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HarperCollins 200 años. Desde 1817.

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2017 Ana María Draghia

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

¿Has visto cómo llueven las flores?, n.º 179 - diciembre 2017

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Fotolia.

 

I.S.B.N.: 978-84-9170-542-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Cita

Dedicatoria

Capítulo 1: Día 293

Capítulo 2: Día 1

Capítulo 3: Día 298

Capítulo 4: Día 299

Capítulo 5: Día 300

Capítulo 6: Día 3

Capítulo 7: Día 22

Capítulo 8: Día 30

Capítulo 9: Día 51

Capítulo 10: Día 57

Capítulo 11: Día 61

Capítulo 12: Día 63

Capítulo 13: Día 63

Capítulo 14: Día 67

Capítulo 15: Día 302

Capítulo 16: Día 68

Capítulo 17: Día 306

Capítulo 18: Madrugada 307

Capítulo 19: Día 310

Capítulo 20: Noche 310

Capítulo 21: Día 315

Capítulo 22: Día 322

Capítulo 23: Mañana 324

Capítulo 24: Día 328

Capítulo 25: Noche 328

Capítulo 26: Madrugada 329

Capítulo 27: Día 335

Capítulo 28: Noche 339

Capítulo 29: Madrugada 340

Capítulo 30: Día 345

Capítulo 31: Día 346

Capítulo 32: Tarde 347

Capítulo 33: Día 347

Capítulo 34: Día 353

Capítulo 35: Día 359

Capítulo 36: Tarde 359

Capítulo 37: Mañana 360

Capítulo 38: 24 de febrero

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

 

 

No dejes de creer que las palabras y las poesías

sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.

Somos seres llenos de pasión.

La vida es desierto y oasis.

Nos derriba, nos lastima, nos enseña,

nos convierte en protagonistas

de nuestra propia historia.

 

No te detengas, Walt Whitman

 

 

Desde la ventana veía cómo los árboles del jardín

se desprendían disimuladamente de pequeños pero infinitos

brotes anaranjados. Caían pendulares, sin hacer ruido.

 

Desde dentro, Ignacio Ballester Pardo

 

 

Para Max,

que me descubrió la lluvia de flores.

Capítulo 1

Día 293

 

Olía a fuego y a nieve derretida, a madera mojada, a hojarasca, a chocolate caliente. Un cúmulo de aromas invernales que recorrían la cabaña como serpenteantes haces de luz, idóneos para acompañar las sensaciones que dejaban a su paso con una canción, vieja y desgastada, reproducida por una gramola o un tocadiscos. Y, por supuesto, con sabores: los de los frutos secos tostados y recubiertos por una fina capa de miel, los del borboteo de los caldos y los de la canela en las galletas recién horneadas. A todo esto se sumaban las voces, una decena de ellas. Llegaban desde la cocina coreando las risas de los otros y vitoreando las gracias. A veces, el silbido de la tormenta se colaba por debajo de la puerta de la entrada y disimulaba el jolgorio, al igual que las ramas desnudas de los árboles, que crujían y se debatían entre quebrarse bajo el peso de la nieve y el viento o seguir firmes, aguantando.

Desde fuera, solo se veían las cortinas pardas de las ventanas y un rostro pálido que miraba a través del cristal. Traslúcida, su piel era casi marmórea, aunque tras ella se escondía el rubor exiguo del calor insuflado por la chimenea, chispeante. Era un fuego producido por el baile de diminutos destellos que consumían la leña y que también se adueñaban de sus oscuras y dilatadas pupilas y del iris todavía más negro. Las cejas rubias y su larga cabellera trigueña suavizaban la severidad de su mirada, que parecía el antifaz de una amabilidad innata.

Elsa era bondad y silencio, pero sobre todo era un salvaje propósito: vivir intensamente cada segundo. Observar, creer, avanzar, soñar, no detenerse nunca. Ni siquiera ahí, sentada en la repisa de la ventana, se había parado. Su mente iba más allá del bosque. Ahora ellos eran sus habitantes, se dijo recordando uno de sus libros favoritos, el de Thomas Hardy. Quizá, por un momento, tuvo el deseo de querer detener el tiempo en ese instante mágico, pero, acto seguido, renunció a aquella idea, ya que era incapaz de permanecer durante demasiado tiempo en un mismo sitio. Así que, corrió la cortina, se levantó con ímpetu y fue al encuentro de sus amigos.

Entró en la cocina como una liebre danzarina, llevando la taza vacía de chocolate consigo. La aclaró con agua sin dejar de sonreír. Había estado tanto tiempo fuera, lejos, cumpliendo su objetivo de moverse, que por momentos había olvidado las voces de sus amigos. Las de unos más que las de otros, eso sí. Era agradable estar ahí, Elsa consideraba que volver era un regalo. No tenía claro si se trataba de un obsequio del destino o un autoregalo que se había hecho ella misma.

