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PLENAMENTE TÚ
Copyright © 2017 KAKADU
Todos los derechos reservados.
Tapa blanda ISBN-978-1-63582-021-8
Diseñado por Madeline Harris
Esta edición es publicada exclusivamente para Dynamic Catholic y no para reventa.
La primera impresión, octubre 2017
Impreso en los Estados Unidos de América
Contenidos
 
UNO: ¿ESTÁS AVANZANDO?
Un momento de sinceridad
Simplemente sé tú mismo
Mejor, no el mejor
¿Qué es lo tuyo?
Patrones de derrota
La fuerza que surge del progreso
Cada día hacemos algo por primera vez
Aplicando la primera lección: CELEBRA TU PROGRESO
DOS: PERFECTAMENTE IMPERFECTO
Todo comienza con una mentira
Sólo una cosa se te ha pedido
Nuestro deseo de complacer
¿Eres feliz?
Una oportunidad de un cambio radical
Del desconcierto a la claridad
Aplicando la segunda lección: SIMPLEMENTE HAZ LO CORRECTO Y HAZLO AHORA
TRES: MIRANDO HACIA EL FUTURO
¿Puedes ver el futuro?
Una mejor vida, un mejor futuro
¿Qué te inspira respeto?
¿Eres digno de confianza?
El enemigo del carácter
Creciendo en virtud
No existen actos personales
Primero, el carácter
Aplicando la tercera lección: PRIMERO, EL CARÁCTER
CUATRO: 86 400 HORAS
Tendencias en el mundo laboral
Satisfacción en el trabajo
El sentido del trabajo
Dos fábulas
Descubre lo que te apasiona
Primeros pasos
Aplicando la cuarta lección: DESCUBRE LO QUE TE APASIONA Y HAZLO
CINCO: ¿EN QUÉ CREES?
Más allá de una vida dividida
Nuestra auténtica voz interior
Unidad de vida
El problema no es lo que no crees
Aplicando la quinta lección: VIVE LO QUE CREES
SEIS: MÁS ALLÁ DE LA SATISFACCIÓN MOMENTÁNEA
El mito sobre la felicidad
¿Cuánto duras sin perder los estribos?
El tirano moderno
El poder del impulso
Un camino hacia el dominio propio
Aplicando la sexta lección: SÉ DISCIPLINADO
SIETE: ALIVIA TU CARGA
¿Por qué complicamos las cosas?
La toma de decisiones
El arte de administrar el tiempo
Dinero y posesiones
Primeros pasos prácticos
Aplicando la séptima lección: SIMPLIFICA
OCHO: ¿CUÁL ES TU MISIÓN?
En busca de tu misión
En busca de ti mismo
Adquiere una sana autoestima
Aplicando la octava lección: ESTÁS DONDE ESTÁS CON UN PROPÓSITO. ENFÓCATE EN ÉL.
NUEVE: ¿POR QUÉ PREOCUPARSE?
¿De qué nos preocupamos?
Este es el problema
Hazte cargo del presente, crea el futuro
El reloj de la oportunidad
Aplicando la novena lección: BUSCA PACIENTEMENTE LO BUENO EN TODOS Y EN TODO
EPÍLOGO: EN CASA
POR DÉCADAS NOS HAN DICHO QUE VIVIMOS EN una sociedad de consumo. Creo que la mayoría de las personas concuerdan con esta afirmación; sin embargo, yo me planteo algunas preguntas. ¿Somos aún los consumidores o estamos siendo consumidos? ¿Hemos perdido algo de nosotros mismos en este consumismo desenfrenado? ¿Y tenemos posibilidades de recobrarlo?
Miro a mi alrededor y parece que todo tiene una marca. En efecto, la proliferación de las marcas ha envuelto nuestra sociedad y ha tenido un impacto importante en nuestra psique. De nuevo me pregunto: ¿Al principio, en qué se usaban las marcas? En ganado. ¿Y qué simbolizaban? Simbolizaban pertenencia. ¿Y cuál fue el siguiente uso que se le dio a las marcas? En esclavos. ¿Y qué representaba? Pertenencia. ¿Poseemos marcas o las marcas nos poseen? ¿Somos aún los consumidores, o estamos siendo consumidos?
Los sueños que Dios tiene para ti y para mí van mucho más allá de lo que el mundo nos ofrece. El nos hizo a todos y a cada uno de nosotros de forma maravillosa, con una identidad única, y Él quiere que nos entreguemos de lleno a descubrir, a hacer realidad y a celebrar todo aquello que responde al plan que Él tiene para nosotros: ser la mejor versión de nosotros mismos.
Aun cuando nos sentimos orgullosos de nuestra individualidad y de nuestra independencia, parecemos estar cautivados por la idea de pertenecer al grupo, de encajar. Reconocemos que hasta cierto punto, la necesidad de sentirnos integrados y aceptados es natural y normal; sin embargo, el problema ocurre si a costa de ésta, perdemos nuestra identidad como seres maravillosos e irrepetibles.
Intentemos descubrir una vez más que significa ser plenamente nosotros mismos.
Uno
 
¿Estás avanzando?
Nuestras diferencias como individuos son fascinantes y maravillosas, y este libro trata precisamente de explorar y celebrar aquello que nos hace únicos. Sin embargo, quisiera empezar por identificar el motor que impulsa nuestro deseo de llegar a ser nosotros mismos de forma plena. Durante los últimos veinticinco años, a través de mi trabajo con millones de personas, con frecuencia me he quedado estupefacto ante la maravillosa e irrepetible identidad que Dios nos ha dado como individuos, pero también me ha intrigado las sorprendentes similitudes que existen entre hombres y mujeres de todas las edades y culturas, de todas las naciones y credos. La mayor de estas similitudes es la que llamo “hambre”, un anhelo común en los corazones de las personas por algo más o por algo que se ha perdido, un ansia que parece ser más fuerte y más profunda con cada día que pasa.
