
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Jodi O’Donnell
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La promesa de un hombre, n.º 1359 - enero 2016
Título original: The Rancher’s Promise
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8000-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
LARA Dearborn agarró el pomo de latón y golpeó la puerta con la cadera. La puerta de madera, deformada tras décadas de la humedad que reinaba al sur de Texas, cedió de golpe, y Lara entró de sopetón y a trompicones en la desierta sala de espera de la clínica.
Consiguió detenerse antes de chocar contra el mostrador de recepción, pero en su desesperado intento por mantener el equilibrio dejó caer los libros e instrumentos que llevaba entre los brazos. El estetoscopio, afortunadamente protegido en su caja rígida, resbaló por el suelo hasta meterse bajo el sofá de cuadros que había junto a la pared. Sin embargo, la voluminosa enciclopedia médica le cayó en el arco del pie.
Lara no solía maldecir, ni siquiera cuando sentía dolor. Se agachó para darse un masaje en el pie y soltó varias de las alternativas favoritas que solía utilizar.
—Mecachis, jopelines y recórcholis —exclamó con cierto alivio. La satisfactoria sensación duró solo un segundo, hasta que oyó una profunda risa masculina en algún lugar de la clínica, más allá del mostrador.
—¡Oh! —exclamó Lara con sorpresa y cierta vergüenza. Era sábado por la tarde y había creído que estaría sola en la clínica, y que podría explorarla e incluso hacer algo de trabajo antes de conocer a sus pacientes la semana siguiente—. Bueno —exigió—, ¿quién hay ahí?
—Mi nombre es Bond —respondió una voz que imitaba perfectamente a Sean Connery—. James Bond —a esas palabras siguió una risa profunda.
Lara dobló la cintura y palpó bajo el sofá en busca de su estetoscopio; en cuanto lo encontrara, pensaba salir de allí a toda prisa. No creía que la persona cuyos pasos se acercaban a la sala de espera fuera peligrosa, al fin y al cabo estaba en Bridgewater, Texas, donde todos se conocían. Pero prefería comprobarlo en un entorno en el que se sintiera menos vulnerable.
Pero no tuvo esa suerte. Acababa de poner la mano en la caja negra en la que estaba su estetoscopio cuando un vaquero rodeó el mostrador.
—¿Puedo ayudarla, señora? —preguntó un hombre vestido con unos vaqueros usados, una camisa verde remangada y unas botas polvorientas. Lara pensó que solo le faltaba un rifle y mascar tabaco para completar la imagen de vaquero de película.
—No, no. En absoluto —dijo con nerviosismo, dándose una palmada en el muslo para simular coraje—. Solo he venido para… mmm, pero creo que será mejor que me vaya. Es decir, si no lo molesta, señor, ejem, Bond —sus palabras provocaron otra atractiva carcajada.
—En realidad, no me llamo Bond, y tampoco estoy loco —dijo él para tranquilizarla—. Ha sido por tu manera de preguntar quién era; además, siempre he querido decir eso en público, y no ante el espejo del cuarto de baño. Eso y «adelante, alégrame la vida» —explicó. Al ver la mirada intranquila de Lara, hizo un gesto con la mano—. Perdona. Tienes ante ti al producto de una imaginación hiperactiva. No me prestes atención.
El problema era que no prestarle atención hubiera sido imposible. Por eso lo miraba fijamente. Era tan guapo como cualquiera de los héroes que decía imitar ante el espejo del cuarto de baño. Incluso más.
Tenía los ojos color chocolate y pelo corto del mismo tono marrón profundo. El mentón estaba tan bien definido, que parecía tallado. Medía más de un metro ochenta, tenía la espalda ancha y caderas estrechas. Pero fue su sonrisa, amplia, blanca y levemente nostálgica lo que hizo que se le desbocara el corazón. Tenía hoyuelos profundos en ambas mejillas.
—¿Te has hecho daño? —la sonrisa se desvaneció cuando la vio quitarse el zapato para frotarse el arco del pie. Un segundo después estaba arrodillado ante ella y tenía su tobillo en la mano, sin darle tiempo a quejarse—. Dios, aquí estoy, hablando sin parar, sin pensar en que algo ha debido provocar esas divertidas blasfemias.