Elsa, aquella niña que nunca temió a la soledad, que la buscaba y encontraba diariamente, ahora comenzaba a pensar que ya no le parecía un cobijo donde descansar del mundo, sino un embarrado subsuelo donde había descendido con seguridad y del que necesitaba regresar. Subir peldaño a peldaño la escalera metálica y levantar la trampilla, mirar al otro lado y, sin llegar a detenerse, seguir siendo quien era, sin olvidar que lo era por culpa o gracias a quienes evitaban esa soledad.

Guardó la taza en el armario y se dio la vuelta. Eran las siete de la tarde y había caído la noche. Se apoyó en la encimera y contempló a los que permanecían ajenos a sus pensamientos. Vistos desde ese ángulo, parecían la escena de una obra teatral, una que ella debió de leer en algún momento anterior, porque los conocía tan bien que hubiese podido trazar un diálogo para cada uno de ellos. Y así, pensando en esa absurda idea, olvidó por un momento el peso que sentía doblegándole el cuello.

Alguien le dio un codazo. Ángela le tendía un plato lleno de buñuelos, a los que no pudo resistirse. Nunca podía. Además, ¿por qué hacerlo? Acababa de llegar de la India, donde había subsistido durante meses a base de verduras y frutas. Quería y merecía disfrutar de una ingente cantidad de comida que, para bien de todos, no había cocinado ella.

Salió disimuladamente de la cocina, cuando apenas había pasado cinco minutos en ella, y fue hacia la habitación que compartía con el resto. Rebuscó debajo de su cama y extrajo una maleta grande, de color granate. Corrió la cremallera y extrajo un maletín más pequeño, donde guardaba su cámara fotográfica preferida y todos los objetivos, carretes, el trípode, el equipo de iluminación y un fotómetro de mano.

En cada uno de esos objetos había depositado sus sueños y sus esperanzas hacía ya tres años. En ese momento, a sus casi veintiséis primaveras, veranos, otoños e inviernos, había cumplido parte de ellos, sin desperdiciar ninguna de las oportunidades que se le habían ofrecido, aunque una parte de ella seguía sintiendo que se había ido sin nada y había regresado con demasiadas cosas.

Se colocó el chaquetón y salió de la casa con la cámara envuelta en la bufanda. La fotografía era su pequeño universo, en el que todas las situaciones, colores, personas e instantes tenían cabida. Es más, cada pixel formaba parte inalienable de la manera en la que percibía lo que la rodeaba. Por eso, buscó la única manera en la que ninguno de los que estaban dentro podría verse, desde el otro lado.

La cocina tenía unas grandes puertas correderas de cristal, sin cortinas ni persianas. Estaban recubiertas por una fina capa de vaho que llamó su atención casi al momento. Siempre estaba buscando lo peculiar, aquello que el resto del mundo no alcanzaba a discernir. Colocó la cámara, ajustó el objetivo y captó las figuras ligeramente difuminadas, que seguían riendo a unos pocos metros de ella. Se le camuflaron los labios rosados en una sonrisa orgullosa. Entonces, vio el camino de luz que había dibujado la lámpara de la cocina sobre la nieve cuajada. ¿Podría también separar del espacio y del tiempo esa efímera imagen?

Probó desde diversas perspectivas, pero a duras penas se apreciaban las tonalidades, la tenebrosidad del bosque a su alrededor y la calidez y delicadeza amarillenta del suelo. Apoyó la espalda entre una de las puertas de cristal y la pared. Entonces la pantalla de la cámara mostró algo que tuvo tiempo de inmortalizar. Una sombra alargada, difusa, en la luz de la nieve. La sonrisa se hizo más grande.

Elsa miró a su derecha cuando alguien abrió una de las puertas. Ella ya había reconocido su sombra, probablemente porque siempre iba a su lado. Movió un poco el cuello y carraspeó. Una vez más se planteó cuándo había empezado a notar que algo le obstruía la garganta, no obstante, no borró la recién adquirida sonrisa.

—Ahora entro —se limitó a decir.

Se limitó como hacía últimamente. Qué fácil resultaba saber qué pensaba el otro. Antes. Tener preparadas esas respuestas de emergencia a preguntas que no llegaban a producirse. Ahora entro. Ahora pensaba hacerlo. Ahora voy. Ahora, ahora quisiera haber dicho realmente lo que estaba sucediendo en ese ahora en su vida. Porque ese ahora la llevaba acompañando doscientos noventa y tres días. Contados sin querer, y aun así necesitando hacerlo.

Pero esta vez el comentario no fue suficiente. No para Hugo, quien la conocía igual de bien que ella a él. Llevaban juntos tantos años que otra visión de sí mismos, solos, con otras personas, a kilómetros de distancia el uno del otro, parecía absurda, irreal. Sin duda, algo para nada verosímil.

Él cerró la puerta y se quedó frente a Elsa, mirándola, echándole un pulso a su sonrisa, que no permanecería ahí demasiado tiempo. ¿Quién sería capaz de sostenerla cuando la desilusión y enfado de la persona de la que estás enamorado te miran de frente? Elsa, desde luego, no era una de esas. Capturaba las emociones en sus fotografías al igual que hacían sus ojos.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Yo diría que no.