Algunas personas asocian este hambre con un deseo de más dinero o más sexo. Otros responden buscando la pareja perfecta, creyendo que esa única persona apaciguará su anhelo de una vez por todas. Otros acaparan posesiones y acumulan poder en un intento por apaciguar el hambre. Sin embargo este anhelo parece insaciable, inextinguible. Hay algunos que asocian el hambre con una necesidad de mayor satisfacción a nivel laboral. Otros perciben que algo no está bien y sin dar en el clavo, emprenden viajes con la esperanza de descubrir algo acerca de sí mismos.
Tarde o temprano este hambre lleva a la mayoría de las personas a pensar en su desarrollo personal. Algunos prestan atención a su salud y bienestar, otros se concentran en ganar independencia financiera, otros en mejorar una relación, y otros se enfocan en la espiritualidad.
El hambre es en realidad un deseo de conexión y unión con Dios. También se manifiesta en un deseo de ser tú mismo de una forma más plena, porque cada paso hacia una mejor versión de ti mismo es un paso hacia Dios. Puede expresarse de mil maneras, pero todos nacemos con un deseo singular de sentirnos a gusto con nuestra propia identidad. Independientemente del área de desarrollo personal en que escojas enfocarte en este momento de tu vida, hay ciertas etapas y obstáculos que nos son comunes a todos. Todos ellos comparten una psicología común de cambio. Mediante este libro entenderemos las dinámicas de cambio, el cambio que todos deseamos pero que con frecuencia nos elude.
Tratar de perder peso es el ejemplo perfecto.
Cada año, en enero, se publican un montón de libros nuevos de dietas. Muchas personas ganan peso durante las fiestas, y las editoriales saben que en el Año Nuevo decidiremos adelgazar. Uno de estos libros sale al mercado y llega a ocupar la cima de los libros más vendidos. Todos hablan del libro y la dieta se presenta como milagrosa. La gente delira y lo compra en bandada, como que sólo por el simple hecho de leerlo, el peso va a caer de sus cuerpos con tanta facilidad como que si fueran gotas de sudor.
La verdad es que tú y yo sabemos que hace doce meses estaban hablando de otro libro de la misma forma. Y el año entrante, habrá nuevos libros de dieta, también de gran impacto. Los directores de las casas editoriales de todo Manhattan están sentados en sus escritorios en este preciso instante tratando de determinar cuál será el próximo libro de dietas que será aclamado.
Las personas parecen estar obsesionadas con el peso, y aun así los estadounidenses nos estamos haciendo más y más obesos con cada año que pasa. ¿Es sólo mi impresión o en efecto hay aquí una enorme desconexión?
Este libro trata precisamente de esa desconexión. Independientemente de qué área de tu vida te gustaría transformar, quiero mostrarte como cerramos la brecha entre nuestro deseo de cambio y la posibilidad de crear un cambio permanente y real en nuestras vidas.
UN MOMENTO DE SINCERIDAD
De vez en cuando veo en mis amigos cierta expresión en sus rostros y sé precisamente lo que están a punto de decirme: “Matthew, ¡sé honesto contigo mismo!” La verdad, me encanta escucharlo. No lo dicen frecuentemente, así que cuando sucede, realmente me quieren dar a entender algo.
Creo que todos necesitamos periódicamente momentos de honestidad. Los necesitamos como individuos, como pareja, en las familias y en las naciones. En el área de desarrollo personal, necesitamos desesperadamente momentos de sinceridad. Necesitamos ser honestos con nosotros mismos.
La verdad es ésta: las dietas no fallan. Nosotros fallamos al hacer dieta. Los planes de ahorro no fallan. Nosotros fallamos en nuestro intento de ahorrar. Las rutinas de ejercicio no fallan. Nosotros fallamos en nuestro compromiso de ejercitarnos. Las relaciones no fallan. Nosotros fallamos al relacionarnos.
Esto suena crudo, pero hasta que aceptemos esta dura realidad, no podremos plantearnos con la seriedad del caso esas preguntas importantes que surgen en nuestra mente: ¿Por qué fracasamos cada vez que nos ponemos a dieta? ¿Por qué no puedo sujetarme a mi presupues-to y a mi plan de ahorro? ¿Por qué no soy constante en mi compromiso de ejercitarme? ¿Por qué mantengo relaciones intermitentes en las que me involucro y me desconecto con frecuencia? Y así sucesivamente.
Una vez que comenzamos a hacernos estas difíciles preguntas, descubrimos otra verdad fundamental respecto a todo el proceso de cambio. La gente no fracasa porque quiere fracasar. Las personas no se ponen a dieta para ganar peso, ni se casan para divorciarse. Tampoco se mete la gente al gimnasio, firmando un contrato de dos años para dejar de ir tres meses después.
Ya sea que nos refiramos al área de la salud y del bienestar, de las relaciones, de las finanzas, de la carrera profesional o de la espiritualidad, las personas quieren mejorar.
Tenemos un enorme deseo de ser mejores, de cambiar y de crecer a nivel personal. Entonces, ¿por qué no lo hacemos?, me preguntas. ¿Cuál es el problema? ¿Cuál es la razón por la cual muchos de nosotros no podemos transformar nuestras resoluciones en hábitos?