Incluso a través del grueso calcetín deportivo, sintió la calidez de sus enormes manos; en vez de desear apartarse, Lara sintió un escalofrío de excitación. Al verlo tan cerca, notó lo espesas que eran sus pestañas. También tenía las cejas oscuras y gruesas y realzaban su mirada igual que hacían los hoyuelos con su sonrisa.
—Estoy bien —contestó—. Lo sabría si me hubiera roto algo… Soy la nueva asistente médico de la clínica.
—Claro. Debes ser Lara, la prima de Griff —dijo él. Ella sintió cierta decepción cuando le soltó el tobillo.
—Es el diminutivo de Larissa. En vez de 007 o Harry el Sucio, a mi madre la apasionaba el Doctor Zhivago —admitió ella, poniendo los ojos en blanco.
—Es una suerte —dijo él alzando sugestivamente las cejas—. Si no recuerdo mal, las chicas Bond suelen tener nombres muy picantes.
Lara se echó a reír y él la miró con una expresión tan satisfecha, que ella bajó los ojos y jugueteó con la caja del estetoscopio. Ya no sentía la más mínima aprensión.
—¿Conoces a Griff? —preguntó con voz temblorosa.
—Claro que sí. Me enorgullezco de considerarlo uno de mis mejores amigos —se sentó en los talones—. Por eso, cuando Griff mencionó que tenía una prima en Dallas que acababa de graduarse como asistente médico y buscaba trabajo, le di la lata para que te trajera aquí, a la clínica de Bridgewater.
—¿Eres el jefe de Griff? —su estima por él subió otros diez puntos. Según su primo, la idea de reemplazar al doctor Beckett, jubilado, con un asistente médico en vez de un médico a tiempo completo, había sido del ranchero para el que trabajaba. Un médico vendría desde Houston para atender a los casos graves. Esa solución ahorraría tiempo y dinero a todo el mundo. Pero, sobre todo, proporcionaría mejor asistencia médica a los miembros de la comunidad con menos recursos económicos, dado que el jefe de Griff se había ofrecido a pagar su salario.
—Bueno, no me considero su jefe —dijo, aún en cuclillas ante ella—. Griff es el capataz de mi rancho y lo considero más bien un socio. Mi nombre, por si no lo sabes, es Connor.
Le ofreció la mano y Lara no tuvo más remedio que aceptarla. Sintió una oleada de calor que recorrió su brazo y le llegó al pecho.
—La verdad, Lara —añadió Connor con candidez y la mirada segura y sincera—. Me alegro de que hayas llegado. Te necesitamos aquí, en Bridgewater.
Lara no pudo evitar sonrojarse. Sabía que su rostro estaba encendido como una bombilla; siempre le ocurría cuando un hombre atractivo le prestaba la más mínima atención. Por lo general, eso provocaba que saliera corriendo en dirección opuesta. Sin embargo, con Connor no se sentía así. Por una vez le parecía que estaba donde debía estar y eso la extrañó.
Había dudado mucho antes de abandonar Dallas para hacerse cargo de la diminuta clínica de una ciudad que siempre recordaba con cierto dolor de corazón. Pero su primo le había dicho que las cosas habían cambiado mucho desde que su madre y ella se marcharon de allí hacía más de veinte años. El hombre que les había causado tanto dolor ya no tenía el poder sobre Bridgewater y el resto del condado que había tenido en aquellos tiempos. Según Griff, todo era distinto y lo ocurrido entonces era agua pasada.
Lara, impresionada por la sincera acogida de Connor, que la había contratado para ayudar a los ciudadanos menos afortunados, admitió que quizá Griff tuviera razón. Las cosas parecían haber cambiado y, además, se sentía muy cómoda con el hombre que acababa de conocer. Se alegraba de haberse atrevido a regresar. Estaría a cargo de la clínica durante la semana, ocupándose de los casos más sencillos: enfermedades leves, heridas, revisiones y campañas de vacunación. Se ocuparía de la gente y acabarían por necesitarla, sería un trabajo muy satisfactorio.
Había dejado el pasado atrás y, al mirar los profundos ojos marrones de Connor, se alegró de que hubiera ante ella un futuro lleno de posibilidades. Sonrió, ruborizándose aún más. No le importó, pues los hoyuelos de Connor se hicieron aún más profundos y se imaginó que besar uno de ellos sería una experiencia casi divina.
