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© 2017 Logoi, Inc.

12900 SW 128 Street, Suite 204

Miami FL 33186

www.logoi.org

 

Todos los derechos reservados

 

eISBN 978-1-938420-76-4

 

 

Diseño y portada: Patricia Torrelio

 

Copyright © 1971 by Francis Schaeffer

Spanish edition © 2011 by Logoi Inc.
Con permiso de Tyndale House Publishers, Inc.

 

© 1974 Logoi, Inc.

P.O. Box 128, Miami, Florida 33135, EE.UU.

Derechos reservados

Título original en inglés: True Spirituality

Traducido por: Damián Sánchez Bustamente

 

© 1972 by Francis A. Schaeffer, Huémoz, Switzerland.

Impreso en España —Printed in Spain

por Pedragosa, Artes gráficas, Torns 312,

Barcelona, España.

 

 

 

Dedicación y agradecimiento

 

 

 

A mis buenísimos amigos y amigas:

 

Edith

Susana/Ran

Priscila/Juan

Kirsty

Elizabee

Fiona

Becky

Franky / Genie

Jandy

Jessica

Debbie/Udo

Natacha

Samanta

 

 

 

 

 

 

Abril, 1971

Contenido

 

Dedicación y agradecimiento

Contenido

Prefacio

1 La ley y la ley del amor

2 La centralidad de la muerte

3 Por la muerte y la resurrección

4 Con el poder del espíritu

5 El universo sobrenatural

6 Salvación: Pasado, presente y futuro

7 La esposa fecunda

8 Liberados de la conciencia

9 Liberación en el pensamiento

10 La curación substancial de los problemas psicológicos

11 La curación substancial de toda la persona

12 La curación substancial en las relaciones personales

13 La curación substancial en la iglesia

Prefacio

 

Si bien la publicación de este libro llega después de varios otros, en cierto sentido tendría que haber sido el primero de todos. Sin el material que aquí se ofrece, no habría existido L’Abri.1 En los años 1951 y 1952 experimenté en mi propia vida una crisis espiritual.

Hacía ya muchos años que me había convertido del agnosticismo al cristianismo. Después fui pastor durante diez años en los Estados Unidos y luego trabajé en Europa durante varios años más junto con mi esposa Edith. A lo largo de todo este tiempo sentí fuertemente la carga de defender la posición del cristianismo histórico, así como la de la pureza de la iglesia visible. Sin embargo, gradualmente, se me fue presentando un nuevo problema: el problema de la concordancia con la realidad. Tenía dos aspectos: en primer lugar, me parecía que en muchos de los que tienen una posición ortodoxa uno podía ver poca concordancia con la realidad en las cosas que la Biblia dice con claridad (que deben ser resultado natural del cristianismo). En segundo lugar, paso a paso me fui convenciendo de que mi propia concordancia con la realidad era inferior a la que siguió a mi conversión. Me di cuenta de que para ser sincero tenía que dar marcha atrás y volver a examinar toda mi posición.

En aquellos días vivíamos en Champery y le dije a Edith que por amor a la honradez debería recorrer todo el camino de regreso hasta los tiempos en que era un agnóstico y considerarlo todo de nuevo. Estoy convencido de que mi esposa sufrió mucho aquellos días y que oró mucho por mí. Salía a pasear por las montañas si el tiempo lo permitía y cuando no, me paseaba de un lado a otro dentro del henil del viejo chalet en que vivíamos. Paseaba, oraba e iba dándole vueltas en la cabeza a las enseñanzas de las Escrituras, al mismo tiempo que volvía a considerar las razones que yo tenía para ser cristiano.

A medida que iba reconsiderando los motivos que tenía para ser cristiano vi de nuevo que había razones de sobra para saber que existe el Dios infinito y personal y que el cristianismo es la verdad. Profundizando más, descubrí otra cosa que marcó un gran cambio en mi vida. Investigué seriamente lo que la Biblia decía acerca de la existencia como cristiano. Fui viendo gradualmente que el problema estaba en que, a pesar de toda la enseñanza recibida desde mi conversión al cristianismo, era muy poco lo que había oído acerca de lo que dice la Biblia sobre el sentido que la obra consumada de Cristo tiene para nuestra vida presente. Gradualmente fue apareciendo la luz del sol y al mismo tiempo surgió la canción. Lo curioso fue que también en aquellos días de gozo y de canción descubrí que de mi pluma volvía a fluir poesía (tras muchos años de silencio) poesía de la certeza, de afirmación de la vida, de acción de gracias y de alabanza. Si bien es cierto que como poesía es de escasa calidad, también es cierto que fue la expresión del canto de mi corazón y para mí fue algo maravilloso.