Este libro nos enseña una nueva manera de hacerlo.
La mayoría de nosotros fallamos en lograr un cambio real y sostenible en nuestras vidas porque nos enfocamos demasiado en el resultado final que deseamos pero no lo suficiente en el progreso que hacemos. Esto es vital, pues dicho avance nos motiva a perseverar en el logro de nuestros sueños y de nuestras metas. Si perdemos de vista nuestro progreso, es fácil desmotivarnos, y precisamente esa desmotivación es la que refuerza nuestros viejos hábitos derrotistas y nuestros comportamientos autodestructivos.
SIMPLEMENTE SÉ TÚ MISMO
Desde antes del comienzo de los tiempos, cuando eras simplemente un sueño, Dios, que es amor, ya tenía un propósito para ti. Fuiste creado deliberadamente y con una intención; por tanto estás aquí en este momento preciso para llegar a ser la mejor versión de ti mismo—no para ser una pobre imitación de tus padres, de tus amigos, de tus hermanos o de tus colegas—sino plenamente tú (cfr. Salmo 139:13–18).
La vida no consiste en hacer y tener, sino en llegar a ser.
¿Podrías tener un mejor sueño para tus hijos que desear que lleguen a ser la mejor versión de ellos mismos? Podrías tener un mejor sueño para tu cónyuge que desear que llegue a ser la mejor versión de sí mismo(a)? Este es el sueño supremo—y cuando nuestra atención se centra en vivir este sueño, nuestras vidas rebosan de energía, entusiasmo, pasión, propósito y una dicha real y perdurable. Este sueño es dado por Dios. Es el sueño que Él tiene para tu vida y ya es hora de empezar a vivir este sueño.
Cuando gozamos de buena salud en un sentido integral o en un aspecto particular de nuestra vida, nos sentimos motivados e impulsados por el sueño que Dios tiene para nosotros, de que lleguemos a ser la mejor versión de nosotros mismos. ¿Por qué existen tantos programas y productos orientados a ayudar a la gente a transformar diferentes áreas de sus vidas? Porque existe una enorme demanda. Los mercadotécnicos saben que la gente tiene un deseo insaciable de mejorar. Este deseo es totalmente sano. Desafortunadamente muchos de estos programas y productos se divorcian de Dios y por tanto pierden su conexión con la gracia, y no hay ningún cambio grandioso que ocurra sin ella.
No obstante, cuando carecemos de salud emocional, tendemos a renunciar a nuestra propia identidad y pasamos comparándonos, deseando parecernos más a alguien o ser alguien más. Este patrón se hace más notable en la adolescencia, una etapa en la cual comúnmente se tiene que lidiar con asuntos de identidad. Sin embargo muchos de nosotros desarrollamos un desprecio permanente por nosotros mismos (o por ciertos aspectos de nosotros mismos) durante esta etapa de nuestro desarrollo. Este menosprecio sofoca nuestros sueños.
La única respuesta que Dios espera de ti es que te esfuerces en llegar a ser todo de lo que eres capaz, viviendo así el sueño que Él tiene para ti. Lo único que nos debe pesar es abandonar nuestro verdadero ser. ¿Valoras quien eres o aún estás tratando de ser la persona que crees que otros esperan de ti o la que a otros les gustaría que fueras?
Ahora es el momento. No habrá nunca un mejor momento para comenzar. Es el momento de deshacernos de las capas de condicionamientos y expectativas que se han incrustado en tu corazón y en tu mente.
El primer paso para llegar a ser plenamente tú, es reconocer tus imperfecciones. Te puede sonar irónico, o aun paradójico, pero la vida frecuentemente se presenta así. Hacer las paces con tus imperfecciones es una parte vital de encontrarte con la plenitud de tu ser, así como lo es el esforzarte por mejorar aquellos aspectos de tu carácter que se han distorsionado por experiencias pasadas o por costumbre. Es esencial para nuestra salud mental, corporal y espiritual que reconozcamos que lo que comúnmente consideramos como imperfecciones nuestras son de hecho parte de nuestra perfección.
El reto es discernir cuales de tus imperfecciones son parte integral de tu ser y cuales son una distorsión de tu verdadero ser. Hay una línea muy fina, y generalmente borrosa, que separa estas dos realidades.
Una mujer con un carácter muy jovial no debería cambiar simplemente porque a otras personas les choca. Su carácter es parte de la mejor y más auténtica expresión de su ser.
Puede ser que no seas una persona detallista. Esto no es necesariamente un defecto. Podría ser parte de quien eres. No todo el mundo tiene que ser detallista. Sin embargo, esto no te da autorización para ser descuidado con tus compromisos. Hasta cierto punto, tienes la capacidad de mejorar tu habilidad para manejar detalles, pero no deberías aceptar un trabajo que requiera constantemente estar al tanto de los pormenores. De la misma forma, sería recomendable que te rodearas de personas que se distingan por su nivel de atención y precisión respecto a los detalles.
De forma similar, puede ser que tu hija no sobresalga en matemáticas. Su mente podría estar configurada para destacarse en otras áreas. Es perfectamente posible que su mejor versión como persona misma no conlleve el ser diestra en matemáticas. Claramente, es necesario tener un cierto nivel de conocimiento práctico en esta área, pero es importante no presionarla para que alcance niveles magistrales en este campo.
