Referencias bibliográficas

Ab initio

Durante muchos años también los más jóvenes han tomado nota de su pertenencia a la especie animal que se ha autoproclamado orgullosamente Homo sapiens sapiens.

En los tres primeros años de vida, has saboreado el placer del desarrollo tumultuoso de las funciones vitales, pero al mismo tiempo has tenido las duras primeras experiencias del sufrimiento físico. Has reaccionado a las primeras y a las segundas con demostraciones de alegría, dolor y miedo, de un modo no muy distinto a los cachorros de perros y gatos, similares a ti en el plano emocional. En ese mismo periodo de la primera infancia, a diferencia de estos compañeros de juegos, has intuido vagamente, con consternación, la existencia de otro mundo misterioso e inmenso al cual no tienes acceso directo con los órganos de los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto. Se te había revelado en la penumbra de las naves resplandecientes de oro y preñadas del perfume del incienso de las iglesias católicas, en aquellas protestantes más sobrias, en el silencio solemne y austero de las sinagogas o de otros templos, según la fe profesada por tus padres.

Esta primera intuición de la mítica existencia de un mundo invisible e inaccesible a tus sentidos ha supuesto una brecha insalvable entre tú y aquellos de tus compañeros de juegos que no se han iniciado en estos misterios, inocentes y felices.

En los jardines de infancia y en los pupitres de la escuela primaria has aprendido las primeras reglas de convivencia social y recorrido en pocos meses los caminos ya transitados durante decenas de miles de años por tus antepasados, desde que estos lejanos predecesores descubrieron aquellos formidables medios de comunicación mediante símbolos que componen el lenguaje hablado y escrito. Este descubrimiento les ha dado a ellos y a todos los descendientes hasta ti la posesión del globo terrestre y el predominio absoluto sobre las demás especies de seres vivos.

Con el exiguo pero valioso bagaje de las nociones adquiridas ya antes del acceso a la escuela secundaria, te preparas para profundizar en estos conocimientos y para tener conciencia de la capacidad para abordar y resolver los problemas que surgen en la vida que se abre ante ti. A nosotros los adultos nos corresponde el deber de ayudarte, poniendo a tu disposición nuestra experiencia, en memoria de los traumas sufridos a tu edad. Traumas lejanos en el tiempo, pero vivos en la memoria.

La experiencia no es un bien exportable y pertenece solamente a quienes la han vivido.

¿De qué modo podemos, nosotros los adultos, acudir en ayuda de los adolescentes que se preparan hoy para ocupar su lugar no como espectadores sino como actores en el escenario mundial? No podemos hacer que compartan nuestra experiencia, pero sí podemos, en cambio, no cometer los errores que de generación en generación se perpetúan contra ellos. En el pasado, el más común de estos (y que persiste todavía en ciertos grupos sociales) ha sido el abuso del principio de autoridad, que refleja en el microcosmos familiar el sistema que siempre ha estado vigente en las sociedades humanas, desde las tribales a las de las naciones y, más recientemente, en las confederaciones de Estados. Estos sistemas, transferidos y aplicados al ámbito educativo, a mediados del siglo XX han ido al encuentro de un cambio radical en los países con mayor desarrollo cultural, que gozan al mismo tiempo del control hegemónico sobre los bienes y el bienestar material.

El rigor de la marca victoriana, predominante en el siglo XIX y en las primeras décadas del XX, ha sido sustituido por una máxima tolerancia y permisividad hacia la juventud. Ambos métodos, aunque diametralmente opuestos, parten de la suposición de que la capacidad de discernimiento aún no se ha desarrollado en la infancia y sigue siendo deficiente en la etapa prepuberal y en la adolescencia.

Sin embargo, los nuevos sistemas educativos ahora vigentes en los Estados Unidos, en la mayoría de los Estados europeos y en otros continentes, no han surtido los efectos esperados. Los jóvenes que actualmente disfrutan de la libertad y de los privilegios negados a sus antepasados y a sus padres no parecen ni más felices ni mejor preparados para enfrentarse a la vida que las generaciones precedentes. ¿Cuáles son las razones de este fracaso?

Depende del hecho de que ninguno de estos métodos educativos se basa en el conocimiento de ese extraordinario dispositivo que es el cerebro del Homo sapiens, que se diferencia del de todas las demás especies animales en su formidable capacidad de aprender. El hombre ha hecho uso de esta facultad para ampliar sus conocimientos, obteniendo así un dominio indiscutible sobre todos los organismos vivos. Aunque estas capacidades ya fueran conocidas por nuestros antepasados más lejanos y constituyeran para ellos un motivo de orgullo, solo en tiempos muy recientes el aprendizaje y la memoria, los requisitos fundamentales en los cimientos de todos los procesos cognitivos, se han convertido en objeto de un estudio directo. Entre el conocimiento surgido de los estudios realizados en este sentido, especialmente significativo es el papel que hoy se atribuye a la plasticidad neuronal, la propiedad común de todos los circuitos neuronales, particularmente desarrollada en los circuitos cerebrales responsables del aprendizaje, de las funciones cognitivas y de la memoria.