Todo eso fue y es la base real de L’Abri. Es importante la enseñanza de las respuestas cristianas históricas y es importante responder con sinceridad a las preguntas sinceras, pero de estos esfuerzos surgió aquella concordancia con la realidad sin la cual no habría sido posible una tarea incisiva como la de L’Abri. Mi única actitud, nuestra única actitud, es de acción de gracias. Los principios que elaboré en Champery fueron presentados por primera vez en un viejo granero en Dakota como charlas en un campamento bíblico. Esto fue en julio de 1953. Los fui anotando en cuartillas que escribía en el sótano de la casa pastoral. El Señor concedió generosamente su gracia a estos mensajes y todavía hoy me encuentro con personas que, jóvenes entonces, experimentaron allí un cambio en su manera de pensar y en sus vidas. Tras la inauguración de L’Abri en 1955 prediqué estos mismos temas en Huémoz. Posteriormente fueron re-elaborados en forma más amplia y completa en Pennsylvania, en octubre y noviembre de 1963. Después los volví a dar en Huémoz en 1964 a fines del invierno y comienzos de la primavera. Esta fue su forma definitiva, la misma que está grabada en las cintas de L’Abri. El Señor se ha servido de estas grabaciones de una manera que nos ha impresionado profundamente, y esto no sólo en el caso de quienes tenían problemas espirituales, sino también en el de otros cuyos problemas eran sicológicos. Pedimos a Dios que la presentación escrita de estos estudios resulte tan provechosa como lo han sido ya las cintas en muchos lugares del mundo.

 

Huémoz, Suiza

Mayo, 1971

Sección I: Libertad presente

de las ataduras del pasado

 

 

 

Consideraciones básicas sobre la verdadera espiritualidad.

 

 

1 La ley y la ley del amor

 

La pregunta que tenemos para considerar es: ¿Qué es realmente la vida cristiana, la verdadera espiritualidad, y cómo puede ser vivida en la realidad del siglo XX?

Lo primero que debemos señalar es que es imposible empezar a vivir la vida cristiana o experimentar algo de la verdadera espiritualidad, sin ser cristiano. Y para ser cristiano la única manera no es intentar vivir una especie de vida cristiana, ni esperar cierto tipo de experiencia religiosa sino simplemente es aceptar a Cristo como Salvador. Y todos hemos de seguir el mismo camino si queremos llegar a ser cristianos ya sea que seamos personas complicadas, educadas o sofisticadas o simples en extremo. Así como los reyes y los poderosos de la tierra nacen físicamente exactamente de la misma manera que el más sencillo de entre los hombres, así también, la persona más intelectual se hace cristiana de una manera exactamente igual que la más simple. Y esto es verdad para todos los hombres, en todas partes, en todo tiempo. No existen excepciones. Jesús pronunció una oración completamente exclusiva: «Nadie viene al Padre sino por mí.»

La razón de todo esto está en que todos los hombres están separados de Dios por su verdadera culpa moral. Dios existe, Dios tiene un carácter, es un Dios Santo, y cuando los hombres pecan (y todos debemos reconocer que hemos pecado no sólo por error sino intencionadamente) contraen una culpa moral delante del Dios que existe. La culpa no se trata simplemente del concepto de sentimientos de culpabilidad, de un sentimiento sicológico de culpa en el hombre. Es una auténtica culpa moral delante del infinito y santo Dios personal. Esta culpa sólo puede eliminarla la obra que Cristo consumó como sustituto nuestro en la cruz, como el Cordero de Dios, en la historia, en el espacio y en el tiempo. Nuestra verdadera culpa —ese techo de bronce que se interpone entre nosotros y Dios— sólo puede ser quitada sobre la base de la obra consumada de Cristo más nada —absolutamente nada— de nuestra parte. La Biblia acentúa que la aceptación del evangelio no debe ir acompañada de ninguna nota humanista. El fundamento único para el perdón de nuestra culpa está en el valor infinito de la obra consumada de Cristo, segunda persona de la Trinidad, en la cruz, más nada. Cuando llegamos así, creyendo en Dios, la Biblia dice que Dios nos declara justos; la culpa desaparece, y volvemos a la comunión con Dios, que fue el propósito original y para lo cual fuimos creados.

Así como el único fundamento para borrar nuestra culpa es la obra de Cristo consumada históricamente en la cruz más nada, el único instrumento para aceptar la obra consumada de Cristo en la cruz es la fe. No es fe en el concepto que el siglo XX o que Kierkegaard consideraba como un salto en la oscuridad, ni es una solución sobre la base de fe en la fe. Es creer en las promesas específicas de Dios: no darle más la espalda, ni volver a llamar mentiroso a Dios, sino al contrario, levantar las manos vacías de fe y aceptar la obra consumada de Cristo tal como la realizó históricamente en la cruz. Dice la Biblia que en ese momento pasamos de muerte a vida, del reino de las tinieblas al reino del amado Hijo de Dios. Nos convertimos, individualmente, en hijos de Dios. A partir de entonces, somos hijos de Dios. Insisto, no existe otro modo de empezar la vida cristiana sino el de cruzar la puerta del nacimiento espiritual, exactamente de la misma manera que no existe otra posibilidad para empezar la vida física si no es a través de la puerta del nacimiento físico.

