano, meneando la cabeza-; ¡ojalá que ni sus ojos ni los míos penetrasen en las tinieblas de mi conciencia! ¡Hija mía!, ¡hija de mi dolor! ¿Y soy yo el que te he entregado a ti, ángel de luz, en los brazos de un malvado? Sí, tú puedes estar serena, porque tu sacrificio te ensalzará a tus ojos y te dará fuerzas para todo; pero yo, miserable de mí, ¿con qué me consolaré? Yo, parricida de mi única hija, ¿cómo encontraré perdón en el tribunal del Altísimo?
-¿Qué queréis? -le dijo doña Beatriz-; vos buscabais mi felicidad, y no la habéis encontrado; ¡os engañaron como a mí!… ¡resignémonos con nuestra suerte, porque Dios es quien nos la envía!
-No, hija mía, no te esfuerces en consolarme, pero tú no serás de ese indigno, yo iré al rey, yo iré a Roma a pie con el bordón de peregrino en la mano, yo me arrojaré a las plantas del pontífice y le pediré que te vuelva tu libertad, que deshaga este nudo abominable…
-Guardaos bien de poner vuestra honra en lenguas del vulgo -repuso doña Beatriz con seriedad-. ¿Además, padre mío, de que me serviría ya la libertad? ¿No habéis oído que pasado mañana será ya templario?
-¡Ese peso más sobre mi conciencia culpable! -exclamó el señor de Arganza, tapándose la cara con ambas manos-. ¿También se perderá por mí un caballero tan cumplido? ¡Ay!, ¡todas las aguas del Jordán no me lavarían de mi culpa!
Doña Beatriz apuró en vano por un rato todos los recursos de su ingenio y todo el tesoro de su ternura para distraer a su padre de su pesar. Por fin, ya obscurecido, volvieron los dos a casa seguidos de la pensativa Martina que con las escenas de aquella tarde andaba muy confusa y pesarosa. Al llegar, se encontraron a varios criados que venían en su busca-, pues, aunque el conde las había dicho que los caballeros venían de paz, y que su cólera había sido injusta, añadiéndoles además que no perturbasen la plática de su amo, con la tardanza comenzaban a impacientarse y no quisieron aguardar a más.
El conde, por su parte, deseoso de evitar las desagradables escenas que no hubieran dejado de ocurrir con su suegro y su esposa, salió precipitadamente para Galicia, dejando al tiempo y a su hipocresía el cuidado de soldar aquella quiebra, determinación que, como presumirán nuestros lectores, no dejó de servir de infinito descanso a padre y a hija en la angustia suma que les cercaba. ¡Triste consuelo el que consiste en la ausencia de aquellas personas que debiendo sernos caras por los lazos de la naturaleza llegan a convertirse a nuestros ojos, por un juego cruel del destino, en objetos de desvío y de odio!
En tanto que esto pasaba en Villabuena seguían los tratos en Cornatel entre Saldaña y el señor de Arganza, con esperanzas cada día mayores de un amigable y caballeroso arreglo. Las noticias, que desde antes de la muerte del conde de Lemus sin interrupción se sucedían, iban dando en tierra poco a poco con el aéreo castillo de las esperanzas de aquel viejo entusiasta y valeroso. Al cabo de tantos sueños de gloria y de grandeza, la mano de la realidad le mostraba en perspectiva no muy lejana, la ruina inevitable de su orden que el cielo abandonaba en sus altos juicios, después de haberla adornado como a un rápido meteoro de rayos y resplandores semejantes a los del sol.
No bien se habían retirado los enemigos después de la muerte de su capitán, pasó Saldaña al aposento donde por orden suya habían cerrado a don Álvaro. Conociendo su carácter impetuoso y violento, entró decidido a sufrir todas las injusticias de su cólera, exacerbada entonces hasta el último grado por la injuria que creía recibida. Estaba sentado en un rincón con los codos en las rodillas y la cara entre las manos, y aunque oyó descorrer los cerrojos y abrir la puerta, no salió de sus sombrías cavilaciones, pero no bien escuchó la voz del comendador saltó como un tigre de su asiento y plantándose delante de él comenzó a mirarle de hito en hito. El comendador le miraba también, pero con gran sosiego y con toda la dulzura que cabía en su carácter violento, con lo cual se doblaba la cólera del agraviado caballero. Por fin, frenando su ira como pudo, le dijo con voz cortada y ronca:
-En verdad que si los enemigos de nuestra orden logran sus ruines deseos, y quedamos ambos sueltos de los lazos que nos atan, os tengo de arrancar la vida o dejar la mía en vuestras manos.
