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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Susan Fox

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Matrimonio de conveniencia, n.º 1705 - noviembre 2015

Título original: Marriage on Demand

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español 2002

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-7315-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

INCLUSO para una mujer acostumbrada a controlar sus emociones durante toda su vida, con el único objetivo de ganarse el afecto y la aprobación de su padre, aquel mandato era difícil de cumplir: «Tienes que casarte con Ford Harlow».

Rena Lambert, que estaba en le porche del rancho Lambert, miró atónita a su padre y se quedó sin habla. Se sentía incapaz de responder con su habitual dulzura y suavidad a aquel hombre volátil y eternamente amargado que jamás mostraba el más mínimo atisbo de sentimientos. Quizás porque no los tenía.

–Ya hace mucho que deberías haberte casado –dijo él, y la miró críticamente de arriba abajo.

–No tengo interés alguno en casar...

Las impacientes palabras de su padre la interrumpieron.

–Ya está hablado. Eres una mujer sin sentimientos propios de tu género. A los hombres no les gustan las mujeres que son más machos que ellos.

Aquellas palabras la humillaron. Durante toda su vida, Abner Lambert había matado cualquier signo de feminidad o debilidad en su hija. Era realmente cruel que la reprendiera por haber reprimido sus inclinaciones naturales.

Sintió ganas de llorar, pero el autocontrol que había regido su vida desde su más tierna infancia le impidió derramar ni una sola lágrima.

El nacimiento de Rena había provocado la muerte de la única mujer a la que su padre había amado, con el agravante de que había sido una niña, por lo que Abner se había quedado sin un hijo que heredara su hacienda. Un varón tal vez habría llegado a ganarse el afecto de su padre, o, al menos, su respeto, aunque solo hubiera sido por su capacidad de llevar y transmitir el apellido de la familia, del que tan orgulloso estaba.

Jamás había pensado en volver a casarse para poder tener la deseada descendencia. Su retorcido sentido de la justicia lo instaba a culpar a Rena, en lugar de tratar de poner solución al problema.

Rena, por su parte, desde siempre había intentado con esmero ganarse el afecto de su padre.

Poco a poco se iba dando cuenta de que aquella búsqueda de aprobación venía del sentimiento de culpa que él había imprimido en ella.

Rena miró a su padre que continuaba hablando. Cada palabra era más injusta que la anterior.

–No voy a permitir que ninguna mujer sea propietaria del rancho Lambert. Tu primer hijo heredará todo lo mío. Harlow lo supervisará hasta que el chico sea lo suficientemente mayor como para ocuparse de todo. Si no das a luz ningún niño, el rancho pasará a manos de Frank Casey o a uno de sus hijos. Si eso sucede, será mejor que tengas algo que Harlow necesite para que no te repudie, porque lo que busca, ya lo habrá obtenido. Quiere que vayas a su casa esta noche a las siete. Será una cena informal.

Dolida y avergonzada, Rena no sabía qué le daba fuerzas para mantener la compostura.

–¿Ya lo tenéis todo arreglado? –preguntó ella en un tono suave y cuidadoso–. Pero, ¿por qué quieres que yo sea parte del trato? Véndele la parte Oeste a Harlow y dale el resto a Frank y a sus hijos. Han trabajado muy duro.

Ella había trabajado tanto o más que ellos, había dado su vida, su sudor su sangre a la tierra Lambert. Tenía la esperanza de que algún día heredaría aquel rancho que tanto amaba. Pero, de pronto, sus esperanzas se habían desvanecido.

¿Cómo había podido pensar que aquel rechazo llegaría a desaparecer? A ojos de su padre ella solo servía para trabajar.

Su padre continuó con su dura charla y ella sintió un extraño mareo.

–Supongo que debo hacer esto por ti, ya que tú pareces incapaz de conseguir que ningún hombre se interese por ti.

Una rabia afincada en ella desde hacía mucho tiempo amenazó con estallar. Pero, una vez más, la controló.

Sin decir nada más, atravesó el porche y se metió en la casa. Tenía un desagradable nudo en la garganta y la sensación de que se iba a desmayar.

Como un robot, subió las escaleras. Una vez en el dormitorio, comenzó a meter, mecánicamente, sus cosas en una maleta. Debería haber dejado aquel infierno cuando cumplió los dieciocho. ¿Qué mujer o que hombre habrían podido vivir así durante tanto tiempo?

«A los hombres no les gustan las mujeres que son más machos que ellos».

Su padre estaba equivocado. Ella no era ningún macho, no se asemejaba en nada a un hombre, pues ningún hombre habría tolerado que lo trataran así. Los hombres tenían más orgullo y autoestima.

