Massimo Centini
LOS LUGARES
MISTERIOSOS
DE LA TIERRA
EDITORIAL DE VECCHI
A pesar de haber puesto el máximo cuidado en la redacción de esta obra, el autor o el editor no pueden en modo alguno responsabilizarse por las informaciones (fórmulas, recetas, técnicas, etc.) vertidas en el texto. Se aconseja, en el caso de problemas específicos —a menudo únicos— de cada lector en particular, que se consulte con una persona cualificada para obtener las informaciones más completas, más exactas y lo más actualizadas posible. EDITORIAL DE VECCHI, S. A. U.
Traducción de María Jesús Fenero Lasierra.
Diseño gráfico de la cubierta de Design 3.
Ilustraciones del autor, salvo donde se indica otra procedencia.
Mapas de Michela Ameli.
© Editorial De Vecchi, S. A. 2016
© [2016] Confidential Concepts International Ltd., Ireland
Subsidiary company of Confidential Concepts Inc, USA
ISBN: 978-1-68325-432-4
El Código Penal vigente dispone: «Será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años o de multa de seis a veinticuatro meses quien, con ánimo de lucro y en perjuicio de tercero, reproduzca, plagie, distribuya o comunique públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la autorización de los titulares de los correspondientes derechos de propiedad intelectual o de sus cesionarios. La misma pena se impondrá a quien intencionadamente importe, exporte o almacene ejemplares de dichas obras o producciones o ejecuciones sin la referida autorización». (Artículo 270)
ÍNDICE
PRÓLOGO
ÁFRICA
GIZEH
El universo religioso egipcio
El divino faraón
El río y los templos
Pirámides: arquitectura y misterio
Tres pirámides y muchos enigmas
La impenetrable Esfinge
MADAGASCAR
Misteriosos habitantes
La antigua y gran Lemuria
Animales únicos
SAHARA
Un mágico mundo de divinidades y antepasados
Un lugar sagrado
Las pinturas rupestres
Malí, encrucijada de culturas
SAQQARA
La pirámide escalonada
Viaje al más allá
TELL EL-AMARNA – VALLE DE LOS REYES
La revolución de Akenatón
Tell el-Amarna: la ciudad del dios Sol
La tumba de Tutankamón: grandes tesoros y grandes leyendas
ZIMBABUE
La ciudad de piedra
¿La fortaleza del rey Salomón?
El reino del Preste Juan
AMÉRICA
ATLÁNTICO: BERMUDAS Y LA ATLÁNTIDA
Bermudas: las misteriosas desapariciones en el triángulo maldito
Atlántida, el continente perdido
ISLA DE PASCUA
El misterio de los primeros habitantes
El secreto de los gigantes de piedra
El final de una civilización
LITTLE BIG HORN
La destrucción de una cultura
Entre los fantasmas del río
LOS LUGARES SAGRADOS DE LOS NATIVOS
El misterio de los grandes túmulos
Un Nazca norteamericano
El secreto de la Gran Serpiente
Los lugares para comunicarse con los espíritus
MACHU PICCHU
Una ciudad divina entre las nubes
¿Hombres o dioses?
Las causas del despoblamiento
NAZCA
Señales para los dioses
Un «libro» de tierra y piedra
Animales gigantes
PALENQUE
La tumba de Pacal
El secreto del «astronauta»
LOS PUEBLOS Y SU INTERPRETACIÓN
Anasazi: la tribu perdida
Observatorios de las estrellas
Pueblo Bonito, la capital
Las míticas ciudades de Cibola
TENOCHTITLÁN
La ciudad sobre el agua
Quetzalcoalt y el final de los aztecas
TEOTIHUACÁN
Entre las Pirámides del Sol y la Luna
Misteriosos subterráneos y una Calzada de los Muertos
Un final oscuro
TIKAL
El esplendor de los mayas
La ciudad muerta
ASIA
BABEL
La Torre de Babel o la soberbia humana
La puerta del cielo
BOROBUDUR
Un recorrido iniciático
La vía del bodhisatwa
CHINA Y JAPÓN
El silencio de Chang’an
Una metrópolis «deportiva»
Tai Shan, la montaña de los dioses
Nara, a la búsqueda de la iluminación
La enigmática pirámide de Yonaguni
ÉFESO
Entre Artemisa y María
Panaya Kapuli: la otra casa de María
JERUSALÉN
A la búsqueda de la tumba de Cristo
La basílica del Santo Sepulcro
HARAPPA Y MOHENJO-DARO
Dos ciudades perdidas en la nada
El culto a la diosa madre
HIMALAYA
El rostro desconocido del yeti
Montañas sagradas
La «religión himalaya»
INDIA Y SRI LANKA
Pataliputra: la ciudad de las amazonas
La columna de Delhi
La stupa de Anuradhapura
Los jardines-mandala de Sigiriya
MONTE ARARAT
A la búsqueda del Arca de Noé
El Arca como símbolo
PAGÁN
La gloria de Buda
PALMIRA Y EL REINO DE SABA
La ciudad de las palmeras
El sueño de la mítica Zenobia
El ocaso de una leyenda
PETRA
La ciudad de los nabateos
Un mundo aparte en el desierto
Ni rastro de los habitantes
QUMRAM
¿La morada de los esenios?