—Apuesto a que has venido a echar una ojeada al sitio en el que pasarás la mayor parte del día —aventuró él.
—Eso es exactamente a lo que he venido —replicó ella con seriedad.
—¿Me concedes el honor de ser tu guía? —Connor se puso en pie y le ofreció la mano. Ella se sintió como si fueran compañeros de toda la vida. Sin dudarlo un segundo, la aceptó.
—Te sigo —dijo.
—He estado encerando los suelos, intentando adecentar esto un poco antes de que llegaras —explicó Connor, abriendo la puerta de uno de los consultorios y encendiendo la luz. Lara se puso de puntillas para mirar por encima de su hombro. Lo siguió al interior de la sala e, hirviendo de excitación, recorrió la habitación con la mirada. Estaba ordenada y resplandeciente, así que, a pesar de sus palabras, Connor solo podía haber estado realizando una limpieza cosmética.
El sol de octubre se filtraba por las persianas, bañando la habitación con una luz cálida y acogedora. La camilla de cuero tenía un trozo de papel limpio en el centro, lista para el siguiente paciente. Al lado había un aparato para medir la tensión arterial y en la pared opuesta una tabla para medir la agudeza visual. Al otro lado había diversos instrumentos alineados y tarros de cristal con bolas de algodón. Incluso había un termómetro digital junto a un ordenado montón de libros sobre nutrición, cuidados prenatales y enfermedades infantiles.
—No contamos con equipo muy moderno —se excusó Connor, a su espalda. Lara giró y lo vio apoyado sobre la camilla. La examinaba con interés: sus ojos se posaron en su boca sonriente y luego volvieron lentamente a sus ojos, haciendo que Lara se apartara con nerviosismo, sintiéndose menos cómoda que antes.
—Eso no me preocupa —le aseguró.
—Quizá no, pero es otra de las razones por las que no hemos conseguido contratar a un médico a tiempo completo desde que el viejo doctor Becker se retiró, hace año y medio —comentó Connor—. La enfermera, Bev Jefferson, ha hecho lo que ha podido, ocupándose de que aquellos que lo necesitan vean al médico que viene los martes y los viernes. Pero hemos echado en falta a alguien que viviera aquí, que formara parte de la comunidad. Alguien a quien la gente conozca y en quien confíen.
Lara probó los grifos de agua caliente y fría del pequeño lavabo de acero inoxidable. Connor debió notar, como ella, que el grifo goteaba, porque se acercó y, rozándola con el brazo, lo comprobó él mismo.
—¿Hay mucha gente que haya tenido que pasarse sin atención médica? —preguntó Lara, apartándose. Su proximidad la mareaba y estaba perdiendo el control. Sentía el impulso de entregarse a sus brazos en busca de un beso.
—Supongo que se ha hecho todo lo imprescindible —contestó Connor, apoyando la espalda en el armario y poniendo las manos en el borde de la encimera. No daba la impresión de haber percibido el nerviosismo de Lara, lo que ella agradeció internamente—. Pero, según creo, lo que mejor hacía el médico anterior era escuchar los problemas de la gente, físicos o de otra clase. No lo sé de primera mano, porque cuando me instalé aquí el doctor ya se había jubilado.
—¿Quieres decir que no eres de aquí? —inquirió Lara con sorpresa.
—No. Nací en Bridgewater, pero he pasado la mayor parte de mi vida en Fort Worth, con mi madre —apretó los labios un momento—. Mis padres se separaron cuando yo tenía cuatro años —reveló con dignidad. Lara sintió lástima por él y olvidó su incomodidad. Puso la palma de la mano sobre el dorso de la de Connor.
—No era mi intención hacerte recordar algo doloroso, Connor.
—Ya no es doloroso —replicó él. Sus ojos marrones se tiñeron de calidez. Se volvió hacia Lara y puso la otra mano sobre la de ella—. Solo es algo que… está ahí, ¿entiendes?
Lara lo entendía perfectamente. Estuvo a punto de revelar una parte de su propia historia, que no era muy distinta, pero su reserva habitual la detuvo. Supo, sin embargo, que se había establecido otro vínculo de entendimiento entre ellos. Era obvio que Connor, como ella, se había congraciado con su pasado; que sabía que eso era esencial para ser libre y disfrutar de una vida feliz.
—Entiendo por qué Griff dice que le gusta trabajar para ti —le dijo con candidez.
