TÍTULO ORIGINAL
Il giardino dei Finzi-Contini
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© de la traducción, 2017 by Juan Antonio Méndez Borra
© de esta edición, 2017 by Quaderns Crema, S.A.
Derechos exclusivos de edición en lengua castellana:
Quaderns Crema, S.A.
ISBN: 978-84-16748-76-1
PRIMERA EDICIÓN DIGITAL
octubre de 2017

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Así fue como renuncié a Micòl.
La noche del día siguiente, cumpliendo la promesa que le había hecho a mi padre, también me abstuve de ir a encontrarme con Malnate. Y al día siguiente, que era viernes, no me presenté en casa de los Finzi-Contini. Así pasó una semana, la primera sin que viese a nadie, ni a Malnate ni a los demás. Por suerte, durante todo este tiempo, nadie me buscó, circunstancia que, seguro, me fue de gran ayuda. De otra manera es probable que no hubiera resistido, que me hubiese dejado atrapar de nuevo.
Al cabo de unos diez días de nuestro último encuentro, hacia el 25 del mes, Malnate me telefoneó. Hasta entonces eso no había sucedido nunca, y dado que no era yo quien había acudido al teléfono, estuve a punto de hacer que le dijeran que no estaba en casa. Pero enseguida me arrepentí. Ya me sentía lo suficientemente fuerte, si no para volverlo a ver, al menos sí para hablar con él.
—¿Estás bien?—empezó—. Me has dejado pero que bien plantado.
—He estado fuera.
—¿Dónde? ¿En Florencia? ¿En Roma?—preguntó no sin un punto de ironía.
—Esta vez un poco más lejos—respondí, inmediatamente arrepentido de la patética frase.
—Bon. No quiero indagar. ¿Quieres que nos veamos?
Dije que aquella noche no podía, pero que al día siguiente pasaría casi seguro por su casa, a la hora de siempre. Pero si veía que tardaba—añadí—que no me esperase. En ese caso nos encontraríamos en Giovanni. ¿No iba a ir a cenar al Giovanni?
—Puede ser—confirmó secamente. Y luego—: ¿Has oído las noticias?
—Sí. Las he oído.
—¡Vaya jaleo! Anda, ven y hablaremos de todo eso.
—Hasta la vista entonces—dije tranquilamente.
—Hasta la vista.
Y colgó.
La noche del día siguiente, en cuanto acabé de cenar, salí con la bicicleta. Después de recorrer toda la Giovecca me detuve a un centenar de metros del restaurante. Lo único que quería era comprobar si Malnate estaba allí. Y de hecho, una vez que hube comprobado que estaba (como de costumbre, estaba sentado a una mesa al aire libre y llevaba puesta encima la eterna sahariana), en lugar de reunirme con él volví atrás, y subí luego a apostarme en la parte superior de uno de los tres puentes levadizos del castillo, precisamente el que estaba frente a Giovanni. Calculaba que de esa manera podría controlarle mucho mejor, sin correr el riesgo de que me viera. Y así fue. Con el pecho apoyado en la esquina de piedra del pretil, lo observé durante un buen rato mientras comía. Miraba hacia allí abajo, a él y al resto de los clientes alineados con el muro que estaba tras ellos, miraba el rápido ir y venir de los camareros con chaqueta blanca entre las mesas y me parecía, colgado en la oscuridad de allí arriba, sobre el agua acristalada del foso, que estaba casi como en un teatro, espectador clandestino de una agradable e insensata representación. Malnate estaba ya comiendo el postre. Picoteaba de mala gana un gran racimo de uvas, grano a grano, y de vez en cuando, como si estuviese seguro de verme llegar, volvía vivamente la cabeza a uno y otro lado. En ese momento, los cristales de sus «gafotas», como las llamaba Micòl, brillaban: palpitantes, nerviosos… Acabada la fruta, llamó con un gesto al camarero, confabulando un instante con él. Creía que había pedido la cuenta; y me preparaba para marcharme cuando vi al camarero que volvía con una tacita de café. Lo bebió de un solo trago. Luego, de los bolsillos superiores de la sahariana, extrajo algo muy pequeño. Era un cuaderno, en el que inmediatamente comenzó a escribir con un lápiz. ¿Qué diablos estaría escribiendo?—sonreí—. ¿Poesías también él? Y ahí lo dejé, inclinado sobre ese cuaderno del que, a espaciados intervalos, levantaba la cabeza para dar un rápido vistazo a un lado y a otro, también hacia lo alto, al cielo estrellado, como buscando inspiración o ideas.
