
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Florence Moyer
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
La novia robada, n.º 1737 - marzo 2015
Título original: Kidnapping His Bride Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2002
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6078-0
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Estaba haciendo lo que debía, se aseguró Tessa Blake mientras caminaba por el vestíbulo de una de las dos únicas iglesias de Claiborne Landing. Con su vestido de satén tachonado de perlas, iba a ser la novia que había soñado ser durante casi veintisiete años. De modo que ¿qué más daba que el novio no fuera el que realmente le habría gustado? En realidad, Clay Ledoux no tenía nada de malo. Nada en absoluto. Si ella hubiera sido cualquier otra, con un pasado diferente, se habría enamorado locamente de Clay. Pero en cualquier caso, aquel matrimonio era exactamente lo que quería y nada iba a apartarla de su camino.
A través de la puerta del vestíbulo de la iglesia, pudo oír a Sadie, su abuela, que la había acogido cuando a los doce años se había quedado huérfana, tocando la canción que precedía a la Marcha Nupcial. Concentración. Necesitaba concentrarse. Así que se concentraría en la música, y en lo feliz que sería y…
–¿Lo de dejarme fuera de la lista de invitados fue idea de mi hermano… o tuya?
Tessa, que no había oído abrirse la puerta de la iglesia, se sobresaltó al oír aquella voz. Giró sobre sus talones asustada y fijó la mirada en el hombre que en otro tiempo había sido el protagonista de sus sueños. Griff. El hermano de Clay. Su primer prometido. Habían roto su compromiso años atrás, cuando Tessa por fin había comprendido que Griff sería más feliz pilotando aviones de la Fuerza Aérea que quedándose en Claiborne Landing con ella. Verlo en aquel momento era algo completamente inesperado. Tanto como la atracción que acababa de asaltar su estómago y descendía hasta sus rodillas, debilitándolas de forma peligrosa.
–Hace años que no vienes por aquí, ¿de verdad esperabas que te invitara a mi boda? –le preguntó, manteniendo la voz baja–. Imaginamos que estarías demasiado ocupado escalando alguna pirámide. O quizá sobrevolando unas ruinas griegas. No me digas que has hecho un alto en tu viaje antes de ver las Siete Maravillas del Mundo.
–Quizá haya llegado a la conclusión de que ver a Tessa Blake casándose sin amor con mi hermano podría ser la Octava Maravilla del Mundo.
–¿Cómo te has enterado? ¿Quién demonios te ha dicho que iba a casarme y que no estaba enamorada? –le preguntó.
–Alguien me envió un correo electrónico diciéndome eso y muchas cosas más.
¿Más? Tessa tragó saliva. Estaba aterrada.
–¿Qué más?
Griff se encogió de hombros.
–Nada importante.
Nada importante para él, quizá. Tessa tomó aire e intentó relajarse. Si Griff supiera lo peor, no estaría tan tranquilo.
–¿Quién te envió ese correo?
–Sinceramente, no lo sé. La dirección era: porfavorvuelve@regalos. com. No me lo enviaste tú, ¿verdad?
–¡No!
Griff la creyó. Tessa pudo saberlo por la seriedad de su mirada.
–Pero ahora nada de eso importa –comentó Griff–. Lo único importante es que no cometas el error de tu vida casándote con mi hermano –dio un paso hacia ella y Tessa retrocedió hasta la puerta de la iglesia.
Lo último que quería era estar cerca de Griff el día que iba a casarse con su hermano. Hacía años que no estaban tan cerca.
Demasiados años.
–Tienes que marcharte –le dijo con toda la autoridad que pudo reunir–. Voy a casarme dentro de dos minutos.
–Si tú lo dices –Griff miró muy serio alrededor del vestíbulo y fijó la mirada en las escaleras que conducían a la clase en la que recibían la catequesis cuando eran niños–. Pero no veo a nadie por aquí, dispuesto a acompañarte hasta el altar. ¿Quieres que lo haga yo?
–No, Griff. Tú perteneces al pasado. Mi futuro está al otro lado de esa puerta y es allí a donde pienso ir. Sola.
Griff alzó la mano, atrapó uno de los rizos que cubrían la sien de Tessa y lo deslizó lentamente por la curva de su mejilla.
–Hace un par de años me juraste que ibas a hacer tu sueño realidad, Tessa –le recordó él–. Y estoy aquí para asegurarme de que no renuncies a él.
