MELANCOLÍA
DE LA RESISTENCIA
TRADUCCIÓN DEL HÚNGARO
DE ADAN KOVACSICS

ACANTILADO
BARCELONA 2018
CONTENIDO
Circunstancias extraordinarias
Introducción
Las armonías de Werckmeister
Debate
Sermo super sepulcrum
Deducción
©
Transcurre, pero no pasa.
Como el tren de pasajeros que unía las poblaciones ateridas por las heladas en la zona sur de la Gran Llanura, entre el río Tisza y el pie de los Cárpatos, no acababa de llegar a pesar de las confusas explicaciones del ferroviario, que iba y venía, desconcertado, junto a los raíles, y de las promesas cada vez más decididas del jefe de estación, que, nervioso, salía una y otra vez al andén («Qué le vamos a hacer, ha vuelto a esfumarse...», señalaba el ferroviario con ademán de menosprecio y expresión entre amarga y maliciosa), el convoy de emergencia—compuesto por dos vagones destartalados con bancos de madera y una locomotora anticuada y enferma del tipo 424ORTOPÉD
¡ATRACCIÓN! ¡FANTÁSTICA ATRACCIÓN!
LA BALLENA GIGANTE
MÁS GRANDE DEL MUNDO
Y otras sensasiones SECRETAS de la naturaleza
en la plaza Kossúth (plaza del Mercado a la derecha)
¡días 1, 2 y 3 de disiembre!
¡¡¡Tras exitosa jira europea!!!
Billetes a 50
(niños y soldados a mitad de presio)
¡ATRACCIÓN! ¡FANTÁSTICA ATRACCIÓN!
Creyó que si algún día pudiera ver con claridad al menos un fragmento de este caos, le resultaría más fácil orientarse y, por tanto, defenderse en caso de un «eventual derrumbe» (aunque «Dios me guarde de que sea necesario»). Sin embargo, allí delante del anuncio, bañado por una luz escasa, su angustia no hizo más que crecer, ya que así como hasta ese momento el problema había residido en la ausencia de racionalidad en todo cuanto había experimentado como testigo y como víctima, ahora—como si esta «escasez» («La ballena gigante más grande del mundo y otras sensaciones secretas de la naturaleza») fuera de pronto demasiado—, ahora se veía obligada a reflexionar sobre si, en todo esto, no actuaría una razón sólida, pero al mismo tiempo irracional.
Porque ¿un circo? ¿Aquí? ¿Cuando nadie sabe si no se va hundir la tierra mañana mismo? ¿Dejar entrar este íncubo tirado por una bestia maloliente? ¿Cuando la ciudad es toda ella una continua amenaza? ¿Quién tiene ganas de divertirse en medio de este caos? ¿Qué broma de mal gusto es esta? ¡Qué idea más inconcebible y cruel! ¿No será que... de eso se trata, precisamente, de que... ya todo da igual? ¿De que alguien... «se divierte en la confusión»? A toda prisa, dio la espalda a la cartelera y cruzó la calle. Al otro lado se levantaban unos edificios de dos plantas y por algunas ventanas se filtraba una luz tenue. Apretando el bolso contra el cuerpo, se inclinó un poco hacia adelante para hacer frente al viento. Al llegar al último portal, miró otra vez atrás, abrió la puerta y la cerró tras entrar. La barandilla estaba helada. La palmera, un toque de color muy cuidado y querido en la casa—de la que antes de la partida de la señora Pflaum ya se sabía que no habría forma de salvarla—, se había helado de forma irremediable en el descansillo. Un silencio ahogado rodeaba a la señora Pflaum. Había llegado. En su puerta la esperaba un mensaje escrito en una tarjeta y encajado en el resquicio superior del picaporte. Le echó un vistazo, torció el gesto y entró; cerró con llave las dos cerraduras y enseguida puso también la cadena de seguridad. Apoyando la espalda contra la puerta, entornó los ojos: «Dios mío, estoy en casa.» El piso era, como suele decirse, el fruto merecido de años de esmerado trabajo. Cuando, hacía cinco años, tuvo que enterrar a su segundo marido, bendita sea su memoria, fallecido de forma trágica y repentina (tras una apoplejía), y luego, poco más tarde, la vida en común con el hijo nacido de su primer matrimonio—que, según ella, había