Sin embargo, hemos de añadir a lo dicho que, si bien el nuevo nacimiento es necesario para empezar la vida cristiana, se trata solamente de eso, de un principio. No podemos pensar que toda la vida cristiana consista simplemente en eso, en aceptar a Cristo como Salvador. En un sentido el nacimiento físico es lo más importante en nuestras vidas físicas, ya que no podríamos vivir en este mundo sin haber nacido. Sin embargo, por otro lado, es el aspecto menos importante de nuestras vidas, ya que es solamente el principio y ya pasó. Lo que tiene realmente importancia, es vivir nuestra vida en todas sus relaciones, posibilidades y capacidades. Es exactamente lo mismo que ocurre con el nuevo nacimiento. Por un lado, es lo más importante de nuestra vida espiritual, ya que no podemos ser cristianos hasta que lo hayamos experimentado. Por otra parte, después de que uno ya es cristiano, debe minimizarse en el sentido que debemos dejar de pensar en nuestro nuevo nacimiento. Lo que importa, tras nacer espiritualmente, es vivir. Hay un nuevo nacimiento, y luego viene la vida cristiana que debe vivirse. Esta es el área de la santificación, que empieza con nuestro nuevo nacimiento, sigue a lo largo de la vida presente, hasta la venida de Jesús o hasta nuestra muerte.

Muchas veces, a la persona que ha nacido de nuevo y pregunta: «¿Y ahora qué tengo que hacer?» Se le hace una lista de cosas para hacer de naturaleza limitada y que son, en principio, negativas. Muchas veces se le deja la idea de que, si no hace toda esa serie de cosas, (sea cual fuere la lista de acuerdo con el país, el lugar, y el tiempo en que transcurre su vida) será una persona espiritual. Esto no es así. La verdadera vida cristiana, la verdadera espiritualidad, no es simplemente una lista negativa de cosas pequeñas que no hay que hacer. Aun en el caso de que la lista haya comenzado como un excelente resumen de cosas de las que se deba estar guardia en un período histórico particular, debemos poner énfasis en que la vida cristiana o la auténtica espiritualidad es algo más que abstenerse mecánicamente de una serie de tabúes.

Como todo lo anterior es verdad, de ahí que casi siempre aparezca otro grupo de cristianos contrario a una lista de tabúes; y de esta manera se inicia en círculos cristianos una especie de lucha entre quienes son partidarios de la lista de tabúes y quienes, convencidos de que en ellas hay algo que no está bien, exclaman: «¡Afuera todos los tabúes, afuera todas las listas!» Unos y otros tienen y no tienen razón, depende de cómo se enfoque el asunto.

Un sábado por la noche, cuando estábamos en una de nuestras habituales charlas en L’Abri, quede muy impresionado por este problema. Precisamente aquella noche todos los presentes eran cristianos y muchos de ellos procedían de grupos en países en los que se estilaba mucho eso de las «listas». Empezaron a hablar contra el empleo de tabúes, y mientras les escuchaba al principio más bien estaba de acuerdo con ellos, tal como iban llevando la conversación. Pero, a medida que se iba prolongando la misma y hablaban contra los tabúes de sus propios países, vi claramente todo lo que los tabúes prohibían. Lo que querían era llevar una vida cristiana más relajada. Ahora bien, lo que debemos tener presente al abandonar tales listas, al experimentar las limitaciones propias de una mentalidad de «listas» es que no sea esto un recurso que nos permita llevar una vida más superficial, sino al contrario, con mayor profundidad. Es por eso por lo que digo que los partidarios de una y otra mentalidad pueden tener razón y no tenerla. No alcanzamos la verdadera espiritualidad o la auténtica vida cristiana por la simple observancia de una lista, pero tampoco la alcanzamos rechazándola simplemente y encogiéndonos de hombros para iniciar una vida más superficial.

Si nos ponemos a pensar las cosas exteriores en relación a la verdadera espiritualidad, nos enfrentamos no con una lista pequeña, sino con los Diez Mandamientos y todos los demás mandatos divinos. En otras palabras, si veo la lista como un estorbo, y digo que esta pequeña lista es trivial, muerta y barata y tomándola me la quito de en medio, entonces aparece ante mis ojos no ya algo más superficial, sino que estoy cara a cara con los «Diez Mandamientos» y todo lo que el mismo supone. Me encuentro cara a cara con lo que podríamos llamar la Ley del Amor con el hecho de que tengo que amar a Dios y amar a mi prójimo.