Por otro lado si un hombre es rudo e impaciente, no es porque esas características son una manifestación de su verdadero ser, sino que son una expresión de ciertos comportamientos que ha venido practicando. Las tendencias y los talentos de la personalidad deben aceptarse, pero los defectos del carácter deben desafiarse siempre. Dios nos ama tal y como somos—pero precisamente nos ama demasiado como para seguir siendo de esa manera.
De forma consciente, inconsciente o semiconsciente, todos estamos absortos en el intento de llegar a la esencia de nuestro ser y de expresar esa esencia más plenamente. Piensa, sin embargo, en lo siguiente: un árbol no intenta que todas sus ramas crezcan de forma recta. El árbol es perfecto en su imperfección, es perfectamente imperfecto; y aun así crece y cambia con el pasar del tiempo.
La respuesta, para ti y para mí, es tratar de vivir en ese delicado balance de esforzarnos por mejorar nuestro carácter mientras apreciamos y valoramos la personalidad y los talentos que Dios nos ha dado de forma única e irrepetible. Si te inclinas demasiado hacia un lado, sofocarías y reprimirías tu exquisita personalidad. Si te inclinas demasiado hacia el otro, abandonarías el carácter que es la fuente de la dignidad y del respeto a uno mismo.
No podemos precipitarnos en conseguir este delicado equilibrio. Si lo hacemos así, se pierde tan pronto lo encontramos y nos vemos de nuevo buscándolo. Sin embargo, cuando miramos atrás y recordamos los eventos de un día o de una semana en particular, podemos identificar algunos momentos en que con toda honestidad y humildad podemos decir: “¡En ese momento, yo realmente fui la mejor persona que podía ser!” Tenemos que aprender a reconocer esos momentos, entender sus secretos, celebrarlos y duplicarlos. Esos momentos nos ayudarán a encontrar ese equilibrio entre el aceptarnos como somos y por lo que somos y el retarnos a alcanzar todo de lo que somos capaces, moviéndonos de la misma forma con que alguien se aproxima a un animal brioso: pausada y calmadamente.
Tenía un amigo y mentor que me solía decir dos cosas frecuentemente: “Sé afable contigo mismo” y “Todas las cosas grandiosas sólo pueden lograrse con un corazón apacible”. Esta gran alma ya no me acompaña más en esta vida, pero sus palabras perduran. El tratarnos a nosotros mismos con benignidad precede siempre a todo crecimiento genuino y duradero. Y además, un corazón sosegado es un signo de que confiamos que estamos precisamente donde estamos ahora por alguna razón.
MEJOR, NO EL MEJOR
La idea de ser benévolos con nosotros mismos y el rol del avance personal colisionaron poderosamente una tarde de verano cuando un amigo compartió su perspectiva respecto a una de las premisas centrales que he venido transmitiendo. Rick y yo nos hicimos amigos hace algunos años, cuando él y su esposa asistieron a uno de mis seminarios en Italia. Él tiene un fascinante sentido del humor y posee una curiosidad extraordinaria y un sano escepticismo, y yo encuentro su compañía energizante.
Ese verano él y su hijo estaban sentados conmigo en uno de mis seminarios. Estábamos bromeando un poco, y su hijo estaba imitando a quienquiera que mencionábamos. Nosotros nos estábamos poniendo al día y él me estaba contando de su trabajo en la China y cuánto este país ha cambiado en los últimos diez años. Nuestra conversación cambió de curso y comenzamos a hablar de mi trabajo. Dijo entonces algo que me conmovió y que me dejó pensando. En una sola frase, él fue capaz de expresar algo que siempre he percibido de varias personas en la audiencia pero que nunca había podido articular o inclusive identificar: “Matthew, creo que tu idea de llegar a ser la mejor versión de ti mismo es fantástica. Clarifica tantas cosas en nuestro diario vivir, desde la toma de pequeñas decisiones hasta la elección de alternativas que tienen la capacidad de transformar nuestra vida; sin embargo, algunas personas simplemente no tienen noción de lo que quieres decir con la mejor versión de sí mismos. Ellos necesitan que simplemente les hables de una mejor versión de sí mismos.”
Lo vi. Al instante.
Por más de una década, le he estado hablando a las personas acerca de nuestra capacidad de llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos, dándoles ejemplos de cómo mejorar en el ámbito físico, emocional, intelectual y espiritual. Las audiencias han respondido muy bien a este mensaje. Esta idea los ha inspirado; sin embargo ahora comprendo que para algunos, el convertirse en la mejor versión de sí mismos es simplemente una idea demasiado abrumadora. Tenía que descomponerla en porciones más manejables.
Con frecuencia las personas me preguntan: “¿Cuándo sabré que he llegado a ser la mejor versión de mí mismo?” o bien, “¿Llegamos a ser en algún momento la mejor versión de nosotros mismos, o es algo a lo que aspiramos y por lo cual luchamos, pero que realmente nunca hemos de lograr?”
Bien, no es que despertamos un día y decimos: “Misión cumplida. Soy la mejor versión de mí mismo!” Todos los días tenemos que celebrar lo mejor de nosotros mismos. A cada instante, elegimos entre actuar conforme a la mejor versión de nosotros mismos o a un sinfín de versiones de segunda clase.
En determinados momentos, celebramos intensamente lo mejor de nosotros y tenemos conciencia de que actuamos conforme a nuestra mejor versión. Pero a la mañana siguiente podemos perder esa condición al dejarnos llevar por la pereza, la impaciencia, la ira, la envidia, el chismorreo, la avaricia, la indiferencia, el egoísmo …
La mejor versión de nosotros mismos no es algo por lo que luchamos y nunca logramos. Es algo que conseguimos en determinados momentos y en otros no.