¿Su sueño? Entonces Tessa lo recordó. La última vez que habían hablado, durante una de sus raras visitas a casa, Griff le había preguntado por qué no se había casado. Ella le había respondido que no se casaría a menos que lo hiciera enamorada y que todavía no se había enamorado. Al igual que Griff había renunciado a todo, ella incluida, para perseguir su sueño, ella había tomado la determinación de tener la familia perfecta que jamás había tenido, el perfecto hogar del que no había podido disfrutar porque su padre la había abandonado y su madre había muerto cuando solo era una niña. Griff decía que había ido allí para asegurarse de que no renunciara a su sueño. ¿Pero cómo creía que iba a conseguirlo?
–Hace años que te fuiste de aquí, ¿recuerdas? –le preguntó–. Así que no creo que eso deba importarte.
–No, no debería importarme –confirmó él, mirándola a los ojos–. Pero sé el dolor que un matrimonio sin amor podría causaros a los dos. Y no quiero que ni tu ni mi hermano tengáis que pasar por eso. Y además… –sacudió la cabeza–. No, ahora no tenemos tiempo de meternos en eso. Simplemente, retrasa la boda y vente a hablar conmigo.
–No puedo. Ahora voy a casarme con tu hermano. Podemos hablar más tarde.
–Tenemos que hablar ahora.
Qué valor. Tras ella, Tessa oyó los primeros acordes de la Marcha Nupcial. Aquel era el momento de entrar en la iglesia y caminar hasta el altar. Tessa se apartó deliberadamente de Griff y comenzó a volverse hacia la puerta. Pero antes de que pudiera poner la mano en el pomo dorado, Griff la levantó en brazos, se la colocó al hombro y bajó con ella los escalones de la entrada.
–¿Es que te has vuelto loco? –le preguntó Tessa jadeante, golpeándole el pecho.
Griff no respondió. Tessa miró hacia los lados en busca de ayuda, pero toda la población de Claiborne Landing, sus ciento cincuenta y cinco habitantes, estaban abarrotando la iglesia, por cortesía de Sadie.
Durante los segundos que Griff tardó en llevarla hasta la camioneta que había dejado aparcada en la acera, la sorpresa y la atracción que Tessa había experimentado en la iglesia se transformaron en una violenta irritación.
–¿Qué demonios crees que estás haciendo? –le preguntó a Griff cuando este la sentó en el asiento del conductor.
–Buscar un lugar para hablar.
–Siempre tienes que hacer las cosas a tu manera, ¿verdad?
–Si eso fuera así, nos habríamos casado cuando salí de la academia y hubieras venido conmigo a recorrer el mundo. Pero eso ya es agua pasada, ¿verdad?
–Definitivamente –asintió con énfasis–. De hecho, en lo que a mí concierne, ya no queda una sola gota de ese agua.
Griff tensó los labios y la miró con el ceño fruncido.
–Lo único que estoy intentando hacer es evitar que tú y mi hermanos cometáis un error.
–¿Como el que cometimos tú y yo?
–¿Crees que fue un error? Sí, claro –le dirigió una larga mirada–. Lo de cometer errores es algo que se me da muy bien.
Entonces, para el más absoluto embarazo de Tessa, posó la mano en su trasero y la empujó hacia el asiento de pasajeros. No tuvo que hacer mucho esfuerzo; en el instante en el que Griff la rozó, Tessa saltó como si hubiera sufrido una descarga eléctrica.
Griff se sentó a su lado y cerró la puerta.
–A estas alturas, el sheriff ya debe de haber empezado a investigar por qué no estoy en la iglesia. No creo que secuestrarme sea una buena idea, Griff. Podría conseguir que te arrestaran.
La sonrisa que asomó a los labios de Griff en el momento en el que la camioneta se puso en marcha fue inigualable. Hacía años que Tessa no veía aquella sonrisa. No había vuelto a verla, de hecho, desde que habían roto. Pero continuaba teniendo el poder de derretir su corazón.
–Sí, podrías. Pero no lo harás. Si me arrestaran tendría que quedarme más tiempo en el pueblo, interfiriendo en tus planes.
En eso tenía razón. Lo último que Tessa deseaba era tener a Griff en el pueblo.
–Además, no querrás que el día de tu boda se convierta en un escándalo del que se hable durante años, ¿verdad?
No, no quería. Su boda ya estaba medio arruinada, y podía llegar a estarlo por completo, pero no era un escándalo… Al menos todavía.
Griff dobló una esquina, se alejó de la iglesia y tomó la autopista 518 hacia Athens, saliendo de Claiborne Landing. Abandonar el pueblo era algo que se le daba realmente bien, pensó Tessa con amargura.
–Estás cometiendo un error, Tessa.