En la epístola a los Romanos 14:15 leemos: «Pero si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió». Esta es la ley de Dios. En un sentido muy verdadero aquí no hay ninguna libertad, se trata de una rotunda declaración de cómo debemos actuar. Es absolutamente cierto que no podemos salvarnos obrando así, no podemos hacer esto por nuestra propia fuerza y ni uno de nosotros hace esto perfectamente en esta vida y, sin embargo, es un imperativo, un mandamiento absoluto de Dios. Lo mismo vemos en 1 Corintios 8:12-13: «De esta manera, pues, pecando contra vuestros hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis. Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano». Por consiguiente, cuando tomo en mis manos la lista trivial diciendo que es excesivamente superficial y la dejo a un lado, debo estar consciente de lo que hago. No quedo frente a un concepto libertino, sino frente a los Diez Mandamientos y a la Ley del Amor. Así pues, aunque estamos tratando solamente de los mandamientos exteriores, no nos hemos movido hacia una vida más relajada, sino hacia algo mucho más profundo y escrutador del corazón. De hecho, cuando hemos sido derrotados tras haber luchado honestamente delante de Dios, constataremos con mucha frecuencia que nosotros hemos estado observando por lo menos alguno de los tabúes de las listas. Pero al haber profundizado descubrimos que los guardaremos por una razón absolutamente distinta. Es muy curioso que con frecuencia vayamos dando vueltas en torno a nuestra libertad y al estudiarlas en forma más profunda, descubrimos que en realidad queremos observar todas estas cosas. Pero ya no es por la misma razón, la de la presión social. Ya no se trata de aceptar una lista simplemente para que los cristianos se formen un buen concepto de nosotros.

Sin embargo, la vida cristiana y la auténtica espiritualidad no se deben considerar de ninguna manera como algo exterior, sino como algo interior. La culminación de los Diez Mandamientos está contenida en el décimo mandamiento (Éxodo 20:17): «No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo». El mandamiento de no codiciar es algo absolutamente interior. La codicia, por su misma naturaleza, no puede ser algo exterior. No deja de ser intrigante que sea éste el último de los Diez Mandamientos que Dios nos da y que sea el eje de todos ellos. Lo que se intenta en todo esto es que lleguemos a una actitud interior y no solamente a una exterior. Realmente, tenemos que quebrantar primero este último mandamiento, no codiciar, antes de poder quebrantar cualquiera de los demás. Siempre que quebrantamos uno de los demás mandamientos de Dios, significa que hemos quebrantado este último también. De manera que sea cual fuere el mandamiento que quebrantes de los demás, quebrantas dos: el que quebrantaste propiamente y éste, de no codiciar. Este es el eje de la rueda.

En Romanos 7:7-9 Pablo afirma muy claramente que fue este mandamiento el que le hizo sentirse pecador: «¿Qué concluiremos? ¿Que la ley es pecado? ¡De ninguna manera! Sin embargo, si no fuera por la ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado. Por ejemplo, nunca habría sabido yo lo que es codiciar si la ley no hubiera dicho: No codicies». Pero el pecado, aprovechando la oportunidad que le proporcionó el mandamiento, despertó en mí toda clase de codicia. Porque aparte de la ley el pecado está muerto. En otro tiempo yo tenía vida aparte de la ley; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado y yo morí.

Ahora bien, Pablo no quería decir con esto que antes fue perfecto; y esto queda claro con lo que digo. Lo que quiere decir es: «No sabía que yo era pecador; creía que lo hacía todo bien porque observaba estas cosas exteriores y me sentía bueno en comparación con los demás». Se había estado comparando con la observancia exterior de los mandamientos que tenían los judíos en su tradición. Pero cuando abrió los Diez Mandamientos y leyó que el décimo era no codiciar, descubrió que era pecador. ¿Cuándo ocurrió esto? No nos lo dice, pero yo personalmente creo que Dios estaba obrando interiormente en él y le iba haciendo sentir esta falta aún antes de su experiencia en el camino de Damasco, que ya se había dado cuenta que era pecador y que estaba angustiado por ello a la luz del décimo mandamiento, y luego Cristo le habló.

La codicia es el aspecto negativo de los mandamientos positivos: «Amarás a tu Señor Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente… Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:37, 39).

El amor no es una cosa exterior sino interior. Puede haber manifestaciones exteriores, pero el amor en si será siempre algo interior. Codiciar es siempre algo interior; la manifestación exterior es su resultado. Debemos entender que amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma es no codiciar contra Dios; y amar al hombre, amar al prójimo como a nosotros mismos es no codiciar contra el hombre. Cuando no amo al Señor como debo, estoy codiciando contra el Señor. Y cuando no amo a mi prójimo como debo, estoy codiciando contra él.