En las noches inmediatamente posteriores insistí en vagabundear sin rumbo por las calles de la ciudad, tomando nota de todo, atraído imparcialmente por todo: por los titulares de los periódicos que tapizaban los kioscos del centro, titulares en grandes caracteres, subrayados con tinta roja; por las fotografías de las películas y de los cuadros de revista de los intermedios expuestas junto a la entrada del cine; por los conciliábulos de los borrachos parados en medio de los callejones de la ciudad vieja; por las matrículas de los automóviles alineados en piazza del Duomo; por los diferentes tipos de personas que salían de los burdeles o que aparecían de uno en uno desde el oscuro entramado de plantas del Montagnone para llegarse a tomar un helado, una cerveza o una gaseosa, al mostrador de zinc del kiosco recientemente instalado en las explanadas de San Tommasso, al final de la Scandiana… Una noche, a las once me encontraba cerca de piazza del Travaglio espiando el interior semioscuro del famoso Caffè Scianghai, frecuentado casi exclusivamente por prostitutas de calle y obreros del no lejano Borgo San Luca; luego, inmediatamente después, en el bastión que domina la plaza, observando una aburrida competición de tiro al blanco que disputaban dos muchachos bajo la dura mirada de la joven toscana admiradora de Malnate.
Permanecía allí, apartado, sin decir nada, sin bajarme siquiera de la bicicleta. Hasta el punto de que en un momento dado la toscana me increpó directamente.
—Eh, jovencito—dijo—. ¿Por qué no se acerca y dispara unos cuantos tiros usted también? Venga, anímese, no tenga miedo. Enséñeles a estos pánfilos lo que sabe hacer.
—No, gracias—respondí.
—No, gracias—repitió la otra—. ¡Dios, qué juventud! ¿Dónde se ha metido su amigo? ¡Ése sí que es un chico como Dios manda! ¿Qué pasa con él? ¿Lo ha enterrado?
Yo callaba y ella se echó a reír.
—¡Pobrecito!—me compadeció—. ¡Hala, a casa pronto! ¡Que si no papá va a quitarse el cinturón! ¡Hala, a dormir!
La noche siguiente, hacia medianoche, sin saber muy bien por qué, sin saber lo que realmente buscaba, estaba en la parte opuesta de la ciudad, pedaleando por el callejón de tierra batida que bordea, liso y sinuoso, el interior de Mura degli Angeli. Había una magnífica luna llena, tan clara y luminosa en el cielo perfectamente sereno que hacía innecesario el uso del faro. Pedaleaba despacio. Tumbados en la hierba, se me aparecían continuamente nuevos amantes. Algunos se agitaban el uno encima del otro medio desnudos. Otros, ya separados, permanecían juntos cogidos de la mano. Algunos más, abrazados pero inmóviles, parecía que durmiesen. Conté más de treinta parejas. Y aunque pasaba lo bastante cerca como para casi rozarlos con la rueda, ninguno dio muestras de advertir mi silenciosa presencia. Me sentía—y era—una especie de fantasma extraño que pasaba por allí, lleno a un tiempo de vida y de muerte, de pasión y de piedad.
Cuando llegué a la altura del Barchetto del Duca, bajé de la bicicleta, la apoyé en el tronco de un árbol y durante unos minutos, vuelto hacia la tranquila y argéntea extensión del jardín, me quedé allí mirando. No pensaba en nada concreto. Miraba, escuchaba el sutil e inmenso griterío de los grillos y de las ranas, yo mismo asombrado por la leve sonrisa confusa que me estiraba los labios. Aquí está, dije en voz baja. No sabía qué hacer, qué había venido a hacer. Me embargaba la vaga sensación de inutilidad que acompaña cualquier conmemoración.
