
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Jodi O’Donnell
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La novia de su amigo, n.º 1376 - mayo 2016
Título original: His Best Friend’s Bride
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8213-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Si te ha gustado este libro…
En un pabellón de maternidad de Texas, veintiséis años antes.
Qué carita tan linda —al oírlo, Mary Jo Sennett se giró y vio junto a ella a una mujer de su edad que miraba a través de la ventana a los recién nacidos alineados en la sala—. Esa es su hija, ¿verdad? ¿La tercera desde la izquierda en la primera fila? Qué pelo tan rubio tiene. ¡Parece un ángel! Me temo que el pelo de mi bebé va a ser como el mío, negro como el carbón y rebelde.
Con una expresión cómica agarró un manojo de su pelo como para arrancarlo e hizo reír a Mary Jo.
—¡Ay! —dijo frotándose los doloridos músculos del vientre por encima de la bata—. Puede que parezca un ángel en esa cuna, pero mientras nacía más bien parecía un demonio.
La otra mujer rio.
—Me parece que tienes uno vivo entre manos.
Mary Jo decidió que esa mujer le caía bien, con su rizado pelo negro azabache y su risa musical. Ella y su marido, Andy, se habían mudado recientemente a Bridgewater, una pequeña ciudad a unas ochenta millas de Houston. Andy era un técnico de mantenimiento de la compañía eléctrica y el traslado les convenía. Pero Mary Jo añoraba su antigua casa, su antigua calle y, sobre todo, a sus vecinos.
Miraba a la otra mujer deseando hacer amistad, pero no tenía muchas esperanzas. Ese hospital era regional y servía a muchas ciudades, por lo que había pocas posibilidades de que vivieran cerca.
«Pero podemos ser amigas mientras estemos aquí», pensó. Aunque no sabía su nombre, las dos tenían bebés nacidos el mismo día, y eso ya era mucho en común.
Mary Jo miró a través del cristal y localizó a un bebé con el pelo más negro y espeso que había visto en su vida.
—Si no me equivoco, el que está a la derecha de mi hija es tu bebé.
—Ese es mi chico —contestó la mujer—. El primero de muchos hijos, esperamos.
—Julia es mi segundo hijo, aunque la primera niña —dijo sonriendo.
—¿Le vais a poner Julia?
—Sí. Julia Marie. ¿Qué nombre habéis pensado ponerle al vuestro?
—Oh, aún no nos hemos puesto de acuerdo. ¿No es terrible? Como si no hubiéramos tenido nueve meses para pensarlo.
—Algún nombre se os ocurrirá —le aseguró Mary Jo—. Uno que será perfecto para él.
Se quedaron un rato en silencio contemplando las muecas que hacían sus respectivos bebés.
—Son como la novia y el novio, ¿no te parece? —exclamó la mujer.
Mary Jo sonrió sabiendo por qué lo decía.
—Lo dices porque sus cunas están una al lado de la otra y ella es tan rubia y él tiene el pelo tan negro…
—Parece como si estuvieran a punto de pronunciar sus «sí quiero» —continuó la otra mujer—. Aunque me parece que aquí viene un pillín a separarlos.
Una enfermera había separado las dos cunas y había intercalado una nueva.
Mary Jo fingió pena.
—¡Oh, no! ¿Qué malvado granuja se atreve a separar al verdadero amor?
—Ese es mi malvado granuja —intervino riendo otra joven madre que acababa de llegar sentada en una silla de ruedas—. Claro que detesto pensar que mi hijo ha sellado su destino como granuja solo por haber llegado después.
—¡Cielos, no! Solo estábamos bromeando —exclamaron al unísono Mary Jo y su nueva amiga.
La tercera madre intentaba ponerse en pie y ambas se acercaron para ayudarla.
—Déjame que te ayude —dijo Mary Jo, agarrándola por el codo.
—Muchas gracias. Debería estar en la cama. El bebé no estaba colaborando y tuvieron que hacerme una cesárea. Pero tenía que echarle un vistazo a mi pequeño.