Tu propósito fundamental es llegar a ser cabalmente la persona que Dios nos ha llamado a ser: la mejor versión de ti mismo. Este principio esclarece todos los otros aspectos de nuestras vidas. ¿Qué hace que un libro, un amigo, una película o un matrimonio sea bueno? Es bueno en la medida que nos ayude a llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos. Todo cobra sentido en relación a ese propósito primordial. Las personas, las experiencias y las cosas que llenan nuestra vida, nos ayudan a llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos o no lo hacen. En todo momento simplemente necesitamos preguntarnos, “Cuál de las opciones que tengo me ayudará a llegar a ser la mejor versión de mí mismo?”
Sin lugar a dudas, debemos ser conscientes de nuestra meta. ¡Enfrentémoslo! Avanzamos sólo si nos movemos en la dirección correcta. Sin embargo, el camino que nos lleva a nuestro objetivo primordial debe ser segmentado en etapas prácticas y factibles.
Reflexionando en las palabras de Rick ese día, comencé a pensar en las diversas etapas de la travesía que emprendemos para llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos. Posteriormente me puse a examinar la psicología del cambio planteándome preguntas como: “¿Qué toma lugar en nuestras mentes mientras nos disponemos a implementar un cambio en nuestra vida?”
Empecé entonces a examinarme.
Cuando era muy joven, como de seis años, según recuerdo, me enviaban a lecciones de piano una vez a la semana. Mi mamá había decidido que todos sus hijos tocarían el piano. Yo aborrecía las lecciones de piano y me quejaba todas las semanas. Ese fue mi primer encuentro con la máxima: “La práctica hace al maestro.” Mi profesor de piano lo repetía constantemente. Mis papás reforzaban el lema de mi profesor, diciéndome lo mismo.
Ahora sé que la práctica no hace al maestro. La práctica nos hace avanzar. Y la práctica hace al maestro únicamente si practicas lo correcto de la manera correcta.
Seguí recibiendo lecciones de piano por seis meses más hasta que mi madre me permitió dejarlas. En un par de oportunidades me metí de nuevo a clases, pero por muy corto tiempo. No fue hasta que tenía diecisiete años que comencé a tocar piano. Recuerdo que una noche fui a una fiesta, y una amiga mía se sentó al piano y se puso a tocar música popular. Esa noche decidí que iba a aprender a tocar piano; no de la forma que mi profesor quería, o que mis padres querían, sino de la forma en que yo quería.
Al día siguiente me senté frente al piano de mi casa y comencé a recorrer el teclado con mis manos, dejándome llevar en un intento por expresar mis sentimientos y mi estilo propio. Al principio fue difícil y tedioso, pero con el tiempo y la práctica, desarrollé una intuición musical, una noción de la forma en que fluye la música, y un estilo que me permitió aprender tonadas relativamente rápido aunque ciertamente no de manera perfecta.
Ahora me encanta tocar el piano. No toco nada de forma perfecta, técnicamente hablando, pero eso no es relevante para mí. Con cada año que pasa, toco mejor, pero lo que realmente importa es que lo disfruto enormemente. El piano se ha convertido para mí en una terapia estupenda, una forma de relajarme y de liberarme de las presiones de la vida diaria.
En muchos casos, la palabra perfecto o pleno es más subjetiva de lo que mucha gente cree y mucho menos objetiva de lo que usualmente nos permitimos creer. Una relación perfecta para ti puede ser muy distinta de lo que es para mí. Algunos se sienten cautivados por alguna belleza genérica como las que salen en las portadas de las revistas, pero a mí me atraen las personas que se sienten a gusto con su cuerpo. La perfección, la plenitud se expresa de diversas formas.
¿De cuántas maneras distintas se puede buscar la perfección, la plenitud? En este momento de nuestra historia, existen unas siete mil millones de formas—una para cada persona sobre la faz de la Tierra.
¿QUÉ ES LO TUYO?
A algunas personas les cuesta ajustarse a su presupuesto. A otros les cuesta mantener su peso. Algunos batallan con una relación difícil. Para otros, el comprar excesivamente y las deudas de tarjetas de crédito representan un problema y otros luchan con adicciones más destructivas. Todos tenemos dificultad con algo y eso nos amarra. Lo mío es la comida.
Me encanta comer. No es un secreto que me fascina el chocolate y mi pasión por la comida no termina ahí.
Nombra cualquier ciudad en el mundo y es muy probable que pueda decirte cuál es el mejor chocolate de esa ciudad y adónde ir a comer, desde las más finas opciones gastronómicas hasta los lugares más simples y acogedores donde puedes disfrutar de la comida de todos los días. Mi mamá hace el mejor pastel de carne en todo el hemisferio sur, y Sue Robinson prepara la mejor cena en Cincinnati. Dependiendo de dónde estás y qué estás buscando, probablemente yo puedo ayudarte.
En Nueva York hay muchos restaurantes famosos, pero mi favorito es Abbocato en la calle 55. Si estás de visita en Sydney, te diría que no te vayas sin haber pasado un día en la playa de Manly y haber almorzado en el Blue Water Cafe. Mama Zoe’s es un restaurante cajún, enteramente iluminado por velas en Dublin. Se encuentra en un lugar fuera de lo común, pero con todo y eso, la comida es extraordinaria. Y si lo que te gusta es el chocolate, te puedo decir que los mejores chocolates hechos en Estados Unidos son los chocolates de leche con pasas o con coco de la marca Betsy Ann Chocolates en Pittsburgh. Aparte de esos, la empresa See’s Candies hace unos deliciosos masmelos cubiertos de miel, caramelo y chocolate llamados scotchmallows, que vale la pena probar si estás en la costa oeste de los Estados Unidos. En Sydney, tienes que ir a Haigh’s en la Arcada Strand. Y si andas en busca de un buen chocolate caliente, ve a Angelina’s en París o al café de la plaza central de Asís en Italia.