Empecé a recorrer el borde de la pendiente de hierba, con los ojos fijos en la magna domus. En casa de los Finzi-Contini todo estaba apagado, y aunque no podía ver las ventanas de la habitación de Micòl, que daban al mediodía, estaba seguro de que tampoco por ellas se filtraría ninguna luz. Al llegar por fin a dominar desde arriba el punto exacto de la tapia, el «consagrado», como decía Micòl, «au vert paradis des amours enfantines», me asaltó una idea repentina. ¿Y si entrara en el jardín a escondidas, escalando el muro? De niño, en una lejanísima tarde de junio, no me había atrevido a hacerlo, había tenido miedo. Pero ¿ y ahora?
En un instante ya estaba allí abajo, en la base del muro, y volví a encontrar, en la sofocante sombra, el mismo olor a estiércol y ortigas. Pero la pared del muro, no, era diferente. Quizá precisamente porque era diez años más vieja (también yo era diez años más viejo, había crecido en estatura y fuerza), no me pareció ni tan impresionante ni tan inaccesible como la recordaba. Tras un intento fallido, encendí una cerilla. Los asideros seguían allí, los había incluso en abundancia. Allí seguía también el grueso clavo roñoso, sobresaliendo todavía de la pared. Lo alcancé al segundo intento y, aferrándome a él, me resultó bastante fácil llegar hasta arriba.
Una vez sentado encima, con las piernas colgando hacia el otro lado, no tardé en ver que había una escalera de mano apoyada en el muro, justo debajo de mis zapatos. Más que sorprenderme, la circunstancia me pareció divertida. ¡Toma!, murmuré sonriendo, hasta la escalera. Pero antes de usarla me volví hacia Mura degli Angeli. Ahí estaba el árbol y, al pie del árbol, la bicicleta. ¡Cómo no! Era un viejo cacharro que muy difícilmente habría llamado la atención de nadie.
Toqué el suelo. Luego, abandonado el sendero que corría paralelo a la tapia, atravesé el prado salpicado de árboles frutales, con la idea de llegar al camino de acceso en un punto más o menos equidistante de la casa de los Perotti y del puente de vigas sobre el Panfilio. Pisaba la hierba sin hacer ruido, asaltado de vez en cuando por un principio de escrúpulo que, alzando los hombros, acababa eliminando, apenas surgida la preocupación y la ansiedad. ¡Qué hermoso estaba el Barchetto del Duca de noche—pensaba yo—, con cuánta dulzura lo iluminaba la luna! Entre aquellas sombras de leche, en aquel mar de plata, yo no buscaba nada. En el caso de que alguien me sorprendiera dando vueltas por allí, no podría haberme hecho cargo alguno. Más todavía. Al fin y al cabo, hasta tenía algún derecho.
Salí al paseo, atravesé el puente sobre el Panfilo, luego, girando hacia la izquierda, llegué hasta el claro de la pista de tenis. El profesor Ermanno había cumplido su promesa: ya estaban ensanchando el terreno de juego. La red metálica que lo rodeaba, tirada en el suelo, yacía en un confuso amasijo luminiscente a un lado del campo, el opuesto al que normalmente ocupaban los espectadores; el prado estaba como roturado en una franja de al menos tres metros a lo largo de las líneas laterales y de cinco detrás de las del fondo… Alberto estaba enfermo, no le quedaba mucho tiempo de vida. De algún modo, incluso así, de esa manera, había que ocultarle la gravedad de su mal. Perfecto, asentí. Y seguí hacia delante.
Entré en terreno abierto, con intención de hacer un amplio rodeo en torno al claro, y tampoco me sorprendió, en un momento dado, ver cómo avanzaba hacia mí, al trote, desde la Hütte, la silueta familiar de Jor. Lo esperé quieto, y el perro, cuando llegó a una decena de metros de distancia, también se detuvo. ¡Jor!, lo llamé en voz baja. Jor me reconoció. Después de haber impreso a la cola un breve y pacífico movimiento de fiesta, volvió despacio sobre sus propios pasos.