—Estoy segura de que habrá valido la pena —dijo Mary Jo.
La mujer la miró agradecida y Mary Jo se percató de que también tenía el pelo negro azabache, pero largo y lacio.
«Qué raro, encontrar a dos nuevas madres con un pelo tan poco corriente», pensó Mary Jo.
—Estoy deseando que llegue mi madre —dijo la segunda mujer—. Mi marido ha ido a Bridgewater a recogerla.
—¿Vives en Bridgewater? —exclamó Mary Jo—. Nos acabamos de mudar allí. Hemos comprado una casa en Chestnut Street.
—¡No! ¿Chestnut? Eso está solo a una manzana de Oak, donde yo vivo.
La tercera madre se quedó mirándolas perpleja.
—¡Qué coincidencia! Yo también vivo en Oak entre Fourth y Fifth. No hace mucho que vivimos allí. Acabamos de comprarle la casa a mis suegros.
Las tres mujeres comenzaron a parlotear a la vez.
—¡Es increíble! ¡Qué coincidencia!
—Tenemos que vernos.
—Con nuestras familias.
—A lo mejor nuestros bebés se hacen amigos para toda la vida.
—¡Pero si ni siquiera sabemos cómo nos llamamos!
Estaban distraídas intercambiando los nombres cuando el bebé de Mary Jo y el de la segunda madre comenzaron a llorar cada vez más fuerte.
—Huyuyuy… Esto puede romper nuestros planes —bromeó Mary Jo—. Me parece que a esos dos no les va a gustar que otro hombre se interponga.
Las tres mujeres rieron, agarradas del brazo. Lo que habían dicho era absurdo. Después de todo, solo eran tres bebés, sus personalidades tenían que formarse y sus vidas y destinos estaban por escribir.
Griff Corbin abrió una lata de refresco y dio un largo trago mientras esperaba apoyado en el gastado mostrador de madera de Kearney’s Tack and Feed.
Dale Kearney, detrás de la barra, acababa de recibir una llamada.
—Sí… no… sí está… se lo diré… —balbuceaba mientras miraba a su único cliente.
Colgó e informó a Griff.
—Esa maestra amiga tuya está de camino. Una emergencia. Dijo que era importante —se alzó la gorra y se rascó la cabeza. Continuó con desinterés—. Estaré fuera descargando unos bloques de sal, en caso de que me necesites. Deja una nota con lo que hayas tomado y te lo anotaré como siempre.
Griff se preguntaba qué es lo que esa «maestra amiga» podía querer. La última vez que Julia Sennett había considerado una emergencia había sido cuando Skip Goslin, el encargado de correos, había anunciado que iba a disparar contra los cuervos que anidaban enfrente de su oficina porque Esther Biddle se había quejado de que la habían atacado y le habían destruido el sombrero.
Griff la había escuchado con paciencia protestar contra la crueldad hacia los animales y luego le había dicho que los cuervos eran una molestia, aunque también lo eran los sombreros de Esther. Al final, había ayudado a Julia a colocar un toldo sobre la entrada de correos, salvando así a los cuervos, los sombreros, las cabezas y los hombros de todos los clientes.
Esa era Julia. Siempre había defendido a los animales, a los jóvenes, a los viejos, los enfermos y los desafortunados. Había sido así toda su vida.
Dio otro sorbo a su refresco, pensando que si Julia era así se debía, en parte, a que había perdido a su madre cuando tenía cinco años y la habían criado Ty, su hermano mayor y Andy, su padre. Aunque fuera maestra, era distinta a todas las demás. Al salir de la universidad, se había ido con el Peace Corps a Centroamérica y, a su regreso, la habían contratado como maestra en la escuela primaria y los administradores se preguntaban qué tipo de gato salvaje habían conseguido.
Sí. Julia estaba dispuesta a todo. También Reb y también él.