heredado por desgracia las tendencias de su depravado padre—se tornó insoportable «por las eternas huidas, el continuo vagabundeo y, en general, la pesada carga que suponía la nula perspectiva de una mejora», de modo que el joven se trasladó finalmente a una habitación realquilada, ella no sólo se conformó con lo inalterable, sino que incluso sintió algo así como alivio, pues si bien las pérdidas la deprimían (se había quedado sola tras perder a dos maridos y a un hijo, aunque este no contara), sí veía con claridad una cosa: no había más obstáculos para que ella, la «estúpida criada de otros» hasta entonces, por fin pudiera vivir para sí misma. Cambió la casa unifamiliar, ya demasiado amplia para ella—la diferencia de precio era considerable y fue pagada al contado—, por este «simpático» pisito situado en el centro de la ciudad («¡con portero automático!») y, mientras los amigos rodeaban a la señora Pflaum con el respeto que merece la doble viudedad y con la discreción debida al hijo, cuya «vida de vagabundo» era de todos conocida, ella se entregó, feliz y emocionada, por primera vez (ya que hasta entonces, además de su vestimenta, sólo le había pertenecido la ropa de cama) a las profundas alegrías de la propiedad. Compró unas alfombras «persas» blandas y sintéticas para el suelo, así como cortinas de tul y persianas «de aspecto alegre» para las ventanas y, después de deshacerse del «mueble-biblioteca» antiguo, pesado e incómodo, colocó uno nuevo en el cuarto; equipó la cocina al estilo moderno, siguiendo los agudos consejos de una tienda llamada CULTURA DEL HOGAR, bastante popular en la ciudad, y cambió los enormes radiadores de gas que había en el piso, así como todo el baño. Desconocía la palabra cansancio y, tal como comentaba la señora Virág en tono elogioso, estaba llena de energía; pero, a decir verdad, sólo empezó a sentirse en su elemento cuando, después de las grandes obras, por fin pudo empezar a acicalar su «nidito». Se le ocurría una idea tras otra, su imaginación no conocía obstáculos y de su recorrido diario por las tiendas siempre traía algo, un espejo con marco de hierro forjado para el recibidor, un práctico corta-cebollas o un decorativo cepillo para la ropa, en cuyo mango uno podía admirar, incrustada, una vista de la ciudad. A pesar de que dos años después de la triste mudanza de su hijo—se fue llorando, apenas hubo modo de echarlo de la casa, y la señora Pflaum no pudo liberarse («¡durante días!») de una sensación difusa y desagradable—, a pesar, pues, de que dos años después de aquella mudanza ya no quedaba ni un solo hueco libre en virtud de su febril actividad, ella seguía sintiendo de manera desesperada que le faltaba algo. Complementó, por tanto, las simpáticas figuritas de porcelana que guardaba en la vitrina, pero no tardó en percatarse de que tampoco llenaban del todo el vacío; se devanaba los sesos, miraba aquí y allá, pedía consejo a la vecina, hasta que una buena tarde (mientras trabajaba en un «bordado Irma», sentada en el cómodo sillón) fijó, para descansar, la vista en las muchachitas de porcelana inclinadas hacia atrás—símbolos de dicha y ensueño—que había al lado de los cisnes, de las gitanas que tocaban la guitarra y del muchacho que lloraba, y de pronto se dio cuenta de lo que «tanto» le faltaba. Flores. Tenía dos ficus y un esquelético asparagus (que había traído de la casa vieja), pero estas plantas no servían en absoluto como objeto de su inesperadamente resucitado «instinto materno», como decía ella. Y dado que entre sus conocidos no le costó encontrar a quienes, como ella, «estaban enamorados de lo bello», no tardó en entrar en posesión de innumerables y maravillosos tronquitos, bulbos y esquejes, hasta tal punto que, con tantos entusiastas amigos de lo