Tanto los sistemas autoritarios como los permisivos ignoran estas propiedades intrínsecas del sistema nervioso, que han ido al encuentro de un formidable desarrollo cuantitativo y cualitativo en los circuitos corticales de más reciente formación en el cerebro del Homo sapiens. El sistema autoritario inspirado en el principio de la recompensa del «bueno» y el castigo del «malo» estimula el resentimiento de los jóvenes sin mejorar su capacidad de aprendizaje. Y por su parte, el sistema liberal inspirado en la permisividad no tiene en cuenta el hecho de que el acceso demasiado fácil a la satisfacción de los deseos crea sensación de saturación y búsqueda de satisfacción de otros apetitos no realizables. El uso de drogas entre los adolescentes que pertenecen a las clases privilegiadas es buena prueba de ello.

Finalmente, común a ambos sistemas educativos es el hecho de que no tienen suficientemente en cuenta el papel esencial de la motivación en la capacidad de aprendizaje.

¿Qué alternativa se puede proponer a los dos sistemas, tanto al autoritario o arcaico como al permisivo o moderno? Un tercer sistema no adscrito a ningún principio, pero que tenga plenamente en cuenta la importancia del factor «motivación» y que haga uso de las propiedades de los circuitos neuronales corticales para mejorar el rendimiento de sus prestaciones, gracias a la plasticidad de la que disfrutan especialmente durante los periodos iniciales de su activación. Este criterio es válido tanto para los circuitos encargados de las funciones intelectuales superiores como para aquellos de los que dependen otras actividades, no de naturaleza cognitiva sino motora, como las extraordinarias capacidades de equilibrio demostradas por los acróbatas.

Tanto las altas manifestaciones intelectuales como las gimnásticas se revelan muy precozmente en la etapa prepuberal. Derivan de una feliz predisposición de base genética, pero son enormemente potenciadas por el ejercicio que se sirve de la plasticidad neuronal.

El objetivo de estos capítulos es, sin embargo, no solo evaluar los méritos (o deméritos) de los sistemas educativos a los cuales estás expuesto, sino también considerar contigo algunos de los muchos problemas, desde los más fáciles hasta los más difíciles, que son una constante en todos los recorridos.

Para simplificar, estos problemas pueden ser definidos como de naturaleza intrínseca o extrínseca. Entre aquellos de naturaleza intrínseca, cumple un papel importante un factor que generalmente no se tiene en cuenta. Este consiste en el escaso conocimiento que tienen los jóvenes de sus aptitudes e inclinaciones naturales y la consiguiente preocupación sobre la elección del camino por recorrer más adecuado para cada uno de ellos. Si la indecisión es causa de preocupación, es al mismo tiempo signo de un privilegio del que pocos son conscientes, es decir, el de tener el derecho a elegir. Las dificultades de naturaleza extrínseca provienen del complejo social del que tengas la suerte de formar parte. Estas dificultades se agravan durante periodos de crisis que perturban periódicamente la vida de las comunidades y se reducen en aquellos —por desgracia, más raros— de paz y bienestar. Las manifestaciones más comunes de crisis son las guerras, las revoluciones, las masacres y el genocidio.

Si no está, obviamente, en poder de los individuos, y mucho menos en el de los adolescentes, evitar el estallido de estas matanzas, los adultos, sin embargo, todavía podemos hacer que los jóvenes tomen conciencia de las causas que provocan la explosión de tales episodios. Un análisis objetivo e imparcial de los hechos es el mejor antídoto contra el odio inculcado por la propaganda, siempre al servicio del dictador de turno.

Tu futuro será mejor cuanto más sepas aprovechar las extraordinarias propiedades cognitivas de tu cerebro y puedas mantener la calma en el ejercicio de tu facultad crítica cuando prevalecen fenómenos de histeria y de locura colectiva.

Tu historia

Al igual que los lirios del campo, las medusas, los insectos y los peces que habitan en los océanos, tú llevas celosamente encerrado en el cofre nuclear de todas tus células la historia de tu especie desde sus orígenes hasta nuestros días. Para todos los demás seres del reino animal y vegetal el futuro se identifica, en términos generales, con el pasado, con la excepción de los casos en que los errores en la transcripción del biograma genético han desviado la ruta de los recién nacidos hacia otros recorridos.