Se oyó un frenazo. Seguro que era ella. Por la ventana vio salir de un coche a una mujer vestida con pantalones y chaqueta color caqui que resaltaban su belleza y el rubio de su cabellera.
Abrió la puerta de un empujón. Su expresión reflejaba que algo realmente serio estaba ocurriendo. Griff se dirigió hacia ella y la mirada de Julia mostró tal alivio que hizo resurgir en él un sentimiento que ya creía congelado y almacenado en lo más hondo de su corazón desde hacía años.
Ese sentimiento se reavivó en un segundo cuando Julia Sennett, su mejor amiga, se echó a sus brazos y lo abrazó.
Griff también la abrazó. Esa mujer, que nunca había mostrado un momento de temor ni de duda, estaba temblando.
Él cerró los ojos para saborear un momento tan excepcional.
—¿Qué tienes, Julia? ¿Qué te pasa?
—Oh, Griff —exclamó. Las lágrimas asomaban a sus ojos color miel.
—¿Qué te pasa, cariño? —susurró él—. Puedes contármelo.
—Es Reb… —contestó ella con labios temblorosos—. Me ha escrito diciendo que tiene dudas sobre casarse conmigo. ¿Por qué? ¿Por qué no iba a querer casarse conmigo?
Julia vio cómo Griff abría sus ojos color violeta, sorprendido, y luego los entornaba como nunca lo había visto hacer. Tenía que estar ciega para no comprender su significado: ¡cuidado, peligro!
—Griff, no —se apresuró a decir—. No te lo he contado para que te enfades con Reb, que ya lo has hecho…
—Entonces ¿para qué me lo has dicho?
—Para que me ayudes, claro. Solo quiero comprender. Comprender lo que está pasando por la mente de Reb para que crea que los dos no estamos hechos el uno para el otro.
—¿Y cómo se supone que tengo que ayudarte? —preguntó con mucha calma.
Entre los tres amigos, Griff siempre había sido el más calmado, el más frío y controlado. Era algo con lo que ella siempre había contado. Pero en ese momento tanta calma la indignaba.
—¿Que cómo puedes ayudarme? Aparte de mí, nadie conoce a Reb mejor que tú. Así es como puedes ayudarme.
Buscando comprensión, Julia miraba desesperadamente esos rasgos que conocía tan bien como los suyos propios. La frente ancha con el negro pelo cayendo sobre sus ojos color violeta, la mandíbula fuerte con una sombra de barba…
Los tres, Griff, Reb y ella, habían sido amigos desde su nacimiento. El lazo que los unía era tan fuerte como si fuera de sangre y el cariño que se tenían era incondicional. Eso significaba que también se conocían sus defectos demasiado bien. Y la virtud y defecto de Reb era su obstinación en conseguir lo que quería. Era eso lo que había logrado que fuera un campeón mundial de rodeo de toros.
También por eso había conseguido que un año antes ella prometiera que se casaría con él. Fijarían la fecha de la boda cuando él regresara después de conseguir la hebilla de oro.
Julia no podía negarlo. Se alegraba de que Griff se enfadara por ella. Pero había algo más en la mirada de él. Algo fuera de lo común.
O algo que ella no había visto desde hacía mucho tiempo.
Julia se percató de que seguían abrazados como dos enamorados y de que Dale había vuelto y los miraba con curiosidad.
Griff también se dio cuenta y le soltó la cintura mientras ella le soltaba el cuello. Ambos retrocedieron un paso.
—Oye, Dale —dijo Griff tosiendo discretamente—. Ya sé que este es tu negocio, pero no parece que haya mucho público. ¿Te importaría buscar alguna ocupación para que podamos estar un poco en privado? —Dale se quedó inmóvil unos segundos, se encogió de hombros y desapareció en su despacho. Griff se volvió hacia ella—. ¿Por qué no me dices qué clase de dudas son las que tiene Reb, para que deduzcas que quiere cancelar vuestra boda?