De vez en cuando se volvía, como para asegurarse de que lo seguía. Sin embargo, yo no lo seguía; mejor dicho, aunque me aproximaba cada vez más a la Hütte, no me separaba de la orilla externa del claro. Andaba a unos veinte metros de la curva hilera de los árboles—grandes y oscuros—de aquella zona del jardín, con el rostro vuelto siempre hacia la izquierda. Ahora tenía la luna a mis espaldas. El claro, la pista de tenis, el ciego espolón de la magna domus y luego, al fondo, alzándose sobre las frondosas cimas de los manzanos, de las higueras, de los perales, de los ciruelos, la explanada de Mura degli Angeli. Todo aparecía claro, como en relieve, mejor a esta luz que a la del día.
Andando así, de pronto me di cuenta de que me encontraba a pocos pasos de la Hütte: no frente a ella, sino más bien en el lado que miraba hacia la pista de tenis, pero detrás, entre los troncos de los jóvenes abetos y los alerces que estaban a su lado. Allí me detuve. Me quedé mirando fijamente la negra, tenebrosa forma a contraluz de la Hütte. Repentinamente inseguro, no sabía adónde ir ni hacia dónde dirigirme.
—¿Qué hago?—decía mientras a media voz—. ¿Qué hago?
No dejaba de mirar hacia la Hütte. Y ahora pensaba—sin que siquiera se acelerase mi corazón al pensarlo, indiferente a la idea, como el agua estancada atravesada por la luz—que sí, que si después de todo era aquí, a encontrarse con Micòl, adonde venía Giampi Malnate todas las noches después de dejarme en el umbral de la puerta de mi casa (¿y por qué no? ¿No era acaso ésa la razón por la que, antes de salir conmigo a cenar, se afeitaba tan cuidadosamente?), pues bien, el vestuario del tenis habría sido, para ellos, un refugio sin duda magnífico, el más adecuado.
Pues claro, seguía razonando tranquilamente en una especie de rápido susurro interior. Claro que sí. Lo que hacía era salir a pasear conmigo sólo para hacer tiempo y luego, una vez que, digamos, me había metido en la cama, corría pedaleando a toda velocidad para estar con ella, que ya lo esperaba en el jardín… Claro que sí. ¡Qué bien entendía ahora aquel gesto suyo en el burdel de via delle Volte! Ya me dirás. Haciendo el amor todas las noches, o casi todas, no tarda uno en echar de menos a mamá, el cielo de Lombardía, etcétera. ¿Y la escalera contra la tapia? Micòl era la única capaz de haberla puesto allí, en aquel sitio.
Estaba lúcido, sereno, tranquilo. Ahora todo cuadraba. Cada pieza encajaba al milímetro como en un rompecabezas.
Micòl, seguro. Con Giampi Malnate. Con el íntimo amigo del hermano enfermo. A escondidas del hermano y del resto de la casa, padres, parientes, criados, y siempre por la noche. Normalmente en la Hütte, pero a veces, quizá, arriba, en el dormitorio, en la habitación de los làttimi. ¿Realmente a escondidas? ¿O, por el contrario, los demás, como siempre, fingían no ver, miraban para otro lado, quizá, en el fondo, hasta lo fomentaban, al ser en definitiva humano y justo que una muchacha de veintitrés años, si no quiere o no puede casarse, disponga de todo aquello que la naturaleza exige? En la casa, fingían no ver, incluso, la enfermedad de Alberto. Era su sistema.
Agucé el oído. Absoluto silencio.
¿Y Jor? ¿Dónde se había metido Jor?
Di algunos pasos de puntillas hacia la Hütte.
—¡Jor!—llamé, fuerte.
En ese momento, a modo de respuesta, llegó desde muy lejos, a través del aire de la noche, un sonido débil, triste, casi humano. Lo reconocí enseguida: era el sonido de la vieja y querida voz del reloj de la plaza, que daba entonces las horas y los cuartos. ¿Y qué decía? Decía que una vez más se me había hecho muy tarde, que era tonto y perverso por mi parte seguir torturando así a mi padre, que también esa noche, preocupado porque no había vuelto a casa, probablemente no lograba conciliar el sueño, y, en fin, que ya era hora de serenar mi alma. De verdad. Para siempre.
Qué hermosa novela, dije sonriendo con malicia, negando con la cabeza como ante un niño incorregible.
Y dando la espalda a la Hütte, me alejé entre las plantas del lado opuesto.