A medio camino entre la historia y el mito
¿Cristo y los Evangelios de Qumram?
TAKHT-E-SULEIMAN
¿El templo de los Reyes Magos?
El culto al fuego
EUROPA
BOMARZO, ROMA Y BÉRGAMO: LOS LUGARES ALQUÍMICOS
El Parque de los Monstruos de Bomarzo
La enigmática Puerta Mágica de Roma
El secreto alquímico de Lorenzo Lotto en Bérgamo
CARNAC
Los menhires sagrados
Cuando paganismo y cristianismo se encuentran
CHARTRES Y PARÍS
Chartres: una catedral mítica
El lenguaje de piedra de Notre-Dame
FÁTIMA, LA SALETTE, LOURDES Y MEDJUGORJE: LOS LUGARES DE LA REVELACIÓN MARIANA
Los tres secretos de Fátima
La advertencia de la Virgen de La Salette
La cueva de los milagros de Lourdes
Los fenómenos milagrosos de Medjugorje
GRAN BRETAÑA: LA TIERRA DE LOS GIGANTES
Los gigantes de Cerne Abbas y Wilmington
Los caballos gigantes de Uffington y Bratton
GRECIA
Patmos, la isla donde Dios anunció el «fin del mundo»
Delfos y el ombligo del mundo
En el principio fue el Coloso de Rodas
LAGO NESS
El «monstruo» lacustre más famoso del mundo
Y las apariciones continúan
Hipótesis, hipótesis y más hipótesis
NÁPOLES
La inquietante capilla de San Severo
Cuma y la Galería de las Voces
EL NORTE DE EUROPA Y LAS GRANDES PIEDRAS DEL MISTERIO
Los barcos de piedra de Gotland
La tumba-observatorio de Newgrange
El pequeño pueblo de Jutlandia
Pierre Haina, la roca de los antepasados
SANTIAGO DE COMPOSTELA Y MONT SAINT-MICHEL
Santiago de Compostela: el campo de la estrella
Mont Saint-Michel: la montaña que se convierte en isla
EL CAMINO DEL SANTO GRIAL
De Tierra Santa a Gran Bretaña
La espada en la roca
En el castillo de Federico II
STONEHENGE Y LOS OTROS COMPLEJOS MEGALÍTICOS
Un observatorio astronómico prehistórico
Stonehenge hoy
Las piedras de Avebury
Externsteine, un santuario en las rocas
TURÍN Y PRAGA, LAS CIUDADES DE LO OCULTO
El misterio de Turín
El Golem de Praga
OCEANÍA
AYERS ROCK
Un paralelepípedo en el desierto
La montaña del «tiempo de los sueños»
Sonidos para comunicarse con los dioses
LAS CUEVAS PINTADAS AUSTRALIANAS
Pinturas para los dioses
El arte para volver al «tiempo de los sueños»
Cotidianeidad y espiritualidad
NAN MATOL
Ruinas habitadas por los espíritus
BIBLIOGRAFÍA
Los progresos de la ciencia nos han convencido de que el hombre moderno es dueño de todo el saber. Pero, en realidad, poco sabemos del presente y todavía menos del pasado. En el siglo IV a. de C. Platón hablaba de un territorio llamado Atlántida con una sociedad muy evolucionada, pero no tenemos ninguna prueba del esplendor de esa mítica tierra. Afortunadamente, los apasionados de los misterios arqueológicos cuentan con otros muchos lugares cargados de interrogantes que poder visitar. Sin embargo, no es fácil orientarse entre los datos aportados por los numerosos documentos, condicionados como estamos por el materialismo dominante en las sociedades avanzadas y que el sociólogo Max Weber, para ilustrar el rechazo a lo sagrado y lo insólito, llamaba «desencanto por el mundo».
De ahí que, para captar el posible «mensaje críptico» de estos lugares, sea indispensable poner primero un poco de orden, y nada mejor que este libro para alcanzar ese objetivo.