«No codiciarás» es el mandamiento interior que muestra al hombre que se cree moral la necesidad real de un Salvador. El promedio de los hombres «morales», que ha vivido comparándose a sí mismo con los demás, y ha tenido como punto de referencia una lista de normas no tan difíciles (aun cuando le causen algún dolor y dificultad), como Pablo, puede pensar que se comporta bien. Pero de pronto, al enfrentar su vida con el mandamiento interior de no codiciar, cae de rodillas. Es exactamente lo mismo que ocurre con nosotros como cristianos. Si queremos entender o practicar la verdadera vida cristiana o la auténtica espiritualidad, éste es un punto clave. Puedo tomar listas hechas por los hombres y puedo aparecer como buen observador de las mismas, pero para observarlas mi corazón no necesita doblegarse. Pero cuando llego al aspecto interior de los Diez Mandamientos, cuando llego al aspecto interior de la ley del amor, por poco que preste atención a la dirección del Espíritu Santo, ya no puedo sentirme orgulloso por más tiempo. Caigo de rodillas. Jamás puedo decir durante esta vida: «He llegado; he terminado; miradme, soy santo». Al hablar de la vida cristiana, o de la auténtica espiritualidad, al hablar de la libertad de las ataduras del pecado, debemos estar luchando con los problemas interiores de no codiciar contra Dios y los hombres, de amar a Dios y a los hombres y no simplemente a un conjunto de exterioridades.

Esto plantea inmediatamente una pregunta: ¿Significa esto que cualquier deseo es codicia y por tanto pecaminoso? La Biblia nos dice con toda claridad que no todo deseo es pecado. Entonces surge otra pregunta: ¿Cuándo se convierte en codicia un deseo que es lícito? Me parece que podemos contestar a estas preguntas con sencillez: el deseo se convierte en pecado cuando no incluye el amor de Dios o de los hombres. Más aun, me parece que existen dos maneras prácticas de probar cuando codiciamos contra Dios o contra los hombres: la primera es, tengo que amar a Dios tanto como para estar contento; y la segunda es, tengo que amar a los hombres tanto como para no sentir envidia.

Consideremos estas dos pruebas: Primero, con respecto a Dios: tengo que amar a Dios lo bastante como para estar contento, porque de otra manera aun nuestros deseos naturales y lícitos nos llevan a rebelarnos contra Dios. Dios nos ha hecho con deseos lícitos, pero si por mi parte no correspondo con un contentamiento apropiado, estoy en rebeldía contra Dios y por supuesto, en la rebeldía radica el problema central del pecado. Cuando me falta el contentamiento adecuado ocurre que, o bien he olvidado que Dios es Dios, o bien he dejado de someterme a Él. Estamos hablando ahora acerca de una manera práctica de controlar si estamos codiciando contra Dios. Una actitud tranquila y un corazón que da gracias en todo momento es la prueba real de alcance de nuestro amor a Dios en aquel momento. Quiero citar unas contundentes palabras de la Biblia que nos recuerdan que ésta es la norma por la que Dios mide a los cristianos. «Entre ustedes ni siquiera debe mencionarse la inmoralidad sexual, ni ninguna clase de impureza o de avaricia, porque eso no es propio del pueblo santo de Dios. Tampoco debe haber palabras indecentes, conversaciones necias ni chistes groseros, todo lo cual está fuera de lugar; haya más bien acción de gracias.» (Efesios 5:3 y 4).

Así, la «acción de gracias» contrasta con la lista negra que la precede. Efesios 5:20 aún es más contundente: «Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo». ¿Qué es lo que incluye este «todo» por el que debemos dar gracias? Este mismo «todo» se menciona también en Romanos 8:28: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados». No se trata de magia —el Dios infinito y personal promete que Él hará que todo ayude para el bien del cristiano.

Se me dice aquí que, si soy un cristiano verdadero, «todo» ayuda a bien. No se trata ya de todas las cosas con excepción de la tristeza; ni de todas las cosas salvo la batalla. Con la expresión «todo» de Romanos 8:28 abarcamos todas las cosas. Honramos a Dios y la obra consumada de Cristo cuando con este círculo abarcamos la totalidad de las cosas; todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, a los que son llamados según Su propósito. Pero hasta el punto que hagamos que la expresión a «todas las cosas» abarque todo, comprenderá también el «todo» de Efesios 5:20: «Dando siempre gracias por todo al Dios y al Padre…» No podemos separar estos dos. El «todo» de Efesios 5:20 es tan amplio como el «todo» de Romanos 8:28. Debe ser una acción de gracias por todas las cosas. Esta es la norma por la que Dios nos reconoce.

También en Filipenses se habla de lo mismo. En Filipenses 4:6 leemos: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios, en toda oración y ruego, con acción de gracias».

«Por nada estéis afanosos» significa aquí: No os dejéis vencer en nada por la preocupación, sino dad a conocer a Dios vuestras peticiones por la oración y la súplica con acción de gracias. Por supuesto, esta es una afirmación referente a la oración en contraste con la preocupación, pero al mismo tiempo lleva implícito el mandamiento directo de dar gracias a Dios «por todo» en la oración. Podemos ver en Colosenses 2:7: «Arraigados y sobre edificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias». Advertiréis que esto está ligado al versículo seis: «Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él». ¿Qué significa andar en Cristo? Es estar arraigados y sobre edificados en él y confirmados en la fe. (Y muchos creemos que es por la fe, que el instrumento para hacer esto es la fe), «…abundando en acciones de gracias.» La nota final es sobre la acción de gracias.