Ella dejó caer los hombros y se percató de que había estado tensa como un muelle. ¿Cómo no se había dado cuenta hasta ese momento de que alguien había tirado de ella hasta el punto de llegar a producir, en el peor de los casos, su propia colisión?

No dejó escapar, sin embargo, el suspiro que la ahogaba. No quería reprimendas ni indiferencia, simplemente asumir la situación con madurez, eso era lo que había aprendido de Hugo: que era demasiado diferente a ella. Por eso se querían, ¿no? Se completaban, respetaban y confiaban en el otro con los ojos cerrados, en el otro extremo del mundo y en ese rincón anegado en nieve.

Se llevó las manos al cuello y se quitó el colgante. Seguía pesando. Extrajo el anillo plateado de la cadena, le dio un par de vueltas entre los dedos y un pensamiento que nunca reconocería en voz alta le cruzó el corazón: ¿Y si se perdiera en la nieve, entre los copos, con el resto de ese sentimiento que no reconocía? Pero no se produjo.

Lo colocó alrededor de su dedo corazón y le tendió la mano a Hugo.

—Solo estaba esperando.

—¿A qué?

¿Dónde estaba la respuesta socorrida a esa interrogante? Elsa no lo supo.

—¿Quieres hacer esto, Elsa?

—Claro que quiero —contestó sin dudar.

Se dijo que eso era bueno. No había hablado la razón, sino el amor que sentía por él. Anhelaba pasar el resto de su vida con el inquisidor Hugo, que no parecía satisfecho con la situación y mucho menos con ella.

—Llevamos ocho años juntos —le recordó.

¿Eran demasiados para recordar por qué querían seguir estándolo? ¿Qué clase de pregunta era esa? A lo mejor solo necesitaba unas pequeñas vacaciones, un tiempo solos, sin que ninguno de los dos fuera una sombra para el otro. Pero parecía que la única que sentía esto era ella. ¿Estaba agobiada, cansada, aburrida? Quería a Hugo, lo tenía claro, sin embargo, ¿qué había cambiado? Sea lo que fuere, Elsa solo creía saber el cuándo y no el qué.

—Estaba nerviosa.

Era una de las primeras veces que mentía.

—Pero digámoslo ya —concluyó.

Hugo sí que suspiró, aliviado, sin saber que realmente no tenía motivo fundamentado para estarlo. Siempre se relajaba cuando Elsa tomaba la determinación de hacer algo, porque cuando eso sucedía, todo acababa yendo bien. Era ambiciosa, habrían dicho algunos, perfeccionista, decidida, con un afán inquebrantable por conseguir lo que se proponía. Si no le ponía un pero a aquel compromiso, solo podría significar que estaba convencida.

Así fue como Hugo volvió a sonreír y Elsa a hacerlo con él.

Ella se sentía apaciguada. Volvía a ser la niña esperando a confesar la travesura. Elsa, siempre Elsa, inquieta como el batir de alas de un colibrí. Yendo y viniendo, trasteando. Resuelta, insatisfecha, leal.

Tal vez fue esa lealtad la que le tendió la mano a Hugo, la que lo sostuvo, la que le recordó que el apoyo incondicional que le había ofrecido siempre seguiría ahí, la que entró con él en la casa y la que, de nuevo, mostró el anillo con orgullo al resto de los presentes.

Después, Elsa solo se abstrajo. Ella estaba ahí, pero sus ojos la veían desde el otro lado de los ventanales, incluso con las cortinas echadas. La presentían, su sombra y el temblor de sus ojos. No era emoción, cosa que creyó intuir Ángela, sino algo que llevaba tiempo sin sentir: miedo, y no nervios como había dicho. Era un pavor insostenible.

Hugo la había rodeado con su brazo de gigante. El resto los felicitaban y repetían un único mantra, hasta que la muerte os separe. ¿Era eso lo que asustaba a Elsa? ¿Pasar el resto de su vida con Hugo?

Le miró sin que él intuyera tan siquiera lo que se preguntaba.

La respuesta era no. No se trataba de eso. Apretó con más fuerza su mano alrededor de la del único hombre del que se había enamorado. Llamó su atención con ese gesto. Entonces, cuando sus ojos se encontraron al fin, fuera de la oscuridad, a la luz del fuego, las velas y las lámparas, Elsa encontró su respuesta.

Lo que la asustaba era saber que iba a pasar el resto de su vida con un hombre que no quería pasarla con ella. Era Hugo el que estaba nervioso, fingiendo que seguía siendo un héroe, era Hugo el primero de los dos en plantearse ese absurdo que ella habría pasado por alto el resto de sus días.

Hugo se había imaginado sin ella y sí, del mismo modo que Elsa había sentido un desasosiego atroz, a él también lo recorrió y ardió en algún lugar demasiado sensible de su pecho. Había sentido a Elsa lejos, tanto como para olvidarla. Había interpuesto, durante una fracción de tiempo, una distancia inquebrantable entre los dos, tanto como para renunciar incluso a la certeza de que una vez formó parte de su vida. Y eso le había acongojado ferozmente, porque el alivio que había sentido pensando en empezar de cero, en finalizar ahí, con esos ocho años a sus espaldas, había sido egoísta y ansiado.