Ordenar, describir e informar son condiciones fundamentales para animar al lector a formarse una idea propia y permitirle llegar a conclusiones que dejen de lado incluso las hipótesis científicas más consagradas. De modo que para realizar un viaje virtual a la búsqueda de los enigmas del pasado, intentaré aportar una serie de soluciones hipotéticas cuyo fin es señalar algunas coincidencias, consciente de estar moviéndome dentro de las diversidades estructurales, temporales y culturales que identifican a todo lugar misterioso. En el ámbito de la física cuántica se parte de la presunción de que existe en la naturaleza —desde las partículas elementales a las galaxias— una especie de conciencia, lo que supondría aceptar la hipótesis de una mente global y universal que lo abarca todo. El físico Erwin Schrödinger ha escrito al respecto: «La conciencia es como un teatro, es precisamente el único teatro donde se representa lo que sucede en el universo, el recipiente que contiene todo, absolutamente todo, y fuera de él no existe nada».
Entonces, si la realidad natural es una manifestación de un principio mental universal, el hombre con sus actos ¿qué papel desempeña? Llegados a este punto, resulta sencillo caer en un vulgar antropocentrismo al afirmar que el hombre es la mente más evolucionada del sistema. Pero ¿es el cerebro el que crea la mente o la mente la que crea el cerebro? Es más ¿puede existir la mente (tener conciencia) sin el cerebro?
Según el filósofo Karl Popper, lo más importante, porque permanece en el tiempo, es el mensaje, la idea, que en el caso de un libro, aunque se traduzca a otras lenguas, es traducir el pensamiento del autor; lo que cuenta, en definitiva, es el «mundo» que contiene la herencia cultural del género humano.
Por consiguiente, todos los lugares misteriosos son poseedores, con sus edificaciones y sus señas de identidad, de un mensaje: el problema de fondo es cómo descodificar el significado.
Si las señales que utiliza la naturaleza para manifestarse (en el reino mineral, vegetal y animal) fueran como el lenguaje de un auténtico organismo viviente, pensante, con una fisiología y un carácter, y si la intervención humana provocara interacciones de ese tipo, el hábitat (natural, rural, urbano, etc.) se convertiría en el habitus, como cualidad incorporada a la propia esencia planetaria y, por tanto, al principio unificador y generador global.
El físico James Lovelock y la bióloga Lynn Margulis han formulado «la hipótesis Gaia», que define a la Tierra como un ser viviente. Según esta teoría, a cada lugar geográfico le correspondería una zona del cuerpo físico de nuestro planeta y cada intervención humana sobre el territorio no sería casual, sino dictada por la interacción consciente, también desde el plano energético, con niveles de conciencia muy coherentes entre sí. Todas las cosas estarían entonces íntimamente relacionadas según «leyes establecidas» que todavía no conocemos o que hemos olvidado.
Levantar un monumento probablemente equivalía para nuestros antepasados a trazar con símbolos catalizadores el lugar en que las energías humanas y de la naturaleza, incluidos los planetas y las estrellas, se entrecruzaban. La unión con la naturaleza y el animismo del hombre antiguo podría contener más verdad de lo que se cree. Con este propósito la orientación sociológica del funcionalismo estructural, mediante el análisis de las funciones latentes, explica por qué un ritual o un lugar mágico asumen dentro de una sociedad la función de eficaces integradores sociales.
Entre los lugares misteriosos más famosos, la planicie de Gizeh, en Egipto, con las tres pirámides de Keops, Kefrén y Mikerinos, es seguramente a la que más espacio ha dedicado la literatura. Entre las diversas hipótesis del porqué fueron construidas las pirámides está la que las considera «monumentos magnéticos», una especie de catalizadores de energías cósmicas, de circuitos de resonancia basados en la representación estructural a escala de proporciones presentes en el sistema solar.
Otro ejemplo que confirmaría la hipótesis de que los lugares misteriosos son en realidad «zonas vitales energéticas especiales» del planeta Tierra puede apreciarse en el monumento megalítico más famoso del mundo, el de Stonehenge en Inglaterra. El trazado de Stonehenge permite suponer que se trataba de un observatorio astronómico. De hecho, a comienzos del siglo XIX, el astrónomo inglés Norman Lockyer refería en un tratado que las piedras del lugar estaban orientadas hacia el sol y las estrellas.