Aquí termina mi historia con Micòl Finzi-Contini. Así que está bien que aquí concluya mi narración, pues todo lo que pudiera añadir ya no se referiría a ella sino, en todo caso, a mí mismo.
Al principio ya dije la suerte que corrieron ella y los suyos.
Alberto murió de linfogranuloma maligno, antes que los demás, en 1942, después de una larguísima agonía por la que, a pesar de la profunda brecha excavada entre la ciudadanía por las leyes raciales, se interesó de lejos toda Ferrara. Se asfixiaba. Para respirar necesitaba oxígeno, en cantidades cada vez mayores. Y dado que en la ciudad, a causa de la guerra, escaseaban las bombonas, en los últimos tiempos la familia había llevado a cabo un auténtico acopio por toda la región, mandando a gente a comprarlas en Bolonia, en Rávena, en Rímini, en Parma, en Plasencia…
Todos los demás fueron capturados por los repubblichini en septiembre de 1943. Después de una breve estancia en la cárcel de via Piangipane, en noviembre se los llevaron al campo de concentración de Fòssoli, cerca de Carpi, y de allí a Alemania. Por lo que a mí respecta, debo decir que durante los cuatro años transcurridos entre el verano de 1939 y el otoño de 1943 no volví a ver a ninguno de ellos. Tampoco a Micòl. En los funerales de Alberto, tras los cristales del viejo Dilambda, ahora adaptado para funcionar con gas metano, que seguía la comitiva a paso de hombre y que luego, apenas hubo traspasado la entrada del cementerio al final de via Montebello, volvió inmediatamente hacia atrás, me pareció distinguir por un instante el rubio ceniciento de sus cabellos. Eso es todo. Incluso en una ciudad tan pequeña como Ferrara se consigue perfectamente, si uno quiere, desaparecer durante años los unos para otros, convivir juntos como muertos.
Por lo que se refiere a Malnate, al que habían llamado a Milán a finales de noviembre de 1939 (me había buscado inútilmente por teléfono en septiembre, incluso llegó a escribirme una carta…), tampoco a él volví a verlo después de agosto de aquel año. Pobre Giampi. Él creía en un futuro lombardo y comunista que le sonreía, entonces, más allá de la oscuridad de la guerra inminente: un futuro lejano—admitía—, pero seguro, infalible. Pero ¿qué sabe realmente el corazón? Cuando pienso en él, que partió en 1941 hacia el frente ruso con el CSIR, del que nunca regresó, siempre me viene a la cabeza el modo en que reaccionaba Micòl cada vez que él, entre un partido de tenis y otro, empezaba a «catequizarnos». Él hablaba con su voz tranquila, baja y zumbante. Pero Micòl, a diferencia de mí, nunca le hacía mucho caso. No paraba de reírse, de chincharlo, de tomarle el pelo.
Pero tú, en realidad, ¿con quién vas? ¿Con los fascistas?, recuerdo que él le preguntó un día, sacudiendo su gruesa cabeza sudada. No entendía.
¿Qué hubo, en fin, entre ellos dos? ¿Nada? Quién sabe.
La verdad es que casi como un presagio de su próximo final, el suyo propio y el de todos los suyos, Micòl no dejaba de repetir a Malnate que a ella le importaba un bledo su futuro democrático y social, que aborrecía el futuro en sí, y que a ese futuro ella prefería con mucho le vierge, le vivace et le bel aujourd’hui y el pasado, todavía más, «el querido, el dulce, el pío pasado».
Y como no se trataba, lo sé, más que de palabras, las palabras engañosas y desesperadas de siempre que sólo un auténtico beso habría podido impedirle proferir, con ellas, precisamente, y no con otras, permanezca sellado aquí lo poco que el corazón ha sabido recordar.
La tumba era grande, maciza, imponente de verdad: una especie de templo entre oriental y antiguo, como los que podían verse en las escenografías de Aida o de Nabucco, tan de moda en nuestros teatros de ópera hasta hace bien poco. En cualquier otro cementerio, incluido el antiguo camposanto municipal, un mausoleo de tales pretensiones no habría asombrado a nadie; más aún, confundido entre tantos otros, quizá hasta habría pasado desapercibido; pero en el nuestro era el único, de manera que aunque se alzaba bastante lejos de la verja de entrada, al fondo de un campo abandonado en el que hacía ya más de medio siglo que no se enterraba a nadie, destacaba, saltaba inmediatamente a la vista.