verde, los alféizares se le llenaron de palmeras enanas, filodendros y sansevierias, todos perfectamente cuidados y atendidos en los años transcurridos en compañía del doctor Provaznyik, de la señora Mádai y, por supuesto, de la señora Mahó; pero primero tuvo que pedir una y luego tres jardineras en una herrería situada en el barrio rumano, por cuanto ya no sabía dónde colocar las fucsias acuáticas, las pileas y la enorme cantidad de cactus, tal era la abundancia de plantas en su piso convertido, según ella, en un «hogar que animaba el corazón». ¿Y era posible entonces que todo eso—las suaves alfombras, las cortinas de aspecto alegre, los cómodos muebles, el espejo, el corta-cebollas, el cepillo para la ropa, sus célebres flores, toda esa tranquilidad, seguridad y feliz convencionalismo—, que todo eso se acabara? Sentía un cansancio infinito. La tarjeta que sostenía en la mano izquierda se le escabulló entre los dedos y cayó al suelo. Abrió los ojos, miró el reloj de pared colocado sobre la puerta de la cocina, vio cómo el ágil segundero saltaba de un punto a otro, y si bien parecía indudable que a partir de ese momento no la amenazaba ningún peligro, no sintió a su alrededor la seguridad que tanto necesitaba: sus pensamientos se sucedían sin cesar, ora esto, ora aquello le parecía lo más sustancial, así que—después de despojarse del abrigo, de quitarse las botas, de masajearse las piernas hinchadas y de ponerse las cómodas y abrigadas pantuflas—echó primero un vistazo a la avenida vacía desde la ventana del cuarto (pero: «ni un alma, ni una sombra al acecho... sólo el camión del circo... y ese insoportable resoplido...») y luego, para cerciorarse de que todo seguía en su sitio, abrió uno tras otro los armarios y empezó a lavarse minuciosamente las manos, operación que, sin embargo, interrumpió al tener la sensación de omitir lo más importante si no controlaba las cerraduras de la puerta de entrada. Entonces, un tanto más tranquila, recogió, leyó y tiró furiosa a la basura de la cocina la tarjetita (que ponía cuatro veces, las tres primeras subrayadas: «Te he buscado, mamá»), regresó al cuarto, subió la calefacción, y para poner fin de una vez por todas a tan nerviosa actividad, examinó una tras otra las plantas, ya que, pensó, si todo estaba en orden a su alrededor, su inquietud disminuiría sin la menor duda. No la decepcionó su simpática vecina, que había recibido el encargo de ventilar a diario la vivienda durante su ausencia y, sobre todo, de cuidar sus mimadas plantas: la tierra seguía húmeda en los maceteros y su amiga, una mujer «un tanto simple y abierta, pero de buen corazón y concienzuda en el fondo», incluso se ocupó de quitar de vez en cuando el polvo a las hojas de las palmeras más delicadas. «¡Mi querida Rózsika es realmente impagable!», pensó con un suspiro emocionado, mientras veía ante ella la figura voluminosa y siempre ajetreada de aquella mujer. Luego se sentó en uno de los sillones de color verde manzana, repasó con la mirada los objetos intactos de su piso y de pronto todo le pareció «en perfecto orden»; el suelo, el techo, las paredes revestidas con un papel floreado la rodeaban con una determinación tan indudable que su calvario podía ser incluso una alucinación, el juego perverso de unos nervios extenuados y de una fantasía morbosa. Sí, podía tratarse de una alucinación, puesto que ella, que llevaba años viviendo entre las pequeñas alegrías y preocupaciones propias de la preparación otoñal de conservas y de la gran limpieza primaveral, del bordado de la tarde y de la atención apasionada a las plantas, estaba acostumbrada a contemplar desde la benéfica protección de una honrada distancia el ajetreo enloquecido del exterior, que, al hallarse fuera de este mundo interior, sólo era