
CRÓNICAS PARLAMENTARIAS
Julio Camba
CRÓNICAS
PARLAMENTARIAS
Y OTROS ARTÍCULOS POLÍTICOS
(1907-1909)
Edición e introducción de
José Miguel González Soriano
Prólogo de David Gistau

© Edición e introducción: José Miguel González Soriano
© Prólogo: David Gistau
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LIBRERÍA RENACIMIENTO S.L.
Diseño de cubierta: Alfonso Meléndez, sobre una ilustración de Bagaría,
portada del semanario España, n.º 42, 11 de noviembre de 1915
ISBN: 978-84-17146-15-3
LOS PRÓCERES DE CAMBA
Julio Camba se asomó al Parlamento durante el «gobierno largo» de Maura que de alguna manera se propuso discutir el sentido patrimonial respecto de la nación que cultivaban los caciques. Ya bajo el longevo reinado de Alfonso XIII, España regresaba del siglo XIX de los espadones regentes fundado por Espartero y la Carlistada y se preparaba para otros grandes acontecimientos, de los cuales el más inminente era la Semana Trágica, que desembocarían finalmente en la II República y en la Guerra Civil. Como se ve, una época con más motivos que la nuestra para pretenderse histórica, fronteriza y fundacional, así como dramática. Más si a todo esto se añade el profundo sentido disolvente con el que los «regeneracionistas» de entonces se propusieron transformar la naturaleza misma de un país anquilosado de estrecheces cortijeras y en manos de una oligarquía gastada. Entre estos agentes, uno de los más corrosivos fue Lerroux, el «Emperador del Paralelo», en cuyo movimiento militaba el diario España Nueva que acogió las crónicas parlamentarias de un Camba que, en la barahúnda de denominaciones políticas y de siglas fugaces, gustaba de considerarse un «anarko-aristócrata».
Habida cuenta del momento nacional en 1907, un cronista con más sentido de la posteridad o del servicio patriótico habría acudido al Parlamento con claras predisposiciones pomposas y creyéndose él mismo un actor de los tiempos. No así Camba que, como si hubiera pretendido despejar dudas desde el mismo epígrafe, tituló su sección parlamentaria como «Diario de un escéptico», inaugurando una distancia prudente y más o menos descreída con el espectáculo del Hemiciclo que luego prolongaría Wenceslao al considerarse tan sólo un oyente que hace acotaciones. En las crónicas parlamentarias, precursoras de todas cuantas fueron intentadas durante los cien años siguientes, Camba exhibe ya el humor de sus piezas costumbristas, humor a menudo desatado, de carcajada, así como esa deliciosa sensación de ser un hombre desubicado, recién llegado, que todo lo observa por primera vez y que brilló como en ningún otro registro en sus crónicas viajeras. Un hombre que, de tanto estar de paso en todas partes, vivió hasta su última hora en una habitación de hotel, la 383 del Palace, en cuya Rotonda echaba siestas aureoladas por el blindaje invisible del gruñón postrero que sólo salía si era para ser invitado a cenar. Resulta fácil imaginar a los clientes del Palace caminando de puntillas por la Rotonda para no despertar abruptamente al propietario entonces de un mal humor mitológico.
También a los parlamentarios de su tiempo los observa Camba como a extranjeros de quienes interesa más lo cotidiano, lo casi imperceptible, que lo estatuario: el elemento decorativo de un macero puede ser algo que distraiga a Camba justo cuando Maura larga un discurso con ambición de permanencia. De tanto caracterizarlos a través de las minucias de su carácter y de sus rutinas cotidianas, Camba termina confiriendo un hálito humanizador a personajes que, hoy en día, no son para mucha gente sino una placa con el nombre de una calle –Canalejas, Dato, Maura, Figueroa…–. Pocas excepciones hace Camba para su desdén por todo cuanto acontece a su alrededor, incluida la melancólica, «romántica», la llama Camba, tribuna para exdiputados que hoy, más ingrávido el sentido de pasado, ya ni siquiera existe. Camba respeta, por ejemplo, al Galdós parlamentario, al que sin embargo bosqueja con ternura aplastado por el peso de una chistera y algo envidioso por lo bien que le sienta el frac a Azorín. Esta escena ocurre durante una invitación a café previa a una sesión. Al parlamentario actual le resultará idéntica a cualquier otra invitación rápida a café como las que se cumplimentan hoy en día en el bar Manolo: la periferia costumbrista siempre atrae a Camba más que los palabros que piden ser cincelados en mármol. Acaso por eso sean más gratas para Camba las sesiones en las que no ocurre nada que aquellas en las que tiemblan los escaños. Él se apaña con muy poca cosa. Las crónicas son periodísticas, asociadas muchas veces a noticias de hace más de un siglo que ni siquiera entonces fueron vitales, y por lo tanto algo efímeras. Perduran la escritura y la atmósfera, el desfilar de algunos personajes que hoy están expuestos, petrificados de pasado, en los corredores del Parlamento.
El desarraigo de su inteligencia impide a Camba no sólo apasionarse, sino incluso escandalizarse ante aquello que es escandaloso. Hay crónicas en las que aborda la podredumbre usando el humor como mascarilla higiénica. La más significativa tal vez sea aquella en la que habla de las argucias de un sistema electoral tramposo en el que votan los muertos, a los que Camba concede una legitimidad más solemne que a la opinión de los vivos. En general, el efecto es impresionante. Ante la vocinglera presencia de los truhanes que se toman demasiado en serio a sí mismos, aparece la honda percepción de un burlador que los desactiva como si fueran bombas. Esta función terapéutica la necesita el parlamento español de cualquier época. Por supuesto, también de la nuestra, que se da ínfulas de fronteriza, regeneradora y constituyente. Algo que Julio Camba habría observado con una media sonrisa sardónica desde lo alto de la tribuna de prensa en la que tomó apuntes durante unos meses antes de saltar, fugitivo, a otra forma cualquiera de distancia.
DAVID GISTAU