El que había encargado la construcción a un conocido profesor de arquitectura, responsable de muchos otros desaguisados contemporáneos en la ciudad, resultó ser Moisè Finzi-Contini, bisabuelo paterno de Alberto y Micòl, muerto en 1863, poco después de la anexión de los territorios de los Estados Pontificios al Reino de Italia y la consiguiente y definitiva abolición, también en Ferrara, del gueto judío. Gran terrateniente, «reformador de la agricultura ferraresa»—como se leía en la lápida que la Comunidad, con objeto de perpetuar sus méritos de «italiano y judío», había hecho fijar en el tercer rellano de las escaleras del templo de via Mazzini—, pero, obviamente, de gusto artístico no muy refinado, una vez tomada la decisión de construir una tumba sibi et suis, tendría que haberse quitado de en medio. La época parecía buena, próspera: todo invitaba a la esperanza y al atrevimiento sin trabas. Arrastrado por la euforia de la lograda igualdad civil, la misma que de joven, en la época de la República Cisalpina, le había permitido hacerse con las primeras mil hectáreas de terreno saneado de los pantanos, era comprensible que el rígido patriarca, en tan solemne ocasión, se animara a no reparar en gastos. Es muy probable que al conocido profesor de arquitectura se le hubiera dado carta blanca, y con tanto mármol de semejante calidad a su disposición, blanco de Carrara, rosa carne de Verona, gris de veta negra, mármol amarillo, mármol azul, mármol verdoso, evidentemente, había acabado por perder la cabeza.
El resultado de todo aquello había sido un increíble pastel donde convergían ecos arquitectónicos del mausoleo de Teodorico de Rávena, de los templos egipcios de Luxor, del barroco romano y, como evidenciaban las macizas columnas del peristilo, hasta de la Grecia arcaica de Cnosos. Valía todo. Poco a poco, año tras año, el tiempo, que a su manera siempre lo repara todo, se había bastado él solo para armonizar aquella inverosímil mezcla de estilos. Moisè Finzi-Contini, «austero temple de trabajador infatigable», había fallecido en 1863. Su mujer, Allegrina Camaioli, «ángel de la casa», en 1875. En 1877, su único hijo, todavía joven, el doctor ingeniero Menotti, seguido, a veinte años de distancia, es decir, en 1898, por su consorte Josette, hija de los barones de Artom de la rama de Treviso. Después de lo cual, el mantenimiento de la capilla, que hasta 1914 sólo había acogido a otro miembro de la familia, a Guido, un niño de seis años, había caído poco a poco en manos cada vez menos preocupadas por la limpieza, el mantenimiento y las necesarias reparaciones de los desperfectos y, sobre todo, por oponerse al paso del tenaz asedio de la vegetación del entorno. A los matojos de hierba, una hierba oscura, casi negra, de aspecto poco menos que metálico, así como a los helechos, las ortigas, cardos y amapolas, se les había permitido avanzar e invadir todo con creciente libertad. De modo que en 1824, en 1825, al cabo de unos sesenta años de su inauguración, cuando de niño tuve ocasión de verla por primera vez, la capilla funeraria de los Finzi-Contini («Un auténtico horror», como nunca dejó de calificarla mi madre, que me llevaba de la mano) ya estaba más o menos como está ahora, mucho tiempo después de que nadie se ocupe directamente de ella. Medio hundida en la vegetación silvestre, con las superficies de sus mármoles policromados, en su origen lisos y brillantes, convertidas en opacas por la acumulación de polvo ceniciento, deteriorado el techo y los escalones exteriores por obra de heladas y solaneras, ya entonces se había transformado en algo rico y maravilloso, como cualquier objeto sumergido durante mucho tiempo.