La estúpida cabezonería que la había instado a no darse por vencida durante todos aquellos años de pronto le pareció ridícula y vergonzante. ¿Cuántas veces alguien permite que le den en la mano con el martillo, sin tratar de retirarla antes?

Aunque se había dado cuenta de la verdad tiempo atrás, no había querido aceptarla. Durante años había preferido levantarse cada día y centrarse en la rutina que la ayudaba a sobrellevar con cierta dignidad la sensación de rechazo. Por la noche, agotada por el malestar, se dejaba llevar y soñaba en vano con que algún día las cosas cambiarían.

Una repentina necesidad de poner fin a todo aquello la empujaba a empaquetar con creciente vehemencia sus cosas.

Seguramente, Ford Harlow pensaba que se iba a casar con una mujer a la que nadie quería pero que, a cambio, había conseguido un buen trato. Solo pensar en aquello hizo que, una vez más, se sintiera humillada.

¿Qué tipo de hombre era Harlow? Jamás habría pensado que podría compartir algo tan enrevesado como los planes de su padre para desheredar a su única hija. ¿Cómo habría reaccionado ante la propuesta de su padre? ¿Se habría reído?

Al final había aceptado, eso estaba claro, porque lo que le interesaba era conseguir un trozo de tierra, no una esposa. Se preguntó si realmente él estaría dispuesto a darle un hijo.

Un rubor puramente femenino se adueñó de ella. Durante años había ocultado celosamente cuánto le gustaba Ford Harlow. Su padre la habría amonestado duramente de haber notado que su hija mostraba interés por hombre alguno, y más particularmente por alguien de la talla de Ford Harlow.

A ella la habría mortificado que este lo hubiera advertido. Las pocas veces que había hablado con él, se había mostrado amable, casi cariñoso, aunque su mirada intensa y sus masculinos modales la intimidaban. Ella siempre había respondido con frialdad, pero su herido ego no había quedado inmune a sus atenciones. Su corazón había respondido a ese trato de un modo natural e inevitable.

No podía soportar la idea de que él pensara que ella tenía nada que ver en aquel necio trato. Sabía que hombres como Ford Harlow no reparaban en la presencia de mujeres asexuadas como ella. Era desconcertante pensar que él hubiera podido tomarse en serio un trato que incluyera casarse con ella, al menos tan en serio como para querer concertar una cita.

Tenía que verlo en aquel instante. Tenía que poner fin a todo aquello. Pero, ¿cómo iba a ser capaz de enfrentarse a él?

Sin darse tiempo a pensar más, soltó las cosas que se disponía a seguir metiendo en la maleta y salió de la habitación, antes de perder por completo los nervios.

 

 

El nuevo caballo que Ford Harlow había comprado era rebelón e inquieto, con demasiados malos hábitos tolerados por su anterior dueño.

El grito procedente de los establos llamó la atención de Ford y lo obligó a dejar cuanto estaba haciendo.

Cuando estaba a punto de llegar, el salvaje jaco salió de las cuadras, desafiando los infructuosos esfuerzos de sus dos cuidadores.

Dos hombres más se aventuraron a detener a la bestia, pero el animal los redujo y se dio a la fuga. Era sin duda un caballo inteligente, hábil y rápido, y esas mismas cualidades le habían facilitado la escapada.

Ford corrió tras él con la intención de detenerlo, lanzándole un lazo que no hizo sino quemarle las manos y tirarlo al suelo.

Maldiciendo su suerte, se levantó y comenzó a correr una vez más tras el equino. En ese instante, vio a una mujer delgada que, al parecer, había entrado en sus posesiones atravesando los establos.

Rena Lambert era una visión luminosa, una figura llamativa que se recortaba sobre el fondo negro. Su cuerpo tenía una feminidad atlética que decía cuánto había trabajado en su vida.

No obstante, era toda una mujer, por mucho que se empeñara en disfrazarlo. Seguramente, jamás se habría imaginado los deseos ocultos que tantos hombres tenían acerca de algunos de sus atributos y de aquellas largas y musculosas piernas.

Con un grácil movimiento, interceptó la carrera del semental. Ford no pudo evitar cierta alarma al ver que se interponía en el camino del exacerbado animal.

Pero observó con sorpresa cómo el caballo se detenía bruscamente al verla. Cambió de dirección, con la aparente intención de saltar la valla. Sin embargo, no lo hizo. Se volvió hacia ella, como si quisiera tomar a Rena desprevenida para poder pasar.

Ford corrió hacia ella a fin de intervenir. En aquel instante el caballo retrocedió y casi se echó encima de la mujer, que ni siquiera parpadeó. Levantó sus patas delanteras por encima del hombro de ella, pero Rena mantuvo la calma, estiró la mano y tomó las riendas.