—Me alegra saberlo —Connor enrojeció de placer—. Lleva conmigo menos de un año, pero se ha hecho indispensable. A decir verdad, dirigir un rancho es algo nuevo para mí.
A Lara le encantó esa nueva demostración de sensibilidad, y que Connor se sintiera cómodo revelando otro dato personal. Si hubiera sabido que era tan fácil comunicarse con un hombre, lo habría intentado antes. Pero también era consciente de que no se encontraba en una situación normal y de que él distaba de ser un hombre ordinario.
—Bueno, incluso si lo del rancho es nuevo para ti, seguro que se te da muy bien —afirmó ella. No apartó la mano, ni siquiera cuando él apretó los dedos y la atrajo unos centímetros.
—Créeme, tengo mucho que aprender —dijo él con un tono tan grave, que el ambiente de la habitación pareció casi íntimo—. Pero ya no me importa tener que trabajar tanto, ahora que tú has llegado.
—¿Yo? —a Lara se le secó la garganta y clavó los ojos en su amplia boca. O estaba loca, o él daba la impresión de estar a punto de besarla—. ¿Qué tengo que ver yo?
—No lo sé, Lara —dijo él con voz suave, acercándose. Ella tragó saliva y alzó la vista. Vio en sus ojos que no estaba loca. Era muy posible que terminara besando a un hombre al que acababa de conocer—. Tú eres… tú.
—¿Yo? —repitió ella tontamente. Iba a besarla, su boca estaba muy cerca, y tenía la impresión de que no iba a importarle nada.
El beso fue suave, pero no tímido, más bien una exploración. Ni Lara ni Connor cerraron los ojos, y ella se sintió reconfortada, como si el sol saliera de detrás de una nube oscura y densa que hubiera estado sobre ella durante mucho, mucho tiempo. Él alzó la mano hacia su barbilla y la atrajo aún más.
—¿Qué es, Connor? —susurró ella—. ¿Qué has visto en mí?
—Es solo que… de alguna manera siento que contigo puedo ser yo mismo, olvidarme de Tanglewood y las presiones que me agobian.
—¿Tanglewood? —incluso bajo el hechizo del beso de Connor, Lara oyó timbres de alarma en su cabeza. Se apartó ligeramente.
—Es el rancho de mi familia.
—¿Te refieres al que está junto al río Brazos? ¿El que ocupa la mitad del condado?
—Sí —replicó Connor, intranquilo, a pesar de que Lara ni siquiera había pestañeado.
Automáticamente, ella se apartó y, aunque su mente era un torbellino, notó lo que su reacción provocaba en él, vio el dolor que oscurecía sus ojos. También notó su intranquilidad, como si supiera que algo no iba bien.
—Entonces, eso significa que te apellidas…
—Brody —interrumpió Connor, apartando la vista y tensando la mandíbula, como si acabara de recibir un pinchazo de dolor.
—¿Eres hijo de Mick Brody? —Lara no pudo disimular el asombro, más bien horror, que teñía su voz.
—Sí —asintió él tras un leve titubeo.
Lara se alejó como si la hubiera aguijoneado. Sabía que no tenía derecho a sentirse traicionada, pero era así. Traicionada por Griff, que conocía su historia y los difíciles que habían sido esos años para ella, y más aún para su madre. Pero también se sentía traicionada por el destino, que la había puesto en esa situación justo cuando bajaba la guardia ante un hombre por primera vez.
El miedo la atenazó de repente. Se preguntó si Connor sabía quién era ella y lo que había ocurrido. Era imposible, o habría previsto una cierta cólera hacia su persona.
Lo ocurrido antaño «no» era agua pasada. No podía serlo. Mick Brody era el hombre que había destrozado a su padre y lo había alejado de su madre y de ella, dejándolas solas ante el mundo.
CONNOR no pudo evitar la sensación de futilidad que lo envolvió cuando Lara Dearborn lo miró asombrada, como si hubiera un fantasma a su espalda.
En realidad, la reputación de su padre era un espectro que le hacía sombra donde quiera que fuera e hiciera lo que hiciera. Una vez más había sido acusado y juzgado sin opción a defenderse, ¡él no era como Mick Brody!