Sí, definitivamente lo mío es la comida.
Como cuando me siento feliz. Como cuando me siento triste. Como para celebrar. Como para consolarme. Como para recompensarme. Como cuando escribo y como cuando me siento bloqueado y no puedo escribir. Simplemente como.
Todo este comer crea un gran problema. Gano peso. Por consiguiente, me pongo a dieta y hago ejercicio. Como saludablemente y me ejercito como un loco por varias semanas y me siento de maravilla. Me subo a la balanza y he perdido sólo dos libras. De alguna forma esto es una buena noticia, pero el problema es que quiero perder veinte libras. Luego me deprimo por haber perdido sólo dos libras y mi mente se centra en las dieciocho que me faltan por perder.
Te suena familiar?
En lugar de celebrar las dos libras que perdí, permito que las otras dieciocho me depriman. No celebro mi logro; sino que me enfoco en mi imperfección.
Al día siguiente me siento tentado a no ser tan estricto con la dieta y me vuelvo algo perezoso para seguir el régimen de ejercicios que me había impuesto, y estas pequeñas desviaciones se convierten en la fisura de la represa. Comienzo a sentir compasión por mí mismo y de nuevo comienzo a darme gusto con la comida. Luego se me baja más el ánimo por no haberme ajustado a lo que había dicho que iba a hacer.
Ignoro el problema por un par de semanas, pero luego empiezo a sentirme letárgico y echo de menos la vitalidad que estaba sintiendo por el corto tiempo en que estaba comiendo bien y haciendo ejercicio regularmente. Me digo entonces que si pudiera mantener un estilo de vida saludable, podría hacer cosas extraordinarias y escribir libros maravillosos. Entonces decido intentar de nuevo …
Me impongo entonces otra serie de reglas. La lista dice algo así: puedo comer esto y esto otro todos los días; puedo comer esto y aquello sólo una vez a la semana. Haré ejercicio por cuarenta y cinco minutos seis veces a la semana, y si no hago mi rutina de ejercicios no puedo comer nada que no sea saludable ese día.
Sí, bienvenido al disparate de mi mente.
Por un par de semanas me va bien y me siento estupendamente. Entonces algo sucede que me altera o simplemente tengo un día de viaje difícil y recurro a la comida como medio de confort y tiro todo el plan por la borda.
El ciclo se repite unas cuantas veces más, y en un abrir y cerrar de ojos, me siento consumido por un patrón de derrota.
PATRONES DE DERROTA
Los patrones de derrota llegan a definir nuestras vidas. Queremos cambiar, hemos intentado cambiar, pero hemos fallado tantas veces que comenzamos a creer que somos incapaces de lograrlo. Este es un fuerte golpe a nuestra autoestima, lo que quiere decir que un patrón de derrota generalmente nos hace ver que nuestro modo de operar conlleva cierta aversión a nosotros mismos.
Dejamos de pensar en la mejor versión de nosotros mismos y evitamos cualquier cosa que nos haga recordarla. Ahogamos nuestra tristeza en la música, en la televisión o en cualquier cosa que nos distraiga de lo que realmente está pasando en nuestro interior.
Estamos renuentes a hacer nuestras resoluciones de Año Nuevo porque dudamos tener la fortaleza para honrarlas. Empezamos a pensar y a leer más sobre la vida de otras personas como una forma de escaparnos de la nuestra. Tomamos más, comemos más, dormimos más, compramos más y buscamos más de cualquier placer que nos pueda distraer de lo que realmente ocurre en nuestro interior. La desmotivación de haber fracasado nos lleva a un lugar donde no queremos de ninguna manera ser nosotros mismos—y abandonamos nuestra mejor versión.
Mientras tanto, sentimos un susurro desde lo profundo de nuestro ser que nos dice que algo no está bien; sin embargo, ignoramos su voz.
Paralizados por el temor de fallar de nuevo, tememos abrigar esperanzas. Nos da miedo abrazar falsas esperanzas. Comenzamos a despreciar todo lo que tenga que ver con el desarrollo personal y a lo mejor a todo aquel que esté comprometido con ello. Esas cosas y esas personas representan un sueño que hemos perdido o abandonado, aunque en realidad no sepamos ni siquiera cual era. En este momento de desencanto y aversión, nos llenamos de cuestionamientos profundos sobre nosotros mismos, pero los esquivamos. Internamente nos sentimos abrumados por nuestra inseguridad, pero para compensarlo, nos forzamos a aparentar confianza.
Nos preguntamos entonces: “¿Por qué no soy capaz de cambiar? ¿Es mi culpa o simplemente soy así?”
La respuesta es que ambas cosas son ciertas.
Seguimos en la misma situación hasta que nos sentimos desesperados y forzados a realizar un cambio. El doctor te dice que si no dejas las frituras, te morirás de un ataque cardiaco, o que si no paras de fumar, te tendrán que extirpar un pulmón. Quizás tu esposa te dice que si no le dedicas más tiempo a la familia, te dejará. En muchos casos, un incremento en el nivel de dependencia a las drogas o al alcohol agobia y debilita tanto a las personas que sufren de esa adicción que las hace ponerse de rodillas en desesperación.