Así había sido como Hugo se había levantado del sofá y tomado la determinación de comprar un anillo que, tiempo atrás, le habría llenado de ilusión. Elsa se había sorprendido al recibirlo, al colocarlo alrededor de su dedo. Elsa, su Elsa. Esa adolescente de ojos brillantes que le había hechizado intentaba ver a través de él. Le había dicho que sí, le había abrazado, había saltado de alegría.

Pero ¿cuándo se había convertido Elsa, su Elsa, en una completa desconocida? Aunque Hugo no quería contar los días, también lo había hecho. Había perdido la cuenta, eso sí, al llegar a los doscientos.

Ahora estaba ahí, a su lado, rodeados por sus amigos. Ella volvía a mirarle, pero Hugo no se percató de que esa noche nevada, perdidos en el bosque en unas vacaciones improvisadas, en el que debía de haber sido uno de los mejores momentos de sus vidas, Elsa, además de mirarle, le había visto por primera vez en mucho tiempo.

Vio a Hugo, pero no al hombre del que se enamoró.

Volvió a apretarle la mano, su consigna, pero tampoco recibió la respuesta. Rozó el metal del anillo y, bajo un tejado lleno de nieve, con los olores invadiendo la estancia y con ese temor ferviente en la mirada, en ese ahora, quiso ser solo la protagonista de una fotografía inamovible. No le dolió ese deseo, sino la seguridad de saber que, de nuevo, se había detenido.

Capítulo 2

Día 1

 

El calor árido y desértico del febrero africano le había dejado a Elsa la tez morena, algo poco habitual en ella. Hacía dos días que había deshecho al fin las maletas después de varias semanas en el sureste de África haciendo fotografías para la revista en la que trabajaba. Había sido un trabajo muy bien pagado, pero también un viaje extraordinario, lleno de matices culturales, cromatismo y distanciamiento.

Su cámara había sufrido una metamorfosis durante esos días soleados, se había transformado en un caleidoscopio artístico, mítico y apasionado que le permitía conocer lo desconocido. Seguía teniendo, ya en casa, las mismas palpitaciones que sostuvieron su corazón a raya mientras fotografiaba las dunas, el color rojizo, dorado, quebrado de la tierra, los baobabs de Saint-Exupéry, la escasez de agua recorriendo la comisura de los labios de un anciano. Tenía las fotografías expuestas sobre la inmensa mesa de cristal de la casa de sus padres, el único lugar al que había querido ir al volver. Les mostraba el trabajo, orgullosa, y Eva, su madre, se abrazaba a ella rogando que nunca más se volviera a ir.

Fueron días apacibles los del regreso. Descansó, intentó aprender a cocinar sin ningún resultado favorable, editó las fotografías, planificó el siguiente viaje a Tailandia, sin comentarle nada aún a su madre, visitó a sus abuelos, contestó las continuas llamadas de Hugo y ella le devolvió otras tantas.

Cogió la gripe cuatro días después. El cambio de temperatura le pasó factura, pero los cuidados de su madre lograron que se recuperara antes de lo previsto. En un visto y no visto, se había calzado otra vez las zapatillas y adueñado del asfalto, de la cámara y de las ganas de correr alrededor de los recuerdos de su infancia.

Estos invadían las calles y los lugares que ya no estaban. Esa cafetería que había sustituido su tienda de jabón artesanal favorita, esos bancos de madera que habían desaparecido sin dejar rastro, aquellos en los que se sentaba con sus amigas a hablar durante horas. La agencia de viajes donde había trabajado dos veranos seguidos para comprarse su primera cámara profesional también era pasado. Ya no quedaba nada, solo las fotos que les hizo un día. Un huracán había pasado por ahí y también se había llevado su cuerpecito escuálido y aquellas gafas inmensas que le cubrían la cara. ¿Y qué? Ella se acordaba de todas aquellas cosas, así que seguían vivas, latiendo, haciendo ruido en su memoria como los tambores africanos alrededor de las hogueras.

Entonces recordó algo que no podría haber sido sustituido. Regresó a casa sobre sus pasos desde el centro del pueblo y trasteó en el garaje haciendo tanto escándalo que, al final, rabioso como un oso, su padre fue a poner orden.

Entre los dos bajaron la vieja bicicleta de su hermano y la desempolvaron. Cuando su padre se vio liberado del jaleo que definía la casa cuando Elsa estaba en ella, volvió al sofá y su hija se montó en el sillín y pedaleó torpemente. Nunca había tenido una bicicleta propia porque jamás pudo dejar de avanzar como una zigzagueante mosca atolondrada.

La nieve ya se había derretido, pero todavía quedaban rastros de agua en la calzada y un barro espeso en los caminos de tierra. Se había colocado un desfasado casco en la cabeza, las rodilleras y las coderas de Manuel. Su vida corría menos peligro, no así su dignidad, pensó, dado que el casco estaba repleto de pegatinas de las Tortugas Ninja.

