
Mis padres construyeron nuestra casa en el lugar donde antes hubo un cementerio. En una parcela heredada de mis bisabuelos maternos. En un barrio pobre de la ciudad.
Una casa con jardín encima de un cementerio del siglo xix. Un cementerio de cadáveres sin consuelo, de guajiros desalojados de sus tierras, de esclavos arrancados de su lejana África, de mendigos... Un cementerio de soldados descalzos y mutilados. De reclutas traídos, igual que los esclavos, del otro lado del mundo.
Mi casa estaba varada encima de un cementerio olvidado al que ya nadie llevaba flores.
En nuestra casa vivía un fantasma. Un amigo de mi padre nos confirmó que existía, aunque ya nosotros lo sabíamos. Lo sentíamos caminar todas las noches.
No era un fantasma molesto, nunca se le ocurrió arrastrar cadenas ni lamentarse a medianoche. Le bastaba con que supiéramos que estaba junto a nosotros. Él canturreaba sus morriñas y yo dormía tranquilo.
«Es un fantasma bueno», nos dijo el amigo de mi padre una noche, mientras bebía aguardiente y fumaba un tabaco inmenso. «Se pasea con un pastel en la mano y eso es señal de prosperidad».
Me despertó el sonido del metal picando la losa. ¡Cuánto tiempo había pasado desde aquella tarde de truenos y pólvora en que unas manos piadosas intentaron darme descanso bajo tierra!
Todo a mi alrededor era sombrío. El polvo, las nubes y el humo de la metralla. Alguien recitó una oración apresurada y me empujó a la fosa. Luego, la tierra cayó encima de mi cuerpo. Mi cuerpo que ya no me pertenecía.
Esa tarde comprendí lo inútiles que pueden ser algunas plegarias.
Traté de elevarme, pero no pude. Era mayor la necesidad de aferrarme a aquel cuerpo que durante veinte años había sido el depósito de mis sentimientos y de mis sueños. Sufrí al ver descomponerse mis carnes. Mi llanto, seco e incesante, y mis gritos de dolor —cuanto más desgarradores y profundos, más inaudibles— fueron debilitándome hasta que desfallecí con el último gramo de mis jugos, que sorbieron la tierra.
Me despertó el sonido de la piocha al golpear la piedra, el chasquido de un beso y el calor de una esperanza.
Ella tenía la mirada limpia, pero cargada de sueños y temores. Triste quizás.
A él le sudaba la frente.
Ella le brindó un vaso de limonada fresca y él la miró con ternura.
Eran felices y se prometieron terminar pronto aquella casa de madera y tejas. Una casa humilde, tan humilde como el suelo que le servía de asiento, pintada de azul y con un jardín a la entrada.



V
La tía Hilda contaba y volvía a contar la misma historia.
La tía Hilda construyó aquella leyenda con lo que sabía, con lo que le habían dicho y con lo que se imaginaba.
Ella sabía que su hijo, el primo Jorge, se fue de casa una noche. Que en la mochila llevaba un uniforme prohibido de color verde olivo, una caja de balas y una vieja pistola.
Jorge le había dejado un beso de despedida y una sonrisa de esperanza.
«Por favor, hijo, vuelve sano», le dijo la tía Hilda en el umbral de la puerta de la calle. «Claro que volveré, vieja», respondió el primo y se fue caminando, tranquilo, en medio de la noche.
A la tía Hilda le contaron que habían visto a su hijo peleando en las lomas, que ya era todo un hombre, con barba y pelos en el pecho, y que tenía grados de teniente. Que disparaba feliz contra el enemigo.
El día en que los barbudos bajaron victoriosos de las montañas, la tía Hilda salió a la calle a buscar a su hijo entre la multitud. Pero no lo encontró.
Así estuvo varios meses. Esperando. Sentada en la puerta de su casa desde el amanecer hasta la medianoche. Acariciando las cuentas de un rosario entre plegarias infinitas.
Un día, a la tía Hilda le trajeron una foto y una mala noticia.
«Pobre hijo mío», se lamentaba siempre la tía Hilda, «no tenía aún dieciocho años y murió sin conocer el amor».
Yo no entendía por qué era tan importante conocer el amor. No lo supe hasta que una mañana, a la entrada del colegio, mi mirada se encontró con los ojos verdes de Arelys.
El llanto de aquella señora al contar, una y otra, vez la historia de su hijo, me conmovía y me hacía pensar. También provocaba recuerdos que llevaba muchos años evitando.
Aquella tarde, al salir de casa, al bajar la cuesta, Altagracia me alcanzó a la carrera y puso entre mis manos las suyas temblorosas para entregarme el relicario que me acompañó hasta la última batalla. Llovía. En nuestra tierra siempre llueve. Llovía y la lluvia disimulaba nuestras lágrimas, pero no nuestro llanto. «Vuelve, por favor», me pidió ella. «Claro que volveré, lucero de mis noches», intenté responderle, pero las palabras se ahogaron en mi garganta.
Hoy pienso que la culpa de todo es mía, de mi silencio. ¡Si hubiera podido hablar! ¡Si hubiera podido responderle!: «Claro que volveré, lucero de mis noches».
Disparaban desde ángulos diferentes. A veces pasaban toda la noche sin disparar, y nosotros en las trincheras esperando oír los disparos. Así fue durante las semanas que demoró el sitio de la ciudad.
Atrincherados en una zanja, esperábamos, y respondíamos a la nada con nuestro fuego, con las bayonetas prestas a recibir el embate de la caballería.
Así pasaron los días.
La incertidumbre, el hambre y el sueño causaron las primeras bajas.
Cuando menos lo esperábamos, la caballería insurrecta se nos vino encima con rifles, sables y machetes.
Sus gritos de guerra y el ruido de los cascos de sus caballos al galope me sacaron de la modorra en que me encontraba.
Olía a pólvora y sangre.
Olía a acero y carne cortada.
Una bala me entró por debajo del hombro izquierdo, pero todavía fui capaz de sostener la bayoneta. No tenía otra manera de salvar mi vida que resistiendo. Enfrentar al enemigo que se abalanzaba sobre nosotros. Repelerlo hacia el otro lado de la trocha.
No tenía más remedio que clavar mi bayoneta en el pecho del caballo que amenazaba aplastarme con sus patas delanteras, que levantó sobre mi cabeza.