-Aquí la tenéis -contestó el comendador con tono templado-, poco me arrancan con ella, cuando ya no puedo emplearla en servicio de nuestra santa orden. Harto mejor fuera morir a vuestras manos que en la soledad y el destierro, pero como quiera que sea el haber arrancado al conde de vuestras manos, es la única merced y prueba de cariño que habéis recibido de mí en vuestra vida.
Don Álvaro se quedó estático con esta respuesta, pues conociendo el respetable carácter de Saldaña no podía figurarse que en su mayor baldón se cifrara un servicio tan eminente. Embrollada su mente en tan opuestas ideas, permaneció callado por un buen rato.
-Don Álvaro -le dijo de nuevo el anciano-, ¿creéis que doña Beatriz pudiera dar su mano a quien estuviese manchado con la sangre de quien al cabo era su esposo?
-Tal vez no -contestó don Álvaro, en quien aquel nombre había producido un estremecimiento involuntario.
-Pues ahí tenéis el servicio que me debéis. A un mismo tiempo he vengado a mi orden y os he acercado a doña Beatriz.
-¿Qué estáis ahí diciendo? -repuso don Álvaro cada vez más confuso y aturdido-, ¿qué puede haber de común entre doña Beatriz y yo, si no es la igualdad de la desventura?
-Dentro de poco probablemente recobraréis vuestra libertad, y entonces…
-¿Cómo echáis en el olvido que mis votos solo se rompen con la muerte? -le replicó el joven amargamente.
-Ni vos pudisteis pronunciarlos, ni nosotros recibirlos. Nuestra orden estaba ya emplazada delante del concilio, y cuando en él comparezcamos yo me acusaré de que el maestre, vuestro tío, solo os recibió por nuestra violencia.
-Pero yo diré lo que mi corazón sentía, y que por mi parte fueron y son de todas veras sinceros. Mi suerte, además, será la vuestra, porque nuestro crimen es el mismo. Pero decidme -añadió olvidando su resentimiento y acercándose al comendador con interés-, ¿cómo vamos a presentarnos al concilio?
-Como reos y a la merced de nuestros enemigos -respondió Saldaña procurando reprimir algunas lágrimas de coraje que se asomaban a sus ojos. La Europa entera se levanta contra nosotros y Dios nos ha dejado en medio del mar que atravesábamos a pie enjuto como al ejército de Faraón. De hoy más, Jerusalén -continuó volviéndose al oriente con las manos extendidas y soltando la rienda al llanto y a los sollozos-, de hoy más, compra tu pan y granjéate tu agua con dinero, como en los tiempos del profeta, porque el Señor ha tendido sus redes y no aparta su mano de tu perdición. Todos tus amados te han desamparado, y la esterilidad y la viudez vendrán juntas sobre ti.
Entonces, y después de dar vado a su intenso dolor, contó a don Álvaro el desaliento que cundía entre los templarios de Aragón y de Castilla, que ya habían entregado algunas de sus fortalezas, y finalmente el desamparo y aislamiento total a que la calumnia y codicia por un lado, y la superstición por otro, les habían reducido. Últimamente le mostró una carta que había recibido de don Rodrigo poco antes de la embestida en que acabó tan miserablemente el conde de Lemus, en que le mandaba tan funestas nuevas, insistiendo en la necesidad de dar pronto término a tan aciaga lucha, sin menoscabo del honor en todo caso. Advertíale asimismo de lo conveniente que sería a su fama acudir prontamente al concilio de Salamanca, sobre todo después que algunos de los obispos que debían componerle le habían asegurado por escrito, contestando a sus cartas, que en aquel importante juicio entraban limpios de toda prevención y ojeriza, y que jamás consentirían en que se atropellasen sus fueros de caballeros y miembros de la Iglesia. El comendador no había querido dar a conocer estas cartas a ninguno de los suyos porque la enemiga del de Lemus cerraba la puerta a todo trato honroso, y por otra parte, semejantes nuevas podían enfriar una resolución que de ningún modo sobraba delante de contrario tan sañudo. Apartado, por fin, este obstáculo y entabladas las negociaciones bajo distinto pie por el señor de Arganza, manifestó a don Álvaro que pronto asentarían sus capitulaciones y pondrían la fortaleza de Cornatel, y aun la de Ponferrada quizá, en poder de don Alonso.