En muchos sentidos, estos son los que tienen suerte, aunque es triste que hayan tenido que pasar por todo eso para llegar a ese punto. No obstante, muchos alcohólicos te dirán que no empezaron a vivir hasta que tocaron fondo y compartirán historias horribles de los tiempos en que no habían dejado de beber.
¿Por qué tienen suerte los que llegan a una encrucijada radical en su camino? Porque la mayoría de las personas nunca llegan a un punto de desesperación tal que los fuerce al cambio, y por lo tanto nunca cambian. Se dice que un alcohólico debe optar por vivir una vida espiritual o morir una muerte alcohólica. No hay término medio para un alcohólico. Si un cambio de vida implica vida o muerte, la mayoría de la gente se motiva y toma la resolución de cambiar. La mayoría de las personas cambian solamente cuando el dolor de no cambiar se vuelve más grande que el dolor que implica una transformación.
Sin embargo, la mayor parte de la gente y quizás tú y yo también seguimos transitando entre patrones de derrota y de rechazo hacia nosotros mismos sin prestarle mucha atención. Todo esto puede estarnos sucediendo y la mayoría ni siquiera tiene consciencia de ello. Las personas que nos rodean pueden amarnos e incluso, sentirse correspondidas. Sin embargo, poco saben que somos prácticamente incapaces de amar porque estos patrones de aversión en los que estamos enredados nos lo impiden y no podemos amar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.
¿Cómo cambiaría tu vida si realmente entendieras tu verdadera valía? ¿En qué sentido vivirías de diferente forma si te vieras como Dios te ha visto? Jesús nos ofrece una visión respecto a nosotros sorprendentemente diferente de la que tenemos. Él nos dice que tenemos un valor infinito. “Ustedes son luz del mundo” (Mateo 5:14). “Vales tanto que Dios tiene contado hasta el último cabello de tu cabeza” (cff. Lucas 12:7).
Nosotros decimos: “¡Así soy yo!” pero en secreto menospreciamos la persona en la que nos hemos convertido y desesperadamente queremos llegar a ser la persona que sabemos que somos capaces de ser. No obstante, nos sentimos atrapados, y lo estamos. Estamos atrapados por nuestras ilusiones de perfección, abatidos por las dificultades del camino que queda por recorrer, abrumados por nuestros patrones de derrota.
Lo que he descrito aquí le sucede a mucha, mucha gente. Le está sucediendo a millones de personas mientras escribo estas líneas y le estará sucediendo a muchos otros mientras tú las lees. Pablo, el apóstol, luchó con las mismas cosas. Él escribió: “No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero; sino lo que aborrezco … Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo” (Romanos 7:15, 18).
Si alguien reconoce la difícil situación en la que estamos, probablemente se debe a que ha estado en una circunstancia similar. Esta persona podría tratar de tendernos la mano o de desafiarnos; sin embargo, nosotros nos refugiamos en la gran excusa: “¡Así soy yo!” Como pasa con la mayor parte de las mentiras, si la dices con frecuencia, empezarás a creerla. A medida que nos sentimos más y más cómodos con la mentira y menos y menos cómodos con nosotros mismos, empezamos a manipular a nivel emocional diciendo, por ejemplo: “¿Por qué no me amas como soy?”
Las personas desean cambiar. Sabemos que hay ciertas áreas de nuestra vida que nos gustaría transformar con urgencia. Por un instante, sé honesto contigo mismo: ¿Cuál es aquel aspecto de ti mismo que de cambiarlo, mejoraría tu vida de forma radical? ¿Has intentado hacerlo? Por supuesto que lo has hecho. ¿Estás aún intentándolo o te has dado por vencido?
¿Pueden las personas cambiar de forma sustancial?
Esta pregunta representa el abismo ante el cual nos tambaleamos al menos una vez en la vida y hasta que estemos convencidos de que el cambio sustancial es factible, pasaremos nuestras vidas soñando despiertos. Si abrimos los ojos y nos hacemos conscientes de la fuerza que genera nuestro avance, descubriremos que lo que tenemos al frente no es un abismo sino una senda. La respuesta yace en dar el primer paso.
Un lanzador de béisbol no tira una pelota a doscientas millas por hora en su primer intento. Primero él aprende a sostener la pelota, luego a tirarla y luego aprende cómo lanzarla en la dirección correcta. Estos pasos son tan básicos que los pasamos por alto. Pero solo así el lanzador comienza a mejorar su exactitud y su velocidad. Él lanza una pelota a setenta millas por hora antes de que pueda lanzarla a ochenta, y la lanza a noventa millas por hora antes de que pueda lanzarla a cien. Habrá días en que no podrá lanzarla a la velocidad con que la lanzó el día anterior. En esos momentos, tendrá entonces que celebrar su avance general o enfocarse en otro aspecto que no sea la velocidad. Él no la está tirando tan rápido pero quizás está moviendo la pelota de mejor forma que antes o tal vez la está tirando con mayor exactitud. En cada coyuntura él celebra su avance.
Cuando un lanzador de béisbol se lastima, comienza el proceso de rehabilitación volviendo a los fundamentos. Comienza desde el principio, aun en aspectos tan básicos como aprender de nuevo a sostener la pelota. Un entrenador acompaña al lanzador en su recuperación, diseñando un plan que incluye etapas y objetivos específicos para que el atleta pueda, durante su proceso de rehabilitación, celebrar el avance que ha logrado.