–¿El error de casarme con tu hermano? –le preguntó Tessa, alzando la barbilla.
Ponía un especial cuidado en no mirarlo. Muy pronto, en cuanto pudiera desprenderse de Griff, iba a casarse con Clay. Y no estaría bien mirar hasta entonces a otro hombre.
–No, el error de no casarte por amor. ¿De verdad llegaste a creer que no intentaría impedir que hicieras algo así?
–¿Y de verdad crees que tienes algo que decir al respecto?
–No –admitió él quedamente–. Pero me gustaría. Soy un experto en matrimonios sin amor.
Tessa permaneció en silencio, algo que Griff no esperaba, porque en otro tiempo siempre tenía algún comentario que hacer o una opinión que expresar sobre cualquier tema. Así que, sin perder de vista la carretera, aventuró una mirada hacia ella, intentando averiguar lo que estaba pensando.
Al levantarla en brazos para sacarla de la iglesia le había echado el velo hacia atrás. El recogido estaba ligeramente ladeado y los rizos cubrían sus mejillas. Aunque ligeramente despeinada, continuaba siendo la mujer más hermosa que había visto en toda su vida. Aquello era algo que los años que habían pasado separados no habían conseguido cambiar.
Tessa tomó aire.
–Háblame entonces de ese correo electrónico.
–Me llegó hace tres días y mencionaba todos los detalles de la boda: dónde, cuándo y con quién te ibas a casar. Después me pedía que te detuviera para que no terminaras casándote con alguien a quien no amas –le habían dicho también algo más, pero no pensaba decírselo todavía. Quizá nunca se lo dijera.
–¿Y has venido hasta aquí solo por eso, a pesar del tiempo que ha pasado desde la última vez que nos vimos? –Tessa no se atrevía a pensar en lo que eso podía significar.
–Como ya te he dicho, sé lo que es casarse con alguien a quien no amas y pasar por la agonía del divorcio. Estoy seguro de que te has enterado de que Janie y yo…
–Sí, me he enterado –no quería hablar del primer matrimonio de Griff. Era un tema que le causaba dolor.
–¿Sabes? No solo estaba pensando en ti cuando te saqué de la iglesia. Mi hermano también está metido en este lío.
–Con las pocas veces que has venido a ver a tu familia desde que te fuiste de casa, me sorprende que estés preocupado por Clay. En cualquier caso, no necesitas preocuparte. Su corazón está a salvo conmigo.
–Pero el mío no.
–Cuando se rompe una relación, son dos los corazones que se rompen, Griff –se mordió el labio y tensó los hombros ante el asalto de los recuerdos–. Pero Clay y yo no nos divorciaremos. Estoy segura.
–También estabas segura de que nos casaríamos en cuanto me nombraran oficial y mira lo que ocurrió.
La situación era completamente diferente, pero Tessa no quería ahondar en aquel tema. No podía decir nada al respecto sin revelar mucho más de lo que estaba dispuesta a contarle.
–Dime lo que quieres y llévame de nuevo a la iglesia –le pidió.
Se hizo un largo silencio en la camioneta.
–Quiero que reconsideres tu boda con Clay. Quiero que intentes encontrar a un hombre que te haga feliz.
–Encontré uno en una ocasión. Pero se marchó –señaló.
Griff hizo una mueca. Ella no quería herirlo, pensó Tessa, ¿pero qué motivos tendría Griff para estar allí? No podía creer que hubiera ido hasta allí solo para rescatarla. Él ya no la quería. ¿Y cómo habría sido capaz de llegar en tan poco tiempo?
–¿Has vuelto a casa con intención de quedarte o piensas continuar en el ejército? –le preguntó.
Tenía miedo de oír su respuesta. Miedo de que Griff hubiera cambiado de opinión sobre las emocionantes experiencias que podría disfrutar lejos de allí. Si se quedaba en Claiborne Landing, ¿qué demonios iba a hacer? Porque todavía pretendía casarse con Clay.
Tenía que hacerlo.
–De momento seguiré en la Fuerza Aérea. Pero tenía unos días de vacaciones pendientes y decidí tomármelos.
Tessa desvió aliviada la mirada y no contestó. Temía que Griff pudiera intuir su miedo a que se quedara… y el dolor que sentía al pensar que si se iba, quizá no volviera a verlo otra vez. Nunca volvería a sentir la emoción que la atravesaba cada vez que la miraba, nunca…
Pero iba a casarse con otro hombre, así que quizá fuera preferible que se fuera para siempre.