Se rio a pleno pulmón cuando la gente desapareció de su ángulo de visión. Aquella inigualable sensación de ingravidez la fascinaba. Puede que fuera esa misma apetencia la que la llevaba a no querer perfeccionar su técnica con la bicicleta, porque pensaba que perdería parte del encanto rural que ella le otorgaba con su torpeza. «Nosotros hacemos las cosas especiales, Elsa», le había dicho su abuela una y otra vez desde que tenía uso de razón, y se lo había repetido hacía unos días cuando la dejó ver las fotografías.

«Esta eres tú», había añadido.

Elsa no quiso llorar delante de ella, pero supo lo que implicaba aquello. Podría haber elegido otras cosas que fotografiar, sin embargo, al final se había decantado por recoger su visión del mundo. Era la realidad bañada en una tenue subjetividad que la definía. Y era bello, lo que veía era hermoso. Duro, cruel en ocasiones, y dolorosamente sublime.

Lo mismo ocurría desde la bicicleta. Lo que observaba era su vida: ella corriendo por la acera con cinco años y un helado en la mano, que se acabaría cayendo; ella leyendo bajo algún árbol; ella subiéndose a las vallas para tomar instantáneas desde lo que en aquel momento le parecían las alturas; ella conociendo a Hugo en el cementerio; ella respirando el cielo que la envolvía.

Como en ese instante, esquivando los baches de la ruta de su vida lo mejor que sabía. Nunca con los ojos cerrados, porque de esa manera hay más posibilidades de salir airosos de la caída, de magullarse menos y resistir más. Así es el dolor del alma, fulgurante como una estrella, todavía lo percibimos, pero hace tiempo que murió. Eso pensaba Elsa ese día, sin dejar de pedalear. Eso siguió pensando a partir de ese momento.

Giró a la derecha en la salida del pueblo. Era más difícil llevar la bici por aquellos parajes, así que la dejó entre unos matorrales, con la intención de ir a buscarla después, y siguió el resto del camino a pie, con la mochila en la espalda y las viejas botas de agua verde botella luchando con el barro. El pelo se le pegaba, sudado, a la cabeza debajo del gorro de esquimal. Todavía tenía ligeros síntomas gripales, como esos escalofríos que le recorrían la espalda. La sensación febril no tardaría en desaparecer, al fin y al cabo, iba cargada de antibióticos. Su excursión era mucho más divertida que estar en casa, esperando que el tiempo transcurriera en el infinito minutero de un reloj.

Cogió un atajo que había aprendido una primavera de finales de los noventa, cuando se imaginó que era una intrépida exploradora que buscaba hadas en las cercanías del bosque. Ahora estaba mucho menos transitado, así que tuvo que apartar demasiadas ramas, matojos y espinos del camino. ¿Por qué de pequeños todo parece más fastuoso de lo que en realidad lo es?, se preguntaba Elsa mientras salía nuevamente a la carretera. La habían habilitado especialmente para poder llegar en coche hasta el lago. Lo divisó pese a que todavía estaba a bastantes metros de distancia.

Inmenso.

El lago no había perdido en absoluto la influencia que ejercía sobre ella.

Se ajustó la mochila y, con la cara radiante de tanto sonreír, echó a andar hacia él. Dos pasos, tres, cuatro. Frunció el ceño. Miró hacia atrás, pero no vio nada. El campo, un poco embarrado antes de llegar al asfalto, estaba paradisíaco. Anduvo unos cuantos pasos más. Miró hacia la izquierda. Entreabrió la boca como si eso le permitiera escuchar mejor. ¿De dónde procedía ese ruido?

Hizo caso omiso y continuó su camino, sin embargo, en cuestión de un segundo el sonido le perforó los oídos. Un chirrido sofocante se adueñó de la calzada mojada, incluso un poco helada. El coche venía dando tumbos como ella con su bicicleta. Dejó de respirar. Se llevó una mano a la boca. El conductor perdió el control.

Elsa se quedó petrificada durante el fugaz instante que duró el desvío del automóvil. Entonces, la enormidad del lago se bebió al hombre y al coche. Se lo tragó en un abrazo que rugió y el agua emergió un par de metros por encima de la superficie. Si alguien hubiese estado lo suficientemente cerca del agua, habría escuchado el burbujeo del aire que escapa, la respiración abatida, los gritos inefectivos y a un hombre intentando desabrochar un cinturón atascado.

Si alguien hubiera estado fuera, encaramado a un árbol o sentado en la hierba empapada, habría visto correr a Elsa como nunca antes había hecho, habría visto cómo cruzaba la carretera sin mirar, cómo tiraba la mochila contra las raíces de un roble, cómo se desprendía de la chaqueta, del gorro, de las botas, cómo dejaba de tiritar, cómo ella misma se ahogaba en los gritos que era incapaz de proferir. La habría visto recorrer algunos pasos con los pies desnudos, arremangarse el jersey rojo, alcanzar el muelle de madera y saltar. Y si alguien hubiera estado dentro de ella en aquel momento, habría sabido que Elsa estaba viendo algo que jamás habría querido fotografiar y que ese lugar nunca más volvería a ser su favorito.