Solo tú y tus semejantes, entre esta miríada de organismos, gozáis del privilegio de huir de la férrea inflexibilidad de la ley que impone a todos los demás seres vivos un itinerario preestablecido de principio a fin. Posees la facultad, que proviene de tus extraordinarias habilidades cognitivas, de ejercer el derecho a elegir entre los muchos caminos que se abren ante ti aquel que consideres más adecuado a tus aspiraciones. De este mismo privilegio han disfrutado tus antepasados desde que, hace uno o dos millones de años, fueron conscientes de poseer este formidable talismán que es la capacidad de discernimiento y de trazar el propio recorrido.

¿Qué obstáculos han impedido que la casi totalidad de tus predecesores hicieran uso de este privilegio? No han sido obstáculos naturales los que los privaron de este derecho, sino las leyes establecidas por los propios hombres. ¿Quién ha formulado estas leyes que desde el amanecer de la civilización han impuesto a miles de millones de personas recorridos obligados, a menudo en marcado contraste con la voluntad del individuo?

Desde hace decenas de miles de años, es decir, desde que se puede reconstruir (aunque incurriendo en errores, dados los sutiles rastros de los que disponemos) el recorrido de nuestros antepasados basándonos en los hallazgos arqueológicos y en el análisis de papiros y documentos llegados hasta nosotros más recientemente, ni los privilegiados por la suerte ni los marginados han tenido el derecho de disponer de su voluntad para proyectar el futuro. Eso estaba programado para unos y para otros por decretos y leyes promulgadas por los dirigentes, que se autoproclamaban investidos de este mandato directamente por los dioses.

En periodos sucesivos a aquellos que vieron el florecimiento de las civilizaciones asirio-babilónica, egipcia, griega, romana y las que las siguieron, el sistema jerárquico y patriarcal se mantuvo en vigor en una Europa perennemente puesta en peligro por la sucesión de las invasiones bárbaras, las epidemias que diezmaron las poblaciones, las guerras y los desastres naturales. En esta atmósfera turbulenta no tanto por el sufrimiento físico como por el temor a la cólera celeste a la que se atribuían este tipo de desastres, las generaciones se sucedían sin cambios sustanciales en las estructuras sociales. Príncipe, prelado, plebeyo, esclavo o siervo de la gleba se nacía y se moría, y ese mismo destino se transmitía a los propios descendientes.

¿De dónde venían y cómo vivían tus antepasados?

Hasta finales del siglo XVIII, cuando la Revolución francesa trajo un viento de libertad a Francia y a toda Europa, la población de algunos Estados europeos se componía de una multitud amorfa de individuos en la que se distinguían, en los extremos, dos categorías: la de los opresores y la de los oprimidos. Escasa la primera, incomparablemente más numerosa la segunda. De la primera han quedado rastros porque los descendientes, orgullosos de las gestas de sus antepasados, han conservado celosamente el registro de sus empresas. No así de los pertenecientes a la otra categoría, muda y silenciosa en vida y en muerte.

En ausencia de tu árbol genealógico, que es la representación gráfica del supuesto origen de los padres y de las sucesivas generaciones de tus antepasados (árbol en posesión casi exclusiva de los miembros de las familias ilustres), tu apellido te revela una buena aproximación al lugar de origen de tus antepasados, la ciudad o región de donde provienen y, en ciertos casos, la profesión que ejercían. En casos más raros el apellido es un no deseado ni requerido recuerdo de tu origen desconocido: Expósito. Así, los bebés abandonados por madres solteras en las iglesias eran inscritos en el Registro Civil, bautizados y puestos bajo la custodia de los orfanatos con este apellido.

Tu apellido, tanto en este caso como si va precedido por un título nobiliario, te dice si tu abuelo o ancestro más directo o tus padres pertenecían a la categoría de los más desfavorecidos o de los privilegiados, pero no te informa sobre sus respectivos méritos y deméritos, y mucho menos sobre las características de la herencia genética, inscrita en los genes que te han transmitido. Los genes del individuo, llamados «buenos» o «malos», según el programa que codificarán a lo largo de la vida, se distribuyen de acuerdo con las leyes de la casualidad en el momento de la concepción. Los descendientes de nobles o los expósitos tienen las mismas probabilidades de heredar los unos o los otros. Por otro lado, la ejecución del programa genético también está sometida a la poderosa influencia ejercida por los factores ambientales.

Por lo tanto, no debes creer que te ha favorecido la suer- te si tus antepasados te han dejado un apellido altisonante y un escudo de armas, ni tampoco debes considerarte desfavorecido si ignoras tus orígenes.

La naturaleza, más sabia e imparcial que los hombres, no tiene en cuenta, cuando distribuye las capacidades, tu historia familiar.