incertidumbre nebulosa y bruma informe, de suerte que ahora—que podía estar sentada bajo la hasta entonces impecable protección de una puerta cerrada—las angustiosas experiencias de su viaje poco a poco fueron perdiendo verosimilitud, y como si hubiera caído ante ella un velo apenas transparente, ya sólo veía de forma borrosa a los chillones pasajeros del tren de cercanías, al hombre de cara hirsuta, mirada glacial y abrigo de paño, a la verdulera que se inclinaba hacia un costado, de forma aún más difuminada veía el extraño circo y la cruz que con trazo grueso tachaba el horario en el papel ya amarillento, y lo más desdibujado de todo era ella misma buscando desesperada el camino a casa, corriendo aquí y allá, como en un laberinto. Todo se volvió más nítido a su alrededor, y más inverosímil se tornó todo cuanto había vivido en las horas precedentes, pero las terribles imágenes del WC con su olor a orina, de la sucia grava entre las vías y del feriante que la saludaba desde la cabina del camión seguían dando vueltas veloces e insoportables en su interior. Cada vez más consciente de su invulnerabilidad no temía allí, entre sus flores y sus muebles, ninguna agresión, de modo que se liberó de los tormentos de su reciente estado de tensión y alerta, pero no encontró remedio a la angustia generalizada que pesaba sobre toda su personalidad como una papilla indigerible en el estómago. Cansada como nunca, decidió acostarse enseguida. Se duchó en cuestión de minutos, lavó la ropa blanca y, después de ponerse una bata abrigada sobre el grueso camisón, se dirigió a la despensa; como no era capaz de una «cena de verdad», al menos tomaría un poco de compota antes de irse a dormir. La despensa—situada, por así decirlo, en el eje de la vivienda—guardaba una cantidad impresionante de víveres, teniendo en cuenta la situación excepcional que se vivía: colgaban allí jamones, chorizos y tocinos ahumados rodeados de ristras de pimientos rojos, y abajo se almacenaban, perfectamente alineadas, las provisiones de sal, arroz, harina y azúcar en cantidad suficiente para levantar una pequeña barricada; en los laterales de la despensa se hallaban el café, las semillas de amapola, las nueces, las especias, las patatas y las cebollas, y, así como el piso estaba coronado por el placer visual de las flores, tal fortaleza de alimentos, tal abundancia, testimonio de una enorme previsión, se veía coronada por una cantidad increíble de sonrientes conservas puestas en orden militar en las estanterías de la pared central. Allí encontraba todo cuanto había podido preparar en conserva durante las primeras semanas del verano, desde las frutas dulces y los encurtidos en vinagre hasta las nueces puestas en miel, pasando por la crema de tomate, de tal suerte que, como solía hacer siempre, paseó la vista un tanto desconcertada por los relucientes destacamentos de potes de vidrio, hasta que, por último, regresó al cuarto con una conserva de guindas al ron, y antes de instalarse en el sillón de color verde manzana, encendió el televisor. Se reclinó, acomodó las piernas doloridas sobre un pequeño puf y, animada por la ducha, envuelta en un calor agradable y viendo que, además, para gran alegría suya volvían a dar una opereta por la televisión, tuvo la sensación de que aún cabía la esperanza de reencontrar en su casa la paz y la tranquilidad de antaño. Sabía perfectamente que el mundo la superaba de manera inconmensurable—igual que «la luz superaba la visión», como solía repetir hasta la saciedad su hijo enamorado de las estrellas—y era también consciente de que, mientras las personas como ella, habitantes de nidos tranquilos, de pequeños oasis de honorabilidad y prudencia, pensaban aterrorizadas en cuanto ocurría en el exterior, toda la ralea bárbara