Sin embargo, no había nadie. El agua estaba helada y el aire frío le perforaba los pulmones. Lo tomó a bocanadas grandes y se sumergió en la penumbra espesa del lago. La luz solar, en el centro del cielo, iluminó justo lo que temía ver. Nadó hasta el objetivo, sintiendo la ropa pegándose a su cuerpo, dificultando su avance. Y el aire. ¡Cómo le pesaba, cómo le faltaba! Dio una vuelta alrededor del coche y llegó hasta la puerta del conductor. Ahí estaba. Un hombre joven que la miraba directamente a los ojos, desalentado. Se encogió de hombros y se le escapó el poco aire que le quedaba.

Elsa intentó mantener la calma, aunque nunca llegaría a saber cómo consiguió hacerlo. El hombre todavía llevaba el cinturón puesto. La mitad de la ventana estaba bajada. Introdujo la mano como pudo en el interior y presionó el botón de abertura, pero no funcionaba. Su brazo alcanzó la manivela manual y, haciendo un gran esfuerzo por la presión del agua, consiguió hacerla descender.

La puerta no se abría y el oxígeno escaseaba. Se ahogaba. Miró hacia arriba, si subía y volvía a bajar no habría ninguna posibilidad. ¿Morirían los dos? ¿Podría volver a dormir alguna vez recordando aquella mirada apacible del conductor?

Metió la mitad de su cuerpo por la ventana y estiró del cinturón con todas sus fuerzas. Apretó el botón rojo una y otra vez. Gruñó por la fuerza ejercida y eso solo le supuso perder más aire. Le dolía el pecho. En ese instante, a punto de rendirse, vio la cesta de picnic en la parte trasera. Se estiró tanto que le dolieron las extremidades como si se las hubieran arrancado. Abrió la tapa de mimbre y ahí lo vio, un cuchillo pequeño, dentado. Lo sacó con cuidado y volvió a colocarse frente al cierre del cinturón. Utilizó el cuchillo a modo de sierra, pese a que, como el aire, también se le había agotado la esperanza. Si no se rompía en diez segundos, tendría que salir y salvarse.

Diez.

Recordó los veranos en la piscina con su hermano, deslizándose por el tobogán.

Nueve.

Recordó el olor de las tartaletas de crema de su abuelo.

Ocho.

Recordó a Hugo besándola por primera vez en un concierto de un grupo que no conocía nadie.

Siete.

Recordó todos y cada uno de sus viajes en una ráfaga de polaroids.

Seis.

Recordó a su padre, aquella misma mañana, leyendo el periódico en el sillón y a su madre haciendo café en la cocina mientras hablaba por teléfono.

Cinco.

Recordó su propia voz dando el discurso de clausura del curso de fotografía.

Cuatro.

Recordó, sin saber por qué, la vieja bicicleta en los matorrales.

Tres.

Recordó el chirrido en la carretera.

Dos.

Recordó al hombre.

Uno.

No le dio tiempo a recordar nada.

Se quebró el cinturón.

Salió del coche, aferró al desconocido por la cintura y tiró de él. Tiró hacia la superficie. Lo hizo rápido, agotada, tomando la determinación de que o salían juntos o ninguno lo haría.

Cerró los ojos una milésima de segundo, justo la que necesitas para traspasar la invisible línea entre el interior y el exterior. Los volvió a abrir. Y otra milésima de segundo, la que necesita el cuerpo para recordar que puede volver a respirar. Lo hizo como si no hubiera aire suficiente en la Tierra para saciar sus pulmones, que vivían de nuevo. Amarró al hombre a su costado izquierdo, colocó su cabeza hacia atrás y nadó, nadó mientras apretaba los dientes.

Lo sacó arrastrándolo. Buscó un pedazo de hierba donde colocarlo, le quitó el jersey y la camiseta y comenzó un masaje cardíaco que apenas había puesto en práctica desde las clases de primeros auxilios que había recibido hacía años. No sabía quién de los dos estaba más frío, si él o ella. Ya no importaba. Masajeó e insufló aire en repetidas ocasiones.

—Por favor —repetía.

La piel tirante y fría, el torso duro del hombre, que no parecía responder a la presión que Elsa ejercía sobre él, la hicieron llorar todavía más. Eso fue lo que le dio la fuerza suficiente para intentarlo otras tres veces con más valor.

—¡Por favor! —Y entonces proyectó el peso de su cuerpo sobre sus manos y estas sobre el pecho de él—. ¡Vamos!

El agua salió de su boca y, aunque no recuperó ni un poco de color, abrió los ojos. Elsa se llevó las manos a la cara y después, sin perder más tiempo, se puso en pie y corrió hacia sus cosas. Se resbaló antes de alcanzarlas y cayó, lastimándose el tobillo izquierdo. No le importó. Lo recogió todo y volvió junto al hombre. Lo envolvió en su chaqueta.

—¿Cómo está?

Él la miraba entre las largas pausas que hacían sus ojos cuando se cerraban.

—¡Eh!