Griff giró hábilmente en una curva y Tessa se aferró al asiento para evitar deslizarse hacia él. Advirtió que Griff movía la cabeza y lo miró. Entonces volvió a sentir aquel sobresalto, aquella inquietud que le indicaba que tenía que conseguir que abandonara el pueblo cuanto antes o podría llegar a decir o hacer algo que arruinaría la precaria felicidad que había conseguido conquistar desde que él se había ido.
Con un largo suspiro, Tessa se quitó las horquillas, las dejó en el salpicadero, se desprendió el velo y lo dobló cuidadosamente en su regazo.
–¿Adónde vamos?
–A algún lugar en el que podamos hablar. No a tu casa. Ese es el primer sitio en el que te buscarán. ¿La Cocina de Casey está abierto a esta hora del día?
Tessa asintió. La Cocina de Casey era un acogedor restaurante, situado en la transitada carretera que dividía Claiborne Landing en dos zonas. Su propietario, el doctor Casey, era un médico retirado que siempre había proclamado que le gustaba más la cocina que la medicina, aunque había tenido un éxito indiscutible como doctor. También era uno de los mejores clientes de la panadería de Tessa y de su abuela, allí compraba dulces para su clientela, formada por una multitud de camioneros, rancheros y alguna que otra mamá con sus pequeños. A las dos de la tarde, normalmente el local estaba desierto y Tessa, al ver el aparcamiento vacío, comprendió encantada que aquel día no era diferente.
Antes de salir de la camioneta, dejó el velo y los guantes entre los dos asientos y se arregló el pelo mirándose en el espejo retrovisor. Para cuando terminó, Griff ya había salido y estaba ante su puerta, dispuesto a ayudarla a bajar.
En cuanto posó la mano en su cintura, Tessa sintió una oleada de deseo, un fugaz recuerdo de un pasado en el que adoraba que Griff la tocara. Pero lo que entonces sentía no era importante en aquel momento. Griff no dijo una sola palabra, aunque por el aspecto impenetrable de sus ojos, imaginaba que no lo había afectado en absoluto tocarla. Y era preferible. Tessa no quería volver a enfrentarse a un Griff que la deseara.
Cuando entraron, encontraron al doctor Casey detrás de la barra. Tessa lo saludó con un asentimiento de cabeza, como si no hubiera nada de extraordinario en su vestido de satén. Confiando en que Griff la seguiría, se dirigió hacia el extremo más alejado del restaurante para sentarse en una mesa relativamente retirada. Griff también se sentó. Y tan cerca de ella que sus hombros se rozaron. Tessa apretó los labios y le dirigió una mirada interrogante.
–Si me sentara enfrente de ti, tendría que hablar más alto –le dijo en voz baja.
Tessa comprendió que tenía razón y permitió que se quedara donde estaba, al tiempo que deseaba no estar hecha un manojo de nervios solo porque Griff había vuelto a su hogar.
Había vuelto, simplemente, se corrigió en silencio. Griff no quería que aquel fuera su hogar. Lo había dejado claro mucho tiempo atrás.
El doctor Casey se acercó inmediatamente a ellos.
–Griff, bienvenido al pueblo. Tessa, ¿no crees que vas demasiado elegante para este local?
–La culpa es mía –respondió Griff, inclinándose en la silla para mirar al médico–. La he secuestrado cuando estaba a punto de casarse. Me la he cargado al hombro y la he sacado de la iglesia. Quería gastarle una broma a mi hermano.
Tessa no habría podido inventar una excusa mejor. Miró a Griff y este le guiñó el ojo, como si quisiera indicarle que estaba evitando que ella tuviera que dar una explicación. Su consideración la pilló completamente desprevenida.
–No has cambiado nada –dijo Casey. Parecía a punto de soltar una carcajada–. Tú siempre eras el que hacía todo tipo de diabluras y tu hermano el que intentaba aplacar los ánimos.
–Oh, creo que Clay probablemente también haga alguna diablura si me encuentra aquí –contestó Griff afablemente, como si no le importara en absoluto.
Casey dejó escapar una risa.
–Bueno, ¿qué vais a tomar?
–Dos hamburguesas completas con patatas fritas. Y también dos tés fríos, con azúcar –dijo Griff.
Casey garabateó el pedido y se alejó. En cuanto desapareció de su vista, Tessa lo oyó soltar una carcajada. Y como el médico rara vez reaccionaba exageradamente, la joven se preguntó qué demonios podría significar eso.
No importaba. De momento tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
–Vas a tener que comerte todo lo que has pedido –le dijo a Griff–. No pienso cancelar mi boda por haberme manchado el vestido.
–No, vas a cancelar la boda porque en realidad no quieres casarte.