-Hijo mío -le dijo por último-, la venda ha caído de mis ojos, y mis sueños de gloria y de conquista se han desvanecido, porque el Balza no volverá a desafiar al viento en nuestras torres.
Comoquiera, tú eres joven y la felicidad aún puede mostrarte su rostro en los albores de tu primavera. El único obstáculo invencible que había lo he quebrantado yo en pedazos contra las rocas y precipicios de este castillo. Por lo que hace a mí, si Dios conserva a pesar de tan fieros golpes esta vida ya cascada, no residiré ya más en esta Europa ruin y cobarde que así abandona el sepulcro del Salvador, y solo guerrea contra los que han dado su vida y su sangre por Él. ¿Todavía me guardas ahora rencor por lo pasado? -preguntó a don Álvaro, asiéndole de la mano y trayéndole hacia sí.
-¡Oh, noble Saldaña! -exclamó el joven, precipitándose en sus brazos y estrechándole fuertemente. ¿Qué habéis encontrado en mí para tanta bondad y cariño como me prodigáis a manos llenas? ¿Quién puede tachar de seco vuestro noble corazón?
-Así es la verdad, don Álvaro -contestó el anciano-, y con eso no me ultrajan. Mis pensamientos me han servido como las alas al águila para levantarme de la morada de los hombres; pero, como ella, he tenido que vivir en las quiebras de los peñascos donde silban los vientos. ¿Que por qué te he querido?, porque solo tú eras digno de morar conmigo en la altura, como mi polluelo, para mirar al sol y acechar el llano. Ahora la montaña se ha hundido, y cuando mis alas ya no me sostengan iré a caer en un arenal apartado para morir en él. ¡Ojalá que entonces pueda verte posado con tu compañera a la orilla de una fuente en el valle florido, de donde solo te ha apartado la iniquidad y la desdicha!
Con tan melancólicas palabras se acabó aquella conversación que interrumpió la llegada del señor de Arganza. La entrevista con entrambos caballeros, testigos de la terrible escena del cercado de Arganza, no pudo menos de traer un sinfín de memorias tristes a don Alonso que en la cortés acogida que hizo a don Álvaro, y en los grandes y delicados elogios que tributó a sus recientes hazañas, le dio claramente a entender cuán mudado estaba su espíritu y cuántos pesares le había acarreado su anterior conducta.
Las bases y condiciones de aquel tratado se ajustaron prontamente a gusto de los templarios, y a los pocos días desocuparon aquel castillo que con tanto valor habían guardado. Saldaña, antes de salir, indicó al señor de Arganza el mismo pensamiento que a don Álvaro, y por la alegre sorpresa con que fue recibido pudo conocer que sus deseos se cumplirían. Don Alonso acompañó a los templarios a Ponferrada, y para colmo de cortesía, el pendón de la orden no dejó de ondear por mandado suyo en la torre de Cornatel, en tanto que sus moradores pudieran divisar al volverse aquellas enriscadas almenas que ya no volverían a defender.
En la hermosa bailía de Ponferrada se fueron juntando todos los templarios del país dejando las fortalezas de Corullón, Valcarce y Bembibre en poder de las tropas del señor de Arganza y de algún tercio que había mandado el marqués de Astorga. Todos iban llegando silenciosos y sombríos montados en sus soberbios caballos de guerra, y seguidos de sus pajes y esclavos africanos que traían otros palafrenes del diestro. El espectáculo de aquellos guerreros indomables y jurados enemigos de los infieles que entonces se rendían sin pelear y por sola la fuerza de las circunstancias, era tan doloroso que el abad de Carracedo y don Alonso, que lo presenciaban, apenas podían disimular sus lágrimas. El mismo tesón con que aquellos altivos soldados encubrían sus propios sentimientos, y la igualdad de ánimo que aparentaban, no hacían sino encapotar más y más aquel cuadro de suyo lóbrego y negro.
Nisi dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam
Don Alonso los acompañó hasta que cruzaron el Boeza y allí los dejó con el abad de Carracedo que los seguía a Salamanca, llevado de su noble y santo propósito. El buen Andrade caminaba entre don Álvaro y el comendador, y de todos recibía infinitas muestras de cortesía y bondad que no acertaba a explicarse, porque su rectitud natural y sencilla desnudaba de todo mérito aquella acción generosa y desinteresada. De esta suerte hicieron su viaje a Salamanca, donde ya estaban juntos los obispos que, bajo la presidencia del arzobispo de Santiago, componían aquel concilio provincial.