Le dio un par de bofetadas en la cara.

—No se duerma —pidió mientras alcanzaba el teléfono.

Le temblaban los dedos mojados. Odió las pantallas táctiles de los teléfonos.

Tenía cobertura, podría telefonear a emergencias. Lo hizo mientras el hombre volvía a mirarla. Ahora, fuera del agua, le pareció mucho más joven.

—¿Cómo está? —repitió.

—¿Muerto? —preguntó él.

—Vivo —respondió Elsa.

Consiguió marcar al fin el breve número.

—¿Cómo se llama? —le preguntó mientras lo colocaba sobre su regazo y le apartaba el pelo de la frente.

—Jo… Jordi.

Alguien contestó al otro lado del teléfono. Elsa intentó explicarse lo mejor que pudo, tartamudeando, castañeándole los dientes por el frío. Dio las coordenadas a quien quiera que estuviese al otro lado y colgó cuando le confirmaron que ya estaban en camino.

—Todo irá bien —susurró.

No supo qué más podría decirle a aquellos ojos verdes transparentes que la miraban. Nunca había mirado a nadie de manera tan intensa. Era adrenalina, alivio, pánico, muerte y vida. Unión. Una que ni siquiera sus cuerpos, tan juntos y helados, podrían expresar.

—No se duerma, por favor —le pidió cuando cerró los ojos otra vez. Lo zarandeó—. Cuénteme algo.

Jordi entreabrió los ojos nuevamente con mucha dificultad. Miró el jersey rojo de Elsa y pensó en que así, mojado, se asemejaba mucho a la sangre. Luego se fijó en la palidez de su cara, en la preocupación, en sus manos envolviéndole con fuerza, en sus labios morados, en los ojos negros con cuyo recuerdo no le habría importado morir en ese coche, porque habían logrado trasmitirle paz.

—So… soy m… m… médico. De… de… —Tenía demasiado frío. Respiró e intentó controlar el tartamudeo—. Deberías… —pronunció lentamente— mo… moverte. Te co… congelarás.

—No pienso moverme de aquí —contestó rotunda.

¿Por qué no se oían las sirenas? En las películas aparecían enseguida.

—¿Por qué? —preguntó Jordi.

Elsa volvió a mirarle y le apretó un poco más contra sí. Era un hombre alto. Debía de medir alrededor de un metro noventa, de espalda ancha, cara cuadrada, barba de varios días y cejas espesas cubriéndole los ojos.

—Porque me debe un jersey nuevo. —Cogió aire—. Y no pienso irme hasta cobrárselo. A ver si se va a escapar cuando me descuide.

Jordi emitió una carcajada aspirada y cerró los ojos otra vez. ¿Todavía tenía ganas de reírse aquella muchacha? Le pareció admirable, más que nada porque esa también era la primera vez que él hacía un amago de reírse en mucho tiempo. Volvió a sacudirlo.

—N… no he muerto —le dijo aún con los ojos cerrados.

Los abrió.

—¿C… cómo te lla…?

Ella le entendió sin que Jordi tuviera que concluir la pregunta.

—Elsa.

—Elsa —pronunció como un eco—. Camina.

—Tampoco he muerto —copió ella.

Elsa lo miró y le pareció que sonreía. Sí, eso había sido una sonrisa.

—In… intenta seguir así, entonces.

—Pero ¿dónde está la maldita ambulancia? —dijo seria.

Estaba agitada y enfadada a partes iguales. El enfado debía de ser un síntoma derivado del miedo.

—Cuénteme algo —dijo otra vez cuando Jordi hizo ademán de cerrar los ojos.

—E… Elsa —pronunció—, ¿cuántos años he en… envejecido?

Entendió a qué se refería.

—No tienes el mejor aspecto ahora mismo —le tuteó.

—Elsa…

Parecía gustarle su nombre.

—Dile a mi madre que…

—No tengo buena memoria —se apresuró a contestarle—, mejor se lo dices tú.

Él levantó una de sus manos, apretó un poco el antebrazo de ella y retomó el discurso.

—Dile que gracias por… por la cesta de picnic.

Elsa cerró los ojos y se dio cuenta de que la mujer que le había dado la vida a aquel hombre era la misma que le había otorgado una oportunidad de salvarse.

—Cuéntame al… algo… —pidió él esta vez.

—Los cuentos son para dormir —respondió Elsa, cada vez más impaciente y asustada—. Yo no quiero que te duermas.

Jordi se quedó mirando hacia el cielo, descubierto y un poco más nublado que antes de sumergirse muy cerca de la muerte. Sus ojos se anclaron al azul grisáceo y Elsa siguió la dirección de su mirada.

—¿Lo ves?

Ella se encogió de hombros y negó con la cabeza. Él le pidió que se acercara.

—¿Lo ves ahora?

Contempló de nuevo la bóveda celeste.

—¿El qué?

Jordi susurró algo inaudible. Elsa se acercó hasta que su oído estuvo lo suficientemente cerca de su boca.