Era imposible no ver la mirada que se había asentado en los ojos de Lara. Había visto el mismo veredicto en el rostro de casi todos los habitantes de Bridgewater, en un momento u otro. Dudaban de sus motivos y los inquietaban sus actos, como si sospecharan que iba a desvalijarlos en cuanto se descuidaran. Lo peor era ver un asomo de miedo en los ojos de la gente, eso lo destrozaba. Temían que si confiaban en él, como sus genes seguían siendo Brody, acabaría rindiéndose a su propia naturaleza y se reiría de ellos, o algo peor.
En los últimos seis meses había logrado ciertos progresos con la población. Había realizado un esfuerzo enorme, y a veces se sentía tan descorazonado que tenía ganas de rendirse. Poco a poco, iba ganándose la confianza de la gente y lo miraban con menos inquietud. En ese momento, comprendió que estaba tan acostumbrado a esforzarse para que la gente confiara en él, que al no haberlo tenido que hacer con Lara se había sentido libre, como si se hubiera quitado un gran peso de encima. Por esa razón, ver esas mismas emociones inundar los suaves ojos grises de Lara le dolió más que nunca. Al final, ella había resultado ser como todos los demás.
—Sí —afirmó, aferrándose al compromiso de honradez que le daba su fuerza—. Soy el hijo de Mick Brody. Veo que su reputación me precede —añadió, sin poder disimular una cierta ironía—. Llega hasta Dallas.
Se preguntó quién le habría contado a Lara lo de su padre. Dudaba que hubiera sido Griff, que había sido un firme partidario suyo desde que lo nombró capataz de Tanglewood, hacía seis meses. Eso fue después de que arrestaran a su padre, lo juzgaran culpable de asesinato y lo enviaran a prisión. Connor había tenido que enfrentarse solo a todo un condado, que consideraba el apellido Brody un sinónimo de serpiente de cascabel.
—Yo…, yo nací aquí —dijo Lara con voz inexpresiva—. Mi madre y yo también tuvimos que marcharnos cuando yo tenía cuatro años.
—Entonces, no sabes las últimas noticias, ¿verdad? —en circunstancias normales, Connor habría expresado sus condolencias, pero lo enfureció que la opinión contraria a su padre se hubiera formado cuando ella acababa de dejar los pañales.
—No —admitió ella suavemente.
—El año pasado se descubrió que mi padre fue responsable de la muerte del capataz del rancho Bar G, hace casi una década. Parece que el capataz le había robado la novia a mi padre unos años antes —Connor tomó aire y siguió—. Gracias a que pudimos permitirnos el mejor abogado defensor de Texas, condenaron a mi padre a treinta años, con posibilidad de libertad condicional después de diez. En otro caso, lo habrían condenado a muerte, o al menos a cadena perpetua.
Los labios rosados de Lara formaron una «O» de sorpresa, y Connor se sintió aún peor. Hacía solo unos minutos se había sentido tan cómodo con esa mujer, que se había atrevido a besarla.
Deseaba volver a tocarla, aunque no esperaba que reaccionara como antes, cuando un rubor rosado había teñido sus cremosas mejillas, como un amanecer. Tenía el pelo rubio y corto, alborotado como si acabara de salir de la cama; Connor deseó enredar los dedos en los sedosos mechones y besarla con pasión.
Lo que estaba pensando debió notarse en sus ojos, porque los de ella se tiñeron de temor. Pero no era la aprensión de antes, no tenía tanto que ver con su nombre, Brody, como con lo que era, un hombre. En cualquier caso, no auguraba nada bueno para su relación, aunque Connor no podía olvidar el momento de intimidad que habían compartido.
—Hola. ¿Hay alguien ahí? —se oyó desde la puerta.
Connor, tragándose su frustración, salió al recibidor. En el pasillo había un hombre que le resultaba familiar, con un niño en brazos.
—Oh, señor Brody. Soy Russ Dayton, vivo junto a la fábrica de plásticos.
—Claro. Recuerdo que me lo presentaron cuando fui con la junta directiva del condado a realizar la inspección —Connor se acercó y le ofreció la mano. Russ la estrechó suavemente y luego tocó la nuca del niño.
—¿Van mejor las cosas desde que se controlan las emisiones tóxicas? —preguntó Connor.
—Desde luego que sí, señor Brody. Ya no sufrimos los problemas respiratorios ni las irritaciones de ojos que solíamos tener en el vecindario.