–¿Quién ha dicho que no quiero casarme?
Advirtió que Griff estrechaba sus ojos azules, pero entonces se le ocurrió algo y miró hacia la puerta por la que el médico había desaparecido.
–¿Sabes? El doctor Casey tiene una dirección electrónica y parecía muy contento de verte.
–Quienquiera que me haya enviado ese correo, conocía mi dirección electrónica y yo nunca se la he dado al doctor Casey.
–¿Y a quién se la has dado?
Griff se encogió de hombros.
–A mis padres, a Clay, a Sadie…
–No me digas más. Si la sabe mi abuela, entonces puede saberla todo el pueblo –de pronto, Tessa se enderezó y frunció el ceño–. Mi abuela nunca me ha contado que se escribía contigo.
–En realidad no hemos tenido mucho contacto. Solo me ha escrito un par de veces por Navidad. Pero quería que tuviera mi dirección por si alguna vez me necesitaba –«o por si me necesitabas tú», añadió mentalmente.
Aliviada al saber que su abuela no había estado informando a Griff Ledoux de cada uno de sus movimientos, Tessa dejó que su mirada vagara por los musculosos hombros de Griffin. Y eso provocó nuevos e inesperados pensamientos… como el recuerdo de lo bien que se sentía cuando se apoyaba en ellos diez años atrás, cuando todo lo que soñaba era formar una familia perfecta con Griff, algún día, cuando ambos estuvieran preparados… Pero no tenía sentido pensar en ello. Ya era demasiado tarde. Habían ocurrido demasiadas cosas.
Alguien entró en la cafetería, haciendo tintinear las campanillas de la entrada. Aquella llegada le recordó a Tessa que, en cualquier momento, Griff y ella tendrían que reunirse con Clay, un buen puñado de amigos y la abuela Sadie.
Se separarían sin haber resuelto nada entre ellos, y sin saber nada sobre el autor de aquel misterioso correo.
–De acuerdo –le dijo–, será mejor que hablemos rápido. Tengo que llamar a Clay para que venga a buscarme.
Griff se reclinó en la silla y la miró a los ojos.
–Puesto que no estás enamorada de él, ¿por qué vas a casarte con Clay?
–Eso no es asunto tuyo –sintió que se le aceleraba el corazón y tomó aire para intentar tranquilizarse–. No estamos tan unidos como para que tenga que confesarte mis secretos –y nunca volverían a estarlo, pensó con tristeza–. Yo no te interrogué sobre tu matrimonio con Janie.
–Mi vida es un libro abierto –respondió Griff–. ¿Qué quieres saber?
–¡Nada!
Y era cierto. No quería conocer ningún detalle sobre la vida de Griff, no quería arriesgarse a sentirse emocionalmente involucrada con él nunca más. Ya había aprendido la lección la primera vez. Además, eso arruinaría todo. Y estaba decidida a hacer lo que debía.
–Le causé mucho dolor a mi esposa al casarme con ella por las razones equivocadas y ese es el motivo por el que estoy tan decidido a impedir que te cases. No quiero que a mi hermano y a ti os ocurra lo mismo.
–No has dejado de decírmelo desde que has llegado. ¿Pero por qué estás tan seguro de que voy a hacer sufrir a Clay? Hace diez años que no vives aquí, Griff. Ninguno de nosotros somos los mismos que cuando te marchaste. Quizá tu hermano sea feliz casándose conmigo, ¿no se te ha ocurrido pensar en ello?
–¿Y por eso vas a casarte con él? ¿Él se ha enamorado de ti y crees que bastará con que uno de vosotros esté enamorado para manteneros juntos? Porque no es así. Lo sé por experiencia propia. Así no vas a conseguir tu sueño de tener un marido que te ame y una familia para siempre, Tessa.
–No pienso hablar de eso contigo.
–Estupendo. Llama a Clay. Él me dirá lo que quiero saber.
No, pensó Tessa. Clay no se lo diría. Clay, al igual que ella, haría cualquier cosa para mantener su secreto, y también la única persona que lo sabía, Sadie, su abuela. Lo cual le hizo volver a preguntarse por aquel misterioso correo.
No podía arriesgarse a que Griff averiguara nada sobre su matrimonio con su hermano. Y tenía que conseguir que se marchara de la ciudad.
¿Pero cómo? Reclinada en la silla, Tessa alzó la mirada para encontrarse con la mirada de Griff. Si lo presionaba demasiado, podría sospechar que había algo más detrás de su deseo de que se marchara. Algo que podría cambiar su vida… y quizá también la de otros, para siempre.