Escuchó aquella pregunta justo en el momento en el que las sirenas de las ambulancias y los coches de policía camuflaban la voz de Jordi. Pero Elsa la oyó, nítida, sin interrupciones, sin el frío tartamudeo en la voz. La asimiló sin saber que esa pregunta se convertiría en el recuerdo que ocuparía hasta su último segundo de vida.

Capítulo 3

Día 298

 

Elsa miraba a Hugo incrédula mientras el coche avanzaba entre la nieve con las cadenas bien aseguradas a las ruedas, de vuelta al hogar. Ella todavía no le había dicho que tenía intención de ir a pasar unos días a casa de sus padres. De hecho, no tenía intención de decírselo en el interior del coche, porque se figuraba su reacción y ahí no tendría escapatoria. Debería permanecer serena escuchando consejos acusatorios que no compartía. ¿Quién sabía mejor que ella lo que le hacía falta?

Él parecía creer que era conocedor de la verdad universal y, por el contrario, no hacía más que escudarse en mentiras. Envolvía su reciente compromiso y su inminente boda en una gran farsa. Hablaba de lugares, de invitaciones, de las fotografías de los novios, de los invitados…

Elsa escuchaba con la misma paciencia de alguien que sabe que en algún momento va a acabar colmando el vaso. ¿Una boda en la playa? ¿Invitaciones color crema con letras doradas? ¿Tarta de queso? ¿Vestido crudo por las rodillas? ¿Rosas blancas? Parecía una boda improvisada, sin pizca de originalidad ni ilusión. Decir que aquella era la boda que una vez, siendo niña, había soñado era ridículo. Aquello solo era un fatídico error que Hugo pretendía convertir en balsa de salvación, no para los sentimientos de ella, sino para los suyos propios. Perdía, sin embargo, aire por todas partes. Solo era una falacia más en su relación, porque si Elsa tenía algo claro era que él hacía aquello por lo mucho que la quiso un día.

¿Dónde había quedado ese amor? ¿Cuándo pensó que era más importante fingir que la quería antes que dejarla ir? Pese a todo, esa idea la atormentada. ¿Dejarla? Y aun sin dejarla, ¿se quedaría ella sabiendo lo que pasaría?

Intentaba contestarse a sí misma, sin embargo, la canción que Hugo había puesto en el reproductor de música le taladraba el cerebro. Era una de sus canciones, la que los acompañaba en los viajes y les hacía sentirse despreocupados, ilusos a veces. Ese You and I de Ingrid Michaelson que parecía hacerles creer en lo imposible, en un nosotros que podrían hacer frente al mundo entero si estaban juntos.

Él esperaba que la cantaran, como siempre, pero Elsa simuló no darse cuenta, ignoró su mirada y la perseverancia con la que buscaba su aprobación a todo lo que estaba contándole. Se encogió dentro de su jersey blanco y se recostó contra la puerta del coche. Miró el paisaje y ni siquiera su cámara se le hizo apetecible. Le desagradó pensar que estaba renunciando y desperdiciando parte de sus vivencias por centrarse en una cuestión que no sabía cómo resolver.

—Elsa, ¿me escuchas?

—Siempre lo hago —murmuró.

Escuchar le escuchaba, a pesar de que no sabía de qué manera gestionar el asunto. Otra en su lugar, quiso convencerse, actuaría del mismo modo. ¿O no? Quizás había sido ella, con su actitud de los últimos meses, la que había abocado al fracaso el amor de su vida.

—Pues di algo, ¿no? Parece que me vaya a casar con otra —comentó molesto.

—¿Qué quieres que te diga, Hugo? No me gusta el color crema, ni los vestidos de novia cortos, ni la tarta de queso, ni una boda playera…

—¡Vaya! —Levantó las manos del volante, poniéndose a la defensiva—. ¿He dicho algo bueno? Porque no te he oído aportar nada hasta el momento.

—Simplemente no es lo que quiero.

—¿Y qué quieres?

Se hizo el silencio.

—Sé lo que no quiero —confesó.

—¿Hacia dónde vamos, Elsa?

—¿No has mirado el mapa antes de salir? —preguntó ella, aunque sabía a qué se refería.

—Quiero hacer esto por ti, de verdad, pero has de poner un poco de tu parte.

El suspiro seguía creciendo en el pecho de Elsa. Lo hacía a intervalos de intensidad desde hacía cuatro días. La cabaña se había convertido en un zulo del que había querido salir cuanto antes. ¿Iba a atreverse a dejarlo salir?

Lo mantuvo a raya, sin embargo, no pudo hacer lo mismo con las palabras.

—Pensaba que querías hacer esto —puso énfasis en el pronombre— conmigo, no por mí. Parece como si te sintieras obligado.

Elsa se incorporó y se fijó en su reacción. Hugo miraba al frente con el entrecejo arrugado, las cejas muy juntas y la garganta seca, aunque esto último era información desconocida para ella.

—Lo hago contigo. Me refería a planificarlo yo, para… que no te estresaras.

—Organizándolo todo tan rápido, el único que parece estresado eres tú.

Él no contestó. Se limitó a pisar el acelerador. Ella siguió hablando.