El celebrar el progreso realizado es fundamental en la psicología del cambio. En nuestra cultura tendemos a celebrar comiendo o comprando, pero la celebración a la que me refiero aquí toma lugar en nuestro interior. Celebrar el avance significa darte una palmada en la espalda. No hay nada más impactante que la forma en que te hablas a ti mismo. El celebrar los avances es el primer secreto para romper con los patrones de fracaso.
Otro de los grandes secretos que con frecuencia desestimamos es que fallar es parte inherente de todo logro y descubrimiento que valga la pena.
Vivimos en una cultura obsesionada con el éxito y como resultado, inconscientemente fomentamos la actitud de que no está bien fallar. Con frecuencia medimos la valía de alguien por su éxito. Por consiguiente, nos juzgamos de la misma manera cuando fallamos y tendemos a tomarlo personalmente. Puedes fallar, pero eso no significa que eres un fracaso.
Creo que el béisbol nos enseña más del fracaso que cualquier otro deporte. Un gran bateador tiene un bateo promedio de aproximadamente 0.350. ¿Qué es lo que nos indica esta cifra? Nos dice que logra darle a la pelota sólo el 35 por ciento del tiempo. ¿Y qué más nos dice? Que el 65 por ciento de las veces, falla.
Siendo comisionado de las Grandes Ligas, Francis T. Vincent Jr. hizo las siguientes observaciones en un discurso que pronunció en la Universidad de Fairfield:
El béisbol nos enseña o nos ha enseñado cómo hacerle frente al fracaso. Aprendemos a muy temprana edad que fallar es la norma del béisbol y que precisamente porque hemos fallado, tenemos en alta estima a quienes fallan menos frecuentemente—aquellos que le dan a la pelota con seguridad en una de las tres oportunidades y al hacerlo se convierten en jugadores estrella. También encuentro fascinante que el béisbol es el único deporte que considera los errores como parte del juego, parte de su rigurosa verdad.
Nunca debemos dejar que nuestro espíritu sea sofocado por el fracaso. El fracaso es parte de nuestro avance, no el resultado final.
Tanto Thomas Edison como Albert Einstein ejemplificaron bien esta lección. Estos dos hombres experimentaron el fracaso más intensamente que la mayoría y aun así llegaron a la cima. El primero como gran inventor y el segundo como el gran físico de todos los tiempos. Sin embargo, día tras día lidiaban con el ensayo y el error, con desaciertos y frustraciones, con decepciones y derrotas y con momentos de total desilusión. No obstante, ellos vieron estas dificultades, adversidades, derrotas y fracasos como claves para los descubrimientos que ellos estaban buscando. Genuinamente creían que sus fracasos constituían su avance.
La historia de Edison y su esfuerzo por encontrar una forma para mantener una bombilla encendida es bien conocida. Él probó más de diez mil combinaciones de materiales antes de encontrar la que funcionaba. La gente le preguntó más tarde en su vida cómo tuvo la fuerza de continuar después de fracasar tantas veces y contestó que él no veía sus intentos anteriores como fracasos. Prosiguió entonces a explicar cómo había identificado exitosamente diez mil formas que no funcionaban y que cada intento lo acercó a deducir el que sí lo haría. Ciertamente, él veía sus fracasos como avances.
Einstein, quien es considerado por muchos como el hombre más inteligente de todos los tiempos, dijo “Pienso y pienso por meses y años. Noventa y nueve veces llego a la conclusión equivocada. Acierto la centésima vez”.
¿Por qué perpetuamos la creencia de que no está bien fallar? El fracaso cobra un papel importante en nuestro desarrollo y un rol primordial en nuestro intento de llegar a ser plenamente nosotros mismos. Cualquiera que sea el patrón de fracaso en que te encuentres atrapado en este momento, recuerda estas tres verdades inquebrantables:
1. Antes que tú, otras personas han superado con éxito los obstáculos que enfrentas en este momento. Interésate en aprender acerca de sus vidas y saca fuerza de sus historias y de su ejemplo.
2. Todos tus fracasos anteriores te dejan mejor equipado que nunca para lograr el éxito en tu próximo intento.
3. Nunca será más fácil romper con el patrón de derrota que ahora mismo.
Permite que las palabras de Benjamin Barber resuenen dentro de ti:
Yo divido el mundo entre las personas que aprenden y las que no lo hacen. Hay personas que quieren aprender, que están abiertos a lo que sucede a su alrededor, que oyen, que escuchan las lecciones. Cuando cometen alguna estupidez, no lo hacen de nuevo, y cuando hacen algo que funciona bien, la próxima vez lo hacen aun mejor y con más empeño. La pregunta que debes plantearte no es si eres exitoso o fracasado, sino si estás dispuesto a aprender o no.
LA FUERZA QUE SURGE DEL PROGRESO
¿Estás progresando? Esta es una pregunta importante que debemos hacernos: “¿Estoy avanzando?” No he adquirido mucha experiencia en ser perfecto, pero tengo considerable experiencia en avanzar. La razón por la cual digo esto es porque cuando progreso soy una persona más feliz que cuando me siento obsesionado con una imagen idílica de perfección que estoy muy lejos de alcanzar. El avanzar nos anima, nos da vida. Cuando sentimos que avanzamos, tendemos a llenarnos de pasión, de energía, de entusiasmo, de propósito y de una dicha real y duradera. El progreso nos llena de gratitud por el momento presente y nos da esperanza para el futuro. El progreso genera en nosotros una felicidad duradera.