¿Qué decir, por ejemplo, de las líneas de Nazca, en el altiplano peruano, que, a modo de gigantesca paleta, sólo pueden apreciarse desde arriba y que se han definido como un gran libro de astronomía? ¿Y de la Isla de Pascua con sus gigantes de piedra que miran las estrellas? En fin, podríamos seguir con muchos ejemplos, y esa ha sido precisamente la tarea del autor de este libro, que pasa revista a numerosos lugares misteriosos. Pero ha ido más lejos, puesto que también los ha relacionado con el universo de las leyendas y las creencias, ampliando así el campo cognitivo. Además, un esquematismo rígido habría conducido a un tratamiento árido, muy alejado de la impronta narradora de Massimo Centini.
VALERIO SANFO



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1. GIZEH 2. MADAGASCAR 3. SAHARA 4. MALÍ |
5. SAQQARA 6. TELL EL-AMARNA 7. TUMBA DE TUTANKAMÓN 8. ZIMBABUE |
Egipto significa en griego «don del Nilo», y pocas veces la denominación de un país es tan precisa y puntual. De hecho, el esplendor alcanzado por la cultura del antiguo Egipto tuvo un referente fundamental precisamente en el río, el cual, con su curso imparable y sus crecidas, prodigó fertilidad y riqueza a esas tierras áridas.
En un periodo comprendido primordialmente entre la I dinastía (3200 a. de C.) y el inicio de la llamada Época Tardía (715-330 a. de C.), Egipto alcanzó un grado de civilización y de tradiciones que todavía hoy constituye un documento emblemático de la cultura mediterránea, en muchos aspectos incomparable.
La cultura occidental suele tener una imagen de los antiguos egipcios deformada por el mito y la interpretación literaria. La historia de las gentes del Nilo, sin embargo, no está constituida sólo por las pirámides (realizadas en un breve periodo) o las maldiciones de los faraones y de Tutankamón. Todo lo contrario. En su largo desarrollo, la historia de los egipcios ha estado marcada por grandes obras y empresas que han dejado un rastro teñido de cierta aura de misterio, pero no por eso fuera de los márgenes de la historia. A impregnar esta cultura de innumerables enigmas ha contribuido fundamentalmente su complejo y articulado universo religioso. Un simple recorrido por las divinidades del antiguo pueblo de las pirámides requeriría un tratamiento mucho más amplio, pues su panteón estaba constituido por un número ilimitado de seres divinos que desempeñaban funciones fundamentales en la vida del hombre común. Todo estaba dotado de un carácter sagrado, por lo que todo ser vivo podía relacionarse con lo divino y como tal convertirse en objeto de culto.
El mundo de las divinidades egipcias era muy complejo, pero al mismo tiempo estaba regulado por una especie de unidad armónica que convertía a este universo en «otro» y paralelo a la vida del hombre normal, la del faraón o el sacerdote. En ese mundo convivían divinidades veneradas en todo el país con las locales y menores, y con otras que desempeñaban funciones específicas.

Las pirámides de Gizeh, uno de los yacimientos arqueológicos más visitados del mundo. (Fotografía de Carlo Ruo Redda)
LA ESCRITURA EGIPCIA
La escritura egipcia apareció en torno al 3000 a. de C., casi con seguridad originada allí, aunque los arqueólogos señalan una cierta influencia de la escritura sumeria, anterior pero más primitiva.
Por lo general, al hablar de escritura egipcia se piensa inmediatamente en la compleja grafía jeroglífica. En realidad, el pueblo del antiguo Egipto utilizó tres sistemas.
Por un lado, la grafía considerada una variante directa del jeroglífico, diseñada para escribir en papiro (la jeroglífica era predominantemente lapidaria) y que se denominaba hierática, según el nombre acuñado por los griegos. Posteriormente, en la Época Tardía, se consolidó una forma de escritura utilizada también para grabar en piedra llamada, de nuevo por los griegos, demótica. Por supuesto, la escritura a la que se reconoce mayor valor simbólico es la jeroglífica, que significa literalmente «sagradas letras grabadas», y que se utilizó hasta el siglo IV d. de C. Una importante contribución para aclarar el misterio de esta escritura, que por su complejidad y rica carga alegórica tuvo ya una amplia difusión en la magia de griegos y romanos, fue el gran trabajo en 1822 del estudioso Jean Françoise Champollion, que consiguió descifrar, mediante el análisis de las inscripciones bilingües de la piedra de Rosetta, el alfabeto sagrado que tantos esfuerzos inútiles había supuesto a muchos hombres.
Los pictogramas o ideogramas representan palabras completas de forma figurativa, mientras que los signos fonéticos indican los sonidos de las palabras. Así, en lugar de estas se colocaba un concepto pronunciado del mismo modo que la palabra que se deseaba escribir, una práctica facilitada por el hecho de que las vocales se omitieran.