Luego tenemos en Colosenses 3:15: «Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos». Y en el versículo 17: «Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él». Y de nuevo en Colosenses 4:2: «Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias».

Estas palabras sobre la acción de gracias en cierto sentido son fuertes. Son hermosas, pero no nos permiten cambio: «todas las cosas» quiere decir todas las cosas.

Leemos en 1 Tesalonicenses 5:18: «Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús». Y esto está ligado al versículo siguiente, el 19: «No apaguéis el Espíritu». Una cosa queda en claro. Dios nos dice: Dad gracias en todo.

Me parece que podemos ver esto en la perspectiva correcta si leemos Romanos 1:21: «Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido». Este es el punto central: No fueron agradecidos. En lugar de dar gracias a «se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido». Creyéndose sabios, se hicieron necios. El principio de la rebelión de los hombres contra Dios estuvo —y aún está— en la falta de un corazón agradecido. No tuvieron corazones justos y agradecidos que se reconocieran como criaturas delante del Creador y cayeran de rodillas no solo físicamente, sino también en su obstinado corazón. La rebelión es la negación deliberada de la criatura de reconocer su calidad de criatura delante del Creador y que se manifiesta en la falta de acción de gracias. El amor debe llevar consigo un «gracias», no de manera superficial u «oficial», sino siendo agradecido y con la mente y con la voz dar las «gracias» a Dios. Como veremos más adelante, esto no se debe confundir con dejar de estar en contra de la crueldad en el mundo de hoy, pero sí significa tener un corazón agradecido para con el Dios que está allí.

Aquí van implicadas dos cosas, si hemos de mirar todo esto en un contexto más bien cristiano. La primera es que como cristianos decimos que vivimos en un universo personal en el sentido de que fue creado por un Dios personal. Ahora que hemos aceptado a Cristo como a nuestro Salvador, Dios Padre es nuestro Padre. Cuando decimos que vivimos en un universo personal y que Dios Padre es nuestro Padre, pero sin llegar a tener una actitud de confianza estamos negando lo que decimos creer. Decimos que como cristianos hemos escogido el lugar de criatura ante el Creador, pero cuando mostramos una falta de confianza ponemos de manifiesto que, en aquel momento, en la práctica, no hemos hecho esa elección.

La segunda cosa que hemos de incluir para entender lo que es un corazón contento en un esquema preferentemente cristiano, queda ilustrado con el dilema de Camus en La Peste. Como cristianos decimos que vivimos en un universo sobrenatural y que existe una lucha desde la caída del hombre y que esta lucha se da tanto en el mundo visible como en el invisible. Es esto lo que decimos creer. Insistimos en esto en contra de los naturalistas y los anti-sobre naturalistas. Si realmente creemos esto, en primer lugar, podemos estar contentos y, sin embargo, combatir el mal, y segundo, debemos estar seguros del derecho que Dios tiene de colocarnos como cristianos en el lugar de la batalla que Él juzgue más conveniente.

En la comprensión cristiana del contentamiento debemos experimentar alegría en relación con todas estas cosas. Resumiendo: Existe un Dios personal. Él es mi Padre desde que acepté a Cristo como Salvador. Luego, cuando me falta confianza, estoy negando lo que digo creer. Al mismo tiempo, afirmo que hay una lucha en el universo, y que Dios es Dios. Por tanto, si me falta confianza, lo que realmente estoy haciendo es negar en la práctica que Él —como Dios— tenga el derecho de usarme en el lugar que quiera en la batalla espiritual que se desarrolla en el mundo visible e invisible. La confianza y el contentamiento deben formar parte de la estructura cristiana, pero en la estructura propia, el contentamiento cobra una importancia capital.

Si desaparecen el contentamiento y la acción de gracias, es porque no amamos a Dios como debiéramos y nuestro deseo lícito se ha convertido en codicia contra Dios. Es en esta zona interior donde primero se pierde la verdadera espiritualidad. La zona exterior es siempre el resultado de lo ocurrido en la interior.

La segunda prueba para comprobar hasta donde el deseo lícito se convierte en codicia consiste en que hemos de amar a los hombres hasta el punto de no sentir envidia, y esto se refiere no solamente a su dinero, sino a todo. Por ejemplo, puede haber envidia por los dones espirituales. Para esto hay una prueba muy sencilla. Nuestros deseos naturales se han convertido en codicia contra una criatura de nuestra misma clase, contra un compañero, cuando interiormente nos alegraríamos de su desgracia. Cuando un hombre tiene algo y lo pierde, ¿sentimos un placer interior, una secreta satisfacción? No contestéis demasiado de prisa para decir que eso no ocurre jamás, porque podríais decir una mentira. Todos debemos reconocer que aun cuando vamos progresando en nuestra vida cristiana, aun en esas zonas en que decimos anhelar que la iglesia de Jesucristo tenga más vida en nuestra generación, con frecuencia sentimos esta terrible secreta satisfacción ante las pérdidas de los demás, aun en las pérdidas que tienen hermanos en Cristo. Así pues, si de una manera u otra esta es mi mentalidad, entonces mis deseos naturales se han convertido en codicia. Si interiormente soy codicioso, no amo a los hombres como debo.