e irrefrenable del tipo de la cara hirsuta se movía allí con instintiva seguridad: sin embargo, ella nunca se rebelaba contra este mundo, asumía sus incomprensibles leyes, sentía gratitud por sus pequeñas alegrías y confiaba, no sin cierta razón, se decía ella misma para animarse, en que el destino le ahorraría los golpes. Preservaría y protegería esta pequeña isla de su vida y no dejaría, pensó la señora Pflaum buscando las palabras, que ella, que siempre había deseado sólo paz y tranquilidad para todo el mundo, acabara arrojada al mundo exterior como una presa. Las suaves melodías («¡La condesa Maritza!», pues enseguida las reconoció con placentera emoción) llenaron de gracia y deliciosos perfumes el espacio, como si una brisa primaveral lo inundara, y cuando, meciéndose «sobre las olas de dulces sones», volvió a recordar el vulgar pasaje del tren especial, ya no sintió miedo, sino desprecio, lo mismo que sintiera al comienzo del viaje, cuando vio a esa chusma por primera vez en aquel vagón inmundo. Mezclando los dos tipos de carga, «los juerguistas y rumiantes» y los «criminales silenciosos», tuvo la sensación de poder mirarlos por fin desde arriba y de elevarse sobre sus deprimentes experiencias, como la música fluente se alza sobre los horrores del mundo. Porque puede ser, pensó, cobrando valor ante la pantalla y aplastando otra exquisita guinda en la boca, puede ser que esta gentuza reine por un tiempo en las tinieblas y en la noche, en las espantosas profundidades de las granjas y de las tabernas, pero sólo para volver, cuando sus arrebatos ya resulten insoportables, al lugar de dónde vienen, tal y como corresponde: porque su lugar es allá, allá, pensó la señora Pflaum, fuera de nuestro mundo justo y pacífico, fuera, para siempre y de manera irrevocable. Sin embargo, mientras no les llegue la merecida sentencia, añadió cada vez más segura para sus adentros, el infierno desenfrenado puede estallar, pero que ella no le prestaría atención alguna, por cuanto nada tenía que ver con esta destrucción, con el poder inhumano de estos hombres merecedores de la cárcel; en esta situación, decidió, no pondría más el pie fuera de la casa, pues habían ocupado incluso las calles, se retiraría de cualquier acontecimiento futuro y nadie sabría nada de ella mientras durara la infamia, mientras la claridad no reinara de nuevo y la comprensión mutua y la sobria moderación no gobernaran la vida cotidiana. Arrullada y al mismo tiempo fortalecida por la música, contemplaba la triunfal conclusión, cuando el conde Tasilo y la condesa Maritza se encontraban a despecho de todos los obstáculos, y estaba a punto de sumirse con los ojos húmedos en la dicha y el entusiasmo del final de la pieza, cuando de pronto sonó el timbre del portero automático. Asustada, se llevó la mano al corazón («¡Me ha encontrado... me ha seguido!») y miró luego enfadada el reloj de pared («¡Imposible, no puede ser!»), para dirigirse a continuación a la puerta de entrada. No podía ser ni un vecino ni una amiga, por cuanto la gente no solía visitarse después de las siete de la tarde en la ciudad, antes por buena educación y ahora más bien por cobardía, de modo que, después de descartar al hombre del abrigo de paño, personaje más que nada de pesadilla, ya no le cabía duda de quién era. Desde que se mudara al cuarto de realquiler de los Harrer, no pasaban tres días, por desgracia, sin que su hijo se presentara intempestivamente, bien para atormentarla durante horas, oliendo a vino, con sus ideas fijas sobre el cielo y las estrellas, bien para halagar, sobre todo en los últimos tiempos, con lágrimas en los ojos y con flores—robadas, a juicio de la desilusionada madre—«a la persona a la cual tanto dolor había causado en contra de su voluntad». Le