—Esta mañana recibí esta carta suya —explicó Julia sacando un sobre de su bolso—. Acababa de salir de mis clases y me senté a leerla. Dice que vendrá a casa en Navidades para la gran celebración que la ciudad le va a dedicar en Nochevieja, por haber ganado el campeonato de Las Vegas la semana pasada. Incluso piensa quedarse un par de semanas para estar con nosotros antes de irse a la feria de Fort Worth Stock. Pero dice que, mientras estaba viajando, ha tenido tiempo para pensar y se preguntaba si no debíamos esperar un poco antes de fijar una fecha para la boda —miraba a Griff como si estuviera desamparada y completamente confundida—. Es algo tan inesperado… ¿Qué puede haber sucedido para que cambien sus sentimientos por mí?
Griff no decía nada, pero su mirada volvió a tener la misma intensidad de antes que Julia no comprendía. No era el hombre de siempre, que no se dejaba inmutar por nada. Ella nunca lo había visto verdaderamente enfadado, ni mostrar ningún sentimiento.
Tampoco era inexpresivo como Dale Kearney. Griff podía ser gracioso, juguetón, podía estar molesto, triste o cariñoso, pero nada conseguía alterarlo.
Al parecer esa era la ocasión, pues preguntó:
—¿Te ha dado Reb alguna pista sobre el tipo de dudas que tiene? —hizo una pausa—. Como, por ejemplo, ¿que haya otra persona?
Julia se puso furiosa.
—¡Mejor será que no haya nadie! —exclamó—. Ya sé que hay docenas de chicas en cada parada del circuito a quienes les gustaría atrapar a una estrella del rodeo, pero Reb siempre ha dicho que antes preferiría luchar con una serpiente de coral que caer en una de sus trampas —Julia se preguntaba si sería ese el problema. Solo pensarlo la destrozaba. Si Reb tenía dudas, o si de verdad se había enamorado de otra, su deber era decírselo. ¿Acaso Griff sabía algo y Reb contaba con que le aclarara la situación? Se quedó mirando a Griff—. ¿Sabes si hay otra, Griff? Si lo sabes, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Quién se habrá entrometido entre nosotros?
Griff no contestó. Se alejó un poco y se puso a mirar por la ventana. Al cabo de un rato preguntó con dulzura:
—Y si hubiera alguien más… ¿Qué harías?
—¡No lo sé! —contestó confundida, pensando que eso no podía ser porque él la amaba. Pero también sabía que él tenía un inmenso deseo de triunfar en todo lo que hacía, e intuía que eso tenía que algo que ver—. No sé lo que haría —repitió—. Desde luego que me enfadaría mucho con él por no ser sincero y por su deslealtad.
—Y los amigos no tratan así a sus amigos —añadió Griff.
—Exactamente. ¿Sabes algo que yo no sé? —preguntó Julia—. Porque si hay alguien, es suficiente para romper el compromiso por mi parte. Todo lo demás, lo podría resistir. Griff volvió la cabeza y a ella le pareció que estaba a punto de revelar algún secreto guardado desde hacía mucho tiempo. Se estremeció—. Será mejor que me digas lo que sabes, Griff Corbin, y no me vengas con que nosotros los vaqueros tenemos que ser solidarios. Eso que siempre me decís Reb y tú.
Griff sonrió.
—Debes ser justa, Julia. No hemos dicho eso desde que le chismorreaste a nuestras mamás cómo atamos el buzón de la señora White y accidentalmente arrancamos el poste cuando el caballo de Reb se asustó y salió galopando.
—Yo no chismorreé. Tu madre y la de Reb sabían perfectamente que vosotros erais los culpables. Me pidieron que lo confirmara y yo no iba a mentirles.
—Y no le mentirías a nadie, ¿verdad, Julia? ¿Ni a ti misma? —preguntó Griff en un extraño tono.
—¡Claro que no! —respondió ella, más confundida que nunca.
Él se quedó mirando el suelo y aclaró, taciturno:
—No hay nadie más, Julia. No, que yo sepa. Pero de todos modos, Reb no es de ese tipo.