El caballo relinchó en cuanto sus pezuñas tocaron la tierra, pero antes de que se lanzara una vez más a la carrera, ella lo sujetó y lo obligó a dar la vuelta.

Dominado por sorpresa, el animal obedeció el mandato. Ford se detuvo a observar cómo Rena, solo con las riendas y su mano en el lomo, instaba al animal a seguir el camino que ella le marcaba, y a pasear en círculos cerrados. La nube de polvo que se iba creando a su alrededor, impedía a Ford seguir todos sus movimientos.

Segundos más tarde, el caballo se detuvo de golpe y resopló en una clara señal de rendición. Rena le dio unas firmes palmaditas en el cuello y le murmuró al oído unas cuantas palabras.

No había gritado ni una sola vez, ni le había infringido al animal ningún tipo de castigo físico. Lo único que había hecho había sido dirigir la energía del animal hacia el lugar que ella deseaba mostrándole su autoridad.

El placer de observarla incrementó el interés que Ford ya sentía. No esperaba verla tan pronto por allí, pero sabía por qué había ido. El rubor de sus mejillas al acercarse a ella confirmó sus sospechas.

–Muchas gracias –tomó las riendas. Sus increíbles ojos azules enmarcados por aquellas largas pestañas negras descendieron, mientras el color de sus mejillas se intensificaba.

Para otra mujer aquella habría sido una buena ocasión para flirtear. Pero Rena era distinta. Era tremendamente callada y reservada, lo que hacía sospechar el duro trato que recibía de su padre.

Todo el mundo sabía que el viejo era un amargado y que había tratado a su hija como basura durante toda su vida. Ford se preguntaba por qué ella lo permitía. Quizás la había anulado de tal modo que temía enfrentarse al mundo sola.

Ford solo había tolerado la presencia de Abner porque Rena lo intrigaba. No había descubierto nada particular, pero sí se había quedado muy sorprendido ante lo que el viejo quería hacerle a su hija.

La sensación de injusticia de semejante propuesta había sido mayor que el insulto de querer ser comprado como esposo de alguien a cambio de un trozo de tierra.

¿Por qué quería hacer eso? Si ella no lo necesitaba. Rena era muy hermosa. Tenía una espesa melena oscura que le caía sobre los hombros, un rostro de pómulos marcados y hermosamente armónico, una nariz fina y recta y una boca vulnerable que pedía en silencio a los hombres que fueran despacio.

Todo ello combinado con su cuerpo, se convertía en un verdadero placer para los sentidos. El deseo callado que había sentido por ella desde tiempo atrás se hacía desconcertantemente intenso en aquellos momentos, más de lo que jamás habría esperado. La idea de casarse con ella no le resultaba en absoluto desagradable.

Pero su instinto le decía que tuviera precaución. Ella había ido hasta él para poner fin al plan de su padre. Si notaba su interés por ella, se asustaría aún más.

–No esperaba verla hasta esta noche –dijo él, sin poder apartar la vista de ella.

Sus ojos azules se fijaron en los de él durante unas milésimas de segundo, antes de volver al suelo.

–No puedo... no puedo cenar con usted. Yo... –se detuvo en cuanto vio a dos de sus empleados acercarse por el caballo.

Rena estaba tensa y nerviosa ante aquel hombre. Ella era una mujer alta, pero Ford Harlow hacía que se sintiera pequeña y delicada. No era tremendamente guapo, pero sí muy atractivo y su intensa y oscura mirada parecía atravesarla.

Aquella feminidad largamente reprimida gritaba por salir. La presencia de un hombre normalmente no le afectaba, pero la masculinidad de Ford tenía un extraño poder sobre ella.

Despertaba en Rena una peculiar sensación que era mitad excitación y mitad miedo. Le aterraba pensar que su reacción pudiera ser en algún modo apreciable, porque su intensa mirada parecía poder ver más allá. No estaba acostumbrada a tratar con hombres como él. Aquellos con los que trabajada día a día aceptaban su presencia, pero no había nada personal en su relación. 

En cada palabra que Ford le decía, en cada mirada que le lanzaba parecía haber algo profundamente personal. A Rena aquello le resultaba amenazador, halagador y tremendamente confuso al mismo tiempo.

Rena se dio cuenta de que habían pasado unos minutos desde que había iniciado su frase inconclusa y que él estaba allí, ante ella, esperando a que la terminara.

–Perdone –dijo ella para disculparse por la espera y continuó–. Mi padre me acaba de contar... –sintió un profundo dolor en el corazón y bajó los ojos, buscando en el vacío un lugar de reposo–.Quería aclarar que no tengo nada que ver con la propuesta de mi padre. Me niego a permitir que...

Le resultaba difícil expresar lo que quería decir sin dejar entrever cuál era la verdadera relación que tenía con su padre.