La codicia interior, la falta de amor hacia los hombres, tiende en seguida a derramarse hacia el mundo exterior. No se la puede ocultar del todo en el mundo interior. Y esto ocurre en diversos grados. Cuando me sabe mal que otros tengan lo que yo no tengo, y permito que crezca en mí este sentimiento, muy pronto llegaré al punto de no amar a la persona misma. Todos hemos experimentado esto. A medida que el Espíritu Santo acrecienta en nosotros la sinceridad vamos reconociendo que frecuentemente sentimos antipatía por una persona porque hemos codiciado algo suyo. Más aún, si el hecho de que otro pierda alguna cosa me hace feliz, el paso siguiente en el mundo exterior será el de moverme abierta o disimuladamente a fin de lograr que lo pierda realmente, ya sea mediante la mentira, robo o de cualquier otra manera.

En 1 Corintios 10:23-24 se me dice que mi aspiración en el amor ha de ser buscar el bien del otro y no sólo mi propio bien: «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro». Y lo mismo es verdad en 1 Corintios 13:4-5: «El amor es sufrido, es benigno, el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no es indecoroso, no busca lo suyo…».

Cuando leemos estas cosas y comprendemos que un fracaso en esto se identifica realmente con la codicia, con la falta de amor, entonces cada uno de nosotros debiera caer de rodillas como hizo Pablo cuando descubrió el mandamiento de no codiciar; es así como se puede destruir cualquier visión superficial de la vida cristiana.

Estas son las zonas de la verdadera espiritualidad, de la verdadera vida cristiana. Tienen su fundamento no en algo exterior, sino en lo interior; tienen profundidad. Desciende hasta las zonas interiores de nuestra vida, las que preferimos queden ocultas a nosotros mismos. El área interior es el primer punto en que se pierde la verdadera vida cristiana, la verdadera espiritualidad. El acto pecaminoso externo es el resultado. Tenemos un excelente punto de partida con sólo que retengamos esto: lo fundamental es lo interior, y lo exterior es simplemente el resultado.

Sin embargo, la auténtica espiritualidad, la vida cristiana, aun supone otro paso. Hasta ahora sólo hemos pasado del concepto de una pequeña y limitada lista de cosas a los Diez Mandamientos en su conjunto y al conjunto de la ley de amor. Y luego hemos pasado de lo exterior a lo interior. Pero en uno y otro caso hemos hablado ampliamente de algo negativo. Ahora bien, la verdadera espiritualidad —la vida cristiana— es algo más profundo incluso que el concepto profundo de una negación adecuada. La auténtica espiritualidad —la vida cristiana— es algo positivo en su finalidad. Ya lo hemos visto en aquello de: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente… y a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:37-39). Pero subrayemos ahora que la auténtica espiritualidad —la verdadera vida cristiana— no es negativa en las más profundas esferas de nuestro ser. Hay un aspecto bíblico negativo, pero también hay uno positivo.

A medida que avanza el presente estudio reflexionaremos más ampliamente sobre los pasajes que verán a continuación, pero ahora vamos a darle un primer vistazo. Romanos 6:4a es un aspecto bíblico negativo (los tiempos de los verbos los leo de acuerdo con el original griego, y no según la versión Reina Valera): «Porque fuimos sepultados con él por el bautismo en la muerte». Esto es negativo. Fuimos sepultados con él por el bautismo en la muerte. Y encontramos esto mismo en la primera parte del versículo seis: «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él». Cuando acepté a Cristo como Salvador, cuando Dios como Juez me declaró justificado, estas cosas empezaron a ser legalmente verdaderas. En la vida cristiana soy llamado a que todo esto se haga verdadero en la práctica. En Gálatas 2:20a vemos lo mismo dicho con énfasis negativo: «Con Cristo estoy juntamente crucificado».

Jamás se deben pasar por alto estos aspectos negativos, ya sea en la justificación, ya en la vida cristiana, pues de lo contrario no podríamos entender los aspectos positivos que van a continuación. En Gálatas 6:14 leemos: «Pero lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo». Esta es una negación que tiene mucha fuerza. No puede tomarse simplemente como una proposición teórica. Como veremos luego, debe ser puesta en práctica por la gracia de Dios. Hay, por tanto, un lugar para una verdadera negación bíblica. Pero sigamos ahora hacia adelante y notemos que la vida cristiana —la auténtica espiritualidad— no se detiene en lo negativo, existe también el aspecto positivo.