dijo—cuando abandonó por fin la casa, y desde entonces mil veces más—que no volviera, que no la molestara, que la dejara en paz, que no quería verlo, que él no debía entrar más en su casa; y, en efecto, no quería verlo, ya había tenido bastante con los veintisiete años pasados con él, en los cuales día tras día, minuto tras minuto, se le caía la cara de vergüenza de tener un hijo como este. Confesó a sus confidentes más comprensivos que lo había probado todo, y declaró luego que, a su entender, una madre no debía pagar por la incapacidad del hijo de llevar una vida normal. Ya había pagado bastante por el viejo Valuska, su primer marido, totalmente destruido por el alcohol, y ya había pagado bastante por su hijo, repetía una y otra vez a quien quisiera oírla. Le aconsejaron «que no dejara entrar a su enloquecido hijo mientras este no renunciara a sus malas costumbres», pero ella debía admitir que no era la solución, «difícil de aguantar para un corazón materno». En vano le ordenaba que no apareciera mientras no se fortaleciera su voluntad—ausente—de llevar una vida normal; Valuska seguía vagabundeando y al tercer día se presentaba de nuevo para comunicar con expresión radiante que su voluntad se había «fortalecido». Agotada por la desesperada lucha y consciente de que el joven, en su irremediable candidez, ni siquiera entendía lo que quería su madre, últimamente lo había echado en cada ocasión, y lo mismo quiso hacer esta vez, pero cuando respondió al portero electrónico, en vez de las palabras balbuceadas y oídas innumerables veces («Mamá... soy... yo...»), se oyó una voz femenina arrulladora y familiar. «¿Quién es?», volvió a preguntar sorprendida la señora Pflaum, al tiempo que alejaba el auricular. «¡Soy yo, Piri! ¡La señora Eszter!» ¿La señora Eszter? ¿Aquí, a estas horas?, se preguntó asombrada y se arregló la bata. La mujer en cuestión pertenecía a aquellas mujeres frente a las cuales la señora Pflaum—y, según tenía entendido, toda la ciudad—«mantenía una prudente distancia». Así pues, como no existía ninguna relación entre ellas, y aparte de los saludos de rigor en la calle, inevitables, pero fríos, sólo intercambiaban tal vez dos frases al año sobre el tiempo, su visita resultaba más que sorprendente. La señora Eszter era un tema eterno de las conversaciones con sus amigas, no sólo por «su pasado escandaloso, su moral licenciosa y su confusa situación familiar», sino también porque, mostrando una indiferencia y un desprecio descarados, ora escandalizaba a las buenas familias con un comportamiento arrogante, maleducado y violento y con «una manera de vestir llamativa y de mal gusto, teniendo en cuenta su cuerpo semejante a un barril», ora provocaba indignación y resistencia con su zalamería impertinente y su hipocresía, capaz de avergonzar hasta a un camaleón. Para colmo, aprovechando la distracción causada por el caos y la angustia de los últimos meses y apoyándose en su amante, el jefe de policía, consiguió ser nombrada presidenta de la Comisión Femenina, con lo que se volvió todavía más presuntuosa y, con su papada que temblaba de orgullo y malicia y, tal como señaló acertadamente la vecina, con «esa sonrisa simpática y repugnante en su rostro desgastado», lograba entrar, so pretexto de una visita de cortesía, en casas de familias que antes le habrían cerrado la puerta en las narices. Así las cosas, no le costó adivinar a la señora Pflaum que la señora Eszter venía con tal propósito, de modo que bajó las escaleras con la intención decidida de abrir la puerta y, acto seguido, aleccionarla por su descaro («Esta mujer ni siquiera sabe, por lo visto, cuándo se puede tocar el timbre de una casa») y mandarla a paseo como primera expresión simbólica de una retirada general. Sin embargo, no ocurrió así.