El resultado constituía un extraordinario conjunto donde las partes figurativas y simbólicas se combinaban estrechamente dando vida a un lenguaje con enormes posibilidades para expresar lo sagrado y un alfabeto de los más evolucionados de la historia.
La cultura religiosa egipcia se divide en dos fases importantes, distintas y sucesivas. La primera está vinculada al mundo de los nómadas y los cazadores, y es de donde proceden las numerosas divinidades de naturaleza animal, tanto domésticas como salvajes; la segunda, más amplia, caracterizó el periodo que supuso la consolidación progresiva de la sociedad agrícola. En esta fase se veneraban divinidades que se consideraban la representación de los elementos naturales (tierra, cielo, luna, etc.).
La religión egipcia se basaba principalmente en la constante y continua toma de conciencia de que cada expresión de la naturaleza era, en cierto modo, una demostración divina y que, como tal, merecía ser objeto de veneración y considerarse una presencia importante en la vida de todo ser humano. No sólo eso. También era fundamental la zoolatría, es decir, el culto a los animales, considerados sagrados y divinizados. Sin duda, dentro de este complejo universo religioso fue condicionante el peso ejercido en el día a día, pero también en la representación mental, del culto a los muertos. En un principio reservado sólo a los faraones, considerados una personificación de la divinidad, se difundió después entre las clases más bajas hasta alcanzar todos los estratos sociales.
El término faraón despierta en nuestra imaginación la figura de algo imponente, misterioso, fascinante, casi de dimensiones divinas. Es un término que nos llega de la Biblia y que proviene del egipcio piro, que significa «casa grande». Pero no es la única definición. El faraón, de hecho, era a menudo denominado con nombres oficiales compuestos que tenían la función de exaltar el poder y el valor del rey de los egipcios. Entre los nombres oficiales destacan por ejemplo: «Rey del Alto y el Bajo Egipto» o «El que protege a Egipto y somete a los países extranjeros». Sus emblemas solían estar caracterizados por una organizada simbología que lo colocaba en relación directa con los dioses.
Considerado un ser invencible, poseedor de dotes extraordinarias, clemente con sus súbditos e implacable con los enemigos, el faraón era el punto de referencia de las gentes del Nilo, de ahí que sea fácil comprender la gran devoción por este insigne personaje y, sobre todo, la participación colectiva del pueblo en la realización de obras para dar testimonio de su gloria.
ISIS Y OSIRIS
Desde los tiempos de la lejana pérdida de la independencia bajo la presión macedonia hasta la dominación romana, el culto común a todos los egipcios fue el de Osiris, el cual, como afirman algunos historiadores de las religiones, era en principio una especie de «culto primario» a partir del cual poco a poco se fue conformando otro cada vez más estructurado, destinado a desembocar en un complejo politeísmo.
Este culto, junto al de Isis, estuvo muy influenciado también por el mundo grecolatino, donde encontró amplia difusión entre las clases más pobres y humildes, que veían en la perspectiva de la religión mistérica egipcia una realización concreta de sus expectativas religiosas. Además, en el mito de Osiris se resumen varios de los motivos típicos de la religión cristiana, que encontraron su culminación especialmente en el concepto de resurrección.
Las reglas imponían que había que acercarse al faraón «oliendo la tierra». Por tanto, los hombres se acercaban a él como si de un dios se tratara, una criatura superior a quien no se podía dirigir la mirada, sino sólo oraciones e himnos destinados a exaltar su poder.
Cada treinta años de reinado los faraones eran homenajeados con una gran fiesta (Heb-Sed), un jubileo considerado tradicionalmente como una práctica destinada a aumentar su fuerza y prolongar su vida.
Los ritos funerarios, después aplicados a toda la población, se habían elaborado al principio sólo para los faraones. Una más de las demostraciones teológicas del público reconocimiento de la naturaleza divina del Rey del Alto y Bajo Egipto que, incluso en el más allá, seguía separado del resto de los hombres. Prueba de ello son los imponentes monumentos funerarios que constituían en muchos aspectos una especie de morada ultraterrena con una distribución como sólo correspondía a la casa del faraón.
El hecho de que el Nilo, como se ha visto, constituyera un punto de referencia fundamental para la cultura egipcia, hacía natural que su curso tuviera un papel determinante a la hora de regular muchas actividades locales, incluidas las religiosas. La crecida anual comen- zaba entre junio y julio y terminaba entre septiembre y octubre, y el ritmo de subida y bajada de las aguas determinaba el desarrollo de las tareas agrícolas, cuya mayor o menor difusión repercutía también en el resto de las actividades locales. A este respecto debe recordarse que, en el pasado, las grandes obras faraónicas no fueron realizadas por esclavos, sino por obreros regulares que, durante las crecidas del Nilo, no se dedicaban a la agricultura, sino que se esforzaban en la construcción de templos y grandes tumbas para mayor gloria de su Rey-Dios.
El templo era precisamente la base de la tradición egipcia. A la parte más sagrada del edificio sólo podía acceder el faraón, que todos los días entraba practicando ritos muy precisos, cuyo fin era sacralizar el lugar y saludar a los dioses. Posteriormente, las funciones religiosas pasaron a manos de los sumos sacerdotes, cada uno al cargo de un templo en particular. Uno de los más importantes era el de Tebas.
LAS LÁGRIMAS DE LA DIOSA
El desbordamiento de las aguas, que podía alcanzar los siete metros, se consideraba que se debía a las lágrimas de Isis por la muerte de su marido Osiris. Este halo de profunda religiosidad ha conferido siempre a las crecidas del gran río un acento marcado, hasta el punto de que todavía subsiste en el imaginario actual.
Sin duda, las pirámides son el mayor exponente de la aceptación de la inmortalidad del faraón, pero, sobre todo, de su grandeza, que en aquellas construcciones extraordinarias se ponía de manifiesto de forma indiscutible. Emblema universal del antiguo Egipto, este tipo de tumba sólo se utilizó en las etapas más antiguas de su historia (al igual que la mastaba, la primitiva tumba egipcia). Estaba formada por cuatro caras orientadas a los puntos cardinales y construida en piedra calcárea, con partes de granito en algunas ocasiones.
Las pirámides han dado origen a múltiples interpretaciones esotéricas modernas y son el pretexto para reconstrucciones originales, a menudo completamente al margen de la historia, que han rodeado de misterio a estas insólitas joyas de la arquitectura antigua.
Con el fin de despejar un mito bastante difundido debe aclararse que, según los actuales estudios, no existe relación alguna entre las pirámides egipcias y las mesoamericanas. Las primeras se realizaron en el periodo de tiempo que comprende del Imperio Antiguo al final del Imperio Medio (2600-1789 a. de C.), mientras que la construcción de las segundas se sitúa en un periodo comprendido entre el siglo III a. de C. y el año 1300 d. de C.
Pero veamos más de cerca estas obras maestras de la arquitectura y el misterio.
Desde la Antigüedad, los hombres se han preguntado acerca de los sistemas técnicos adoptados para su construcción. Herodoto se esforzó por entender el método utilizado para levantarlas y después de él muchos lo han intentado hasta el punto de sugerir tesis imposibles como la intervención de extraterrestres o el conocimiento de los arquitectos egipcios de nociones completamente perdidas.

LAS TRES GRANDES PIRÁMIDES DE LA PLANICIE DE GIZEH
A. Pirámide de Mikerinos; B. Pirámide de Kefrén; C. Pirámide de Keops; D. Entrada; E. Pirámides satélite (Dibujo de Michela Ameli)
Naturalmente, la dificultad por comprender los métodos que permitieron construir esos edificios ha alimentado toda una serie de hipótesis sobre su función. Actualmente, sin embargo, los arqueólogos no albergan ya dudas: se trata de tumbas para personajes de elevada posición, casi siempre faraones. Una definición, por cierto, que no satisface del todo. La majestuosidad de las tres pirámides de la planicie de Gizeh (las de Keops, Kefrén y Mikerinos) parece indicar alguna otra función además de la de mera sepultura.
La pirámide de Keops
Sin lugar a dudas, Keops es el emblema de la cultura de la pirámide. Con una pendiente perfecta (la cúspide mide 76 grados) de 146 metros de altura y los lados de la base de 230 metros, está formada por alrededor de dos millones y medio de bloques de piedra. Desde la entrada, situada como en todas las pirámides hacia el norte, desciende un corredor hasta la cripta subterránea de donde parte una segunda vía que lleva a una cripta reservada; desde el mismo corredor también parte una gran galería de subida que conduce a la cámara del sarcófago. La galería y la cámara están revestidas con granito y soportan el empuje del muro de encima (de unas 400 toneladas de peso).

LA PIRÁMIDE DE KEOPS
1. Entrada; 2. Corredor en bajada; 3. Cruce de galerías; 4. Corredor en bajada directa a la sala subterránea; 5. Sala subterránea; 6. Corredor en subida; 7. Cruce de las tres galerías; 8. Pozo de bajada; 9. Cámara de la reina; 10. Galería grande; 11. Cámara del rey; 12. Cámaras superiores; 13. Conductos de ventilación; (Dibujo de Michela Ameli)
El actual acceso a la pirámide no es el original, sino que fue abierto en el siglo IX por el califa de El Cairo Abdullah al-Mamun, que excavó un túnel para acceder al interior, convencido de encontrar tesoros o, como manda la tradición esotérica, los secretos de la sabiduría egipcia. Sin embargo, su avidez no se vio recompensada. No había rastro de los tesoros y la sabiduría de los antiguos escrita en esa estructura gigantesca dejó perplejo al profanador y no le proporcionó ningún conocimiento. La entrada primitiva está situada en cambio más arriba, en uno de los lados del edificio. El historiador romano Estrabón escribió que el acceso estaba oculto con una «piedra secreta», difícil de distinguir de las demás y que era posible mover con facilidad por medio de un perno. Sin embargo, es probable que se trate de una leyenda.
El túnel excavado por los hombres de Abdullah al-Mamun conduce al corredor de bajada que termina, como decíamos, en una cripta subterránea cuya función está por aclarar: quizá se trataba de la sede primitiva de la tumba del faraón que después fue trasladada más arriba durante la construcción.
Con la misma inclinación del corredor descendente (29 grados), el de subida conduce a la cámara del rey y la reina (que se encuentra en primer lugar y está situada en la parte más baja del conjunto). De este punto se desemboca en la llamada «gran galería» —completamente desnuda, sin rastro de decoraciones ni de imágenes de reyes o dignatarios—, que en 48 metros sube algo menos de 9 metros hasta la cámara funeraria del faraón, formada por una estructura bastante compleja que ha alimentado lógicamente la imaginación de los que han querido ver en este lugar vestigios de conocimientos perdidos y, en ciertos casos, la influencia de culturas extraterrestres. Lo cierto es que, al margen de los excesos de la imaginación, este lugar está cargado de misterio.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA GRAN PIRÁMIDE SEGÚN HERODOTO
«Para la construcción de la pirámide fueron necesarios veinte años. Es cuadrada. Presenta en cada lado una cara de ocho pletros y una misma altura. Es de piedras pulidas y perfectamente ensambladas, ninguna de medida inferior a treinta pies. Esta pirámide fue construida en gradas, llamadas almenas o altares. Y cuando se llegaba a la cima de la construcción, las piedras restantes se subían con máquinas hechas de maderos pequeños. Se levantaban del suelo al primer piso, desde donde se llevaban al segundo piso y a otra máquina. Las máquinas eran tantas como pisos de gradas [...]. De modo que se terminaron primero las partes más altas, luego las más cercanas a esas y por último las que tocaban el suelo, las más bajas. Una inscripción egipcia en la pirámide me permite saber cuánto se ha gastado en [...] cebollas y ajos para los trabajadores. Y si no recuerdo mal cuanto me decía el intérprete mientras leía la inscripción, se pagaron mil seiscientos talentos de plata. Si esto es cierto, ¿cuánto no se habrá gastado en los instrumentos con los que se trabajaba, en la comida y las ropas de los trabajadores? Porque ya he dicho el tiempo que fue necesario para edificar estas obras. Y para cortar las piedras, transportarlas, excavar bajo tierra, se debió necesitar, a mi parecer, otro periodo de tiempo similar» (Historia, ILVII, 5).
El gran sarcófago de piedra fue terminado dentro de la pirámide mientras el edificio estaba todavía en construcción. La razón es que, debido a su tamaño, hubiera sido imposible hacerlo pasar por los estrechos corredores. Una técnica insólita para los egipcios que añade otro pequeño enigma a esta fascinante pirámide.
Sólo unas palabras más sobre el faraón. No abundan los datos sobre su figura, pero se sabe que su forma de gobernar fue enérgica y centralizadora, de otro modo no se explicaría la construcción de esa gran pirámide, que necesitó al menos ochenta mil trabajadores, a quienes hubo que asegurar toda una serie de servicios y garantizarles, al mismo tiempo, la seguridad total durante la realización del proyecto. Según Herodoto: «Keops llegó, dicen, a tal grado de maldad que, necesitado de dinero, metió a su hija en un lupanar con la orden de recaudar una determinada suma que nunca se ha precisado [...]. Keops reinó cincuenta años y a su muerte heredó el reino su hermano Kefrén, que adoptó la misma conducta de su predecesor».
La pirámide de Kefrén
Al sur de la pirámide de Keops se yergue la de Kefrén —que reinó hasta el año 2494 a. de C.—, unos metros más pequeña, pero de volumen similar. No existen pruebas que certifiquen que el sarcófago descubierto dentro de la tumba pertenece realmente a Kefrén, además de que las noticias sobre este faraón son aún más escasas que las de su hermano, y muchas de las cosas que se le atribuyen se basan en hipótesis y teorías.

Estatua de diorita que representa al faraón Kefrén

La pirámide de Kefrén, faraón al que se atribuye la construcción de la Esfinge. Es la única pirámide que conserva parte del revestimiento original
El interior de la pirámide es muy simple y está formado por dos corredores: uno superior, al que se accede desde fuera, y otro subterráneo; ambos conducen a la cámara funeraria que se encuentra en el centro de la construcción.
El corredor subterráneo pasa a través de una cámara de función desconocida, pero que ha dado lugar a suposiciones de todo tipo. Dentro de esta pirámide, de hecho, algunos visitantes se han sentido mal, lo que ha permitido a algunos desempolvar la vieja leyenda de la «maldición de los faraones». Casi con seguridad, las causas de este malestar deben buscarse en el propio ambiente de la tumba, el cual, a diferencia de la de Keops, no posee tomas de aire.
El espacio al que se accede desde los corredores es muy pequeño con respecto al gran volumen de la pirámide, que en un gran porcentaje (98 %) está constituida por una estructura maciza, completamente cubierta de grandes masas de piedra. Pese a esto, muchos «cazadores de misterios» siguen insistiendo en la existencia de complejas galerías y pasadizos secretos colocados entre los bloques. Sin embargo, a día de hoy no se han encontrado dichos pasadizos y galería.
La pirámide de Mikerinos
La más pequeña de las pirámides de Gizeh es la de Mikerinos (de 66 metros de alto y 108 metros de base), considerada ya en el pasado un tanto «extraña».
Esto escribía el viajero iraquí Abdul Latif en el siglo XII: «La tercera, de una cuarta parte menor que las otras, es de granito rojo salpicado de puntos y de tal dureza que el hierro emplea un tiempo bastante largo, y con dificultad, en dejar una marca. La última parece pequeña si se compara con las otras dos, pero vista a corta distancia y sin ellas, provoca en la mente una extraña opresión y no se puede admirar sin que afecte desagradablemente a la vista».
Evidentemente, siglos de fascinación y descripciones han dejado abierta la puerta al misterio y las fantasías, y han envuelto a las pirámides de Gizeh de un aura inquietante que atrae y asusta un poco a millones de personas, que llegan a creer que tras esas estructuras imponentes, último vestigio de las siete maravillas del mundo, se esconden secretos desconocidos. Secretos que nos superan y que son resultado de un conocimiento que ni siquiera las ciencias modernas han logrado comprender del todo.

La Esfinge y, al fondo, la pirámide de Kefrén
«Un hombre sabio me preguntó qué cosa, de entre todo lo visto en Egipto, había provocado más que ninguna otra mi admiración, a lo que respondí: “La belleza de las proporciones de la cabeza de la Esfinge”. En efecto, entre las diferentes partes de esta cabeza, la nariz, los ojos y las orejas, por ejemplo, se aprecian las mismas medidas que se observan en las obras de la naturaleza [...]. El escultor ha sido capaz de conservar las proporciones exactas de cada parte, considerando que la naturaleza no le facilitó el modelo de ese coloso o de algo lejanamente similar».
Así lo escribía en el siglo XII el viajero iraquí Abdul Latif, quien, obviamente, no conocía todavía las tesis de los modernos arqueólogos que ven en ese rostro el retrato de Kefrén.
En torno al simbolismo de la Esfinge, como se sabe, siguen debatiendo los estudiosos, aunque el cuerpo de felino y la cara de faraón de esta extraña figura les hacen decantarse por considerarla un símbolo solar.
La inmensa escultura, realizada a partir de un único espolón rocoso de 20 metros de alto y más de 70 de largo, ha resistido los ataques del tiempo y los hombres, pero con alguna herida. Los daños en el rostro se deben a los cañonazos de la artillería mameluca que, en el siglo XVIII, la usaba como diana.
Herodoto, que describió detalladamente las pirámides, no dedicó ni siquiera una frase a la Esfinge. La causa de este silencio se debe principalmente a que, cuando el historiador visitó el lugar, el enigmático monumento estaba completamente enterrado. Cada veinte años aproximadamente, la cavidad en la que se encuentra la Esfinge queda cubierta por la arena, que la esconde por completo a los ojos de los hombres. Una peculiaridad más que forma parte del misterio.