Quién sabe cómo y por qué nace una vocación por la soledad. Se da el caso de que el mismo aislamiento, la misma separación con la que los Finzi-Contini habían envuelto a sus muertos rodeaba también la otra casa que poseían, la que se alzaba al final de corso Ercole I d’Este, calle de Ferrara que ya habían inmortalizado Giosuè Carducci y Gabriele D’Annunzio, tan conocida por los enamorados del arte y de la poesía del mundo entero que cualquier descripción que se hiciera de ella no podría sino resultar superflua. Como todo el mundo sabe, estamos justo en el corazón de esa parte norte de la ciudad añadida durante el Renacimiento al angosto burgo medieval y que por eso, precisamente, se llama Addizione Erculea. Amplio, recto como una espada desde el castillo a Mura degli Angeli, flanqueado en todo su recorrido por oscuras moles de mansiones nobles, con su lejano y sublime fondo de rojo ladrillo, verde vegetal y cielo, que parece realmente llevarte hasta el infinito: corso Ercole I d’Este es tan bello, es tal su reclamo turístico, que la administración socialcomunista, responsable del ayuntamiento de Ferrara desde hace más de quince años, se ha dado cuenta de la necesidad de no tocarlo, de defenderlo con todo rigor de cualquier especulación urbanística o comercial, es decir, de conservar íntegro su carácter aristocrático.
La calle es célebre. Y, además, sigue esencialmente intacta.
Sin embargo, por lo que se refiere a la casa de los Finzi-Contini en particular, aunque hoy se acceda a ella desde corso Ercole I—salvo que, para llegar, hay que recorrer más de medio kilómetro suplementario a través de un inmenso solar escasamente o nada cultivado—, aunque todavía incorpora las ruinas históricas de un edificio del siglo XVI, en su momento residencia o finca de recreo de la familia de los Este, adquiridas por el mismo Moisè en 1850, y que más tarde, a fuerza de adaptaciones y sucesivas restauraciones, fueron transformadas por los herederos en una especie de artificioso neogótico, al estilo inglés, a pesar de tantos motivos de interés, ¿quién sabe nada de ella—me pregunto—, quién la recuerda? La guía del Touring Club no la menciona, lo que explicaría a los turistas de paso, pero es que en la misma Ferrara ni siquiera los escasos judíos que siguen formando parte de la cada vez más lánguida comunidad israelita parece que la recuerden.
La guía del Touring Club no dice nada de ella, y eso está mal, por supuesto. Pero vamos a ser justos: el jardín o, para ser más precisos, el extenso parque que circundaba la casa de los Finzi-Contini antes de la guerra y que ocupaba unas diez hectáreas hasta llegar debajo de Mura degli Angeli por un lado, y, por otro, hasta la Barriera di Porta San Benedetto, y representaba de por sí algo raro, excepcional (las guías del Touring Club de los primeros años del siglo XX nunca dejaron de hacerlo constar, con un tono curioso, entre lírico y mundano), hoy literalmente no existe. Todos los grandes árboles de grueso tronco, tilos, olmos, hayas, chopos, plátanos, castaños, pinos, abetos, alerces, cedros, cipreses, robles, encinas y hasta palmeras y eucaliptos, hechos plantar a cientos por Josette Artom durante los dos últimos años de guerra, fueron talados para hacer leña y el terreno ha vuelto a ser, desde hace ya mucho, lo mismo que era cuando Moisè Finzi-Contini se lo compró a los marqueses de Avogli: uno de esos enormes huertos que existen intramuros de la ciudad.
Quedaría la casa propiamente dicha. Y aquel gran edificio tan particular, muy dañado por un bombardeo en 1944, actualmente sigue ocupado por medio centenar de familias de refugiados, pertenecientes a ese mísero subproletariado urbano, no muy distinto de la chusma de los suburbios romanos, que continúan hacinándose fundamentalmente en los corredores del caserón de via Mortara. Gente malencarada, salvaje, de mal humor (hace unos meses supe que recibieron a pedradas al inspector municipal de Salud Pública, que había acudido en bicicleta para llevar a cabo una visita), que, con objeto de desanimar cualquier eventual proyecto de desahucio por parte de la Dirección General de Patrimonio de Emilia-Romaña, parece que tuvieron la feliz idea de raspar las paredes para eliminar así los últimos vestigios de antiguas pinturas.
Así que, ¿para qué poner a los pobres turistas en peligro?—imagino que se preguntaron los redactores de la guía del Touring Club—.Y, en definitiva, ¿para ver qué?