Así, en Gálatas 2:20, leemos también: «Con Cristo estoy juntamente crucificado…». Sigue luego una interrupción en el versículo. En mi Biblia la he señalado con dos pequeñas líneas, de manera que incluso en una lectura rápida pueda apreciar con claridad esa interrupción: «Con Cristo estoy juntamente crucificado (interrupción), y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mi». Así, aunque es una frase negativa, se convierte en positiva y quedarse con lo negativo es perder el punto central. La verdadera vida cristiana no es una vida exterior o una vida interior de pensamiento, basada en negociaciones fundamentales; no es una vida de odio, por la forma en que podemos vivirla cuando pasamos por el desaliento o nos encontrarnos sumidos en otros problemas sicológicos. El negativo cristiano no es un negativo nihilista. Es una verdadera negativa bíblica. Pero la vida cristiana no se detiene en lo negativo. Hay una verdadera vida tanto en el presente como en el futuro.

En Romanos sentimos la misma fuerza (6:4): «Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva». Y debe leerse así: «Para que podamos andar en vida nueva». Esto es positivo. Hay una posibilidad. Existe la posibilidad de caminar en una vida nueva en esta vida, ahora mismo, en el lapso que transcurre entre el nuevo nacimiento y la muerte, o la segunda venida de Jesús. Lo mismo encontramos en Romanos 6:6: «Sabiendo esto, que nuestro hombre viejo fue crucificado juntamente con él, para que sea destruido el cuerpo del pecado, a fin de que no sirvamos más al pecado». Así que morimos con Cristo, pero resucitamos con Cristo. Ahí está puesto el énfasis. La muerte de Cristo es un hecho histórico del pasado y nosotros resucitaremos de entre los muertos en la historia futura; pero se ha de dar una demostración positiva en la historia presente, ahora, antes de nuestra futura resurrección. Como ilustración leemos en Gálatas 5:15 un aspecto negativo: «Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros». Está hablando de los cristianos. Esto es negativo. Pero está también la parte positiva (versículo 14): «Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y se repite también el aspecto positivo en los versículos 22 y 23 del mismo capítulo: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley». Así pues, el contexto nos lleva del aspecto negativo al positivo en nuestras consideraciones de la vida cristiana.

Resumiendo, este capítulo que sirve de introducción a todo lo que viene a continuación:

1.      La verdadera vida cristiana —la auténtica espiritualidad— no significa simplemente que hemos nacido de nuevo. Tiene que empezar por ahí, pero significa mucho más que eso. No significa sólo que vamos a ir al cielo; significa eso, pero aún mucho más. La verdadera vida cristiana, la auténtica espiritualidad en la vida presente significa más que estar justificado y más que saber que vamos a ir al cielo.

2.      Ni es simplemente desear verse libre de tabúes a fin de poder vivir una vida más fácil y ligera. Hemos de desear una vida más profunda. Y cuando empiezo a pensar esto, la Biblia me presenta los Diez Mandamientos en conjunto y la Ley entera del Amor.

3.      La auténtica espiritualidad —la verdadera vida cristiana— no acaba en lo exterior, sino que es interior, es no codiciar contra Dios ni contra los hombres.

4.      Pero aún es mucho más que eso: es algo positivo, una realidad interior positiva, y también positiva en sus resultados externos. Lo interior tiene que ser positivo y no simplemente negativo; y luego a partir de la realidad positiva interior debe convertirse en una manifestación positiva exterior. No se trata simplemente de que estemos muertos a ciertas cosas, sino que debemos amar a Dios, debemos estar vivos para Él, debemos estar en comunión con Él, en este momento presente de la historia. Y debemos amar a los hombres, estar vivos ante todos los hombres como tales y estar en comunión a un nivel verdaderamente personal con ellos, en este momento presente de la historia.

Cuando hablo de la vida cristiana, o de la liberación de las ataduras del pecado, o de la auténtica espiritualidad, los cuatro puntos arriba señalados son los que indican la Biblia y todo lo que no sea así es jugar con Dios, jugar con aquel que creó el mundo, y jugar también con aquel que murió en la cruz. Esto es lo que hemos de tener presente al iniciar este estudio, ya que de otra manera no valdría la pena ni siquiera empezar a hablar acerca de una liberación experimental de las ataduras del pecado o acerca de una realidad experimental de la vida cristiana, de la auténtica espiritualidad. Si no tenemos todo esto presente, por muy pobre que pueda ser nuestra visión, y por muy pobre que pueda ser nuestra aspiración, sería mejor detenernos aquí. Todo lo demás sería jugar con Dios, y jugar con Dios es pecado.

2 La centralidad de la muerte

 

Este capítulo es el primero de tres muy relacionados entre sí en los que vamos a tratarlas consideraciones fundamentales de la vida cristiana, o de la verdadera espiritualidad. Nos hemos referido ya a un aspecto negativo y a otro positivo de la vida cristiana. Volvamos ahora a las consideraciones negativas. Estas consideraciones negativas pueden quedar resumidas en las palabras de cuatro versículos bíblicos:

1.      Romanos 6:4a: «Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo».

2.      Romanos 6:6a: «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él».

3.      Gálatas 2:20a: «Con Cristo estoy juntamente crucificado».

4.      Gálatas 6:14: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo».